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jueves, 11 de marzo de 2021

LA PATERNIDAD DE DIOS I

LA PATERNIDAD DE DIOS I

Dios es Padre, en primer lugar, de su Hijo unigénito, el Verbo (la Palabra), que estaba con Él desde el principio (Jn 1:2); y es Padre del pueblo escogido, de Israel, a quien Él llama hijo; Padre también de todos aquellos a quienes ha dado la potestad de ser hechos hijos de Dios, esto es, a todos “los que creen en su nombre…los cuales no son engendrados de sangre ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”, (Jn 1:12,13). Ellos son hijos porque han recibido el espíritu de adopción “el cual clama ¡Abba, Padre!” (Gal 4:6). Y lo han recibido por haber creído, “pues todos sois hijos de Dios, por la fe en Cristo Jesús.” (Gal 3.26).


jueves, 9 de marzo de 2017

LA ESPERANZA DE LOS JUSTOS ES ALEGRÍA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA ESPERANZA DE LOS JUSTOS ES ALEGRÍA
Un Comentario de Proverbios 10:28-32
28. “La esperanza de los justos es alegría; mas la esperanza de los impíos perecerá.”

La esperanza del justo es alegría porque sabe que es cierta; en cambio, la del impío se desvanece, se frustra y, por tanto, no produce alegría sino tristeza.
¿Quiénes son los justos? Justos, en el sentido del Antiguo Testamento, del que forma parte el libro de Proverbios, son los que conforman su vida a la voluntad de Dios, acatando con un corazón sincero sus leyes, normas y principios. Ellos le honran con su conducta pero, además, justos son todos los que procuran el bien de la comunidad y le sirven, sabiendo que eso agrada a Dios. En el sentido del Nuevo Testamento justos son todos los que han sido justificados por la fe en Jesús (Rm 3:21-24).  
 El que vive sólo para sí, encerrado en sí mismo, buscando sólo su propio provecho, no agrada a Dios, por muy justo que parezca, o pretenda ser. El amor al prójimo, que es la otra cara del amor a Dios, demanda darse. Dar es lo propio del amor, y cuanto más alto, o sublime, sea el amor, mayor será el don. Da de sí la madre que amamanta al hijo que dio a luz y a quien ama casi más que a su propia vida. Da el padre lo mejor de sus fuerzas para poder sostener a la familia que ha constituido, y de la que está orgulloso.
Porque nos amaba Dios dio a su Hijo unigénito entregándolo a la muerte: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna.” (Jn  3:16). Si no nos amara, no lo hubiera dado.
¿Sufriría Dios al dar a su Hijo? No, no lo creo, sino más bien pienso que se gozaba contemplando el bien que con su sacrificio otorgaría a la humanidad salvándola de la condenación eterna. Dios Padre es el prototipo del “dador alegre”, del que habla Pablo a propósito de las ofrendas (2Cor 9:7), y de todo justo que mira al futuro con alegría porque da lo mejor de sí en el servicio de su Creador, a quien ama sobre todas las cosas.
Los que temen a Dios tienen su esperanza puesta en su misericordia, en que no los juzgará severamente como lo merecen, de acuerdo a sus fallas, sino que su amor cubrirá todas sus faltas, porque han sido lavadas por la sangre derramada de su Hijo (Ef 1:7; Ap 1:5).
El Padre se complace en ellos, esto es, los mira con agrado, porque tienen su esperanza puesta en Él, y ésa es la mejor garantía de su dicha futura, porque Él no defrauda a los que en Él confían (Is 49:23).
Esa seguridad les proporciona desde ya una gran alegría en su corazón, un gozo íntimo que se refleja en su rostro (Sal 105:3), y que edifica a todos los lo que los tratan; el gozo que la paz de Dios, “que supera todo entendimiento”, produce en el alma de los que sinceramente le buscan (Flp 4:7). Ése es el gozo con que Jesús premia a los que sinceramente le sirven (Mt 25;21,23; Jn 15:11; 16:24).
En cambio, la esperanza de los impíos perece, porque la pusieron en un objeto equivocado, en bienes que no perduran, sino que perecen como toda carne; porque la pusieron en las cosas que se ven, que son transitorias (riquezas, honores y placeres), en vez de haberla puesto en las cosas invisibles que son eternas (2Cor 4:18). Bien lo expresa el patriarca Job: “¿Cuál es la esperanza del impío, por mucho que hubiere robado, cuando Dios le quitare la vida?” (Jb 27:8; cf 8:13).
La maldad acorta la vida de los impíos porque los hace ir por caminos errados llenos de peligros imprevistos y de amenazas para su vida, como lo son los vicios en los que el malvado se deleita. Toda la felicidad temporal que el impío se promete con sus torpezas se tornará en tristeza y desesperación interminable cuando coseche el fruto de su ceguera al negarse a creer en las verdades que podían salvarlo (Jn 3:34).
29. “El camino de Jehová es fortaleza al perfecto; pero es destrucción a los que hacen maldad.”
El profeta Oseas dijo algo que casi parece un comentario a este proverbio: “Los caminos de Jehová son rectos, y los justos caminarán en ellos; mas los rebeldes caerán en ellos.” (14:9), porque nadie se opone impunemente a su voluntad.
No basta con que escuchemos una vez las advertencias que nos da el Señor. Debemos detenernos en ellas, estudiarlas y meditar en ellas para ponerlas en práctica. Sabemos que “el gozo del Señor es nuestra fortaleza” (Nh 8:10). Aunque el camino sea difícil y escarpado, seguir sus caminos es motivo de alegría para todos los que buscan hacer la voluntad de Dios en todo, porque tienen la seguridad de que Él los va a apoyar, como lo promete por boca de Isaías: “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas del que no tiene ninguna.” (40:29). Y también: “Pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.” (v. 31).
¡Cuántos no hemos experimentado alguna vez la verdad de estas promesas cuando estábamos a punto de abandonar la lucha desanimados, a punto de “tirar la toalla”, como se dice!
Así como los israelitas en el desierto no necesitaban guardar maná para el día siguiente, porque cada día recibían lo necesario para la jornada (Ex 16:4,16-18), de manera semejante el justo puede estar seguro de que día a día el Señor le proveerá de lo necesario. Bien nos enseñó Jesús a orar al Padre: “El pan nuestro de cada día…” (Mt 6:11), no para todo el mes, o para todo el año. No las fuerzas que sean necesarias para el día siguiente, o para la semana entrante, sino las que necesitamos hoy, y Él no nos fallará si hacemos lo que Él nos pide y espera de nosotros.
Es en Dios en quien debemos confiar, no en nosotros mismos. El que confía en sí mismo y no en Dios, porque cree no necesitarlo, verá cómo sus fuerzas algún día le fallan y sus rodillas flaquean. Por eso los que abandonan al Señor, o le hacen la guerra, escucharán algún día las terribles palabras: “Apartaos de mí, hacedores de maldad.” (Lc 13:27), y nada podrá salvarlos, porque ellos mismos en su ceguera escogieron el camino que lleva a la perdición.
Los que se apoyaron en Dios y desecharon el mal camino que se les presentaba con todos los atractivos de la seducción, como le ocurrió a José en casa de Potifar (Gn 39:8-12), saben que Dios no los abandonará en medio de la prueba, sino que dará junto con la tentación la salida (1Cor 10:13); como lo experimentó Pedro cuando estaba en la cárcel, y un ángel vino a librarlo (Hch 12:6-11); o como lo experimentó Daniel cuando estaba en la fosa de los leones y no lo tocaron (Dn 6:10-24).
La práctica constante de la virtud fortalece nuestros corazones y nos hace más fácil caminar por senderos rectos sin desviarnos. Como ocurrió con Pablo (Hch 23:1), una buena conciencia nos vuelve osados para enfrentar los peligros que nos acechan y constantes en el cumplimiento del deber; nos da paz y serenidad en medio de las tempestades, confiados en que el timón de nuestra barca está en las mejores manos.
30. “El justo no será removido jamás; pero los impíos no habitarán la tierra.”
Podría objetarse que los justos son a veces removidos de su lugar por las persecuciones, o que en ocasiones pueden pasar de la prosperidad a la adversidad, de la riqueza a la pobreza, como le ocurrió a Job; y que algún día correrán inevitablemente la suerte asignada a todos los hombres, de pasar de este mundo, que no quisieran abandonar, a otro que es mucho mejor, aunque la partida sea dolorosa. Pero nunca serán removidos del amor de Dios, pues nada los puede separar del amor de Cristo (Rm 8:39).
Dios nos dice por boca de Isaías que Él nos tiene grabados en las palmas de sus manos (Is 49:16). ¿Y quién nos podrá borrar? En virtud de la fe el justo posee desde ya la vida eterna (Jn 3:36; 5:24; 6:40) y nadie se la puede quitar.
En cambio, el impío no habita en esta tierra sino por un lapso limitado de tiempo, porque la vida humana es breve, pero no habitará ni un instante en la nueva tierra que Dios creará y en la cual morará la justicia (Is 65:17; 66:22; 2P 3:13). No siendo hijos de Dios, los impíos no tienen derecho a heredar la tierra prometida a los que siguen las pisadas de Cristo. Antes bien, ellos serán cortados de esta tierra y desarraigados (Pr 2:22).
Los dos proverbios siguientes expresan ideas afines, que hablan del poder de nuestras palabras, y que nos recuerdan las palabras de Jesús: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca cosas buenas; y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas.” (Mt 12:35). De modo que lo que el hombre diga depende de lo que tenga en su corazón. Pero nunca deberíamos olvidar las palabras de Jesús que siguen: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. (¡Oh Dios, cuántas palabras ociosas habré yo pronunciado en mi vida!) Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (Mt 12:36,37).
La sabiduría es una recompensa que recibe el hombre que agrada a Dios, según dice Eclesiastés 2:26. Pero es también fruto de sus esfuerzos por alcanzarla, como nos insta a hacer el proverbista: “Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría; y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia.” (Pr 4:7). Porque el premio que recibirás de ese empeño será grande: “Engrandécela, y ella te engrandecerá; ella te honrará cuando tú la hayas abrazado.” (v. 8).
Al leer estos dos proverbios haríamos bien en recordar lo que Salomón ha dicho ya en este capítulo acerca de la boca (vers. 10, 20 y 21). Y sería bueno que recordemos el enorme efecto que pueden tener las palabras dichas en el momento oportuno, como cuando Gedeón aplacó la ira de los de Efraín (Jc 8:1-3). O como cuando Abigaíl retuvo la mano de David que estaba decidida a derramar sangre para vengar la ofensa que Nabal le había hecho (1Sm 25:23-33). O como cuando Daniel encaró al poderoso rey Nabucodonosor (Dn 4:24-27).
31. “La boca del justo producirá sabiduría; mas la lengua perversa será cortada.”
La boca del justo “produce” en el sentido de “to bring forth” (NKJV). Esto es, dice, o manifiesta, cosas sabias que instruyen, y por ese motivo permanece; al contrario de la lengua perversa que no habla sabiduría, sino maldades, necedades y pecado, y por eso corrompe en vez de edificar; y desalienta en vez de alentar. Como una rama seca que cuelga inútil del árbol, será cortada y quemada en el fuego.
No puede el árbol malo producir buenos frutos, ni el bueno producirlos malos, dijo Jesús (Mt 7:18) porque el árbol da fruto de acuerdo a su naturaleza, o condición. De manera semejante, las palabras y los hechos del impío serán reflejo, o fruto, del estado de su alma, así como también las palabras y hechos del justo corresponden a su naturaleza.
¿Cuál es nuestro estado? ¿Cuáles son los frutos que producimos? ¿Estamos unidos al tronco por donde fluye la savia divina, esto es, la gracia de Dios? ¿Somos pámpanos que permanecen en la vid verdadera? ¿O seremos cortados como sarmientos inútiles que no rinden buen fruto, para ser quemados más adelante? (cf Jn 15:1-6).
32. “Los labios del justo saben hablar lo que agrada; mas la boca de los impíos habla perversidades.”
Así como dicen cosas sabias, los labios del justo dicen cosas que agradan, no precisamente porque sean siempre agradables a los sentidos, sino porque son verdaderas. La verdad y la sabiduría son siempre agradables de oír para los rectos, aunque pueden ser en sí amargas. Las palabras de sabiduría son como miel para el justo, pero amargas, o insípidas, para los impíos. A ellos sólo les gusta hablar y oír cosas perversas. Sólo las palabras perversas les son sabrosas. Cada cual gusta de aquello a lo que se siente atraído porque corresponde a su naturaleza. El bien y el mal son como los polos positivo y negativo del imán. Lo que uno atrae, rechaza el otro.
¡Y qué importante es que sepamos captar la atención de los oyentes a quienes queremos enseñar o predicar! Debemos ganarnos sus oídos para que podamos ganarnos su corazón, dice acertadamente Ch. Bridges. Debemos persuadirlos con dulzura (2Cor 5:11,20), compasión (Rm 9:1-3) y simpatía (Tt 3:2).
Para que el pueblo busque la ley de labios del sacerdote que debe instruirlos, dice Malaquías, la iniquidad nunca debe ser hallada en su boca (2:6,7). Como sí ocurre, en cambio, con la boca del impío, que está llena de perversidades, y que por eso será cortada (Pr 10:31; Sal 12:3); o como dice otro salmo, porque “amaste el mal más que el bien; la mentira más que la verdad.” (Sal 52:3) ¡Oh Señor, haz que amemos más la verdad que la mentira; más el bien que el mal, y que nos aferremos al uno desechando al otro! ¡Pero sobre todo, que nos aferremos a ti!
NB. Al publicar este artículo quiero reconocer mi deuda con los comentarios de John Gill (1697-1771) y Charles Bridge (1794-1869), que he leído con provecho.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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miércoles, 22 de febrero de 2017

LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ
Un Comentario de Proverbios 10:24-27
24. “Lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean.”
El temor es la fe de los impíos, de los que no creen en Dios, que atraen sobre sí lo que temen. Temen a los hombres, a lo que ellos pueden hacerles. Pero no temen a Dios y si le temen, le temen sin esperanza. En cambio, el justo le teme y confía.
            El temor es fe a la inversa. Los que creen (es decir, temen) reciben aquello en que ponen su fe (es decir, su temor). Como el justo tiene puesta su confianza en Dios, lo que desee lo desea con fe, y por eso lo recibe. Dicho de otro modo, tanto la fe como el temor atraen a su objeto.

            Eso ocurre incluso con los justos, como atestigua Job: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía.” (3:25). Y lo anuncia sarcásticamente el proverbista respecto de los simples que no hacen caso de las reprensiones de la sabiduría: “También yo me reiré de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere los que teméis.” (Pr 1:26; cf v. 27; Is 66:4).
            El impío recibe no lo que desea sino lo que es indeseable, y que intuye con temor que   le va a venir. Su temor es no sólo la voz de su conciencia que él trata de acallar, sino la voz de su entendimiento, que percibe cuáles serán las consecuencias inevitables de sus actos. Sabe, aunque no quiera verlo, que a la larga uno cosecha lo que siembra (Gal 6:7). En términos simples: El que daña, se hace daño. O como dice otro proverbio: “Al que busca el mal, éste le vendrá.” (11:27b). En cambio Dios se inclina hacia el justo y se complace en satisfacer sus deseos, porque nunca le desea mal a nadie (11:23a): “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios.” (Sal. 21:2; cf 20:4; 37:4; 145:19).
            “Pero a los justos les será dado lo que desean.” ¡Qué contraste formidable! El impío recibe lo que teme; el justo, lo que desea. El primero lo que no quisiera; el segundo, lo que desea. En el primero, es el temor lo que atrae lo que recibe; en el segundo, es el amor,  porque desear es amar.
            En la historia sagrada hay varios ejemplos de impíos que reciben lo que temen, justamente por el medio que emplean para impedir que les sobrevenga. Uno de los más instructivos es el del rey Acab de Israel, que se había aliado con Josafat, rey de Judá, con el propósito de recuperar la ciudad de Ramot de Galaad, que había caído en poder de los sirios. Acab temía que él pudiera morir en el enfrentamiento, tal como el profeta Micaías había predicho. Por ello le propuso a Josafat intercambiar sus ropas, de manera que los que se propusieran matarlo, no lo atacaron a él sino a su aliado. Su astucia estuvo a punto de tener éxito porque los sirios atacaron a Josafat pensando que era Acab. Pero cuando se dieron cuenta de que no lo era, lo dejaron. Entonces un hombre (no sabemos de qué bando) tomó su arco y disparó una flecha a la ventura, que fue a caer sobre Acab, hiriéndolo de muerte (1R 22:10-37). Por más precauciones que él tomara, lo que Dios había decretado que sucediera, y que él temía, le ocurrió.
            Por el lado contrario, vemos que Dios nos asegura que nosotros tendremos las cosas buenas que le pedimos (1Jn 5:14,15; cf Jn 16:23), según dice un salmo: “Abre tu boca y yo la llenaré.” (Sal 81:10b). La condición, sin embargo, es que todo lo que pidamos sea bueno (Pr 11:23a), y no como a veces, en un momento de depresión, pudiéramos desear, tal como ocurrió con Elías y Jonás, que desearon morir cuando aún tenían mucho que hacer para Dios (1R 19:4; Jon 4:3).
25. “Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre.”
El impío es, en efecto, como un torbellino o un huracán que pasa raudo y todo lo destruye a su paso, pero no dura y al poco tiempo desaparece: “Vi al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.” (Sal. 37: 35, 36; cf v.10; 73:19; Jb 20:4-9).
El justo, en cambio, es como un roble que tiene sus raíces firmemente plantadas en la tierra. El torbellino puede afectarlo, pero no desarraigarlo: “Lo que confían en Jehová son como el monte de Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre.” (Sal. 125:1; cf Pr. 12:3; 1Jn 2:17).
            Aunque pueda parecer débil, el justo es como la brisa que refresca, que es duradera, y cuando falta, se le extraña. Pero nadie desea que venga el torbellino.
            Él es como la piedra angular sobre la que reposa el edificio. Nadie la ve. Está escondida en tierra, pero sin ella el edificio no se sostendría. Él no será removido jamás porque está plantado sobre la roca firme que es Jesucristo (Mt 7:24,25), la piedra angular por excelencia (Sal 118:22).
            Juan Crisóstomo hace una observación interesante, basada en el texto ligeramente diferente de la Septuaginta (que era la versión del Antiguo Testamento que los cristianos de habla griega usaban en los primeros siglos): Cuando viene el torbellino de la tentación el impío no permanece firme, sino cede a ella y peca, porque no sabe resistirla. En cambio el  justo, acostumbrado como está a buscar siempre el bien en todo, sabe resistirla, y por eso permanece firme en la gracia de Dios hasta alcanzar la vida eterna.
26. “Como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos, así es el perezoso a los que lo envían.”
¿Cuál es el efecto que el vinagre, y todo ácido, tiene sobre los dientes? Hace que sus raíces, aunque estén ocultas, y toda parte cariada, duelan. ¿Y qué ocurre cuando el humo nos envuelve? Nuestros ojos se irritan y lagrimean, y no podemos ver bien. Así de enojoso es el perezoso para quienes lo emplean.
            El que confía a un perezoso un encargo urgente esperará en vano que lo cumpla, porque encontrará mil excusas para no partir, y cuando lo haga, se detendrá cansado a cada rato en el camino, o se distraerá conversando con la gente que encuentre. No tiene prisa en cumplir su cometido. Y puede ocurrir que cuando llegue habrá olvidado lo que tenía que decir o hacer. Por eso, estando advertido, tan culpable es el perezoso que no cumple bien el encargo que se le confió, como el que lo envió, porque no supo escoger bien al mensajero. Si después la frustración le hace llorar, no tendrá a quién quejarse, porque le dirán: ¿No sabías tú que este perezoso no es confiable? Pusiste tu dinero en un bolsillo roto. No te quejes, pues, de tu pérdida (Pr 13:17a; 26:6).
            El personaje del perezoso ocupa un lugar importante en el libro de Proverbios, y está muy bien descrito (Nota). De él se dice que así como la puerta gira sobre sus goznes, pero no se mueve de su sitio, el perezoso se revuelve en su cama, pero no sale de ella (26:14), se entiende, para hacer lo que le toca hacer, y de esa manera lo va postergando. Da como pretexto la excusa más ridícula: el león está en la calle y en los caminos, y si salgo expongo mi vida (22:13; 26:13), como si ya no lo hubieran matado si fuera cierto lo que teme. Es tan perezoso que, estando en la mesa, prefiere pasar hambre a hacer el pequeño esfuerzo de llevar el bocado del plato a la boca (19:15; 26:15). Es tan necio en su vana opinión de sí mismo, que él, que nunca estudió ni investigó nada, se considera más sabio que los que por el estudio diligente y su experiencia de vida, están en condiciones de dar consejos útiles a la gente que se los pide (26:16).
            A menos que haya heredado mucho dinero, no dejará de sentir algún día las consecuencias de su negligencia, cuando la pobreza inexorable asome a su puerta (6:9-11; cf 24:32-34). Así actúa pese a que tiene el ejemplo del más pequeño de los insectos, la hormiga, que por instinto, y sin que nadie se lo ordene, acopia su comida en la estación favorable (6:6-9).
            Si es agricultor, evita el esfuerzo de arar su campo en invierno, de modo que no puede sembrar, y menos podrá cosechar cuando todos lo hagan en verano (20:4), provocando la compasión y las críticas burlonas de sus vecinos. Llegará el momento en que, como se negó a trabajar cuando debía (21:25), su vida se llenará de dificultades, de las que está exento el recto que es diligente (15:19).
27. “El temor de Jehová aumentará los días; mas los años de los impíos serán acortados.”
Esta es la primera vez que el concepto del temor de Dios aparece en la segunda parte del libro de Proverbios que empieza en este capítulo.
En este proverbio se señala que el temor de Dios es un factor positivo en la duración de nuestra vida. El que teme a Dios tenderá a vivir más años que el que no le teme (9:11). ¿Por qué la diferencia? El temor de Dios tiene este efecto positivo: Nos ayuda a regular nuestra vida de una manera racional y sana. Nos aleja de vicios que podrían afectar nuestra salud, y nos preserva de situaciones comprometedoras y peligrosas. Nos ayuda a mantener buenas relaciones con allegados y parientes, así como con extraños, lo cual aparta de nosotros las tensiones que pueden causar las relaciones humanas tirantes o desagradables. En fin, y sobre todo, el temor de Dios nos aleja del pecado, proporciona paz a nuestra alma y nos colma de satisfacciones espirituales.
La contraparte (que la vida del que carece de temor de Dios es corta) se desprende sola y no necesita de pruebas. Eso es algo, además, que la experiencia con multitud de ejemplos demuestra (Ecl 8:12,13). La existencia de las personas que llevan vidas irregulares, entregadas al vicio y proclives a acciones deshonestas, suele ser corta, sea porque las malas costumbres arruinan su salud, sea porque exponen su vida a peligros en los que el que teme a Dios no incurre (Jb 15:32).
El temor de Dios es una gracia multiforme que abarca muchas cosas, siendo como es el principio, o fundamento, de la sabiduría (Pr 1:7). El temor de Dios nos hace sabios, mientras que su ausencia nos vuelve necios. Porque carece de temor de Dios, el impío vive lleno de temores, reales o imaginarios. Teme a los que odia; teme la venganza de los que de alguna forma perjudicó, o hizo daño. Él sabe en el fondo de su corazón cuánta verdad encierra el proverbio que comentamos al inicio de este artículo: “Lo que el impío teme, eso le vendrá.” Porque su conciencia lo acusa, carece de paz y esa carencia afecta su salud.
Con frecuencia la vida de los que no temen a Dios es cortada de golpe, como ocurrió con los dos hijos impíos del sacerdote Elí, a los que su padre no corrigió como debiera haber hecho en su momento (1Sm 2:12-17,34; 3:11-14; 4:11); o con Ananías y Safira, que le mintieron al Espíritu Santo (Hch 5:1-10).
El que teme a Dios sabe que al final de su vida terrena sus días se prolongarán en el día sin ocaso en que no habrá necesidad de sol ni de luna para alumbrarnos, porque Jehová será nuestra luz perpetua (Is 60:19; cf Ap 21:23; 22:5).
Nota: Derek Kidner le dedica un interesante estudio en su libro “Proverbios”.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#934(17.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 24 de noviembre de 2016

LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VIRGENES I
Un Comentario de Mateo 25:1-13
1. “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo.”

La palabra “entonces” tiene la función de ligar esta bella y tierna parábola –que era una de las favoritas de la iglesia primitiva- al discurso escatológico iniciado por Jesús en el capítulo anterior, en el que se habla de lo que ocurrirá al final de los tiempos y, en especial, de la anunciada venida del Hijo del Hombre. (“Entonces” es una de las palabras de transición favoritas de Mateo).
La parábola tiene como trasfondo la costumbre hebrea de celebrar el matrimonio por la noche en la casa de la novia (Jc 14:10-18; Tb 6:13;  8:19), la cual era enseguida llevada por el novio a su casa acompañado por un cortejo formado por sus amigos y las amigas de la novia, vírgenes como ella. Las bodas se celebraban en verano y había invitados que acudían directamente al banquete en la casa del novio (Nota 1).
2. “Cinco de ellas eran prudentes, y cinco insensatas.”
Por algún motivo no especificado, diez de las jóvenes invitadas no asistieron a la ceremonia del matrimonio en la casa de la novia, sino fueron directamente a la casa del novio, donde se celebraría el banquete. Cinco de ellas eran precavidas, pero las otras cinco no tomaron las precauciones necesarias. (Véase en Mt 7:24-27 la descripción que hace Jesús del hombre prudente y del insensato).
3,4. “Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron consigo aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas.”
¿En qué se notaba la diferencia entre unas y otras? En que las vírgenes prudentes, previendo que el novio pudiera demorarse, trajeron con sus lámparas encendidas, una cantidad suficiente de aceite como para mantener la llama viva en caso de que tardase el novio, mientras que las insensatas no tomaron esa precaución, y temieron que sus lámparas pudieran apagarse antes de que el novio llegase, y ellas quedaran en ridículo.
5,6. “Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo, salid a recibirle!
Como en efecto el novio se tardó más de lo esperado, las diez muchachas se quedaron dormidas, cuando de repente, alguien (posiblemente los mismos miembros del cortejo) les avisó: Ya se acerca el novio con sus acompañantes, salgan a recibirlo, seguramente con cánticos y danzas según la costumbre. Que se les pida que salgan quiere decir que no estaban en el descampado, sino en algún lugar o recinto cubierto.
7. “Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas.”
Alertadas pues, las diez muchachas se preocuparon de arreglar sus lámparas cuya llama podría estarse apagando, para que dieran la luz más brillante posible.
8. “Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan.”
Entonces fue cuando las que no fueron precavidas se dieron cuenta de que no tenían aceite suficiente, y que sus lámparas podían apagarse antes de que el cortejo del novio llegase. ¿Qué hacer en ese aprieto? Pedir ayuda a las que sí habían sido precavidas, para que compartieran su reserva de aceite con ellas, ya que sin sus lámparas encendidas no serían admitidas al banquete.
9. “Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras ni a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas.”
Esa no es una buena idea, respondieron las precavidas. No vaya a ser que nuestro aceite no alcance para todas. Mejor vayan ustedes a comprar lo necesario en alguna tienda cercana, porque todavía debe haber alguna que esté abierta. Era costumbre, en efecto, en el oriente que las tiendas permanecieran abiertas hasta horas avanzadas de la noche.
10. “Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.”
Ocurrió lo que era de temer, que justo cuando las necias iban a comprar el aceite que les faltaba, y remediar su falta de previsión, vinieron el novio y la novia con su comitiva. Ellos no se iban a poner a esperar que las cinco vírgenes ausentes regresaran, sino que entraron de frente a la casa, y se cerró la puerta tras ellos.
11,12. “Después vinieron las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco.”
Cuando las cinco vírgenes necias regresaron con el aceite comprado, se encontraron con la puerta cerrada, y comenzaron a gritar: “¡Señor, ábrenos! ¡Ya estamos de vuelta!” Pero el esposo no les hizo caso y se negó a abrirles la puerta, diciendo que no las conocía.
13. “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.”
Así pues, concluyó Jesús, estad alertas y velad, porque no sabéis cuándo yo he de regresar para juicio de la humanidad entera (cf Mt 24:36,39,42,44; Mr 13:35.36).
¿Cuál es la interpretación de esta parábola que sólo se encuentra en Mateo? Lo primero que debemos notar es que, según palabras del propio Jesús, la actitud de las diez vírgenes refleja la actitud que asumirán los seres humanos (cristianos o no) cuando Él venga al final de los tiempos. Pero también podemos entenderla de la actitud que asuma cada ser humano cuando al  morir le toque presentarse personalmente a juicio, algo de lo que nadie sabe el día ni la hora. Pero que es seguro que tendremos que hacerlo no cabe duda pues, como dice Pablo: “Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.” (Rm 14:10).
¿Por qué diez vírgenes? El número diez, aparte de su valor mnemotécnico (los diez dedos de las manos, cinco en cada una) en el Antiguo Testamento es símbolo de lo completo: los diez mandamientos, las diez plagas de Egipto, las tablas de diez codos del tabernáculo, las cucharas de diez siclos de oro, etc., etc. (2) Diez es también en el judaísmo  el número mínimo de hombres (minyam) con el cual se puede establecer una sinagoga, y el número mínimo de hombres requerido para comer el cordero pascual.
Se les llama vírgenes porque ellas representan primeramente a los cristianos, a los miembros de la iglesia, que es pura y santa (Ef 5:27), como lo era idealmente también el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, y por eso con frecuencia se le llama “virgen” (Lam 1:15; 2:13).
Los matrimonios solían celebrarse de noche o, al  menos, duraban hasta hora avanzada, lo que explica que las vírgenes que formaban parte del cortejo llevaran lámparas consigo para no tropezar en el camino.
El sentido básico de la parábola es que hay que estar preparados para cuando el Señor venga en un día que sólo Dios conoce. Debemos vivir constantemente como si hoy fuera el último día de nuestra vida, porque en realidad, no sabemos cuándo el Señor vendrá a buscarnos. Puede ser hoy, o mañana, o dentro de muchos años.
Jesús quería además advertir a los discípulos, que esperaban que su retorno a la tierra sería inmediato, que Él podía demorar más de lo que imaginaban. Por tanto, había que velar, es decir, estar siempre listos (Lc 21:34-36).
¿Qué es estar listos para su venida? Vivir en estado de gracia, en comunión con Dios; habiéndose arrepentido y habiendo sido perdonado de todo pecado.
Tener aceite suficiente en nuestra lámpara es perseverar en el estado de gracia, de comunión efectiva con Dios, aborreciendo el pecado y no cediendo a las tentaciones que constantemente nos asaltan.
Eso hicieron las vírgenes prudentes; en eso fallaron las vírgenes necias: No estaban en estado de gracia cuando Jesús vino de improviso, aunque parecía que llevaban una vida cristiana correcta (2Tm 3:5). Cuando quisieron arrepentirse, ya era tarde. Nuestro destino eterno se define en el momento de la muerte. No hay segunda oportunidad.
La fiesta de bodas en la casa del esposo, como en otras parábolas afines (Mt 22:1-14; Lc 12:36) es el reino de los cielos, donde se goza de la presencia de Dios en compañía de los ángeles, y de todos sus santos y elegidos.
Que el Señor venga a medianoche –cuando los hombres están durmiendo, en sentido figurado- quiere decir que Él viene cuando menos se le espera, como ocurrió en los días de Noé: los hombres comían y bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos (Lc 17:26,27; Mt 24:37-39).
El clamor a medianoche anunciando la venida del esposo es la voz del arcángel y de la trompeta de Dios, que anuncia la venida del Señor con sus ángeles, y todos los que entretanto hubieren fallecido resuciten para recibirlo, despertando de su sueño de muerte; y los que estén vivos sean “arrebatados juntamente con ellos para recibir al Señor en el aire.” (1Ts 4:16,17; cf 1Cor 15:51,52).
Arreglar sus lámparas es prepararse a dar cuenta a Dios de su vida. Pero unos estarán preparados para el juicio, otros, lamentablemente, no. En ese momento, traspuesto el umbral de la muerte, nadie podrá ayudarlos, el estado de gracia no se transfiere de unos a otros. Nadie puede compartir su aceite con otro. (3)
La luz de las lámparas de las vírgenes necias se extingue porque, aunque llevaron una vida aparentemente cristiana, y la gente las tenía por tales, en verdad vivían alejadas de Dios. En el día del juicio, cuando se cierre la puerta definitivamente para muchos, las apariencias de piedad caerán a tierra y se mostrará lo que las personas son realmente.
Por eso Pablo nos aconseja que no juzguemos por apariencias antes de que venga el Señor a iluminarlo todo con su luz, porque Él “aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones…” (1Cor 4:5).
En el día del juicio los salvos no podrán ayudar de ninguna manera a los condenados, aunque quisieran, por mucha compasión que sientan por ellos. “Id vosotras a comprar” es una frase involuntariamente irónica: ¿Por qué no lo hicisteis a tiempo? De nada sirvió que las vírgenes necias invocaran en ese momento el nombre de Aquel a quien habían negado en sus vidas.
A ese respecto Herbert Lockyer en “Todas las Parábolas de la Biblia”, anota: Cada persona es responsable de su lámpara. La preparación es personal. Todas las vírgenes esperaban al esposo, todas se durmieron, pero en el momento en que se anuncia que llega el esposo se revela la diferencia que hay entre ellas: Unas estaban preparadas para recibirlo; otras, no.
Todas eran iguales en lo externo: todas tenían lámparas; pero no eran iguales en lo interno: el aceite que algunas tenían no era suficiente para la larga espera.
La preparación es personal: Cada cual dará cuenta a Dios de sí, dice Pablo  (Rm 14:12). La puerta se cierra para las que no están preparadas.
La parábola enseña la perseverancia porque las vírgenes necias estaban preparadas al comienzo (tenían lámparas y aceite), pero no al final. Por eso Jesús concluye: “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora…”.
Por su lado, R.C. Trench en “Notes on the Parables of our Lord”, observa: Las vírgenes son las compañeras o amigas de la novia (la iglesia), vírgenes como ella.
Vírgenes son todos los que esperan la segunda venida del Señor. Hay quienes están armados de todas las cualidades que menciona Pedro en 2P 1:5-9, y quienes las descuidan: fe, virtud (es decir, fortaleza), conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal, amor. Esas cualidades son la provisión más o menos abundante de aceite que cada cual posee.
Según otra interpretación las vírgenes necias son las que confiesan a Jesús con sus labios, pero carecen de la fe verdadera que vivifique sus vidas. Lo exterior de la vida cristiana es la lámpara, lo interior es el aceite, símbolo del Espíritu. (Recuérdese el aceite de la unción, Ex 30:22-33).
Las vírgenes necias son negligentes en la oración, perezosas en su trabajo para Dios. Tienen aceite, pero no lo suficiente.
Las vírgenes prudentes reconocen que tienen un largo camino por delante de negación de sí mismas (Mt 16:24) y, por tanto, necesitan estar llenas del Espíritu.
La demora del esposo sugiere que la segunda venida del Señor no es inmediata (2P3:9), y por tanto, los creyentes no deben dormirse en su fe, sino permanecer vigilantes para ser hallados dignos de entrar en su reino cuando Él venga inesperadamente como ladrón en la noche (2P3:10).
John A. Broadus (“Commentary on Mathew”): Los matrimonios eran celebrados por la noche en la casa de la novia. De ahí que después el novio, acompañado por sus amigos y las amigas de ella, fuera en procesión a su propia casa para la fiesta, llevando lámparas para el camino.
Sin las lámparas encendidas las vírgenes no serían admitidas a la fiesta. Arreglar sus lámparas es rellenarlas de aceite, enderezar la mecha.
Aplicación: La única manera de estar listos cuando Jesús venga, es estar siempre listos. La única manera de estar preparados para morir, es estar siempre preparados. Una parte de la humanidad estará preparada para ese día, otra parte no lo estará.
El retorno de Jesús no será tan pronto como algunos en ese tiempo imaginaban. Por eso es que algunos se duermen en la espera, es decir, mueren.
El no traer una reserva de aceite en vasijas junto con sus lámparas es una indicación del poco interés que se pone en las cosas de Dios (Os 6:4).
Las vírgenes prudentes no pueden ayudar a las necias porque la piedad y la fe son personales e intransferibles. Es como la necesidad de comer. Yo no puedo comer por ti si tienes hambre.
“No os conozco” dirá Jesús a algunos porque no hicieron la voluntad de su Padre (Mt 7:23). Eso no significa rechazar a los que sinceramente buscan ser salvados.
Los hombres en tiempos de Noé no creían que habría un diluvio, y por eso, no tomaron precauciones y se burlaron de él. Cuando vino, cada uno hacía su vida normal, pero los que no tuvieron cabida en el arca fueron arrastrados por las aguas.
Jesús preguntó una vez: “Cuando venga el Hijo del Hombre ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8) Los hombres estarán demasiado ocupados en sus asuntos personales para pensar en Dios. Los que no estén preparados serán arrastrados a su perdición. Los preparados serán salvos.
La segunda venida del Señor es un suceso que llenará de alegría a algunos, pero de terror a otros. Habrá que estar listos, por lo que la preparación debe ser permanente. Lamentablemente muchos de los que creen ser amigos de Jesús, o dicen serlo, no estarán listos.
Los esfuerzos apurados del último momento para estar bien con Dios se revelarán inútiles. A muchos la muerte los sorprenderá sin que tengan tiempo de arrepentirse. La puerta del cielo les estará cerrada para siempre. Los que no quisieron buscar la gracia de Dios cuando tuvieron tiempo, no tendrán tiempo de hacerlo cuando lo necesiten.
Notas: 1. En la parábola no se menciona a la esposa, que queda como oculta, como tampoco se la menciona en Mt 22:1-14. Sin embargo, algunos textos latinos y sirios la mencionan, reflejando la costumbre occidental, según la cual la esposa es conducida donde el esposo para la ceremonia. Recuérdese que en el episodio de las Bodas de Caná (Jn 2:1-12), la fiesta de bodas se celebra en la casa del novio, y la novia tampoco es mencionada.
2. Elcana le dice a su mujer Ana: “¿No te soy yo mejor que diez hijos?” (1Sm 1:8) Diez también fue el número de testigos que Booz convocó para decidir el asunto de la redención de las tierras que habían pertenecido a su pariente Elimelec, y que su viuda Noemí había decidido vender (Rt 4:1-3).
3. En esta parábola Jesús parece haber dado previsoriamente un argumento contra la doctrina de que la salvación no se pierde (una vez salvo, siempre salvo) porque si las cinco vírgenes necias eran creyentes ¿cómo así Jesús les cerró la puerta?
NB. Veamos algunas de las palabras griegas:
Parthénos= virgen, doncella; muchacha que no ha conocido varón, que está en edad casadera; en Ap 14:4 se aplica a los hombres que no se han contaminado con mujeres (en sentido de libertinaje).
Numphíos= novio, esposo recién casado.
Phrónimos= Prudente, sensible, poseedor de sabiduría práctica.
Morós= tonto, estúpido, necio.
Élaion= aceite de oliva, usado tanto para iluminar, como para ungir.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos diciendo: Jesús, yo te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.

#925 (08.05.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).