Mostrando entradas con la etiqueta sufrimiento y persecusión de la iglesia primitiva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sufrimiento y persecusión de la iglesia primitiva. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de agosto de 2018

PABLO ES ENVIADO AL PROCURADOR FÉLIX


    LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO ES ENVIADO AL PROCURADOR FÉLIX
Un Comentario de Hechos 23:23-35

En vista del complot que cuarenta conjurados fanáticos habían tramado para asesinar a Pablo, el tribuno toma las medidas necesarias para enviar al apóstol al procurador en Cesarea, donde estaría a buen recaudo.
23,24. “Y llamando a dos centuriones, mandó que preparasen para la hora tercera de la noche doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, para que fuesen hasta Cesarea; y que preparasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Félix el gobernador.”
Al enterarse del complot de los conjurados el tribuno actúa rápidamente para sacar a Pablo de Jerusalén, donde su vida corre peligro, y enviarlo sin tardanza a Cesarea, sede del procurador de Judea, donde estará seguro. Él no quiere que se le pueda acusar de no proteger la vida de un ciudadano romano al que no se le acusa de nada que sea un delito bajo las leyes del imperio.
Para ello ordena que dos centuriones se preparen para salir de la ciudad a eso de las 9 de la noche con doscientos soldados (que llevaban escudos y la famosa espada corta mortífera), sumados a setenta cabalgaduras (caballos o mulas), con sus respectivos jinetes, y a doscientos lanceros, esto es, soldados de  pie con armas ligeras. Ordenó que tomasen a Pablo consigo, subido a una de las cabalgaduras, y partiesen rápidamente.
Cabe preguntarse ¿vivían estos cuatrocientos setenta soldados en la Torre Antonia? Habría que pensarlo porque de lo contrario, reunir toda esa tropa al comenzar la noche produciría un alboroto que alertaría a los conjurados. El éxito de la operación  dependía de que se hiciera en secreto. Pero la partida de setenta caballos, más cuatrocientos hombres no podría pasar desapercibida. Si los conjurados se dieran cuenta de la maniobra nocturna es posible que no se atrevieran a obstaculizar la salida, o a perseguir a un contingente tan considerable de soldados. Resguardado por una tropa tan numerosa, bien se puede decir que Pablo viajaba seguro. Bien se puede aplicar a su caso la frase de David: “El ángel del Señor acampa en torno de los que le temen y los defiende.” (Sal 34:7) El poder de la guardia celestial se manifestaba en una numerosa guardia humana.
25-30. “Y escribió una carta en estos términos: Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud. A este hombre, aprehendido por los judíos, y que iban ellos a matar, lo libré yo acudiendo con la tropa, habiendo sabido que era ciudadano romano. Y queriendo saber la causa por qué le acusaban, le llevé al concilio de ellos; y hallé que le acusaban por cuestiones de la ley de ellos, pero que ningún delito tenía digno de muerte o de prisión. Pero al ser avisado de asechanzas que los judíos habían tendido contra este hombre, al punto le he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo que tengan contra él. Pásalo bien.”
Ahora nos enteramos de que el tribuno se llamaba Claudio Lisias, nombre que había tomado cuando adquirió la ciudadanía romana mediante el pago de una fuerte suma (Ver Hch 22:28) (Nota 1)
¿Cómo conoció Lucas el texto de la carta para poder reproducirla? Posiblemente pudo tenerla en sus manos, pues estaría archivada en Cesarea, o la reconstruyó con los datos que sus investigaciones obtuvieron, lo que no quiere decir que la reprodujera literalmente. Pero lo primero es más probable.
El texto de la carta es escueto pero suficientemente informativo como para que el procurador supiera qué decisión tomar respecto del preso. En ella indica que el prisionero judío que se le envía es un ciudadano romano que estaba a punto de ser linchado por la plebe cuando él lo rescató y, convocado al día siguiente el Sanedrín, con el fin de averiguar de qué se le acusaba, se enteró de que no se trataba de ningún delito bajo las leyes del imperio, sino de algo concerniente a las leyes religiosas judías. Pero enterado de una conjura para matarlo, lo envía para que esté a salvo, y que el procurador decida qué hacer con él, al mismo tiempo que le informa de que ha avisado a las autoridades judías a fin de que presenten sus acusaciones ante él.
31,32. “Y los soldados, tomando a Pablo como se les ordenó, le llevaron de noche a Antípatris. Y al día siguiente, dejando a los jinetes que fuesen con él, volvieron a la fortaleza.”
Obedeciendo a las órdenes dadas, la compañía de soldados partió a las nueve de la noche llevando a Pablo consigo, e hicieron a marchas forzadas el recorrido de más de 50 Km que separa Jerusalén de Antípatris, a donde llegaron al día siguiente. Se ha cuestionado que la comitiva a pie pudiera hacer el viaje en tan poco tiempo. Quizá Lucas ha omitido un día en su narración para hacerla más dinámica.
Antípatris, dicho sea de paso, era una ciudad situada en la fértil llanura al norte de Galilea, que había sido fundada por Herodes el Grande en honor de su padre, el general idumeo Antípater, que brindó valiosos servicios a los romanos, y que fuera el iniciador de la dinastía herodiana.
Llegados a esta ciudad, y ya lejos del alcance de los conjurados, la infantería regresó a Jerusalén, mientras los setenta jinetes proseguían su viaje de 40 km a Cesarea a través de la llanura.
33-35. “Cuando aquellos llegaron a Cesarea, y dieron la carta al gobernador, presentaron también a Pablo delante de él. Y el gobernador, leída la carta, preguntó de qué provincia era; y habiendo entendido que era de Cilicia, le dijo: Te oiré cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le custodiasen en el pretorio de Herodes.”
Llegados a su destino el jefe de la caballería, o alguno de los centuriones, entregó al procurador Félix la carta que le enviaba el tribuno, y dejaron a Pablo en sus manos.
Cuando Félix hubo leído la carta le preguntó a Pablo de dónde era. Era muy importante tener este dato porque según las leyes imperantes el prisionero estaba bajo la jurisdicción de su lugar de origen, y Félix no hubiera podido retenerlo, sino hubiera tenido que reenviarlo a las autoridades que correspondían, tal como, por ejemplo, hizo Pilatos cuando se enteró de que Jesús era de Galilea, y lo envió al tetrarca Herodes Antipas. Pero, dado que Pablo procedía de la provincia romana de Cilicia, a él le correspondía ocuparse de su caso.
Vemos aquí al apóstol a merced de las autoridades humanas ciertamente, pero al cuidado de una autoridad superior invisible que velaba por él, y eso lo hacía sentirse seguro.
El procurador dijo entonces que cuando vinieran a Cesarea los acusadores del prisionero él se ocuparía de su caso, y ordenó que entretanto Pablo permaneciera en custodia en el pretorio (2), enorme y lujoso palacio que Herodes el Grande había hecho construir para sí en esa ciudad, y que ahora servía de residencia al gobernador romano.
Antonius Félix (es decir, feliz) fue procurador de Judea entre los años 52 y 59 DC. Él era posiblemente un esclavo liberto del emperador Claudio, o de su madre Antonia (de quien había tomado su “nomen gentile”). Él fue nombrado procurador pese a no formar parte de la orden ecuestre, a la cual estaban reservados esos cargos, gracias a la influencia de su hermano Pallas, uno de los favoritos de Claudio, y que era, a su vez, un esclavo liberto de la madre de Claudio, Antonia (3). Antes de su nombramiento él parece haber ocupado una posición secundaria en Samaria bajo su predecesor, Ventidium Cumanus.
Su gobierno fue marcado por intensas agitaciones, porque él aplastó sin misericordia los levantamientos que se produjeron en esos años (entre ellos, el del año 55 del pretendido mesías de origen egipcio con el que el tribuno confundiera inicialmente a Pablo, Hch 21:38). De él dice el historiador Tácito que “ejerció con salvajismo y avidez los poderes de un rey con la mentalidad de un esclavo”. La narración de Lucas hace resaltar dos aspectos poco favorables de su carácter: Su escaso sentido de la justicia y su codicia. Él mantuvo a Pablo en prisión dos años a pesar de la evidencias que existían a favor de su inocencia (Hch 23:27-29), porque esperaba que Pablo le pagara por obtener su libertad (24:26). Cuando fue removido, debido a su infortunada y violenta intervención en la disputa entre las comunidades judía y griega de Cesarea, en vez de liberarlo, dejó a Pablo en prisión para congraciarse con los judíos (24:27). Se salvó de ser enjuiciado por Nerón, ante quien los judíos se quejaron por su crueldad, sólo por la influencia de su hermano Pallas. Pese a su humilde origen se casó tres veces con mujeres de alcurnia.
La primera fue una nieta de Antonio y Cleopatra, y la tercera, Drusila, era una hija de Herodes Antipas (Hch 24:24), y hermana de Herodes Antipas II. Félix era pues, lo que nosotros llamaríamos hoy día, un típico arribista sin muchos escrúpulos.
Extraño destino el de Pablo puesto en mano de hombres injustos, crueles y ávidos de dinero, que no conocían a Dios, y más bien rechazaban su palabra (24:25). A través de ellos, sin embargo, obraba Dios sus propósitos con Pablo, no librándolo de tribulaciones, pero sí protegiendo su vida de sus más encarnizados opositores.  Observando a los personajes de esta historia podemos percibir el gran contraste que existe entre la mentalidad del discípulo de Cristo, cuya mirada está dirigida hacia las realidades eternas, y la del hombre mundano, cuyas aspiraciones están dirigidas exclusivamente a las realidades terrenas.
Cuánta razón tuvo Juan al escribir: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1Jn 2:15-17). Aunque somos cristianos es oportuno que nos preguntemos, ¿cuánto del mundo y del amor por lo transitorio permanece en nosotros?
Notas: 1. Según el historiador romano Dio Cassius, durante el reinado del anciano Claudio, su mujer Mesalina y sus cortesanos vendían el derecho de ciudadanía a fin de llenarse los bolsillos. Lisias debe haber sido un hombre de medios económicos y de buenos contactos para haber podido comprar la ciudadanía romana y hacerse nombrar funcionario del ejército al mando de mil hombres.
2. Esta palabra de origen latino designaba al palacio donde residía la autoridad romana del lugar. Así, por ejemplo, Pilatos residía en el pretorio de Jerusalén (Mt 27:27; Mr 15:16; Jn 18:28,29; 19:9). Cuando Pablo estuvo prisionero en Roma, él permaneció en el pretorio, o palacio del César (Flp 1:13).
3. La sociedad romana estaba organizada en cuatro órdenes o clases (sin contar los esclavos), siendo la orden ecuestre la segunda debajo de la orden senatorial (los miembros del senado), y encima de la orden decurional y de la plebe. Los miembros de la segunda en su origen –como su nombre indica- eran los dueños de dos caballos, animal caro de mantener, y debían demostrar poseer una fortuna no menor de 400 mil sestercios. Entre las diversas funciones que se les asignaba en la administración pública estaba el arrendamiento de los impuestos imperiales, tal como hacían los publicanos en Palestina en tiempos de Jesús.


Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#965 (05.03.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 20 de julio de 2018

PABLO ANTE EL SANEDRÍN


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO ANTE EL SANEDRÍN
Un Comentario de Hechos 22:30-23:11

En los dos artículos anteriores hemos visto a Pablo hacer su defensa ante los habitantes de Jerusalén, que habían querido lincharlo porque se le acusó falsamente de haber introducido a un gentil en el interior del templo, lo que estaba estrictamente prohibido. Ellos lo escucharon atentamente haciendo el relato de su conversión hasta el momento en que narró que Jesús se le había aparecido en visión y le dijo que lo enviaría a los gentiles. Al escuchar esta palabra recrudeció la ira del pueblo que exigía que se le matase, siendo salvado con las justas por los soldados romanos. Cuando iba a ser azotado por éstos para que confesara cuál era la razón del rechazo de la población Pablo le advirtió al tribuno que no podía hacerlo porque él era ciudadano romano.
22:30. “Al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por la cual le acusaban los judíos, le soltó de las cadenas, y mandó venir a los principales sacerdotes y a todo el concilio, y sacando a Pablo, le presentó ante ellos.”
El tribuno no quiso perder tiempo en averiguar cuál podía ser la causa por la que las autoridades y el pueblo tenían tanta saña contra Pablo y, teniendo él obligación de protegerlo como ciudadano romano mientras no hubiera un delito por el cual pudieran acusarlo ante un tribunal legalmente constituido, convocó al concilio de ancianos para que conocieran del asunto. Entonces ordenó a los soldados que lo soltaran de las cadenas y lo presentó ante el sanedrín que se reunía en un ambiente grande a un costado del templo (Nota 1). Nótese, sin embargo, que ésta no era una reunión formal del consejo de ancianos, sino una convocada de ocasión por el tribuno porque, de haberlo sido, Pablo no hubiera dado inicio a la reunión tomando la palabra, después de la presentación del tribuno, que no sabemos en qué consistió. Pero cabría preguntarse por qué el tribuno no habló previamente con Pablo, antes de convocar a la reunión, para que le dijera cuál era la causa de tanto ensañamiento contra él.
23: 1,2. “Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos (2), yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy. El sumo sacerdote Ananías ordenó entonces a los que estaban junto a él, que le golpeasen en la boca.”
Pablo, sin temor alguno (3), teniendo la seguridad de que el Señor lo respaldaba, se dirigió a la asamblea afirmando su inocencia de todo cargo que pudiera hacérsele: Yo como buen judío he vivido delante de Dios sin que mi conciencia tenga nada que reprocharme.
Eso lo decía delante del sumo sacerdote y de los ancianos que sabían cuáles habían sido sus actividades antes de su conversión, y cómo él persiguió, con la anuencia de ellos, a los seguidores de la odiada secta del Nazareno, y cómo él se había convertido inopinadamente en uno de sus más ardientes propagandistas en la diáspora. Esto es algo que los miembros del sanedrín no podían aceptar, que dijera que lo había hecho “con toda buena conciencia”, porque para ellos él era un traidor.
Por ese motivo, y para castigarlo por su osadía, el sumo sacerdote Ananías ordenó que alguien cercano le golpeara en la boca. Ananías posiblemente no era consciente del hecho, pero el maltrato de Pablo en una reunión convocada por la autoridad romana era un insulto a ésta, bajo cuya protección estaba el apóstol.
¿Quién era este Ananías (4) que actuaba tan bruscamente? Era un personaje nefasto cuyas acciones rapaces, abusando de su alto cargo, hicieron que toda la población lo odiara, y tuviera un final trágico durante el levantamiento anti romano que se produjo el año 66 DC. Él había sido instalado en ese cargo el año 47 DC por un nieto de Herodes el Grande, Herodes de Calcis, que era hermano de nuestro conocido Herodes Agripa I, el que mandó matar a Santiago, hijo de Zebedeo, e hizo apresar a Pedro (Hch 12:1-3). Según el historiador Josefo Ananías se había apoderado de los diezmos que eran destinados a los sacerdotes comunes. La gran fortuna que había acumulado le daba un gran poder y permitía que conservara su influencia, aún después de haber sido depuesto el año 58 o 59.
3. “Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?”
Pablo responde vivamente indignado al injusto maltrato llamando al sumo sacerdote “pared blanqueada”, y lo acusa de violar la ley al mandar golpear al acusado que está delante del tribunal para ser juzgado. Implícitamente lo acusa de aplicarle una pena antes de haber sido sentenciado.
No se sabe exactamente qué ley era la que Pablo acusa al sumo sacerdote de violar, aunque pudiera tratarse de los preceptos de Lv 19:15, y Dt 1:16,17 que ordenan hacer un juicio justo, o de una perteneciente a la ley oral judía, que es sabido protegía los derechos de los encausados. Se recordará que el Evangelio de Juan registra un incidente parecido estando Jesús delante del Sanedrín, cuando un alguacil lo golpea en la cara reprochándole hablar irrespetuosamente al sumo sacerdote Anás. Jesús en esa ocasión reaccionó menos vivamente que Pablo, aunque también protestó. (Jn 18:22,23).
El insulto que Pablo dirige a Ananías, que conlleva el significado de “hipócrita”, tiene antecedentes en las palabras de Jesús, que llama a los fariseos “sepulcros blanqueados” (Mt 23:27). Sin embargo, entre la reacción de Jesús y la de Pablo hay una diferencia marcada: Jesús se queja de que lo golpeen sin razón, pero no responde con un insulto, como hace Pablo. El temperamental apóstol estaba lejos de ser manso como Jesús. (5)
4,5. “Los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias? Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo.”
La reacción airada de Pablo provoca a su vez la protesta de los asistentes que le reprochan hablar de esa manera al sumo sacerdote. Pablo se disculpa enseguida diciendo que no sabía que el que había ordenado golpearlo era el sumo sacerdote y cita literalmente, para subrayar su respeto por la ley, un precepto de Moisés (Ex 22:28b).
Pero ¿podía Pablo ignorar quién era en esa reunión el sumo sacerdote? Es muy probable que Pablo no conociera personalmente a este Ananías, pues había estado ausente de Jerusalén los últimos años, pero él debe haberlo reconocido, pues presidía la sesión, a menos que tratándose de una reunión convocada precipitadamente por el tribuno, el sumo sacerdote no estuviera sentado al centro, cosa en sí bastante improbable.
6-8. “Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga. Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas.”
Entonces, teniendo claro que estaba ante una asamblea que le era hostil, y de la que no podía esperar nada favorable, muy astutamente, dándose cuenta de que la mayoría de sus miembros procedían de los dos partidos rivales del judaísmo, los fariseos y los saduceos, cuya diferencia doctrinal más importante giraba en torno a la creencia en la resurrección de los muertos que los segundos negaban, Pablo exclamó que a él, siendo fariseo, se le estaba acusando por sostener ese punto de doctrina.
Inmediatamente se armó una gran batahola, tal como él había previsto. Los miembros del sanedrín, olvidándose de que habían sido convocados para juzgar a una persona, se enzarzaron en una discusión acalorada sobre el punto doctrinal que los dividía.
El texto de Lucas aclara que los saduceos no sólo negaban la resurrección, sino también negaban la existencia de seres sobrenaturales, como los ángeles y los espíritus. La suya era una religión materialista concentrada en el mantenimiento del culto oficial en el templo y los beneficios que eso les traía. (6)
9,10. “Y hubo un gran vocerío; y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían, diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si un espíritu le ha hablado, o un ángel, no resistamos a Dios. Y habiendo grande disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado por ellos, mandó que bajasen soldados y le arrebatasen de en medio de ellos, y le llevasen a la fortaleza.”
Era previsible, dado el gran rencor que estas disensiones producían, y la animadversión mutua que se tenían ambos partidos rivales, que los fariseos asumieran la defensa de Pablo, afirmando la posibilidad de que éste estuviera sinceramente siguiendo una inspiración divina. Esta intervención inesperada de los escribas nos recuerda la intervención de Gamaliel a favor de Pedro y Juan, cuando fueron llevados ante el sanedrín, acusados de desobedecer la orden de abstenerse de predicar en el nombre de Jesús (Hch 5:34-39).
Entonces el tribuno, cuya principal preocupación en ese momento era asegurar la integridad física de su prisionero, porque era ciudadano romano, ordenó sacarlo precipitadamente del lugar y retornarlo a la fortaleza donde estaría a salvo.
Algunos comentaristas han criticado severamente a Pablo porque él se aprovechara de esa diferencia doctrinal entre ambos partidos, como una estratagema para frustrar el juicio que había empezado. Yo pienso que en todos estos sucesos él estaba siendo guiado por el Señor y que fue Él quien le inspiró esa salida inesperada.
11. “A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.”
Esa noche, mientras Pablo dormía, se le apareció en visión nuevamente el Señor Jesús para animarlo y decirle que su propósito era ahora que diera testimonio de Él en Roma.
Jesús se le aparece a Pablo para reanimarlo seguramente cuando su estado de ánimo estaba muy bajo a causa del maltrato físico que había sufrido, y en vista de las amenazas que atentaban contra su vida, aparte del hecho de que estuviera encadenado como un malhechor. ¿Quién de nosotros estaría dispuesto a asumir un costo personal tan grande por predicar a Cristo? Es un hecho que su efectividad como evangelista estaba ligada estrechamente al sufrimiento que le acarreaba su misión (Hch 9:16). A semejanza de Jesús, cuanto más alto sea el llamado, mayor es el padecimiento que lo acompaña, pero también, mayor la gracia.
Las palabras que le dirige Jesús no sólo tienen un tono afectuoso de aprobación, sino contienen además la promesa de que él saldrá bien librado de esta prueba para continuar la misión que le ha confiado.

Notas: 1. El Sanedrín estaba conformado por 70 miembros pertenecientes a la aristocracia de origen saduceo (sacerdotes y laicos) y a la clase erudita (escribas) en la que los fariseos ejercían una influencia creciente. Sus reuniones eran presididas siempre por el sumo sacerdote.
2. La fórmula que él emplea revela que es consciente de que él se dirige a sus pares, pues él, por derecho propio, era miembro del concilio.
3. En él se cumplía la promesa hecha por Dios al profeta Ezequiel: “He aquí yo he hecho tu rostro fuerte contra los rostros de ellos, y tu frente fuerte contra las frentes de ellos…ni tengas miedo delante de ellos, porque son casa rebelde.” (Ez 3:8,9).
4. Su nombre completo era Ananías hijo de Nebedeo.
5. Hay antecedentes en el Antiguo Testamento de justos que han sido golpeados en la boca por hablar en nombre de Dios (1R 22:24). Pero la muerte poco honrosa que tuvo Ananías da a las palabras de Pablo un carácter involuntariamente profético.
6. No hay fuentes claras acerca del partido o secta de los saduceos, cuyo nombre deriva del sacerdote Sadoc de tiempos de David (2Sm 15:24,25). Es probable que ellos surgieran durante el reinado de Juan Hircano (siglo II AC), en el marco de la lucha que hubo entonces por el control del templo, y estaban ligados a las familias sacerdotales. No dejaron escritos acerca de sus doctrinas, por lo que sólo las conocemos indirectamente por lo que dicen el historiador Josefo y los evangelios. Ellos sólo reconocían al Pentateuco como escritura inspirada, y atribuían un valor a los demás escritos de lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento. No creían en la inmortalidad del alma y, en consecuencia, tampoco en la resurrección de los muertos (piedra angular de la doctrina de los fariseos), y menos en la existencia de ángeles y espíritus. Negaban la predestinación y la intervención de la providencia en los asuntos humanos, considerando que el hombre era libre en sus decisiones y responsable, por tanto, de su bienestar o infelicidad. Con la caída de Jerusalén y la destrucción del templo desaparecieron de la historia.
El partido de los fariseos, cuyo nombre deriva del hebreo parush, esto es, “separado”, parece tener su origen en los hasidim (piadosos) que se opusieron a la helenización de las costumbres impuesta por los reyes seléucidas, sucesores de Alejandro Magno. Ellos fundaron academias (yeshivas) para la instrucción de sus seguidores, y eran los líderes espirituales reconocidos del pueblo.
Ellos figuran en los evangelios como los principales opositores de Jesús, por su insistencia en querer imponer las reglas de pureza ritual válidas en el templo, a la vida ordinaria de los individuos, y por la multitud de normas adicionales con que limitaban la libertad de los individuos. Jesús denuncia su hipocresía al hacer alarde público de piedad, alargando sus mantos y ensanchando sus filacterias. Se opusieron a la rebelión contra los romanos el año 66, y fueron las primeros en hacer las paces con ellos. Con la caída de Jerusalén y la destrucción del templo el año 70, la academia de Yavné, bajo el liderazgo de Johanan ben Zakai, y la anuencia de los romanos, asumió la dirección de la supervivencia del judaísmo.


Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."



INVOCACIÓN: Me asombra la forma incauta e irresponsable como a veces los adultos, incluso en la iglesia, tratan a los niños pequeños de uno a tres años, como si fueran muñecos, con los que se puede jugar a su antojo. Los hacen bailar a la fuerza durante la alabanza, como si eso no los cansara, y ellos no quisieran otra cosa sino estar en brazos de su madre. Los zarandean con el pretexto de mecerlos, hacen temblar su cabecita inconscientes de las lesiones que los movimientos bruscos pueden causar a sus cerebros en formación; los levantan en alto por los pies sin tener en cuenta la sensación de inseguridad, o hasta de pánico, que eso puede producirles. En términos de comparación, ¿cómo se sentiría un adulto si fuera levantado por los pies por un gigante de siete u ocho metros de estatura? ¿No sentiría miedo? ¿No lo sentirá con mayor razón un pequeñuelo, por más que se haga jugando?
No porque sean pequeños pueden los niñitos ser tomados como juguetes, sino deben ser tratados con todo el cuidado que la fragilidad de sus cuerpecitos exige. ¡Padre, madre: No permitas que otras personas, aunque sean parientes o amigos, manipulen a tus pequeñuelos, porque sin querer pueden hacerles daño! Tú eres responsable ante Dios de su bienestar e integridad física.


#963 (19.02.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 13 de julio de 2018

DEFENSA DE PABLO ANTE EL PUEBLO II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
DEFENSA DE PABLO ANTE EL PUEBLO II
Un Comentario de Hch 22:12-29
Pablo continúa ante la multitud airada el relato de su conversión para explicar el cambio de su actitud frente a los seguidores de Jesús, al haber pasado de activo perseguidor a denodado apóstol suyo.

12,13. “Entonces uno llamado Ananías, varón piadoso según la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban, vino a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y  en aquella misma hora recobré la vista y lo miré.”
Enseguida Pablo relata cómo Ananías vino a verle de parte de Dios recalcando, para que tomen nota los que lo escuchan, que se trataba de una “varón piadoso según la ley”, que gozaba de buen nombre entre los judíos de la ciudad. Pero nada dice de cómo el Señor se le había parecido en visión a Ananías y cómo le había ordenado que fuera a buscarlo y le impusiera las manos para que recobrara la vista, ni menciona la resistencia que Ananías opuso inicialmente a cumplir ese encargo, dada la fama de perseguidor de los discípulos que precedía a Saulo (Hch 9:10-18).
 Sin embargo, cuenta cómo, llegado Ananías, él efectivamente, y a su sola palabra, recobró la capacidad de ver que había perdido.
14,15. “Y él dijo: el Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo (Nota 1), y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído.”
Pablo resume las palabras que Ananías le dirigió además de parte de Dios: Él te ha escogido, en primer lugar, para que veas y oigas al Justo (esto es, implícitamente, a Jesús resucitado y en gloria; y segundo, para que seas testigo ante todos los hombres de que Él está vivo. De esta manera Pablo recibe, por boca de Ananías, el encargo, o comisión, de Dios de predicar el Evangelio a los gentiles. Por eso él puede escribir en Gálatas que así como a Pedro le había sido confiado el Evangelio de la circuncisión, a él le había sido confiado el de la incircuncisión (Gal 2:7,8); y que él había recibido esa comisión no de hombre alguno, sino directamente de Dios (1:1).
16. “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.”
Las últimas palabras de su relato contienen una confesión de fe en la divinidad de Jesús, porque sólo el nombre de Dios puede ser invocado. Jesús había dicho una vez a un paralítico, para escándalo de los escribas y fariseos: “Tus pecados te son perdonados” (Mr 2:5). Jesús tiene el poder de perdonar los pecados, algo que sólo Dios puede hacer. Vale la pena notar que el bautismo era entonces la introducción a la vida cristiana, en la que el creyente hacía una confesión pública de fe en Jesús, a la vez que sus pecados le eran perdonados. (Mt 28:19; Mr 16:16; Hch 2:38; 8:12; 8:36-38; 9:18; 10:47,48; 16:30-33; 18:8; 19:4,5). Lamentablemente para muchos, con el paso del tiempo, el bautismo se ha convertido en un rito meramente simbólico, o en una mera formalidad.
Pero esta parte del relato de Pablo no suscitó en ese momento ninguna reacción airada de parte de sus oyentes que le seguían escuchando, quizá algunos atentamente, quizá otros intrigados, y otros, desconfiados y desafiantes.
17,18. “Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis. Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio acerca de mí.”
Pablo condensa en su relato los acontecimientos posteriores a su conversión, tales como su predicación en Damasco y su fuga de esa ciudad, así como su estadía en Arabia y su retorno a Damasco, de la cual vino a Jerusalén, y cómo los discípulos lo evitaban hasta que Bernabé, que había sido testigo de su obra en Damasco, lo trajo a los apóstoles y les habló a favor de él.
Pablo narra en este punto un acontecimiento importante que no figura en el relato que hace Lucas de su conversión y del inicio de su labor apostólica (Hch 9:26-30): el éxtasis que experimentó mientras oraba en el templo, y las palabras que Jesús le dirigió instándole a salir pronto de Jerusalén porque los judíos de la ciudad rechazarían su testimonio.
19-21. “Yo dije: Señor, ellos saben que yo encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban. Pero me dijo: Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles.”
En su diálogo con Jesús Pablo da como motivo del rechazo de su testimonio por los judíos, el que ellos hubieran sido testigos de cómo antes de su conversión, él era un furibundo perseguidor de los cristianos, y cómo él había aprobado el lapidamiento de Esteban (Hch 7:58). El cambio inesperado de actitud hacia los seguidores de Cristo que había experimentado Pablo era no sólo causa de que no aceptaran su testimonio, sino que, más allá de eso, explica el odio que sus connacionales concibieron contra él, al considerarlo un apóstata de la religión de sus mayores y un traidor a su patria.
Por lo mismo Jesús le reitera la comisión que ya le había dado cuando fue bautizado, de ir a predicar su nombre a los gentiles.
22-24. “Y le oyeron hasta esta palabra; entonces alzaron la voz, diciendo: Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva. Y como ellos gritaban y arrojaban sus ropas y lanzaban polvo al aire, mandó el tribuno que le metiesen en la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él.”
La multitud le había estado oyendo hasta ese punto, pero cuando le oyeron contar que el Señor lo enviaba a predicar a los gentiles, comenzaron a gritar indignados que Pablo debía morir.
¿Qué es lo que había de ofensivo para ellos en esa palabra? El pueblo judío mantenía una estricta separación con los no judíos que eran, a su entender, impuros por la vida pecadora que llevaban. Las normas y prescripciones alimenticias y de otro tipo de la ley, y de las tradiciones de sus mayores (es decir, lo que los fariseos habían agregado con el tiempo y que Jesús tanto criticó, la llamada “ley oral”) tenían por finalidad mantener esa estricta separación, que aun los creyentes de origen judío respetaban. Ese es el motivo del incidente de Antioquía que relata Pablo en Gálatas, causado por el hecho de que Pedro, que no tenía inconvenientes en comer junto con cristianos gentiles, se apartó de ellos cuando vinieron cristianos judíos de Jerusalén (Gal 2:11,13). Y explica también el reproche que le hicieron a Pedro los apóstoles y los hermanos en Jerusalén, de que hubiera entrado a casa de incircuncisos (el centurión Cornelio) y comido con ellos (Hch  11:1-3); así como su sorpresa de “que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida.” (11:18).
El pueblo judío consideraba que el mensaje de salvación, y el mandato que adorar a un solo Dios dado a Moisés, era sólo para ellos; que era algo que ellos no tenían por qué compartir con ningún otro pueblo. Ellos eran el pueblo elegido y ningún otro pueblo o nación tenía parte en sus privilegios.
Aunque los romanos en general despreciaban a los judíos, habían reconocido y aceptado sus costumbres peculiares, como la de descansar un día a la semana, y su negativa a rendir culto al emperador, a fin de preservar la paz en los territorios que hoy llamamos Palestina, donde vivía buena parte del pueblo judío, pues otra parte, quizá la mayoría, vivía dispersada en el imperio.
Al ver el alboroto que se estaba armando, el tribuno ordenó que metieran a Pablo rápidamente en la fortaleza, y mandó que, según la costumbre de entonces, le azotasen para que confesase porqué motivo la multitud estaba indignada contra él. ¿No había otra manera más justa de interrogarlo? Sí, pero ésa era la más rápida y efectiva.
25,26. “Pero cuando le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado? Cuando el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? Porque este hombre es ciudadano romano.”
Pablo, que en medio de la agitación había conservado la sangre fría, al ver con qué fin lo estaban atando, le preguntó al centurión encargado de cumplir las órdenes del tribuno: ¿No obras contra las leyes que protegen al ciudadano romano al querer azotarme sin que se haya pronunciado sentencia contra mí? Tengamos en cuenta que ésa era una práctica común que los romanos no dudaban en aplicar contra el común de los mortales. Pero el ciudadano romano estaba protegido; no se podía actuar con él de esa manera.
Pensemos: Los hombres de todos los tiempos han tendido a hacer distinciones entre una y otra clase de seres humanos, y dondequiera que ha habido dominación de un pueblo sobre otro, como era  el caso en los antiguos países coloniales, se han establecido privilegios para los dominadores. Sólo en tiempos recientes, y por influencia, -aunque no se quiera admitirlo- del cristianismo, se ha reconocido que todos los seres humanos gozan de los mismos derechos (2).
27-29. “Vino el tribuno y le dijo: Dime, ¿eres tú ciudadano romano? Él dijo: Sí. Respondió el tribuno: Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento. Así que, luego se apartaron de él los que le iban a dar tormento; y aun el tribuno, al saber que era ciudadano romano, también tuvo temor por haberle atado.”
En este corto diálogo entre el tribuno –cuyo nombre se revela después que era Claudio Lisias (27:23)- y Pablo, se mencionan las dos formas comunes cómo una persona podía acceder a la ciudadanía romana: Por nacimiento, o comprando ese derecho. La primera era superior a la segunda.
Pablo era ciudadano romano por nacimiento, habiendo nacido en una ciudad a una parte de cuya población, el imperio le había concedido un derecho comparable al de los oriundos de la misma Roma, esto es, que los descendientes de un grupo privilegiado, fueran al nacer automáticamente ciudadanos romanos. El tribuno confesó que él había tenido que pagar una fuerte suma para serlo.
Al enterarse de que Pablo gozaba del privilegio de la ciudadanía romana, se apartaron de él, y el propio tribuno temió que Pablo pudiera acusarlo de haberlo atado para azotarlo sin que hubiera sido condenado por un tribunal legítimo.
Pero ¿cómo podía Pablo alegar fácilmente que era ciudadano romano, y cómo así le creyó el tribuno tan fácilmente sin que le mostrara las pruebas? Era un delito grave alegar ser ciudadano romano sin serlo, y el tribuno debe haber pensado que Pablo no se arriesgaría a cometerlo. Por lo demás, él podría verificarlo fácilmente, si lo deseaba, pues todas las ciudades guardaban registros del nacimiento de sus habitantes.

Notas: 1. Jeremías 23:5,6 llama así al Mesías esperado, descendiente de David, que debía redimir a Israel. Esteban lo llama también así (Hch 7:52). ¿Y quién mejor que Jesús tiene derecho a ese título?
2. Hoy se habla mucho en el mundo, y en los organismos y foros internacionales, sobre los derechos humanos, sin ser conscientes de que los derechos humanos son un producto, o invención, del cristianismo, y que, estrictamente hablando, fuera del ámbito occidental cristiano, casi no se respetan, salvo por imitación, y la vida humana no tiene valor, siendo mirada como algo desechable.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#962 (12.02.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA LA VENTA.


jueves, 28 de junio de 2018

ARRESTO DE PABLO EN EL TEMPLO II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
ARRESTO DE PABLO EN EL TEMPLO II
Un Comentario de Hechos 21:26-36
Pablo accedió a la bien intencionada propuesta de Santiago y los ancianos de la iglesia de acompañar a los cuatro hombres que debían cumplir un voto de purificación en el templo,  para dejar en claro ante la multitud que él andaba ordenadamente cumpliendo la ley de Moisés, y desvirtuar de esa manera las acusaciones mal intencionadas que se le hacían en sentido contrario.
26. “Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando había de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos.”
Pablo se reunió entonces con esos hombres a quienes no conocía, y podemos suponer que se pondría a orar con ellos pidiendo perdón por sus pecados, y pidiendo a Dios que les concediera el motivo, o la petición, por la cual habían hecho voto de consagración.
Al día siguiente juntos se sumergirían en el pequeño estanque de purificación que había en el templo y en el cual se bañaban todos los que querían ofrecer sacrificios en el altar; hecho lo cual debían presentarse al sacerdote encargado de recibir ese día a los que tenían ofrendas o sacrificios que presentar al templo, y le informarían del próximo cumplimiento de los días de purificación. No tenemos información de fuente cristiana acerca de los detalles del rito de culminación del voto de nazareato, e ignoro si el Talmud consigna información al respecto.
¿Fue sabia la decisión de Pablo de seguir el consejo de Santiago y los ancianos? Lo menos que se puede decir es que fue imprudente, pues se recordará que, años atrás, él había tenido que huir de la ciudad pues los judíos griegos querían matarlo (Hch 9:29,30). De otro lado, por lo que sabemos, ninguno de los creyentes judíos que había en la ciudad asumió su defensa cuando fue acusado ante la multitud de profanar el templo. Pero el hecho es que, aunque bien intencionado, haber dado este paso le trajo pronto gravísimas consecuencias que cambiaron el rumbo de su ministerio y alteraron sus planes. ¿Podemos dudar, sin embargo, de que a través de todo ello, la mano de Dios seguía estando sobre él, protegiéndolo y conduciéndolo para cumplir el propósito para el cual él había sido llamado? En todo caso, el hecho es que en este punto empezaron las tribulaciones que Agabo había anunciado que Pablo enfrentaría en Jerusalén (Hch 21:10,11). 
27, 28. “Pero cuando estaban para cumplirse los siete días, unos judíos de Asia, al verlo en el templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, dando voces: ¡Varones israelitas, ayudad! Éste es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido a griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar.”
Para mala suerte de Pablo con él coincidieron en el templo –en el llamado atrio de Israel, al cual podían entrar todos los varones israelitas, aunque no fueran sacerdotes o levitas, pero no los gentiles- unos judíos de la provincia de Asia, de esos que sabemos que se la tenían jurada a Pablo. Ellos, al verlo, se abalanzaron sobre él, y comenzaron a gritar a la multitud que se encontraba en ese momento en el templo, y que debe haber sido numerosa, porque se estaba celebrando la Fiesta de las Semanas, o Pentecostés (Shavuot), que convocaba a mucha gente: ¡Vengan, vengan! Y lanzaron contra él la terrible acusación de que él enseñaba a los judíos de la diáspora a abandonar la ley de Moisés y las costumbres ancestrales.
Ya hemos visto en el artículo anterior que esta acusación era falsa. Lo que Pablo enseñaba era que los gentiles que se convertían a Cristo no tenían necesidad de guardar la ley de Moisés, como sostenían los judaizantes. Es decir, no tenían necesidad de circuncidarse y hacerse judíos. Pero él no enseñaba a los judíos convertidos que abandonaran la ley de Moisés con sus normas y sus prácticas.
Para agravar las cosas, lo acusaron de haber profanado el templo introduciendo en el atrio de Israel a griegos (Nota 1), es decir, a no judíos, cuyo acceso a ese recinto interior les estaba estrictamente prohibido.
Para comprender la gravedad de esas acusaciones debe tenerse en cuenta que en las entradas de ese atrio había trece estelas, o placas de piedra, que llevaban grabada la siguiente advertencia en griego o en latín: “Ningún gentil puede entrar en la balaustrada y en el recinto que rodea el santuario. Quien quiera que sea sorprendido violando esta disposición será responsable de su propia muerte”.
Según el historiador Josefo los romanos habían concedido a los judíos el derecho de condenar a muerte por esta profanación aun a los que fueran ciudadanos romanos. Es decir, les permitían pasar por encima de la protección automática que el imperio otorgaba a sus ciudadanos.
Es muy interesante constatar este sentido de separación como pueblo elegido que tenían los judíos, una separación que implicaba un sentimiento de superioridad. Es posible que Pablo se refiriera a esa barrera de separación cuando escribió en Efesios: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (2:14). Cristo, en efecto, sostiene Pablo, hace de todos los pueblos uno solo, borrando todas las barreras de separación, o de diferencia, así como igualmente borra las diferencias entre judío y griego, esclavo y libre, varón y mujer (Gal 3:28), incorporando a todos los que creen en Él, sin distinción ni discriminación alguna, en el Israel de Dios (Gal 6:16).
29. “Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, de Éfeso, a quien pensaban que Pablo había metido en el templo.”
El motivo de su acusación era obviamente un malentendido nada inocente, porque el que odia está dispuesto a ver pecados donde no lo hay. Ellos habían visto a su conocido, al griego Trófimo (2), con Pablo en la ciudad, y dedujeron equivocadamente que Pablo lo había llevado consigo al interior del templo con los cuatro nazareos que cumplían el rito de purificación.
30. “Así que toda la ciudad se conmovió, y se agolpó el pueblo; y apoderándose de Pablo, lo arrastraron fuera del templo, e inmediatamente cerraron las puertas.”
Al escuchar los gritos de los acusadores de Pablo una marea de agitación se extendió por la ciudad llena de peregrinos, que acudieron presurosos al templo. La multitud cogió a Pablo y lo arrastró fuera del atrio de Israel, donde no podían matarlo, e inmediatamente cerraron todas las puertas de acceso para impedir que ningún gentil intruso pudiera profanarlo con su presencia, o que Pablo, escabulléndose, pudiera refugiarse ahí.
31, 32. “Y procurando ellos matarlo, se le avisó al tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalén estaba alborotada. Éste, tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos. Y cuando ellos vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.”
Los que han leído los capítulos 6 y 7 de este libro recordarán cómo, años atrás, la multitud exaltada y llena de odio se apoderó del diácono Esteban, porque predicaba a Cristo en el templo, y llevándolo fuera de la ciudad, lo mataron apedreándolo, mientras que Pablo, que era entonces un joven fariseo, guardaba las ropas de los que apedreaban, y aprobaba lo que ellos hacían (Hch 7:58-60).
Es curioso que ahora Pablo se encuentre en una situación semejante y, en el mismo lugar: la multitud amenazaba lincharlo. Felizmente alguien avisó al tribuno que comandaba una cohorte de soldados que estaban estacionados en la torre Antonia, que se elevaba a un lado del templo, (3), y él acudió presuroso con los gendarmes que tenía a sus órdenes. Éstos no serían pocos, sino quizá unos 200 o más, porque el texto dice que lo acompañaron centuriones que, podemos pensar, serían por lo menos dos, teniendo cada uno a sus órdenes cien hombres.
Al verlos, la multitud cesó de golpear a Pablo por temor de que pudieran ser acusados de matar a un hombre sin previo juicio.
33-36. “Entonces, llegando el tribuno, lo prendió y lo mandó atar con dos cadenas, y preguntó quién era y qué había hecho. Pero entre la multitud, unos gritaban una cosa, y otros otra; y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, lo mandó llevar a la fortaleza. Al llegar a las gradas, aconteció que era llevado en peso por los soldados a causa de la violencia de la multitud; porque la muchedumbre del pueblo venía detrás, gritando: ¡Muera!”
El tribuno mandó enmarrocar a Pablo con dos cadenas y trató de averiguar en la multitud quién era este sujeto, y qué era lo que había hecho que justificara la furia desatada contra él.
Pero dado lo exaltado de la gente, en la que unos decían una cosa, y otros, otra, le fue imposible llegar a una conclusión razonable acerca de la ofensa cometida por el prisionero. De modo que ordenó llevarlo a la fortaleza, tarea nada fácil porque la gente se agolpaba y quería arrancar a Pablo de manos de los soldados. Entonces no les quedó otro recurso a éstos que cargar a Pablo sobre sus hombros para protegerlo de los exaltados, e introducirlo en la torre sano y salvo, mientras que la masa furiosa pedía a gritos que Pablo fuese muerto. Él los había herido en lo más profundo de sus sentimientos religiosos y patrióticos al introducir, como pensaban, a un extranjero impuro en el lugar santo que veneraban. Notemos, de paso,  cómo la multitud exaltada pedía la muerte de Pablo, así como años atrás había pedido la muerte de Jesús (Mt 27:22,23).

Notas: 1. Herodes el Grande hizo demoler la mayor parte del templo construido por Zorobabel en el siglo VI, para construir, a partir del año 19 AC, uno nuevo cuya grandiosidad asombrara al mundo y, en efecto, logró su propósito, pues el templo de Jerusalén llegó a ser considerado una de las maravillas del mundo.
Consistía en un cuadrilátero semitrapezoidal, en cuya esquina noroeste estaba la fortaleza llamada la Torre Antonia. En el lado este, de 370 m. de largo, según datos proporcionados por Ernesto Trenchard (Comentario a los Hechos de los Apóstoles) –basados, a su vez, en la descripción del templo hecha por Josefo- estaba el Pórtico de Salomón, con su doble columnata de mármol, donde con frecuencia Jesús enseñaba (Jn 10:23), y donde los apóstoles solían reunirse con frecuencia para orar (Hch 5:12). En el lado sur, de 280 m. de largo, estaba el Pórtico Real, aun más lujoso que el anterior. La enorme explanada interior estaba ocupada por el Atrio de los Gentiles, adonde acudía muchísima gente, y que en un momento dado estuvo ocupado por los mercaderes y cambistas que fueron expulsados por Jesús (Mt 21:12,13). Hacia el lado norte estaba el tabernáculo propiamente dicho, de forma rectangular, que estaba orientado de este a oeste, y cuyos lados medían respectivamente 250 m. y 115 m. Al Atrio de las Mujeres se ingresaba por la puerta llamada La Hermosa, o de Nicanor (porque fue donada por un judío rico de Alejandría que se llamaba así), a la que se accedía por una escalinata de 14 escalones. Otra escalinata de 15 escalones semicirculares permitía subir al Atrio de Israel, que circundaba al Atrio de los Sacerdotes, y donde estaba el Santuario con el altar de los sacrificios, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. El templo estaba constituido pues por plataformas sucesivas cada vez más altas. Las paredes del Santuario estaban cubiertas de planchas de mármol blanco y oro, cuyo fulgor al reflejar la luz del sol cegaba la vista.
Sin embargo, no podemos dejar de notar que Herodes el Grande había reconstruido el templo de Jerusalén, no para la gloria de Dios, sino para la suya propia, y para ganarse la buena voluntad de los judíos, que objetaban que él fuera idumeo y no israelita. Por su lado, los sacerdotes que en él oficiaban estaban ciegos a la acción de Dios, pensando más en su propio beneficio que en dar la gloria debida a su Creador.
2. Trófimo era un cristiano gentil de Éfeso, que se unió a Pablo después del alboroto en esa ciudad, y lo acompañó en su viaje a Macedonia y Grecia. Cuando Pablo decidió ir a Siria, Trófimo y Tíquico se le adelantaron y lo esperaron en Troas (Hch 20:4,5). Él era posiblemente uno de los delegados de las iglesias de Asia escogidos para llevar la colecta para los santos de Jerusalén, que Pablo había juntado (1Cor 16:3,4), y por eso andaba con él. En 2Tm 4:20 –que es posiblemente la última carta escrita por Pablo- él dice que dejó a Trófimo enfermo en Mileto. No se tiene otras noticias de él.
3. La Torre Antonia era una fortaleza reconstruida por Herodes el Grande, sobre la antigua torre Baris de los Macabeos. Estaba situada en la esquina noroeste del templo. En ella se alojaba la guarnición romana y, a la vez, servía de residencia al procurador cuando se encontraba en Jerusalén.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#960 (29.01.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).