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miércoles, 8 de junio de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I d


EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I d

No se puede cumplir la regla de oro evangélica ("Trata a los demás como tú quisieras que los demás te traten"), si no somos responsables en el cumplimiento de nuestras tareas, porque si no las desempeñamos bien, hacemos daño al prójimo. El amor al prójimo, la consideración por los demás, nos obliga a ser responsables en nuestros actos, nos fuerza a medir las consecuencias de todo lo que hacemos, o dejamos de hacer.

 


jueves, 26 de agosto de 2021

"COSA DIFÍCIL HAS PEDIDO" (EL PROFETA ELISEO III)


"COSA DIFÍCIL HAS PEDIDO" (EL PROFETA ELISEO III)

“Quédate aquí porque el Señor me manda a tal parte”. Quedarse en el mismo lugar es la comodidad, conformarse con lo que ya se tiene, no desear una mayor llenura del Espíritu Santo, una mayor intimidad con Dios. Es la tentación a la mediocridad a la que todos estamos expuestos, y alguna vez lo hemos sido de hecho. Pero Eliseo no cede a esa tentación. Él desea lo máximo, la cumbre, no sólo heredar la unción de su maestro, sino aún más: una doble porción de su espíritu. 




jueves, 12 de agosto de 2021

LA GLORIA DE SER EL SEGUNDO (EL PROFETA ELISEO II)

LA GLORIA DE SER EL SEGUNDO 
(EL PROFETA ELISEO II)
El discipulado comienza por el servicio. Sólo cuando se es fiel en lo humilde y sencillo se puede acceder a responsabilidades mayores. Para llegar a ser el primero es necesario haber sido un buen y fiel segundo -o tercero, o cuarto, etc., esto es, un buen subordinado.



miércoles, 23 de junio de 2021

EL PACTO DE ABRAHAM IV

FIDELIDAD Y BENDICIÓN 
(EL PACTO DE ABRAHAM IV)
La finalidad del pacto que Dios hizo con Abraham no era en primer lugar bendecirlo a él, sino que él le sirviera para el más alto propósito, el de su plan de salvación del género humano. Abraham fue de paso bendecido porque fue fiel, pero Dios no lo llamó para bendecirlo. De manera semejante la finalidad de todos los tratos que Dios tiene con cada uno de nosotros no es bendecirnos, sino que nosotros le sirvamos. Bendecidos lo seremos de todos modos, como resultado colateral de nuestra obediencia y fidelidad, pero eso no es lo primero. Bueno es que lo tengamos siempre en cuenta. Nosotros somos para Dios, en primer lugar, no Él para nosotros.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

EL QUE CARECE DE ENTENDIMIENTO

                   LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL QUE CARECE DE ENTENDIMIENTO
Un Comentario de Proverbios 11:12-15
12. “El que carece de entendimiento menosprecia a su prójimo; mas el hombre prudente calla.”
El entendido comprende lo que vale un ser humano, rico o pobre, y lo apreciará en sí mismo.  En cambio, el que carece de entendimiento, en su soberbia menosprecia a  todos.  (c.f.14:21; Sir 8:5‑7).
            Frente al necio, el malvado y el imprudente desatan su lengua, insultando o  criticando; en cambio, el prudente calla, porque sabe que el menospreciado de hoy, puede ser el encumbrado de mañana.
            Pero sabe también que responder al discurso malévolo con la misma moneda, o con cólera, sólo sirve para azuzar la llama y encender un conflicto en que todos pueden salir perdiendo. La persona conflictiva debe ser enfrentada siguiendo el ejemplo de Cristo: “quien cuando le maldecían no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba; sino encomendaba la causa al que juzga justamente.” (1P 2:23).
            David reaccionó de una manera semejante cuando Simeí lo maldijo (2Sm 16:5-13). El sendero de sabiduría y de bendición consiste en encomendar todos nuestros asuntos a Dios, que obra siempre de la manera más justa. (Ironside).
            Por eso es que el hombre justo e inteligente es “pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” (St 1:19), es decir, es lento para condenar y tolerante con las debilidades ajenas.
            Si no puede aprobar, al menos guarda silencio. “El discurso es plata, pero el silencio es oro”, dice un conocido refrán, que solemos citar incompleto. Eso es cierto especialmente en asuntos que, de ser divulgados, pueden dañar al prójimo. Si es criticado, evita contestar, a menos que sea necesario, y no devuelve insulto por insulto.
            Suele ocurrir que los que menos sabiduría tienen se creen más listos que los demás y quedan en ridículo: “En su propia opinión el perezoso es más sabio que siete que sepan aconsejar.” (Pr 26:16). Porque son más ricos que otros se imaginan que tienen una respuesta para todo, y que todos deben escucharlos como si fueran un oráculo. Su suficiencia los lleva a despreciar a los que, en realidad, son más sabios que ellos. El Sirácida tiene algo que decir al respecto: “No discutas con el mal hablado, que es echar leña al fuego; ni trates con el necio, no te vayan a despreciar los sabios.” (8:3,4)
13. “El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo.”
El Levítico dice escuetamente: “No andarás chismeando entre tu pueblo.” Pero es interesante que a continuación diga: “No atentarás contra la vida de tu prójimo.” (19:16). La conexión entre ambos preceptos parece indicar que el que anda chismeando pone en peligro la vida ajena. Y en efecto, la maledicencia puede despertar rencores y celos que impulsen a una persona violenta a vengarse.
            Proverbios 20:19 dice: “El que anda en chismes descubre el secreto” y enseguida añade: “No te entremetas pues, con el suelto de lengua.”  Su amistad puede resultarte cara porque puedes verte sin querer envuelto en los problemas que suscita el chismoso.
            En cambio, el hombre discreto, de espíritu fiel, es como una caja fuerte, a la cual uno puede confiar secretos sabiendo que están muy bien guardados. La fidelidad de espíritu es una de las virtudes humanas más valiosas, pues dan confianza y representan seguridad. Quien conoce a una persona que la posee no sabe qué tesoro ha encontrado, pues en una situación de apremio cuenta con alguien en quien pueda confiar.
            El Sirácida dice al respecto: “El que descubre el secreto destruye la confianza, y no encontrará amigo íntimo… como uno destruye a su enemigo, así has destruido la amistad de tu prójimo… se puede vendar una herida, se puede remediar un insulto, pero el que revela un secreto no tiene esperanza.” (27:16,18,21).
             Ser fiel de espíritu consiste, pues, entre otras cosas, en guardar silencio sobre los secretos que nos confían, o de aquellos que de casualidad nos enteramos y no nos conciernen. Sólo Dios y nosotros los conocemos, y será un secreto muy guardado que a nadie dañe.
14. “Donde no hay dirección sabia caerá el pueblo; mas en la multitud de consejeros hay seguridad.”
De la verdad expresada en la primera línea de este proverbio en nuestro país podemos dar fe, porque ¿cuántas veces nuestro país se ha encontrado en dificultades debido a políticas equivocadas dispuestas desde arriba? Y no sólo nuestro país, sino también otros de nuestro continente, especialmente uno que está pasando por una situación de gran escasez y pobreza, siendo un país potencialmente muy rico.
            Por eso podemos decir sin temor a equivocarnos que de la dirección sabia depende el porvenir de la nación, depende el desarrollo de sus potencialidades y de su progreso, no sólo material sino también cultural y educativo.
            De otro lado, ¡qué gran cosa es cuando uno puede contar con buenos consejeros, hombres o mujeres de experiencia, y honestos, en cuyo criterio se puede confiar!
            Pr 20:18 aplica el principio de Pr 11:14a a la guerra, que requiere no sólo de un ejército bien preparado y armado, sino también de una estrategia inteligente y original, que se puede formular contando con consejeros experimentados, tal como afirma Pr 24:6b: “Y en la multitud de consejeros está la victoria.”
            Pr 15:22a (“Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo”) hace notar que si no se cuenta con buenos consejeros la persona a quien incumbe la responsabilidad de tomar decisiones que afectan a muchos puede sentirse confundida ante la gran variedad de alternativas posibles. Su segunda línea repite el mensaje de 11:14b.
            Pr 20:18 afirma que el buen consejo ayuda a ordenar los pensamientos, y luego retorna al tema de la guerra. El  lector quizá se pregunte ¿por qué figura tanto el tema de la guerra en estos pasajes? Porque hacer la guerra era en esos tiempos la ocupación principal del género masculino. No sólo los pueblos y los reinos, también las ciudades pasaban el tiempo guerreando unos con otros. Recuérdese lo que dice 2Sm 11:1: “Aconteció al año siguiente, en el tiempo en que los reyes salen a la guerra…” ¿Qué los movía? La ambición de poder y de agrandar el propio territorio, el honor herido, las rivalidades comerciales, etc., etc. Tantos motivos que en nuestro tiempo siguen impulsando a los pueblos a guerrear y destruirse mutuamente, causando tanto sufrimiento. Pero sabemos quién es el que está detrás maléficamente impulsando esos conflictos.
            La nación que no cuenta con un gobierno sabio, dice Ch. Bridges, es como un barco que enfila hacia un mar lleno de rocas. Si no cuenta con un piloto experimentado, está en peligro de encallar y de hundirse.
            Entre los dones que Dios ha dado a algunos hombres se cuenta el don de gobierno, o de presidir (Véase Rm 12:8), que debe ejercerse, dice Pablo, “con solicitud”, esto es, esforzándose por ejercerlo de la mejor manera posible, lo cual supone no sólo rodearse de buenos colaboradores, sino también contar con una dosis adecuada de humildad, reconociendo de Quién se ha recibido la autoridad (Rm 13:1). El orgullo, o el capricho, de los gobernantes los impulsa muchas veces a tomar decisiones equivocadas, basadas con frecuencia en una sobrevaloración de las propias fortalezas, creyendo que la fuerza puede reemplazar a la sabiduría. Pero Ecl 10:10 nos advierte de lo contrario: “Si se embotare el hierro y su filo fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir.” Si el filo del cuchillo, o del hacha, está gastado, hay que usar más fuerza para cortar. Si se le afilara, el esfuerzo requerido sería menor. La sabiduría puede ser pues más eficiente que la fuerza bruta para alcanzar el objetivo, según dice Ecl 9:16: “Mejor es la sabiduría que la fuerza…”.
            El caso de Roboam, el hijo necio de Salomón, muestra el desastre al que pueden conducir los consejos de jóvenes imprudentes y envanecidos. Cuando subió al trono a la muerte de su padre, el pueblo acudió a él para pedirle que aliviara los impuestos con que los había gravado su padre. Pero el novato rey en lugar de seguir los sabios consejos de los ancianos que habían estado cerca de su padre, que le aconsejaron escuchar al pueblo, prefirió seguir el consejo contrario de los jóvenes con quienes se había criado y que se divertían con él. Ellos le aconsejaron hablar duramente al pueblo y advertirles que él aumentaría los impuestos de su padre, en lugar de disminuirlos. El resultado fue desastroso: Las diez tribus del norte se rebelaron contra él, y aunque peleó contra ellas no pudo dominarlas. A partir de entonces el reino de Israel quedó dividido en dos: el pequeño reino de Judá al sur, y el reino mayor con las diez tribus del norte (2Cro 10:1-11:4). Y no cesó de haber guerras fratricidas entre ellos que los debilitaron.
15.  “Con ansiedad será afligido el que sale por fiador de un extraño; mas el que aborreciere las fianzas vivirá tranquilo.”
Aquí se contrasta ansiedad y vivir seguro. El que ha otorgado una fianza está ansioso, inseguro, porque no sabe si el fiado permanecerá solvente hasta cancelar la deuda. Si incumple, el fiador tendrá que salir en su ayuda, y poner su propio peculio. Pero el que se abstiene de prestar fianza estará tranquilo, al menos por ese lado, ya  que no tendrá que responder por las obligaciones ajenas. Este es uno de los muchos versículos del libro de Proverbios que desaconsejan otorgar fianzas. (6:1; 17:18; 20:16; 22:26; 27:13). El original dice “el que odia chocar las manos…”. Ése era un gesto, que todavía sigue vigente, mediante el cual las partes manifiestan estar de acuerdo, en este caso, de que uno presta fianza y que el otro lo acepta.
El grave error que comete el que afianza a otro es que hace depender su seguridad económica de un tercero, del cual, por mucho que lo conozca, no puede estar completamente seguro. Si yo contraigo un préstamo, mi seguridad depende de mí mismo, de mis propios medios, de mi solvencia, y a nadie podría culpar del mal fin, si ocurriera, sino a mí mismo. Pero por muy honesta que pueda ser la persona afianzada, yo no puedo estar seguro de que en el futuro no sufra un percance que le impida cumplir con su obligación.
Bajo ciertas circunstancias puede ser un acto de caridad, o de solidaridad familiar, prestar fianza al que se encuentra en dificultades, pero antes de dar ese paso, el fiador debe estudiar cuidadosamente los riesgos en que incurre, que dependen de la naturaleza y monto de la obligación, pero también de la calidad de la persona beneficiaria de la fianza y de la confiabilidad de los tribunales, si surgiera un conflicto. Un mal acreedor puede tener la intención secreta de explotar al fiador, sobre todo si puede contar con la complicidad de los jueces. 
El Sirácida aconseja al fiado no olvidar el gesto generoso del que lo afianzó, y nos recuerda que ha habido hombres ricos que se han arruinado por prestar fianza, y que hay también quienes pretenden lucrar porque cobran por ese servicio, pero que, al fin, terminan litigando en los tribunales (Sir 29:14-19). Es cierto que los bancos emiten fianzas por una comisión, pero eso es parte de su negocio.
La prudencia más elemental aconseja no afianzar a un desconocido, y por eso Pr 17:18 llama “falto de entendimiento” al fiador. Proverbios 6:1-5 amonesta seriamente al fiador por el peligro en que ha incurrido por su propia imprudencia, y le aconseja tratar por todos los medios de exonerarse de la obligación asumida, teniendo en cuenta que al prestar fianza no pone en riesgo su propia seguridad, sino también la de su familia. Por lo cual el salmo 112:5, a la vez que exhorta al hombre de bien ayudar al necesitado prestándole dinero, le aconseja gobernar sus asuntos con prudencia. Hay personas que buscan fiadores adrede con el fin de hacerles cargar con las deudas que no tienen la intención de cumplir. Yo tendría algo que contar al respecto y la trampa en que habría caído de no conocer lo que dice Proverbios sobre el tema.
Nadie en su sano juicio se haría fiador de un extraño, y menos de uno que estuviera en bancarrota. Sin embargo, ha habido una excepción a ese sano principio, y que pagó terriblemente por ello, nuestro Señor Jesús quien (según palabras de Ironside que cito libremente a continuación) “se convirtió en nuestro fiador cuando éramos extraños y enemigos en nuestra mente haciendo obras malas” (Col 1:21). Él murió, “el  justo por los injustos para llevarnos a Dios”  (1P 3:18). Todo lo que nosotros debíamos fue exigido de Él cuando murió en el madero por pecados que no eran suyos.
Él probó plenamente la verdad de este proverbio que comentamos acá; “con ansiedad será afligido el que sale por fiador de un extraño” cuando el terrible juicio de Dios por el pecado de los hombres cayó sobre Él. Ningún otro podía satisfacer las demandas de la santidad de Dios contra el pecado, y salió triunfante al fin. Sólo Él podía expiar nuestros pecados…y por eso Dios lo levantó de entre los muertos, y lo sentó a su derecha en la gloria.
¿Qué nos queda hacer a nosotros sino darle gracias y vivir adorándole y sirviéndole por su misericordia infinita?
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#946 (09.10.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 1 de octubre de 2014

LOS VALORES Y EL AMOR III

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LOS VALORES Y EL AMOR III
Es el amor lo que hace felices a los seres humanos. El amor nos cambia, el amor nos mejora, el amor nos alegra. En cambio la falta de amor nos vuelve tristes. El que da amor y no recibe amor termina siendo desgraciado, porque su amor no es correspondido, ya que en la respuesta estriba gran parte de la felicidad que el amor proporciona. Al mismo tiempo, el que es amado pero no puede corresponder al amor que le dan, tampoco puede ser feliz porque siente el dolor que causa. El amor entre seres humanos es por naturaleza un impulso, o movimiento recíproco, es un dar y recibir.
Pero cuando el ser humano natural es transformado por la gracia, el darse en el amor predomina, y ya no le es tan necesario recibir, porque un nuevo amor de una calidad diferente, superior, lo ha llenado. O, por lo menos, la satisfacción del dar predomina sobre la necesidad de recibir. Más queremos amar que ser amados. De hecho cuanto más ama uno a Dios, más quiere darse a los demás, y menos necesita recibir de los demás, porque, como he dicho, el amor de Dios lo colma, el amor de Dios lo llena y vale mucho más que el mayor de los amores humanos.
Al mismo tiempo cuanto más lleno esté uno del amor sobrenatural, menos necesidad tiene
de los amores naturales, porque el amor sobrenatural es de una naturaleza superior y compensa por la falta de los amores naturales. Ésta es una realidad que hoy día está un poco como olvidada en el mundo: que quien tiene el amor de Dios, quien ama profundamente a Dios, y se sabe amado por Él, y es conciente, a la vez, de que nunca podrá amar a Dios tanto como Dios lo ama a uno, no mendiga el amor humano, no lo requiere con la misma ansiedad, porque tiene un amor que colma todos los vacíos que puede haber en su alma.
El mundo como que descalifica a las personas que no gozan del amor humano, porque ignora que hay un amor superior, que es capaz de hazañas que el amor humano, por heroico que sea, no puede realizar. La acción heroica más grande que ha conocido la humanidad fue hecha precisamente por puro amor, por un amor absolutamente desinteresado; por un amor que sabía que trágicamente no iba a ser correspondido por gran número de aquellos por los cuales se sacrificaba. Esa acción fue la redención del género humano.
¿Por qué subió Jesús a la cruz? Por amor, por amor a aquellos que en ese momento lo odiaban y lo torturaban; y por amor a aquellos que vendrían después, muchos de los cuales ignorarían ese acto heroico de amor, o no le darían importancia, y no corresponderían a ese acto de amor supremo.

Nosotros como creyentes debemos darle gracias a Dios porque hemos sido amados de tal manera que no solamente hemos sido redimidos por el sacrificio de Cristo, sino que hemos sido trasladados del reino de las tinieblas al reino de la luz (1P 2:9), al reino del amor que es el reino de Dios, y porque podemos corresponder al amor con que Dios nos ama, lo cual nos hace inmensamente felices.
Al mismo tiempo cuanto más amamos a Dios menos proclives somos a rechazar a aquellas personas que no nos caen bien, porque lo natural en el hombre es que ame a aquellas personas con las cuales tiene afinidad, y rechace a las personas con las cuales no la tiene, que no son como uno. Más aun, el amor natural con gran facilidad se convierte en antipatía, o en odio, cuando sufre desilusiones; o se convierte en rencor; o simplemente juzga antipático al que le corresponde mal, porque el amor humano carnal, como dijimos en el artículo anterior, es un sentimiento egoísta.
Pero cuanto más lleno esté uno del amor sobrenatural, del amor de Dios, menos tiende a tomar mal aquellas cosas que puede haber desagradables en el prójimo, más aumenta su capacidad de tolerarlas. Es como si el amor nos revistiera de una coraza que hace que las cosas negativas nos afecten menos, y que podamos seguir amando aunque seamos heridos, y podamos llegar incluso a amar al que nos hiere.
“Fieles son las heridas del que ama,” dice el libro de Proverbios (27:6). Podemos ser heridos, podemos no ser correspondidos y, sin embargo, seguimos amando, porque ese amor que tenemos en nosotros es un amor que se da necesariamente, y que subsiste aunque no sea correspondido; permanece, aunque sea pagado mal, como se suele decir.
Podemos ver entonces que el amor es más que un valor en términos filosóficos o éticos. El amor es una virtud sobrenatural, es una cualidad que viene de Dios, es algo propio de Él, cuya naturaleza es amor (1Jn 4:8), y que nosotros tenemos porque venimos de Él, hemos sido regenerados por Él, y regresaremos un día a Él.
En el mundo al amor desinteresado por los demás se le llama “altruismo”. Esa palabra viene del latin “alter”, que quiere decir “otro”. El altruismo es el interés sincero que uno tiene por el otro, por las necesidades o circunstancias del otro, aun a costa de uno mismo y de los propios intereses. En ese deseo de ayudar se prefiere el bienestar ajeno al propio. El altruismo es un concepto secular, y ciertamente es algo bueno en sí. Pero, aunque la gente del mundo no lo quiera reconocer, o incluso lo niegue tajantemente, ese sentimiento noble tiene por fuente y origen el amor de Dios.
Hay muchas manifestaciones de ese sentimiento. Por ejemplo, organizaciones como la Cruz Roja, que hace una gran labor humanitaria, es una manifestación de altruismo. También lo es la organización “Médicos sin Fronteras”, formada por médicos voluntarios que acuden a proporcionar asistencia médica en situaciones de emergencia en países pobres, como recientemente en el caso de la epidemia de Ébola en algunos países africanos. Ellos trabajan sin ser remunerados y arriesgando su salud y su vida. Hay también lo que se llama el voluntariado en el campo de la acción social. Todas esas son manifestaciones de altruismo, que es, repito, algo muy bueno en sí. Pero ese amor humano natural, por bueno que sea, no transforma a la gente. El único amor que transforma es el amor sobrenatural.
El amor natural como sentimiento puede asumir muchas formas, tales como la cordialidad, por ejemplo. Hay personas que son muy cordiales, o cariñosas, por naturaleza, mientras que hay otras que son frías, reservadas. ¿De qué depende? Del temperamento de las personas. Las personas sanguíneas son, por lo general, muy cordiales y expansivas; los melancólicos, en cambio, son fríos, reservados; lo que no quiere decir que no amen; quizá amen incluso más que los sanguíneos, pero no lo manifiestan.
Lo cierto es que el amor es un componente indispensable de las relaciones humanas en todos los niveles. Por eso dice Proverbios: “El amor cubre todas las faltas” (10:12), es decir, no las toma en cuenta, las pasa por alto. Más aun nos vuelve pacientes, nos vuelve tolerantes, nos vuelve dispuestos a ceder, a no tratar de imponernos constantemente. Nos lleva a perdonar, nos vuelve responsables. Es como el aceite que suaviza los roces y facilita las relaciones humanas.

Pero, de otro lado, nos vuelve valientes, osados. El que se enamora cambia para bien, se ennoblece, está dispuesto a sacrificarse por su amada y a defenderla, aun a riesgo de su vida, y viceversa. Como vemos con frecuencia al hombre o mujer enamorados los ojos le brillan, su piel rejuvenece. Incluso el egoísta, cuando se vuelve padre, se vuelve sacrificado y es capaz de hacer muchos esfuerzos y sacrificios que antes no hacía por ese hijo pequeño que le ha nacido. Eso ocurre porque Dios, en su sabiduría, nos ha hecho de esa manera a propósito. Hay resortes desconocidos en la naturaleza humana que nos impulsan a actuar de una forma desacostumbrada.
El amor se aprende, el amor se cultiva, de ahí que sea tan importante amar al niño pequeño, porque el niño aprende a amar siendo amado, y cuanto más amado sea, más tenderá a amar a otros, a menos que haya sido engreído, en cuyo caso el amor recibido lo vuelve egoísta y exigente.
Si el niño no es amado, no aprende lo que es el amor, y más tarde no va a saber amar, le costará amar. Peor aún, si ha sido maltratado, o descuidado, crecerá lleno de resentimientos que ahogarán el sentimiento natural en él, y se volverá odioso, vengativo.
Conviene que los padres, o los parientes que en ausencia de ellos se ocupan de los niños, se pregunten: ¿Amamos lo suficiente a nuestros hijos? ¿Expresamos nuestro amor? ¿O hemos hecho de nuestro amor un pretexto para engreír al niño? Con frecuencia el que engríe trata inconcientemente de ganarse el amor del niño complaciendo todos sus deseos y caprichos. El resultado puede ser desastroso para el niño, porque más tarde será un adulto exigente e insatisfecho.
O lo contrario, ¿negamos a nuestros hijos la atención y el amor que necesitan? ¿O los amamos, pero no manifestamos nuestro amor abrazándolos, acariñándolos?
Una vez escuché el testimonio conmovedor de un pastor. Él decía que le había costado mucho amar porque no había sido amado de niño. Cuando se convirtió descubrió una realidad que desconocía, que era precisamente el amor. Se había casado porque necesitaba una compañera, pero reconocía que no amaba realmente a su mujer. Tenía tres hijas, pero no las amaba realmente, y ellas después dieron testimonio de que, en efecto, al comienzo su padre no las amaba. Eso ocurría porque él no había recibido amor de niño. Pero cuando se convirtió y empezó a ser llenado del amor de Dios, descubrió una realidad que desconocía y empezó a amar realmente a los suyos, algo que nunca antes había experimentado. Recién entonces aprendió a hacerlo.
El niño necesita ser amado para poder amar a su vez. Pero así como el amor se aprende, también se puede desaprender, cuando sólo se recibe maltratos, cuando se es rechazado, o se sufren injusticias. Entonces nos volvemos desconfiados, toscos, o cínicos.
El que no ama se aísla, y suele carecer de amigos. En cambio, todo el que ama, sobre todo sobrenaturalmente, suele estar siempre rodeado, porque el amor es como la miel, que atrae a las moscas. El amor atrae a los seres humanos. De ahí que el amor sea la cualidad fundamental de la cual parten todas las demás. Nosotros sabemos como creyentes de dónde viene el amor.
El diablo es ducho en imitar las virtudes, y lo hace de muchas maneras deformándolas para desvirtuarlas. De un lado, puede convertir a las personas en ascetas exagerados, que rechazan todo amor humano; de otro, pone todo el énfasis en los sentidos, en lo erótico, en el aspecto sensual del amor, al punto de convertirlo en una caricatura del amor, en una negación del amor, porque el amor sensual descontrolado puede volverse cruel y degenerar en sadismo y sadomasoquismo.
El amor, dice la palabra, “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” (Rm 5:5). Conocemos el amor natural porque lo hemos experimentado, pero muchas veces el amor natural no nos hace felices sino desgraciados, cuando no es correspondido. Pero el amor sobrenatural siempre es correspondido, porque si amamos a Dios es “porque Él nos amó primero.” (1Jn 4.19). Podemos pues decir que es correspondido por adelantado. Dios ciertamente nos ama mucho más de lo que nosotros podamos amarlo. Y si amamos con un amor sobrenatural a una persona, o a un grupo de personas, seremos inevitablemente correspondidos, porque el amor es una cualidad, una virtud superior, que tiene un gran poder en sí mismo, ya que “el amor es de Dios.” (1Jn 4:7). Debemos pues buscar llenarnos de este amor sobrenatural que lo compensa todo.
¿Cómo nos llenamos de ese amor? ¿Cómo lleno yo mi vaso de agua? Yendo a la fuente del agua. ¿Cómo me lleno yo de ese amor sobrenatural? Yendo a la fuente de ese amor, que es Dios.
Busquémoslo pues a Él, busquémoslo incesantemente para ser llenados de su amor, y podamos amar a los nuestros y a los demás, al prójimo, en cierta medida como Dios los ama. Que nuestra boca, nuestras palabras, nuestros ojos, nuestra mirada, sean un reflejo del amor de Dios, y traigamos a otros el bálsamo del amor que sana las heridas y el cariño cálido que abriga y alienta los corazones.
Amado lector: Jesús dijo: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#846 (07.09.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LOS VALORES Y EL AMOR II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LOS VALORES Y EL AMOR II
Al terminar el artículo anterior, en que estuvimos hablando acerca de los valores, dijimos que en el siguiente hablaríamos acerca del primero de todos los valores o virtudes.
El amor en realidad es la raíz de todas las virtudes, la raíz de todos los valores, porque del amor procede todo lo demás, es decir, todas las cualidades y todas las cosas buenas que hay en la vida. El amor es la virtud central, el valor central. Agustín, el famoso obispo de Hipona, decía: “Ama y haz lo que quieras”. No estaba propugnando una vida sin ley, librada al capricho humano, sino que si una persona ama y es una persona buena, va a hacer de una manera natural y espontánea lo que es bueno, conveniente, beneficioso y útil para los demás. Por eso es que el amor, decimos, es lo primero.
Pablo lo enseña muy claramente en 1ª Corintios, en un pasaje que seguramente todos conocen muy bien. En el cap. 12 Pablo ha estado hablando de los diferentes dones espirituales, y al llegar al versículo 31, dice: “procurad pues los dones mejores”. Todos esos dones de los cuales os he hablado, tratad de tenerlos, de adquirirlos. Pero en seguida añade: “Mas yo os muestro un camino aun más excelente”. Entonces comienza a decir: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.” (13:1-3)
Y podríamos añadir: Si tú tienes todos los conocimientos del mundo, y además tienes los mejores contactos en la vida empresarial y en el mundo de los negocios y en la política, y si tú eres una persona fuerte, más fuerte que Hulk, pero no tienes amor, no eres nada. Pero si tienes amor, aunque seas pequeño, desconocido, inválido, pobre, menospreciado por la gente, lo tienes todo. ¿Por qué? Porque el amor es la cualidad suprema, que viene directamente de Dios, y quien lo tiene, lo tiene todo, porque Dios es amor. De otro lado sabemos también que el primero de los frutos del Espíritu, de que habla Gálatas 5: 22,23 es el amor.
¿Y por qué es el amor tan importante? Podríamos decir que el amor es como el tronco de un árbol, la cepa principal de la cual salen no solamente las ramas cubiertas de hojas, y de las cuales cuelgan los frutos, sino también los brotes a nivel del suelo, de la tierra. Del amor viene todo lo demás. Del amor viene la cortesía, la amabilidad, la bondad, la consideración, la fidelidad, la lealtad, etc., etc., las cualidades que ennoblecen la vida. En suma, el amor es la madre del cordero, por decirlo en términos populares. El amor lo es todo.
De hecho nosotros sabemos por qué creó Dios al hombre, por qué creó a todos los demás seres, a sus criaturas, a los animales de toda clase, desde los dinosaurios, cuyos pasos hacían retumbar el suelo, hasta los minúsculos microbios y bacterias, invisibles al ojo humano. Todas las creó por amor y, de acuerdo a su amor, las creó para amarlas y para ser amado por ellas. Y cuando los hombres, que son la corona de su creación, se rebelaron y se apartaron de Él, vino a salvarlos. ¿Por qué motivo? ¿Qué dice su palabra? “Porque de tal manera amó Dios…” (Jn 3:16). Lo hizo por amor.
La verdad es que todas las cosas valiosas que hay en la vida son hechas, movidas, condicionadas por el amor. Pero también es cierto que, en la práctica, todos nosotros – y si no somos hipócritas tenemos que reconocer que es cierto- somos movidos más por el interés, por lo que nos conviene. Y de eso, a la larga, no viene nada bueno, porque los intereses de las personas colisionan unos con otros.
Es mucho mejor ser movido por el amor que ser movido por el interés porque el resultado, a la larga, es mejor para todos. Actuar por interés nunca puede dar frutos comparables a los que rinde el amor. De manera que, no por razones idealistas sino por razones estrictamente prácticas, el amor es el más importante de todos los valores. Cuando actuamos por amor, especialmente movidos por el amor sobrenatural, Dios nos mira con agrado y nos bendice. Eso es lo que Dios desea y espera de nosotros, porque Él actúa también de esa manera, movido por amor.
En primera de Corintios 13·Pablo dice que “el amor es sufrido” (según Reina Valera 60; en otras versiones dice “paciente”, que viene a ser lo mismo) “el amor es benigno, el amor no tiene envidia...” -aunque nosotros somos con frecuencia envidiosos - “el amor no es jactancioso”, -aunque todos somos unos sobrados- “el amor no se envanece” -aunque todos nos miramos en el espejo para ver si soy más guapo hoy día que ayer- “el amor no hace nada indebido” -aunque con frecuencia nos portamos mal- “el amor no busca lo suyo” -aunque cada cual está buscando ganarse alguito- “el amor no se irrita” -aunque con frecuencia nos molestamos- “no guarda rencor” -aunque estamos llenos de resentimientos- “el amor no se goza de la injusticia” ni del daño ajeno, -aunque nosotros con frecuencia decimos: “bien merecido se lo tiene”- “mas se goza de la verdad” –aunque con frecuencia mintamos. Pablo concluye con una frase maravillosa: “el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (v. 4-7). Muchas madres lo saben muy bien por experiencia, porque ellas están acostumbradas a sufrir, a esperar y soportar orando y creyendo que al fin su hijo ha de corregirse y seguir por el buen camino.
En suma, todos nosotros necesitamos llenarnos de amor para atraer a nosotros las cosas buenas a las que aspiramos y que deseamos, porque el amor es como un imán que atrae el bien y rechaza el mal. Cuando no amamos este imán de nuestra alma carece de fuerza, está como apagado. Hay personas que se dicen: “¿Por qué me sucede esto? ¿Por qué es que no tengo amigos? ¿Por qué estoy solo?” Naturalmente pueden haber muchas causas inmediatas del porqué eso sucede pero, en el fondo, detrás de la suerte como se dice, de lo que llamamos buena o mala suerte, de la felicidad o de la infelicidad de las personas, está el amor, el tener amor o carecer de amor, porque el amor siempre produce un fruto bueno, nunca un fruto malo, aunque pueda ser causa temporalmente de sufrimiento. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis.” (Mt 7:16). Por el fruto del amor conoceremos la calidad del amor, o conoceremos que no hay amor.
Cuando en una casa, o en una familia, reina el amor, ¿cómo es la vida de ellos? Todos se llevan bien, todos se tratan bien, son considerados unos con otros, se ayudan mutuamente, se consuelan unos a otros si alguno está triste; se levantan y se acuestan felices, de buen humor, porque el amor reina en el hogar. Pero cuando no hay amor, ¿qué es lo primero que surge? Hay división, peleas, contiendas, rivalidades, hay infelicidad.
Cuando reina en nuestros corazones el amor, atrae el bien hacia nosotros, porque el amor, hemos dicho, es como un imán, y se manifiesta de muchas maneras en la vida práctica. Por ejemplo, el amor se manifiesta en fidelidad (¡y qué importante es la fidelidad!); el amor se manifiesta en lealtad, el amor se manifiesta en bondad, en benevolencia -que es querer bien- en buena voluntad; el amor se manifiesta en consideración, que es lo contrario a la desconsideración. A veces decimos: ¡qué persona tan desconsiderada! Nadie quiere estar al lado de una persona desconsiderada y nos alejamos de ella, porque no tiene amor. Si tuviera amor sería considerada. El amor se manifiesta en buenas maneras, en cortesía; el amor se manifiesta en misericordia, en compasión; el amor se manifiesta en generosidad, en solidaridad; el amor, en última instancia, se manifiesta en integridad, en honestidad, porque instintivamente busca lo recto; se manifiesta en diligencia, en veracidad, por amor de la verdad misma; se manifiesta en paciencia, en contentamiento, en dominio propio. En suma, todas estas cualidades surgen del amor.
Pero profundicemos aun más el tema.
El ser humano ama instintivamente. ¿Por qué? Porque la imagen de Dios que tiene dentro le impulsa a amar. Si tiene dentro de sí la imagen de Dios, y Dios es amor, entonces esa imagen de Dios que tiene dentro de sí al amor, como parte esencial de su ser, aunque haya sido maltratada y corrompida por el pecado, lo llevará a amar instintivamente, casi como si no quisiera.
Sabemos que también los animales aman, especialmente los animales domésticos. Aman a sus dueños, aman a los niños que juegan con ellos, y conocemos muchos casos de cómo los protegen y los cuidan, como si tuvieran la intuición de la fragilidad de la infancia.
Los animales aman, aunque no de la misma manera ni con la misma intensidad que los seres humanos, pero sabemos bien que la perra que ha dado a luz ama a sus cachorros; y la gatita, cuando tiene hijos, ama a esos gatitos que han salido de su vientre.
Yo he sido testigo en mi casa del amor de un gato fino y elegante, casi diría aristocrático, por una gatita techera chusca. Al llegar a mi casa el gato fino, no sabemos cómo, se convirtió en su pareja, como dicen hoy día. Le reservaba lo mejor de la comida que les proporcionábamos, y no permitía que otros gatos se acercaran a robársela. Estaba constantemente con ella como un fiel enamorado, al punto que era conmovedor verlos juntos, casi como si fueran humanos. Y fue una cosa terrible cuando unos chicos malcriados de la calle le echaron un veneno a la pobre gatita, y la gatita apareció un día muerta en el jardín. Hubieran visto a ese gatito fino y elegante, con su pelo lustroso, cómo ahora estaba con la cabeza baja, la imagen misma de la tristeza y del desconsuelo. No comía ni bebía la leche que le ofrecíamos; el pelo se le malogró y apenas caminaba de un sitio a otro como si se hubiera perdido. El pobre gato se moría de tristeza, hasta que un día se fue y no lo vimos más, porque había perdido a su novia, a esa gatita chusca, que por lo demás, le era infiel, como suelen serlo todas las gatas.
El amor es como el hambre, necesita un objeto para saciarse. Todos necesitamos amar a alguien, y si no tenemos a quien amar, amamos aunque sea a una mascota. Las personas que se han quedado solas en la vida y que no tienen a quien amar, tienen un perro, un gato, o varios; o a veces un loro, un gorrión, un canario, cualquier animalito; y lo tratan con tanto cariño, lo acurrucan y lo besan si pueden, porque necesitan amar. Y ciertamente ese animalito, o animalazo, que es su mascota, responde también con amor a la persona que lo ama. Ha habido casos de perros que han salvado la vida de sus dueños.
¿Saben ustedes que Adán estaba lleno de mascotas? Eso dice la Biblia, que Dios le trajo a todos los animales que había creado, y Adán les puso nombre a todos, pero no encontraba alguno que fuera como él. Entonces Dios dijo: Aquí falta algo, tengo que darle alguien semejante a él a quien él pueda amar, y lo durmió. Cuando se despertó Adán exclamó: “Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ya no es una mascota; ésta es alguien semejante a mí, a quien puedo amar.” Y se unió a ella.
Todo ser humano necesita amar a una persona del sexo opuesto, a menos que su corazón se haya marchitado, o haya renunciado voluntariamente al amor humano por amor de Cristo. No hay límite de edad para el amor, porque amar da vida, hace brillar los ojos, y rejuvenece la piel. Agustín decía que en su juventud él amaba a todas las muchachas que encontraba, pero que, en realidad, como comprendió después, él estaba enamorado del amor.
El amor, sabemos muy bien, impulsa a darse y necesita dar. Todo el que ama, da. Por eso es que existen los regalos. ¿Por qué regalamos? ¿Por altruismo o generosidad? No siempre, o no únicamente, sino porque dando expresamos nuestro amor. Aun el niño pequeño, si se encuentra con una niñita que le gusta, le da su juguete que no le entregaría a nadie. Pero como la quiere, le da su juguete, porque la ama. Dar cuando se ama es un impulso instintivo.
En el amor hay un movimiento o impulso desinteresado pero, a la vez, el amor quiere también recibir. No nos contentamos con dar amor, sino queremos también recibir amor. En el amor hay pues dos aspectos, uno desinteresado y otro egocéntrico. Hay una fuerza centrífuga y una fuerza centrípeta en el amor: queremos dar y queremos recibir amor, queremos amar y queremos ser amados. Ambas cosas van juntas. Por eso es que el amor, en principio, invita a una respuesta y suscita amor, o por lo menos simpatía en la persona amada.
Pero ocurre a veces que el que ama no es correspondido. Y ¿qué ocurre con el que ama y no es correspondido? Sufre, y su sufrimiento es uno de los más intensos que puede experimentar el ser humano. ¿Cuántos hombres y mujeres pueden decir amén a eso? El hecho es que en este darse y recibir amor estriba gran parte de la felicidad humana. Es el amor el que nos hace felices o desgraciados.
Antes se pensaba que el espacio sideral no estaba vacío, sino que estaba lleno de una sustancia a la que se llamó éter, y eso era lo que permitía que las ondas de luz y de calor se propagaran por el espacio. Pero la ciencia ha descartado la hipótesis del éter, y sostiene ahora que las ondas se propagan en el vacío. Pero nosotros podemos postular que, si no de éter, el universo entero está lleno del amor de Dios, que todo lo impregna y que en todo deja su huella.
Dios ama no sólo al hombre, sino a todas sus criaturas. Ama a la creación entera, aun a la inanimada, ama todo lo que ha salido de sus manos. Y por eso es que no sólo los animales domésticos aman, también aman las grandes bestias, el elefante y el rinoceronte; aman las fieras, el tigre y el león. ¿Aman los insectos, las moscas, las arañas, las mariposas? No tenemos manera de saberlo, pero tampoco podemos descartarlo. Yo me atrevería a postular que aun los vegetales aman. Por lo menos sabemos que responden al amor de las personas que les hablan, porque mejoran su aspecto y reverdecen como si se las regara. Y eso es lo que ocurre con las personas cuando se les ama. ¿No han visto como la planta marchita, cuyo tallo se ha doblado, se endereza y vuelve a florecer cuando se la riega? El amor es para el ser humano un elemento tan vital como lo es el agua para los vegetales. El que no ama y no es amado se seca, a menos que el amor de Dios compense la ausencia del amor humano.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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viernes, 15 de marzo de 2013

LA SIERVA DE NAAMÁN II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA SIERVA DE NAAMÁN II
Un Comentario de 2 Reyes 5:1-8
4-6. “Entrando Naamán a su señor, le relató diciendo: Así y así ha dicho una muchacha que es de la tierra de Israel. Y le dijo el rey de Siria: Anda, vé, y yo enviaré cartas al rey de Israel. Salió, pues, él, llevando consigo diez talentos de plata, y seis mil piezas de oro, y diez mudas de vestidos. Tomó también cartas para el rey de Israel, que decían así: Cuando lleguen a ti estas cartas, sabe por ellas que yo envío a ti mi siervo Naamán, para que lo sanes de su lepra.”
El rey de Siria era un ignorante. Él pensó: así como yo le doy órdenes a mi general, o a mis siervos, para que hagan tal o cual cosa, seguramente el rey de Israel dará órdenes a su profeta para que sane a Naamán. Con ese fin, y para ganarse su buena voluntad, le envió con el enfermo un regio regalo. (Nota 1)
Los mundanos entienden las cosas en términos mundanos. Él cree que el profeta hace milagros a pedido. Esto nos recuerda un episodio de la pasión de Jesucristo que consigna Lucas, cuando Pilatos envió a Jesús donde Herodes Antipas -personaje turbio a quien conocemos porque mandó matar a Juan Bautista. Herodes se alegró mucho de la inesperada visita porque esperaba que Jesús hiciera en su presencia algún milagro: “A ver pues, lúcete; hazte un milagrito para que veamos tus poderes”. Pero Jesús no le respondió palabra (Lc.23:6-12).
7. “Luego que el rey de Israel leyó las cartas, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida (2), para que éste envíe a mí a que sane a un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí.”
I. El rey de Israel (3) se aflige al leer la carta del rey de Siria porque él también es un ignorante. Él se imagina que su colega le está pidiendo que él sane a Naamán, y como eso es algo imposible piensa que el rey sirio está buscando un pretexto para hacerle la guerra. No recuerda que hay un profeta en su reino a quien Dios ha dado el poder de hacer milagros. Las personas encumbradas, o las que desempeñan un papel importante, suelen tomar todas las cosas personalmente. Todo lo refieren a sí mismas, como si fueran el centro del mundo. Es una distorsión de su visión de las cosas provocada por la posición que ocupan.
Pero también podemos pensar que si el rey de Israel no pensó inmediatamente que Eliseo podía curar al general sirio –como sí lo pensó una simple muchacha- fue porque él no le había dado la debida importancia a la presencia del profeta en su tierra, o quizá porque le temía.
II. Observemos lo siguiente: El reino de Israel era una nación idólatra. Su fundador, Jeroboam, para evitar que sus súbditos fueran a adorar al Dios verdadero a Jerusalén, hizo fundir dos becerros de oro que colocó en sendos santuarios, uno en Betel, al Sur; y otro en Dan, al Norte de su reino. Expulsó a los sacerdotes de la tribu de Aarón y nombró a nuevos sacerdotes según su capricho (1R 12:28-31).
No obstante, en este reino idólatra colocó Dios a dos de los más grandes profetas del Antiguo Testamento: a Elías, primero, y a su discípulo Eliseo, después. No envió al reino de Judá, que sin embargo le permaneció fiel, profetas que se equipararan a estos gigantes en milagros. Pero ellos no fueron los únicos que profetizaron en Israel. También lo hicieron Oseas y Amós.
Nosotros solemos despreciar a los que no rinden culto a Dios como nosotros. ¡Ah, esos son unos idólatras! Pero ¿qué sabemos de lo que Dios piensa de ellos y de lo que hace con ellos? Los caminos de Dios no son nuestros caminos (Is 55:8). Quizá haya entre ellos mayores profetas y mayores santos que entre nosotros.
Pero, sobretodo, Él envió a esos dos grandes profetas a las tribus del reino apóstata porque también eran parte del pueblo elegido y quería darles oportunidad de que se arrepintieran. De hecho, aún después de la expulsión de las diez tribus idólatras por los asirios (2R 17:1-23) quedó en Israel un remanente fiel que acudió a la invitación que les hizo Exequias para que participaran en la renovada fiesta de la Pascua en Jerusalén (2Cro 30:5,10,11).
8. “Cuando Eliseo, el varón de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envió a decir al rey: ¿Por qué has rasgado tus vestidos? Venga ahora a mí, y sabrá que hay profeta en Israel.”
Al enterarse el profeta de la angustia del rey lo tranquiliza haciéndole ver lo innecesario que es su temor. Hace llamar a Naamán y, por lo que se narra enseguida, sabemos cómo lo sanó haciéndolo sumergirse siete veces en las aguas del Jordán. ¿Por qué siete veces? Siete es un número que tiene un significado especial en la Biblia. Siete días tiene la semana, y en siete días creó Dios al mundo, incluyendo el día de descanso (Gn 2:2,3); siete días duraban la fiesta de los Panes sin Levadura (Ex 12:14,15; Lv 23:5-8) y la de los Tabernáculos (Lv 23:33,34). Siete veces dio vuelta la congregación de Israel alrededor de la ciudad de Jericó para que caigan sus murallas (Jos 6:3-5). Siete fueron las últimas palabras que pronunció Jesús en su pasión; y siete las iglesias de Asia que se nombran en Apocalipsis (1:11), por mencionar sólo algunos ejemplos. Siete en este caso es una prueba de perseverancia en hacer lo que Dios había ordenado a través del profeta, tal como Jacob sirvió siete años para obtener la mano de Raquel (Gn 29:18-20).
A mí me sorprende la seguridad en sí mismo que muestra Eliseo, que casi parece presunción. Pero no lo era. Eliseo no confiaba en sí mismo, sino en el poder de Dios que obraba a través de él.
La historia tuvo un final feliz. Pero ¿cómo comenzó? Con una tragedia: una banda de bandoleros sirios que capturó a un grupo de mujeres israelitas –entre las que se encontraba nuestro personaje- y las hizo sus esclavas (4).
Una de esas esclavas aceptó su condición como venida de las manos de Dios; no se rebeló contra Él, sino amó a sus captores. El amor de la muchacha por sus patrones llevó a la curación de un general de ese país que era uno de sus paladines, pero era leproso.
El amor puede hacer milagros. Dios usa a los que aman. ¿Quieres que Dios te use? Ama y Él te usará de maneras que no imaginas. Es cierto que Él también usa a los que odian. Los usa para castigar a los que le vuelven las espaldas. Pero seguramente tú no deseas que Dios te use con ese fin. Prefieres que Dios te use para bendecir y no para castigar. Pues ya sabes lo que tienes que hacer. Ama y Él te usará.
¿Cómo hacer para llenarnos de amor por los demás? Llenándonos del amor de Dios. Sólo hay una fuente de amor verdadero y es Dios mismo. Si el amor de Dios llena tu corazón no podrás refrenar el amor al prójimo que fluya de ti. Para nosotros la fuente de ese amor es Jesús: “Si alguno tiene sed venga a mí y beba.” (Jn 7:37). Busca en oración el costado abierto de Jesús, de donde brotó sangre y agua, y Él saciará tu sed.
Nosotros sabemos que la historia tuvo un final ulterior, aun más feliz que la curación de Naamán, y eso fue el que él reconociera al Dios verdadero, y se propusiera en adelante adorarle sólo a Él. El milagro que el profeta hizo con él, hizo que se convirtiera (2R 5:17). Pero ¿cómo comenzó el proceso? Con la compasión que una muchacha esclava sintió por él. Las acciones más pequeñas tienen a veces consecuencias grandes e inesperadas.
Este capítulo del segundo libro de Reyes presenta a algunos grandes personajes de la historia de ese tiempo: al rey de Siria, al rey de Israel, al famoso general Naamán, al profeta Eliseo. Pero nada hubiera ocurrido sin la intervención de esa muchacha cuyo nombre ignoramos. Ella, siendo esclava, fue el agente del cambio. Un ser humilde fue la clave sin la cual los demás personajes no hubieran hecho nada y esta historia no se hubiera escrito.
Así obra Dios. Cuando, algunos siglos después, buscó una madre para su hijo Él no se fijó en una ilustre princesa de noble cuna que fuera digna de llevar en su seno al Verbo; ni en una mujer guerrera como Débora, que le transmitiera su espíritu aguerrido; ni en una mujer sabia como la reina de Saba, que pudiera discutir con el más sabio de los hombres de su tiempo. “Se fijó en la bajeza (es decir, en la humildad) de su sierva” (Lc 1:48).
La sierva de Naamán es para nosotros un ejemplo, no porque ella fuera sabia, aunque quizá lo era; no porque fuera osada, aunque pudo haberlo sido, sino porque era sierva.
¡Ah, sí, el amor, la humildad y el deseo de servir pueden hacer juntos grandes milagros en los cuerpos y en las almas!
EPÍLOGO: Aunque esté fuera del pasaje que me propuse comentar en este artículo, no puedo dejar de observar que Naamán consideró como una afrenta el hecho de que el profeta no saliera a recibirlo personalmente para imponerle las manos y curarlo con algún gesto imponente, sino que le enviara un recado con un mensajero dándole instrucciones –para él ridículas- sobre lo que debía hacer para ser sanado (vers. 11 y 12). ¿Por qué lo trató así Eliseo? En primer lugar, notemos que los profetas no son propensos a halagar a los poderosos, sino más bien los confrontan, como en el caso de Natán con David (2Sm 12). En segundo lugar, Eliseo lo hace para castigar la soberbia de alguien que estaba muy orgulloso de la posición que ocupaba y de sus hazañas; y en tercer lugar, lo hace para hacerle comprender que el poder de curar no reside en el hombre, sino en Dios que obra a través suyo. Naamán entendió muy bien la lección porque cuando fue curado regresó donde el profeta y le dijo: “He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra sino en Israel.” (2R 5:15).
Notas: 1. En la  antigüedad era costumbre ganarse la buena voluntad de las personas a las que se hacía pedidos haciéndoles regalos de valor, sea en dinero, u objetos, o ganado (Gn 32:13:20).
2. Las Escrituras hebreas dicen bien claro que sólo Dios tiene el poder de dar o quitar la vida: “Yo hago morir y yo hago vivir; yo hiero y yo sano; y no hay quien pueda librar de mi mano.” (Dt 32:39b; cf 1Sm 2:6). Es cierto que el hombre tiene también el poder de matar y de transmitir a un nuevo ser la vida que tiene en su cuerpo mediante la concepción, pero no puede hacer resucitar (es decir, dar vida a un muerto), ni puede quitar la vida a nadie con sólo quererlo.
3. En ese tiempo reinaba en Israel Joram, hijo de Acab, que fue menos impío que su padre (2R 3:1).
4. En esas acciones de guerra generalmente los vencedores mataban a todos los hombres y se quedaban con las mujeres.
NB. Este artículo es la segunda parte de la revisión del artículo que fue publicado hace casi ocho años bajo el número 377.
Agradecimiento: Deseo agradecer a todas las personas que me dirigen mensajes a través de Facebook u otros medios. Aprecio muchísimo sus palabras, si bien no siempre me alcanza el tiempo para contestar a cada uno en particular como quisiera.
ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (Vol 1) INFORMES: EDITORES VERDAD & PRESENCIA. AV. PETIT THOUARS 1191, SANTA BEATRIZ, LIMA. TEL. 4712178.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#766 (17.02.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).