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miércoles, 7 de septiembre de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II a

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II a

Amar, no sólo de palabra sino de obra incluye necesariamente ser responsable. Una persona irresponsable, no podrá verdaderamente llevar su amor a la práctica beneficiando a los que ama, sino que, más bien, sin quererlo, perjudicará inevitablemente con sus actos los intereses, o los sentimientos de las personas que lo rodean, de sus conocidos, amigos y parientes (sin hablar de los que le son desconocidos), porque obrará de cualquier manera y sin tener en cuenta las consecuencias de sus acciones.


jueves, 19 de mayo de 2022

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I b

EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I b

Al que carece de sentido de Responsabilidad, sea hombre o mujer, le decimos "irresponsable". Irresponsable es la persona a la que no le importa cómo hace o ejecuta las cosas que le han encargado, o que debe llevar a cabo por su posición en la vida. El libro de los Proverbios lo llama "necio", y dice que "como el que se corta los pies y bebe su daño es el que envía recado por medio de un necio," (26:6) aunque, obviamente, la irresponsabilidad no agota el significado de esa palabra.

miércoles, 23 de marzo de 2022

EL SECRETO DEL DINERO I

EL SECRETO DEL DINERO I

Eso que compras lo pagas con un pedazo de tu tiempo y de tus energías, que ahora se han convertido en billetes. Y como tu vida es limitada, porque algún día has de morir, y tus fuerzas también lo son, porque algún día flaquearán, lo estás pagando con algo de ti mismo que es irreemplazable, que nunca volverá y que entregas para siempre.


jueves, 16 de diciembre de 2021

"SABIOS EN CIENCIA" - EL LIBRO DE DANIEL HABLA A LOS JÓVENES V


"SABIOS EN CIENCIA" 

EL LIBRO DE DANIEL HABLA A LOS JÓVENES V

Ahora estás en la edad de adquirir conocimientos que te sean útiles para triunfar; eso depende de cómo utilizas tu tiempo ahora. ¿Cómo lo empleas?

De cómo uses el tiempo depende cuánto avances en la vida. El tiempo es, por así decirlo, la materia prima de la vida.

A medida que pasan las horas, a medida que avanza el minutero, se te va la vida.

Recuérdalo: usa el tiempo bien.


miércoles, 6 de enero de 2016

PARÁBOLA DE LOS DOS DEUDORES

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PARÁBOLA DE LOS DOS DEUDORES
Un Comentario de Mateo 18:23-35
Esta bella parábola, con la que Jesús ilustra la enseñanza acerca del perdón que acaba de dar (Véase el artículo anterior, "Cómo se Debe Perdonar al Hermano" No. 883 del 31.05.15), contiene una bella enseñanza sobre la necesidad de perdonar a los que nos ofenden. Indirectamente habla también acerca de la redención.
Por una curiosa circunstancia la publicación de éste y el artículo anterior ha coincidido con unas preciosas enseñanzas recibidas en la iglesia sobre el tema del perdón. Como puede verse, sin embargo, el enfoque de mis artículos es diferente, siendo básicamente expositivo e histórico.
23. "Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos."
Jesús compara a su Padre con un soberano terreno que ajusta cuentas con sus administradores. Eso nos hace pensar en Dios como un juez delante de cuyo tribunal todos los seres humanos tendremos que comparecer algún día para darle cuenta de toda nuestra vida y de lo que hicimos, bueno o malo, con ella, y con los dones y talentos que nos fueron asignados. Como escribe Pablo: "todos compareceremos ante el tribunal de Cristo." (Rm 14:10, cf 2 Cor 5:10), y también: "cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí." (Rm 14:12).
¿Quiénes son los siervos en la parábola? Son los administradores, o mayordomos, que los reyes solían poner al frente de sus asuntos, negocios y propiedades, a fin de que los administraran para obtener de ellas el  mayor beneficio posible para su soberano, al mismo tiempo que recibían una parte de los beneficios como remuneración.
24. "Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos."
He aquí pues uno que, sea porque había sido negligente en su administración, sea porque había tomado para sí una parte excesiva del beneficio que correspondía a su señor, le adeudaba una suma sumamente alta. Un talento equivalía aproximadamente a 21 Kg de plata; 10 mil talentos alcanzaban a 210 mil kilos, una suma exorbitante. Y si se tratara de oro, el importe sería muchísimas veces mayor.
25. "A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda."
Era costumbre en aquellos tiempos que cuando una persona incurría en deudas que no podía pagar, se le vendiera a él, a su esposa e hijos, incluyendo sus posesiones, como esclavos, para reembolsar el monto adeudado. (Nota 1) Esa venta significaba en la práctica que la familia fuera destruida, con el marido, la mujer y los hijos separados, porque eran vendidos a diferentes compradores. (2).
26. "Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo."
Puesto ante esa terrible amenaza el siervo le pidió al rey que le diera tiempo para recabar todas las sumas que debía entregarle como fruto de su administración, suplicándole que no vendiera a los suyos, ni lo separara de su mujer e hijos. ¿Pero era sólo paciencia y tiempo lo que él necesitaba? Él necesitaba una  gracia mucho mayor. Pero, primero que nada, necesitaba arrepentirse, porque él sólo había pedido tiempo para pagar, pero no le había pedido perdón a su señor por haberle defraudado.
27. "El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda."
El rey, que era un hombre de corazón magnánimo, se compadeció de la situación de su siervo negligente, porque en lugar de concederle el plazo que le pedía para pagarle, yendo más allá de lo solicitado, le perdonó  toda la deuda. ¡Quién haría algo semejante sino Dios!
La gracia excepcional recibida debió haber cambiado su corazón, y de avaro como había sido, debió haberse vuelto generoso y compasivo. No fue el caso como vemos a  continuación.
28. “Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes."
Sin embargo, el siervo que había sido liberado del peso de su enorme deuda por la misericordia de su señor, se encontró con un colega suyo que le debía una cantidad mucho menor, esto es, el salario de cien días de un obrero, una suma de cierto valor, pero insignificante comparada con la que a él le había sido perdonada. Y el  mal hombre, olvidando el enorme beneficio que había recibido, se abalanzó sobre su consiervo, y casi  ahorcándolo, le exigió que le pagase lo que le debía. ¡Qué diferencia de comportamiento tan grande! Actuó de manera completamente opuesta al trato que había recibido.
29,30. "Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda."
El pobre hombre, imitando la actitud que su colega había tenido con el rey, se echó por tierra humildemente, y le rogó que le diera un plazo para que pudiera cumplir con su obligación. Posiblemente le enumeró también  las razones por las que, a pesar suyo, hasta ahora no había podido pagarle.
Pero el miserable acreedor no quiso escuchar su clamor, sino que, endureciendo su corazón, fue a acusarlo ante los tribunales, y obtuvo que echaran a su deudor a la cárcel. Eso puede sorprendernos, pero en esa  época no era inusual que la gente fuera echada en prisión por deudas impagas. Las leyes eran tan inmisericordes como el corazón de los hombres.
Cabe entonces preguntarse: Si estaba en la cárcel, ¿cómo podía pagar su deuda? Suponemos que pidiendo a los suyos que vendan todo lo que tengan en casa para reunir el dinero necesario, o que soliciten a amigos y  parientes una ayuda para cumplir con su obligación monetaria.
Notemos que el siervo inicuo no quiso tratar a su deudor con la misma compasión con la cual él había sido tratado, y ni siquiera le quiso acordar el plazo para pagar que él le había pedido al rey.
31. "Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado."
Cuando los consiervos del pobre deudor se enteraron de lo que había pasado se afligieron y, sin duda, también se indignaron, porque fueron a denunciar el hecho al rey, seguros de que éste, siendo un hombre justo, se indignaría tanto como ellos. Y así sucedió efectivamente.
32,33. "Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?"
El rey, enfurecido, no podía menos que echarle en cara su comportamiento al siervo inmisericorde,  recordándole lo generoso que él había sido cuando, accediendo a sus súplicas de concederle un plazo, le  había perdonado la enorme deuda que le debía, algo que él no se había atrevido a pedir.
Si yo he sido compasivo contigo ¿no debías tú serlo también con quien te debía una cantidad muchísimo  menor? Si tú me guardas un ápice de respeto ¿mi conducta contigo no debía servirte de modelo de actitud frente a tu colega?
Aquí Dios nos dice: "Yo te he perdonado la deuda infinita que habías contraído conmigo a causa de tus pecados, ¿y tú no eres capaz de perdonar la pequeña deuda que tu hermano ha contraído  contigo al ofenderte?" El que ha recibido misericordia ¿no debe, a su vez, mostrar misericordia?
34,35. "Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, (3) hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas."
El rey pues, finalmente, revocó la sentencia misericordiosa que había pronunciado primero, y le aplicó la sentencia más dura a su disposición: Que sea entregado a los cobradores más exigentes y severos a causa de su mal corazón, para que lo atormenten hasta que pague el último centavo adeudado. El hombre pasó de  tener toda su deuda remitida, a tenerla toda exigida y, ahora sí, sin compasión alguna. Él había sido librado de la cárcel por la compasión del rey, pero como no quiso ser a su vez compasivo con su consiervo, él mismo se echó en la cárcel. La misma justicia dura que él quiso aplicar a su colega, le fue aplicada a él.
No hay peor prisión que la del corazón que no perdona. El rencor que guardamos a los que nos han ofendido nos atormenta a nosotros, no al que ofendió, y puede incluso enfermarnos. La verdadera libertad de la cárcel del rencor en que tendemos a encerrarnos se alcanza sólo perdonando de todo corazón a los que nos han ofendido.
Jesús concluye la parábola diciendo: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas."
Tal como vosotros hagáis con las personas que os ofendan, así obrará mi Padre con vosotros. Si no estáis dispuestos a perdonar, tampoco hallaréis perdón en la  corte celestial. Jesús lo dijo: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia." (Mt 5:7)
No debe sacarse, sin embargo, conclusiones equivocadas de la parábola, como algunos han hecho, en el sentido de que Dios, como hizo el rey, puede revocar el perdón ya concedido al pecador. Una vez perdonados los pecados, lo están para siempre. Pero otra cosa es cuando el pecador fuera reincidente, y no mostrara  arrepentimiento. Si los pecados viejos le fueron perdonados, los nuevos no lo serán, si no se arrepiente.
De otro lado, ésta no es más que una parábola, es decir, un relato que ilustra una enseñanza. Si al perdonar al siervo que le debía una enorme suma el rey hizo un gesto de una generosidad excesiva, porque él no conocía el corazón del mal siervo, y no podía prever cómo el mal siervo se comportaría con su colega, Dios conoce perfectamente nuestros corazones y sabe muy bien cómo nos comportaremos ante cada situación que enfrentemos.
Esta parábola es, en el fondo, un desarrollo en forma de narración, de una de las peticiones del Padre Nuestro y de la explicación que sigue: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". (Mt 6:12) Notemos que en el idioma arameo que hablaba Jesús una misma palabra significaba  deuda y pecado, reflejando el hecho básico de que, al pecar, el hombre contrae una deuda con Dios. "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". (Mt 6:14,15).
Hay otras escrituras que expresan pensamientos afines: "Con la medida con que midáis, os será medido" (Lc 6:38); y "Trata a los demás como tú deseas ser tratado". (Lc 6:31). Pablo expresa el mismo pensamiento: "...perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros." (Col 3:13).
La parábola contiene, por lo demás, una enseñanza valiosa acerca de la relación que existe entre la redención y la compasión que debemos mostrar con el hermano que nos ofende. No hay nada que el hombre pueda  hacer para expiar la culpa de sus pecados, pues constituyen una deuda inmensa e impagable. Pero Dios, consciente de nuestra incapacidad, cuando le pedimos perdón sinceramente, nos perdona por pura gracia, porque Jesús, al morir en la cruz por nosotros, expió todas nuestras culpas y canceló nuestra deuda.
Si Dios se porta así con nosotros, ¿cómo debemos nosotros comportarnos con nuestro prójimo? Al que mucho se le concede, dijo Jesús, mucho se le demanda (Lc 12:48). Si Dios te perdonó una deuda tan grande ¿no debes tú, aunque te cueste, perdonar la pequeña deuda (comparativamente hablando) que te debe tu prójimo?
Notas: 1. La ley mosaica permitía que se vendiera a alguien como esclavo si no podía hacer restitución de lo robado (Ex 22:3 cf Is 50:1) aunque después el profeta Amos (Am 2:6; 8:6) y Nehemías (Nh 5:4,5) denunciarían esa práctica. Cabe preguntarse ¿cómo es posible que la ley de Dios autorizara esa costumbre inhumana que era común entre las naciones entonces, e incluso bajo la ley romana? Como dijo Jesús alguna vez, por la dureza de sus corazones Dios permitía algunas cosas. Él expresaba de esa manera su condena del hurto. También autorizaba la ley que, si un hombre empobrecía, se vendiera a otro israelita, pero no como siervo, sino sólo como criado, y que en el año del Jubileo él y sus hijos recuperaran su libertad y sus posesiones (Lv 25:39-41). Véase en 2R 4:1-7 el episodio del aceite de la viuda donde el acreedor se iba a llevar a sus dos hijos.
2. Como podemos enterarnos por los diarios, esa práctica salvaje subsiste todavía en el Medio y Cercano Oriente.
3. Basanistais, es decir, atormentadores.
Amado lector: yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#884 (07.06.15) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú.18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 26 de septiembre de 2014

MATRIMONIO Y PRESUPUESTO

Pasaje tomado de mi Libro
Matrimonios que Perduran en el Tiempo
Matrimonio y Presupuesto
Los maridos deben confiar el presupuesto doméstico a su mujer. A muchos
peruanos no les gusta eso y quieren mantener el control del dinero siendo ellos quienes manejen el gasto diario. Es humillante para la mujer estarle pidiendo dinero constantemente al marido para los gastos diarios. ¿Cómo puede ella amarlo si la humilla? En cambio, el marido honra a su mujer confiándole la administración del dinero destinado al mantenimiento del hogar (o administrándolo conjuntamente con ella), porque la mujer maneja el presupuesto familiar mejor que el hombre, siendo ella por naturaleza ahorrativa y el hombre gastador. 
[Estos párrafos están tomados de mi libro “Matrimonios que perduran en el tiempo” (Vol II, por publicar) Editores Verdad & Presencia. Av. Petit Thouars 1191, Santa Beatriz, Lima, tel. 4712178.]


miércoles, 2 de julio de 2014

¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? III

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? III
Un Comentario del Salmo 8:6-9
Continuamos con el comentario del versículo 6 de nuestro salmo, pero extendemos la
exposición a los dos versículos siguientes, el 7 y el 8, que junto con el primer nombrado, dicen así:
“Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies; ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar.”
Es comprensible que al hablar de los animales sobre los cuales Dios le dio al hombre dominio, el salmo mencione en primer lugar a las ovejas y a los bueyes, puesto que David, su autor, era pastor y esos animales eran los que tenía más cerca. Luego menciona a las bestias del campo, por lo que podemos entender que alude a otros animales de los que el hombre se sirve –y se servía con más intensidad en otras épocas- como el asno, la mula y los camellos, que están sujetos al hombre.
Menciona asimismo las aves del cielo, algunas de las cuales caza y convierte en alimento, así como también los peces del mar, que los hombres pescan con anzuelos y redes, y ahora incluso, con grandes embarcaciones. La pesca, como bien sabemos, es una actividad inmemorial que proporciona alimento a una buena parte de la humanidad. Recordemos que algunos de los discípulos de Jesús eran de profesión pescadores. Por eso Él pudo decirles al llamarlos: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4:19).
¿Qué comprende la frase: “todo cuanto pasa por los senderos del mar.”? ¿Los tiburones, las ballenas, y otros peces grandes como el delfín? ¿Por qué no? El hombre ha aprendido a pescarlos y a utilizar la grasa y otros elementos de su cuerpo, además de su carne. Hay también quienes interpretan esa frase como aludiendo a las embarcaciones de todo tipo que el ingenio del hombre ha inventado, y que surcan los mares, e incluso, navegan sumergidos.
Entre las bestias del campo pueden estar incluidos también las fieras salvajes, como el tigre y el león, de los que él ha aprendido a defenderse para que no le hagan daño, y a los que en una ocasión el poder de Dios cerró la boca (Dn 6:22).
Los tres versículos que hemos citado describen la posición que Dios le dio al hombre al crearlo, dándole dominio sobre la creación. Con ello Dios le estaba mostrando el gran amor que le tenía. Todas las riquezas de la tierra han sido reservadas para su uso y su beneficio. Es por la Providencia de Dios que los caballos y los bueyes y otros animales le prestan su fuerza; que las ovejas, y los camélidos producen lana para que se vista y se abrigue; que los ganados le proporcionen carne y leche; que los campos producen alimento forraje; y que las fuerzas de la naturaleza, como la electricidad, las ondas electromagnéticas y la luz, estén a su servicio, le ahorran esfuerzo y le permitan comunicarse con quienes están a miles de kilómetros de distancia. ¡Con cuánto amor y gratitud debe el hombre corresponder a estas muestras de la benevolencia de Dios!
Sin embargo Hebreos 2:8 al citar el versículo 6 de este salmo, ha dicho que no todas las cosas están sujetas al hombre, lo cual es muy cierto, porque el viento y el mar no le obedecen. ¿Quién es el hombre, o la mujer, en efecto, que pueda pararse en la playa y ordenarle al mar: “Oye, ya basta, ya no tengas olas; quiero que te estés quieto. ¿Has oído?” ¿Le obedecerá el mar? Y si hay un viento muy fuerte, ¿dónde está el hombre que se ponga de pie y le diga: “Oye viento, ya para, detente. Me estás dando frío. Deja ya de soplar?” ¿Le obedecerá el viento? No existe. No hay ser humano que pueda hacer eso.
Sin embargo hay uno a quien el mar y los vientos sí le están sujetos. Por eso en una ocasión ordenó que se calmaran y le obedecieron. ¿Recuerdan ese episodio? El Maestro y sus discípulos estaban en una barca atravesando el lago de Genesaret, y Jesús se había quedado dormido. Como era un lago grande y soplaba un fuerte viento, las olas amenazaban hundir la barca. Entonces los discípulos asustados lo despertaron diciéndole: “¡Jesús nos hundimos, nos hundimos! ¿No te preocupa?” Jesús se levantó entonces y mandó a los vientos y al mar que se calmen. Y enseguida sobrevino una gran calma. Sus discípulos se quedaron asombrados, diciéndose: “¿Quién es éste a quien los vientos y el mar obedecen?” (Mt 8:23-27; Mr 4:35-41; Lc 8:22-25).
Vemos pues que sí hay Uno a quien los vientos y el mar obedecen, Uno que fue hecho durante un tiempo un poco inferior a los ángeles a causa de los padecimientos de la muerte, pero que una vez resucitado, es superior a todos ellos; Uno de quien también se dice que todas las cosas fueron puestas bajo sus pies; y de quien dice además Efesios: “Y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef 1:22,23).
¿De quién está hablando? De Jesús. De manera que este salmo que comentamos, como hemos ya visto en el artículo anterior, también es aplicable a Él, a nuestro Redentor, a nuestro hermano mayor, porque, después de haber sido coronado de espinas, Él ha sido realmente y sin exageración, coronado de gloria y de honra en recompensa a los padecimientos a los cuales se sometió voluntariamente para reconciliar al hombre con Dios.
Jesús tiene efectivamente dominio sobre todas las cosas sin excepción, no solamente en la tierra, sino también en el cielo y en el infierno (Flp 2:10), como muy bien explica Pablo en 1Cor 15:24-28.
Por eso mismo podemos también ver cuán grande fue su humildad, porque no solamente se hizo inferior a los ángeles, sino que, sin dejar de ser Dios, tomó apariencia de siervo haciéndose semejante a nosotros al tomar forma humana, como dice Filipenses en el capítulo 2. Y a pesar de que todos los ángeles le adoran, aceptó durante un tiempo ser un poco menos que ellos, y ser como uno de nosotros, y estar sometido a las mismas limitaciones que nosotros.
Dios le dio al hombre dominio sobre todas las cosas y las puso bajo sus pies; es decir, en rigor, sobre casi todas las cosas, porque ciertamente el hombre ha dominado la naturaleza en medio de la cual vive, pero aún le quedan muchos campos por dominar, y a medida que descubre más cosas, constata que todavía le quedan muchas más por descubrir. Ha dominado las fuerzas de la naturaleza y ahora puede volar aunque no tiene alas, y puede remontarse hasta la luna. Puede permanecer debajo del mar durante bastante tiempo, aunque no tiene agallas para respirar como los peces, y puede moverse con facilidad en el agua, aunque no tiene aletas. Puede hacer cosas extraordinarias, antes inimaginables. Sin embargo ese mismo hombre que todo lo domina, se vuelve siervo de las cosas y objetos materiales que él mismo con su ingenio ha creado y produce en masa, y las convierte en ídolos a los cuales adora y detrás de los cuales corre desesperado. Se convierte realmente en su esclavo.
Lo vemos alrededor nuestro. Compran un automóvil que les ha costado bastante dinero. Lo cuidan, lo acariñan, lo quieren como si fuera un ser humano, y ponen todo su cuidado en mantenerlo limpio y en perfecto estado. Y si por casualidad se raspa un poquito buscan todos los medios para limpiar la raspadura. ¡Y ay, ay, ay! no vaya a ser que lo choquen. (No quiero ser hipócrita. Yo también cuido mi carro con esmero. Sobre todo debajo del capó para que dure)
Adoramos las cosas y los objetos que tenemos. Hay personas que tienen colecciones de relojes, o de porcelanas, y los adoran como si fueran la última maravilla. No digo que no tengan valor; son objetos artísticos que adornan la vida y algunos son muy bellos. Pero son cosas finalmente que el hombre ha hecho con sus manos, o con herramientas, como fabricaba antaño ídolos de madera o metal delante de los cuales se inclinaba, meras cosas y objetos inanimados, y por ellos el hombre descuida lo que es importante.
Entonces uno puede realmente preguntarse: ¿Qué cosa es el hombre para que Dios se acuerde de él? ¿Qué es esta criatura que recibió tantos favores de Dios y que en un momento de locura le da la espalda? ¿Qué es este hombre para que tengas compasión de él cuando sólo merece tu castigo? Porque tú, Señor, te has inclinado hacia el hombre y lo has levantado de la cloaca en que se revolcaba, y lo has limpiado de toda suciedad con tu sangre, y le has infundido tu Espíritu. ¿No se puede decir acaso eso de nosotros, que nos sacó de la cloaca, del muladar en que vivíamos con nuestros pecados? Pero Él nos ha levantado, nos ha sacado de la miseria en que estábamos, de la ignominia, de la vergüenza, de la desesperación y nos ha limpiado con ese líquido, con ese detergente espiritual maravilloso que es la sangre de Jesús, y ahora estamos limpios, inmaculados, libres de toda mancha al habernos justificado. Y algún día nos vamos a presentar delante de Él para ser juzgados.
A.B. Simpson escribió: “La raza humana no ha alcanzado aún la victoria, pero la Cabeza de la raza sí la ha alcanzado, y donde Él está, ahí estaremos nosotros; y como Él es, así seremos nosotros.”
Nuestro salmo termina repitiendo la frase inicial. “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!” (v. 9). Y es muy justo que lo haga, porque su grandeza es para nosotros insondable, más grande de lo que el hombre pueda concebir. Sin embargo, este Dios inmenso está más cerca de nosotros que nuestro propio aliento, pues lo tenemos dentro de nosotros, y ahí está para escucharnos como Padre amante, para atender a la menor de nuestras súplicas y aliviar la menor de nuestras penas y preocupaciones. Este Dios inmenso que no cabe en el universo entero está en nuestro pecho. ¿Podemos imaginarlo? El Creador de todo lo que existe está dentro de nosotros. Y Él vigila y dirige nuestros pasos, los pasos de todos aquellos que le temen y elevan su pensamiento a Él.
Decir que “elevan su pensamiento a Él” es una manera de hablar, porque sólo necesitamos pensar en Él para contactarlo en nuestro interior. No obstante, la expresión es muy justa, porque al pensar en Dios nuestro pensamiento se eleva, deja lo cotidiano y terreno, y se remonta a las regiones del Espíritu.
¿Qué cosa tenemos que hacer entonces? Adorarle con todo el fervor que Él se merece, con toda la admiración que su majestad reclama, y darle toda la gloria que podamos con nuestra boca, con nuestros labios, rindiéndonos a Él y diciéndole: “Señor, yo soy tuyo, todo lo que soy te pertenece. Tú me has hecho para un destino glorioso, aunque ahora parezca que estoy limitado, porque tengo un cuerpo que tiene sus fallas, sus deficiencias y sus debilidades, debido a la edad. Pero algún día tendré un cuerpo de gloria como el cuerpo de Jesús resucitado, que atravesaba las paredes y era incorruptible. Y no habrá ninguna enfermedad, ninguna dolencia, ningún dolor que me impida gozar de la presencia de Dios para siempre. Amén.
NB. El presente artículo, así como los dos anteriores del mismo título, están basados en la grabación de una charla dada recientemente en el ministerio de la Edad de Oro.
Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#834 (15.06.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

martes, 7 de mayo de 2013

EL SECRETO DEL DINERO


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.

EL SECRETO DEL DINERO

La gente no sabe lo que es el dinero. Los economistas tampoco saben realmente lo que es el dinero, aunque lo estudian. Porque lo que el dinero es, es un secreto. Un secreto en verdad muy sencillo.  Pero tan sencillo que permanece ignorado.
Si tú eres funcionario, o empleado u obrero, cuando llega el fin de semana, o de la quincena, o del mes, tu empleador te entrega unos billetes, o un cheque, o te abona determinada suma en tu cuenta. Es decir, te paga tu salario. Pero no lo hace por tu linda cara, o porque tú le caigas simpático.
Él no se dice: "¡Qué bien me cae este muchacho! ¡Qué simpático es! Le voy a regalar unos cuantos billetes para que esté contento y siga viniendo a mi compañía."
No. Él te paga tu sueldo porque tú has realizado un trabajo que él valora, que para él es necesario en su negocio o en su empresa. Es decir, porque has empleado tu tiempo y tus fuerzas haciendo algo que él considera útil para sus intereses, que lo beneficia y porque lo has hecho bien. De lo contrario, no te daría nada y te despediría.
En buenas cuentas, tú le has entregado una parte de tu vida, es decir, de tus fuerzas y de tu tiempo, que son tu vida, y él te compensa pagándote lo que él piensa que vale en billetes esa pequeña porción de tu vida que tú le has dado.
Los billetes que recibes son el contravalor del tiempo y de las fuerzas que has empleado en su servicio. El dinero de tu sobre de pago es eso: lo que tú recibes a cambio de tu vida. Y fíjate que en el mercado del trabajo la vida de unos vale mucho y la de otros vale poco. Y a veces ese valor guarda poca relación con el esfuerzo desplegado.
Así pues, cuando tú vas a una tienda o al mercado a comprar alimentos, o alguna cosa, no la estás pagando con billetes como crees. Eso es sólo un símbolo que facilita el intercambio de mercaderías. La estás pagando en verdad con tu vida. Eso que compras lo pagas con un pedazo de tu tiempo y de tus energías, que ahora se han convertido en billetes. Y como tu vida es limitada, porque algún día has de morir, y tus fuerzas también lo son, porque algún día flaquearán, lo estás pagando con algo de ti mismo que es irreemplazable, que nunca volverá y que entregas para siempre.
Sí, eso que tú adquieras lo recibes a cambio de algo de tí mismo que nunca vas a recuperar.
Ahora bien, eso que compras, examínalo bien, ¿vale un pedazo de tu vida? Tienes tantas ganas de poseerlo, o te han hecho creer que es tan necesario, que no vas a poder ser feliz si no lo tienes. Pero, si en lugar de dártelo a cambio de algunos billetes, te dijeran: “Te lo damos si vienes a trabajar aquí en la tienda algunos días”, ¿estarías dispuesto a dar tus horas y tus días, y tu cansancio para poseerlo? ¿O lo dejarías pasar? Piensa bien antes de comprar.
Toma en tus manos esa moneda que tienes en el bolsillo y que has ganado con tanto esfuerzo. Y dile a ti mismo: Esto es un pedazo de mi vida. No es bronce o latón, como parece. Es vida.
Cuando compras al crédito o pides un préstamo con algún fin, lo que estás empeñando es un pedazo de tu vida. Estás hipotecando tu tiempo futuro, tu sudor del mañana, de muchos mañanas.
Cuando firmas el contrato que te alcanzan y pones tu nombre en la línea punteada, estás poniendo tu firma debajo de una cláusula no escrita, que es implícita pero que es tan verdadera: "Por este documento yo entrego a la firma tal y tal una parte de mi sudor, de mis fuerzas y de mi vida." Y debajo pones tu nombre para que no queden dudas de que estás de acuerdo.
Los intereses que te cobran tú los pagas con tu vida y muchas veces terminas pagando en intereses mucho más del doble del precio que pagarías si compraras al contado. ¿Te das cuenta de que es tu vida la que entregas? Eso que compras ¿vale un pedazo de tu vida?
Los que venden artefactos o autos a plazos, o los que prestan con ese fin, no están pensando en el servicio que su propaganda engañosa dice que te prestan, o en las ventajas que mentidamente dicen que te ofrecen, sino en el pedazo de tu vida que tú les vas a entregar.
Por eso es que la Biblia, para ahorrarte ese desperdicio de tu vida, te dice: no tomes prestado. En Romanos San Pablo dice: "No debáis nada a nadie sino el amor mutuo." (Rm 13:8). Eso es todo lo que puedes deber a otros, sin experimentar una pérdida. Y el libro de Proverbios recalca: "El que toma prestado es siervo del que presta" (Pr 22:7).
Sí, siervo. Una vez que tomas prestado ya no eres dueño de tu dinero -es decir, de tu vida. Ya no puedes disponer de ella a tu antojo. Antes de pensar en cuánto vas a gastar en esto o en aquello, tienes que separar la parte que necesitas para pagar las cuotas de tu préstamo. Sólo el saldo que queda es tuyo. Una parte de tu sueldo ya lo entregaste de antemano.
Veamos las cosas desde otro punto de vista. Cuando el comerciante, o el productor, recargan el precio de un artículo mucho más allá de su costo, al recibir los billetes con que pagas para tenerlo, te están chupando un pedazo de tu vida.
Cuando el delincuente asalta un banco, no se está llevando billetes. Se está llevando el esfuerzo ajeno, la vida ajena, de la que quiere apoderarse sin dar nada a cambio.
Cuando el financista monta una estafa y se queda con el dinero de los ahorristas, o cuando el timador hace una operación dolosa que desvía de su destino una ingente suma, ambos se están apoderando de muchas vidas ajenas.
Por eso es que Jesús llama al dinero: "riquezas injustas" (Lc 16:9). Porque los que tienen riquezas muchas veces las acumularon al precio del sudor y lágrimas de otros.
La vida está llena de ironía. Los billetes que llevamos en la cartera han sido diseñados con arte y buen gusto. Llevan a ambos lados algunos dibujos bonitos y el retrato de algún personaje de nuestra historia.
Pero en realidad, el retrato que deberían llevar es el de cada uno de nosotros y las figuras que llevan deberían ser dibujos de gotas de sangre, de sudor y de lágrimas. La sangre, el sudor y las lágrimas que derramamos para ganar esos billetes.
¿Y los que viven del dinero que han heredado y que ellos nunca ganaron? Pues están viviendo de lo que otros con su vida acumularon para sus descendientes. Es también vida aunque no sea propia.
¿Es el mundo injusto? Sabemos que sí lo es porque también es injusto el príncipe de este mundo que lo controla.
Hay una gran disparidad entre lo que unos y otros reciben a cambio de su vida. El jornalero suda bajo el sol desde que amanece hasta que anochece y no tiene descanso. Pero recibe una pequeña suma a cambio. Otro, por el contrario, trabaja en una oficina alfombrada y con aire acondicionado. Él no suda ni hace ningún esfuerzo físico. Otros lo hacen por él. Él sólo da órdenes y piensa. Pero recibe cien veces más que el jornalero. ¿Vale su vida más que la del otro? ¿Por qué la diferencia?
Es que la recompensa que recibe el ejecutivo es no sólo por el tiempo y el esfuerzo que él mismo dedica a su trabajo, sino también por el tiempo que dedicó a formarse, a adquirir la educación y la capacidad profesional que le permiten desempeñar el cargo que ocupa. Pero también por el esfuerzo de aquellos que están debajo de él y cuya vida en cierta medida él controla. Él es dueño de parte de la vida de sus subordinados. Y cuanto más alto se encuentre en la jerarquía de una organización, mayor será el fruto de la vida de otros que reciba. Pero en muchas ocasiones  hay una gran desproporción entre el trabajo que rinde el ejecutivo y la recompensa que recibe.
¿Entiendes ahora lo que el dinero es y porqué la Biblia y Jesús hablan tanto de él? Porque el dinero no es lo que la gente piensa. Tiene mucho más valor. Vale lo que vale la vida.
Por eso es, para terminar, que cuando le damos a Dios la décima parte de lo que ganamos, le estamos dando en realidad una parte de nuestra vida. O mejor dicho, le estamos devolviendo una parte de lo que Él nos ha dado. Porque tus fuerzas, tu tiempo, tu vida y todo lo que tienes te lo ha dado Él. Te lo ha dado para que goces de ello, pero también para que le sirvas.
Todos debemos servir a Dios porque “siervos suyos somos y ovejas de su prado" (Sal 100:3c). Sin embargo, no todos podemos dedicar nuestro tiempo exclusivamente a servirle, ni tampoco quiere Él eso. Pero todos sí podemos servir a Dios con nuestro dinero. Al dar el diezmo estamos sirviéndole con un pedazo de nuestra vida, con la vida que empleamos para ganar el dinero de nuestro diezmo.  Ésa es una de las muestras de amor que Él espera de sus hijos.
NB: El impulso para escribir esta charla me lo proporcionó una enseñanza de John Avanzini escuchada en Lima hace algunos años. Fue impresa por primera vez el año 2001.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, es muy importante que adquieras esa  seguridad. Con ese fin yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#774 (14.04.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 9 de septiembre de 2011

LLAMADOS A SERVIR

Por José Belaunde M.

Hay cristianos que le dicen a Dios: "¡Señor! ¡Yo quiero servirte! ¡Úsame! ¡Quiero que mi vida te dé gloria!

¿Sabes lo que eso quiere decir? ¿Que tu vida le dé gloria a Dios? ¿Puede nuestra vida darle gloria a Dios? O, antes que nada ¿necesita Dios que le demos gloria? No, en rigor no necesita, pero sí desea que lo hagamos y eso es lo que dice la Escritura: "Dad pues gloria a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios." (1Cor 6:20) Desea que lo hagamos porque ése es el mejor empleo que podemos dar a nuestro tiempo y porque Él nos ha creado con ese fin, para que le amemos y le demos gloria.

Ahora bien, si ése es el fin para el cual Dios nos ha creado, ¿por qué es que la gran mayoría de la gente no lo lleva a cabo? Porque no lo saben, no se han enterado. Y tú, amigo lector, ¿Reconoces tú ese hecho y le has dicho alguna vez a Dios que deseas servirle y darle gloria en tu vida?

Estoy seguro de que más de uno rechazaría de plano la idea, o le parecería hasta peligrosa, porque piensa que ese proyecto equivale a seguir una vocación religiosa, o a abandonarlo todo para servir a Dios. Nada más alejado de tus metas, pensarías, si es que tienes alguna.

El que nosotros pongamos nuestra vida al servicio de Dios no quiere decir que dejemos de lado todas nuestras ocupaciones, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras aficiones y amistades. No, no las dejamos, no renunciamos a nada de lo que solemos hacer y que sea lícito. Simplemente empezamos a hacerlo todo por una motivación diferente, por amor a Él, y para su gloria. Eso es todo. Nada en sí necesita cambiar.

Es decir, lo que hago a diario: levantarme, lavarme, arreglarme, vestirme; ir a mi trabajo, si lo tengo; o lo que sea en que ocupo mi tiempo, en lugar de hacerlo porque sí (como hace la mayoría), o porque tengo que hacerlo para comer, o porque es mi obligación, o porque me gusta, lo hago en adelante para darle gusto a Dios, para serle útil.

Entonces todo lo que haga, lo que llena mi día, cambia de sentido. Puede no cambiar la manera como me gano la vida, o me preparo para ganarla, si soy estudiante; o cómo me ocupo de mi hogar, si soy madre de familia; o lo que fuere. Todo puede seguir siendo igual, pero aunque no cambie, adquiere un nuevo sentido, pues se convierte en la forma cómo sirvo a Dios y le muestro que le amo. Asumir esa actitud puede cambiar además todas las maneras como suelo enfrentar las circunstancias de la vida.

Quizá no lo hayas pensado, pero en el mundo hay infinidad de ocupaciones, sin las cuales la sociedad no marcharía. Pensemos en el recojo de basura. ¿Cómo sería la ciudad si no se recogiera la basura, si no hubiera baja policía? ¡Insoportable! Tendríamos que caminar tapándonos las narices y empezarían a cundir las enfermedades. Es un servicio indispensable. Pero ya el solo nombre que le damos, baja policía, expresa el poco aprecio que sentimos por los que hacen ese servicio. Nadie lo haría si encontrara una ocupación mejor. ¿Estarías dispuesto a hacerlo? Quizá te digas, ni muerto de hambre. Sin embargo, no podríamos vivir en esta ciudad si no hubiera quienes lo hicieran por ti. ¿Has pensado alguna vez en que lo hacen por ti? Lo hacen por un sueldo, dirás, y es cierto. Pero también lo hacen por ti porque, si no lo hicieran, tú tendrías que llevar personalmente la basura de tu casa fuera de la ciudad al basurero. De manera que dale gracias al que lo hace. Te hace un inmenso servicio. Pero tú quizá lo desprecias, no le estrecharías la mano, ni lo invitarías a pasar a tu casa, ni lo llamarías tu amigo, aunque lo es y valiosísimo.

O pensemos en los obreros que trabajan en las centrales hidroeléctricas, allá en las montañas, en las represas donde se genera la electricidad, o en las centrales cercanas, donde se distribuye. No creo que sea un trabajo muy apreciado. Tú seguramente nunca has pensado un instante en esos hombres. Tampoco debe ser uno de los trabajos más entretenidos, o mejor remunerados. No hace falta haber tenido que estudiar mucho para desempeñarlo. Un poco de mecánica, un poco de electricidad. Pero sí brazos fuertes.

Cuando prendes la luz en tu casa nunca has pensado que hay algunos hombres cuyo trabajo permite que la electricidad llegue hasta el interruptor y hasta el foco de luz. ¿Qué pasaría si se declaran todos en huelga? Se paraliza la ciudad, se paralizan las fábricas, la comida en las refrigeradoras empezaría a pudrirse. ¿Se acuerdan de cuando había cortes de luz con frecuencia? No era muy agradable.

Pues bien, estas dos ocupaciones que he tomado como ejemplo, entre las muchísimas que se realizan a diario, si bien no apreciamos a los que las llevan a cabo, ni conocemos sus nombres, son indispensables en la vida de las ciudades modernas, y son parte del trabajo de Dios en la tierra. Sí, son su trabajo. Dios ama a su creación, ama a sus criaturas, ama a los seres humanos, y es Él quien se ocupa de éstas y de una infinidad de actividades que se realizan a diario en la tierra para que los seres humanos puedan vivir.

Él es quien las ha inventado y diseñado, quien ha dado a algunos hombres la idea de desarrollarlas, y ha dado a otros el encargo de realizarlas, aunque ellos no sepan quién les ha dado la idea de hacerlas, ni sepan por cuenta de quién las hacen.

Piensa en todas las actividades que se realizan en todas partes y que permiten que el mundo siga caminando. Los que laboran en el campo, los que transportan las cosechas y las venden, los que reparten el correo, etc., etc. Todo eso forma parte del trabajo de Dios. Y los que las realizan lo hacen por cuenta de Él, aunque no lo sepan.

El trabajo que tú desempeñas, forma parte también de ese trabajo inmenso de Dios. Él lo hace a través tuyo. Nunca lo habías pensado, pero es a Dios a quien sirves sin darte cuenta. En última instancia, sirves no a tu empleador, sino a Dios y él también le sirve, aunque no lo sepa.

Bueno es que empieces a darte cuenta de esta realidad, y que empieces a desempeñar tu trabajo sabiendo que es el trabajo de Dios lo que tú haces, y que Él lo hace a través de tí. Tú eres su empleado. Él es tu patrón. Según como lo hagas le darás gloria, o harás que se avergüence. ¿Comprendes ahora lo que decía al comienzo, que Él nos ha creado para que le glorifiquemos?

Pero tú quizá objetes: Hay ciertas actividades en el mundo que Dios no ha ordenado y que no le dan gloria, sino todo lo contrario. Ciertamente. El trabajo que se realiza en los prostíbulos, por ejemplo, o en los casinos, que ahora abundan en nuestra ciudad. O la actividad febril de los asaltantes, o de los narcotraficantes, o de los contrabandistas, etc. El repertorio es muy amplio. De repente llena buena parte de las páginas amarillas de los diarios.

Eso lo hacen por cuenta del diablo, y es él quien les ha dado la idea, quien los impulsa y los dirige, y quien, al final de cuentas, los remunera, si no se arrepienten, con la muerte eterna -aunque no es el diablo sino Dios el que los condena al infierno. ¡Maravillosa recompensa! Pero no voy a hablar de eso ahora. Quizá otro día.

Pero vale la pena que pensemos un instante en cuántos empleados tiene el diablo y lo bien pagados que están algunos. Manejan un Mercedes, un superauto. ¿Quieres tú hacer su trabajo? Puedes emplearte en un bar, o abrir un expendio de licores, o invertir tus ahorros en un hostal para parejas. De repente te haces elegir al Congreso para promover tus intereses, o logras que te den un puesto importante en el gobierno. El diablo te apoyará. Pero yo conozco un mejor empleador.

Quisiera relatar una experiencia personal que me enseñó lo que sé sobre este punto de que he venido hablando. Hace poco más de 30 años, por razones que no son del caso contar, entré a trabajar en el departamento de traducciones de un gran banco neoyorquino. Era una sala inmensa en la que había unos 60 traductores en sus respectivos escritorios blancos, cada uno con su máquina de escribir (todavía no se usaban computadoras). Yo nunca había hecho labores de oficina, ni marcado tarjeta, ni había realizado un trabajo que fuera rutinario. No sabía cuánto tiempo podría aguantar allí sin que me diera claustrofobia.

Nuestro trabajo consistía en traducir al inglés los millares de comunicaciones y órdenes bancarias que llegaban de todo el mundo en diversos idiomas. La mayoría eran simples órdenes de pago y transferencias o cartas de crédito, confeccionadas de acuerdo a patrones convencionales en los que lo único que variaba eran las cantidades, los nombres y direcciones de las personas intervinientes que había que escribir en los espacios en blanco en formularios “standard” impresos de antemano: "Sírvanse pagar a la firma tal, la cantidad de tanto, por cuenta de...", etc. más otras referencias.

Pura agobiante rutina, pero sin esa rutina las operaciones bancarias que permiten que se realice el comercio exterior y que mueven al mundo de los negocios, no podrían llevarse a cabo. La mayoría de los que trabajaban allí eran extranjeros como yo, refugiados o asilados políticos, que habían desempeñado en sus países cargos de importancia: diplomáticos, profesores universitarios, abogados, etc., y por consiguiente, detestaban ese trabajo que consideraban muy por debajo de sus capacidades y títulos.

Yo también hubiera podido odiarlo, pero en algún lugar había leído poco antes (o Dios hizo que leyera) algo acerca de esto que he venido explicando: De cómo todo el trabajo que se realiza en el mundo es trabajo de Dios y cómo se hace a través nuestro.

Entonces me propuse ser conciente de este hecho a lo largo del día y decirme cada vez que ponía una nueva hoja de papel en mi máquina de escribir -y eran como 60 al día-: "Dios trabaja a través mío." Por supuesto, si Dios trabaja a través mío, lo que hago es un trabajo que vale la pena realizar y debo amarlo y hacerlo lo mejor posible.

De manera que como nunca había escrito bien a máquina, me propuse tipear lo más limpia y ordenadamente posible y mejorar la calidad de mi redacción en inglés. El resultado fue que, al poco tiempo, el cansancio y el aburrimiento que había sentido al principio fue sustituido por una alegría, un estado de exaltación y un entusiasmo que iban en aumento a medida que pasaban las horas. Ya no terminaba el día cansado como al inicio sino fresco. Cuando el supervisor preguntaba quiénes querían quedarse para hacer cuatro horas de sobre tiempo, yo era el primero en levantar la mano. No tanto por el dinero, sino por el entusiasmo y la alegría que sentía haciendo lo que todos mis colegas detestaban.

Cuando regresé al Perú y desempeñé un trabajo, si se quiere, más interesante, más estimable y mejor remunerado, yo extrañaba mi trabajo rutinario de Nueva York que, por su carácter repetitivo, me facilitaba el vivir en la presencia de Dios continuamente y gozar de su compañía. Comprendí entonces, gracias a esa experiencia, que cualquiera que sea el trabajo que uno realice, si uno lo efectúa para Dios y se esfuerza en hacerlo lo mejor posible, será para uno una fuente de satisfacción interna y se sentirá realizado y exaltado. Porque no depende tanto de lo que uno hace, sino de cómo, y por qué, y para quién lo hace.

Comprendí también cuánto Dios ama a los que realizan trabajos humildes, si los hacen a conciencia. Si tú eres uno de esos que hacen labores humildes, que nadie haría si no fuera porque no consiguen nada mejor, dale gracias a Dios por tu trabajo y hazlo lo mejor que puedas. Él desde arriba te estará mirando con agrado y te preparará un sobre de pago tan lleno como nunca te habrán dado.

ADDENDUM.
¿Puede el hombre serle útil a Dios? ¿Al Dios omnipotente, al Dios que todo lo puede? Sí, claro que puede. Dios actúa en el mundo de diversas maneras, sea directamente mediante intervenciones soberanas de su poder, sea a través de los ángeles, a quienes la Escritura llama "ministros suyos, que hacéis su voluntad" (Sal 103:21); sea también mediante seres humanos, y ése suele ser el modo preferido por Dios para actuar entre los hombres. De manera que todos nosotros, tú y yo, podemos serle útiles a Dios y Él desea que lo seamos.

¿Y cómo puede el hombre serle útil a Dios? Entre otras formas, siendo útil a otras personas, y hay muchas maneras cómo podemos serlo. De hecho vemos en el mundo muchas actividades, muchas instituciones, sean gubernamentales o privadas, que se dedican a servir a los demás, o, como suele decirse, a prestar servicios a la comunidad. Y lo hacen por diversas motivaciones, incluso a veces por lucro, o por alguna segunda intención, como podría ser la de hacerse de un buen nombre.

Individualmente podemos ser útiles a otros haciendo bien nuestro trabajo. La gran mayoría de las profesiones, ocupaciones y oficios que se practican en el mundo consisten en prestar un servicio a otra personas, Los médicos, los abogados, los ingenieros, los mecánicos, los cocineros, ganan su sustento prestando un servicio a otros.

Pero hay una gran diferencia entre servir a los demás por filantropía, por solidaridad humana, por interés, o hacerlo por amor a Dios. Esa es una motivación más pura, más noble, más desinteresada, porque no se busca nada a cambio. Pero hay algo más, y es que cuando uno hace las cosas por amor a Dios, para servirle, para darle gloria, entonces Dios se encarga de nuestras vidas. ¡Sí! Se encarga de nuestro trabajo, de nuestra familia, de nuestra economía. Y por encima de eso, se produce un cambio en nuestras actitudes, en nuestro ser interno. Una paz interior desconocida empieza a llenarnos. Nuestra relación con Dios se vuelve más profunda.

Ahora bien, nosotros sabemos que las personas que ocupan una posición de responsabilidad en el mundo tienen un número grande de colaboradores, entre los cuales hay algunos en los que el hombre importante tiene una gran confianza. Son aquellos a los que él encarga los asuntos de mayor trascendencia.

Estas personas, en virtud del servicio que prestan a su jefe, adquieren inevitablemente cierto ascendiente, cierta influencia sobre él. Por eso es que cuando uno necesita obtener algún favor de un gran personaje, nos dirigimos a uno de esos colaboradores cercanos suyos que conozcamos, para que nos recomiende, porque sabemos que el personaje los escucha.

Pues bien, algo semejante ocurre con el Gran Personaje de todos los grandes personajes, con el Jefe Supremo, con Dios. Las personas que le sirven penetran en su intimidad, en su círculo privilegiado de amigos, adquieren ascendiente sobre Él, y tanto más cuanto más grandes sean los servicios que le prestan. Los que sirven a Dios son sus favoritos, sus confidentes.

El libro del Génesis dice que Dios trataba a Abraham como a un confidente, por lo cual Santiago lo llama "amigo de Dios" (St 2:23). Por eso cuando Dios se propuso destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra, Él se preguntó a sí mismo: ¿Esconderé de Abraham lo que voy a hacer siendo como él es un fiel siervo mío? Dios incluso dejó que Abraham intercediera por las dos ciudades condenadas a destrucción, y hubiera estado dispuesto a salvarlas a su pedido si se hubieran cumplido las condiciones que le señalaba el propio Abraham (Gn 18:16ss).

NB. Este texto fue escrito para ser transmitido por radio el 28.01.98 y fue revisado para ser publicado por primera vez el 10.10.04, bajo el #338. El Addendum fue agregado en esa ocasión.

Amado lector:
Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#691 (04.09.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

martes, 9 de agosto de 2011

LA OFRENDA DE LA VIUDA

Por José Belaunde M.

Un Comentario de Lucas 21:1-4

1-4 “Levantando los ojos, (Jesús) vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquellos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta de su pobreza echó todo el sustento que tenía.” (Nota 1)
¿Porqué echó ella más que todos? Jesús lo dice: porque dio todo lo que tenía, lo cual le demandó un gran sacrificio, un sacrificio que sólo quien ama sin reservas puede hacer. (2)
Lo que determina el valor de lo que uno hace es el amor con que lo hace. El amor da valor a nuestros actos. El acto más pequeño, más insignificante y más rutinario, hecho por amor a Dios o al prójimo, tiene un valor inmenso. La acción más heroica hecha por amor egoísta de la gloria pero sin verdadero amor, vale muy poco en comparación. El que tiene todo y da de lo que le sobra, suele dar con indiferencia porque no le cuesta dar. Aquel a quien le cuesta dar porque le falta aun lo indispensable, sólo puede dar u obligado o por amor. Hay pues aquí una regla: el amor da valor a nuestras acciones; la indiferencia quita valor aún a nuestras mejores acciones. (3).
Esta es la misma doctrina que enuncia Pablo en 1Cor 13: “Si entregase mi cuerpo para ser quemado y no tengo amor, de nada me sirve.” (vers.3). En otro lugar volverá Pablo sobre el tema cuando dice que “Dios ama al dador alegre” (2Cor 9:7); esto es, ama a quien, aunque le cueste separarse de la última moneda que le queda, le alegra devolver a Dios una parte de lo mucho que ha recibido de Él. ¡Cómo pudiéramos nosotros dar siempre de lo nuestro con el desprendimiento y amor que mostró esta viuda! (4).
Es una gran verdad que las posesiones nos impiden amar a Dios porque atan nuestro corazón a ellas. En cambio el que no tiene nada puede amar a Dios con todo su corazón, porque su corazón está libre y no está atado a lo que posee. Ese es el motivo por el cual Francisco de Asís valoraba tanto a la “hermana pobreza” y la exigía de sus seguidores. No por la pobreza misma, sino porque ella libera el corazón del hombre. (5)
¡Cuán cierta es la frase de Jesús: “Donde está tu tesoro está tu corazón”! (Lc 12:34). No hemos comprendido toda su profundidad. El que posee un gran tesoro tiene su corazón acaparado totalmente por él, al punto que no puede amar otra cosa que no sea su dinero. El dinero se vuelve como un agujero negro que absorbe todas sus energías y las atrae a su núcleo en un remolino voraz.
En cambio el que tiene poco, tiene poco de qué preocuparse: “Dulce es el sueño del trabajador, -dice el Eclesiastés- coma mucho, coma poco; pero al rico no le deja dormir la abundancia”. (5:12). El que va ligero de equipaje –y ésa es una buena imagen de la ausencia de posesiones-- viaja más libremente y puede moverse con más libertad. El que lleva mucho equipaje tiene mucho en qué pensar y mucho que cuidar, y por eso camina preocupado y dificultosamente.
Sin embargo, se dice, que la pobreza es una carga pesada y que quita libertad al que la sufre. Y es cierto. ¡Qué limitado está el pobre en sus deseos y en la satisfacción de sus necesidades! En cambio el rico todo lo puede. Se da lujos sin pensar que con lo que malgasta salvaría a muchos de la miseria y daría de comer a muchos hambrientos. Decide, manda e impone sus caprichos porque con su dinero compra las voluntades y las conciencias. Pero todo depende del color del cristal con que se mire, según reza el dicho. El dinero da libertad en lo material, pero la quita en lo espiritual. La pobreza es al revés, da libertad en lo espiritual, pero la quita en lo material. Escojamos el dominio en que queremos ser libres.
La mayoría de los hombres escogerá un sano término medio: “…no me des pobreza ni riqueza; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga ¿Quién es el Señor? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios.” (Pr.30:8,9). O como dice el apóstol: “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.” (1ª Tm.6:8). Pero hay quienes niegan esta doctrina, que es la más bíblica de todas las referentes al dinero, y predican lo contrario (6).
¡Ella encierra tanta verdad en lo que se refiere a la eficacia de la predicación! Jesús la tuvo en cuenta cuando mandó a los doce a predicar de dos en dos: “No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas.” (Lc.9:3. Véase también Mt.10:9,10). Juan Bautista, Jesús, Pablo ¿llevaban puestos vestidos costosos y se desplazaban en carruajes? Si así fuera, ¿quién los hubiera escuchado? ¿Se puede predicar a Cristo llevando un anillo de oro engastado con brillantes en el dedo? Se ha criticado la época en que los prelados eclesiásticos llevaban al pecho cruces con piedras preciosas, y vivían en palacios ostentosos; tiempos en que la iglesia ya no podía decir como Pedro: “Oro y plata no tengo”, porque de ambas cosas estaban repletas sus arcas. Pero tampoco podía decir: “Levántate y anda”, porque carecía del poder para sanar enfermos (Hch.3:6). Aunque no se daba cuenta, era pobre de solemnidad en lo espiritual: “Porque tú dices yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.” (Ap.3:17). Ahora los que criticaban con buen motivo a esa iglesia del pasado quieren imitarla. Anhelan poseer sus defectos como si fueran virtudes.
Este pasaje nos muestra también cómo Dios observa todos los acontecimientos humanos; penetra en el corazón del pobre y del rico “y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hb 4:12). Nuestros actos más triviales pueden tener para Él gran importancia, y los que consideramos relevantes, ninguna. Lo que el pobre hace desde su miseria, y que nadie nota, puede ser para Dios de mucha mayor trascendencia que el acontecimiento que destacan los titulares de los diarios. La posición que ocupa el hombre en la sociedad y en el mundo es incierto indicio de la que ocupará en la otra vida. O, más bien, nos permite adivinar cuál será en contraste con la presente, porque “los últimos serán los primeros y los primeros, últimos” (Lc 13:30).
También cabe preguntarse: ¿Por qué se fijó Jesús en la viuda? No sólo por su desprendimiento, creo yo, sino también porque padecía necesidad. Todo el que sufre, o pasa hambre, atrae la mirada de Dios mucho más que el que está satisfecho. Pero entonces se preguntará: ¿Por qué Dios no acude a solucionar sus angustias y permite que continúe su miseria? Nosotros no podemos comprender cómo Dios actúa. Su tiempo y su perspectiva es muy distinta y mucho más vasta que la nuestra (Is 55:8,9). Pero en su momento todo dará su fruto. Los hechos ocultos aparecerán en todo su esplendor ignoto, y los que parecían ser proezas gloriosas serán dispersadas por el viento como hojarasca. Tanto el pobre como el rico cosecharán lo que sembraron: “Los que sembraron con lágrimas, con alegría segarán.” (Sal 126:5). Mirarán atrás y verán cómo su vida fue un suspiro que pasó raudo como el viento. Y que lo que sufrieron o gozaron es poco comparado con lo que ahora les espera, porque la verdadera vida recién empieza (7).
Nota (1) En el atrio de las mujeres había trece arcas en las que los judíos depositaban el dinero destinado a los diversos tipos de sacrificios y de ofrendas, que recibían colectivamente el nombre de corbán (Véase Mr 7:11). Sus orificios tenían forma de trompetas. Las monedas que la viuda depositó eran llamadas leptón. Dos juntas hacían un cuadrante, que se obtenía partiendo en cruz un asarión. El valor de lo depositado por la viuda, que era su sustento del día, equivalía apenas a 1/64 de un denario, que era el jornal diario de un obrero. De ahí. podemos calcular cuán grande era su pobreza.
(2) En el pasaje paralelo, Mr 12:41-44, se dice que antes de hablarles de la viuda, Jesús llamó a sí a sus discípulos, que posiblemente se habían dispersado por el atrio donde se desarrolla el episodio. Si los llama es porque tiene algo importante que enseñarles.
(3) A todos nos agrada más el servicio que nos brindan con cariño que el servicio hecho con frialdad. Por eso es que algunas tiendas y establecimientos comerciales entrenan a sus empleados a atender con solicitud a sus clientes y a sonreírles, sabiendo que con ese buen trato los invitan a regresar. Pero si a uno lo tratan de una manera displicente o descortés, no querrá volver.
(4) A muchos extranjeros que viajan por los pueblos de nuestra sierra les choca la pobreza en que vive la gente, pero les llama también mucho la atención lo generosos que son al mismo tiempo. Se desviven por atender con lo poco que tienen a sus huéspedes, que lo tienen todo. Su grandeza de alma (porque la generosidad es grandeza) brota de su pobreza. En cambio hay muchos ricos que cuanto más tienen más tacaños son. Su dinero ha invadido su corazón y lo ha petrificado. Su riqueza los empequeñece y empobrece espiritualmente.
(5) Hace unos días regresaba de la Feria del Libro llevando unos preciosos libros que había comprado a buen precio, y me había propuesto ponerme a orar al llegar a casa. Al trasponer la puerta sentí como si el Señor me dijera: Ahora no me puedes amar porque tienes el corazón ocupado por tus libros. Y es verdad: El apego que tenemos por las cosas materiales nos impide allegarnos a Dios. Por eso Dios a veces nos quita las cosas; es decir, permite que nos las roben o que se pierdan, para que no nos apeguemos a ellas y pensemos más en Él.
(6) Soy conciente, sin embargo, que en nuestro país hay una cultura de la pobreza que limita las iniciativas y oprime a la gente, y que es bueno enseñar a la gente que, con la ayuda de Dios, es posible superar la escasez y alcanzar una sana prosperidad, así como prospera su alma (3Jn 2).
(7) ¡Qué contraste entre esta viuda y la viuda que presenta sus demandas al juez! (Lc 18:1-8). Mientras que la primera va humilde a depositar su ofrenda, la otra insiste obstinadamente en sus derechos hasta obtener lo que desea. No que estuviera mal lo que ella hizo. Al contrario, Jesús la pone como ejemplo de perseverancia en la oración. Pero la viuda pobre nos atrae más porque era humilde. Notemos también que, al desprenderse de todo lo que tenía para su sustento, ella hace un gran acto de fe en Dios confiando en que Él puede proveer lo necesario. ¿Podemos imaginar el gozo y la paz que sintió ella cuando retornaba a su hogar? No hay nadie de quien Dios se agrade que no experimente un reflejo del gozo que proporciona a su Señor.

NB.Este artículo fue publicado hace nueve años en una edición limitada y transmitido como charla por una radio local. Lo vuelvo a publicar ligeramente revisado.

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