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jueves, 27 de abril de 2023

DILIGENCIA III

DILIGENCIA III

El diligente hace las cosas al ritmo adecuado, pero no por terminar rápido se precipita, porque el que hace las cosas precipitadamente no las está haciendo con cuidado, no las hace pensando. La diligencia incluye no solamente la manera de actuar sino también el cuidado de preparar de antemano lo que uno hace, pensar, usar la cabeza, la inteligencia, para que el resultado sea bueno.

Piensa primero en lo que vas a hacer, piensa en el resultado que quieres conseguir, piensa en las consecuencias. Eso también es actuar con diligencia. Es decir, la diligencia incluye actuar con inteligencia. 




martes, 25 de octubre de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II b

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II b

Santiago escribió citando a Jesús "que tu sí sea sí, y que tu no sea no." (St 5:12; Mt 5:37). Eso equivale a decir: que tu palabra tenga el valor de un contrato, aunque no la respalde un papel firmado. Cumple con tus compromisos. Esto es, sé responsable cuando te comprometas. No lo hagas a la ligera, pero si lo haces, honra tu palabra.

Honrar la propia palabra es una norma eminentemente cristiana, porque Dios honra siempre la suya y no defrauda al que en Él confía.




miércoles, 7 de septiembre de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II a

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II a

Amar, no sólo de palabra sino de obra incluye necesariamente ser responsable. Una persona irresponsable, no podrá verdaderamente llevar su amor a la práctica beneficiando a los que ama, sino que, más bien, sin quererlo, perjudicará inevitablemente con sus actos los intereses, o los sentimientos de las personas que lo rodean, de sus conocidos, amigos y parientes (sin hablar de los que le son desconocidos), porque obrará de cualquier manera y sin tener en cuenta las consecuencias de sus acciones.


miércoles, 8 de junio de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I d


EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I d

No se puede cumplir la regla de oro evangélica ("Trata a los demás como tú quisieras que los demás te traten"), si no somos responsables en el cumplimiento de nuestras tareas, porque si no las desempeñamos bien, hacemos daño al prójimo. El amor al prójimo, la consideración por los demás, nos obliga a ser responsables en nuestros actos, nos fuerza a medir las consecuencias de todo lo que hacemos, o dejamos de hacer.

 


miércoles, 1 de junio de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I c


EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I C
Mientras que en la sociedad responsable todo fluye y se realiza fácilmente; esto es, los trámites, los negocios, las actividades comunes, etc., en la irresponsable, donde no se respetan las normas, y la gente actúa irracionalmente, nada funciona, nada fluye, la menor gestión cuesta enorme esfuerzo, tiempo y dinero.
¿Conoces un país donde se dan esos síntomas?




jueves, 19 de mayo de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I b

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I b

Al que carece de sentido de Responsabilidad, sea hombre o mujer, le decimos "irresponsable". Irresponsable es la persona a la que no le importa cómo hace o ejecuta las cosas que le han encargado, o que debe llevar a cabo por su posición en la vida. El libro de los Proverbios lo llama "necio", y dice que "como el que se corta los pies y bebe su daño es el que envía recado por medio de un necio," (26:6) aunque, obviamente, la irresponsabilidad no agota el significado de esa palabra.

jueves, 28 de abril de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I a


EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I a

 El sentido de responsabilidad es aquella cualidad que asegura el buen desempeño de las labores asignadas, o asumidas, por cada miembro de la sociedad en el lugar que ocupa. Al mismo tiempo es la cualidad indispensable que nos permite ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos, y que nos frena cuando tememos que puedan ser negativas o perniciosas para nosotros mismos, o para terceros




viernes, 4 de marzo de 2016

OBRAR BIEN


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
OBRAR BIEN
El Evangelio de San Marcos dice que la gente comentaba que Jesús todo lo hacía bien (Mr 7:37). Jesús lo hacía  todo bien porque era Dios y era perfecto, claro está, aunque también era humano como nosotros. Él nos ha dicho que nosotros debemos seguir sus pasos; es decir, que nosotros también debemos hacer todo bien, a imitación suya.

Pero sabemos desgraciadamente que no siempre es así, sino todo lo contrario. Nosotros nos equivocamos con frecuencia y hacemos muchas cosas mal. El que no lo reconozca, se engaña a sí mismo. Somos maestros en el error o, por decirlo en el lenguaje coloquial, somos diestros en "meter la pata".

¿De qué depende cómo hacemos las cosas? Esto es, en un sentido moral ¿de qué depende cuan bien o cuan mal obramos? Depende del estado de nuestra alma. Es obvio. (Nota 1)

(Detente un momento a pensar, amigo lector, si lo que digo es cierto o falso. Quizá tú tengas una  idea mejor. Quizá pienses que depende de lo inteligente que seamos.)

Así como la actuación de un deportista en el estadio depende de su estado físico logrado mediante el entrenamiento, de manera semejante la mayor o menor calidad moral de nuestros actos estará en función del estado de nuestra alma.

¿Y de qué depende el estado de nuestra alma? Depende de nuestra relación con Dios. De cuan  íntima, o tibia, o fría sea. De cuan cerca o alejados estemos de Dios. Esto es, de cuan viva sea nuestra fe, de cuan constante y ferviente sea nuestra oración. En última instancia, es cierto, depende de la gracia de Dios que opera en nosotros, que es la que determina cuál sea nuestra relación con Él y, por consiguiente, cuál sea el estado de nuestra alma. Pero también depende de cuan dóciles seamos a la acción de la gracia, de cómo respondamos a ella, es decir, en última instancia, de cómo sean nuestras obras.

Aquí parece que cayéramos en un círculo vicioso. Del estado de nuestras almas dependen nuestras obras, y de nuestras obras depende el estado de nuestras almas. Pero es innegable que las cosas que hacemos influyen en nuestra condición anímica. Esto es, hay una especie de retroalimentación entre nuestro estado interior y la forma como se manifiesta exteriormente. Eso es algo que cualquiera puede comprobar en la práctica. Cuando hago algo mal, escribía hace poco un incrédulo en un periódico, me siento mal; y me siento bien cuando hago algo bien. Eso nos ocurre a todos. Hasta los criminales se sienten bien cuando hacen algo que creen está bien. Ese sentirse bien o mal es la respuesta de nuestra conciencia a nuestro obrar.

Si pecamos ennegrecemos nuestra alma y nos deprimimos. Muchas depresiones que sufre la  gente - aunque no puedan detectar la causa ni se den cuenta- vienen de los pecados que cometen. Si lo supieran y tomaran las medidas correctivas necesarias -es decir, si se arrepintieran y  enmendaran sus vidas no necesitarían tomar calmantes y antidepresivos.

Las palabras encolerizadas o indignas que pronunciamos, contristan al Espíritu Santo, como  apuntó Pablo en Efesios 4:29,30. En cambio, las palabras felices u oportunas que proferimos,  levantan nuestro ánimo y el de los otros (Pr 15:23).

Así pues, la calidad moral, buena o mala, de nuestras obras depende del estado de nuestras almas; pero, a su vez, nuestras obras, nuestros pensamientos y nuestras palabras influyen en el estado de nuestras almas.

Pero no sólo eso. Como ya se ha dicho, nuestras obras además reflejan al exterior nuestro
estado interior; nos revelan a los otros, nos delatan. Jesús dijo: "Por sus frutos los conoceréis." (Mt 7:16).  Comentando estas palabras de Jesús, San Agustín comparó al hombre con un árbol cuyos frutos son sus actos. Así como nosotros podemos saber qué árbol tenemos delante por los frutos que cuelgan de sus ramas -si es un naranjo, o un manzano, o una higuera- así también podemos saber qué clase de personas son las que tenemos delante o las que conocemos, si observamos su conducta.

Por eso no tenemos excusa si nos equivocamos acerca de alguien. ¿No sabías cómo era en verdad y, al descubrirlo, te pegaste una gran desilusión? Pero ¿acaso no tuviste oportunidad de observar su conducta? ¡Oh sí, el amor es ciego! Por eso dijo alguien con mucho acierto, que al novio se le dice novio, porque "no vio". El amor lo había cegado, no vio lo que debía ver y después vinieron los lamentos. (¿El amor es ciego? Quizá no tanto el amor como la pasión.)

Jesús dijo de sí mismo: "Las obras que yo hago...dan testimonio de mí." (Jn 10:25). Las obras que Él hacía daban testimonio de que Él era el Hijo de Dios.

Las cosas que nosotros hacemos, grandes o pequeñas, a lo largo del día, dan testimonio de nosotros, de lo que somos. ¿Quiénes somos? ¿Qué clase de personas somos? ¿Qué es lo que nos impulsa? ¿Cuáles son nuestros sentimientos? ¿Cuáles nuestras motivaciones? etc. Nuestros actos están ahí para revelarlo. (2)

Pero también revelan cuál será nuestra condición, nuestro estado futuro, en la otra vida. Porque,  como dice el salmo 62: "Dios paga a cada cual según sus obras." (v. 12b) Nosotros estamos preparando el lecho de rosas, o el lecho de espinas, en el que algún día nos acostaremos, porque cosecharemos lo que sembramos con nuestras obras.

Sabemos muy bien que somos salvos no por obras sino por gracia, mediante la fe. Pero la mayor o menor gloria de que gocemos en el cielo sí depende de nosotros, nos la ganamos con nuestras obras.

Pablo dijo en Gálatas: “Todo lo que el hombre siembre, eso cosechará". (6:7) Eso es cierto no sólo respecto de la vida futura; se aplica ya en esta vida. La satisfacción o el bienestar material que alcance una persona dependen en gran medida del esfuerzo que aplique a su trabajo, o a su negocio. Si es descuidado o perezoso, no irá a ninguna parte, pero si se empeña y se esfuerza "delante de los reyes estará", como dice un Proverbio. O como también dice otro: "La mano negligente empobrece; mas la mano de los diligentes, enriquece."  (Pr 22:29;10:4).

Igual ocurre con nuestro destino futuro. Nosotros estamos sembrando en esta vida semillas cuyo fruto cosecharemos en la otra. ¿Qué clase de semillas estamos sembrando? ¿Cómo son nuestras obras? ¿Cuáles son nuestros actos? Algún día veremos el resultado de lo que hicimos y lo palparemos. Si fuimos diligentes en acumular un tesoro en el cielo, o si lo descuidamos.

También se mostrará la clase de semilla que usamos al sembrar, si fue buena o mala. Y no empleo aquí la palabra "semilla" en el sentido de dinero, sino en el de actos, palabras y pensamientos, así como de la intención que está detrás de cada uno de ellos.

Puede ser que alguno se diga: Si nuestra felicidad futura depende de lo que hagamos ahora, sería bueno que sepamos cuáles son esas obras importantes que debemos realizar para asegurarnos que cosechemos una gran recompensa en el cielo. A ver, hagamos la lista.

Las obras importantes de las que depende nuestra felicidad eterna no son otras sino nuestras acciones cotidianas, ordinarias, comunes, las de todos los días, las menos importantes; las que hacemos, por ejemplo, porque estamos obligados a hacerlas para que nuestro empleador nos pague nuestro sueldo. Más aun, las que hacemos voluntariamente, sin estar obligados, y que nadie –salvo Dios- reconoce y remunera.

En otras palabras, la recompensa de que algún día gocemos depende de cómo desempeñamos nuestras obligaciones ahora, de cómo ejecutamos nuestros más pequeños y hasta más rutinarios actos de cada día, voluntarios o automáticos, conscientes o inconscientes. Los segundos también porque, ellos surgen de un resorte interior del que somos responsables.

Las perfección de nuestras obras no consiste en realizar hechos heroicos, sino en hacer bien todo lo que hacemos, comenzando por aquellas cosas que tenemos que hacer, las que hacemos por obligación, que son las que nos gustan menos llevar a cabo. Pablo dijo en Colosenses: "...Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor." (3:23).

"De corazón". Esto es, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser. "Para el Señor". Esto es,  tratando de agradarle.

Obrando de esta manera, nos perfeccionaremos. No se trata de mejorar nuestra "performance", o nuestro rendimiento, como el gimnasta que entrena todos los días tratando de hacer cada  movimiento con la mayor elegancia y soltura posible. O como la bailarina que se esfuerza por dar sus saltos como si fuera más ligera que una pluma, y no le costara ningún esfuerzo, aunque tenga sus músculos templados como el acero.

No se trata de la perfección externa de nuestra conducta, sino de la intención con que actuamos, del fervor con que obramos, del amor que ponemos en todo lo que hacemos. E insisto, en todo lo que hacemos, porque ni aun el más pequeño de nuestros actos se pierde. Sí, el menor de nuestros actos puede convertirse en una acción heroica, valiosísima, según el amor que pongamos en ella.

Por eso es bueno ser conscientes de que todo lo que hacemos para ganarnos la vida forma parte del trabajo de Dios en el mundo, por humilde que sea ese trabajo. Porque todo trabajo honesto contribuye, o debe contribuir, al bienestar del hombre en la tierra.

Si no, pensemos: los que siembran y los que cosechan regando la tierra con el sudor de su frente ¿no contribuyen a alimentar al hombre y a saciar su hambre? Y el que transporta pasajeros ¿no satisface una necesidad humana de trasladarse de un lugar a otro? Y el cartero que gasta las suelas de sus zapatos para llevar la correspondencia ¿no facilita la comunicación entre las personas? ¿Qué trabajo más sucio que el de los que recogen la basura? Pero ¿qué sería de nuestra ciudad sin ellos?

Todo el trabajo útil que realiza la gente, de cualquier naturaleza que sea, forma parte del trabajo que Dios ha ordenado que se haga para que su creación se sustente y se mantenga. Sí, Él ha dispuesto que se haga todo eso, y por eso lo hace la gente, aunque no sepa por cuenta de quién lo hace. No por cierto por cuenta del que les paga, sino por cuenta del que está encima del que los ha contratado, por encima de todos los patrones.

Yo puedo pues decir de todo lo que yo hago, si es bueno: "Dios trabaja a través mío". Y es verdad, si lo que yo hago, por insignificante que sea, satisface alguna necesidad humana, o cumple algún propósito bueno. Si se cumple esa condición, nosotros podemos en verdad decir de todo lo que hagamos: "Dios trabaja a través nuestro", porque forma parte de la obra continua de Dios en el mundo, como dijo Jesús: "Mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo" (Jn 5:17). Y si eso es cierto, todo lo que hagamos dará gloria a Dios, aunque sea insignificante.

Si obramos y vivimos de esa manera, conscientes de que Dios está en nosotros y actúa a través de nosotros, viviremos constantemente en su presencia, haremos casi automáticamente cada cosa lo mejor que podamos; nuestros actos nos acercarán a Él, nos santificarán, nos perfeccionarán; y, al mismo tiempo, edificarán a otros. ¿Quién no quiere vivir así?  

Nota 1.  También depende en parte de nuestro estado físico, porque cuando estamos debilitados, cansados o enfermos, nuestra atención y nuestra concentración disminuyen e inevitablemente nuestros resortes internos y nuestro dominio propio se relajan, y podemos cometer errores -e incluso ceder a la tentación- por descuido o cansancio. De ahí que el demonio ataque nuestro cuerpo y trate de muchas maneras de debilitarnos para poder tentarnos más fácilmente.

2. Revelan en verdad que somos pecadores, pero deberían también revelar que somos pecadores arrepentidos y redimidos. Jesús dijo que sus discípulos serían reconocidos por el amor mutuo que se tienen. ¿No somos los cristianos diferentes de los mundanos? Si no lo somos habría que preguntarse qué clase de cristianos somos.

NB. Se publica por segunda vez, ligeramente revisado, este artículo que fue escrito en enero de 1999, y publicado por primera vez en agosto de 2005.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y s in merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#890 (19.07.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).



jueves, 16 de enero de 2014

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II
En nuestra charla anterior estuvimos hablando acerca del sentido de responsabilidad, esa cualidad tan importante para el desarrollo de la persona humana, para el desempeño de sus actividades y para la convivencia social. Después de describir los efectos de su ausencia en el hombre y en la sociedad, empezamos a indagar acerca de los orígenes de esta cualidad, de cómo se forma en el ser humano.
Hablamos de las influencias ambientales y culturales que concurren a formarla, del impacto que tiene en su gestación el entorno geográfico, la educación y el ejemplo de los padres.
Pero dijimos que, yendo más allá de esos factores, en nuestra cultura occidental cristiana, sin negar la importancia de la herencia greco-romana y de la moral estoica que floreció antes y después de Cristo --y en la que muchos ven en parte una anticipación de la moral cristiana- en nuestra cultura, digo, el sentido de responsabilidad está firmemente anclado en el mensaje del Evangelio.
La frase "sentido de responsabilidad" no figura en la Biblia, pero sus supuestos se derivan de muchas de las enseñanzas contenidas en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. En primer lugar, la ley del amor, : "Haz con los demás como tú quisieras que hagan contigo." (Lc 6:31)  Ésa es la regla de oro de la conducta cristiana; la expresión práctica del mandato mosaico: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Lv 19:18; Mt 19:19). Si lo amo de veras, lo trataré como quisiera que él me trate. No puedo darle un tratamiento inferior, o menos considerado, del que yo espero de él.
Pero es imposible tratar bien a alguien si uno mismo no es responsable en sus actos, cuidadoso, prevenido, prudente porque, de lo contrario, le fallará en alguno de ellos. En otras palabras, amar no sólo de palabra sino de obra incluye necesariamente ser responsable. Una persona irresponsable, esto es, que carezca del sentido de responsabilidad, no podrá verdaderamente llevar su amor a la práctica beneficiando a los que ama, sino que, más bien, sin quererlo, perjudicará inevitablemente con sus actos los intereses, o los sentimientos de las personas que lo rodean, de sus conocidos, amigos y parientes (sin hablar de los que le son desconocidos), porque obrará de cualquier manera y sin tener en cuenta las consecuencias de sus acciones (Nota 1).
Si amas a los demás cumplirás bien los encargos que te den, porque si no, los perjudicas. Si los amas tendrás cuidado de las cosas, objetos, libros, equipos, etc., que otros te confíen; los cuidarás mientras estén en tus manos,y los devolverás intactos en el plazo estipulado. Eso supone ser responsable.
Ese principio abarca también a los préstamos. Si alguien te facilita una suma de dinero, y eres una persona responsable, la devolverás tan pronto como te sea posible. Demostrarás tu amor por esa persona pagándole lo que le debes. Si no lo haces, pecas contra el amor, en primer lugar; pero también contra el mandamiento que prohíbe robar, porque no devolver lo prestado es robar. En última instancia el que defrauda a otros no sólo es deshonesto, sino también es un irresponsable.
El médico, si tiene sentido de responsabilidad, atenderá a sus pacientes, le paguen o no le paguen la consulta, con lo mejor de  sus conocimientos y ciencia. No dejará desatendido a ningún enfermo que se le acerque, porque se sabe responsable ante Dios de la salud y de la vida de sus semejantes (2). El cuidado que ponga en atenderlos será una muestra de su amor por ellos, aunque no les sonría, ni sea muy demostrativo. Vemos pues cómo también en este caso, el amor al prójimo y el sentido de responsabilidad caminan de la mano.
No se puede amar al prójimo sin ser responsable en sus actos, hemos dicho. Lo contrario, en cambio, sí es posible. Es decir, es posible ser muy responsable en el desempeño de sus funciones, pero no sentir al mismo tiempo amor alguno por las personas a las que se atiende. Hay que reconocer entonces que el amor, si bien está en la base del sentido de responsabilidad, lo trasciende, va mucho más allá de esa cualidad (3).
Santiago escribió citando a Jesús "que tu sí sea sí, y que tu no sea no." (St 5:12; Mt 5:37). Eso equivale a decir: que tu palabra tenga el valor de un contrato, aunque no la respalde un papel firmado. Cumple con tus compromisos. Esto es, sé responsable cuando te comprometas. No lo hagas a la ligera, pero si lo haces, honra tu palabra.
Honrar la propia palabra es una norma eminentemente cristiana, porque Dios honra siempre la suya y no defrauda al que en Él confía. Si queremos ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5:48), nunca dejaremos que nuestra palabra caiga al suelo, porque, como se dice en Josué, Dios nunca deja que su palabra caiga por tierra, todas se cumplen (Js 21:45; 23:14). Su palabra “permanece para siempre”, dice la Escritura (Is 40:8; 1P 1:25). En la medida de nuestras fuerzas nuestras palabras deben permanecer, deben ser siempre válidas, mientras tengamos aliento de vida.
Cuando el cristiano dice: “Te doy mi palabra”, debe saber que está poniendo a Dios por testigo de su compromiso. ¿Y cómo podría cumplirlo si no tiene sentido de responsabilidad? En casos como éste, la veracidad, la fidelidad de un cristiano, su amor por la verdad, lo empujan a ser una persona responsable.
No es realmente cristiano el que irresponsablemente incumple su palabra, o defrauda a sus acreedores, o no entrega a tiempo el trabajo contratado, o lo hace mal, o llega tarde a las citas.
La puntualidad es una cualidad eminentemente cristiana, y es un componente del sentido de responsabilidad. Pablo escribió: "aprovechad bien el tiempo" (Ef 5:16). El tiempo ajeno y el propio son un don de Dios. Yo robo a otro su tiempo si llego tarde a una cita. Si suelo ser impuntual, demuestro que carezco del sentido de responsabilidad en la administración de mi tiempo, y en el respeto del tiempo ajeno.
Pero es sobretodo en el trabajo donde se manifiesta más claramente el sentido de responsabilidad. Pablo dijo en Colosenses: "Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres." (3:23). “De corazón”, es decir, con todo mi ser, con todas mis fuerzas,
Si yo realizo mi trabajo “no sirviendo al ojo” que me ve, sino temiendo a Dios (Ef 6:6), ejecutaré mis labores con sentido de responsabilidad, haciéndolas de la mejor manera posible, y de acuerdo a los deseos del que contrató mis servicios porque, encima de él está Dios a quien sirvo.
Si desempeño mis labores de una manera descuidada, sin interés, sin esforzarme; si hago mal el trabajo que me encargan, si no cumplo los plazos de entrega, doy mal testimonio de mi condición de cristiano; hago quedar mal el nombre de Dios al mostrarme  como un irresponsable, un inmaduro.
Mi devoción al honor de Dios hará que en todo lo que haga quede muy en alto el nombre de cristiano que llevo, el nombre de Cristo, mi Señor. Mi adhesión a su nombre me obligará a ser una persona responsable.
Pero, en última instancia, el sentido de responsabilidad tiene su origen en el hecho de que todos nosotros vamos a dar cuenta a Dios de todos nuestros actos en el día del juicio. Somos responsables ante Él de cada acción que emprendamos, de cada labor que ejecutemos, de cada cita a la que acudamos, de cada minuto que perdamos, de cada “palabra ociosa” o dañina que pronunciemos (Mt 12:36). Él no nos preguntará literalmente con cuánto sentido de responsabilidad actuamos ante el mundo y ante los cristianos, pero esa pregunta estará implícita cuando comparezcamos para juicio delante de su trono.
Sabemos que algún día nos presentaremos ante el Juez de vivos y muertos para dar cuenta hasta de la menor de nuestras acciones. Y para recibir la recompensa, el pago, que merecen nuestros actos (Jb 34:11, 1P 1:25). No tendríamos que dar cuenta, ni recibiríamos recompensa alguna, si no fuéramos responsables de lo que hacemos.
En esa hora muchos paganos que siguieron solamente los dictados de su conciencia, y que serán juzgados por ella (Rm 2:14-16), serán admitidos al cielo y recibirán, quién sabe, una recompensa mayor que muchos cristianos, porque cumplieron con sus obligaciones terrenales mejor que éstos; porque fueron responsables de sus actos; y porque, como dijo Jesús: "Al que mucho recibe, mucho se le demanda." (Lc 12:48). Y nosotros hemos recibido más que los paganos.
Sé pues tú responsable en todas tus ocupaciones, en toda tu conducta, ante tus hermanos y ante el mundo. Demuestra que eres un digno hijo del más responsable, sí, del más responsable de todos los padres, del más responsable de todos los patrones, del más responsable de todos los señores, de Aquél que se sintió tan responsable de tu destino eterno que mandó a su único Hijo a morir por ti, para que algún día tú pudieras gozar de su presencia y no fueras condenado por tus actos irresponsables.
Notas: 1. Quizá el elemento más importante del sentido de responsabilidad sea éste: el tener en cuenta  las consecuencias posibles de nuestros actos y omisiones. Esa conciencia es una manifestación de madurez.
2. Lo que ocurre en nuestros hospitales, los lamentables casos de descuido, y los errores trágicos que se producen con frecuencia, son una muestra de la falta de esa cualidad entre nuestros galenos.
3. Hay personas que son muy responsables por educación, o por cultura, o por hábito, o por presión del ambiente, o por inclinación natural del carácter, y que, al mismo tiempo, son secas y carentes de amor. Y hay también quienes son muy responsables en hacer el mal. Esto es, que lo hacen a conciencia, sirviendo al más cruel de los capataces, al enemigo de sus almas. Paradojas de la naturaleza humana que muestra cómo las virtudes humanas, divorciadas de su fuente, que es Dios, pueden torcerse y volverse perversas.
NB. El texto de esta charla radial fue publicado por primera vez en una edición limitada, el 18.07.04, y contenía material que había sido publicado previamente en el diario “Gestión”. Como el artículo anterior del mismo título, lo vuelvo a publicar, ligeramente revisado, a fin de ponerlo a disposición del mayor número posible de lectores.
Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#799 (06.10.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


miércoles, 14 de abril de 2010

ANOTACIONES AL MARGEN XXIII

* ¿Por qué existe Dios? ¿Por qué existe un ser así? En nuestra miopía la mayoría de los seres humanos tendemos a pensar que Dios es algo que se añade a la existencia humana, como algo que fuera exterior a nuestra vida, que es lo central. Cuando en realidad es al revés. Lo central es Dios, y lo demás es accesorio. Pero eso no responde a la pregunta ¿Por qué hay un Dios? Si no lo hubiera no habría nada, nada existiría. Dios es el Ser que lo llena todo, y todos los demás seres que hay giran alrededor suyo. Pero muchos lo ignoran y son para sí mismos un pequeño sol alrededor del cual todo gira.

* Toda la recompensa que debemos esperar de Dios es más amor y nada más. Pero el amor es todo y basta para hacernos felices. ¿No ama acaso Dios a todos por igual y sin merecerlo? Sí, pero hay algunos que están más cerca de Él que otros. Santiago escribió: “Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros.” (St 4:8). De nosotros depende cuán cerca de Él estemos.

* Dios es un coleccionista de miserias humanas. ¡Qué linda frase y qué cierta! Entre ellas me encuentro yo.

* Dios planta en nuestro pensamiento todo lo que necesitamos. Eso es lo que me permite redactar estos escritos.

* Dios permite que le ayudemos. ¿Pero necesita acaso Él realmente de nuestra ayuda? No. ¿Por qué lo hace entonces? Para ayudarnos. Colaborando con Él crecemos. Él quiere asociarnos a su obra para unirnos a Él.

* Nuestros gritos desesperados de auxilio le agradan a Dios. Le agradan porque arde en deseos de ayudarnos. Cuanto más necesitados de ayuda estamos, más nos ama. Nuestra miseria lo enternece.
Nosotros somos todo lo contrario. Los defectos de los pobres nos desagradan y hasta nos indignan, y hacen que cerremos el puño. Si Dios se portara con nosotros como nosotros nos portamos con los pobres, le tendríamos miedo y no nos atreveríamos a pedirle nada, salvo obligados por la necesidad. Pero lo peor es que si Él obrara a nuestra medida, Él sería mezquino con nosotros. Nosotros somos severos con los pobres. Los ayudamos más con asco que con amor.

* Dios se alegra de que lo invitemos a entrar en nuestros corazones para conversar un rato. ¿Cuántas veces lo hacemos? Preferimos a la suya la compañía de los hombres, que son tan fríos y egoístas como lo somos nosotros.

* Yo debo ser conciente siempre de que Jesús está en mí y me está viendo. Ve todo lo que hago, digo y pienso. ¿Estoy yo dispuesto a compartir todos mis pensamientos con Él como si estuviéramos conversando? Lo dudo. Sin embargo, eso es lo que hago sin querer todo el tiempo. ¡Cómo deben desagradarle algunas de mis palabras y algunos de mis pensamientos!

* En cada ser humano Dios ve la imagen de su Hijo que murió para salvarlo. Eso es lo que Él ve en nosotros, y por eso, cuando está a punto de condenarnos, detiene su mano como detuvo Abraham la suya que blandía el cuchillo.

* Así como todo el que ama se goza haciendo regalos a la persona amada, Dios se goza derramando sus dones sobre nosotros.

* El que ama a Dios y trata de agradarlo en todo, crecerá espiritualmente de una manera tan natural como crece la planta cuando es regada. Y si no crece es porque su amor se ha enfriado.

* Dios se alegra cuando nosotros acudimos a Él con la confianza de un niño pequeño que sabe que su papá lo escucha y lo levanta cuando le tiende sus brazos.

* Cuando oramos necesitamos ser concientes de que Dios responde a nuestras oraciones siempre aunque no nos demos cuenta. Por eso debemos tomar nota de sus respuestas concretas a nuestros pedidos. Eso aumenta nuestra fe en el poder de la oración.

* Todos hemos sido “ordenados” por el Espíritu Santo para servir a Dios en la capacidad que Él nos señale.

* ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Qué trabaje y me esfuerce por su causa? No. Primero que nada quiere que lo ame.

* Adoramos a Dios no sólo arrodillándonos y orando con la frente en el suelo. También ganando almas para el cielo, o enseñando.

* Debería pensar en Dios todo el tiempo a lo largo del día. Pero estoy cautivo de otros intereses y de muchas lecturas que me distraen.

* ¿Cuál será la misericordia que algún día mostrará Dios con los delincuentes que cayeron temprano en el delito porque nunca fueron amados? Buena parte de los malhechores contumaces no lo habrían sido si hubieran sido criados con amor y amados de niños.

* La bondad humana no es más que una copia imperfecta y borrosa de la infinita bondad divina.

* ¿Cuántas cosas me ha dado Dios que eran exactamente lo que necesitaba? Él se ocupa de mi vida y de mis asuntos como el “manager” más eficiente y solícito.

* Los actos humanos brotan de amor o de odio, de simpatía o de antipatía, de admiración y respeto, o de desconfianza y temor; de codicia o de filantropía; y según sea la fuente son los efectos y las consecuencias. Según el árbol son los frutos.

* ¡Compasión, humildad, gentileza! ¿Quién quiere poseer esas cualidades? Más bien deseamos mostrarnos no arrogantes, pero sí seguros de nosotros mismos; no indiferentes, pero tampoco sensibleros, y menos, crédulos; amables, pero no obsecuentes.

* ¿Cuántas son las personas en el mundo que invitan a Jesús a entrar en su corazón y en su vida, y más aun, para tener comunión con Él como con un amigo?

* ¡Qué cierto es que la presencia de Dios en nosotros nos cambia, nos transforma, nos limpia y nos purifica! Cuanto más unidos estemos a Él más nos hacemos semejantes a Él.

* Ser compasivo con quienes no se lo merecen sino más bien abusan de nosotros es muy difícil, pero así obraba Jesús. En el fondo si lo imitamos y nos portamos de esa manera nos hacemos estimables a los ojos de los otros, aunque algunos nos ridiculicen.

* Te amo, Jesús. Esa es la mejor de todas las oraciones, mil veces repetida. Cuanto más la digamos, más lo amaremos y más su amor se reflejará en nosotros, en nuestra conducta, en nuestros gestos y nuestras palabras, y más nos pareceremos a Él.

* La fe debe ser cultivada para que crezca, es decir, practicada, y hay que pedir también por ella, como le pidieron los apóstoles a Jesús: “¡Auméntanos la fe!” (Lc 17:5).

* Si creyéramos más, nos esforzaríamos menos; es decir, tendríamos que luchar menos por las cosas que deseamos.

* Cuanto más lejos Él parece estar, más cerca lo tengo en realidad.

* Todo lo que hacemos por los demás, se lo hacemos a Jesús, como Él mismo lo explicó (Mt 25:40). Pero ¿por qué nos cuesta tanto recordarlo? ¿Será que Jesús es tan antipático como esa mujer que me importuna con sus pedidos constantes de ayuda? Sin embargo, aun en el mendigo antipático, en la pordiosera odiosa, Jesús está presente.

* Dios es el principio de todas las cosas, pero Él no tiene principio, porque existe desde siempre; y es el fin de todo sin tener fin Él mismo, porque todo lleva a Él y termina en Él, siendo la meta de todo.

* Nuestro amor a Dios se manifiesta en nuestra obediencia a su voluntad. Sin obediencia no hay amor a Dios. “Si alguno me ama –dijo Jesús- guardará mi palabra.” (Jn 14:23)

* Si quiero ser amigo de Dios debo amar lo que Él ama y odiar lo que Él odia. Por tanto, debo amar y aceptar lo que Él disponga para mi vida. Y debo también odiar el pecado, no tanto en los otros sino en mí.

* Dios dispone que seamos castigados, o disciplinados para nuestro bien, es decir, para que nos arrepintamos y enmendemos nuestra vida. Eso es lo que Él busca, no que suframos por el sufrimiento mismo, sino por lo que el sufrimiento trae consigo, esto es, arrepentimiento y purificación.

* Nada ocurre de casualidad, porque todo lo que ocurre en la tierra, incluyendo las catástrofes naturales, está bajo su control. Él puede demorarlas, moderarlas, impedirlas, o provocarlas, y hasta agravarlas, según los designios inescrutables de su providencia que siempre busca lo mejor para el hombre.

* Si alguno me perjudica o me hace daño, no es por mala suerte, o porque el ángel a quien Él ha confiado mi camino se haya descuidado, sino porque Él así lo ha querido, o permitido, para mi bien. La Escritura dice: “¿Habrá algún mal en la ciudad que Él no haya hecho?” (Am 3:6).

* Isaías escribió por inspiración divina: “Yo soy Jehová y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí…Yo Jehová y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad (es decir, el mal). Yo Jehová soy el que hago esto.” (Is 45:5-7). ¿De qué mal se habla aquí? ¿Del mal en sí mismo, o de hechos y acontecimientos que causan dolor? No es lo mismo. Del mal en sí mismo, del mal ontológico, Dios no es el autor, sino el maligno.

* Dios le habló al rey David por medio del profeta Natán: “He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré a tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol.” (2Sm 12:11,12). Estas palabras se refieren a lo que hizo Absalón cuando derrotó a su padre y entró triunfante en Jerusalén. ¿Cómo puede el profeta anunciar que Dios lo haría cuando fue el rebelde Absalón quien lo hizo? Porque Dios obró permitiendo que Absalón diera rienda suelta a sus malos sentimientos y dándole la victoria. San Agustín comenta: “Dios instruye a los hombres buenos por medio de los malos.”

* ¡Cuántas veces nos hemos sorprendido de que tal o cual tirano se adueñe del poder en un país! A veces Dios pone (o permite que el diablo ponga) a malos gobernantes que hacen daño a los pueblos. ¿Es para que nos sometamos a ellos, o para que los resistamos y nos rebelemos contra ellos? Muchas veces los pueblos reciben los gobernantes que se merecen. “Por la rebelión de la tierra sus gobernantes son muchos”, -dándose a entender que hay inestabilidad en el gobierno porque no son buenos- mas por el hombre entendido y sabio permanece estable.” (Pr 28:2). Los gobernantes deciden la felicidad o la desgracia de los pueblos: “Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime.” (Pr 29:2). Hay ocasiones en que los gobernantes malos traen bienestar pasajero a su pueblo, pero luego inevitablemente empiezan a manifestarse las consecuencias de su iniquidad. Eso ocurrió de una manera manifiesta con los gobiernos de Hitler y Mussolini en Alemania e Italia, que trajeron inicialmente gran progreso material a esas naciones, pero que luego los condujeron a una guerra terriblemente destructora que devastó a esos países.

* Podemos preguntarnos con buen motivo ¿por qué la providencia divina usa a los malvados como instrumentos de su justicia? Porque difícilmente encontraría a un hombre bueno para castigar al malo. Aunque a veces sí ha encontrado a algún justiciero airado, que después tuvo pagar por los excesos que cometió.

* La Escritura dice que “un espíritu malo de parte de Jehová” atormentaba al rey Saúl (1Sm 16:14,23). ¿Cómo podía ser malo si venía de parte de Dios? Dios permitía que el diablo le atormentara porque Saúl había abrigado malos sentimientos respecto de David que le servía con toda dedicación. Si Dios no lo hubiera permitido ese espíritu no podría atormentarlo.

* Todo ocurre por la voluntad de Dios, incluso los males para probarnos, o para castigarnos. Por eso podemos decir que nada malo ocurre que nosotros no hayamos provocado, o que no nos sea necesario. ¿Quiere eso decir que debemos aceptar con resignación todo lo que nos sobreviene? Hay males inevitables que sí debemos aceptar resignados, pero si me enfermo sería insensato no emplear todos los medios posibles para curarme; o si alguien me acusa injustamente sería insensato no contratar al mejor abogado para defenderme.

* Hay males que nos sobrevienen como consecuencia directa de nuestros pecados, como cuando nos enfermamos a causa de nuestros excesos. Pero ¿por qué permite Dios que pequemos? Porque nos ha creado libres de actuar contra su voluntad. Sin embargo, muchas veces Dios no permite, o trata de evitar, que pequemos (Véase para lo primero 1Sm 25). Por eso oramos: “No nos metas en tentación”, (Mt 6:13), es decir, no permitas que seamos tentados. Pablo escribió que Dios no permite que seamos tentados más de lo que podemos resistir, sino que da con la tentación la salida (1Cor 10:13). Eso naturalmente es algo que Dios garantiza no a todos, sino a los que con todo corazón le sirven, porque a los que persisten en el mal, Dios los abandona a sus malos impulsos.

* En el Perú ocurren terribles accidentes de tránsito que enlutan las pistas a diario porque queremos que ocurran. En un gran número de casos los principales responsables son los propietarios de los vehículos, primero porque, para ahorrar, no los mantienen en buen estado; y segundo porque, también para ahorrar, contratan como choferes a jóvenes que no están en edad de asumir la responsabilidad de conducir un vehículo de transporte de pasajeros, o porque obligan a sus choferes a conducir más horas de las que pueden manejar despiertos. Y sin embargo, rara vez se detiene o se acusa al propietario. En ningún país civilizado se confía la vida de los pasajeros a una persona menor de 35 años. La razón es obvia. Recién a esa edad el hombre suele tener la madurez requerida para no asumir riesgos innecesarios y actuar en el volante responsablemente. No debería tampoco permitirse que los choferes de esos vehículos manejen más de cuatro horas seguidas.
#621 (04.04.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).