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viernes, 2 de marzo de 2018

EL QUE TURBA SU CASA HEREDARÁ VIENTO


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL QUE TURBA SU CASA HEREDARÁ VIENTO
Un Comentario de Proverbios 11:29-31
29. “El que turba su casa heredará viento; y el necio será siervo del sabio de corazón.”
Aquí hay dos preguntas que hacerse: 1) ¿Qué relación hay entre los dos esticos del proverbio? No es muy evidente; y 2) ¿Qué es turbar su casa?
La relación es, sin embargo, si se observa bien, bastante transparente: 1) el que perturba su casa y el necio son la misma persona. El sabio no turba su casa. 2) Heredar viento es lo mismo que empobrecer, lo que lleva al necio a ser siervo del sabio, que entra en posesión de los bienes del necio. Los papeles se invierten. Sabiduría y necedad producen a la larga, frutos opuestos. Podemos reformular el proverbio de esta manera: El que turba su casa empobrece, y termina sirviendo al sabio, que se enriquece con lo que él pierde.

Turbar su casa puede tener varios significados emparentados. Turba, perturba, o desordena su casa –es decir, su hogar, su familia- el que hace constante gala de mal carácter, o está siempre amargado; el que crea rivalidades entre sus miembros; el que conspira contra la estabilidad y unión de su familia mediante la infidelidad; el que administra mal el patrimonio familiar; el hijo que contrista a su padre, etc. En general, el que da mal ejemplo a sus hijos y a sus descendientes con su conducta, pues los hijos tienden a imitar el comportamiento de sus padres, para bien o para mal; y los súbditos, el comportamiento de sus gobernantes, como ocurrió con Jeroboam, que hizo pecar a Israel (1R 14:16). Las consecuencias suelen ser de largo aliento, pues Dios visita “la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y la cuarta generación.” (Ex 20:5)
El hecho de que se emplee el verbo “heredar” hace pensar que este versículo se aplica más a los hijos que a los padres, pero “heredar” tiene con frecuencia el sentido simple de “recibir”, como puede verse en más de un proverbio (Pr.14:18; 3:35; 28:10), y en algunos pasajes del Nuevo Testamento (Mt 25:34; Mr 10:17; 1Cor 15:50; Ap 21:7). Es decir, el que turba su casa recibe él mismo los frutos de su inconducta. Un buen ejemplo de hijos que perturbaron su casa son Amnón y Absalón, hijos de David. Ambos murieron prematuramente y de manera trágica (2Sm 13:28,29; y 18:9-15).
El segundo estico expresa una verdad que se cumple diariamente: el que actúa neciamente, de manera poco sabia, terminará sirviendo, o estando en una posición subordinada, respecto del que obra con prudencia y pondera bien las consecuencias de sus actos.
Como nos muestra el salmo 133, una familia unida por la gracia de Dios florece por las bendiciones que Dios derrama sobre ella, mientras que “toda casa dividida contra sí misma no permanecerá.” (Mt 12:25) Con frecuencia la impiedad, o la avaricia, o la mala conducta del jefe de familia son una amenaza para el bienestar de su casa y puede, de hecho, causar mucho sufrimiento a los suyos (1Sm 25:17), que pueden terminar odiándolo.
En verdad, nadie puede descuidar el bien de su alma sin perjuicio de los suyos. Ciertamente priva a su casa de las bendiciones que trae la oración ungida y el buen ejemplo, pero cuánto bien hacen a los suyos los padres que les dan buen ejemplo de rectitud y de piedad. En cambio perturba neciamente a los suyos el que neciamente hace lo que su impiedad le inspira, y él mismo hereda el viento, como dice un refrán inspirado en Oseas: El que siembra vientos, cosecha tempestades.” (8:7a).
Eso ocurrió cuando Koré y sus seguidores se levantaron en el desierto desafiando el liderazgo de Moisés: la tierra los tragó y descendieron vivos al Seol (Nm 16:31-33). Un destino trágicamente semejante corrió Acán que, por codicia, tomó un manto lujoso, y oro y plata, y lo escondió, violando la orden de destruir todo lo que se hallara en la conquista de Jericó, y que Dios había condenado al anatema. Cuando fue obligado a confesar su pecado, la congregación lo apedreó a él y a su familia, y quemó sus despojos (Js 7:1, 20-25).
Los hijos del anciano sacerdote Elí desoyeron la débil reprimenda de su padre que les reprochaba que profanaran la casa de Dios abusando de las mujeres que velaban  a la puerta del tabernáculo de reunión en Silo, para escándalo de todo el pueblo, pero él no los disciplinó con la severidad que debía, por lo que Dios le anunció que retiraría a su linaje del sacerdocio, y lo daría a otro que le fuera fiel (1 Sm 2:22-25; 27-36). Entre las palabras notables que figuran en este trágico episodio están éstas que pronunció Elí: “Si el hombre pecare contra el hombre, los jueces lo juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él?” (v. 25).
El insensato Nabal, haciendo honor a su nombre, turbó su casa por su avaricia ofendiendo a David, que se hubiera vengado de él, destruyendo sus propiedades y a su familia si no hubiera sido por la intervención oportuna de su esposa, Abigaíl, que aplacó a tiempo la ira del futuro rey de Israel (1Sm 25:2-35).
También turbó gravemente su casa Jeroboam, que hizo pecar a las diez tribus de Israel fundiendo dos becerros de oro para que los adorara el pueblo, en vez de ir a servir al Señor en Jerusalén (1R 12:28,29), por lo que Dios hizo morir a toda su descendencia por mano de Baasa (1R 15:29,30).
30. “El fruto del justo es árbol de vida; y el que gana almas es sabio.”
Con sus palabras el justo gana a otros para el cielo. Por eso se dice que es árbol de vida.
El fruto del justo es, de un lado, su conducta; pero también las palabras con que enseña, aconseja y lleva almas a Cristo. Por eso es sabio para otros, en primer lugar, y también para sí (Pr 9:12a), porque no dejará de cosechar su recompensa. (Véase Sal.1:1-3).
La sabiduría es árbol de vida a todos los que se valen de ella y la retienen para gobernar su vida, porque todas sus veredas son paz (Pr 3:17,18).
El segundo estico podría ser el "motto", o lema, de todas las organizaciones que hacen obra evangelística.
Toda la vida del justo, sus oraciones, su enseñanza, el ejemplo que da a los demás, la influencia que ejerce, todo ello es árbol de vida para su entorno, dice acertadamente Ch. Bridges. Los que lo rodean, familiares y amigos, se alimentan de ese fruto que él produce en abundancia. ¡Pero cuán distinta es la influencia del que vive de manera contraria! Es un veneno que corrompe la sangre, y arrastra hacia al mal a muchos que lo admiran por sus logros mundanos. Pero ¿cuál será su final?
El justo es no sólo árbol de vida, sino que su boca es también manantial de vida de la que fluyen palabras que conducen a la vida eterna (Pr 10:11). Por eso bien se afirma que el que gana almas es sabio. No hay mayor sabiduría que ésa, porque sus consecuencias son eternas. Es una sabiduría que beneficia a otros, pero también al que la posee, pues recibirá su premio en su momento. Es una sabiduría que no requiere de estudios, sino de abrirse al Espíritu Santo.
Pero a nadie se puede aplicar mejor estas palabras que a Jesús, que con su muerte dio vida eterna a los que creen en Él y le obedecen. Todo el que quiera ser árbol de vida para otros seguirá sus pasos, muriendo a sí mismo. Deberá tener una sed de almas como la que llevó a Jesús al pozo de Sicar, donde vino a buscar agua la samaritana, que no tenía idea del agua que iba a encontrar, y que iba a beber de la boca de Jesús (Jn 4:).
Como bien dice Pablo, “ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos.” (Rm 14:7,8). Así también la esposa que gana para Dios a su marido incrédulo con su conducta casta y respetuosa (1P 3:1,2). Hay en la historia un caso notable de mujer que con su sabiduría, cortesía y paciencia, ganó a su esposo, el indomable rey franco Clodoveo, orgulloso vencedor de muchas batallas, pero que, gracias a ella, se rindió a los pies de Cristo.
31. “Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡Cuánto más el impío y el pecador!”
Este proverbio habla del sembrar y cosechar en esta vida. Según sea la semilla será la cosecha. “El buen árbol –dijo Jesús- no puede producir un mal fruto.” (Mt 7:18), y viceversa. Hay una recompensa que se alcanza en esta vida, y una mejor que se recibe en la otra. Igual sucede con el impío, que segará en esta vida el fruto pernicioso de sus obras venenosas; y en la otra, si no se arrepiente a tiempo, el castigo perpetuo.
¡A cuántos ha librado la vara de corrección oportuna de una condenación cierta, haciendo que el descarriado enmiende sus caminos! Como dice Salomón: “La vara y la corrección dan sabiduría.” (Pr 29:15a) El justo no puede escapar del castigo temporal merecido si alguna vez le falla a Dios, como ocurrió con Moisés y Aarón, que no honraron a Dios en las aguas de Meriba. Por ello Dios les anunció que no introducirían a la congregación de Israel en la Tierra Prometida, sino que otro lo haría en lugar suyo (Nm 20:11-13).
Algo semejante sucedió con David, a quien Dios amonestó por su adulterio por boca del profeta Natán, anunciándole que la espada no se apartaría de su casa (2Sm 12:9-12). Y con Salomón, por haberse apartado del Dios verdadero cuando era viejo, y haber adorado a los falsos dioses de sus muchas mujeres y concubinas extranjeras, por lo cual Dios le dijo que le quitaría el reino, pero no en sus días, por amor de David, sino en el reinado de su hijo, al cual le dejaría una tribu. (1R 11:4-13).
La misericordia de Dios permite que el justo sea castigado por sus faltas en la tierra, y no en el infierno, como merecería. Pablo escribe: “mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.” (1Cor 11:32).
Si el hijo es disciplinado (“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” Hb 12:6), ¡con cuánta mayor razón lo será el pecador contumaz! Como escribe el apóstol Pedro, citando este proverbio según la versión de la Septuaginta: “Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1P 4:18).
Al respecto el Venerable Beda (Nota) comenta: “Si la fragilidad de nuestra vida mortal es tan grande que ni siquiera los justos que han de ser coronados en el cielo pasan por esta vida sin sufrir tribulación a causa de las muchas fallas de su naturaleza, ¡con cuánta mayor razón aquellos que viven apartados de la gracia celestial aguardan el desenlace cierto de su condenación eterna!”
Es un hecho que nuestros actos malvados regresarán algún día para atormentarnos. ¡Ténlo muy bien en cuenta, amigo lector! No podemos librarnos de sus consecuencias, aunque los hayamos olvidado, o quisiéramos borrarlos de nuestra memoria. Eso fue lo que experimentaron los hermanos de José. Ellos lo vendieron cruelmente a unos mercaderes de paso, pensando que nunca lo volverían a ver (Gn 37:27,28). Pero cuando la necesidad los obligó a ir a Egipto a comprar trigo para no morir de hambre, se encontraron con que la persona de quién dependía que les vendieran o no el grano, era nada menos que su hermano, que había llegado a ser el hombre más poderoso de ese país después del faraón (Gn 42:1-8). Que ellos fueran bien tratados y acogidos fue gracias a la grandeza de alma de José que, pese a lo mucho que había sufrido, los había perdonado (45:1-15).
Nota: Beda fue un monje británico conocido por su piedad, y su enorme erudición que abarcaba todos los campos de la ciencia y de la literatura de su tiempo. Además de sus numerosos comentarios bíblicos, escribió una famosa Historia Eclesiástica Anglo Sajona, notable por su meticulosa metodología con la que se adelantó a su tiempo. Vivió entre 673 y 735.

Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#955 (11.12.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

martes, 5 de mayo de 2015

JESÚS ANUNCIA SU MUERTE II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JESÚS ANUNCIA SU MUERTE II
Comentario de Mateo 16:26 al 28
Jesús continúa con la enseñanza que ha iniciado después haber anunciado su próxima pasión y muerte en Jerusalén.
26. “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”
¿De qué les sirvió a los grandes conquistadores, a los grandes tiranos, a los forjadores de las grandes fortunas, lo que alcanzaron en vida, si al final se condenaron? ¿De qué le sirve al hombre tener en vida todo lo que quiere, si al final se va a infierno? El bien que obtuvo aquí fue transitorio, pero lo que viene después de la muerte, no tiene fin. ¿No es una locura trabajar por lo que no dura y descuidar lo que perdura?
Yo desearía que esta frase de Jesús sea puesta como lema en grandes letras en los directorios de los grandes bancos, de las grandes empresas, en las oficinas de los hombres más ricos del orbe para que les recuerde esta verdad inexorable. ¿De qué sirve acumular todo el dinero del mundo y ser más rico que Creso, si todo lo que uno tiene no le alcanza para comprar el ingreso al cielo?
El disfrute del dinero puede durar cincuenta o más años, pero ¿qué es eso comparado con la eternidad? Menos que una milésima de segundo. ¿Quién sería el insensato que optaría por gozar de un segundo de placer a cambio de que le pongan una plancha ardiente sobre la piel durante un minuto? Nadie, a menos que esté loco.
Un millón de millones de siglos es nada comparado con la eternidad. ¿De qué le sirve al dictador controlar la vida de sus conciudadanos con el puño –como ocurre en algunos países- si después no puede evitar que lo arrojen para siempre a un calabozo de fuego? ¿Al lugar del llanto y del crujir de dientes? (Mt 8:12; 13:42; 24:51; 25:41)
El dólar, la libra esterlina, el Euro, no se cotizan en el más allá. Todo el oro acumulado en Fort Knox (Nota 1) no alcanzaría para pagar un instante de alivio a las llamas del infierno. El que es condenado al infierno ¿con qué podría pagar el rescate de su alma?
Sólo el que no cree que hay un más allá donde se cosecha el fruto de nuestras obras se burla de esas preguntas. Pero cuando muera se llevará una sorpresa terrible. Aullará de pavor. Si pudiéramos escuchar sus gritos se nos romperían los tímpanos.
Alguien escribió: “Si has de perder todo, salva al menos tu alma.” Porque todos los bienes de este mundo, riquezas, honores, placeres, pueden ser recobrados, si se pierden; pero el alma, una vez perdida, es irrecuperable. Todas esas cosas son extrínsecas a nuestra persona, pero el alma es lo más intrínseco, lo más íntimo de nuestro ser, es uno mismo (Lapide). Satanás compra el alma humana al precio más bajo, por el vil placer de los sentidos, que no dura y al final produce hastío; pero una vez que la atrapa, la atormentará por toda la eternidad. Como dice Bernardo de Claraval: “Ofrece al hombre una manzana, y lo priva del paraíso.”
27. “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”
Sí, y ese día –el día del juicio final- todos recibirán el pago que se merecen. Nadie puede eludirlo. El que creyó y el que no creyó. El que siguió las normas de Dios, y el que siguió los consejos del diablo. Nadie escapará. Día terrible, día de ira, día de oscuridad para algunos; día de júbilo, día de gloria, día de victoria para otros. ¿Qué es lo que quieres para ti? ¿En qué lado quieres estar ese día, a la derecha o a la izquierda del Hijo del Hombre? (Mt 25:33)
Esta es la primera vez que en el evangelio de Mateo se menciona el fin de los tiempos, pero es una de las tantas en que se menciona la verdad más repetida de toda la Biblia, que Dios pagará a cada cual según sus obras (Sal 62:12; Pr 24:12; Jr 17:10; Ez 18:30; Rm 2:6; Ap 2:23; 22:12). Y si eso es cierto, ¿para qué quieres vivir? ¿Para hacerte un tesoro indestructible en el cielo? ¿O para acumular una deuda impagable en el infierno? Escoge.
En referencia a ese día de gloria, en el pasaje paralelo de Marcos figura esta frase notable: “Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.” (Mr 8:38; cf Mt 10:33).
¿Quieres tú que Jesús se avergüence de ti ese día? Nadie lo quisiera. ¿Pero cuántos alguna vez, y por respeto humano, no nos hemos avergonzado de ser discípulos suyos? ¿Cuántos hemos querido ocultarlo para que no se burlen de nosotros? Nos portamos como émulos de Pedro.
28. “De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino.”
Este es uno de los versículos más intrigantes y enigmáticos de los evangelios y uno de los que más discusiones ha ocasionado.
Hay dos maneras principales de entender esta declaración solemne de Jesús, hecha inmediatamente después del anuncio de su segunda venida, esta vez no para morir, sino para juzgar. La primera es asegurar que esa venida ocurrirá pronto, puesto que afirma que algunos de los que le están oyendo, es decir, algunos de sus apóstoles, estarán todavía vivos cuando Él venga. ¿Quiénes estarán vivos? No lo dice, ni lo sugiere, pero una deducción fácil es que los más jóvenes. Pero eso es aventurado, porque no tiene en cuenta el desarrollo de la vida de cada cual y de sus circunstancias.
La segunda posible interpretación es que Jesús se está refiriendo a la manifestación gloriosa de su identidad divina que va a ocurrir seis días después, esto es, a su transfiguración en el monte Tabor, en presencia de tres de sus discípulos. Pero si se trata de algo que ocurrirá muy pronto, las palabras “algunos no gustarán la muerte” (2) antes de que lo anunciado suceda, no tienen sentido: Seis días es un plazo demasiado corto. Por eso la mayoría de los intérpretes deducen que se trata de un acontecimiento no muy cercano, pero tampoco muy lejano, dentro de pocas décadas, puesto que ocurrirá cuando algunos de los que le escucharon estén todavía vivos.
Pero si es así como deben interpretarse sus palabras, ¿se equivocó Jesús? Pues ya han corrido casi dos mil años, y aún no ha retornado a la tierra. Lo cierto es que la iglesia primitiva interpretó el anuncio de la segunda venida de Jesús como un acontecimiento que iba a ocurrir pronto, casi inminente, al punto que Pablo consideró necesario moderar la expectativa de los tesalonicenses respecto de esa venida gloriosa, diciéndoles que antes de que ocurra ha de venir una apostasía general, y aparecer el “hombre de pecado” acompañado de manifestaciones engañosas de poder que Satanás le prestará (2Ts 2:1-12).
Esto es, su retorno a la tierra como juez no era tan inminente como los primeros cristianos esperaban. Esta interpretación es apoyada por las últimas palabras que, según Mt 28:20, pronunció Jesús antes de ascender al cielo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, o “hasta el fin de los tiempos”, según otra traducción. (3) Es decir, se trata de un acontecimiento lejano.
No obstante, muchos estudiosos siguen adoptando la segunda interpretación, pese a las objeciones mencionadas: Las palabras del versículo que analizamos se refieren a la transfiguración.
Nótese que las palabras de este versículo no pueden referirse a la resurrección de Jesús, ni a su manifestación a sus discípulos durante cuarenta días, ni a su ascensión al cielo, porque cuando ocurrieron esos acontecimientos ninguno de sus discípulos había muerto, salvo Judas, el traidor. Es decir, los once estaban vivos. Pero las palabras de Jesús dan a entender que sólo algunos lo estarían.
Pero hay una tercera interpretación posible de ese anuncio, y es que se refiere a la destrucción del templo de Jerusalén por los ejércitos romanos, ocurrida el año 70, cuarenta años después de la muerte de Jesús, y después de un sitio de cuatro años, durante el cual se cumplieron las palabras proféticas de Jesús acerca de la gran tribulación, y del gran sufrimiento que padecerían los habitantes de la ciudad, porque “no conocieron el día de su visitación.” (Lc 19:44).
Jesús advirtió solemnemente a sus discípulos: “Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos sabed entonces que su destrucción ha llegado.” (Lc 21:20) y los instó a alejarse lo más rápido posible de la ciudad (Mt 24:16-18). Para esa fecha algunos de sus apóstoles estarían todavía vivos, aunque no sabemos quiénes, salvo Juan. La destrucción del templo significó el final de los sacrificios de animales y de todas las ceremonias conectadas con ese santuario, y enseñó a los cristianos judíos, de una manera práctica y contundente, que esos ritos, a los que algunos todavía se aferraban, ya no debían ser observados. En suma, significó la victoria definitiva del cristianismo sobre el judaísmo.
Pareciera que Jesús, en los  vers. 27 y 28, hubiera juntado dos acontecimientos diferentes y distantes entre sí en el tiempo: El juicio de la humanidad al final de los tiempos, y la destrucción del templo de Jerusalén el año 70, tal como hace también en Mateo 24.
Cabría mencionar todavía el punto de vista muy plausible, expresado por Gregorio Magno (siglo VII) y otros exégetas posteriores, de que esa frase se refiere a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, y al rápido crecimiento de la iglesia durante las décadas siguientes. Esta posición identifica el reino de Dios con la iglesia, posición que muchos niegan. Sin embargo, esta interpretación del versículo que nos ocupa podría derivarse de su redacción en Mr 9:1: “De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder.” Estas palabras bien podrían aplicarse al crecimiento fulminante experimentado por la iglesia a partir de Pentecostés, y que narra el libro de Hechos, el cual sería inexplicable si no hubiera sido obrado por el poder de lo alto.
Notas: 1. Lugar donde se guardan las reservas de oro de EEUU.
2. ¿Puede gustarse la muerte, es decir, encontrar algo agradable en ella? El verbo geúo significa “percibir el sabor” (Mt 27:34; Lc 14:24; Jn 2:9; Hch 23:14; Col 2:21) y también “tomar alimentos” (Hch 10:10; 20:11). Pero en conexión con la muerte significa simplemente experimentarla. Así, por ejemplo, en Hebreos 2:9, o en Juan 8:52 (sufrir la muerte). Pero el verbo empleado en la versión Reina Valera 60 suscita un interrogante: ¿Puede la muerte ser una experiencia agradable? Generalmente se suele pensar que la muerte es una experiencia desagradable, dolorosa, a la que la gente le tiene espanto. Y lo es efectivamente en muchísimos casos, sobre todo cuando llega como consecuencia de una enfermedad penosa. Lo es también muchísimo para el que muere impenitente e intuye que lo espera el infierno, pero no quiere arrepentirse.
Lo es, además, porque morir significa abandonar esta vida que tanto amamos. Pedro, incluso, al hablar de la resurrección de Jesús el día de Pentecostés, dice que Dios lo levantó “sueltos los dolores de la muerte” (Hch 2:24), algo así como los que experimenta la mujer en el parto. La muerte es, efectivamente, una forma de parto, porque el alma y el espíritu del ser humano abandonan el cuerpo en el que han estado alojados durante un tiempo, tal como el feto abandona el seno materno, para nacer a una nueva vida. Esta última realidad, que es la definitiva, explica que el salmista pueda decir: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de los santos” (Sal 116:15) en un verso que parece insertado en medio del texto, sin conexión aparente con lo que viene antes, ni con lo que viene después, y que significa que Dios vela sobre la muerte de aquellos que le han servido, y hace que su lecho de muerte “sea tan suave como almohadas de plumas”, como dice un poeta. Para aquellos que se duermen en el Señor, y que están seguros de la recompensa que les espera, la muerte puede ser una experiencia dulce, así como puede ser también edificante para los que los rodean. La muerte es en realidad –como reza la expresión popular- “pasar a mejor vida”.
3. Se trata aquí de la presencia constante de Jesús en la iglesia, mediante la predicación de la palabra, la Cena del Señor, y la inhabitación del Espíritu Santo en los creyentes.


Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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#866 (01.02.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 19 de diciembre de 2013

BIENAVENTURADO EL VARÓN

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
BIENAVENTURADO EL VARÓN
Comentario del Salmo 1
Introducción: En hebreo al libro de los salmos se le llama Sefer Tehillim, el Libro de las Alabanzas, porque ése es el tema de gran número de ellos. En el culto judío los salmos eran cantados con el acompañamiento de un instrumento al que la Septuaginta llama “Salterio” (Nota 1), y que ha prestado su nombre a toda la colección, pues así se le llama en griego y en latín.
La palabra salmo proviene del verbo griego psalein: cantar con el acompañamiento de un instrumento de cuerda. Salmo en hebreo se dice mizmor, que viene del verbo zamar (cortar o separar), porque al cantarlos a cada sílaba se le asigna una nota diferente. Esta manera de cantar fue adoptada por la naciente iglesia, dándosele el nombre de “salmodia”: una nota por cada sílaba del texto.
Se asume que la colección de 150 salmos fue recopilada por Esdras, el escriba, en el siglo V AC y él sería también quien la dividió en cinco partes, en imitación de la Torá, que tiene cinco libros (el Pentateuco). (2) Cada una de ellas termina con una “doxología” (del griego doxa, gloria) glorificando a Dios.
El texto masorético atribuye la autoría de 73 salmos a David, 12 a Asaf, 11 a los hijos de Coré, dos a Salomón, y uno cada uno a Moisés, Hemán y Etán. 49 son anónimos. 124 salmos tienen un título sobrescrito que da alguna información acerca del autor, o de la ocasión en fue compuesto. Los salmos restantes son llamados por ese  motivo “huérfanos”.
Dado que uno de los códices más antiguos del Nuevo Testamento menciona, en Hch 13:33, al segundo salmo como al primero de la colección, algunos eruditos asumen que este salmo fue añadido posteriormente, poniéndolo en primer lugar. (3) De hecho este salmo constituye una introducción muy apropiada para todo el libro.
Este salmo de autor desconocido y de carácter sapiencial describe los dos caminos opuestos que puede seguir el hombre. Consta de seis versículos, y se divide en dos partes de tres versículos cada una. La primera está dedicada al justo; la segunda al malo, o impío.
El primer versículo señala tres cosas por las que el justo es considerado bienaventurado y que él no ha hecho. El segundo versículo indica dos cosas que, por el contrario, él hace. El tercer versículo señala las consecuencias que para él tiene esa manera de obrar. La segunda parte se inicia con una corta descripción figurada de los malos. El versículo 5 señala dos consecuencias que afrontará el malo, que lo excluyen de la compañía y privilegios de los buenos. El versículo 6 es una consideración general referida a los justos y al triste final de los malos.
1. “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado;” (4)
El original hebreo dice: “¡Oh, las bendiciones del hombre que….!” En plural porque son muchas. Esta es una exclamación gozosa exaltando la felicidad del varón del que habla la primera parte del salmo.
Bienaventurado, bendito, feliz, es el que no anda en compañía de personas impías, tomando parte de sus conciliábulos malévolos que procuran aprovecharse de otros, en particular de los indefensos, o urdiendo trampas para defraudar a los inadvertidos; ni se junta con los que llevan una vida disoluta dedicada al pecado; y menos con los que se burlan de toda norma y principio santo (Véase Sal 26:4,5 en donde esta idea es expandida; cf Jr 15:17). El justo ha puesto en práctica el consejo que da Pr 4:14,15; cf 1:10-16.
Cabe preguntarse ¿Por qué es bienaventurado? Porque recibirá las bendiciones que se detallan más abajo y que describen una vida plena y lograda en comunión con Dios.
Nótese que el libro de los salmos comienza con la misma palabra (“Bienaventurado”) con que Jesús empieza su enseñanza en el Sermón del Monte (Mt 5:3).
En este versículo se describen dos progresiones en el mal en que el justo no incurre. La primera está representada por los verbos “andar”, “estar” (de pie) y “sentarse”. Andar es un proceso en curso; estar de pie (o detenerse) es ya una condición más estable; pero el que se ha sentado se ha acomodado confortablemente en una conducta habitual.
La segunda progresión está representada por los adjetivos “malo” (o impío), “pecador” y “escarnecedor”. El malo prescinde del Altísimo en su vida porque carece de temor de Dios. El pecador va más allá porque lo ofende de una manera voluntaria y habitual. El escarnecedor, o burlador, no se contenta con llevar una vida impía, sino que se goza en burlarse de las cosas santas, tratando de apartar a otros del camino recto para traerlos al suyo.
Ambas progresiones ilustran la manera cómo se desarrolla el crecimiento en la maldad, y cómo el hombre que se aparta de Dios se vuelve cada día peor, aunque él se jacte de ser un triunfador. Tengamos compasión de él porque su carrera descendente terminará en el abismo del que no hay retorno, y démosle gracias a Dios por habernos salvado de ese destino terrible.
Agustín y otros padres de la iglesia, así como otros autores recientes, ven en el varón del que habla este salmo a Jesucristo, porque Él es el único que nunca participó en el consejo de los malos; el único que si bien se juntó con pecadores para predicarles la verdad, nunca participó de sus maldades, sino más bien vino para apartarlos de ellas; y es el único que nunca se burló de las cosas santas, sino que, al contrario, dedicó su vida entera a glorificar a su Padre haciendo su voluntad.
2. “Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.” (5)
El justo no sólo evita la compañía de los hombres malos, sino que dedica gran parte de su tiempo a leer y meditar acerca de la ley divina (Js 1:8; cf Dt 17:18; Sal 37:31; Is 51:7.) (6) en la cual además él se deleita (Sal 112:1; 19:47, 77b, 92, 97, 103, 111b, 127, 143b,162,174).
¿Por qué se deleita en ella? Porque ella le pone en contacto con el Espíritu de Dios y Él le habla a través de ella. No en palabras audibles, sino con ideas y pensamientos que surgen en su mente al leerlas, como dice el Sal 19:11: “Tu siervo es amonestado con ellos” (esto es, con los mandamientos de la ley).
Todos alguna vez hemos experimentado que Dios nos consuela, nos alienta, nos orienta, o nos reprende a través de su palabra, y por eso ella nos es preciosa. Y aunque no nos hable siempre de una manera específica, su lectura nos llena de alegría y de paz, como escribe Pablo: “por la paciencia y la consolación de las Escrituras.” (Rm 15:4; cf Sal 119:165). Con justa razón puede pues el salmista decir que en ella encuentra sus delicias (cf Rm 7:22). No hay lectura que nos agrade tanto al punto de que nos ha hecho perder el gusto por otras lecturas, y hemos dejado de leer novelas y toda literatura que no trate de Dios, o de las cosas que tienen que hacer con Él, o que nos edifiquen.
Jesús dijo: “No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mt 4:4) La ley del Señor es el pan de cada día del que se alimenta el piadoso, y que lo nutre y fortalece. Deleitarse en ella es pues meditarla, saborearla, descubrir los secretos que encierra y las promesas que contiene; contemplarlas y reclamarlas sabiendo que son nuestras; y experimentar su cumplimiento.
3. “Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”
¿Y cuál es el resultado de esa lectura, y de esa meditación? ¿Cuál su recompensa? El árbol que está plantado al borde de una acequia, o de un arroyo, crece vigorosamente porque de sus raíces fluye una savia rica y abundante que nutre al tronco y sus ramas (Jb 29:19; Jr 17:8; Ez 17:5,8; 19:10). (7).
Por eso sus ramas nunca dejan de cargarse de frutos abundantes cuando llega la estación; y sus hojas permanecen verdes hasta el otoño en que empiezan a secarse.
¿Y cuál es su fruto? Según sea la especie del árbol será el fruto que produzca. De igual manera en el caso del varón del cual el árbol frondoso es una figura, su fruto será según su especie, es decir, cada cual según su actividad, profesión u oficio, o su posición en la vida. Él es de la clase de hombres a la cual la gente acude confiada a encomendarles alguna labor, si es mecánico o artesano; o a hacerle una consulta, si es médico o abogado; o a pedirle consejo, porque está segura de que procederá a conciencia y no la defraudará. Jesús lo dijo claramente: “Por sus frutos los conoceréis”.(Mt 7:20) Por la calidad del fruto sabréis si el árbol es bueno. Nótese que dice que da su fruto a su tiempo. Los árboles no dan su fruto apenas son plantados o en cualquier momento, sino en la estación debida. Primero deben nutrirse del humus de la tierra y beber del agua que los riega, esperando que el fruto madure para que pueda ser comido.
De igual manera la vida de oración y de meditación en la palabra no produce una santidad instantánea. Ésta es un asunto de perseverancia y de paciencia. Hay árboles que empiezan a dar fruto sólo después de muchos años (Reardon).
Son tres las clases de fruto que rinde el justo. Uno es el fruto del espíritu, del que habla Pablo en Gal 5:22,23; otro es el fruto de las buenas obras en que se manifiesta su fe (Ef 2:10); y otro, en fin, el de la cosecha de almas que lleva a los pies del Maestro para que sean salvas.
De ahí que el salmista pueda afirmar que todo lo que tal varón hace prosperará, no sólo a causa de su capacidad, seriedad y rectitud, sino porque la mano de Dios está con él (Gn 39:3, 23). Nótese que Jr 17:8 coincide casi literalmente con lo expresado en este versículo, al punto de que pareciera que el profeta fuera el autor del salmo o, al menos, que lo conociera.
¿Y qué puede   decirse de las corrientes de agua, sino recordar las palabras de Jesús cuando dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.”? (Jn 7:37). ¿O cuando le dijo a la samaritana que “el que bebiera del agua que yo le daría no tendría sed jamás”? (Jn 4:14; cf Sal 65:9).
4. “No así los malos, que son como el tamo que arrebata el viento.”
La Septuaginta y la Vulgata traducen elocuentemente así: “No así los malos, no así…”, para subrayar el contraste con lo precedente.
El caso de los impíos, en efecto, es muy distinto. En contraste con los justos que están firmemente arraigados en la tierra, los impíos son como la paja del trigo que cuando se trilla el grano en la era, es dispersada por el viento, y no queda de ellos memoria (Jb 21:18; Sal 35:5; Is 17:13; 29:5b; Jr 13:24; Os 13:3; Sf 2:2). El viento al que aquí se alude es el de las tempestades de la vida que arrasan con ellos.
El Salmo 37 lo explica elocuentemente: “Vi yo al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.” (v. 35; cf 73.18-20; Jb 20:8). Este salmo menciona también el hecho comprobado por la historia, de que la descendencia de los impíos se extingue en poco tiempo y su apellido desaparece.
5. “Por tanto, no se levantarán los malos en el juicio, ni los pecadores en la congregación de los justos.”
El juicio que aquí se menciona es el que pudiera surgir cuando hay una causa ante los tribunales en la cual el malo esté involucrado y en la que, si el juez es recto y los testigos veraces, sus intereses no prevalecen sino todo lo contrario, recibe una sentencia adversa. El impío –dice Agustín- no se levanta en el tribunal para juzgar sino para ser juzgado.
La congregación que también se menciona es la de los hombres que se reunían en la sinagoga (como ahora en la iglesia) para rendir culto a Dios, y en la que uno de los asistentes podía ser llamado a hacer la lectura de la palabra (Véase en la vida de Jesús y de Pablo dos episodios que ilustran esa práctica: Lc 4:16,17; Hch13:15,16) Nótese que aquellos que se sentaron en las reuniones de los pecadores no podrán hacerlo en las asambleas de los piadosos, porque serán automáticamente rechazados. Ellos reciben de esa manera una justa retribución a sus malos caminos.
Pero también el juicio podría referirse al día de la ira de Dios (Sof 1:14-16), al juicio final, al juicio de las naciones, al término del cual los impíos son arrojados al fuego eterno, mientras que los justos son conducidos al cielo (Mt 25:46; cf Ecl 12:14).
6. “Porque Jehová conoce el camino de los justos; mas la senda de los malos perecerá.”
En este versículo se contrastan dos opciones que Dios pone delante del hombre entre los que tiene que elegir y que tienen destinos opuestos, el camino del bien y el camino del mal.
Son varios los lugares de las Escrituras donde Dios reta al hombre a elegir. Uno de ellos es Dt. 30:19: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia.” Otro es el conocido pasaje del Sermón del Monte acerca de la puerta estrecha que lleva a la vida, y que pocos hallan, que contrasta con la puerta ancha que lleva a la perdición (Mt 7:13,14).
Al ser humano se le da la oportunidad de elegir entre una y otra y, aunque la gracia de Dios puede inclinarlo al bien, la decisión finalmente es suya y él llevará las consecuencias, para bien o para mal, de su elección.
Por eso dice que Dios conoce de una manera particular el camino de los justos (Jb 23:10), es decir, lo aprecia y lo aprueba, y se deleita en él, así como ellos se deleitan en Dios. En cambio la senda escogida por los malos los lleva a la destrucción, porque Dios abandona a sí mismos a los que obstinadamente lo rechazan. (Véase Sal 9:5; 112:10 acerca del triste final de los impíos; cf Jr 21:8; Dt 30:15-20). No solamente desaparecen sino que también todo lo que hicieron es devorado por el olvido. Mientras el justo graba su nombre en la roca –comenta Spurgeon- el impío lo escribe en la arena.
Que cada cual saque la conclusión que corresponda y tome la decisión que más le conviene: gozar de una prosperidad engañosa, porque es transitoria, y que termina en un precipicio; o seguir el camino que puede a ratos ser arduo, pero que está lleno de satisfacciones, y que lleva a la dicha eterna.
Nota 1. Una especie de arpa pequeña cuyas cuerdas eran rasgadas con los dedos, (no con un plectro) llamada en hebreo nebel.
2. Esta división en cinco libros es antigua pues ya era conocida cuando se escribió 1ra de Crónicas (Compárese el salmo 106: 47,48, con 1Cro 16:35,36).
3. Reina Valera 60, y todas las traducciones corrigen el texto original de ese pasaje de Hechos, poniendo allí “salmo segundo”, para adecuarse a la versión corriente de los salmos.
4. En el original hebreo los tres verbos están en tiempo presente.
5. Si para el justo del Antiguo Pacto la palabra “ley” significaba el Pentateuco, y por extensión, todo el Antiguo Testamento, para el cristiano esa palabra engloba la Biblia entera.
6. En esto el salmo se acerca al ideal rabínico de hacer del estudio de la Ley (Torá lishmá) la ocupación más importante del hombre y un fin en sí mismo.
7. Con bastante frecuencia en las Escrituras el árbol es tomado como imagen del hombre. El Salmo 92:12-15 es un ejemplo. (cf Sal 52:8; Is 61:3; Jr 11:19).
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Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#797 (22.09.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).