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martes, 9 de enero de 2018

EL QUE PROCURA EL BIEN BUSCA FAVOR

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL QUE PROCURA EL BIEN
Un Comentario de Proverbios 11:27-31
27. “El que procura el bien busca favor; mas al que busca el mal, éste le vendrá.”
El que busca el mal (para otros) lo verá caer sobre su propia cabeza, como aquel que fue atrapado en la red que tendió a su enemigo. Pero el que procura siempre el bien de otro, verá que lo cosechará también para sí.
En suma, cada cual recibe lo que busca, pero el que busca el mal ajeno, lo recibirá en cabeza propia, si no inmediatamente, en algún momento inesperado, y probablemente no entenderá por qué le viene.
Este proverbio podría leerse así: El que procura hacer el bien, busca favor (es decir, recompensa) para sí, (las palabras subrayadas no figuran en el texto, pero están implícitas) sea porque se gana la buena voluntad de otros que ven su conducta, sea porque recibe de vuelta el bien que hizo al prójimo.  Mientras que el que procura hacer el mal a otros, lo recibe él mismo, porque en algún momento sufrirá las consecuencias. La idea es que cada cual cosecha lo que siembra.
La noción que subyace el mensaje de este proverbio es que el hombre está siempre activo; nació para hacer cosas y no puede estar ocioso. Todos tienen un propósito que alcanzar en la vida. Todo el que busca diligentemente el bien, se levanta temprano y se pone sin tardar a la obra, logrará el fin que se propone. No obstante, el malvado trabaja también con ahínco para alcanzar su objetivo, y a veces lo hace con más diligencia que el bueno, porque Satanás lo impulsa. Pero aunque él pueda causar mucho daño a otros, a la larga, él será el más perjudicado, si no en esta vida, en la otra.
Nosotros debemos esforzarnos por ser útiles, a nosotros mismos, para empezar, y luego para otros, esto es, a los nuestros y a la sociedad. Hemos recibido dones y talentos con ese fin, para que los desarrollemos y seamos fructíferos. ¡Cuántos hombres y mujeres han beneficiado a la humanidad con sus inventos y descubrimientos! Hoy nos podemos comunicar con la velocidad de un rayo de un extremo a otro de la tierra (lo que antes tomaba meses), y muchas enfermedades, antes incurables, han encontrado un tratamiento efectivo. Estos son ejemplos prácticos de la verdad contenida en este proverbio. Pero también ¡cuánto daño han hecho al mundo los malvados que obtienen poder, sea económico, mediático o político! Pero unos y otros, los que buscan el bien, y los que buscan el mal, cosecharán las consecuencias de sus actos. Del Señor Jesús se dice que Él anduvo haciendo siempre el bien y sanando enfermos y a los oprimidos por el diablo (Hch 10:38). ¡Que Él sea nuestro modelo!
28. “El que confía en sus riquezas caerá; mas los justos reverdecerán como ramas.”
En este proverbio de paralelismo antitético está implícita la noción de que el justo
confía en Dios.
La juventud y la frescura en la edad avanzada son la recompensa anhelada del justo que busca en todo servir a Dios.
Las riquezas son buenas para muchas cosas, pero no para comprar la vida eterna. En el vers. 4 se dice: “Las riquezas no aprovecharán en el día de la ira”, ni nadie puede comprar años adicionales de vida con su dinero, pero su rectitud le permite al justo alargar su vida, reverdeciendo como lo hacen las ramas.
Cuando yo fui invitado hace algunos años a dar un ciclo de diez conferencias sobre el matrimonio en una iglesia evangélica en Tacna yo estaba asustado ante el reto de hablar diez veces ante la misma congregación sobre un mismo tema en el curso de una semana. Temía que después de la tercera o cuarta sesión ya se aburrirían de escucharme. Como yo no confié en mí mismo, esto es, en mis conocimientos y experiencia, sino en la ayuda de lo alto, Dios suplió abundantemente mi insuficiencia, dándome incluso más temas y material de lo que necesité. No sólo no se aburrieron de escucharme sino que me invitaron para regresar el año siguiente para un ciclo de conferencias semejante. No digo esto para jactarme sino para dar testimonio de cómo Dios viene siempre en nuestra ayuda cuando confiamos no en nosotros mismos sino en Él.
El que pone su confianza en las riquezas cree que no necesita de Dios. Pero llegará el día en que constatará que su dinero no le ayuda para enfrentar ciertas situaciones, sobre todo si se ha apartado de Dios. Por eso muchas personas pudientes acuden a brujos y astrólogos o videntes, en la esperanza de que los puedan ayudar. En esos casos lo más frecuentes es que sus problemas se agudicen en vez de mejorar, porque al acudir a esa gente, le abren la puerta al diablo, que no descuidará la oportunidad para atormentarlos. ¡Cuántos suicidios se producen como consecuencia de circunstancias semejantes! Esas personas ciegas sufrirán mucho mientras no descubran que la solución de sus dificultades no está en los hombres, sino en Dios.
En otro lugar Proverbios nos advierte contra la necedad de poner su esperanza en las riquezas: “No te afanes por hacerte rico; sé prudente y desiste. ¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque les brotarán alas como alas de águila, y volarán al cielo.” (23:4-6) De este texto quiero destacar las palabras que advierten contra la volatilidad, o incertidumbre, de las riquezas. Hay muchos que se acostaron ricos, pero que se levantaron pobres. En verdad, las riquezas tienen alas.
Nótese que este proverbio no contrasta al impío con el recto, sino a éste con el que confía en sus riquezas. ¿Podemos llamar impío a ese hombre por este hecho? No, ciertamente. Más bien, lo llamaremos iluso o necio, aunque es cierto que muchas veces las riquezas se alcanzan por medio vedados, o perjudicando a otros. Muchos empresarios no tienen escrúpulos y, por su dinero, gozan de impunidad.
Pero, de otro lado, ¿quién negará los beneficios que traen las riquezas al que las posee? Por eso es que todos anhelan poseerlas y se esfuerzan por adquirirlas. Permiten gozar de grandes satisfacciones en esta vida, pero no compran la paz de conciencia, ni garantizan la buena salud, ni la amistad sincera de los que los rodean, sino un amor interesado, como dice un proverbio: “Muchos son los que aman al rico.” (14:20b).
Tampoco compran la entrada al cielo. Más bien, pueden cerrarla (Sal 49:6-8). Jesús posiblemente estaba pensando en este proverbio cuando dijo: “¡Cuán difícil les es entrar en el reino de Dios a los que confían en sus riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.” (Mr 10:24,25).
Y por eso mismo exhortó Pablo a su discípulo Timoteo a advertir a los ricos que no pongan su “esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo.” (1Tm 6:17). Y añadió: “que sean ricos en buenas obras.” (vers. 18; cf Sal 52:6,7; 62:10c). No les vaya a ocurrir lo que al rey Uzías, que cuando se enriqueció, se ensoberbeció, y le fue infiel a Dios. Como consecuencia enfermó de lepra y tuvo que ser apartado del trono (2Cro 26:16-21).
O peor aún, como ocurrió con el pueblo de Israel, que “cuando adquirió riquezas, abandonó al Dios de su salvación”, sirviendo a dioses ajenos (Dt 32:15,6).
En el evangelio de San Juan, Jesús nos plantea el ejemplo de dos clases de ramas de vid, o pámpanos: el de las ramas que perseveran unidas al tronco y, por tanto, dan mucho fruto, y el de la rama que no permanece unida a la vid, y que no da fruto, y en consecuencia, es cortada y echada al fuego. La diferencia entre una y otra rama es que una permanece en Cristo, y la otra no (Jn 15:4-6). El secreto es pues permanecer en Cristo.
Puede haber etapas de sequedad y esterilidad, como sucede durante el invierno, pero cuando retorna la primavera la rama reverdece y se llena de fruto (Jr 17:8), “como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae…” (Sal 1:3), “cuyo fruto será para comer y su hoja para medicina.” (Ez 47:12).
¿No hemos visto nosotros casos de hombres justos que con su ejemplo y su palabra han alimentado a otros  y los han estimulado a seguir el camino del bien? Ellos no pusieron su confianza en las riquezas materiales o intelectuales, sino en Dios, que los enriqueció con sus dones y talentos y los equipó para ministrar a otros (Rm 12:6-8).
El Venerable Beda (673-735) comenta: “El que no piensa en el futuro (esto es, en los bienes futuros) porque anhela los bienes presentes, al final carecerá de ambos.”
29. “El que turba su casa heredará viento; y el necio será siervo del sabio de corazón.”
Aquí hay dos preguntas que hacerse: 1) ¿Qué relación hay entre los dos esticos del proverbio? No es muy evidente; y 2) ¿Qué es turbar su casa?
La relación es, sin embargo, si se observa bien, bastante transparente: (1) el que perturba su casa y el necio son la misma persona. El sabio no turba su casa. (2) Heredar viento es lo mismo que empobrecer, lo que lleva al necio a ser siervo del sabio, que entra en posesión de los bienes del necio. Los papeles se invierten. Sabiduría y necedad producen a la larga frutos opuestos. Podemos reformular el proverbio de esta manera: El que turba su casa empobrece, y termina sirviendo al sabio que se enriquece con lo que él pierde.
Turbar su casa puede tener varios significados emparentados. Turba, o desordena, su casa el que hace constante gala de mal carácter, o está siempre amargado; el que crea rivalidades entre sus miembros; el que conspira contra la estabilidad y unión de su familia mediante la infidelidad; el que administra mal el patrimonio familiar; el hijo que contrista a su padre, etc.
El hecho de que hable de “heredar” hace pensar que el vers. se aplica más a los hijos que a los padres, pero “heredar” tiene con frecuencia el sentido simple de “recibir” (Pr.14:18; Mt.25:34; Mr.10:17; 1Cor.15:50; Ap.21:7). Es decir, el que turba su casa recibe él mismo los frutos de su inconducta. Un buen ejemplo de hijos que perturbaron su casa son Amnón y Absalón, hijos de David. Ambos murieron prematuramente y de manera trágica (2 Samuel 13 y 18). (Nota)
El segundo estico expresa una verdad que se cumple diariamente: el que actúa neciamente, de manera poco sabia, terminará sirviendo, o estando en una posición subordinada, respecto del que obra con prudencia y pondera bien las consecuencias de sus actos.
Como nos muestra el salmo 133 una familia unida por la gracia de Dios florece por las bendiciones que Dios derrama sobre ella, mientras que “toda casa dividida contra sí misma no permanecerá.” (Mt 12:25) Con frecuencia la impiedad o la avaricia, o la mala conducta del jefe de familia son una amenaza para el bienestar de su casa y puede de hecho causar mucho sufrimiento a los suyos (1Sm 25:17), que pueden terminar odiándolo.
En verdad, nadie puede descuidar el bien de su alma sin perjuicio de los suyos. Ciertamente priva a su casa de las bendiciones que trae la oración ungida y el buen ejemplo, pero cuánto bien hacen a los suyos los padres que les dan buen ejemplo de rectitud y de piedad. En cambio perturba neciamente a los suyos el que neciamente hace lo que su impiedad le inspira, y él mismo hereda el viento, como dice Oseas: “El que siembra el viento, cosecha tempestades.” (8:7a). Eso ocurrió cuando Koré y sus seguidores se levantaron en el desierto desafiando el liderazgo de Moisés: la tierra los tragó y descendieron vivos al Seol (Nm 16:31-33). Un destino trágicamente semejante corrió Acán que, por codicia, tomó un manto lujoso, y oro y plata, y lo escondió, violando la orden de destruir todo lo que se hallara en la conquista de Jericó, y que Dios había condenado al anatema. Cuando fue obligado a confesar su pecado, la congregación lo apedreó a él y a su familia, y quemó sus despojos (Js 7:1, 20-25).
Los hijos del anciano sacerdote Elí desoyeron la débil reprimenda de su padre que les reprochaba que profanaran la casa de Dios abusando de las mujeres que velaban  a la puerta del tabernáculo de reunión en Silo, para escándalo de todo el pueblo, pero él no los disciplinó como debía, por lo que Dios le anunció que retiraría a su linaje del sacerdocio y lo daría a otro que le fuera fiel (1 Sm 2:22-25; 27-36). Entre las palabras notables que figuran en este trágico episodio están éstas que pronunció Elí: “Si el hombre pecare contra el hombre, los jueces lo juzgarán; más si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él? (v. 25).
También turbó gravemente su casa Jeroboam, que hizo pecar a las diez tribus de Israel fundiendo dos becerros de oro para que los adorara el pueblo, en vez de ir a servir al Señor en Jerusalén, por lo que Dios hizo morir a toda su descendencia por mano de Baasa (1R 15:29,30).
30. “El fruto del justo es árbol de vida; y el que gana almas es sabio.”
Con sus palabras el justo gana a otros para el cielo. Por eso se dice que es árbol de vida.
El fruto del justo es, de un lado, su conducta; pero también las palabras con que enseña, aconseja y lleva almas a Cristo. Por eso es sabio para otros, en primer lugar, y también para sí (9:12a), porque no dejará de cosechar su recompensa. (Véase Sal.1:1-3).
El segundo estico podría ser el "motto" o lema de todas las organizaciones que hacen obra evangelística.
Toda la vida del justo, sus oraciones, su enseñanza, el ejemplo que da a los demás, la influencia que ejerce, todo ello es árbol de vida para su entorno, dice acertadamente Ch. Bridges. Los que lo rodean, familiares y amigos, se alimentan de ese fruto que él produce en abundancia. ¡Pero cuán distinta es la influencia del que vive de manera contraria! Es un veneno que corrompe la sangre y arrastra hacia al mal a muchos que lo admiran por sus logros mundanos. Pero ¿cómo será su final?
El justo es no sólo árbol de vida, sino que su boca es manantial de vida de la que fluyen palabras que conducen a la vida eterna (Pr 10:11). Por eso bien se afirma que el que gana almas es sabio. No hay mayor sabiduría que ésa, porque sus consecuencias son eternas. Es una sabiduría que beneficia a otros, pero también al que la posee, pues recibirá su premio en su momento. Es una sabiduría que no requiere de estudios, sino abrirse al Espíritu Santo.
Pero a nadie se puede aplicar mejor estas palabras que a Jesús, que con su muerte dio vida eterna a los que creen en Él y le obedecen. Todo el que quiera ser árbol de vida para muchos seguirá sus pasos, muriendo a sí mismo. Deberá tener una sed de almas como la que llevó a Jesús al pozo de Sicar, donde vino a buscar agua la samaritana, que no tenía idea del agua que iba a encontrar y que iba a beber de la boca de Jesús (Jn 4:1-42).
Como bien dice Pablo, “ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos.” (Rm 14:7,8). Así también la esposa que gana para Dios a su marido incrédulo con su conducta casta y respetuosa (1P 3:1,2). Hay en la historia un caso notable de mujer que con su sabiduría y paciencia ganó a su esposo, el indomable rey franco Clodoveo, orgulloso vencedor de muchas batallas, pero que, gracias a ella, se rindió a los pies de Cristo.
31. “Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡Cuánto más el impío y el pecador!”
Este proverbio habla del sembrar y cosechar en esta vida. Según sea la semilla, será la cosecha. “El buen árbol –dijo Jesús- no puede producir un mal fruto.” (Mt 7:18), y viceversa. Hay una recompensa que se alcanza en esta vida, y una mejor que se recibe en la otra. Igual sucede con el impío, que segará en esta vida el fruto pernicioso de sus obras venenosas, y en la otra, si no se arrepiente a tiempo, el castigo perpetuo.
¡A cuántos ha librado la vara de corrección oportuna de una condenación cierta, haciendo que el descarriado enmiende sus caminos! Como dice Salomón: “La vara y la corrección dan sabiduría.” (Pr 29:15a) El justo no puede escapar del castigo temporal merecido si alguna vez le falla a Dios, como ocurrió con Moisés y Aarón, que no honraron a Dios en las aguas de Meribá. Por ello Dios les anunció que no introducirían a la congregación de Israel en la Tierra Prometida, sino que otro lo haría en su lugar (Nm 20:12)
Algo semejante sucedió con David, a quien Dios amonestó por su adulterio por boca del profeta Natán (2Sm 12:9-12). Y con Salomón, por haberse apartado del Dios verdadero cuando era viejo, y haber adorado a los falsos dioses de sus muchas mujeres y concubinas extranjeras, por lo cual Dios le dijo que le quitaría el reino, pero no en sus días, por amor de David, sino en el reinado de su hijo Roboam, al cual le dejaría una tribu. (1R 11:4-13).
La misericordia de Dios permite que el justo sea castigado por sus faltas en la tierra (Ecl 7:30), y no en el infierno, como merecería. Pablo escribe: “mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.” (1Cor 11:32).
Si el hijo es disciplinado (“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” Hb 12:6), ¡con cuánta mayor razón lo será el pecador contumaz! Como escribe el apóstol Pedro, citando este proverbio según la versión de la Septuaginta: “Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1P 4:18). “He aquí el día del Señor viene ardiente como un horno, y todos los que hacen maldad serán como estopa.” (Mal 4:1, según la Septuaginta).
Nota: El verbo heredar quiere decir no sólo recibir un bien como legado de los padres o de algún pariente, sino experimentar las consecuencias de los propios actos.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te exhorto a adquirir esa seguridad, y te invito a arrepentirte de todos tus pecados, pidiéndole humildemente perdón a Dios por ellos.
#954 (04.12.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 6 de enero de 2017

HAY BENDICIONES SOBRE LA CABEZA DEL JUSTO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
HAY BENDICIONES SOBRE LA CABEZA DEL JUSTO
Un Comentario de Proverbios 10:6-10
6. “Hay bendiciones sobre la cabeza del justo; pero violencia cubrirá la boca de los impíos.”

El original del vers. 6a dice: “Bendiciones (bajan) sobre la cabeza del justo.” El sentido de la segunda línea sería: La violencia revierte sobre la cabeza del impío que la instigó y lo hace callar. El sentido primario de este proverbio antitético sería pues: La gente bendice al justo, pero los impíos serán insultados y despreciados, de modo que la vergüenza cubra su boca. Este proverbio y el siguiente están ligados por la palabra “berajá” (bendición) que figura en ambos.
La expresión de que hay algo “sobre la cabeza” de alguien quiere decir protección, pero también la inminencia de recibir cosas buenas (Gn 49:26), eventualmente también recibir cosas malas (como cuando se habla de la espada de Damocles que pende sobre la cabeza de alguno).
El justo cuenta con la protección de Dios. Eso es ya una gran bendición. Pero dice “bendiciones”, en plural, lo que indica que son muchas y de muchas clases. Dios es “galardonador de los que le buscan” (Hb 11:6), y le sirven. Las bendiciones que recibe el justo son de naturaleza temporal (Dt 28:1-8) y espiritual (Is 32:17); provienen del hombre (Pr 16:7; Jb 29:11-13) y de Dios (Mt 5:3-12).
Pero nótese que todo lo que viene sobre la cabeza de alguno suele ser visible a todos. Esto es, la recompensa del justo no permanece oculta, aunque una parte del premio que reciba sea de naturaleza íntima, personal. Recuérdese asimismo que la imposición de manos, que es una fuente de bendición, se hace sobre la cabeza.
La expresión “cubrir la boca”, o “el rostro” (que aparece también en el vers. 11b) debe haber tenido un significado preciso en Israel, posiblemente asociado a tener vergüenza (Sal 44:15; 69:17). Nosotros podemos especular sobre su significado, por analogía. Tapar la boca de alguien equivale a dejarlo callado. Pero aquí debe significar que la violencia abrumará a los impíos en pago de sus obras, como ocurrió con Amán, a quien le cubrieron el rostro antes que fuera condenado a ser colgado en la horca que él había preparado para Mardoqueo (Est 7:8-10).
Cuando Pedro en el huerto de Getsemaní hirió con una espada a un criado del sacerdote en un vano intento de evitar que arresten a Jesús, éste le dijo: “todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mt 26:52), de donde viene el refrán “El que a hierro mata, a hierro muere”. Es decir, cosechará la violencia que ejercieron sobre otros. Aquí también Dios paga a cada cual según sus obras (Jb 34:11; Sal  62:12; Jr 17:10; Mt 16:27; Rm 2:6; Ap 2:23). (Nota 1)
Un impío pacífico, no violento, es una imposibilidad. Pero el justo sí es ambas cosas. Por eso el justo no hereda violencia, sino paz. Esto es, cosecha lo que sembró. Valdría la pena agregar que al impío la violencia no lo afecta tanto como al justo, porque es el clima en el cual está acostumbrado a vivir. Por eso sabe muy bien contraatacar y defenderse, y reacciona a la agresión mejor que el justo. La versión de la Septuaginta (LXX), “duelo prematuro cubrirá la boca de los impíos”, apoya mi explicación.
El segundo estico de este proverbio es idéntico al del vers. 11. La diferencia está en que en el vers. 11 “boca” juega con “boca”, mientras que en el vers. 6 la oposición es entre “cabeza” y “boca”. El sentido primario del proverbio es bastante obvio y claro: Mientras que a los justos les esperan bendiciones, a los impíos les aguardan violencias. Es el pago normal a los hechos de cada uno. El papel que juega aquí “cabeza” es también claro: lo que viene de arriba, en sentido espiritual o material, se recibe sobre la cabeza y la cubre. Es cierto que la violencia no viene necesariamente siempre de arriba, sino del mundo mismo que nos rodea. Es apropiado pues que cubra la boca. Pero lo es también porque el impío es violento no sólo con sus manos y brazos; lo es también con la boca. Es justo que reciba el castigo ahí por donde peca. En efecto, la violencia verbal puede golpear tanto como la física: “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada”. (Pr 12:18) ¿Quién no lo ha experimentado alguna vez?
7. “La memoria del justo será bendita; mas el nombre de los impíos se pudrirá.”
La idea es afín a la del proverbio anterior. Aún muerto el justo será bendecido, de manera que su recuerdo se mantiene vivo (Sal 112:6b), y sirve de ejemplo a otros. Como fue el caso del rey Josías, que fue llorado por su pueblo y fue endechado por Jeremías, y por los cantores del pueblo (2Cro 35:24,25). En cambio, “el “nombre de los impíos” se borrará de la memoria del pueblo. Nadie se acordará de ellos (Jb 18:17; Sal 109:13; Jr 22:18,19). Dicho de otra manera, así como se pudre el cadáver del impío en la tumba, se pudre su nombre en la memoria del pueblo.
El contraste en este proverbio es claro: la fama del justo perdura; el nombre del impío no perdura, sino pronto se olvida; no su fama, porque no la tiene, o no la tiene buena; o a lo sumo, tiene mala fama. Pero hay más: lo que se pudre desprende mal olor. Algo parecido ocurre con el nombre del impío, porque hasta a sus parientes avergüenza. La gente gusta de recordar los hechos buenos y heroicos porque los inspiran y les levantan el ánimo. Recordándolos la gente alaba y bendice la memoria del justo. Se le levanta monumentos y se pone su nombre a las calles. Pero nadie quiere acordarse de las maldades del impío.
Un ejemplo patente de distinta fama es el caso del apóstol Pablo y del emperador Nerón. Como relata el libro de los Hechos (25:10-12; 27:1,2), Pablo fue llevado a Roma para ser juzgado por el tribunal del César. Aunque no se conocen los detalles del juicio al que fue sometido, él dice que aprovechó su defensa para predicar a los presentes el Evangelio, y de esa manera fue librado de la boca del león (2Tm 4:17). Su renombre no se ha extinguido hasta hoy. En cambio, la violencia cubrió la boca del emperador perseguidor de cristianos, pues, perseguido a su vez, acusado de haber incendiado Roma acabó suicidándose.
Otro caso patente de destino contrastante, como señala Cesáreo de Arlés, es el de Juan Bautista y de Herodes Antipas, el tetrarca, que lo mandó matar para complacer a su sobrina Salomé (Lc 3:19,20; Mr 6:14-28). Mientras que el precursor de Jesús sigue siendo recordado con respeto y admiración, y su insobornable valentía es un ejemplo para muchos, Antipas, después de sufrir una grave derrota militar, fue acusado de conspirar contra los romanos, fue depuesto y murió en el exilio.
M. Henry muy apropiadamente apunta: Entre los cadáveres del justo y del impío en la tumba no hay diferencia, pero entre las almas de uno y otro en el mundo espiritual sí la hay, y muy grande.
8. “El sabio de corazón recibirá los mandamientos; mas el necio de labios caerá.” (2)
Hay corazones sabios y bocas necias. La sabiduría del justo reside en su corazón, y por eso es discreto. En cambio, la boca delata al necio, porque habla lo que no debe. El Sirácida anota: “El necio tiene la mente en sus labios; el sabio tiene sus labios en la mente.” (21:26). Esto es, mejor piensa antes de hablar, no después.
Si este proverbio es un caso de paralelismo contrastante, ¿en qué consiste la oposición de ambos esticos? Entre “recibir los mandamientos” y “caer” no hay un contraste adecuado. Para que lo haya, la segunda frase debe ser completada con la idea sobreentendida: “mas el necio de labios caerá porque no los recibe”.
En esta sección hay cuatro versículos (6-9) que contrastan la suerte del justo con la del impío, aunque en los dos últimos los términos “justo” e “impío” están reemplazados por la descripción de la característica de ambos que se quiere destacar: ser sabio de corazón y caminar en integridad, en el caso del primero; y el que pervierte sus caminos, en el caso del segundo. Uno y otro cosecharán lo que sembraron.
En el versículo que nos ocupa vemos que ya que, como dijo Jesús, “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12:34), el necio de labios no es sabio de corazón, y viceversa, el que no es sabio de corazón es necio de labios. Ambas cosas, necedad de labios y sabiduría de corazón, se excluyen. Pero el necio de corazón es también necio de labios; y el sabio de corazón es prudente al hablar.
El necio de labios es el que habla demasiado y no contiene su lengua, y por eso dice cosas que no conviene, con malas consecuencias para sí, o para otros. O pudiera ser que en su acaloramiento ofenda a su interlocutor. Hace lo contrario de lo que afirma el vers. 10:19b: “El que refrena sus labios es prudente.” Los que desprecian la sabiduría son víctimas de su propia insensatez.
El sabio de corazón, el hombre entendido, recibe, es decir, acoge los mandamientos, y los pone en práctica, y por eso será bendecido por Dios (Pr 1:33). Pero el que no los recibe, cuya necedad se manifiesta en sus palabras, no prospera (Pr 10:14).
9. “El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado.”
"Anda confiado" (c.f. 28:1b), porque su conciencia no lo acusa. Por ese motivo no necesita temer que alguien venga a reprocharle su inconducta, o alguna falta; y además, porque sabe que Dios lo protege. ¡Qué contraste con el impío que "huye sin que nadie lo persiga”! (28:1a).
            Algunas versiones traducen la segunda línea así: “será descubierto”  o “conocido”, lo que quiere decir que aunque aparente vivir honestamente, tratando de engañar a Dios y a su prójimo, en algún momento de descuido se traicionará, y se le verá tal cual es.
            Hay en verdad sólo dos maneras de conducirse en la vida: rectamente, o de manera torcida. Ambas llevan a resultados y destinos opuestos. 
            La versión “Dios Habla Hoy” se toma la libertad de dar como traducción de este versículo dos refranes conocidos: “El que nada debe, nada teme” y “El que mal anda, mal acaba” que, en efecto, reflejan su sentido, pero no son una traducción propiamente dicha.
            En el Antiguo Testamento tenemos dos personajes que caminaban en integridad delante de Dios, y a quienes Él distingue: Abraham (Gn 17:1) y Job (Jb 1:8). No que fueran perfectos, porque ningún hombre lo es, pero su voluntad estaba siempre orientada hacia el bien. Dios ha prometido que los que así viven, gozarán de su protección (Pr 2:7,8; Sal 84:11; Is 33:15,16). Ha prometido además que Él escuchará sus oraciones (1Jn 3:21,22) y que su final será feliz (Sal 37:37). ¿Está tu voluntad siempre orientada hacia el bien? Más te valga.
            Además de los dos ejemplos ya mencionados, tenemos el caso de dos personajes cuyas vidas ilustran los destinos opuestos que menciona este proverbio: José, que mantuvo su integridad pese a las severas pruebas a las que fue sometido (Gn 39); y Siba, que con engaños y calumnias obtuvo el favor del rey (2Sm 16:1-4; 19:24-30).
            Otro caso notable de contraste es el del rey David, de quien Dios mismo dio testimonio de que caminó en integridad (1R 9:4), y cuyo corazón era conforme al corazón de Dios, pese a sus debilidades humanas (1Sm 13:14; Hch 13:22); y su hijo Absalón, que se rebeló traicioneramente contra su padre, y tuvo una muerte ignominiosa (2Sm 18:14,15).
10. “El que guiña el ojo acarrea tristeza; y el necio de labios será castigado.”
Aquí hay un contraste entre el que acarrea males a su prójimo (cf vers. 23a), y el que se los causa a sí mismo. Guiñar el ojo ha sido siempre una manera de comunicarse a escondidas, casi secretamente, ocultando una mala intención, sea el propósito de seducir, o el asentimiento a ese mal deseo. O pudiera ser una señal convenida entre delincuentes para perpetrar algún delito (Véase Pr 6:13-15; cf Sal 35:19). El Sirácida dice al respecto: “El que guiña el ojo trama algo malo, y nadie lo apartará de ello.” (27:22, vers. Schökel). El que es enemigo de Dios, suele ser enemigo de su prójimo, apunta Ch. Bridges.
No creo que sea necesario hablar nuevamente aquí del “necio de labios”, porque ya se ha dicho bastante al respecto al comentar el vers. 8. La segunda línea de este proverbio es casi una repetición del vers. 8b. Por eso algunas versiones, traducen la segunda línea siguiendo a la Septuaginta: “El que reprende osadamente procura la paz.”
Notas: 1. Éste es el principio bíblico que con más frecuencia aparece en sus páginas. Por tanto, deberíamos tenerlo muy en cuenta: Dios cuidará de que todos cosechemos, en esta vida o en la otra, el fruto de lo que sembramos.
2. La palabra “necio” (ewil en hebreo) aparece un gran número de  veces en el Antiguo Testamento, y de ellas la mayor parte en el libro de Proverbios. Según algunos “granuja” sería una traducción más apropiada.
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te exhorto a adquirir esa seguridad, porque no hay ninguna seguridad que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle humildemente perdón a Dios por ellos, diciendo:
Jesús, Yo sé que tú moriste por mí en expiación de mis pecados y que me ofreces gratuitamente tu perdón. Aunque soy consciente de que no lo merezco, yo lo acepto y te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.

#929 (12.06.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

CÓMO SE DEBE PERDONAR AL HERMANO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
CÓMO SE DEBE PERDONAR AL HERMANO
Un Comentario de Mateo 18:15-22
15. "Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano."
¿De qué manera puede tu hermano pecar contra ti? De infinitas maneras. Una sería insultándote, o tratándote sin consideración. Otra sería tomando algo tuyo sin tu autorización, o pretendiendo violar tu propiedad; otra sería hablando mal de ti, o calumniándote; y tantas otras maneras.
Si ése fuere el caso, anda donde él a solas -porque los testigos sobran en un primer abordaje y para no avergonzarlo- para que puedas hablarle con confianza, y reclamarle por lo ocurrido. Pero hazlo de buena manera, sin asperezas, con un tono  conciliatorio que no excluya la firmeza, apoyado en lo que dice Lv 19:17 ("razonarás con tu prójimo”) en un pasaje que trata de las relaciones con el prójimo, que prohíbe vengarse y guardar rencor contra “los hijos de tu pueblo”, y que incluye el mandamiento que Jesús cita, calificándolo como el segundo gran mandamiento de la ley: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19:18; cf Mt 22:39).
Si él te hiciera caso y te diera la razón, disculpándose, como dice Jesús, has ganado a tu hermano que estaba a punto de convertirse en tu enemigo. Y haced las paces.
Pero observemos que, según Jesús, trastocando los criterios del mundo, no es el ofensor el que debe pedir disculpas, sino es el ofendido el que debe buscar la reconciliación.
Sin embargo, vale la pena notar que en la mayoría de manuscritos no figuran las palabras "contra ti", lo que hace pensar que Jesús podría estarse refiriendo aquí a pecar en términos generales, no necesariamente a ofensas personales. Eso coincidiría con lo que expone St 5:19 respecto del que "se ha extraviado de la verdad", es decir, que ha apostatado de la fe.
16. "Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra."
Pero si no quiere hacerte caso, ni darte la razón cuando tú la tienes, entonces ha llegado el momento de que convoques a una o dos  personas neutrales, para que ellos sean testigos de lo que tú y tu hermano se digan, y puedan, de paso, ayudarlos a llegar a un  arreglo amistoso. De esa forma ya no será tu palabra contra la suya si no hay arreglo, sino que será la de dos o tres testigos, incluyéndote a ti, los que den fe del asunto contra tu hermano.
Al proponer esta fórmula Jesús no está proponiendo nada nuevo, sino recurriendo a un principio sentado por el Deuteronomio,  según el cual no se puede acusar en ningún caso a una persona por el testimonio de un solo testigo, sino que se necesita que lo hagan por lo menos dos o tres. (Dt 17:6; 19:15).
Notemos que el procedimiento propuesto por Jesús, sobre la base de un sabio principio deuteronómico, puede aplicarse con provecho a faltas, o pecados, en sentido general que ofenden a la moral  pública, o que sean contrarias a una conducta recta y, con mayor motivo, a pecados cometidos contra Dios y al honor debido a su nombre, no exclusivamente a ofensas personales.
¿Es aplicable este principio en nuestros días -en que la legislación es tan complicada- a las relaciones interpersonales, o a las  infracciones contra la sociedad? No estoy seguro, salvo en los procedimientos de conciliación, o de arbitraje, que se han instaurado en muchos países como etapa previa antes de pasar a la etapa judicial, o para evitar hacerlo, y ahorrarse todos los costos de tiempo y dinero que eso significa. (Nota 1)
17. "Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano".
Finalmente, si el ofensor no hace caso de los conciliadores de  buena voluntad, Jesús propone que el asunto se someta a la iglesia, para que sea ella como cuerpo, representada por sus cabezas, la que decida en la queja o contienda y si se llegara al extremo de que el ofensor tampoco hace caso de la iglesia, entonces se le tenga por un pagano o publicano, es decir, por alguien con quien nadie  quisiera tener trato, lo que implica excluirlo también de la iglesia. Esta decisión de exclusión es algo que Pablo también permite en algunos casos extremos (1 Cor 5:3-5), llegando a señalar que ni  siquiera se coma con el ofensor (1Cor 5:11).
Es notable en este caso que Jesús no diga que el ofensor recalcitrante debe ser denunciado ante la Sinagoga, que intervenía en estos asuntos en su tiempo, sino que manda expresamente que  el asunto sea sometido a la iglesia ¡que todavía como tal no existía! pero que Él estaba llamando a la existencia al anunciar que la edificaría (Mt 16:18).
Es también muy interesante el hecho de que en situaciones de ofensas personales, o de violación de derechos, Jesús no aconseje presentar (figuradamente) la otra mejilla al que ofendió, sino  buscar una solución justa a través de la comunidad como cuerpo constituido. El motivo es, sin duda que, más allá de las motivaciones personales, el sentido de la justicia debe prevalecer. Sin justicia la sociedad humana no puede subsistir. La justicia es uno de sus pilares. Jesús en su pasión, cuando estaba delante del sumo sacerdote Anás y fue golpeado fuertemente en la mejilla por un alguacil, no le presentó mansamente la otra mejilla al esbirro para que lo golpeara nuevamente, sino protestó: "Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?" (Juan 18:23). De otro lado, Él se negó a responder a todas las acusaciones que presentaban falsos testigos contra Él.
Jesús concluye su enseñanza sobre este punto diciendo: "Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano." Es decir, obedeciendo a la decisión que ha tomado la iglesia al respecto, tú tenlo por alguien con quien no quieras tener arte ni parte, un hombre del mundo, no un cristiano.
Esta palabra nos pone delante de una conclusión obvia: El cristiano, el miembro de una iglesia, tiene la obligación de someterse a las decisiones de ésta. Y si creyere que por serias razones de conciencia no puede hacerlo, debe apartarse de ella.
18. "De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo."
Jesús repite aquí la promesa que le hizo a Pedro cuando le entregó las llaves del reino de los cielos (Mt 16:19); promesa que ahora hace extensiva no sólo a todos los apóstoles, sino a la iglesia entera simbolizada por ellos.
"Todo lo que atéis...". En el simbolismo judío de su tiempo, atar es prohibir y desatar es permitir. Esta autoridad abarca todas las decisiones y acciones que la iglesia puede tomar acerca de las personas, así como respecto de los asuntos más diversos,  incluyendo los económicos.
Interesante es que esta vez haga como introducción a esas palabras una afirmación solemne: "De cierto os digo..." como diciendo: tengamos esto muy en cuenta. Ésta es una potestad que yo, como cabeza de la iglesia, doy a los que la dirigen en la tierra. Yo avalo todo lo que vosotros permitáis, así como todo lo que vosotros prohibáis. Tenéis autoridad para ello, una autoridad que procede de mí.
Con esas palabras Jesús ha dado a la iglesia una autoridad muy grande en asuntos graves de gobierno, por lo que podemos también estar seguros, aunque no lo diga aquí, que Él pedirá a la iglesia una cuenta severa de cómo usó esa autoridad. No es algo que pueda ser tomado a la ligera, porque cuanto mayor es la autoridad, mayor es la responsabilidad. Pero esta delegación de autoridad lleva la promesa implícita de que la iglesia contará con la asistencia del Espíritu Santo para ejercerla.
19,20. "Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca del cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos."
Una muestra de la gran unidad que existe entre Cristo y su iglesia, entre Cristo y sus discípulos, entre Cristo y sus seguidores, es esta promesa de Jesús sobre el poder de la oración. Basta que dos o tres creyentes se pongan de acuerdo sobre cualquier cosa que quieran pedirle al Padre, para que Él lo haga.
Pero muchos se dirán: ¿Ocurre eso en la realidad? Porque muchas veces le hemos pedido algo a Dios poniéndonos de acuerdo dos o tres personas al orar, y no se nos ha sido concedido. ¿Es ésta una promesa vana, o una promesa exagerada en la práctica? ¿Accede Dios tan fácilmente a nuestras peticiones?
La condición que pone Jesús para que esta promesa se cumpla está claramente expuesta en seguida: Que esos dos o tres que piden estén reunidos en su Nombre, porque cuando eso suceda, Él estará en medio de ellos. Esto es, ya no serán ellos solos los que oren, sino
Jesús mismo lo hará con ellos: Yo haré mía su petición. Estas  palabras resaltan una realidad espiritual que excede en mucho al mero hecho de orar o pedir: Que donde quiera y cuando quiera que estén reunidos en su Nombre dos o más discípulos suyos, Él estará presente con ellos.
En otras palabras: Nosotros podemos invocar la presencia de Jesús en medio nuestro con tan sólo reunimos en Nombre suyo. Jesús está en todas partes, porque Él es Dios y lo llena todo, pero lo está de una manera especial y personal cuando dos o tres, o más personas, invocan su presencia. ¿Somos conscientes de esta maravillosa verdad? Donde quiera que yo me reúna con un  cristiano, hombre o mujer, amigo o pariente, Él está en medio nuestro como lo estaba en medio de sus discípulos cuando andaba y conversaba con ellos en Galilea. Si tuviéramos fe suficiente podríamos, por así decirlo, tocar sus vestidos, sentir su aliento.
De otro lado, es obvio que Jesús no puede hacer suya una petición nuestra que no sea conforme a la voluntad de Dios, por mucho que nos reunamos en su nombre para orar. Véase al  respecto Jn 5:14,15: "Y esta es la confianza que tenemos en Él, que  si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él no oye. Y si  sabemos que Él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho."
21,22. "Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús  le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete." (2)
Los versículos 18 al 20, importantes como son, son casi como un paréntesis insertado en medio del tema del perdón.
Mateo retoma ese tema indicándonos una preocupación que ha quedado en la mente de sus discípulos y que, como de costumbre, Pedro expresa: ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano que me ofenda? ¿Hasta siete veces? Siete es un número que, como sabemos, tiene una significación simbólica, y establece también un límite.
La respuesta de Jesús implica que no hay límites al perdón, porque eso es lo que la cifra de setenta veces siete, es decir, cuatrocientos noventa, significa en este contexto. (3). Nunca te canses de  perdonar a tu prójimo. Debes perdonarlo tantas veces como tu Padre celestial está dispuesto a perdonarte a ti, cuando te arrepientes y le pides perdón. ¿Pone Dios un límite al perdón que Él continua y gratuitamente nos ofrece? No. Entonces tú tampoco lo hagas. Si quieres ser perfecto como tu Padre que está en los cielos es perfecto (Mt 5:48), tampoco debes poner límite tú al número de veces que perdones a tu hermano.
Para ilustrar su pensamiento Jesús recurre, como era su costumbre, a narrar una parábola que veremos en el siguiente artículo.
Notas: 1. El principio deuteronómico de dos o tres testigos puede ser el motivo por el cual gran número de hechos, palabras, o actos de Jesús, suelen tener tres testigos (es decir, pasajes) en los evangelios sinópticos que los sustentan. Por ejemplo, las tres tentaciones de Jesús están en Mr 1:12,18; Mt 4:1-11 y Lc 4:1-13. O el llamado a los cuatro pescadores para que se conviertan en pescadores de hombres, que está en Mr 1:16-20; Mt 4: 18-22 y Lc 5: 1-11. O la curación de la suegra de Pedro, que está en Mr 1:29-34; Mt 8:14-17 y Lc 4:38-41, por citar algunos ejemplos. Algunos episodios están narrados en sólo dos evangelios sinópticos, y otros, dada su importancia, están narrados en los cuatro evangelios, como la negación de Pedro y la crucifixión.
2. En Lc 17:3,4 la respuesta de Jesús es ligeramente diferente, aunque el sentido es el mismo: perdónalo siete veces cada día si es necesario.
3. Al decir setenta veces siete Jesús está citando una locución bíblica que se remonta a los inicios del Génesis (4:24). En esa ocasión Lamec dice que él se vengará setenta veces siete por las ofensas que reciba. Aquí, en cambio, Jesús insta a sus discípulos a perdonar igual número de veces al hermano. Es interesante notar que, según el judaísmo rabínico (Talmud de Babilonia), el hombre está obligado a perdonar sólo tres veces a su prójimo, lo que tendría cierto apoyo en Am 1:3,6,9,11, etc. Su espíritu práctico pone un límite a la ilimitada caridad cristiana.
Amado lector: yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que  no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces  gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis  pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#883 (31.05.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución # 003694-2004/OSD INDECOPI)