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miércoles, 27 de septiembre de 2017

EL IMPÍO HACE OBRA FALSA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL IMPIO HACE OBRA FALSA
Un Comentario de Proverbios 11:18-22
Los versículos 18 y 19 expresan pensamientos semejantes: el “galardón firme” que se menciona es la vida eterna. El texto en el vers. 19 dice sólo “vida”, pero es obvio que la vida de que ahí se habla es la misma de que habla tanto Jesús en el evangelio de Juan (Jn 5:24; 6:40,47; etc.). Es evidente, pues, que la noción de vida eterna existía mucho antes de que Él viniera. El resultado vano que obtiene de sus esfuerzos el impío se revela, una vez desaparecidas todas las apariencias, como muerte.
18. “El impío hace obra falsa; mas el que siembra justicia tendrá galardón firme.”

En este proverbio antitético se contrastan el fruto que se obtiene obrando bien y el que se obtiene obrando mal.
    “El impío hace obra falsa” porque el resultado que obtenga por sus esfuerzos al final lo decepcionará. Si obtuvo alguna ventaja material de la que se ufanaba, ésa será transitoria y puede volverse en contra suya. Dicho de otra manera, “obra falsa” es la fugaz que no dura. Eso es lo que muchos de los que obraron conscientemente mal, al final experimentaron cuando, por una circunstancia inesperada, su mal accionar quedó al descubierto y fueron acusados públicamente. Todo lo que habían obtenido con su mal proceder desapareció, o se volvió en contra suya.
    Cada cual cosecha lo que siembra; lo que cosecha el impío corresponderá a la mala calidad de su semilla. El que siembra justicia es el que se conduce rectamente. Siembra justicia en los surcos de tu vida y cosecharás paz y prosperidad. Ése es tu premio. (c.f. 10:6; Gál.6:7,8). Notemos, de paso, que “sembrar justicia” adquirió en el tiempo también el sentido de “dar limosna”, esto es, ser generoso, que es algo que Dios bendice. (c.f. vers. 24,25; 2Cor.9:6).
    El corazón y la voluntad del hombre son reclamados por dos señores que le prometen una gran recompensa. Pero si el maligno cumpliera sus promesas y ellas no fueran engañosas, todos los seres humanos vivirían ricos y felices. La primera persona que fue engañada por él fue Eva, a quien la serpiente le prometió que ella y su marido serían como Dios, conociendo el bien  y el mal. Pero el resultado de su obediencia a la sugerencia de Satanás fue que ambos se avergonzaron de estar desnudos y corrieron a esconderse cuando oyeron la voz de Dios en el jardín (Gn 3:8-10). Se escondieron porque se sabían culpables. Ése fue su primer contacto con el mal, que antes ignoraban.
    Jesús mismo fue tentado por Satanás que le ofreció todos los reinos del mundo y su gloria si postrado le adoraba. ¿Pero qué necesidad tenía Jesús de que alguien le ofreciera lo que de hecho y desde siempre le pertenecía, porque Él lo había creado todo con su palabra? (Mt 4:8,9).
    Los pecados de la carne que el demonio estimula, pasada la satisfacción momentánea que ofrecen, conducen al desengaño, a los remordimientos, y a la muerte (Rm 6:21; Pr 5:3-5).
    Las Escrituras nos presentan varios ejemplos de cómo se cumple la verdad enunciada por este proverbio. El faraón quiso exterminar al pueblo hebreo ordenando que se matara a todos los hijos varones que les nacieran, pero en la noche de la primera Pascua Dios hizo morir a todos los hijos primogénitos de los egipcios, incluyendo al del propio faraón (Ex 12:29,30). Más adelante, cuando se arrepintió de haber dejado salir al pueblo hebreo, ordenó que su ejército saliera a perseguirlos, pero Dios hizo que todos sus soldados y jinetes perecieran ahogados en las aguas del Mar Rojo que los israelitas habían atravesado en seco poco antes (Ex 14:11-28).
    Acab creyó que podía apoderarse de la viña de Nabot que codiciaba, haciéndolo matar por blasfemo, pero Elías le salió al encuentro y le profetizó que en el mismo lugar en que los perros habían lamido la sangre de Nabot, lamerían la suya (1R 21).
    ¿Qué cosa es sembrar justicia? Es vivir rectamente y con la mira puesta en la recompensa eterna. Como dice Oseas: “Sembrad para vosotros en justicia; cosechad para vosotros en misericordia.” (Os 10:12). Y también Gálatas: “Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” (Gal 6:7). El hombre no puede cosechar un fruto diferente a la semilla que ha sembrado. Tal la semilla, tal la cosecha. De  ahí que Jesús dijera del hombre: “Por sus frutos los conoceréis… No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.” (Mt 7:16,18).
    En contraste con el mal fruto que cosecha el impío, está el galardón firme del que siembra justicia. Aunque durante algún tiempo su tarea pueda ser penosa, al final será recompensado: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.” (Sal 126:6). Sin embargo, nadie recibe la totalidad de su galardón en esta vida; lo mejor del galardón está reservado para la otra vida, que es eterna.
19. “Como la justicia conduce a la vida, así el que sigue el mal lo hace para su muerte.”
La justicia que conduce a la vida (“el camino de la justicia”, Pr 12:28) caracteriza al sabio que endereza sus caminos con el temor de Dios, buscando agradarle y obedecerle en todo. Ciertamente el que vive de esa manera será recompensado con buena salud y vitalidad (11:31a), esto es, con plenitud de vida en sentido terrenal, mientras que el que tuerce sus caminos probablemente enfermará y morirá joven. Pero si se tiene en cuenta que la promesa que encierran estas palabras se refiere también a la vida eterna, el que tiene a Dios en cuenta en todos sus caminos (Pr.3:6) encontrará que los brazos de Dios lo recibirán al final de su vida en la tierra. El versículo siguiente explica parte del motivo: su conducta agradaba a Dios.
    Y esta es la pregunta que debemos hacernos todos: ¿Mi conducta agrada a Dios? Si la respuesta es positiva podemos estar seguros de que su bendición reposa sobre nosotros, aunque podamos pasar por pruebas. Si es negativa, nada de lo que hagamos conducirá a buen fin, aunque el éxito nos sonría temporalmente.
    Este proverbio se refiere ciertamente a la vida eterna y parece sugerir que la salvación se obtiene mediante la justicia que, en este contexto, no puede ser sino la propia (cf vers. 5 y 6). Aunque no exclusivamente: el piadoso es justo porque teme a Dios. El temor de Dios es una forma de fe, que mueve al hombre a actuar bien. La segunda línea confirma lo que dice Rm. 6:23 (c.f. Pr 10:28b).
    ¿De qué vida y de qué muerte se habla aquí? ¿No es la vida o la muerte eterna? No hay duda de que Jesús al hablar de la vida eterna ha hecho uso de una larga tradición que daba un sentido espiritual a esas palabras.
    La vida de que aquí se habla es la vida eterna que se alcanza por medio de la justicia, la cual, para el judío piadoso, consistía en observar la ley. No hay aquí mención de la fe.
    Podría decirse que esto es aplicable al israelita del Antiguo Testamento. Él no podía tener fe en el Redentor porque aún no había venido, pero sí podía tener fe en Dios, como Abraham, de quien se dice que le “creyó a Jehová y le fue contado por justicia.” (Gn 15:6).
    El labrador espera pacientemente que la semilla que ha sembrado produzca fruto; aunque pueda demorar, la recompensa de su paciencia es segura (St  5:7,8). La rectitud es la semilla; la felicidad es la cosecha. La perseverancia es condición necesaria para recibir la recompensa, como dice Pablo: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, abundando en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.” (1Cor 15:58).
    La justicia no sólo libra de muerte (Pr 11:4), como ocurrió con Lot y su familia (Gn 19:16), sino que también “conduce a la vida” (Pr 10:16; Is 3:10), porque Dios dará una recompensa eterna a los que, habiendo creído, perseveran en hacer el bien (Rm 2:7), como se dice en Apocalipsis: “Mira que yo vengo pronto y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según su obra.” (22:12).
20. “Abominación son a Jehová los perversos de corazón; mas los perfectos de camino le son agradables.”
Este es un versículo de paralelismo antitético. Contrasta al perverso con el perfecto o íntegro. Este es un contraste que ya figura en el vers. 3; y más explícitamente en Prov 3:32: “Porque Jehová abomina al perverso; mas su comunión íntima es con los justos.”
    Dios abomina, es decir, detesta al corazón perverso, torcido, que busca siempre el mal y no el bien, las consecuencias de cuya obra son siempre perniciosas para otros y, en última instancia, para sí mismo. En cambio, le agradan los que actúan rectamente, cuyo corazón de una manera natural se inclina al bien y rechaza el mal.
    La palabra “abominación” (toeba) es una las más fuertes y condenatorias del Antiguo Testamento. Con ella se designan los alimentos impuros (Dt 14:3); el sacrificar a los niños pasándolos por fuego (Dt 12:31); el casarse con mujeres extranjeras –porque servían a dioses ajenos- (Mal 2:11); el culto falso de los impíos (Pr 21:27); la homosexualidad (Lv 18:22). El libro de Proverbios la usa para referirse a los de corazón perverso, pero también al corazón altivo (16:5). Ambas cosas suelen ir juntas. El perverso cree que nunca tendrá que rendir cuentas a la justicia divina; se cree seguro en su impiedad. ¡Cuán equivocado está! Cuando menos lo piense será castigado y desaparecerá: “Vi yo al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.” (Sal 37:35,36).
    ¿Pero quiénes son los rectos de camino sino aquellos a quienes Dios mismo hace rectos? No se hicieron rectos ellos mismos. Son obra suya. Aquí se contrasta al recto de camino con el de corazón perverso, porque tal como es el corazón, será el camino (Ch. Bridges) El que es perverso de corazón sigue inevitablemente un camino torcido, porque se inclina hacia él inconscientemente. Así como Dios detesta al perverso, Él se deleita en el recto que le obedece y le sirve.
21. “Tarde o temprano, el malo será castigado; mas la descendencia de los justos será librada.”
    Cuando yo era niño había un “slogan” comercial que decía: “Tarde o temprano su radio será un Phillips”. Era tan conocido que había gente que lo empleaba como refrán para indicar algo que tenía que ocurrir de todas maneras, pese a todos nuestros esfuerzos para impedirlo.
    El castigo del impío es tan inevitable como la muerte. Aunque demore, ha de venir, porque Dios es justo y no puede dejar que su justicia sea quebrantada. Este proverbio se relaciona con todos aquellos versículos que auguran el fin del malo. (10:29; 11:19; 13:13; 15:10; 19:16; 29:1).
    El vers. opone el castigo de los malos a la liberación -sea del castigo, o del infortunio, o de la opresión- de la progenie o descendencia del justo, en lugar de asegurar simplemente que el justo será librado. Es decir, transfiere el beneficio de la justicia divina del justo a su descendencia (Dt.7:9; Sal.25:12,13; 37:25; 112:2). Pero esa inferencia desaparece si se entiende “la descendencia” en el sentido de “la raza de los justos” (Kidner, c.f. Sir:8:39; Gál.3:7), lo que incluye al justo mismo.
    Sin embargo, el proverbio expresa implícitamente también la idea de que durante un lapso no breve de tiempo el malo puede ser victorioso y prosperar, mientras que los justos sufren opresión. El proverbio promete liberación para unos y sanción para otros, aunque ambas cosas demoren, esto es, se cumplan en el tiempo de Dios y no en el nuestro (Jb.5:19; 2Tim.4:18, Pr 12:21; Sal 91:3,10,15c).
    Este proverbio. es un gran consuelo para los que, como el autor del Sal 73, se afligen viendo la prosperidad de los impíos. "Tarde o temprano…” Nosotros preferiríamos que fuera temprano para verlo, porque si ocurre muy tarde quizá no lo veamos. Pero creo, sobre todo, que preferimos que sea temprano para que el malvado no goce de mucho tiempo de bonanza y que experimente pronto el fruto maligno de sus actos ¿Para que se arrepienta? No, para que le duela. Vemos pues, que esta frase (“tarde o temprano”) despierta nuestro espíritu de justicia propia y de juicio, no muestra compasión, como si nosotros nunca hubiéramos estado en el grupo de los malvados, y nunca hubiéramos sido beneficiarios de la misericordia y paciencia de Dios.
    Pero, ¿cuáles son los sentimientos de Jesús frente a esta frase? Pena y compasión por los malvados que no se arrepientan, porque Él los ama también a ellos, y murió también por ellos. Esos sentimientos deberían también ser los nuestros.
    El segundo estico es una bella promesa que muestra cómo la misericordia de Dios premia al justo “hasta mil generaciones” (Dt 7:9).
22. “Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa y apartada de razón.”
La mujer privada de razón, de discreción o de sabiduría, es la mujer insensata, la necia, la que carece de discernimiento, la tonta. No es la adúltera intrigante de Prov. 7, ducha en artimañas y amores ilícitos, sino la crédula y estúpida, que escoge siempre el camino menos conveniente para ella, pero que no carece de buenos sentimientos. Pues bien, la belleza le sienta mal a esa mujer porque no sabe hacer buen uso de ella sino, al contrario, le tiende trampas. Los términos de la comparación son terribles porque el cerdo era para los israelitas un animal abominable e impuro. ¿Qué papel puede jugar un zarcillo de oro, una pequeña alhaja, en el hocico de un sucio animal que se revuelca en el fango? El contraste es chocante. Así es la belleza en el rostro de una mujer insensata. Por lo general es desgraciada porque se deja engañar por los hombres que se aprovechan de ella. A ella se aplica el viejo refrán: “La suerte de la fea, la bonita lo desea”.
    La belleza física es un don divino en el hombre y en la mujer, y debe ser apreciado como tal, pues con frecuencia es reflejo de la belleza interior, la del alma, como en el caso de José (Gn 39:3), o el de David (1Sm 16:12), o el de Ester (Est 2:7).
    Pero sabemos también que la belleza puede ser engañosa y esconder un corazón necio o impío (Pr 31:30). Todo el encanto de la belleza se pierde en la mujer carente de discreción, porque en lugar de tener honra (v. 11:16), le puede traer deshonra, si su belleza se vuelve objeto de las más bajas pasiones, y ella es incapaz de retener su virtud (2Sm 11:2), como ocurrió en el caso de Betsabé, la mujer del fiel Urías, que por haber cedido a la pasión de David, provocó la muerte de su marido (2Sm 11:15-17). El alma alejada de Dios pierde su verdadera belleza, que es interna, aunque conserve la apariencia externa.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#950 (06.11.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 22 de febrero de 2017

LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ
Un Comentario de Proverbios 10:24-27
24. “Lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean.”
El temor es la fe de los impíos, de los que no creen en Dios, que atraen sobre sí lo que temen. Temen a los hombres, a lo que ellos pueden hacerles. Pero no temen a Dios y si le temen, le temen sin esperanza. En cambio, el justo le teme y confía.
            El temor es fe a la inversa. Los que creen (es decir, temen) reciben aquello en que ponen su fe (es decir, su temor). Como el justo tiene puesta su confianza en Dios, lo que desee lo desea con fe, y por eso lo recibe. Dicho de otro modo, tanto la fe como el temor atraen a su objeto.

            Eso ocurre incluso con los justos, como atestigua Job: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía.” (3:25). Y lo anuncia sarcásticamente el proverbista respecto de los simples que no hacen caso de las reprensiones de la sabiduría: “También yo me reiré de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere los que teméis.” (Pr 1:26; cf v. 27; Is 66:4).
            El impío recibe no lo que desea sino lo que es indeseable, y que intuye con temor que   le va a venir. Su temor es no sólo la voz de su conciencia que él trata de acallar, sino la voz de su entendimiento, que percibe cuáles serán las consecuencias inevitables de sus actos. Sabe, aunque no quiera verlo, que a la larga uno cosecha lo que siembra (Gal 6:7). En términos simples: El que daña, se hace daño. O como dice otro proverbio: “Al que busca el mal, éste le vendrá.” (11:27b). En cambio Dios se inclina hacia el justo y se complace en satisfacer sus deseos, porque nunca le desea mal a nadie (11:23a): “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios.” (Sal. 21:2; cf 20:4; 37:4; 145:19).
            “Pero a los justos les será dado lo que desean.” ¡Qué contraste formidable! El impío recibe lo que teme; el justo, lo que desea. El primero lo que no quisiera; el segundo, lo que desea. En el primero, es el temor lo que atrae lo que recibe; en el segundo, es el amor,  porque desear es amar.
            En la historia sagrada hay varios ejemplos de impíos que reciben lo que temen, justamente por el medio que emplean para impedir que les sobrevenga. Uno de los más instructivos es el del rey Acab de Israel, que se había aliado con Josafat, rey de Judá, con el propósito de recuperar la ciudad de Ramot de Galaad, que había caído en poder de los sirios. Acab temía que él pudiera morir en el enfrentamiento, tal como el profeta Micaías había predicho. Por ello le propuso a Josafat intercambiar sus ropas, de manera que los que se propusieran matarlo, no lo atacaron a él sino a su aliado. Su astucia estuvo a punto de tener éxito porque los sirios atacaron a Josafat pensando que era Acab. Pero cuando se dieron cuenta de que no lo era, lo dejaron. Entonces un hombre (no sabemos de qué bando) tomó su arco y disparó una flecha a la ventura, que fue a caer sobre Acab, hiriéndolo de muerte (1R 22:10-37). Por más precauciones que él tomara, lo que Dios había decretado que sucediera, y que él temía, le ocurrió.
            Por el lado contrario, vemos que Dios nos asegura que nosotros tendremos las cosas buenas que le pedimos (1Jn 5:14,15; cf Jn 16:23), según dice un salmo: “Abre tu boca y yo la llenaré.” (Sal 81:10b). La condición, sin embargo, es que todo lo que pidamos sea bueno (Pr 11:23a), y no como a veces, en un momento de depresión, pudiéramos desear, tal como ocurrió con Elías y Jonás, que desearon morir cuando aún tenían mucho que hacer para Dios (1R 19:4; Jon 4:3).
25. “Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre.”
El impío es, en efecto, como un torbellino o un huracán que pasa raudo y todo lo destruye a su paso, pero no dura y al poco tiempo desaparece: “Vi al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.” (Sal. 37: 35, 36; cf v.10; 73:19; Jb 20:4-9).
El justo, en cambio, es como un roble que tiene sus raíces firmemente plantadas en la tierra. El torbellino puede afectarlo, pero no desarraigarlo: “Lo que confían en Jehová son como el monte de Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre.” (Sal. 125:1; cf Pr. 12:3; 1Jn 2:17).
            Aunque pueda parecer débil, el justo es como la brisa que refresca, que es duradera, y cuando falta, se le extraña. Pero nadie desea que venga el torbellino.
            Él es como la piedra angular sobre la que reposa el edificio. Nadie la ve. Está escondida en tierra, pero sin ella el edificio no se sostendría. Él no será removido jamás porque está plantado sobre la roca firme que es Jesucristo (Mt 7:24,25), la piedra angular por excelencia (Sal 118:22).
            Juan Crisóstomo hace una observación interesante, basada en el texto ligeramente diferente de la Septuaginta (que era la versión del Antiguo Testamento que los cristianos de habla griega usaban en los primeros siglos): Cuando viene el torbellino de la tentación el impío no permanece firme, sino cede a ella y peca, porque no sabe resistirla. En cambio el  justo, acostumbrado como está a buscar siempre el bien en todo, sabe resistirla, y por eso permanece firme en la gracia de Dios hasta alcanzar la vida eterna.
26. “Como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos, así es el perezoso a los que lo envían.”
¿Cuál es el efecto que el vinagre, y todo ácido, tiene sobre los dientes? Hace que sus raíces, aunque estén ocultas, y toda parte cariada, duelan. ¿Y qué ocurre cuando el humo nos envuelve? Nuestros ojos se irritan y lagrimean, y no podemos ver bien. Así de enojoso es el perezoso para quienes lo emplean.
            El que confía a un perezoso un encargo urgente esperará en vano que lo cumpla, porque encontrará mil excusas para no partir, y cuando lo haga, se detendrá cansado a cada rato en el camino, o se distraerá conversando con la gente que encuentre. No tiene prisa en cumplir su cometido. Y puede ocurrir que cuando llegue habrá olvidado lo que tenía que decir o hacer. Por eso, estando advertido, tan culpable es el perezoso que no cumple bien el encargo que se le confió, como el que lo envió, porque no supo escoger bien al mensajero. Si después la frustración le hace llorar, no tendrá a quién quejarse, porque le dirán: ¿No sabías tú que este perezoso no es confiable? Pusiste tu dinero en un bolsillo roto. No te quejes, pues, de tu pérdida (Pr 13:17a; 26:6).
            El personaje del perezoso ocupa un lugar importante en el libro de Proverbios, y está muy bien descrito (Nota). De él se dice que así como la puerta gira sobre sus goznes, pero no se mueve de su sitio, el perezoso se revuelve en su cama, pero no sale de ella (26:14), se entiende, para hacer lo que le toca hacer, y de esa manera lo va postergando. Da como pretexto la excusa más ridícula: el león está en la calle y en los caminos, y si salgo expongo mi vida (22:13; 26:13), como si ya no lo hubieran matado si fuera cierto lo que teme. Es tan perezoso que, estando en la mesa, prefiere pasar hambre a hacer el pequeño esfuerzo de llevar el bocado del plato a la boca (19:15; 26:15). Es tan necio en su vana opinión de sí mismo, que él, que nunca estudió ni investigó nada, se considera más sabio que los que por el estudio diligente y su experiencia de vida, están en condiciones de dar consejos útiles a la gente que se los pide (26:16).
            A menos que haya heredado mucho dinero, no dejará de sentir algún día las consecuencias de su negligencia, cuando la pobreza inexorable asome a su puerta (6:9-11; cf 24:32-34). Así actúa pese a que tiene el ejemplo del más pequeño de los insectos, la hormiga, que por instinto, y sin que nadie se lo ordene, acopia su comida en la estación favorable (6:6-9).
            Si es agricultor, evita el esfuerzo de arar su campo en invierno, de modo que no puede sembrar, y menos podrá cosechar cuando todos lo hagan en verano (20:4), provocando la compasión y las críticas burlonas de sus vecinos. Llegará el momento en que, como se negó a trabajar cuando debía (21:25), su vida se llenará de dificultades, de las que está exento el recto que es diligente (15:19).
27. “El temor de Jehová aumentará los días; mas los años de los impíos serán acortados.”
Esta es la primera vez que el concepto del temor de Dios aparece en la segunda parte del libro de Proverbios que empieza en este capítulo.
En este proverbio se señala que el temor de Dios es un factor positivo en la duración de nuestra vida. El que teme a Dios tenderá a vivir más años que el que no le teme (9:11). ¿Por qué la diferencia? El temor de Dios tiene este efecto positivo: Nos ayuda a regular nuestra vida de una manera racional y sana. Nos aleja de vicios que podrían afectar nuestra salud, y nos preserva de situaciones comprometedoras y peligrosas. Nos ayuda a mantener buenas relaciones con allegados y parientes, así como con extraños, lo cual aparta de nosotros las tensiones que pueden causar las relaciones humanas tirantes o desagradables. En fin, y sobre todo, el temor de Dios nos aleja del pecado, proporciona paz a nuestra alma y nos colma de satisfacciones espirituales.
La contraparte (que la vida del que carece de temor de Dios es corta) se desprende sola y no necesita de pruebas. Eso es algo, además, que la experiencia con multitud de ejemplos demuestra (Ecl 8:12,13). La existencia de las personas que llevan vidas irregulares, entregadas al vicio y proclives a acciones deshonestas, suele ser corta, sea porque las malas costumbres arruinan su salud, sea porque exponen su vida a peligros en los que el que teme a Dios no incurre (Jb 15:32).
El temor de Dios es una gracia multiforme que abarca muchas cosas, siendo como es el principio, o fundamento, de la sabiduría (Pr 1:7). El temor de Dios nos hace sabios, mientras que su ausencia nos vuelve necios. Porque carece de temor de Dios, el impío vive lleno de temores, reales o imaginarios. Teme a los que odia; teme la venganza de los que de alguna forma perjudicó, o hizo daño. Él sabe en el fondo de su corazón cuánta verdad encierra el proverbio que comentamos al inicio de este artículo: “Lo que el impío teme, eso le vendrá.” Porque su conciencia lo acusa, carece de paz y esa carencia afecta su salud.
Con frecuencia la vida de los que no temen a Dios es cortada de golpe, como ocurrió con los dos hijos impíos del sacerdote Elí, a los que su padre no corrigió como debiera haber hecho en su momento (1Sm 2:12-17,34; 3:11-14; 4:11); o con Ananías y Safira, que le mintieron al Espíritu Santo (Hch 5:1-10).
El que teme a Dios sabe que al final de su vida terrena sus días se prolongarán en el día sin ocaso en que no habrá necesidad de sol ni de luna para alumbrarnos, porque Jehová será nuestra luz perpetua (Is 60:19; cf Ap 21:23; 22:5).
Nota: Derek Kidner le dedica un interesante estudio en su libro “Proverbios”.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#934(17.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).