Amar, no
sólo de palabra sino de obra incluye necesariamente ser responsable. Una
persona irresponsable, no podrá verdaderamente llevar su amor a la práctica
beneficiando a los que ama, sino que, más bien, sin quererlo, perjudicará
inevitablemente con sus actos los intereses, o los sentimientos de las personas
que lo rodean, de sus conocidos, amigos y parientes (sin hablar de los que le
son desconocidos), porque obrará de cualquier manera y sin tener en cuenta las
consecuencias de sus acciones.
miércoles, 7 de septiembre de 2022
EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD II a
jueves, 19 de mayo de 2022
EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I b
EL SENTIDO DE RESPONSABILIDAD I b
Al que carece de sentido de Responsabilidad, sea
hombre o mujer, le decimos "irresponsable". Irresponsable es la
persona a la que no le importa cómo hace o ejecuta las cosas que le han
encargado, o que debe llevar a cabo por su posición en la vida. El libro de los
Proverbios lo llama "necio", y dice que "como el que se corta los pies y bebe su daño es el que envía
recado por medio de un necio," (26:6) aunque, obviamente, la
irresponsabilidad no agota el significado de esa palabra.
miércoles, 23 de marzo de 2022
EL SECRETO DEL DINERO I
Eso que compras lo pagas con un pedazo de tu tiempo y de tus energías, que ahora se han convertido en billetes. Y como tu vida es limitada, porque algún día has de morir, y tus fuerzas también lo son, porque algún día flaquearán, lo estás pagando con algo de ti mismo que es irreemplazable, que nunca volverá y que entregas para siempre.
jueves, 16 de diciembre de 2021
"SABIOS EN CIENCIA" - EL LIBRO DE DANIEL HABLA A LOS JÓVENES V
"SABIOS EN CIENCIA"
EL LIBRO DE DANIEL HABLA A LOS JÓVENES V
Ahora estás en la edad de adquirir conocimientos que
te sean útiles para triunfar; eso depende de cómo utilizas tu tiempo ahora. ¿Cómo
lo empleas?
De cómo uses el tiempo depende cuánto avances en la
vida. El tiempo es, por así decirlo, la materia prima de la vida.
A medida que pasan las horas, a medida que avanza el
minutero, se te va la vida.
Recuérdalo: usa el tiempo bien.
miércoles, 6 de enero de 2016
PARÁBOLA DE LOS DOS DEUDORES
viernes, 26 de septiembre de 2014
MATRIMONIO Y PRESUPUESTO
miércoles, 2 de julio de 2014
¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? III
martes, 7 de mayo de 2013
EL SECRETO DEL DINERO
EL SECRETO DEL DINERO
viernes, 9 de septiembre de 2011
LLAMADOS A SERVIR
¿Sabes lo que eso quiere decir? ¿Que tu vida le dé gloria a Dios? ¿Puede nuestra vida darle gloria a Dios? O, antes que nada ¿necesita Dios que le demos gloria? No, en rigor no necesita, pero sí desea que lo hagamos y eso es lo que dice la Escritura: "Dad pues gloria a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios." (1Cor 6:20) Desea que lo hagamos porque ése es el mejor empleo que podemos dar a nuestro tiempo y porque Él nos ha creado con ese fin, para que le amemos y le demos gloria.
Ahora bien, si ése es el fin para el cual Dios nos ha creado, ¿por qué es que la gran mayoría de la gente no lo lleva a cabo? Porque no lo saben, no se han enterado. Y tú, amigo lector, ¿Reconoces tú ese hecho y le has dicho alguna vez a Dios que deseas servirle y darle gloria en tu vida?
Estoy seguro de que más de uno rechazaría de plano la idea, o le parecería hasta peligrosa, porque piensa que ese proyecto equivale a seguir una vocación religiosa, o a abandonarlo todo para servir a Dios. Nada más alejado de tus metas, pensarías, si es que tienes alguna.
El que nosotros pongamos nuestra vida al servicio de Dios no quiere decir que dejemos de lado todas nuestras ocupaciones, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras aficiones y amistades. No, no las dejamos, no renunciamos a nada de lo que solemos hacer y que sea lícito. Simplemente empezamos a hacerlo todo por una motivación diferente, por amor a Él, y para su gloria. Eso es todo. Nada en sí necesita cambiar.
Es decir, lo que hago a diario: levantarme, lavarme, arreglarme, vestirme; ir a mi trabajo, si lo tengo; o lo que sea en que ocupo mi tiempo, en lugar de hacerlo porque sí (como hace la mayoría), o porque tengo que hacerlo para comer, o porque es mi obligación, o porque me gusta, lo hago en adelante para darle gusto a Dios, para serle útil.
Entonces todo lo que haga, lo que llena mi día, cambia de sentido. Puede no cambiar la manera como me gano la vida, o me preparo para ganarla, si soy estudiante; o cómo me ocupo de mi hogar, si soy madre de familia; o lo que fuere. Todo puede seguir siendo igual, pero aunque no cambie, adquiere un nuevo sentido, pues se convierte en la forma cómo sirvo a Dios y le muestro que le amo. Asumir esa actitud puede cambiar además todas las maneras como suelo enfrentar las circunstancias de la vida.
Quizá no lo hayas pensado, pero en el mundo hay infinidad de ocupaciones, sin las cuales la sociedad no marcharía. Pensemos en el recojo de basura. ¿Cómo sería la ciudad si no se recogiera la basura, si no hubiera baja policía? ¡Insoportable! Tendríamos que caminar tapándonos las narices y empezarían a cundir las enfermedades. Es un servicio indispensable. Pero ya el solo nombre que le damos, baja policía, expresa el poco aprecio que sentimos por los que hacen ese servicio. Nadie lo haría si encontrara una ocupación mejor. ¿Estarías dispuesto a hacerlo? Quizá te digas, ni muerto de hambre. Sin embargo, no podríamos vivir en esta ciudad si no hubiera quienes lo hicieran por ti. ¿Has pensado alguna vez en que lo hacen por ti? Lo hacen por un sueldo, dirás, y es cierto. Pero también lo hacen por ti porque, si no lo hicieran, tú tendrías que llevar personalmente la basura de tu casa fuera de la ciudad al basurero. De manera que dale gracias al que lo hace. Te hace un inmenso servicio. Pero tú quizá lo desprecias, no le estrecharías la mano, ni lo invitarías a pasar a tu casa, ni lo llamarías tu amigo, aunque lo es y valiosísimo.
O pensemos en los obreros que trabajan en las centrales hidroeléctricas, allá en las montañas, en las represas donde se genera la electricidad, o en las centrales cercanas, donde se distribuye. No creo que sea un trabajo muy apreciado. Tú seguramente nunca has pensado un instante en esos hombres. Tampoco debe ser uno de los trabajos más entretenidos, o mejor remunerados. No hace falta haber tenido que estudiar mucho para desempeñarlo. Un poco de mecánica, un poco de electricidad. Pero sí brazos fuertes.
Cuando prendes la luz en tu casa nunca has pensado que hay algunos hombres cuyo trabajo permite que la electricidad llegue hasta el interruptor y hasta el foco de luz. ¿Qué pasaría si se declaran todos en huelga? Se paraliza la ciudad, se paralizan las fábricas, la comida en las refrigeradoras empezaría a pudrirse. ¿Se acuerdan de cuando había cortes de luz con frecuencia? No era muy agradable.
Pues bien, estas dos ocupaciones que he tomado como ejemplo, entre las muchísimas que se realizan a diario, si bien no apreciamos a los que las llevan a cabo, ni conocemos sus nombres, son indispensables en la vida de las ciudades modernas, y son parte del trabajo de Dios en la tierra. Sí, son su trabajo. Dios ama a su creación, ama a sus criaturas, ama a los seres humanos, y es Él quien se ocupa de éstas y de una infinidad de actividades que se realizan a diario en la tierra para que los seres humanos puedan vivir.
Él es quien las ha inventado y diseñado, quien ha dado a algunos hombres la idea de desarrollarlas, y ha dado a otros el encargo de realizarlas, aunque ellos no sepan quién les ha dado la idea de hacerlas, ni sepan por cuenta de quién las hacen.
Piensa en todas las actividades que se realizan en todas partes y que permiten que el mundo siga caminando. Los que laboran en el campo, los que transportan las cosechas y las venden, los que reparten el correo, etc., etc. Todo eso forma parte del trabajo de Dios. Y los que las realizan lo hacen por cuenta de Él, aunque no lo sepan.
El trabajo que tú desempeñas, forma parte también de ese trabajo inmenso de Dios. Él lo hace a través tuyo. Nunca lo habías pensado, pero es a Dios a quien sirves sin darte cuenta. En última instancia, sirves no a tu empleador, sino a Dios y él también le sirve, aunque no lo sepa.
Bueno es que empieces a darte cuenta de esta realidad, y que empieces a desempeñar tu trabajo sabiendo que es el trabajo de Dios lo que tú haces, y que Él lo hace a través de tí. Tú eres su empleado. Él es tu patrón. Según como lo hagas le darás gloria, o harás que se avergüence. ¿Comprendes ahora lo que decía al comienzo, que Él nos ha creado para que le glorifiquemos?
Pero tú quizá objetes: Hay ciertas actividades en el mundo que Dios no ha ordenado y que no le dan gloria, sino todo lo contrario. Ciertamente. El trabajo que se realiza en los prostíbulos, por ejemplo, o en los casinos, que ahora abundan en nuestra ciudad. O la actividad febril de los asaltantes, o de los narcotraficantes, o de los contrabandistas, etc. El repertorio es muy amplio. De repente llena buena parte de las páginas amarillas de los diarios.
Eso lo hacen por cuenta del diablo, y es él quien les ha dado la idea, quien los impulsa y los dirige, y quien, al final de cuentas, los remunera, si no se arrepienten, con la muerte eterna -aunque no es el diablo sino Dios el que los condena al infierno. ¡Maravillosa recompensa! Pero no voy a hablar de eso ahora. Quizá otro día.
Pero vale la pena que pensemos un instante en cuántos empleados tiene el diablo y lo bien pagados que están algunos. Manejan un Mercedes, un superauto. ¿Quieres tú hacer su trabajo? Puedes emplearte en un bar, o abrir un expendio de licores, o invertir tus ahorros en un hostal para parejas. De repente te haces elegir al Congreso para promover tus intereses, o logras que te den un puesto importante en el gobierno. El diablo te apoyará. Pero yo conozco un mejor empleador.
Quisiera relatar una experiencia personal que me enseñó lo que sé sobre este punto de que he venido hablando. Hace poco más de 30 años, por razones que no son del caso contar, entré a trabajar en el departamento de traducciones de un gran banco neoyorquino. Era una sala inmensa en la que había unos 60 traductores en sus respectivos escritorios blancos, cada uno con su máquina de escribir (todavía no se usaban computadoras). Yo nunca había hecho labores de oficina, ni marcado tarjeta, ni había realizado un trabajo que fuera rutinario. No sabía cuánto tiempo podría aguantar allí sin que me diera claustrofobia.
Nuestro trabajo consistía en traducir al inglés los millares de comunicaciones y órdenes bancarias que llegaban de todo el mundo en diversos idiomas. La mayoría eran simples órdenes de pago y transferencias o cartas de crédito, confeccionadas de acuerdo a patrones convencionales en los que lo único que variaba eran las cantidades, los nombres y direcciones de las personas intervinientes que había que escribir en los espacios en blanco en formularios “standard” impresos de antemano: "Sírvanse pagar a la firma tal, la cantidad de tanto, por cuenta de...", etc. más otras referencias.
Pura agobiante rutina, pero sin esa rutina las operaciones bancarias que permiten que se realice el comercio exterior y que mueven al mundo de los negocios, no podrían llevarse a cabo. La mayoría de los que trabajaban allí eran extranjeros como yo, refugiados o asilados políticos, que habían desempeñado en sus países cargos de importancia: diplomáticos, profesores universitarios, abogados, etc., y por consiguiente, detestaban ese trabajo que consideraban muy por debajo de sus capacidades y títulos.
Yo también hubiera podido odiarlo, pero en algún lugar había leído poco antes (o Dios hizo que leyera) algo acerca de esto que he venido explicando: De cómo todo el trabajo que se realiza en el mundo es trabajo de Dios y cómo se hace a través nuestro.
Entonces me propuse ser conciente de este hecho a lo largo del día y decirme cada vez que ponía una nueva hoja de papel en mi máquina de escribir -y eran como 60 al día-: "Dios trabaja a través mío." Por supuesto, si Dios trabaja a través mío, lo que hago es un trabajo que vale la pena realizar y debo amarlo y hacerlo lo mejor posible.
De manera que como nunca había escrito bien a máquina, me propuse tipear lo más limpia y ordenadamente posible y mejorar la calidad de mi redacción en inglés. El resultado fue que, al poco tiempo, el cansancio y el aburrimiento que había sentido al principio fue sustituido por una alegría, un estado de exaltación y un entusiasmo que iban en aumento a medida que pasaban las horas. Ya no terminaba el día cansado como al inicio sino fresco. Cuando el supervisor preguntaba quiénes querían quedarse para hacer cuatro horas de sobre tiempo, yo era el primero en levantar la mano. No tanto por el dinero, sino por el entusiasmo y la alegría que sentía haciendo lo que todos mis colegas detestaban.
Cuando regresé al Perú y desempeñé un trabajo, si se quiere, más interesante, más estimable y mejor remunerado, yo extrañaba mi trabajo rutinario de Nueva York que, por su carácter repetitivo, me facilitaba el vivir en la presencia de Dios continuamente y gozar de su compañía. Comprendí entonces, gracias a esa experiencia, que cualquiera que sea el trabajo que uno realice, si uno lo efectúa para Dios y se esfuerza en hacerlo lo mejor posible, será para uno una fuente de satisfacción interna y se sentirá realizado y exaltado. Porque no depende tanto de lo que uno hace, sino de cómo, y por qué, y para quién lo hace.
Comprendí también cuánto Dios ama a los que realizan trabajos humildes, si los hacen a conciencia. Si tú eres uno de esos que hacen labores humildes, que nadie haría si no fuera porque no consiguen nada mejor, dale gracias a Dios por tu trabajo y hazlo lo mejor que puedas. Él desde arriba te estará mirando con agrado y te preparará un sobre de pago tan lleno como nunca te habrán dado.
ADDENDUM.
¿Puede el hombre serle útil a Dios? ¿Al Dios omnipotente, al Dios que todo lo puede? Sí, claro que puede. Dios actúa en el mundo de diversas maneras, sea directamente mediante intervenciones soberanas de su poder, sea a través de los ángeles, a quienes la Escritura llama "ministros suyos, que hacéis su voluntad" (Sal 103:21); sea también mediante seres humanos, y ése suele ser el modo preferido por Dios para actuar entre los hombres. De manera que todos nosotros, tú y yo, podemos serle útiles a Dios y Él desea que lo seamos.
¿Y cómo puede el hombre serle útil a Dios? Entre otras formas, siendo útil a otras personas, y hay muchas maneras cómo podemos serlo. De hecho vemos en el mundo muchas actividades, muchas instituciones, sean gubernamentales o privadas, que se dedican a servir a los demás, o, como suele decirse, a prestar servicios a la comunidad. Y lo hacen por diversas motivaciones, incluso a veces por lucro, o por alguna segunda intención, como podría ser la de hacerse de un buen nombre.
Individualmente podemos ser útiles a otros haciendo bien nuestro trabajo. La gran mayoría de las profesiones, ocupaciones y oficios que se practican en el mundo consisten en prestar un servicio a otra personas, Los médicos, los abogados, los ingenieros, los mecánicos, los cocineros, ganan su sustento prestando un servicio a otros.
Pero hay una gran diferencia entre servir a los demás por filantropía, por solidaridad humana, por interés, o hacerlo por amor a Dios. Esa es una motivación más pura, más noble, más desinteresada, porque no se busca nada a cambio. Pero hay algo más, y es que cuando uno hace las cosas por amor a Dios, para servirle, para darle gloria, entonces Dios se encarga de nuestras vidas. ¡Sí! Se encarga de nuestro trabajo, de nuestra familia, de nuestra economía. Y por encima de eso, se produce un cambio en nuestras actitudes, en nuestro ser interno. Una paz interior desconocida empieza a llenarnos. Nuestra relación con Dios se vuelve más profunda.
Ahora bien, nosotros sabemos que las personas que ocupan una posición de responsabilidad en el mundo tienen un número grande de colaboradores, entre los cuales hay algunos en los que el hombre importante tiene una gran confianza. Son aquellos a los que él encarga los asuntos de mayor trascendencia.
Estas personas, en virtud del servicio que prestan a su jefe, adquieren inevitablemente cierto ascendiente, cierta influencia sobre él. Por eso es que cuando uno necesita obtener algún favor de un gran personaje, nos dirigimos a uno de esos colaboradores cercanos suyos que conozcamos, para que nos recomiende, porque sabemos que el personaje los escucha.
Pues bien, algo semejante ocurre con el Gran Personaje de todos los grandes personajes, con el Jefe Supremo, con Dios. Las personas que le sirven penetran en su intimidad, en su círculo privilegiado de amigos, adquieren ascendiente sobre Él, y tanto más cuanto más grandes sean los servicios que le prestan. Los que sirven a Dios son sus favoritos, sus confidentes.
El libro del Génesis dice que Dios trataba a Abraham como a un confidente, por lo cual Santiago lo llama "amigo de Dios" (St 2:23). Por eso cuando Dios se propuso destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra, Él se preguntó a sí mismo: ¿Esconderé de Abraham lo que voy a hacer siendo como él es un fiel siervo mío? Dios incluso dejó que Abraham intercediera por las dos ciudades condenadas a destrucción, y hubiera estado dispuesto a salvarlas a su pedido si se hubieran cumplido las condiciones que le señalaba el propio Abraham (Gn 18:16ss).
NB. Este texto fue escrito para ser transmitido por radio el 28.01.98 y fue revisado para ser publicado por primera vez el 10.10.04, bajo el #338. El Addendum fue agregado en esa ocasión.
Amado lector:
Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#691 (04.09.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).
martes, 9 de agosto de 2011
LA OFRENDA DE LA VIUDA
1-4 “Levantando los ojos, (Jesús) vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquellos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta de su pobreza echó todo el sustento que tenía.” (Nota 1)
¿Porqué echó ella más que todos? Jesús lo dice: porque dio todo lo que tenía, lo cual le demandó un gran sacrificio, un sacrificio que sólo quien ama sin reservas puede hacer. (2)
Lo que determina el valor de lo que uno hace es el amor con que lo hace. El amor da valor a nuestros actos. El acto más pequeño, más insignificante y más rutinario, hecho por amor a Dios o al prójimo, tiene un valor inmenso. La acción más heroica hecha por amor egoísta de la gloria pero sin verdadero amor, vale muy poco en comparación. El que tiene todo y da de lo que le sobra, suele dar con indiferencia porque no le cuesta dar. Aquel a quien le cuesta dar porque le falta aun lo indispensable, sólo puede dar u obligado o por amor. Hay pues aquí una regla: el amor da valor a nuestras acciones; la indiferencia quita valor aún a nuestras mejores acciones. (3).
Esta es la misma doctrina que enuncia Pablo en 1Cor 13: “Si entregase mi cuerpo para ser quemado y no tengo amor, de nada me sirve.” (vers.3). En otro lugar volverá Pablo sobre el tema cuando dice que “Dios ama al dador alegre” (2Cor 9:7); esto es, ama a quien, aunque le cueste separarse de la última moneda que le queda, le alegra devolver a Dios una parte de lo mucho que ha recibido de Él. ¡Cómo pudiéramos nosotros dar siempre de lo nuestro con el desprendimiento y amor que mostró esta viuda! (4).
Es una gran verdad que las posesiones nos impiden amar a Dios porque atan nuestro corazón a ellas. En cambio el que no tiene nada puede amar a Dios con todo su corazón, porque su corazón está libre y no está atado a lo que posee. Ese es el motivo por el cual Francisco de Asís valoraba tanto a la “hermana pobreza” y la exigía de sus seguidores. No por la pobreza misma, sino porque ella libera el corazón del hombre. (5)
¡Cuán cierta es la frase de Jesús: “Donde está tu tesoro está tu corazón”! (Lc 12:34). No hemos comprendido toda su profundidad. El que posee un gran tesoro tiene su corazón acaparado totalmente por él, al punto que no puede amar otra cosa que no sea su dinero. El dinero se vuelve como un agujero negro que absorbe todas sus energías y las atrae a su núcleo en un remolino voraz.
En cambio el que tiene poco, tiene poco de qué preocuparse: “Dulce es el sueño del trabajador, -dice el Eclesiastés- coma mucho, coma poco; pero al rico no le deja dormir la abundancia”. (5:12). El que va ligero de equipaje –y ésa es una buena imagen de la ausencia de posesiones-- viaja más libremente y puede moverse con más libertad. El que lleva mucho equipaje tiene mucho en qué pensar y mucho que cuidar, y por eso camina preocupado y dificultosamente.
Sin embargo, se dice, que la pobreza es una carga pesada y que quita libertad al que la sufre. Y es cierto. ¡Qué limitado está el pobre en sus deseos y en la satisfacción de sus necesidades! En cambio el rico todo lo puede. Se da lujos sin pensar que con lo que malgasta salvaría a muchos de la miseria y daría de comer a muchos hambrientos. Decide, manda e impone sus caprichos porque con su dinero compra las voluntades y las conciencias. Pero todo depende del color del cristal con que se mire, según reza el dicho. El dinero da libertad en lo material, pero la quita en lo espiritual. La pobreza es al revés, da libertad en lo espiritual, pero la quita en lo material. Escojamos el dominio en que queremos ser libres.
La mayoría de los hombres escogerá un sano término medio: “…no me des pobreza ni riqueza; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga ¿Quién es el Señor? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios.” (Pr.30:8,9). O como dice el apóstol: “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.” (1ª Tm.6:8). Pero hay quienes niegan esta doctrina, que es la más bíblica de todas las referentes al dinero, y predican lo contrario (6).
¡Ella encierra tanta verdad en lo que se refiere a la eficacia de la predicación! Jesús la tuvo en cuenta cuando mandó a los doce a predicar de dos en dos: “No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas.” (Lc.9:3. Véase también Mt.10:9,10). Juan Bautista, Jesús, Pablo ¿llevaban puestos vestidos costosos y se desplazaban en carruajes? Si así fuera, ¿quién los hubiera escuchado? ¿Se puede predicar a Cristo llevando un anillo de oro engastado con brillantes en el dedo? Se ha criticado la época en que los prelados eclesiásticos llevaban al pecho cruces con piedras preciosas, y vivían en palacios ostentosos; tiempos en que la iglesia ya no podía decir como Pedro: “Oro y plata no tengo”, porque de ambas cosas estaban repletas sus arcas. Pero tampoco podía decir: “Levántate y anda”, porque carecía del poder para sanar enfermos (Hch.3:6). Aunque no se daba cuenta, era pobre de solemnidad en lo espiritual: “Porque tú dices yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.” (Ap.3:17). Ahora los que criticaban con buen motivo a esa iglesia del pasado quieren imitarla. Anhelan poseer sus defectos como si fueran virtudes.
Este pasaje nos muestra también cómo Dios observa todos los acontecimientos humanos; penetra en el corazón del pobre y del rico “y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hb 4:12). Nuestros actos más triviales pueden tener para Él gran importancia, y los que consideramos relevantes, ninguna. Lo que el pobre hace desde su miseria, y que nadie nota, puede ser para Dios de mucha mayor trascendencia que el acontecimiento que destacan los titulares de los diarios. La posición que ocupa el hombre en la sociedad y en el mundo es incierto indicio de la que ocupará en la otra vida. O, más bien, nos permite adivinar cuál será en contraste con la presente, porque “los últimos serán los primeros y los primeros, últimos” (Lc 13:30).
También cabe preguntarse: ¿Por qué se fijó Jesús en la viuda? No sólo por su desprendimiento, creo yo, sino también porque padecía necesidad. Todo el que sufre, o pasa hambre, atrae la mirada de Dios mucho más que el que está satisfecho. Pero entonces se preguntará: ¿Por qué Dios no acude a solucionar sus angustias y permite que continúe su miseria? Nosotros no podemos comprender cómo Dios actúa. Su tiempo y su perspectiva es muy distinta y mucho más vasta que la nuestra (Is 55:8,9). Pero en su momento todo dará su fruto. Los hechos ocultos aparecerán en todo su esplendor ignoto, y los que parecían ser proezas gloriosas serán dispersadas por el viento como hojarasca. Tanto el pobre como el rico cosecharán lo que sembraron: “Los que sembraron con lágrimas, con alegría segarán.” (Sal 126:5). Mirarán atrás y verán cómo su vida fue un suspiro que pasó raudo como el viento. Y que lo que sufrieron o gozaron es poco comparado con lo que ahora les espera, porque la verdadera vida recién empieza (7).
Nota (1) En el atrio de las mujeres había trece arcas en las que los judíos depositaban el dinero destinado a los diversos tipos de sacrificios y de ofrendas, que recibían colectivamente el nombre de corbán (Véase Mr 7:11). Sus orificios tenían forma de trompetas. Las monedas que la viuda depositó eran llamadas leptón. Dos juntas hacían un cuadrante, que se obtenía partiendo en cruz un asarión. El valor de lo depositado por la viuda, que era su sustento del día, equivalía apenas a 1/64 de un denario, que era el jornal diario de un obrero. De ahí. podemos calcular cuán grande era su pobreza.
(2) En el pasaje paralelo, Mr 12:41-44, se dice que antes de hablarles de la viuda, Jesús llamó a sí a sus discípulos, que posiblemente se habían dispersado por el atrio donde se desarrolla el episodio. Si los llama es porque tiene algo importante que enseñarles.
(3) A todos nos agrada más el servicio que nos brindan con cariño que el servicio hecho con frialdad. Por eso es que algunas tiendas y establecimientos comerciales entrenan a sus empleados a atender con solicitud a sus clientes y a sonreírles, sabiendo que con ese buen trato los invitan a regresar. Pero si a uno lo tratan de una manera displicente o descortés, no querrá volver.
(4) A muchos extranjeros que viajan por los pueblos de nuestra sierra les choca la pobreza en que vive la gente, pero les llama también mucho la atención lo generosos que son al mismo tiempo. Se desviven por atender con lo poco que tienen a sus huéspedes, que lo tienen todo. Su grandeza de alma (porque la generosidad es grandeza) brota de su pobreza. En cambio hay muchos ricos que cuanto más tienen más tacaños son. Su dinero ha invadido su corazón y lo ha petrificado. Su riqueza los empequeñece y empobrece espiritualmente.
(5) Hace unos días regresaba de la Feria del Libro llevando unos preciosos libros que había comprado a buen precio, y me había propuesto ponerme a orar al llegar a casa. Al trasponer la puerta sentí como si el Señor me dijera: Ahora no me puedes amar porque tienes el corazón ocupado por tus libros. Y es verdad: El apego que tenemos por las cosas materiales nos impide allegarnos a Dios. Por eso Dios a veces nos quita las cosas; es decir, permite que nos las roben o que se pierdan, para que no nos apeguemos a ellas y pensemos más en Él.
(6) Soy conciente, sin embargo, que en nuestro país hay una cultura de la pobreza que limita las iniciativas y oprime a la gente, y que es bueno enseñar a la gente que, con la ayuda de Dios, es posible superar la escasez y alcanzar una sana prosperidad, así como prospera su alma (3Jn 2).
(7) ¡Qué contraste entre esta viuda y la viuda que presenta sus demandas al juez! (Lc 18:1-8). Mientras que la primera va humilde a depositar su ofrenda, la otra insiste obstinadamente en sus derechos hasta obtener lo que desea. No que estuviera mal lo que ella hizo. Al contrario, Jesús la pone como ejemplo de perseverancia en la oración. Pero la viuda pobre nos atrae más porque era humilde. Notemos también que, al desprenderse de todo lo que tenía para su sustento, ella hace un gran acto de fe en Dios confiando en que Él puede proveer lo necesario. ¿Podemos imaginar el gozo y la paz que sintió ella cuando retornaba a su hogar? No hay nadie de quien Dios se agrade que no experimente un reflejo del gozo que proporciona a su Señor.
NB.Este artículo fue publicado hace nueve años en una edición limitada y transmitido como charla por una radio local. Lo vuelvo a publicar ligeramente revisado.
#687 (07.08.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).



