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jueves, 26 de agosto de 2021

"COSA DIFÍCIL HAS PEDIDO" (EL PROFETA ELISEO III)


"COSA DIFÍCIL HAS PEDIDO" (EL PROFETA ELISEO III)

“Quédate aquí porque el Señor me manda a tal parte”. Quedarse en el mismo lugar es la comodidad, conformarse con lo que ya se tiene, no desear una mayor llenura del Espíritu Santo, una mayor intimidad con Dios. Es la tentación a la mediocridad a la que todos estamos expuestos, y alguna vez lo hemos sido de hecho. Pero Eliseo no cede a esa tentación. Él desea lo máximo, la cumbre, no sólo heredar la unción de su maestro, sino aún más: una doble porción de su espíritu. 




miércoles, 11 de octubre de 2017

1000 PUBLICACIONES DE "LA VIDA Y LA PALABRA"

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
1000 PUBLICACIONES DE LA VIDA Y LA PALABRA

A mí siempre me ha gustado escribir sobre mis experiencias y sobre lo que veía alrededor mío. A los 14 años empecé a escribir mi diario, que yo estaba seguro algún día sería publicado, traducido a varios idiomas y comentado.
Tenía también planes ambiciosos de escribir un tratado de teología de muchos volúmenes, aparte de proyectos de novelas y piezas de teatro, pero a la larga se mostró que la ficción no era mi camino.
Naturalmente tenía el ejemplo de mi padre, Victor Andrés Belaunde, que era escritor y autor de numerosos libros, principalmente sobre sociología peruana y derecho internacional.
A los 12 años me hizo aprender mecanografía, lo que me fue más adelante utilísimo, aparte de que aprendí a escribir bajo su dictado cartas en un estilo claro y contundente, a la vez que cortés.
El año 1959, residiendo en París, comencé a escribir para el diario “La Prensa” -hoy desaparecido, pero que entonces competía con “El Comercio”- artículos sobre la actualidad política europea e internacional, y sobre arte.
De regreso en el Perú en 1963, mis actividades musicales y mi familia, no me dejaron tiempo para dedicarlo a la pluma. Pero cuando me vinculé con el movimiento carismático durante la enfermedad de mi mujer, sentí la necesidad de contribuir con mi pluma a la difusión del Evangelio.
En 1984 empecé a colaborar con un programa testimonial, llamado “Cielo Nuevo y Tierra Nueva”, que mi amigo y colega Andrés Cerón tenía los domingos en Radio Inca a las 7 de la noche. Hecha la siesta, me sentaba a escribir lapicero en mano. Terminado el texto lo pasaba en limpio en la pequeña máquina portátil que tenía, y corría a la radio para leer mi mensaje antes de que terminara el programa.
Fue en esa época cuando escribí lo que considero mi texto más útil, “Oración y Embarazo”, que trata de la influencia que tienen los pensamientos, deseos y oraciones de la madre en el alma de la criatura que lleva en el seno, inspirado en lo que solía hacer mi mujer con cada hijo. Lo publiqué por primera vez en formato “stencil” que repartí en diversas iglesias. Una edición mayor en pequeño formato de bolsillo años después, fue distribuida en Agua Viva con el impulso de la pastora Mirta Hornung.
Por esa época empecé a escribir artículos semanales en la revista “Oiga” que dirigía Francisco Igartua. El nombre de mi columna era “El Evangelio y Nosotros”, y la firmaba con el pseudónimo de Joaquín Andariego. Algunos de esos artículos los he publicado después ampliados en LVyLP.
En los años 90, un amigo que asistía al grupo de oración que se reunía en mi casa, me presentó al dueño de Radio Miraflores, sugiriéndole que me diera un pequeño espacio en el bloque de comentarios y noticias que se transmitía los fines de semana por la mañana y que tenía bastante audiencia.
Mi propósito era abordar en el programa, que titulé “La Vida y la Palabra”, temas de actualidad desde un punto de vista cristiano y bíblico. Eso significaba un mayor compromiso, que me exigía leer bastante y documentarme.
Los días viernes escribía a mano el texto sobre el tema escogido, lo pasaba a máquina, y me iba a la radio a eso de las 5 pm para grabar el mensaje, que solía leer como si estuviera improvisando.
Como el pequeño programa suscitó el interés de los oyentes que llamaban a hacer preguntas, se me fue otorgando poco a poco más tiempo, llegando a disponer de doce o más minutos. Cada semana me entregaban la grabación de la semana anterior.
Cuando asistí a un seminario internacional del Instituto Haggai en la isla de Maui, en Hawai, en marzo de 1999, me dije que debía hacer algo con esas grabaciones. De regreso en Lima traté de ofrecerlas a las radios cristianas del país que había entonces, pero por algún motivo no les interesó. Quizá mi estilo formal no satisfacía el gusto de los oyentes acostumbrados al tono encendido de los predicadores más conocidos.
No sabiendo qué hacer con esos textos le pregunté un día a mi pastor y amigo, Peter Hornung, si me permitiría repartirlos en forma de fotocopias a la salida de los cultos del templo de Agua Viva en Risso, a lo cual él accedió gentilmente.
Debo señalar que ése fue un acto de generosidad y de confianza extraordinarias. Son pocos los pastores que permitirían que un simple miembro de su congregación, que ni siquiera forma parte de su equipo pastoral, distribuya libremente en su iglesia textos propios. Yo le estoy inmensamente agradecido al pastor Peter por haberme dado la oportunidad de desarrollar un ministerio que se ha convertido en mi tarea en esta etapa de mi vida y que, con el tiempo, ha ido alcanzando a un número cada vez mayor de personas dentro y fuera de la iglesia.
Comencé repartiendo 100 fotocopias, que fueron aumentando a 200 y a 300. Llegado a ese número ya era necesario recurrir a la impresión.
Ya no me acuerdo ahora de todos los detalles pero, para comenzar el proceso de impresión, había que obtener primero el llamado “canson”, usando un papel especial en que se imprimía el texto invertido, y que servía para imprimir el texto definitivo en papel bond.
Con ese fin yo acudía al Centro Lima, cerca de la Av. Uruguay, hacía cola en uno de los puestos del sótano, y una vez obtenida la placa offset, lo llevaba a una imprenta en el primero o segundo piso del mismo lugar, pagaba y regresaba al día siguiente para recoger el paquete, que tenía que cargar hasta la playa de estacionamiento donde había dejado mi auto.
Felizmente algún tiempo después una persona que asistía al grupo de oración que se reunía en mi casa, me advirtió que en la calle José Gálvez de Lince había una pequeña imprenta que podía utilizar. Eso facilitó las cosas porque ya no tenía que ir dos veces por semana al centro de Lima. El dueño era el Sr. Abanto, que tenía dos locales en la misma calle. Al primero llevaba el “canson” a inicios de la semana. Al día siguiente recogía la plancha offset con que se hacía la impresión. Posteriormente el propio Sr. Abanto recogía el “canson” en mi casa.
Como él no tenía una máquina dobladora, el doblado en tríptico lo hacía manualmente con su familia, y como resultado, uno de sus familiares se convirtió leyendo el texto que tenía en manos.
He conservado un cuaderno en que anotaba semanalmente el número de ejemplares impresos y cómo los distribuía entre iglesias y librerías. El crecimiento no fue continuo, sino tuvo altas y bajas, pero a inicios del 2002 imprimía dos mil ejemplares, la mitad de los cuales eran entregados a Agua Viva. A medida que el volumen de la impresión fue creciendo el resto era entregado a varias iglesias, como Camino de Vida, la Alianza Cristiana de Comas y de Lince, Centro Vida, Agape, Emmanuel, Calvary Chapel, Vida Nueva, Renuevo, Nueva Vida, Casa del Padre, Aposento Alto, etc., así como en diversas instituciones y   cristianas, como el Seminario Bíblico Andino, el Seminario Evangélico de Lima, la Casa de la Biblia, la librería El Inca y Kyrios.
Desgraciadamente ahí se interrumpe el registro de la impresión semanal, por lo que no puedo dar cifras del aumento posterior de la impresión a medida que la aceptación y la demanda fueron aumentando. Pero poco a poco llegó a 13,000 ejemplares, de los cuales 7000 eran impresos por el Sr. Abanto, siempre tan fiel, responsable y cumplido, y un hermano de la iglesia que, empezando por una cantidad pequeña, llegó a donar hasta 6000 ejemplares semanales.
En el camino yo había reemplazado el formato A4 por el tamaño oficio para poder aumentar el contenido de mis artículos, y posteriormente, para reducir el costo, reemplacé el papel bond por papel periódico.
De repente ocurrió un lunes –la fecha exacta no la recuerdo- en que el hermano mencionado me informó que no iba a poder seguir con la impresión por razones personales. El mismo día el Sr. Abanto me informó que no iba a poder continuar con la impresión semanal porque el hijo que colaboraba con él se había ido a la Argentina, y que él, que entretanto había mudado su imprenta a San Juan de Lurigancho, no podía seguir haciendo el trabajo solo.
¿Qué hacer en ese momento dado que me iba a ser difícil encontrar en poco tiempo una imprenta que me pudiera hacer el trabajo a un precio económico? Estaba perplejo ante esa disyuntiva cuando inesperadamente me vino a buscar la Hna. Lupe Lázaro de Vicuña, dueña de la imprenta Jhire Grafel, para ofrecerme imprimir gratuitamente 6 mil ejemplares por semana. Yo asumiría solamente el costo del papel y tendría que encargar el doblado a otra imprenta, porque la máquina que ellos tenían no se adaptaba al tipo de papel periódico delgado que yo usaba entonces y sigo usando. De esa manera yo pude continuar con la impresión de LVyLP esa misma semana sin interrupción.
Ahí yo he podido ver una vez más cómo la mano de Dios intervenía en momentos difíciles proveyendo, a través de estos antiguos y fieles amigos, una solución inesperada para superar un obstáculo que parecía insalvable, y que yo pudiera llevar adelante este proyecto que yo reconozco ahora claramente que no es mío.
Respecto del punto crítico del doblado y empaquetado, después de varios ensayos, no siempre muy  afortunados, de encargárselo a imprentas cercanas, o de hacer en casa el doblado con ayuda de una regla, tarea nada fácil porque después había que hacer paquetes de cien ejemplares cada uno, encontré finalmente en la imprenta Langu  i, del Hno. Odilón Huamaní, un colaborador fiel que cumple con el compromiso de entregarme puntualmente el material listo para ser repartido.
En los seminarios locales del Instituto Haggai yo he enseñado acerca de Visión, Misión y el trazado de metas para llevar a cabo lo que nos proponemos, pero yo puedo dar fe de que yo nunca me propuse hacer lo que estoy haciendo actualmente, ni alcanzar a tanta gente con mis escritos, no sólo por medios impresos sino ahora también por las redes sociales de internet. Esto ha surgido casi diría a pesar mío.
Lo mismo puedo decir acerca del contenido, porque yo no tengo ni los estudios, ni la preparación académica para realizar esta tarea. Lo que sí puedo afirmar es que al levantarme temprano cada mañana, después de orar, me siento en el sillón que tengo en mi escritorio para leer el pasaje que me he propuesto comentar, sin tener con frecuencia la menor idea de lo que voy a escribir. Pero en ese momento me vienen ideas y pensamientos que nunca antes han pasado por mi mente y mi lápiz empieza a moverse sobre el papel. De manera que si algunas personas han sido edificadas por su lectura, el primer edificado he sido yo.
Dios obra a través nuestro, y a veces, a pesar nuestro, si tenemos el corazón dispuesto y tan sólo le entregamos nuestra mente y nuestra voluntad para que Él actúe.
No puedo dejar de mencionar a la hermana que me sugirió que para aumentar la utilidad evangelística de mis artículos, añadiera al final una oración de entrega, como la que suelo poner al pie de los artículos.
Soy consciente de que estos escritos llegan a lugares y a gente de la que yo no tengo idea, incluso en provincias y el extranjero. Hay personas, incluso de  edad avanzada, que se llevan cierto número de paquetes, o cantidades menores, que distribuyen en cárceles, en hospitales, en la calle, en sus células, o en los micros y otros vehículos de transporte. He recibido llamadas telefónicas de lugares inesperados, como una vez del penal de Lurigancho, para pedirme consejo. He recibido visitas que me han sorprendido, como la de un sacerdote que tenía problemas con la orden a la que pertenecía, o la de una pareja de esposos que se peleaban constantemente y estaban a punto de separarse,
A todos ellos he tratado de atender en la medida de mis posibilidades, pero Dios me ha mostrado también que no debo involucrarme en las vidas ajenas, como yo tendría tendencia hacer tratando de ayudar, porque eso me desviaría de sus propósitos.
En lo que se refiere a la temática, aparte de los temas de actualidad que he abordado, y de temas bíblicos concretos, como el fruto del Espíritu, o la Gran Comisión, por mencionar sólo algunos, o el tema del judaísmo, al que dediqué ocho documentados artículos, poco a poco me he ido concentrando en el comentario de pasajes o capítulos específicos de las Escrituras. He escrito también series de artículos, como “Los Mandamientos del Diablo”, en que he mostrado cómo el mundo, por diversos medios, nos empuja maliciosamente a hacer cosas que son directamente contrarias a lo que ordena, o aconseja, la palabra de Dios. O como “Anotaciones al Margen” que, como su nombre indica, recoge las ideas que me inspira la lectura de libros espirituales.
Inicialmente yo no numeraba mis artículos. Pero un día la hermana Doris Manco me sugirió que puesto que yo los publicaba y distribuía de manera regular, convenía que los llevara y registrara en la Biblioteca Nacional. Eso exigía darle a la publicación un carácter más formal y numerarlos, lo cual es la razón de la información que aparece al pie de página. Para efectos de la numeración lo que hice fue retroceder en el tiempo hasta ubicar la primera charla transmitida por Radio Miraflores.
Llegar al número mil es la ocasión apropiada para expresar mil veces mi agradecimiento, en primer lugar a Dios, por haberme honrado al escogerme para realizar esta tarea que nunca estuvo entre mis planes; y en segundo, a todas las personas, comenzando por mis pastores, que me han alentado a llevarla adelante.

#1000 (08.10.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 24 de noviembre de 2016

LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VIRGENES I
Un Comentario de Mateo 25:1-13
1. “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo.”

La palabra “entonces” tiene la función de ligar esta bella y tierna parábola –que era una de las favoritas de la iglesia primitiva- al discurso escatológico iniciado por Jesús en el capítulo anterior, en el que se habla de lo que ocurrirá al final de los tiempos y, en especial, de la anunciada venida del Hijo del Hombre. (“Entonces” es una de las palabras de transición favoritas de Mateo).
La parábola tiene como trasfondo la costumbre hebrea de celebrar el matrimonio por la noche en la casa de la novia (Jc 14:10-18; Tb 6:13;  8:19), la cual era enseguida llevada por el novio a su casa acompañado por un cortejo formado por sus amigos y las amigas de la novia, vírgenes como ella. Las bodas se celebraban en verano y había invitados que acudían directamente al banquete en la casa del novio (Nota 1).
2. “Cinco de ellas eran prudentes, y cinco insensatas.”
Por algún motivo no especificado, diez de las jóvenes invitadas no asistieron a la ceremonia del matrimonio en la casa de la novia, sino fueron directamente a la casa del novio, donde se celebraría el banquete. Cinco de ellas eran precavidas, pero las otras cinco no tomaron las precauciones necesarias. (Véase en Mt 7:24-27 la descripción que hace Jesús del hombre prudente y del insensato).
3,4. “Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron consigo aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas.”
¿En qué se notaba la diferencia entre unas y otras? En que las vírgenes prudentes, previendo que el novio pudiera demorarse, trajeron con sus lámparas encendidas, una cantidad suficiente de aceite como para mantener la llama viva en caso de que tardase el novio, mientras que las insensatas no tomaron esa precaución, y temieron que sus lámparas pudieran apagarse antes de que el novio llegase, y ellas quedaran en ridículo.
5,6. “Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo, salid a recibirle!
Como en efecto el novio se tardó más de lo esperado, las diez muchachas se quedaron dormidas, cuando de repente, alguien (posiblemente los mismos miembros del cortejo) les avisó: Ya se acerca el novio con sus acompañantes, salgan a recibirlo, seguramente con cánticos y danzas según la costumbre. Que se les pida que salgan quiere decir que no estaban en el descampado, sino en algún lugar o recinto cubierto.
7. “Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas.”
Alertadas pues, las diez muchachas se preocuparon de arreglar sus lámparas cuya llama podría estarse apagando, para que dieran la luz más brillante posible.
8. “Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan.”
Entonces fue cuando las que no fueron precavidas se dieron cuenta de que no tenían aceite suficiente, y que sus lámparas podían apagarse antes de que el cortejo del novio llegase. ¿Qué hacer en ese aprieto? Pedir ayuda a las que sí habían sido precavidas, para que compartieran su reserva de aceite con ellas, ya que sin sus lámparas encendidas no serían admitidas al banquete.
9. “Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras ni a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas.”
Esa no es una buena idea, respondieron las precavidas. No vaya a ser que nuestro aceite no alcance para todas. Mejor vayan ustedes a comprar lo necesario en alguna tienda cercana, porque todavía debe haber alguna que esté abierta. Era costumbre, en efecto, en el oriente que las tiendas permanecieran abiertas hasta horas avanzadas de la noche.
10. “Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.”
Ocurrió lo que era de temer, que justo cuando las necias iban a comprar el aceite que les faltaba, y remediar su falta de previsión, vinieron el novio y la novia con su comitiva. Ellos no se iban a poner a esperar que las cinco vírgenes ausentes regresaran, sino que entraron de frente a la casa, y se cerró la puerta tras ellos.
11,12. “Después vinieron las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco.”
Cuando las cinco vírgenes necias regresaron con el aceite comprado, se encontraron con la puerta cerrada, y comenzaron a gritar: “¡Señor, ábrenos! ¡Ya estamos de vuelta!” Pero el esposo no les hizo caso y se negó a abrirles la puerta, diciendo que no las conocía.
13. “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.”
Así pues, concluyó Jesús, estad alertas y velad, porque no sabéis cuándo yo he de regresar para juicio de la humanidad entera (cf Mt 24:36,39,42,44; Mr 13:35.36).
¿Cuál es la interpretación de esta parábola que sólo se encuentra en Mateo? Lo primero que debemos notar es que, según palabras del propio Jesús, la actitud de las diez vírgenes refleja la actitud que asumirán los seres humanos (cristianos o no) cuando Él venga al final de los tiempos. Pero también podemos entenderla de la actitud que asuma cada ser humano cuando al  morir le toque presentarse personalmente a juicio, algo de lo que nadie sabe el día ni la hora. Pero que es seguro que tendremos que hacerlo no cabe duda pues, como dice Pablo: “Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.” (Rm 14:10).
¿Por qué diez vírgenes? El número diez, aparte de su valor mnemotécnico (los diez dedos de las manos, cinco en cada una) en el Antiguo Testamento es símbolo de lo completo: los diez mandamientos, las diez plagas de Egipto, las tablas de diez codos del tabernáculo, las cucharas de diez siclos de oro, etc., etc. (2) Diez es también en el judaísmo  el número mínimo de hombres (minyam) con el cual se puede establecer una sinagoga, y el número mínimo de hombres requerido para comer el cordero pascual.
Se les llama vírgenes porque ellas representan primeramente a los cristianos, a los miembros de la iglesia, que es pura y santa (Ef 5:27), como lo era idealmente también el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, y por eso con frecuencia se le llama “virgen” (Lam 1:15; 2:13).
Los matrimonios solían celebrarse de noche o, al  menos, duraban hasta hora avanzada, lo que explica que las vírgenes que formaban parte del cortejo llevaran lámparas consigo para no tropezar en el camino.
El sentido básico de la parábola es que hay que estar preparados para cuando el Señor venga en un día que sólo Dios conoce. Debemos vivir constantemente como si hoy fuera el último día de nuestra vida, porque en realidad, no sabemos cuándo el Señor vendrá a buscarnos. Puede ser hoy, o mañana, o dentro de muchos años.
Jesús quería además advertir a los discípulos, que esperaban que su retorno a la tierra sería inmediato, que Él podía demorar más de lo que imaginaban. Por tanto, había que velar, es decir, estar siempre listos (Lc 21:34-36).
¿Qué es estar listos para su venida? Vivir en estado de gracia, en comunión con Dios; habiéndose arrepentido y habiendo sido perdonado de todo pecado.
Tener aceite suficiente en nuestra lámpara es perseverar en el estado de gracia, de comunión efectiva con Dios, aborreciendo el pecado y no cediendo a las tentaciones que constantemente nos asaltan.
Eso hicieron las vírgenes prudentes; en eso fallaron las vírgenes necias: No estaban en estado de gracia cuando Jesús vino de improviso, aunque parecía que llevaban una vida cristiana correcta (2Tm 3:5). Cuando quisieron arrepentirse, ya era tarde. Nuestro destino eterno se define en el momento de la muerte. No hay segunda oportunidad.
La fiesta de bodas en la casa del esposo, como en otras parábolas afines (Mt 22:1-14; Lc 12:36) es el reino de los cielos, donde se goza de la presencia de Dios en compañía de los ángeles, y de todos sus santos y elegidos.
Que el Señor venga a medianoche –cuando los hombres están durmiendo, en sentido figurado- quiere decir que Él viene cuando menos se le espera, como ocurrió en los días de Noé: los hombres comían y bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos (Lc 17:26,27; Mt 24:37-39).
El clamor a medianoche anunciando la venida del esposo es la voz del arcángel y de la trompeta de Dios, que anuncia la venida del Señor con sus ángeles, y todos los que entretanto hubieren fallecido resuciten para recibirlo, despertando de su sueño de muerte; y los que estén vivos sean “arrebatados juntamente con ellos para recibir al Señor en el aire.” (1Ts 4:16,17; cf 1Cor 15:51,52).
Arreglar sus lámparas es prepararse a dar cuenta a Dios de su vida. Pero unos estarán preparados para el juicio, otros, lamentablemente, no. En ese momento, traspuesto el umbral de la muerte, nadie podrá ayudarlos, el estado de gracia no se transfiere de unos a otros. Nadie puede compartir su aceite con otro. (3)
La luz de las lámparas de las vírgenes necias se extingue porque, aunque llevaron una vida aparentemente cristiana, y la gente las tenía por tales, en verdad vivían alejadas de Dios. En el día del juicio, cuando se cierre la puerta definitivamente para muchos, las apariencias de piedad caerán a tierra y se mostrará lo que las personas son realmente.
Por eso Pablo nos aconseja que no juzguemos por apariencias antes de que venga el Señor a iluminarlo todo con su luz, porque Él “aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones…” (1Cor 4:5).
En el día del juicio los salvos no podrán ayudar de ninguna manera a los condenados, aunque quisieran, por mucha compasión que sientan por ellos. “Id vosotras a comprar” es una frase involuntariamente irónica: ¿Por qué no lo hicisteis a tiempo? De nada sirvió que las vírgenes necias invocaran en ese momento el nombre de Aquel a quien habían negado en sus vidas.
A ese respecto Herbert Lockyer en “Todas las Parábolas de la Biblia”, anota: Cada persona es responsable de su lámpara. La preparación es personal. Todas las vírgenes esperaban al esposo, todas se durmieron, pero en el momento en que se anuncia que llega el esposo se revela la diferencia que hay entre ellas: Unas estaban preparadas para recibirlo; otras, no.
Todas eran iguales en lo externo: todas tenían lámparas; pero no eran iguales en lo interno: el aceite que algunas tenían no era suficiente para la larga espera.
La preparación es personal: Cada cual dará cuenta a Dios de sí, dice Pablo  (Rm 14:12). La puerta se cierra para las que no están preparadas.
La parábola enseña la perseverancia porque las vírgenes necias estaban preparadas al comienzo (tenían lámparas y aceite), pero no al final. Por eso Jesús concluye: “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora…”.
Por su lado, R.C. Trench en “Notes on the Parables of our Lord”, observa: Las vírgenes son las compañeras o amigas de la novia (la iglesia), vírgenes como ella.
Vírgenes son todos los que esperan la segunda venida del Señor. Hay quienes están armados de todas las cualidades que menciona Pedro en 2P 1:5-9, y quienes las descuidan: fe, virtud (es decir, fortaleza), conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal, amor. Esas cualidades son la provisión más o menos abundante de aceite que cada cual posee.
Según otra interpretación las vírgenes necias son las que confiesan a Jesús con sus labios, pero carecen de la fe verdadera que vivifique sus vidas. Lo exterior de la vida cristiana es la lámpara, lo interior es el aceite, símbolo del Espíritu. (Recuérdese el aceite de la unción, Ex 30:22-33).
Las vírgenes necias son negligentes en la oración, perezosas en su trabajo para Dios. Tienen aceite, pero no lo suficiente.
Las vírgenes prudentes reconocen que tienen un largo camino por delante de negación de sí mismas (Mt 16:24) y, por tanto, necesitan estar llenas del Espíritu.
La demora del esposo sugiere que la segunda venida del Señor no es inmediata (2P3:9), y por tanto, los creyentes no deben dormirse en su fe, sino permanecer vigilantes para ser hallados dignos de entrar en su reino cuando Él venga inesperadamente como ladrón en la noche (2P3:10).
John A. Broadus (“Commentary on Mathew”): Los matrimonios eran celebrados por la noche en la casa de la novia. De ahí que después el novio, acompañado por sus amigos y las amigas de ella, fuera en procesión a su propia casa para la fiesta, llevando lámparas para el camino.
Sin las lámparas encendidas las vírgenes no serían admitidas a la fiesta. Arreglar sus lámparas es rellenarlas de aceite, enderezar la mecha.
Aplicación: La única manera de estar listos cuando Jesús venga, es estar siempre listos. La única manera de estar preparados para morir, es estar siempre preparados. Una parte de la humanidad estará preparada para ese día, otra parte no lo estará.
El retorno de Jesús no será tan pronto como algunos en ese tiempo imaginaban. Por eso es que algunos se duermen en la espera, es decir, mueren.
El no traer una reserva de aceite en vasijas junto con sus lámparas es una indicación del poco interés que se pone en las cosas de Dios (Os 6:4).
Las vírgenes prudentes no pueden ayudar a las necias porque la piedad y la fe son personales e intransferibles. Es como la necesidad de comer. Yo no puedo comer por ti si tienes hambre.
“No os conozco” dirá Jesús a algunos porque no hicieron la voluntad de su Padre (Mt 7:23). Eso no significa rechazar a los que sinceramente buscan ser salvados.
Los hombres en tiempos de Noé no creían que habría un diluvio, y por eso, no tomaron precauciones y se burlaron de él. Cuando vino, cada uno hacía su vida normal, pero los que no tuvieron cabida en el arca fueron arrastrados por las aguas.
Jesús preguntó una vez: “Cuando venga el Hijo del Hombre ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8) Los hombres estarán demasiado ocupados en sus asuntos personales para pensar en Dios. Los que no estén preparados serán arrastrados a su perdición. Los preparados serán salvos.
La segunda venida del Señor es un suceso que llenará de alegría a algunos, pero de terror a otros. Habrá que estar listos, por lo que la preparación debe ser permanente. Lamentablemente muchos de los que creen ser amigos de Jesús, o dicen serlo, no estarán listos.
Los esfuerzos apurados del último momento para estar bien con Dios se revelarán inútiles. A muchos la muerte los sorprenderá sin que tengan tiempo de arrepentirse. La puerta del cielo les estará cerrada para siempre. Los que no quisieron buscar la gracia de Dios cuando tuvieron tiempo, no tendrán tiempo de hacerlo cuando lo necesiten.
Notas: 1. En la parábola no se menciona a la esposa, que queda como oculta, como tampoco se la menciona en Mt 22:1-14. Sin embargo, algunos textos latinos y sirios la mencionan, reflejando la costumbre occidental, según la cual la esposa es conducida donde el esposo para la ceremonia. Recuérdese que en el episodio de las Bodas de Caná (Jn 2:1-12), la fiesta de bodas se celebra en la casa del novio, y la novia tampoco es mencionada.
2. Elcana le dice a su mujer Ana: “¿No te soy yo mejor que diez hijos?” (1Sm 1:8) Diez también fue el número de testigos que Booz convocó para decidir el asunto de la redención de las tierras que habían pertenecido a su pariente Elimelec, y que su viuda Noemí había decidido vender (Rt 4:1-3).
3. En esta parábola Jesús parece haber dado previsoriamente un argumento contra la doctrina de que la salvación no se pierde (una vez salvo, siempre salvo) porque si las cinco vírgenes necias eran creyentes ¿cómo así Jesús les cerró la puerta?
NB. Veamos algunas de las palabras griegas:
Parthénos= virgen, doncella; muchacha que no ha conocido varón, que está en edad casadera; en Ap 14:4 se aplica a los hombres que no se han contaminado con mujeres (en sentido de libertinaje).
Numphíos= novio, esposo recién casado.
Phrónimos= Prudente, sensible, poseedor de sabiduría práctica.
Morós= tonto, estúpido, necio.
Élaion= aceite de oliva, usado tanto para iluminar, como para ungir.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos diciendo: Jesús, yo te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.

#925 (08.05.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 27 de enero de 2012

LA BATALLA DE LA ORACIÓN

Por José Belaunde M.

El capítulo décimo del libro del profeta Daniel contiene enseñanzas muy profundas acerca de la oración y -esto puede quizá sorprender a algunos de mis lectores- acerca de los conflictos que la oración provoca en las esferas celestiales. Que la oración pueda suscitar conflictos en los cielos es posiblemente una noción novedosa para muchos, pero las Escrituras lo muestran claramente.


El episodio en cuestión nos narra cómo el profeta se había puesto a ayunar y a orar durante tres semanas en medio de gran angustia interior, hasta que se le apareció en visión un ángel de aspecto impresionante, que empezó a hablarle y, entre otras cosas, le dijo:


"Daniel, varón muy amado, escucha atento las palabras que te hablaré y ponte en pie, porque he sido enviado a ti ahora. Mientras hablaba conmigo, me puse en pie temblando. Entonces me dijo: Daniel, no temas, porque desde el primer día en que dispusiste tu corazón para entender y humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras, y a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe de Persia se me opuso durante veintiún días. Pero Miguel, uno de los principales príncipes, vino a ayudarme..." (10:11-13).


Lo primero que nos dice este párrafo es que orar es no sólo hablar con Dios, alabarle, pedirle cosas, sino también tratar de entender sus propósitos, sus pensamientos, sus palabras. Esto es algo que concierne directamente nuestras vidas. ¡Sobre cuántas cosas necesitamos preguntar a Dios acerca de sus propósitos! ¡Cuánto tiempo perdido y energías gastadas inútilmente nos ahorraríamos si lo hiciéramos con frecuencia!


Lo segundo es que orar es humillarse delante de Dios y reconocer nuestra condición pecadora, nuestra pequeñez y nuestra dependencia del Creador, ante quien somos menos que el polvo. Y hemos de hacerlo si es que deseamos recibir aquello que imploramos "porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes." (1P5:5)


En tercer lugar, fijémonos en que son nuestras palabras las que provocan la respuesta de Dios, no tan sólo nuestros pensamientos, aunque ciertamente Él los conoce y escucha. Dios quiere que le hablemos. La palabra hablada comunica a la oración una urgencia que el pensamiento sólo no le da.


Por último, el pasaje nos dice que la oración, cuando es conforme a la voluntad de Dios y persigue los propósitos de Dios, provoca una batalla en los cielos entre las huestes angélicas y las demoníacas, porque Satanás tiene intereses contrarios a los que persigue esa oración y se opone a ella con todas sus fuerzas.


San Pablo se refiere a este conflicto en su epístola a los Efesios: "Porque nuestra lucha no es contra sangre ni carne (esto es, contra seres humanos) sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores mundiales de estas tinieblas, contra huestes espirituales de maldad en los lugares celestiales". (Así en el original, 6:12). El príncipe de este mundo, como lo llama Jesús, aunque ha sido arrojado de la presencia de Dios, tiene acceso con toda su corte a las esferas celestes donde se decide lo que ocurre en la tierra, y tiene autorización para oponerse, hasta cierto punto, a los designios de Dios y tratar de hacer prevalecer los suyos.


Este es un misterio que apenas nos ha sido entreabierto en las Escrituras, pero que explica muchas de las cosas que ocurren en el mundo y que de otra manera serían para nosotros inexplicables. Nos permite entender también cómo Jesús pudo decir, antes de su pasión, que la hora del príncipe de las tinieblas había llegado. Es decir, la hora en que Lucifer triunfaría transitoriamente.


Es interesante que averigüemos cuál era el motivo por el cual Daniel se puso a ayunar y a orar. No lo precisa el texto en este pasaje, pero el capítulo anterior consigna una larga oración en que Daniel, afligido por la desolación de su patria, pide a Dios perdón por los pecados de su pueblo, que había sido conquistado por Nabucodonosor y deportado a Babilonia, e intercede por ellos. Daniel le recuerda a Dios la profecía anunciada en su nombre por boca de Jeremías, de que, al cabo de 70 años, el pueblo de Israel retornaría a su tierra (Compárese Dn 9:1-19, en especial el vers. 2 con Jr 25:8-14; 29:4-14, y, en especial los vers. 25:11,12 y 29:10). Estamos autorizados a suponer que la oración de Daniel en el capítulo décimo era por la misma intención de su plegaria en el capítulo previo; esto es, que oraba por la liberación de su pueblo, en cumplimiento de la profecía de Jeremías, y por la restauración del templo derruido de Jerusalén, como era el deseo de todo judío piadoso.


Ahora bien, si Dios había prometido que el pueblo retornaría al cabo de 70 años ¿qué necesidad había de orar por el cumplimiento de esa promesa? Lo que Dios ha establecido debe cumplirse de todas maneras. ¿No es acaso Dios todopoderoso? ¿Tiene acaso Dios necesidad de la ayuda humana? ¿Dependerá el Creador de su criatura? Sin embargo, así como el Hijo de Dios se humilló a sí mismo haciéndose hombre como cualquiera de nosotros, de cierta manera Dios se humilla a sí mismo también haciendo que el cumplimiento de su voluntad en la tierra dependa de la oración del hombre. De otro modo Jesús no habría enseñado a sus discípulos a pedir por el cumplimiento de la voluntad del Padre: "...hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo." (Mt 6:10).


Por lo demás, Dios quiere también que el hombre colabore en los planes suyos que lo favorecen, de tal modo que, por decirlo de alguna manera, no tenga el hombre en todo la mesa servida. Dios, dijo un autor antiguo, quiere ser rogado para hacer aquello que se propone.


Dios, pues, necesitaba que alguien orara por el cumplimiento de esa profecía, para ponerla en obra. Necesitaba que alguien se pusiera en la brecha a interceder por el pueblo. Tan pronto como Daniel empezó a orar, se suscitó una batalla en las regiones celestes. Satanás conocía muy bien la profecía que Jeremías había proclamado por orden divina, pues era pública, y como él se opone a todo lo que Dios quiere, apenas se puso Daniel a orar por su cumplimiento, el Maligno mandó inmediatamente a sus huestes a trabajar para impedir que se cumpliera. De otro lado, podemos suponer que la oración de Daniel era también contraria a los planes y propósitos que la potestad satánica que regía los asuntos de la nación persa había concebido, y a la que la Escritura llama "el príncipe de Persia". (Dn 10:13).


Aquí nos enfrentamos a otro misterio que las Escrituras no revelan plenamente pero que dejan entrever. Así como al lado de cada ser humano hay un ángel de la guarda (Mt 18:10) que lo cuida y un diablo que lo tienta, así también hay sobre cada familia, sobre cada unidad social, sobre cada villa y cada ciudad, sobre cada nación y cada pueblo, autoridades angélicas y demoníacas de rango creciente que intervienen en sus destinos con designios contrarios a los de Dios y que influyen en los acontecimientos. Podemos, por ejemplo, postular, aunque no podamos probarlo, que hace unos años había una potencia satánica que azuzaba el conflicto entre nuestro país y nuestro vecino del Norte y que se oponía a la paz, así como hay potencias satánicas detrás de toda guerra en el planeta.


Pero volvamos a la historia de Daniel. Los propósitos de Satanás son siempre opuestos a los de Dios y es natural que el maligno deseara mantener al pueblo elegido en esclavitud y frustrar de esa manera el plan de salvación que Dios quería llevar a cabo a través de Israel. Así como tampoco, podemos suponer, convenía a los intereses del imperio persa -conquistador a su vez del imperio babilónico- el que una minoría industriosa y disciplinada, como lo era la comunidad judía, abandonara el país.


Pero el ángel que se aparece a Daniel lucha en las regiones celestes contra las huestes espirituales de maldad con la ayuda del arcángel Miguel, que es príncipe sobre Israel, para hacer prevalecer los designios divinos. La batalla en los cielos empezó tan pronto como Daniel comenzó a orar, y ahora el ángel viene a anunciarle la victoria, obtenida cuando su oración ha colmado la medida necesaria. Nuestra oración suscita, pues, en toda ocasión una batalla en los cielos entre las fuerzas que favorecen y las fuerzas que se oponen a nuestras metas, y el propósito de nuestra plegaria se logra cuando nuestra oración ha colmado la medida que Dios requiere.


¡Con cuánta frecuencia nuestros deseos y propósitos no se cumplen, o son obstaculizados, porque son contrarios a los propósitos de Satanás! Si no oramos, o si no oramos con la necesaria persistencia, le dejamos el campo libre a nuestro enemigo para llevar a cabo su obra destructora. Eso hacemos una y otra vez por nuestra falta de oración o por nuestra tibieza en ella. ¡Cuántas cosas nefastas nos han ocurrido a nosotros, o a nuestras familias, porque no nos hemos mantenido vigilantes en oración pidiendo a los ángeles que construyan una muralla protectora en torno a los nuestros! ¡Y cuántas bendiciones hemos dejado de recibir porque permitimos que Satanás las obstaculizara! El diablo viene a robar, matar y destruir (Jn 10:10), lo sabemos muy bien, pero si oramos continuamente, lo mantenemos a raya y frustramos sus propósitos.


Hasta qué punto el desenlace de la batalla celestial depende de la oración en la tierra, nos lo muestra el episodio de la batalla contra los amalecitas, narrado en el capítulo 17 del libro del Éxodo. Los amalecitas atacaron a los israelitas y Josué les salió al frente con el ejército de Israel, mientras Moisés subía al monte a orar, acompañado por Aarón y Hur. Cuando Moisés mantiene en alto las manos en oración las fuerzas de Israel vencen a las de Amalec; cuando las deja caer cansado, los de Amalec ganan. El resultado de la batalla en la tierra refleja el resultado de la batalla en los cielos. Los de Israel prevalecen cuando los ángeles prevalecen; los de Amalec ganan cuando las huestes de maldad llevan la mejor parte. No es que los ángeles puedan realmente ser vencidos por las fuerzas demoníacas. Pero es la oración en la tierra la que fortalece la intervención angélica o la que determina con cuánto ardor darán la pelea por nosotros. Si dejamos de orar, ellos aflojan o dejan de luchar. Quizá se digan: no les interesa tanto lograr la victoria. Su ayuda se amolda a nuestra insistencia y tenacidad, a la intensidad de nuestro deseo de triunfar.


Si pudiera escribirse la historia secreta, espiritual, de los pueblos, podríamos ver hasta qué punto los acontecimientos grandes y pequeños de su devenir han sido determinados por la oración y por la batalla que ella desata en los cielos; podríamos ver hasta qué punto –aunque no en un sentido absoluto sino sólo relativo- Dios ha puesto el cumplimiento de sus planes en nuestras manos.


Lo dicho se aplica a lo que está sucediendo en el Perú en estos tiempos. Nuestro país se encuentra en una encrucijada expectante pero difícil y necesita salir del atraso económico que aun aflige con pobreza a una parte de la población. Al mismo tiempo, necesita mantener un clima político y social ordenado que permita poner en marcha las reformas necesarias y avanzar hacia el futuro. Contra ello conspiran la agitación generada por las demandas y expectativas insatisfechas de la población, los esfuerzos del terrorismo por volver a levantar la cabeza, y la escasa coherencia de algunos actores políticos. Cuál sea el resultado de esta contienda dependerá en buena medida de la fe y de la perseverancia de las oraciones de la iglesia. El triunfo de las fuerzas del bien sobre las del mal en nuestra patria dependerá de que mantengamos los brazos en alto, como hizo Moisés en el episodio que hemos mencionado arriba, y de que haya quienes, como hicieron Aarón y Hur en esa ocasión, sostengan los brazos de los intercesores.


NB. Este artículo fue transmitido por radio el 8.4.00. Fue revisado e impreso por primera vez el 7.12.03.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y a entregarle tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”


#710 (22.01.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).