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miércoles, 24 de septiembre de 2014

LOS VALORES Y EL AMOR II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LOS VALORES Y EL AMOR II
Al terminar el artículo anterior, en que estuvimos hablando acerca de los valores, dijimos que en el siguiente hablaríamos acerca del primero de todos los valores o virtudes.
El amor en realidad es la raíz de todas las virtudes, la raíz de todos los valores, porque del amor procede todo lo demás, es decir, todas las cualidades y todas las cosas buenas que hay en la vida. El amor es la virtud central, el valor central. Agustín, el famoso obispo de Hipona, decía: “Ama y haz lo que quieras”. No estaba propugnando una vida sin ley, librada al capricho humano, sino que si una persona ama y es una persona buena, va a hacer de una manera natural y espontánea lo que es bueno, conveniente, beneficioso y útil para los demás. Por eso es que el amor, decimos, es lo primero.
Pablo lo enseña muy claramente en 1ª Corintios, en un pasaje que seguramente todos conocen muy bien. En el cap. 12 Pablo ha estado hablando de los diferentes dones espirituales, y al llegar al versículo 31, dice: “procurad pues los dones mejores”. Todos esos dones de los cuales os he hablado, tratad de tenerlos, de adquirirlos. Pero en seguida añade: “Mas yo os muestro un camino aun más excelente”. Entonces comienza a decir: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.” (13:1-3)
Y podríamos añadir: Si tú tienes todos los conocimientos del mundo, y además tienes los mejores contactos en la vida empresarial y en el mundo de los negocios y en la política, y si tú eres una persona fuerte, más fuerte que Hulk, pero no tienes amor, no eres nada. Pero si tienes amor, aunque seas pequeño, desconocido, inválido, pobre, menospreciado por la gente, lo tienes todo. ¿Por qué? Porque el amor es la cualidad suprema, que viene directamente de Dios, y quien lo tiene, lo tiene todo, porque Dios es amor. De otro lado sabemos también que el primero de los frutos del Espíritu, de que habla Gálatas 5: 22,23 es el amor.
¿Y por qué es el amor tan importante? Podríamos decir que el amor es como el tronco de un árbol, la cepa principal de la cual salen no solamente las ramas cubiertas de hojas, y de las cuales cuelgan los frutos, sino también los brotes a nivel del suelo, de la tierra. Del amor viene todo lo demás. Del amor viene la cortesía, la amabilidad, la bondad, la consideración, la fidelidad, la lealtad, etc., etc., las cualidades que ennoblecen la vida. En suma, el amor es la madre del cordero, por decirlo en términos populares. El amor lo es todo.
De hecho nosotros sabemos por qué creó Dios al hombre, por qué creó a todos los demás seres, a sus criaturas, a los animales de toda clase, desde los dinosaurios, cuyos pasos hacían retumbar el suelo, hasta los minúsculos microbios y bacterias, invisibles al ojo humano. Todas las creó por amor y, de acuerdo a su amor, las creó para amarlas y para ser amado por ellas. Y cuando los hombres, que son la corona de su creación, se rebelaron y se apartaron de Él, vino a salvarlos. ¿Por qué motivo? ¿Qué dice su palabra? “Porque de tal manera amó Dios…” (Jn 3:16). Lo hizo por amor.
La verdad es que todas las cosas valiosas que hay en la vida son hechas, movidas, condicionadas por el amor. Pero también es cierto que, en la práctica, todos nosotros – y si no somos hipócritas tenemos que reconocer que es cierto- somos movidos más por el interés, por lo que nos conviene. Y de eso, a la larga, no viene nada bueno, porque los intereses de las personas colisionan unos con otros.
Es mucho mejor ser movido por el amor que ser movido por el interés porque el resultado, a la larga, es mejor para todos. Actuar por interés nunca puede dar frutos comparables a los que rinde el amor. De manera que, no por razones idealistas sino por razones estrictamente prácticas, el amor es el más importante de todos los valores. Cuando actuamos por amor, especialmente movidos por el amor sobrenatural, Dios nos mira con agrado y nos bendice. Eso es lo que Dios desea y espera de nosotros, porque Él actúa también de esa manera, movido por amor.
En primera de Corintios 13·Pablo dice que “el amor es sufrido” (según Reina Valera 60; en otras versiones dice “paciente”, que viene a ser lo mismo) “el amor es benigno, el amor no tiene envidia...” -aunque nosotros somos con frecuencia envidiosos - “el amor no es jactancioso”, -aunque todos somos unos sobrados- “el amor no se envanece” -aunque todos nos miramos en el espejo para ver si soy más guapo hoy día que ayer- “el amor no hace nada indebido” -aunque con frecuencia nos portamos mal- “el amor no busca lo suyo” -aunque cada cual está buscando ganarse alguito- “el amor no se irrita” -aunque con frecuencia nos molestamos- “no guarda rencor” -aunque estamos llenos de resentimientos- “el amor no se goza de la injusticia” ni del daño ajeno, -aunque nosotros con frecuencia decimos: “bien merecido se lo tiene”- “mas se goza de la verdad” –aunque con frecuencia mintamos. Pablo concluye con una frase maravillosa: “el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (v. 4-7). Muchas madres lo saben muy bien por experiencia, porque ellas están acostumbradas a sufrir, a esperar y soportar orando y creyendo que al fin su hijo ha de corregirse y seguir por el buen camino.
En suma, todos nosotros necesitamos llenarnos de amor para atraer a nosotros las cosas buenas a las que aspiramos y que deseamos, porque el amor es como un imán que atrae el bien y rechaza el mal. Cuando no amamos este imán de nuestra alma carece de fuerza, está como apagado. Hay personas que se dicen: “¿Por qué me sucede esto? ¿Por qué es que no tengo amigos? ¿Por qué estoy solo?” Naturalmente pueden haber muchas causas inmediatas del porqué eso sucede pero, en el fondo, detrás de la suerte como se dice, de lo que llamamos buena o mala suerte, de la felicidad o de la infelicidad de las personas, está el amor, el tener amor o carecer de amor, porque el amor siempre produce un fruto bueno, nunca un fruto malo, aunque pueda ser causa temporalmente de sufrimiento. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis.” (Mt 7:16). Por el fruto del amor conoceremos la calidad del amor, o conoceremos que no hay amor.
Cuando en una casa, o en una familia, reina el amor, ¿cómo es la vida de ellos? Todos se llevan bien, todos se tratan bien, son considerados unos con otros, se ayudan mutuamente, se consuelan unos a otros si alguno está triste; se levantan y se acuestan felices, de buen humor, porque el amor reina en el hogar. Pero cuando no hay amor, ¿qué es lo primero que surge? Hay división, peleas, contiendas, rivalidades, hay infelicidad.
Cuando reina en nuestros corazones el amor, atrae el bien hacia nosotros, porque el amor, hemos dicho, es como un imán, y se manifiesta de muchas maneras en la vida práctica. Por ejemplo, el amor se manifiesta en fidelidad (¡y qué importante es la fidelidad!); el amor se manifiesta en lealtad, el amor se manifiesta en bondad, en benevolencia -que es querer bien- en buena voluntad; el amor se manifiesta en consideración, que es lo contrario a la desconsideración. A veces decimos: ¡qué persona tan desconsiderada! Nadie quiere estar al lado de una persona desconsiderada y nos alejamos de ella, porque no tiene amor. Si tuviera amor sería considerada. El amor se manifiesta en buenas maneras, en cortesía; el amor se manifiesta en misericordia, en compasión; el amor se manifiesta en generosidad, en solidaridad; el amor, en última instancia, se manifiesta en integridad, en honestidad, porque instintivamente busca lo recto; se manifiesta en diligencia, en veracidad, por amor de la verdad misma; se manifiesta en paciencia, en contentamiento, en dominio propio. En suma, todas estas cualidades surgen del amor.
Pero profundicemos aun más el tema.
El ser humano ama instintivamente. ¿Por qué? Porque la imagen de Dios que tiene dentro le impulsa a amar. Si tiene dentro de sí la imagen de Dios, y Dios es amor, entonces esa imagen de Dios que tiene dentro de sí al amor, como parte esencial de su ser, aunque haya sido maltratada y corrompida por el pecado, lo llevará a amar instintivamente, casi como si no quisiera.
Sabemos que también los animales aman, especialmente los animales domésticos. Aman a sus dueños, aman a los niños que juegan con ellos, y conocemos muchos casos de cómo los protegen y los cuidan, como si tuvieran la intuición de la fragilidad de la infancia.
Los animales aman, aunque no de la misma manera ni con la misma intensidad que los seres humanos, pero sabemos bien que la perra que ha dado a luz ama a sus cachorros; y la gatita, cuando tiene hijos, ama a esos gatitos que han salido de su vientre.
Yo he sido testigo en mi casa del amor de un gato fino y elegante, casi diría aristocrático, por una gatita techera chusca. Al llegar a mi casa el gato fino, no sabemos cómo, se convirtió en su pareja, como dicen hoy día. Le reservaba lo mejor de la comida que les proporcionábamos, y no permitía que otros gatos se acercaran a robársela. Estaba constantemente con ella como un fiel enamorado, al punto que era conmovedor verlos juntos, casi como si fueran humanos. Y fue una cosa terrible cuando unos chicos malcriados de la calle le echaron un veneno a la pobre gatita, y la gatita apareció un día muerta en el jardín. Hubieran visto a ese gatito fino y elegante, con su pelo lustroso, cómo ahora estaba con la cabeza baja, la imagen misma de la tristeza y del desconsuelo. No comía ni bebía la leche que le ofrecíamos; el pelo se le malogró y apenas caminaba de un sitio a otro como si se hubiera perdido. El pobre gato se moría de tristeza, hasta que un día se fue y no lo vimos más, porque había perdido a su novia, a esa gatita chusca, que por lo demás, le era infiel, como suelen serlo todas las gatas.
El amor es como el hambre, necesita un objeto para saciarse. Todos necesitamos amar a alguien, y si no tenemos a quien amar, amamos aunque sea a una mascota. Las personas que se han quedado solas en la vida y que no tienen a quien amar, tienen un perro, un gato, o varios; o a veces un loro, un gorrión, un canario, cualquier animalito; y lo tratan con tanto cariño, lo acurrucan y lo besan si pueden, porque necesitan amar. Y ciertamente ese animalito, o animalazo, que es su mascota, responde también con amor a la persona que lo ama. Ha habido casos de perros que han salvado la vida de sus dueños.
¿Saben ustedes que Adán estaba lleno de mascotas? Eso dice la Biblia, que Dios le trajo a todos los animales que había creado, y Adán les puso nombre a todos, pero no encontraba alguno que fuera como él. Entonces Dios dijo: Aquí falta algo, tengo que darle alguien semejante a él a quien él pueda amar, y lo durmió. Cuando se despertó Adán exclamó: “Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ya no es una mascota; ésta es alguien semejante a mí, a quien puedo amar.” Y se unió a ella.
Todo ser humano necesita amar a una persona del sexo opuesto, a menos que su corazón se haya marchitado, o haya renunciado voluntariamente al amor humano por amor de Cristo. No hay límite de edad para el amor, porque amar da vida, hace brillar los ojos, y rejuvenece la piel. Agustín decía que en su juventud él amaba a todas las muchachas que encontraba, pero que, en realidad, como comprendió después, él estaba enamorado del amor.
El amor, sabemos muy bien, impulsa a darse y necesita dar. Todo el que ama, da. Por eso es que existen los regalos. ¿Por qué regalamos? ¿Por altruismo o generosidad? No siempre, o no únicamente, sino porque dando expresamos nuestro amor. Aun el niño pequeño, si se encuentra con una niñita que le gusta, le da su juguete que no le entregaría a nadie. Pero como la quiere, le da su juguete, porque la ama. Dar cuando se ama es un impulso instintivo.
En el amor hay un movimiento o impulso desinteresado pero, a la vez, el amor quiere también recibir. No nos contentamos con dar amor, sino queremos también recibir amor. En el amor hay pues dos aspectos, uno desinteresado y otro egocéntrico. Hay una fuerza centrífuga y una fuerza centrípeta en el amor: queremos dar y queremos recibir amor, queremos amar y queremos ser amados. Ambas cosas van juntas. Por eso es que el amor, en principio, invita a una respuesta y suscita amor, o por lo menos simpatía en la persona amada.
Pero ocurre a veces que el que ama no es correspondido. Y ¿qué ocurre con el que ama y no es correspondido? Sufre, y su sufrimiento es uno de los más intensos que puede experimentar el ser humano. ¿Cuántos hombres y mujeres pueden decir amén a eso? El hecho es que en este darse y recibir amor estriba gran parte de la felicidad humana. Es el amor el que nos hace felices o desgraciados.
Antes se pensaba que el espacio sideral no estaba vacío, sino que estaba lleno de una sustancia a la que se llamó éter, y eso era lo que permitía que las ondas de luz y de calor se propagaran por el espacio. Pero la ciencia ha descartado la hipótesis del éter, y sostiene ahora que las ondas se propagan en el vacío. Pero nosotros podemos postular que, si no de éter, el universo entero está lleno del amor de Dios, que todo lo impregna y que en todo deja su huella.
Dios ama no sólo al hombre, sino a todas sus criaturas. Ama a la creación entera, aun a la inanimada, ama todo lo que ha salido de sus manos. Y por eso es que no sólo los animales domésticos aman, también aman las grandes bestias, el elefante y el rinoceronte; aman las fieras, el tigre y el león. ¿Aman los insectos, las moscas, las arañas, las mariposas? No tenemos manera de saberlo, pero tampoco podemos descartarlo. Yo me atrevería a postular que aun los vegetales aman. Por lo menos sabemos que responden al amor de las personas que les hablan, porque mejoran su aspecto y reverdecen como si se las regara. Y eso es lo que ocurre con las personas cuando se les ama. ¿No han visto como la planta marchita, cuyo tallo se ha doblado, se endereza y vuelve a florecer cuando se la riega? El amor es para el ser humano un elemento tan vital como lo es el agua para los vegetales. El que no ama y no es amado se seca, a menos que el amor de Dios compense la ausencia del amor humano.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (VOL I) INFORMES: EDITORES VERDAD & PRESENCIA. AV. PETIT THOUARS 1191, SANTA BEATRIZ, LIMA, TEL. 4712178.

#845 (31.08.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 9 de mayo de 2013

MATRIMONIO Y FELICIDAD


Pasajes seleccionados de mi libro
“MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO”

MATRIMONIO Y FELICIDAD.
Cuando los hombres son desgraciados en su casa se van a buscar la felicidad afuera, y lo que encuentran son dolores de cabeza, porque “el pan comido en oculto” puede ser sabroso, pero es venenoso (Pr 9:17). Esos son los frutos de no saber aprovechar la felicidad que se tiene en casa. No tendrían necesidad de buscarla afuera si tan sólo cultivaran la felicidad que tienen en el hogar.
Muchos maridos tienden a echar la culpa a su mujer cuando las cosas no andan bien en el matrimonio, y encuentran en la iglesia quienes les respalden en esa actitud. El hilo se rompe siempre por lo más delgado. Pero ¿quién es el responsable de que las cosas no anden bien? ¿La cabeza o el cuerpo? Cuando una compañía arroja pérdidas ¿a quién le pide cuentas el directorio? ¿A los empleados, al portero, o al gerente general? Eva pecó primero que Adán pero ¿a quién llamó Dios? ¿a Eva o a Adán? “Mas el Señor llamó al hombre...”, (Gn 3:9). El hombre es responsable no sólo de sus propios errores sino también de los de su mujer y de sus hijos menores, y a él le pedirá cuentas Dios. No obstante muchos culpan a la mujer y absuelven al hombre. ¿No han leído las Escrituras?
(Estos pasajes están tomados de las páginas 115 y 116 de mi libro “Matrimonios que Perduran en el Tiempo”)

viernes, 2 de marzo de 2012

DAVID Y JONATÁN

Por José Belaunde M.

Una Amistad Ejemplar

Situémonos en el campo de batalla en que un joven pastor de ovejas desconocido, apenas un muchacho, mató al temible gigante Goliat con su honda.

¿Pueden imaginarse el asombro de los filisteos al ver que su invencible paladín caía derribado por una piedra certera que se le incrustó en la frente? ¿Y más aun cuando vieron que el jovencito tomaba la espada del gigante y le cortaba la cabeza? Apenas lo vieron los filisteos huyeron despavoridos.

Los hebreos los persiguieron, mataron a un gran número y saquearon su campamento.

David, llevando consigo la cabeza sangrante de Goliat, regresó tranquilamente a su campamento. Entonces Abner, el general de los israelitas, lo llevó donde el rey Saúl, y se lo presentó.

Saúl le preguntó. ¿De quién eres hijo? (1S 17:55-58)

Entonces a las personas se les identificaba por su padre.

Por eso es que en la genealogía de Jesús, que figura en Lc 3:23ss, se dice: “José, hijo de Elí, hijo de Matat, hijo de Leví…” Y Jesús llama a Pedro: “Simón, hijo de Jonás…” (Mt 16:17) (Nota 1)

Saúl no permite que David vuelva a casa de su padre y lo pone sobre un grupo de hombres de guerra para hacer lo que el rey le ordene. (M. Henry anota al respecto: El que quiera gobernar debe aprender primero a obedecer.)

“Aconteció que cuando él hubo acabado de hablar con Saúl, el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo.” (1S 18:1) (2) ¿Quién era Jonatán, dicho sea de paso? El hijo mayor de Saúl y, por tanto, el heredero del trono.

¿Qué hay de extraordinario en eso de que lo amara como a sí mismo si el mandamiento dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Lv 19:18b) ¿Por qué lo destaca el texto inspirado si no estaba haciendo otra cosa sino cumplir la ley? Porque en el fondo es poco común; pocos son los que aman a su prójimo de esa manera.

¿Cuántos hay aquí que aman a su prójimo como a sí mismos? Digan la verdad. ¿A su prójimo, es decir, a alguien que no sea su mujer, o su esposo, o su hijo? Yo creo que ninguno, y yo menos.

Así deberíamos amar todos a nuestro prójimo, pero no lo hacemos en realidad, porque esa clase de amor es un amor absoluto.

¿A quién amamos más? Digan la verdad.

¿A Dios? Ojalá. Pero ¿a quién realmente?

Yo creo que la mayoría más que a nadie nos amamos a nosotros mismos, incluso más que a Dios. Por eso nos cuidamos, nos arreglamos, nos miramos al espejo para tratar de embellecernos, etc. Nos engreímos, en suma.

La ley en Levítico dice que debemos amar a nuestro prójimo tal como a nosotros mismos. Si eso se cumpliera la tierra sería un cielo.

Jonatán cumplió esa ley con David, y entre ambos surgió una amistad profunda, verdadera.

Todos necesitamos tener un amigo íntimo semejante, en quien podamos confiar totalmente, como dice un proverbio: “Hay amigo que es más unido que un hermano.” (Pr 18:24b).

¿Tenemos un amigo semejante? Hágase cada uno esa pregunta a sí mismo. Si no lo tenemos, pidámoselo a Dios, porque tener un amigo así es una bendición.

Dios le proporcionó a David esa clase de amigo, que era precisamente ¡oh paradoja! hijo del hombre que muy pronto sería su enemigo mortal, del hombre que lo odiaría y querría matarlo. Es sorprendente. ¿No podría Dios haber escogido para David un amigo menos problemático? No, porque en lo difícil y contradictorio de la situación se iba a mostrar la calidad de esa amistad.

El relato dice que enseguida David y Jonatán hicieron un pacto (1S 18:3,4). En prueba de su afecto Jonatán le entregó a David su manto, su armadura, su espada, su arco y su cinto. Esto es, sus cosas más preciadas.

El que es verdadero amigo da a su amigo algo propio que le sea muy valioso. Con ese gesto muestra el valor que tiene para él su amistad. Hacemos regalos valiosos a las personas que valoramos. Con el valor del regalo, según lo permitan nuestros recursos, expresamos nuestro cariño.

Jonatán le da esas cosas posiblemente también porque David, como pastor que era, estaba vestido muy modestamente. David debe haberse sentido muy honrado. Entre los antiguos una manera de honrar a una persona era darle lo mejor de la ropa que uno tiene para que se la ponga. En el libro de Ester vemos que cuando el rey Asuero quiso honrar a Mardoqueo le hizo vestirse con su ropaje real (Es 6:10,11).

Algunos sostienen que David le entregó por su parte a Jonatán la ropa que llevaba, esto es, que hubo un intercambio de ropa, porque así se sellaban en esa época los pactos de amistad. Pero es poco probable que hiciera eso, porque la ropa que él llevaba puesta era demasiado modesta para que se la pusiera un príncipe de linaje real. En todo caso, el texto no lo dice.

Saúl puso soldados a las órdenes de David y David comenzó a batallar contra los filisteos (1S 18:5). Sus triunfos empezaron a hacerlo famoso y popular entre las mujeres, que cantaban: “Saúl mató a sus miles, y David a sus diez miles.” (v. 7)

Cuando Saúl se enteró se puso furioso y empezó a tener celos de David, al punto que quería matarlo. Con ese fin comenzó a enviar arteramente a David a misiones peligrosas en la esperanza de que los filisteos lo mataran. Pero David se conducía prudentemente y salía siempre triunfante.

Cuanto más éxito tenía David, más lo odiaba Saúl (v. 28-30).

En una ocasión Saúl dio orden a Jonatán y a sus siervos de matar a David. Jonatán advirtió de ello a David y le pidió que se escondiera hasta el día siguiente en que él persuadiría a su padre de no matarlo. (1S 19:1,2).

Y Jonatán habló bien de David a Saúl su padre, y le dijo: No peque el rey contra su siervo David, porque ninguna cosa ha cometido contra ti, y porque sus obras han sido muy buenas contigo; pues él tomó su vida en su mano y mató al filisteo, y Jehová dio gran salvación a todo Israel. Tú lo viste y te alegraste: ¿por qué pues pecarás contra la sangre inocente, matando a David sin causa? ” (19:4-6).

Jonatán defiende a David y convence a su padre de que no debe matarlo. Así actúa el verdadero amigo: Defiende a su amigo, y si estuviera en falta, trata de disculparlo.

Jonatán le comunica a David que la cólera de Saúl contra él ha disminuido, y él mismo lo trae donde Saúl para que entrara y saliera de la corte como antes. (v. 7)

Pero los celos de Saúl recrudecen al ver los éxitos que David obtiene contra los filisteos, y nuevamente intenta dos veces matarlo. En uno de esos intentos David es salvado por su mujer, Mical, que era hija de Saúl, el cual se lo reprocha airadamente (19:11ss).

David pues se ve obligado a huir de Saúl; él va donde Jonatán y se queja: ¿Qué he hecho yo para merecer el odio de tu padre? ¿Acaso no combato yo contra sus enemigos? (20:1) Pero el odio de los envidiosos no suele tener justificación alguna. Es un odio gratuito y no puede ser aplacado con nada. Cuanto más muestras de amor se dé a la persona que envidia, más odia el envidioso. La envidia es un veneno, un espíritu que viene de parte de Satanás, que se apodera de los pensamientos de una persona. La única cura contra la envidia es la distancia.

Jonatán le asegura a David que su padre no lo va a matar, y que si realmente quisiera hacerlo, él le avisaría con tiempo para que huya. Pero David le responde que Saúl le ocultará sus propósitos, porque conoce la amistad que los une.

David considera que su vida está en grave peligro. Jonatán le asegura que hará por él lo que le pida: “Lo que deseare tu alma, haré por ti.” (v. 4)

Pongámonos en la situación en que se encuentran ambos amigos. Jonatán es el príncipe heredero. Él está arriba, por así decirlo. David, aunque yerno del rey, es sólo un oficial más del ejército. Él está abajo. Pero el cariño que Jonatán tiene por él lo levanta a su altura.

Entonces David le dice que con ocasión de la próxima luna nueva habrá banquetes en casa de su padre en los que él, como yerno del rey, deberá estar presente y sentado en un lugar de honor. Pero él no quiere acudir sin estar seguro de que su vida no corre peligro. Entonces acuerdan una estratagema para que Jonatán pueda avisarle del estado de ánimo de su padre sin que tenga que decírselo de palabra.

Si su padre nota la ausencia de David, Jonatán tratará de excusarlo. Pero si se enoja es señal de que su propósito maligno no ha cesado.

Llegada la fiesta David estuvo ausente el primer día y Saúl no dijo nada, pero en el segundo día le llamó la atención. Jonatán excusó la ausencia de su amigo diciendo que le había pedido permiso para participar en un sacrificio con su familia en Belén.

Saúl se enfurece y le increpa a Jonatán que se haya puesto del lado de David a sabiendas de que mientras David viva su trono y el del propio Jonatán, que deberá sucederlo como primogénito, está en peligro. Finalmente le ordena que lo traiga porque debe morir.

Jonatán defiende a su amigo preguntando: “¿Qué de malo ha hecho David para que muera?” (v. 32)

En un arranque de furia Saúl le arroja su lanza a su hijo para herirlo. Jonatán se levanta de la mesa furioso, pero ya sabe que su padre ha decidido la muerte de David.

Al tercer día de la fiesta ambos van por separado al campo acordado y David se esconde. Jonatán dispara tres flechas como haciendo tiro al blanco. Jonatán había dicho a David: “Si las flechas caen entre tú y yo, puedes venir en paz. Pero si las flechas caen más allá de donde tú estás, no conviene que vengas.” Y esto último es lo que Jonatán hace.

Cuando el paje que estaba con Jonatán se aleja, ambos amigos se abrazan y lloran copiosamente. La Escritura anota: “David lloró más.” (v. 41)

En la ocasión en que acordaron esa estratagema, ambos amigos renovaron su pacto de amistad delante de Jehová. Jonatán le hizo jurar a David que cuando Dios hubiera hecho perecer a todos sus enemigos, David tendría misericordia de él y de su linaje y que no haría que su linaje desaparezca de la tierra. (v. 14-17)

Es obvio que Jonatán presentía el triunfo futuro de David sobre la casa de Saúl. Jonatán le exige a David que le haga esta promesa bajo juramento, porque en esa época era usual que cuando alguien accedía al trono en pugna con un rival, el vencedor hiciera matar a todos los del linaje rival que quedaran con vida, para evitar que alguno de ellos pudiera pretender al trono y armar una revuelta.

Notemos que Jonatán podría haber participado del encono y de la envidia que tenía su padre contra David, porque el éxito que tenía éste lo perjudicaba a él también, ya que le estaba quitando la gloria y el favor del pueblo que él podía tener. Pero él no envidiaba a David. Al contrario, lo admiraba. ¿Por qué? Porque era un alma noble. No envidiar al rival es un signo de nobleza espiritual.

Pero también de sentido común. ¿Qué es mejor: admirar o envidiar? ¿Hay alguien que sea feliz envidiando? El envidioso sufre por los éxitos y cualidades de su rival; el que admira se goza en los éxitos de su amigo.

Notemos: Los verdaderos amigos se aceptan tal como son y no hay rivalidad entre ellos. No condicionan su amistad.

Amigo es alguien en quien podemos confiar nuestros asuntos más personales, en la seguridad de que no los va a revelar a nadie. Es un verdadero y leal confidente. “Hay amigo que es más unido que un hermano.” (Pr 18:24)

A veces necesitamos de alguien en quien descargar nuestras inquietudes, angustias, preocupaciones, nuestras heridas y decepciones; y en quien podamos hacerlo sin temor de que nos juzgue o nos critique. Al contrario, seguros de que se mostrará comprensivo, nos confortará y consolará, y nos dará un buen consejo.

Para terminar David y Jonatán renuevan su alianza y el segundo le dice a David: “Jehová esté entre tu y yo, entre tu descendencia y mi descendencia para siempre.” (1S 20:42) Conciertan una alianza que durará mientras vivan y aún más allá.

A partir de ese momento se inicia la larga etapa en la vida de David en la que él huye de un sitio a otro perseguido por Saúl y viviendo como un bandolero.

En un momento dado, cuando David se había refugiado en la cueva de Hores, en el desierto de Zif, Jonatán vino a buscarlo y “fortaleció su mano en Dios.” (1S 23:16).

Ese es quizá el momento más bajo en la azarosa vida de David. Justo en ese momento acude Jonatán a fortalecer a su amigo.

Como dice el proverbio: “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia.” (Pr 17:17).

Jonatán desinteresadamente le augura a David que él reinará sobre Israel y que él, Jonatán, que es el heredero legítimo, será su segundo. Y una vez más renuevan su pacto (23:17,18).

Jonatán no tiene reparos de que David más adelante ocupe el trono de Israel que le estaba destinado como heredero legítimo. Al contrario, él se alegra del triunfo de su amigo y se conforma con ser el segundo en el reino. Esta actitud nos muestra una vez más la nobleza de carácter de Jonatán.

David y Jonatán no se volvieron a encontrar. Sus caminos en adelante siguen rumbos diferentes. David vivirá como un aventurero, una especie de Robin Hood, rodeado inicialmente de una banda de forajidos (1S 22:2), que él convierte en soldados valientes. Jonatán, por su lado, acompañará a su padre en la guerra interminable que sostiene contra los filisteos.

En el monte de Gilboa se enfrentan ambos ejércitos en una gran batalla, y los israelitas son derrotados. En su huida Jonatán y dos de sus hermanos son abatidos (1S 31:1,2).

Poco después Saúl, que estaba herido, se hace matar por su escudero para no caer vivo en mano de sus enemigos (v. 4-6).

Cuando los filisteos descubren los cadáveres de Saúl y de sus hijos les cortan la cabeza y los exhiben públicamente, deshonrándolos. Pero unos israelitas de Jabes de Galaad las sacan de ahí y les dan digna sepultura (v. 7-13).

Cuando David se entera de la muerte del rey y de su amigo, canta una bella endecha lamentando su muerte, que es uno de los poemas más bellos de toda la Biblia.

¡Ha perecido la gloria de Israel sobre tus alturas! ¡Cómo han caído los valientes! No lo anunciéis en Gat, ni deis las nuevas en la plaza de Ascalón; para que no le alegren las hijas de los filisteos; para que no salten de gozo las hijas de los incircuncisos.

Montes de Gilboa, ni rocío ni lluvia caigan sobre vosotros, ni seáis tierra de ofrendas, porque allí fue desechado el escudo de los valientes…”

“Sin sangre de los muertos, sin grosura de los valientes, el arco de Jonatán no volvía atrás, ni la espada de Saúl volvió vacía…”

“¡Cómo han caído los valientes en medio de la batalla! ¡Jonatán muerto en las alturas! Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce. Más maravilloso me fue tu amor que el de las mujeres. (3) ¡Cómo han caído los valientes, han perecido las armas de guerra!” (2S 1:17-27)

Años después, siendo David rey en Jerusalén, se acuerda de la promesa que había hecho a Jonatán de tener misericordia de su linaje (2S Cap. 9).

Entonces pregunta si no ha quedado en vida ningún descendiente de Jonatán. Le contestan que ha quedado su hijo Mefiboset que es lisiado de los pies.

David lo hace venir, y cuando Mefiboset teme que David lo quiere hacer matar, David ordena que le sean devueltos a Mefiboset todos los bienes que habían sido de Saúl, y que Mefiboset en adelante coma a la mesa del rey como si fuera uno de sus hijos.

De esa manera honró David la memoria de su amigo y cumplió la promesa que le había hecho de tener misericordia de su linaje.

¡Ojalá tuviéramos nosotros un amigo como lo fue Jonatán para David, que pudo haberlo odiado como a un rival, pero a quien, exento de toda envidia, vio como un héroe de su pueblo y estuvo dispuesto a cederle el primer lugar!

¿Somos nosotros capaces de cederle a otro el primer lugar; de ceder el sitio que nos corresponde a otro a quien consideramos mejor que nosotros? Si somos capaces, entonces se podrá decir de nosotros que tenemos un alma del calibre de la de Jonatán.

Notas: 1. De esa costumbre derivan los apellidos españoles que terminan en “ez”: Pérez, hijo de Pedro; Gonzalez, hijo de Gonzalo; Dominguez, hijo de Domingo, etc. O los apellidos ingleses que terminan en “son”: Johnson, hijo de John; Richardson, hijo de Richard, etc.

2. Literalmente:“como a su alma…(en hebreo: nefesh)

3. En nuestro tiempo, en que tantas cosas se interpretan con facilidad torcidamente, esta frase podría dar pábulo a especulaciones maliciosas acerca del carácter de las relaciones entre ambos amigos. Pero sería pérdida de tiempo, porque si hubiera algo remotamente cercano a lo que los mal pensados pudieran sospechar, ambos amigos hubieran sido apedreados por el pueblo en el acto.

NB. Este artículo está basado en una charla dada en el ministerio de la Edad de Oro, con ocasión del Día de la Amistad.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y a entregarle tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:

“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#715 (26.02.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).