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jueves, 12 de agosto de 2021

LA GLORIA DE SER EL SEGUNDO (EL PROFETA ELISEO II)

LA GLORIA DE SER EL SEGUNDO 
(EL PROFETA ELISEO II)
El discipulado comienza por el servicio. Sólo cuando se es fiel en lo humilde y sencillo se puede acceder a responsabilidades mayores. Para llegar a ser el primero es necesario haber sido un buen y fiel segundo -o tercero, o cuarto, etc., esto es, un buen subordinado.



viernes, 21 de septiembre de 2018

GRAN COMISIÓN Y DESPEDIDA


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
GRAN COMISIÓN Y DESPEDIDA
Un Comentario de Mt 28:16-20
Un autor reciente ha escrito: “El efecto de esta corta escena en la vida de la iglesia ha sido incalculable. Ninguna parte de la Biblia ha hecho tanto para dar a los cristianos una visión de la universalidad de la iglesia.”

16. “Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado.”
Mateo omite relatar lo ocurrido durante los cuarenta días en que, según Hechos 1:3, Jesús se siguió apareciendo a sus discípulos, y lo da por sabido por sus lectores, y dice simplemente que a continuación de lo relatado (esto es, lo del soborno de los soldados que fueron testigos de la resurrección, para que digan que los discípulos se robaron el cuerpo de Jesús, Mt 28: 11-15), los discípulos se fueron al monte de Galilea que Jesús les había indicado, tal como Él anteriormente les había anunciado que haría después de resucitar (Mt 26:32; Mr 14:28). Notemos que la promesa de que le verían en Galilea había sido reiterada por el ángel que se apareció a las mujeres (Mt 28:7), y por Jesús mismo al aparecerse a ellas (v. 10). Mateo resume en un brochazo lo sucedido entre la resurrección y la ascensión, que está relatado con más detalle en Lucas y en Juan. ¿Cuándo se fueron a Galilea? No sabemos exactamente, pero debe haber sido no menos de ocho a diez días después de la resurrección, o más probablemente, hacia el final del período de cuarenta días. (Nota 1)
Tampoco sabemos cuál era el monte en cuestión, pero lo más probable es que se tratara del monte Tabor, donde ocurrió la transfiguración que, por su altura aseguraba mejor la privacidad del encuentro. Pero podría haber sido también, según piensan algunos, la montaña donde Jesús predicó las bienaventuranzas y el largo sermón que siguió (Mt 5-7).
Recordemos que el último mensaje que Moisés dirigió al pueblo de Israel fue dado también desde una montaña, el monte Nebo, a la vista de la Tierra Prometida, a la cual él no iba a entrar (Dt 32:49; y todo el cap. 33). Jesús, el nuevo legislador, obra como su predecesor, a la vista de la Tierra Prometida celestial a la cual Él se va precediéndonos, y en la que nos prepara un lugar (Jn 14:2,3).
Mateo no consigna la ocasión en que Jesús les dio esa orden precisa. Su relato en muchos aspectos es esquemático. Sin embargo, él dice que “los once” fueron a Galilea, que es el número de los discípulos que quedaron después de la defección del traidor. Su despedida de la tierra y su mensaje final estaban reservados para ellos solos. No incluía en principio al círculo más amplio de discípulos cercanos.
No deja de ser notable el hecho de que los once, que habían visto al Resucitado varias veces en Jerusalén, emprendieran el largo viaje a Galilea sólo porque Jesús les había dado una cita ahí. ¿Haríamos nosotros un sacrificio semejante?
17. “Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.”
¿Cuál podría ser su reacción al verlo de nuevo, sino postrarse y adorarlo? Ellos habían caminado con Él durante tres años, le habían escuchado enseñar y visto hacer milagros, conscientes de la presencia del Espíritu de Dios en Él. Pero ahora, después de su resurrección, tenían la convicción de que Él no sólo era un maestro de una doctrina ética revolucionaria, sino que era Dios mismo hecho hombre. Nótese que ésta es la primera vez que los evangelios dicen que sus discípulos le adoran.
No obstante, hubo algunos que, al verlo de lejos, dudaron de que fuera realmente Jesús. Pero la suya fue una duda momentánea que se desvaneció apenas Él se les acercó y escucharon sus palabras.
Jerónimo dice que su duda aumenta nuestra fe, porque muestra que no eran crédulos. La fe sincera, en efecto, no excluye la duda cuando trata de cerciorarse.
Podemos preguntarnos cuál era el aspecto de Jesús cuando le vieron. ¿Sería en pleno fulgor de su cuerpo de gloria, tan brillante que cegó a Pablo cuando le vio camino a Damasco? (Hch 9:3-9). Más bien debemos pensar que la gloria de su cuerpo resucitado en ésta, como en otras apariciones anteriores, estaba como velada, porque sus débiles ojos no hubieran podido resistirla, ni hubiera podido dejar dudas acerca de a quién estaban viendo.
De otro lado, recordemos que, antes de ascender al cielo, Jesús, para demostrar a sus discípulos que el suyo era un cuerpo de carne y hueso, y no un espíritu, comió lo que le alcanzaron (Lc 24:41-43), y dijo a Tomás que pusiera el dedo en sus llagas (Jn 20:27-29; cf Lc 24:36-40). No obstante, y esto debe haber sido lo más sorprendente para sus discípulos, Él se presentó tres veces delante de ellos súbitamente, sin haber entrado por la puerta (Jn 20:19,26; Mr 16:14). Se dice que el cuerpo resucitado de Jesús tenía la capacidad de atravesar las paredes. Pero no necesitaba tener esa capacidad. Él simplemente estaba donde quería estar. Vivía en una dimensión celestial.
Muchos intérpretes piensan que esta aparición de Jesús, que parece ser la última, es la misma que menciona Pablo cuando escribe: “Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen” (1Cor 15:6), porque sólo en Galilea habría más de quinientos seguidores suyos que se reunieran en un mismo lugar, y que los que dudaron eran parte de ese número, no de los once, pues éstos habían tenido pruebas concluyentes de que Jesús había resucitado. No es imposible que así fuera y que los quinientos se hubieran mantenido a la distancia, y que sólo lo hubieran visto, pero no hubieran escuchado sus palabras.
18. “Y se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Sin tomar en cuenta la actitud dudosa de algunos, Jesús se les acercó para hablarles y decirles algunas palabras de despedida que incluían su última orden, su último encargo: Toda autoridad (exousía) sobre la creación entera, -esto es, sobre todo lo que los cielos y la tierra contienen- me ha sido dada. Es una autoridad que ningún gobernante terreno puede tener, pues no hay hombre que tenga autoridad sobre los astros del firmamento.
En verdad, Jesús podría haber dicho, me ha sido restituida, porque al hacerse hombre su poder se vio limitado por la condición humana, aunque no dejó de manifestarse cuando enseñaba (Mt 7:29), o perdonaba los pecados (9:6), o cuando ofrecía descanso a los que están fatigados (11:27,28), y les dijo: “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre” (Véase Jn 3:35; 5:22; 13:3; 17:2). Pero ahora ese poder y autoridad le es restituido plenamente en virtud de los méritos de su pasión y muerte, al haber vencido no sólo a la muerte, sino también al pecado, al infierno y a Satanás. Pero notemos que no dice que Él ha asumido esa autoridad, sino que le ha sido dada por su Padre, quien una vez proféticamente dijo: “Pídeme y yo te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.” (Sal 2:8).
Es una autoridad absoluta que no tiene límites. Por eso Él podía decir  acerca de la creación: Yo soy su soberano y la gobernaré de acuerdo a mi omnipotencia, mi misericordia y mi sabiduría. Este dominio eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas fue anunciado en la visión que tuvo Daniel acerca del Hijo del Hombre, cuyo reino nunca será destruido (Dn 7:13,14). Le fue reiterado a María cuando el ángel le anunció que concebiría un hijo que heredaría el trono de David su padre, cuyo reino no tendría fin (Lc 1:31-33; cf Is 9:6,7). El hecho de que se mencione tantas veces en las Escrituras, nos muestra la importancia de esta verdad.
Nótese que Él como Dios, igual al Padre, tuvo desde la eternidad todo poder sobre la creación, pero ahora, en tanto que Mediador entre Dios y los hombres, y como Dios hecho hombre, este poder le es dado para llevar a cabo los propósitos divinos, y completar la obra de nuestra redención.
19,20. “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Literalmente “hasta la consumación de la era.”) (2)
Mi deseo y mi orden es que vayáis por todo el mundo a enseñar a sus habitantes sin distinción todo lo que yo os he enseñado, para que ellos también crean en mí como habéis creído vosotros, y sean salvos al ser bautizados en el nombre de mi Padre, del mío propio, y del Espíritu Santo, y proclamen sin temor la fe que han recibido y que transforma sus almas. Notemos que ésta es la primera afirmación solemne y explícita del misterio de la Trinidad que figura en el  Nuevo Testamento. Éste es un misterio que no es mencionado en el Antiguo Testamento, y que los judíos desconocían.
Por tanto, es decir, en virtud de la autoridad de la que yo soy investido, os doy autoridad para continuar la obra de salvación del mundo que yo he empezado.
Vemos en este pasaje tres cosas: discipular, bautizar, enseñar. La misión de los apóstoles será tan universal como el poder que les ha sido dado. La restricción de ir sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel, por un tiempo vigente (Mt 10:5,6), es ahora levantada. Esa restricción transitoria se explicaba porque la misión de Jesús en vida había estado también limitada sólo a esas ovejas (Véase (Mt 15:24). Nótese de paso que la frase “a todas las naciones” podría también traducirse “a todos los gentiles”, esto es, a los no judíos. Esto era lo que los judíos que odiaban a Pablo consideraban tan ofensivo: que la revelación de Dios y las Escrituras, que ellos consideraban que estaban reservadas para ellos exclusivamente como pueblo escogido, pudieran ser compartidas con otros pueblos.
La misión dada a los apóstoles es una misión profética, prefigurada por la que Dios dio a Jeremías al inicio de su carrera: “Diles todo lo que yo te mande” (1:17), después de haberle asegurado que estaría siempre con él (v. 19).
La orden es de ir a discipular, no de esperar que vengan a ellos para hacerlo. ¿Cuántos cristianos tienen eso claro? (3)
“Haced discípulos…” Discípulo es no sólo el que escucha las enseñanzas de un maestro y las sigue, sino es alguien que, además, trata de conformar su vida en todo a la de su maestro, constituyéndolo en modelo no sólo de su conducta, sino también de su pensamiento, para ser en todo como él, de manera que se convierta en un fiel reflejo suyo. Yo te pregunto, amigo lector, como yo me pregunto también a mí mismo: ¿Eres tú un discípulo de Jesús? ¿Piensas tú como Él?
Pablo lo expresó una vez: “Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo.” (1Cor 11:1). Cristiano en sentido pleno es pues no sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios que murió para salvarlo de la condenación eterna, sino el que trata de ser como Él.
Notemos que la orden de ir fue dada no sólo a los apóstoles que estuvieron presentes en ese momento, y a sus sucesores en el gobierno de la iglesia, sino a todos los cristianos de todos los tiempos, es decir, también a nosotros.
No hay obra más sublime y valiosa que la de traer a los pecadores a los pies de Cristo, y enseñarles el camino de la salvación; y no hay virtud más valiosa para Dios que el celo por las almas, porque eso fue lo que hizo venir a Jesús a la tierra.
En efecto, lo que solemos llamar “La Gran Comisión” es la obra más grande emprendida por el ser humano en la historia, una empresa en verdad revolucionaria, imposible de alcanzar en términos humanos: Hacer que la humanidad entera, acostumbrada a rendir culto a muchos dioses, adore al único Dios verdadero. Pero como el que ordenaba llevarla a cabo es Dios mismo, y tiene todo el poder, su éxito estaba asegurado de antemano.
Es curioso, sin embargo, que a pesar de que la orden dada a los apóstoles era de ir por todo el mundo (o más concretamente, según Hch 1:8, de ser testigos de Cristo en Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra) fue necesario que se desatara una persecución contra la iglesia en Jerusalén con ocasión del martirio de Esteban, para que los discípulos salieran a predicar el Evangelio a todas partes (Hch 8:1,4).
Pero mirad, les dice Jesús, aunque yo regreso ahora a mi Padre, yo permaneceré con vosotros mediante mi Espíritu de una manera constante, sin fallas, y estaré en todo momento a vuestra disposición, hasta el día en que regrese de nuevo corporalmente, con mi ángeles y mis santos, para juzgar a todas naciones de la tierra (Mt 25:31-46), y dar consumación a todas las promesas que os hemos hecho desde el principio.
La promesa final de Jesús ahora es: “Yo estoy con vosotros todos los días”, un vosotros que nos incluye a nosotros que hemos creído en Él, para ayudarnos, fortalecernos, consolarnos y guiarnos en la tarea que nos ha encomendado, de manera que lo imposible se vuelva posible, y lo difícil, fácil.
Notas: 1. Según el recuento que hace J. Broadus, en total Jesús se apareció diez veces después de resucitar, cinco en el mismo día de su resurrección, y cinco, sin contar la ascensión, en los días posteriores. Al primer grupo pertenecen la aparición a las mujeres, en Mt 28:5-8; a María Magdalena, en Jn 20:11-18; a Pedro, en Lc 24:34; a los dos discípulos que iban a Emaús, en Lc 24:13-35; y a los apóstoles, estando Tomás ausente, en Jn 20:19-24. Al segundo grupo pertenecen la aparición a los apóstoles ocho días después, estando Tomás presente, en Jn 20:26-29; a siete discípulos que pescaban en el mar de Galilea, en Jn 21:1-14; la aparición a los once, que comentamos en este artículo, que pudo haber coincidido con la aparición a los quinientos, que menciona Pablo en 1Cor 15:6; a Santiago, en 1Cor 15:7; y a los apóstoles, poco antes de ascender al cielo, en Lc 24:36-49, Mr 16:14-18, y Hch 1:4-8.
2. Aunque a veces se les considera palabras sinónimas, hay una notable diferencia entre aion (olam en hebreo) y kosmos. Mientras que la primera se refiere a “era”, o a “tiempo”, y tiene a veces un contenido ético, la segunda se refiere a “gente”, o a “espacio”, y designa al universo material y a toda la gente que vive en él. Las palabras de la traducción “hasta el fin del mundo” han hecho creer equivocadamente a muchos que el mundo material va a desaparecer cuando Jesús retorne. Pero en verdad, lo que Jesús anuncia es que cuando Él vuelva se va a iniciar una nueva era, o etapa, del mundo cuya grandiosidad y belleza es para nosotros inimaginable.
3. Esta orden coincide con los términos de la Gran Comisión que consigna Marcos: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura.” Ahí Jesús, sin embargo, añade una advertencia muy clara: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (Mr 16:15,16; cf Jn 3:18). Tu salvación depende de que creas o no, esto es, de tu fe.
NB. Este artículo está basado en una enseñanza dada recientemente en el ministerio de la Edad de Oro.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos diciendo: Jesús, yo te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.
#966 (12.03.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

miércoles, 20 de febrero de 2013

JESÚS ORA POR SUS DISCÍPULOS III


Por José Belaunde M.
JESÚS ORA POR SUS DISCÍPULOS III
Un Comentario de Juan 17:18-26
18. “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.”
¿Cómo envió el Padre a Jesús al mundo? Como una víctima inocente y sin mancha, para cumplir un santo y recto propósito, una santa misión como mediador: la de reconciliar al mundo con Dios. Ahora que yo me voy, le dice Jesús a su Padre, yo los envío a ellos al mundo con el fin de continuar la obra que tú me confiaste, llevando tu mensaje hasta los confines de la tierra para que todos los que crean en él sean reconciliados contigo.
Los envío como tú me enviaste a mí, como corderos inocentes, incapaces de quebrar cañas cascadas y dispuestos a ser perseguidos por mi causa (Mt 5:11,12).
Ellos no son perfectos porque son humanos, y son falibles pero, auxiliados por tu Espíritu, se mantendrán fieles a la misión que les encomiendo, conscientes de los riesgos, de los peligros y de los sacrificios que su misión conlleva.
No los abandones ¡oh Padre! a los peligros que los asechan, sino guárdalos como yo hasta ahora los he guardado, y como tú a mí me has guardado hasta la hora del sacrificio supremo. (Nota 1)
Como yo he afrontado oposición, así también ellos la afrontarán. Como yo he confiado en ti, ellos también confiarán en tu protección, ¡oh Dios! que nunca defraudas al que en ti confía (Sal 22:5b).
Como tú me enviaste para que sea fiel a tu propósito y lo cumpla hasta el fin, así también yo los envío a ellos para que sean fieles a tu propósito y lo cumplan hasta el fin que tú reservas para cada uno de ellos.
Así como yo te he glorificado en todos mis actos y palabras, que ellos también te den gloria en todos sus actos y palabras.
19.  “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.”
Jesús acaba de pedirle a su Padre (v.17) que santifique a sus discípulos en la verdad, porque “tu palabra es verdad”. Ahora reitera ese pensamiento diciendo que Él se santifica a sí mismo para que ellos también lo sean en la verdad.
Pero ¿qué necesidad tiene Jesús de santificarse, esto es, de apartarse para Dios, si eso es lo que ha hecho su vida entera, y si Él es la verdad que santifica? Así como Él voluntariamente se sometió al bautismo de arrepentimiento de Juan sin necesitarlo, pero lo hizo para darnos ejemplo, de manera semejante Él, sin necesitarlo tampoco, pues no había huella de pecado en Él, se santifica a sí mismo en la verdad para ser ejemplo para sus discípulos que, siendo falibles, iban a necesitarlo después de su partida.
El proceso de santificación es un proceso continuo que sólo termina en el cielo. Siguiendo el ejemplo de Jesús y de sus discípulos, santifiquémonos pues nosotros, consagrémonos a Dios cada día para que Él pueda usarnos.
Pero hay otro sentido de santificar que debemos considerar. El verbo griego hagiazó significa también “apartar” con un fin determinado. Así pues, en este
sentido, Él se aparta a sí mismo como víctima sacrificial para expiar los pecados del mundo (Hb 9:11-14).
20,21. “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.”
Jesús extiende su oración más allá de sus discípulos presentes a aquellos que han de creer en Él después de su muerte y resurrección por la palabra que stos que están con Él les prediquen. ¿Cómo se difunde la fe en Cristo que salva? Por medio de la predicación. “La fe es por el oír y el oír por la palabra de Dios.” (Rm 10:17). No hay otro medio, aunque el testimonio de vida silencioso también puede tocar los corazones de la gente.
Jesús ora aquí por todos los que en los siglos venideros van a conformar su iglesia en todo lugar y nación (y eso nos incluye a ti y a mí); ora para que se mantengan unidos, porque sabe que la desunión cunde fácilmente entre los creyentes, como lo ha demostrado la historia, no sólo por opiniones discrepantes en temas de doctrina que pueden convertirse en diferencias irreconciliables, sino también a causa de rivalidades personales o de grupo.
Él pide que sus discípulos de todos los tiempos se mantengan unidos como Él y su Padre son uno, con el mismo grado de unidad indisoluble que hay entre ambos, que es fruto del amor; una unidad que sea más fuerte que todas las posibles discrepancias doctrinales que puedan surgir entre ellos, y que todas las diferencias de temperamento y de carácter.
La razón por la cual Jesús pide que haya unidad entre sus discípulos es porque la unidad es una condición necesaria para que el mundo crea en Él. (2) Porque ¿cómo ha de creer la gente en Él si sus discípulos están divididos y se pelean entre sí? Las divisiones en la iglesia son un escándalo ante el mundo y el más grande obstáculo para que la gente crea.
¿Y de dónde vienen esas divisiones? En la mayoría de los casos de la vanidad y del orgullo de los hombres que el diablo estimula sabiendo a qué conduce.
Por eso la primera obligación de los creyentes es mantener la paz y la unidad de pensamiento, como escribió Pablo: “Os suplico hermanos …que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer.” (1Cor 1:10). “La unión hace la fuerza” es una verdad demasiado conocida para ser ignorada. En cambio, como dijo Jesús en otro lugar: “Una ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá.” (Mt 12:25).
Si toda la gente creyera que Jesús ha sido enviado por el Padre a la tierra, ¿no creerían todos en su mensaje y se salvarían? El secreto del éxito de la evangelización es que se crea que Jesús fue enviado por Dios.
Jesús dice que Él ora por los que han de creer. ¿No ora Él también por los que no creen? También ora por ellos para que se conviertan y crean. Los únicos por los que no ora son los condenados, porque es inútil hacerlo ya que su destino es inmutable.
22. “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.”
En este capítulo 17 Jesús menciona varias cosas que el Padre le ha dado. Ellas son las siguientes: En el v. 2 dice que le ha dado “potestad sobre toda carne”. En el v. 4, una obra por hacer. En el v. 6, discípulos, y lo repite en los v. 9, 11, 12 y 24. En el v. 8, palabras. En el v. 22, gloria, y lo repite en el v. 24. Son cinco cosas que tienen significados diferentes. ¿Qué cosa es la gloria que el Padre le ha dado a Jesús, y que Él ha dado a sus discípulos?
En el v. 4 Jesús le dice a su Padre que Él lo ha glorificado en la tierra haciendo su voluntad, cumpliendo la obra que le había encomendado. Pero enseguida (v. 5) Jesús le pide que lo glorifique al lado suyo con la gloria que tuvo desde el inicio.
En este vers. 22 “gloria” es el resultado, o el premio debido por cumplir la obra encomendada y, a la vez, el poder para llevarla a cabo haciendo sanidades, milagros y prodigios (Hch 4:30; 5:12,15,16; 8:13). En este versículo el tiempo pasado (“me diste”) tiene un significado, o proyección futura: Es la gloria que Jesús va a recibir al resucitar y ascender al cielo. Pero al mismo tiempo se refiere al poder que Jesús les dará, mediante el Espíritu Santo, para llevar a cabo la Gran Comisión (Mt 28:19,20), la tarea de llevar las Buenas Nuevas a todas partes y de hacer discípulos, en una unidad perfecta entre ellos, semejante a la que existe entre el Padre y el Hijo –una unidad cuyo vínculo es el amor. “Gloria” es también, por último, el premio prometido que algún día han de recibir por su fidelidad en la tarea.
Cuando después de Pentecostés los apóstoles empiecen a predicar el nombre de Jesús, un poder especial, un nimbo singular, los va a acompañar donde quiera que vayan, que derribará obstáculos y que atraerá a la gente hacia ellos. Eso que atraerá a la gente no es solamente el poder de la palabra que ellos tendrán en su boca, sino también el amor visible que existe entre ellos, un amor mutuo que el mundo no está acostumbrado a ver y que llamará mucho la atención de la gente, y que constituirá un argumento poderoso para convencerlos de la verdad de su mensaje.
23. “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.”
Este versículo puede dividirse en tres partes:
1. “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad”. Jesús está en sus
discípulos (de hecho, en todos los creyentes) así como el Padre está en Jesús (“mi Padre y yo somos uno”, Jn 10:30) de modo que el Padre está también en ellos. La presencia de Dios en ellos hace que formen un solo cuerpo perfecto en unidad, semejante, guardando las distancias, a la que existe entre Jesús y el Padre (Gal 3:28).
2. “para que el mundo conozca que tú me enviaste”. La unidad que existe entre sus discípulos será un argumento poderoso de que Jesús no vino de sí mismo, no apareció y se puso a predicar, movido por iniciativa personal, sino que fue el Padre mismo quien lo envió al mundo. Una vez más la unidad entre los cristianos comunica a su mensaje la fuerza de la verdad, así como la desunión lo socava, lo debilita y hace que sea cuestionado. La unidad entre los cristianos de todas las latitudes es pues una obligación suprema, un mandato aún no cumplido que el enemigo se esfuerza en frustrar con todos los medios que tiene a su alcance, alimentando las ambiciones, las rencillas y las pasiones humanas que separan.
Notemos cuál es el resultado de la unidad entre los cristianos: Que el mundo reconozca que el mensaje de Cristo que ellos proclaman no es humano sino que procede de Dios. Y si reconocen su procedencia divina, ¿cómo no van a creer en él? Que el mundo crea o rechace el mensaje del Evangelio depende de nosotros, de que guardemos nuestra unidad. ¡Qué tremenda responsabilidad!
3. “y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.” Puesto que el Padre ama al Verbo con un amor infinito, cuando el Padre vea a su Hijo en sus discípulos, Él los amará con el mismo amor infinito con que ama a su Hijo unigénito.
24. “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.”
Este es un versículo complejo en el que se presentan varios pensamientos encadenados que debemos examinar. Veamos:
En esta ocasión Jesús no le pide ni ruega a su Padre, sino expresa con la confianza del Hijo, cuál es su voluntad respecto de aquellos que Él le ha dado. Estos son, en primer lugar, sus discípulos inmediatos, los once quitando a Judas. Pero también incluye, -puesto que los ha mencionado en el v. 20– a todos los que han de creer en Él más adelante.
Por ellos pide que donde Él esté, -entiéndase en sentido de futuro: donde yo estaré, en tu compañía en el cielo- ellos también estén. En suma, que todos los que hayan creído en mí estén algún día para siempre conmigo. (3)
¿Con qué fin? Podría pensarse que el propósito es que gocen con Él de la compañía de Dios Padre. Pero aunque esto se da por supuesto, la finalidad concreta en este caso es otra: que vean la gloria que el Padre le ha dado desde toda la eternidad, que es lo que la frase “desde antes de la fundación del mundo” –que como sabemos, no es eterno- quiere decir. Esto es, desde antes que empezara el tiempo, que comenzó con la creación. Jesús quiere que éstos que han creído en Él vean la gloria de que Él gozaba con el Padre antes de tomar carne humana; que vean no sólo la gloria de su humanidad exaltada al lado del trono de su Padre (Mt 26:64), sino que comprendan quién es realmente Aquel en quien han creído, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo por medio del fueron hechas todas las cosas (Jn 1:3).
En este versículo se subraya que la unidad que existe entre el Padre y el Hijo desde siempre, es una unidad en el amor. El amor ha sido, y es, el lazo que los unía, y une, a ambos en uno solo, porque la vida de Dios, en efecto, no es otra cosa sino amor. De ahí que el apóstol Juan pueda decir en una frase cuyo sentido es más profundo de lo que, en primera instancia, podríamos pensar: “Dios es amor” (1Jn 4:8,16).
25. “Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste.”
Jesús reitera una vez más el hecho de que el mundo (en este caso, el mundo oficial judío, el de los sacerdotes, escribas y fariseos) no ha conocido al Padre sino que, al contrario, lo ha rechazado. ¿”Conocido” en qué sentido? En el sentido que se explicó al comentar el vers. 3. No es un conocimiento intelectual de Dios –porque aquellos que constituían el mundo, los judíos que rechazaron a Jesús- tenían ese conocimiento y conocían bien las Escrituras, sino se trata de un conocimiento íntimo que sólo puede dar la fe; un conocimiento que proporciona una relación de intimidad y certidumbre, y que, en la práctica, es casi un sinónimo de “creer”.
Si ellos lo hubieran “conocido” no habrían rechazado su mensaje, sino al contrario, lo habrían acogido y se habrían adherido a Él.
Jesús reitera que Él tiene ese conocimiento del Padre y que los discípulos que lo rodean –aquellos que el Padre le ha dado- han creído que ha sido el Padre mismo quien lo ha enviado a Él al mundo con una misión.
A lo largo de esta oración Jesús se ha dirigido a Dios diciéndole Padre. Una vez ha agregado el adjetivo “santo” (ver. 11). En este versículo lo llama “Padre justo”. ¿Tiene algún significado este calificativo? Creo que significa que el conocer o no conocer a Dios, el creer o rechazar a Dios, en el caso de cada individuo, pues es Dios quien lo da, procede de la justicia eterna y perfecta de Dios. Todo lo que Dios hace es resultado de esa justicia sin mancha. Nadie podrá alegar que la sentencia o recompensa que algún día reciba es injusta o inmerecida.
26. “Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.”
Jesús termina su oración diciendo que Él les ha hecho conocer a Dios a sus discípulos, lo que Él es en su intimidad, y que seguirá haciéndoles conocer más aun en las horas de vida que le quedan –y más allá de su resurrección mediante el Espíritu Santo- a fin de que el amor que lo une al Padre, y el amor eterno con que el Padre lo ha amado a Él, lo reciban también ellos, a fin de que su unión con ellos sea perfecta, y que, en consecuencia, Él viva en ellos. Ése es un deseo que Jesús hace extensivo -pues lo dijo en el vers. 20- a todos los que algún día creerán en Él por el testimonio de la iglesia.
Notas: 1. Así como es propio que los gobernantes protejan a sus embajadores, lo es también que Dios proteja y guarde a sus apóstoles.
2. “Mundo” quiere decir aquí, en primer lugar, el mundo judío en medio del cual vivió y predicó Jesús, y en medio del cual vivirán y predicarán inicialmente los apóstoles. Es un hecho notorio, sin embargo, que esta oración de Jesús fue contestada gloriosamente en los primeros tiempos de la iglesia, pues en Hch 4:32 se dice que “la multitud de los que habían creído eran de un corazón y de un alma”.
3. Ya Él había expresado anteriormente este pensamiento en Jn 14:3.
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Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#762 (20.01.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).