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jueves, 27 de abril de 2023

DILIGENCIA III

DILIGENCIA III

El diligente hace las cosas al ritmo adecuado, pero no por terminar rápido se precipita, porque el que hace las cosas precipitadamente no las está haciendo con cuidado, no las hace pensando. La diligencia incluye no solamente la manera de actuar sino también el cuidado de preparar de antemano lo que uno hace, pensar, usar la cabeza, la inteligencia, para que el resultado sea bueno.

Piensa primero en lo que vas a hacer, piensa en el resultado que quieres conseguir, piensa en las consecuencias. Eso también es actuar con diligencia. Es decir, la diligencia incluye actuar con inteligencia. 




miércoles, 17 de noviembre de 2021

"SIN TACHA ALGUNA" EL LIBRO DE DANIEL HABLA A LOS JÓVENES II


"SIN TACHA ALGUNA" - EL LIBRO DE DANIEL HABLA A LOS JÓVENES

¿Cual es la tacha más grave que se puede hacer contra una persona? Que no sea de buena conducta. Que tenga malos hábitos, malos antecedentes.

Si tienes un pasado malo, si has sido arrestado varias veces, si has estado en la cárcel. Eso es una tacha grave. Y puede ser un obstáculo decisivo que te cierre muchas puertas.

Pero puedes arrepentirte hoy de tus pecados y de tu mala conducta y a partir de hoy, con la ayuda de Dios, comenzar una vida nueva.


viernes, 2 de marzo de 2018

EL QUE TURBA SU CASA HEREDARÁ VIENTO


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL QUE TURBA SU CASA HEREDARÁ VIENTO
Un Comentario de Proverbios 11:29-31
29. “El que turba su casa heredará viento; y el necio será siervo del sabio de corazón.”
Aquí hay dos preguntas que hacerse: 1) ¿Qué relación hay entre los dos esticos del proverbio? No es muy evidente; y 2) ¿Qué es turbar su casa?
La relación es, sin embargo, si se observa bien, bastante transparente: 1) el que perturba su casa y el necio son la misma persona. El sabio no turba su casa. 2) Heredar viento es lo mismo que empobrecer, lo que lleva al necio a ser siervo del sabio, que entra en posesión de los bienes del necio. Los papeles se invierten. Sabiduría y necedad producen a la larga, frutos opuestos. Podemos reformular el proverbio de esta manera: El que turba su casa empobrece, y termina sirviendo al sabio, que se enriquece con lo que él pierde.

Turbar su casa puede tener varios significados emparentados. Turba, perturba, o desordena su casa –es decir, su hogar, su familia- el que hace constante gala de mal carácter, o está siempre amargado; el que crea rivalidades entre sus miembros; el que conspira contra la estabilidad y unión de su familia mediante la infidelidad; el que administra mal el patrimonio familiar; el hijo que contrista a su padre, etc. En general, el que da mal ejemplo a sus hijos y a sus descendientes con su conducta, pues los hijos tienden a imitar el comportamiento de sus padres, para bien o para mal; y los súbditos, el comportamiento de sus gobernantes, como ocurrió con Jeroboam, que hizo pecar a Israel (1R 14:16). Las consecuencias suelen ser de largo aliento, pues Dios visita “la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y la cuarta generación.” (Ex 20:5)
El hecho de que se emplee el verbo “heredar” hace pensar que este versículo se aplica más a los hijos que a los padres, pero “heredar” tiene con frecuencia el sentido simple de “recibir”, como puede verse en más de un proverbio (Pr.14:18; 3:35; 28:10), y en algunos pasajes del Nuevo Testamento (Mt 25:34; Mr 10:17; 1Cor 15:50; Ap 21:7). Es decir, el que turba su casa recibe él mismo los frutos de su inconducta. Un buen ejemplo de hijos que perturbaron su casa son Amnón y Absalón, hijos de David. Ambos murieron prematuramente y de manera trágica (2Sm 13:28,29; y 18:9-15).
El segundo estico expresa una verdad que se cumple diariamente: el que actúa neciamente, de manera poco sabia, terminará sirviendo, o estando en una posición subordinada, respecto del que obra con prudencia y pondera bien las consecuencias de sus actos.
Como nos muestra el salmo 133, una familia unida por la gracia de Dios florece por las bendiciones que Dios derrama sobre ella, mientras que “toda casa dividida contra sí misma no permanecerá.” (Mt 12:25) Con frecuencia la impiedad, o la avaricia, o la mala conducta del jefe de familia son una amenaza para el bienestar de su casa y puede, de hecho, causar mucho sufrimiento a los suyos (1Sm 25:17), que pueden terminar odiándolo.
En verdad, nadie puede descuidar el bien de su alma sin perjuicio de los suyos. Ciertamente priva a su casa de las bendiciones que trae la oración ungida y el buen ejemplo, pero cuánto bien hacen a los suyos los padres que les dan buen ejemplo de rectitud y de piedad. En cambio perturba neciamente a los suyos el que neciamente hace lo que su impiedad le inspira, y él mismo hereda el viento, como dice un refrán inspirado en Oseas: El que siembra vientos, cosecha tempestades.” (8:7a).
Eso ocurrió cuando Koré y sus seguidores se levantaron en el desierto desafiando el liderazgo de Moisés: la tierra los tragó y descendieron vivos al Seol (Nm 16:31-33). Un destino trágicamente semejante corrió Acán que, por codicia, tomó un manto lujoso, y oro y plata, y lo escondió, violando la orden de destruir todo lo que se hallara en la conquista de Jericó, y que Dios había condenado al anatema. Cuando fue obligado a confesar su pecado, la congregación lo apedreó a él y a su familia, y quemó sus despojos (Js 7:1, 20-25).
Los hijos del anciano sacerdote Elí desoyeron la débil reprimenda de su padre que les reprochaba que profanaran la casa de Dios abusando de las mujeres que velaban  a la puerta del tabernáculo de reunión en Silo, para escándalo de todo el pueblo, pero él no los disciplinó con la severidad que debía, por lo que Dios le anunció que retiraría a su linaje del sacerdocio, y lo daría a otro que le fuera fiel (1 Sm 2:22-25; 27-36). Entre las palabras notables que figuran en este trágico episodio están éstas que pronunció Elí: “Si el hombre pecare contra el hombre, los jueces lo juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él?” (v. 25).
El insensato Nabal, haciendo honor a su nombre, turbó su casa por su avaricia ofendiendo a David, que se hubiera vengado de él, destruyendo sus propiedades y a su familia si no hubiera sido por la intervención oportuna de su esposa, Abigaíl, que aplacó a tiempo la ira del futuro rey de Israel (1Sm 25:2-35).
También turbó gravemente su casa Jeroboam, que hizo pecar a las diez tribus de Israel fundiendo dos becerros de oro para que los adorara el pueblo, en vez de ir a servir al Señor en Jerusalén (1R 12:28,29), por lo que Dios hizo morir a toda su descendencia por mano de Baasa (1R 15:29,30).
30. “El fruto del justo es árbol de vida; y el que gana almas es sabio.”
Con sus palabras el justo gana a otros para el cielo. Por eso se dice que es árbol de vida.
El fruto del justo es, de un lado, su conducta; pero también las palabras con que enseña, aconseja y lleva almas a Cristo. Por eso es sabio para otros, en primer lugar, y también para sí (Pr 9:12a), porque no dejará de cosechar su recompensa. (Véase Sal.1:1-3).
La sabiduría es árbol de vida a todos los que se valen de ella y la retienen para gobernar su vida, porque todas sus veredas son paz (Pr 3:17,18).
El segundo estico podría ser el "motto", o lema, de todas las organizaciones que hacen obra evangelística.
Toda la vida del justo, sus oraciones, su enseñanza, el ejemplo que da a los demás, la influencia que ejerce, todo ello es árbol de vida para su entorno, dice acertadamente Ch. Bridges. Los que lo rodean, familiares y amigos, se alimentan de ese fruto que él produce en abundancia. ¡Pero cuán distinta es la influencia del que vive de manera contraria! Es un veneno que corrompe la sangre, y arrastra hacia al mal a muchos que lo admiran por sus logros mundanos. Pero ¿cuál será su final?
El justo es no sólo árbol de vida, sino que su boca es también manantial de vida de la que fluyen palabras que conducen a la vida eterna (Pr 10:11). Por eso bien se afirma que el que gana almas es sabio. No hay mayor sabiduría que ésa, porque sus consecuencias son eternas. Es una sabiduría que beneficia a otros, pero también al que la posee, pues recibirá su premio en su momento. Es una sabiduría que no requiere de estudios, sino de abrirse al Espíritu Santo.
Pero a nadie se puede aplicar mejor estas palabras que a Jesús, que con su muerte dio vida eterna a los que creen en Él y le obedecen. Todo el que quiera ser árbol de vida para otros seguirá sus pasos, muriendo a sí mismo. Deberá tener una sed de almas como la que llevó a Jesús al pozo de Sicar, donde vino a buscar agua la samaritana, que no tenía idea del agua que iba a encontrar, y que iba a beber de la boca de Jesús (Jn 4:).
Como bien dice Pablo, “ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos.” (Rm 14:7,8). Así también la esposa que gana para Dios a su marido incrédulo con su conducta casta y respetuosa (1P 3:1,2). Hay en la historia un caso notable de mujer que con su sabiduría, cortesía y paciencia, ganó a su esposo, el indomable rey franco Clodoveo, orgulloso vencedor de muchas batallas, pero que, gracias a ella, se rindió a los pies de Cristo.
31. “Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡Cuánto más el impío y el pecador!”
Este proverbio habla del sembrar y cosechar en esta vida. Según sea la semilla será la cosecha. “El buen árbol –dijo Jesús- no puede producir un mal fruto.” (Mt 7:18), y viceversa. Hay una recompensa que se alcanza en esta vida, y una mejor que se recibe en la otra. Igual sucede con el impío, que segará en esta vida el fruto pernicioso de sus obras venenosas; y en la otra, si no se arrepiente a tiempo, el castigo perpetuo.
¡A cuántos ha librado la vara de corrección oportuna de una condenación cierta, haciendo que el descarriado enmiende sus caminos! Como dice Salomón: “La vara y la corrección dan sabiduría.” (Pr 29:15a) El justo no puede escapar del castigo temporal merecido si alguna vez le falla a Dios, como ocurrió con Moisés y Aarón, que no honraron a Dios en las aguas de Meriba. Por ello Dios les anunció que no introducirían a la congregación de Israel en la Tierra Prometida, sino que otro lo haría en lugar suyo (Nm 20:11-13).
Algo semejante sucedió con David, a quien Dios amonestó por su adulterio por boca del profeta Natán, anunciándole que la espada no se apartaría de su casa (2Sm 12:9-12). Y con Salomón, por haberse apartado del Dios verdadero cuando era viejo, y haber adorado a los falsos dioses de sus muchas mujeres y concubinas extranjeras, por lo cual Dios le dijo que le quitaría el reino, pero no en sus días, por amor de David, sino en el reinado de su hijo, al cual le dejaría una tribu. (1R 11:4-13).
La misericordia de Dios permite que el justo sea castigado por sus faltas en la tierra, y no en el infierno, como merecería. Pablo escribe: “mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.” (1Cor 11:32).
Si el hijo es disciplinado (“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” Hb 12:6), ¡con cuánta mayor razón lo será el pecador contumaz! Como escribe el apóstol Pedro, citando este proverbio según la versión de la Septuaginta: “Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1P 4:18).
Al respecto el Venerable Beda (Nota) comenta: “Si la fragilidad de nuestra vida mortal es tan grande que ni siquiera los justos que han de ser coronados en el cielo pasan por esta vida sin sufrir tribulación a causa de las muchas fallas de su naturaleza, ¡con cuánta mayor razón aquellos que viven apartados de la gracia celestial aguardan el desenlace cierto de su condenación eterna!”
Es un hecho que nuestros actos malvados regresarán algún día para atormentarnos. ¡Ténlo muy bien en cuenta, amigo lector! No podemos librarnos de sus consecuencias, aunque los hayamos olvidado, o quisiéramos borrarlos de nuestra memoria. Eso fue lo que experimentaron los hermanos de José. Ellos lo vendieron cruelmente a unos mercaderes de paso, pensando que nunca lo volverían a ver (Gn 37:27,28). Pero cuando la necesidad los obligó a ir a Egipto a comprar trigo para no morir de hambre, se encontraron con que la persona de quién dependía que les vendieran o no el grano, era nada menos que su hermano, que había llegado a ser el hombre más poderoso de ese país después del faraón (Gn 42:1-8). Que ellos fueran bien tratados y acogidos fue gracias a la grandeza de alma de José que, pese a lo mucho que había sufrido, los había perdonado (45:1-15).
Nota: Beda fue un monje británico conocido por su piedad, y su enorme erudición que abarcaba todos los campos de la ciencia y de la literatura de su tiempo. Además de sus numerosos comentarios bíblicos, escribió una famosa Historia Eclesiástica Anglo Sajona, notable por su meticulosa metodología con la que se adelantó a su tiempo. Vivió entre 673 y 735.

Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#955 (11.12.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

miércoles, 27 de septiembre de 2017

EL IMPÍO HACE OBRA FALSA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL IMPIO HACE OBRA FALSA
Un Comentario de Proverbios 11:18-22
Los versículos 18 y 19 expresan pensamientos semejantes: el “galardón firme” que se menciona es la vida eterna. El texto en el vers. 19 dice sólo “vida”, pero es obvio que la vida de que ahí se habla es la misma de que habla tanto Jesús en el evangelio de Juan (Jn 5:24; 6:40,47; etc.). Es evidente, pues, que la noción de vida eterna existía mucho antes de que Él viniera. El resultado vano que obtiene de sus esfuerzos el impío se revela, una vez desaparecidas todas las apariencias, como muerte.
18. “El impío hace obra falsa; mas el que siembra justicia tendrá galardón firme.”

En este proverbio antitético se contrastan el fruto que se obtiene obrando bien y el que se obtiene obrando mal.
    “El impío hace obra falsa” porque el resultado que obtenga por sus esfuerzos al final lo decepcionará. Si obtuvo alguna ventaja material de la que se ufanaba, ésa será transitoria y puede volverse en contra suya. Dicho de otra manera, “obra falsa” es la fugaz que no dura. Eso es lo que muchos de los que obraron conscientemente mal, al final experimentaron cuando, por una circunstancia inesperada, su mal accionar quedó al descubierto y fueron acusados públicamente. Todo lo que habían obtenido con su mal proceder desapareció, o se volvió en contra suya.
    Cada cual cosecha lo que siembra; lo que cosecha el impío corresponderá a la mala calidad de su semilla. El que siembra justicia es el que se conduce rectamente. Siembra justicia en los surcos de tu vida y cosecharás paz y prosperidad. Ése es tu premio. (c.f. 10:6; Gál.6:7,8). Notemos, de paso, que “sembrar justicia” adquirió en el tiempo también el sentido de “dar limosna”, esto es, ser generoso, que es algo que Dios bendice. (c.f. vers. 24,25; 2Cor.9:6).
    El corazón y la voluntad del hombre son reclamados por dos señores que le prometen una gran recompensa. Pero si el maligno cumpliera sus promesas y ellas no fueran engañosas, todos los seres humanos vivirían ricos y felices. La primera persona que fue engañada por él fue Eva, a quien la serpiente le prometió que ella y su marido serían como Dios, conociendo el bien  y el mal. Pero el resultado de su obediencia a la sugerencia de Satanás fue que ambos se avergonzaron de estar desnudos y corrieron a esconderse cuando oyeron la voz de Dios en el jardín (Gn 3:8-10). Se escondieron porque se sabían culpables. Ése fue su primer contacto con el mal, que antes ignoraban.
    Jesús mismo fue tentado por Satanás que le ofreció todos los reinos del mundo y su gloria si postrado le adoraba. ¿Pero qué necesidad tenía Jesús de que alguien le ofreciera lo que de hecho y desde siempre le pertenecía, porque Él lo había creado todo con su palabra? (Mt 4:8,9).
    Los pecados de la carne que el demonio estimula, pasada la satisfacción momentánea que ofrecen, conducen al desengaño, a los remordimientos, y a la muerte (Rm 6:21; Pr 5:3-5).
    Las Escrituras nos presentan varios ejemplos de cómo se cumple la verdad enunciada por este proverbio. El faraón quiso exterminar al pueblo hebreo ordenando que se matara a todos los hijos varones que les nacieran, pero en la noche de la primera Pascua Dios hizo morir a todos los hijos primogénitos de los egipcios, incluyendo al del propio faraón (Ex 12:29,30). Más adelante, cuando se arrepintió de haber dejado salir al pueblo hebreo, ordenó que su ejército saliera a perseguirlos, pero Dios hizo que todos sus soldados y jinetes perecieran ahogados en las aguas del Mar Rojo que los israelitas habían atravesado en seco poco antes (Ex 14:11-28).
    Acab creyó que podía apoderarse de la viña de Nabot que codiciaba, haciéndolo matar por blasfemo, pero Elías le salió al encuentro y le profetizó que en el mismo lugar en que los perros habían lamido la sangre de Nabot, lamerían la suya (1R 21).
    ¿Qué cosa es sembrar justicia? Es vivir rectamente y con la mira puesta en la recompensa eterna. Como dice Oseas: “Sembrad para vosotros en justicia; cosechad para vosotros en misericordia.” (Os 10:12). Y también Gálatas: “Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” (Gal 6:7). El hombre no puede cosechar un fruto diferente a la semilla que ha sembrado. Tal la semilla, tal la cosecha. De  ahí que Jesús dijera del hombre: “Por sus frutos los conoceréis… No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.” (Mt 7:16,18).
    En contraste con el mal fruto que cosecha el impío, está el galardón firme del que siembra justicia. Aunque durante algún tiempo su tarea pueda ser penosa, al final será recompensado: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.” (Sal 126:6). Sin embargo, nadie recibe la totalidad de su galardón en esta vida; lo mejor del galardón está reservado para la otra vida, que es eterna.
19. “Como la justicia conduce a la vida, así el que sigue el mal lo hace para su muerte.”
La justicia que conduce a la vida (“el camino de la justicia”, Pr 12:28) caracteriza al sabio que endereza sus caminos con el temor de Dios, buscando agradarle y obedecerle en todo. Ciertamente el que vive de esa manera será recompensado con buena salud y vitalidad (11:31a), esto es, con plenitud de vida en sentido terrenal, mientras que el que tuerce sus caminos probablemente enfermará y morirá joven. Pero si se tiene en cuenta que la promesa que encierran estas palabras se refiere también a la vida eterna, el que tiene a Dios en cuenta en todos sus caminos (Pr.3:6) encontrará que los brazos de Dios lo recibirán al final de su vida en la tierra. El versículo siguiente explica parte del motivo: su conducta agradaba a Dios.
    Y esta es la pregunta que debemos hacernos todos: ¿Mi conducta agrada a Dios? Si la respuesta es positiva podemos estar seguros de que su bendición reposa sobre nosotros, aunque podamos pasar por pruebas. Si es negativa, nada de lo que hagamos conducirá a buen fin, aunque el éxito nos sonría temporalmente.
    Este proverbio se refiere ciertamente a la vida eterna y parece sugerir que la salvación se obtiene mediante la justicia que, en este contexto, no puede ser sino la propia (cf vers. 5 y 6). Aunque no exclusivamente: el piadoso es justo porque teme a Dios. El temor de Dios es una forma de fe, que mueve al hombre a actuar bien. La segunda línea confirma lo que dice Rm. 6:23 (c.f. Pr 10:28b).
    ¿De qué vida y de qué muerte se habla aquí? ¿No es la vida o la muerte eterna? No hay duda de que Jesús al hablar de la vida eterna ha hecho uso de una larga tradición que daba un sentido espiritual a esas palabras.
    La vida de que aquí se habla es la vida eterna que se alcanza por medio de la justicia, la cual, para el judío piadoso, consistía en observar la ley. No hay aquí mención de la fe.
    Podría decirse que esto es aplicable al israelita del Antiguo Testamento. Él no podía tener fe en el Redentor porque aún no había venido, pero sí podía tener fe en Dios, como Abraham, de quien se dice que le “creyó a Jehová y le fue contado por justicia.” (Gn 15:6).
    El labrador espera pacientemente que la semilla que ha sembrado produzca fruto; aunque pueda demorar, la recompensa de su paciencia es segura (St  5:7,8). La rectitud es la semilla; la felicidad es la cosecha. La perseverancia es condición necesaria para recibir la recompensa, como dice Pablo: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, abundando en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.” (1Cor 15:58).
    La justicia no sólo libra de muerte (Pr 11:4), como ocurrió con Lot y su familia (Gn 19:16), sino que también “conduce a la vida” (Pr 10:16; Is 3:10), porque Dios dará una recompensa eterna a los que, habiendo creído, perseveran en hacer el bien (Rm 2:7), como se dice en Apocalipsis: “Mira que yo vengo pronto y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según su obra.” (22:12).
20. “Abominación son a Jehová los perversos de corazón; mas los perfectos de camino le son agradables.”
Este es un versículo de paralelismo antitético. Contrasta al perverso con el perfecto o íntegro. Este es un contraste que ya figura en el vers. 3; y más explícitamente en Prov 3:32: “Porque Jehová abomina al perverso; mas su comunión íntima es con los justos.”
    Dios abomina, es decir, detesta al corazón perverso, torcido, que busca siempre el mal y no el bien, las consecuencias de cuya obra son siempre perniciosas para otros y, en última instancia, para sí mismo. En cambio, le agradan los que actúan rectamente, cuyo corazón de una manera natural se inclina al bien y rechaza el mal.
    La palabra “abominación” (toeba) es una las más fuertes y condenatorias del Antiguo Testamento. Con ella se designan los alimentos impuros (Dt 14:3); el sacrificar a los niños pasándolos por fuego (Dt 12:31); el casarse con mujeres extranjeras –porque servían a dioses ajenos- (Mal 2:11); el culto falso de los impíos (Pr 21:27); la homosexualidad (Lv 18:22). El libro de Proverbios la usa para referirse a los de corazón perverso, pero también al corazón altivo (16:5). Ambas cosas suelen ir juntas. El perverso cree que nunca tendrá que rendir cuentas a la justicia divina; se cree seguro en su impiedad. ¡Cuán equivocado está! Cuando menos lo piense será castigado y desaparecerá: “Vi yo al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.” (Sal 37:35,36).
    ¿Pero quiénes son los rectos de camino sino aquellos a quienes Dios mismo hace rectos? No se hicieron rectos ellos mismos. Son obra suya. Aquí se contrasta al recto de camino con el de corazón perverso, porque tal como es el corazón, será el camino (Ch. Bridges) El que es perverso de corazón sigue inevitablemente un camino torcido, porque se inclina hacia él inconscientemente. Así como Dios detesta al perverso, Él se deleita en el recto que le obedece y le sirve.
21. “Tarde o temprano, el malo será castigado; mas la descendencia de los justos será librada.”
    Cuando yo era niño había un “slogan” comercial que decía: “Tarde o temprano su radio será un Phillips”. Era tan conocido que había gente que lo empleaba como refrán para indicar algo que tenía que ocurrir de todas maneras, pese a todos nuestros esfuerzos para impedirlo.
    El castigo del impío es tan inevitable como la muerte. Aunque demore, ha de venir, porque Dios es justo y no puede dejar que su justicia sea quebrantada. Este proverbio se relaciona con todos aquellos versículos que auguran el fin del malo. (10:29; 11:19; 13:13; 15:10; 19:16; 29:1).
    El vers. opone el castigo de los malos a la liberación -sea del castigo, o del infortunio, o de la opresión- de la progenie o descendencia del justo, en lugar de asegurar simplemente que el justo será librado. Es decir, transfiere el beneficio de la justicia divina del justo a su descendencia (Dt.7:9; Sal.25:12,13; 37:25; 112:2). Pero esa inferencia desaparece si se entiende “la descendencia” en el sentido de “la raza de los justos” (Kidner, c.f. Sir:8:39; Gál.3:7), lo que incluye al justo mismo.
    Sin embargo, el proverbio expresa implícitamente también la idea de que durante un lapso no breve de tiempo el malo puede ser victorioso y prosperar, mientras que los justos sufren opresión. El proverbio promete liberación para unos y sanción para otros, aunque ambas cosas demoren, esto es, se cumplan en el tiempo de Dios y no en el nuestro (Jb.5:19; 2Tim.4:18, Pr 12:21; Sal 91:3,10,15c).
    Este proverbio. es un gran consuelo para los que, como el autor del Sal 73, se afligen viendo la prosperidad de los impíos. "Tarde o temprano…” Nosotros preferiríamos que fuera temprano para verlo, porque si ocurre muy tarde quizá no lo veamos. Pero creo, sobre todo, que preferimos que sea temprano para que el malvado no goce de mucho tiempo de bonanza y que experimente pronto el fruto maligno de sus actos ¿Para que se arrepienta? No, para que le duela. Vemos pues, que esta frase (“tarde o temprano”) despierta nuestro espíritu de justicia propia y de juicio, no muestra compasión, como si nosotros nunca hubiéramos estado en el grupo de los malvados, y nunca hubiéramos sido beneficiarios de la misericordia y paciencia de Dios.
    Pero, ¿cuáles son los sentimientos de Jesús frente a esta frase? Pena y compasión por los malvados que no se arrepientan, porque Él los ama también a ellos, y murió también por ellos. Esos sentimientos deberían también ser los nuestros.
    El segundo estico es una bella promesa que muestra cómo la misericordia de Dios premia al justo “hasta mil generaciones” (Dt 7:9).
22. “Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa y apartada de razón.”
La mujer privada de razón, de discreción o de sabiduría, es la mujer insensata, la necia, la que carece de discernimiento, la tonta. No es la adúltera intrigante de Prov. 7, ducha en artimañas y amores ilícitos, sino la crédula y estúpida, que escoge siempre el camino menos conveniente para ella, pero que no carece de buenos sentimientos. Pues bien, la belleza le sienta mal a esa mujer porque no sabe hacer buen uso de ella sino, al contrario, le tiende trampas. Los términos de la comparación son terribles porque el cerdo era para los israelitas un animal abominable e impuro. ¿Qué papel puede jugar un zarcillo de oro, una pequeña alhaja, en el hocico de un sucio animal que se revuelca en el fango? El contraste es chocante. Así es la belleza en el rostro de una mujer insensata. Por lo general es desgraciada porque se deja engañar por los hombres que se aprovechan de ella. A ella se aplica el viejo refrán: “La suerte de la fea, la bonita lo desea”.
    La belleza física es un don divino en el hombre y en la mujer, y debe ser apreciado como tal, pues con frecuencia es reflejo de la belleza interior, la del alma, como en el caso de José (Gn 39:3), o el de David (1Sm 16:12), o el de Ester (Est 2:7).
    Pero sabemos también que la belleza puede ser engañosa y esconder un corazón necio o impío (Pr 31:30). Todo el encanto de la belleza se pierde en la mujer carente de discreción, porque en lugar de tener honra (v. 11:16), le puede traer deshonra, si su belleza se vuelve objeto de las más bajas pasiones, y ella es incapaz de retener su virtud (2Sm 11:2), como ocurrió en el caso de Betsabé, la mujer del fiel Urías, que por haber cedido a la pasión de David, provocó la muerte de su marido (2Sm 11:15-17). El alma alejada de Dios pierde su verdadera belleza, que es interna, aunque conserve la apariencia externa.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#950 (06.11.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

EL QUE CARECE DE ENTENDIMIENTO

                   LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL QUE CARECE DE ENTENDIMIENTO
Un Comentario de Proverbios 11:12-15
12. “El que carece de entendimiento menosprecia a su prójimo; mas el hombre prudente calla.”
El entendido comprende lo que vale un ser humano, rico o pobre, y lo apreciará en sí mismo.  En cambio, el que carece de entendimiento, en su soberbia menosprecia a  todos.  (c.f.14:21; Sir 8:5‑7).
            Frente al necio, el malvado y el imprudente desatan su lengua, insultando o  criticando; en cambio, el prudente calla, porque sabe que el menospreciado de hoy, puede ser el encumbrado de mañana.
            Pero sabe también que responder al discurso malévolo con la misma moneda, o con cólera, sólo sirve para azuzar la llama y encender un conflicto en que todos pueden salir perdiendo. La persona conflictiva debe ser enfrentada siguiendo el ejemplo de Cristo: “quien cuando le maldecían no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba; sino encomendaba la causa al que juzga justamente.” (1P 2:23).
            David reaccionó de una manera semejante cuando Simeí lo maldijo (2Sm 16:5-13). El sendero de sabiduría y de bendición consiste en encomendar todos nuestros asuntos a Dios, que obra siempre de la manera más justa. (Ironside).
            Por eso es que el hombre justo e inteligente es “pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” (St 1:19), es decir, es lento para condenar y tolerante con las debilidades ajenas.
            Si no puede aprobar, al menos guarda silencio. “El discurso es plata, pero el silencio es oro”, dice un conocido refrán, que solemos citar incompleto. Eso es cierto especialmente en asuntos que, de ser divulgados, pueden dañar al prójimo. Si es criticado, evita contestar, a menos que sea necesario, y no devuelve insulto por insulto.
            Suele ocurrir que los que menos sabiduría tienen se creen más listos que los demás y quedan en ridículo: “En su propia opinión el perezoso es más sabio que siete que sepan aconsejar.” (Pr 26:16). Porque son más ricos que otros se imaginan que tienen una respuesta para todo, y que todos deben escucharlos como si fueran un oráculo. Su suficiencia los lleva a despreciar a los que, en realidad, son más sabios que ellos. El Sirácida tiene algo que decir al respecto: “No discutas con el mal hablado, que es echar leña al fuego; ni trates con el necio, no te vayan a despreciar los sabios.” (8:3,4)
13. “El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo.”
El Levítico dice escuetamente: “No andarás chismeando entre tu pueblo.” Pero es interesante que a continuación diga: “No atentarás contra la vida de tu prójimo.” (19:16). La conexión entre ambos preceptos parece indicar que el que anda chismeando pone en peligro la vida ajena. Y en efecto, la maledicencia puede despertar rencores y celos que impulsen a una persona violenta a vengarse.
            Proverbios 20:19 dice: “El que anda en chismes descubre el secreto” y enseguida añade: “No te entremetas pues, con el suelto de lengua.”  Su amistad puede resultarte cara porque puedes verte sin querer envuelto en los problemas que suscita el chismoso.
            En cambio, el hombre discreto, de espíritu fiel, es como una caja fuerte, a la cual uno puede confiar secretos sabiendo que están muy bien guardados. La fidelidad de espíritu es una de las virtudes humanas más valiosas, pues dan confianza y representan seguridad. Quien conoce a una persona que la posee no sabe qué tesoro ha encontrado, pues en una situación de apremio cuenta con alguien en quien pueda confiar.
            El Sirácida dice al respecto: “El que descubre el secreto destruye la confianza, y no encontrará amigo íntimo… como uno destruye a su enemigo, así has destruido la amistad de tu prójimo… se puede vendar una herida, se puede remediar un insulto, pero el que revela un secreto no tiene esperanza.” (27:16,18,21).
             Ser fiel de espíritu consiste, pues, entre otras cosas, en guardar silencio sobre los secretos que nos confían, o de aquellos que de casualidad nos enteramos y no nos conciernen. Sólo Dios y nosotros los conocemos, y será un secreto muy guardado que a nadie dañe.
14. “Donde no hay dirección sabia caerá el pueblo; mas en la multitud de consejeros hay seguridad.”
De la verdad expresada en la primera línea de este proverbio en nuestro país podemos dar fe, porque ¿cuántas veces nuestro país se ha encontrado en dificultades debido a políticas equivocadas dispuestas desde arriba? Y no sólo nuestro país, sino también otros de nuestro continente, especialmente uno que está pasando por una situación de gran escasez y pobreza, siendo un país potencialmente muy rico.
            Por eso podemos decir sin temor a equivocarnos que de la dirección sabia depende el porvenir de la nación, depende el desarrollo de sus potencialidades y de su progreso, no sólo material sino también cultural y educativo.
            De otro lado, ¡qué gran cosa es cuando uno puede contar con buenos consejeros, hombres o mujeres de experiencia, y honestos, en cuyo criterio se puede confiar!
            Pr 20:18 aplica el principio de Pr 11:14a a la guerra, que requiere no sólo de un ejército bien preparado y armado, sino también de una estrategia inteligente y original, que se puede formular contando con consejeros experimentados, tal como afirma Pr 24:6b: “Y en la multitud de consejeros está la victoria.”
            Pr 15:22a (“Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo”) hace notar que si no se cuenta con buenos consejeros la persona a quien incumbe la responsabilidad de tomar decisiones que afectan a muchos puede sentirse confundida ante la gran variedad de alternativas posibles. Su segunda línea repite el mensaje de 11:14b.
            Pr 20:18 afirma que el buen consejo ayuda a ordenar los pensamientos, y luego retorna al tema de la guerra. El  lector quizá se pregunte ¿por qué figura tanto el tema de la guerra en estos pasajes? Porque hacer la guerra era en esos tiempos la ocupación principal del género masculino. No sólo los pueblos y los reinos, también las ciudades pasaban el tiempo guerreando unos con otros. Recuérdese lo que dice 2Sm 11:1: “Aconteció al año siguiente, en el tiempo en que los reyes salen a la guerra…” ¿Qué los movía? La ambición de poder y de agrandar el propio territorio, el honor herido, las rivalidades comerciales, etc., etc. Tantos motivos que en nuestro tiempo siguen impulsando a los pueblos a guerrear y destruirse mutuamente, causando tanto sufrimiento. Pero sabemos quién es el que está detrás maléficamente impulsando esos conflictos.
            La nación que no cuenta con un gobierno sabio, dice Ch. Bridges, es como un barco que enfila hacia un mar lleno de rocas. Si no cuenta con un piloto experimentado, está en peligro de encallar y de hundirse.
            Entre los dones que Dios ha dado a algunos hombres se cuenta el don de gobierno, o de presidir (Véase Rm 12:8), que debe ejercerse, dice Pablo, “con solicitud”, esto es, esforzándose por ejercerlo de la mejor manera posible, lo cual supone no sólo rodearse de buenos colaboradores, sino también contar con una dosis adecuada de humildad, reconociendo de Quién se ha recibido la autoridad (Rm 13:1). El orgullo, o el capricho, de los gobernantes los impulsa muchas veces a tomar decisiones equivocadas, basadas con frecuencia en una sobrevaloración de las propias fortalezas, creyendo que la fuerza puede reemplazar a la sabiduría. Pero Ecl 10:10 nos advierte de lo contrario: “Si se embotare el hierro y su filo fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir.” Si el filo del cuchillo, o del hacha, está gastado, hay que usar más fuerza para cortar. Si se le afilara, el esfuerzo requerido sería menor. La sabiduría puede ser pues más eficiente que la fuerza bruta para alcanzar el objetivo, según dice Ecl 9:16: “Mejor es la sabiduría que la fuerza…”.
            El caso de Roboam, el hijo necio de Salomón, muestra el desastre al que pueden conducir los consejos de jóvenes imprudentes y envanecidos. Cuando subió al trono a la muerte de su padre, el pueblo acudió a él para pedirle que aliviara los impuestos con que los había gravado su padre. Pero el novato rey en lugar de seguir los sabios consejos de los ancianos que habían estado cerca de su padre, que le aconsejaron escuchar al pueblo, prefirió seguir el consejo contrario de los jóvenes con quienes se había criado y que se divertían con él. Ellos le aconsejaron hablar duramente al pueblo y advertirles que él aumentaría los impuestos de su padre, en lugar de disminuirlos. El resultado fue desastroso: Las diez tribus del norte se rebelaron contra él, y aunque peleó contra ellas no pudo dominarlas. A partir de entonces el reino de Israel quedó dividido en dos: el pequeño reino de Judá al sur, y el reino mayor con las diez tribus del norte (2Cro 10:1-11:4). Y no cesó de haber guerras fratricidas entre ellos que los debilitaron.
15.  “Con ansiedad será afligido el que sale por fiador de un extraño; mas el que aborreciere las fianzas vivirá tranquilo.”
Aquí se contrasta ansiedad y vivir seguro. El que ha otorgado una fianza está ansioso, inseguro, porque no sabe si el fiado permanecerá solvente hasta cancelar la deuda. Si incumple, el fiador tendrá que salir en su ayuda, y poner su propio peculio. Pero el que se abstiene de prestar fianza estará tranquilo, al menos por ese lado, ya  que no tendrá que responder por las obligaciones ajenas. Este es uno de los muchos versículos del libro de Proverbios que desaconsejan otorgar fianzas. (6:1; 17:18; 20:16; 22:26; 27:13). El original dice “el que odia chocar las manos…”. Ése era un gesto, que todavía sigue vigente, mediante el cual las partes manifiestan estar de acuerdo, en este caso, de que uno presta fianza y que el otro lo acepta.
El grave error que comete el que afianza a otro es que hace depender su seguridad económica de un tercero, del cual, por mucho que lo conozca, no puede estar completamente seguro. Si yo contraigo un préstamo, mi seguridad depende de mí mismo, de mis propios medios, de mi solvencia, y a nadie podría culpar del mal fin, si ocurriera, sino a mí mismo. Pero por muy honesta que pueda ser la persona afianzada, yo no puedo estar seguro de que en el futuro no sufra un percance que le impida cumplir con su obligación.
Bajo ciertas circunstancias puede ser un acto de caridad, o de solidaridad familiar, prestar fianza al que se encuentra en dificultades, pero antes de dar ese paso, el fiador debe estudiar cuidadosamente los riesgos en que incurre, que dependen de la naturaleza y monto de la obligación, pero también de la calidad de la persona beneficiaria de la fianza y de la confiabilidad de los tribunales, si surgiera un conflicto. Un mal acreedor puede tener la intención secreta de explotar al fiador, sobre todo si puede contar con la complicidad de los jueces. 
El Sirácida aconseja al fiado no olvidar el gesto generoso del que lo afianzó, y nos recuerda que ha habido hombres ricos que se han arruinado por prestar fianza, y que hay también quienes pretenden lucrar porque cobran por ese servicio, pero que, al fin, terminan litigando en los tribunales (Sir 29:14-19). Es cierto que los bancos emiten fianzas por una comisión, pero eso es parte de su negocio.
La prudencia más elemental aconseja no afianzar a un desconocido, y por eso Pr 17:18 llama “falto de entendimiento” al fiador. Proverbios 6:1-5 amonesta seriamente al fiador por el peligro en que ha incurrido por su propia imprudencia, y le aconseja tratar por todos los medios de exonerarse de la obligación asumida, teniendo en cuenta que al prestar fianza no pone en riesgo su propia seguridad, sino también la de su familia. Por lo cual el salmo 112:5, a la vez que exhorta al hombre de bien ayudar al necesitado prestándole dinero, le aconseja gobernar sus asuntos con prudencia. Hay personas que buscan fiadores adrede con el fin de hacerles cargar con las deudas que no tienen la intención de cumplir. Yo tendría algo que contar al respecto y la trampa en que habría caído de no conocer lo que dice Proverbios sobre el tema.
Nadie en su sano juicio se haría fiador de un extraño, y menos de uno que estuviera en bancarrota. Sin embargo, ha habido una excepción a ese sano principio, y que pagó terriblemente por ello, nuestro Señor Jesús quien (según palabras de Ironside que cito libremente a continuación) “se convirtió en nuestro fiador cuando éramos extraños y enemigos en nuestra mente haciendo obras malas” (Col 1:21). Él murió, “el  justo por los injustos para llevarnos a Dios”  (1P 3:18). Todo lo que nosotros debíamos fue exigido de Él cuando murió en el madero por pecados que no eran suyos.
Él probó plenamente la verdad de este proverbio que comentamos acá; “con ansiedad será afligido el que sale por fiador de un extraño” cuando el terrible juicio de Dios por el pecado de los hombres cayó sobre Él. Ningún otro podía satisfacer las demandas de la santidad de Dios contra el pecado, y salió triunfante al fin. Sólo Él podía expiar nuestros pecados…y por eso Dios lo levantó de entre los muertos, y lo sentó a su derecha en la gloria.
¿Qué nos queda hacer a nosotros sino darle gracias y vivir adorándole y sirviéndole por su misericordia infinita?
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#946 (09.10.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).