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jueves, 19 de noviembre de 2020

LA BATALLA DE LA ORACIÓN IV

LA BATALLA DE LA ORACIÓN IV
Si pudiera escribirse la historia secreta, espiritual, de los pueblos, podríamos ver hasta qué punto los acontecimientos grandes y pequeños de su devenir han sido determinados por la oración y por la batalla que ella desata en los cielos; podríamos ver hasta qué punto –aunque no en un sentido absoluto sino sólo relativo- Dios ha puesto el cumplimiento de sus planes en nuestras manos.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

LA BATALLA DE LA ORACIÓN III




LA BATALLA DE LA ORACIÓN III
Dios, pues, necesitaba que alguien orara por el cumplimiento de esa profecía, para ponerla en obra. Necesitaba que alguien se pusiera en la brecha a interceder por el pueblo.

miércoles, 11 de noviembre de 2020




LA BATALLA DE LA ORACIÓN I



 

LA BATALLA DE LA ORACIÓN II


LA BATALLA DE LA ORACIÓN II
"Porque nuestra lucha no es contra sangre ni carne (esto es, contra seres humanos) sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores mundiales de estas tinieblas, contra huestes espirituales de maldad en los lugares celestiales". (Así en el original, Efesios 6:12)

miércoles, 13 de diciembre de 2017

ESDRAS EL ESCRIBA II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
ESDRAS EL ESCRIBA II
Tal como anuncié al final del artículo anterior, el segundo artículo de este mismo título estaría dedicado a describir el contexto histórico en que Esdras y Nehemías desarrollaron sus actividades tan importantes en la reconstrucción del judaísmo después del exilio babilónico.
            Como ocurre también en nuestros días el panorama político del mundo antiguo estaba dominado por potencias rivales que se disputaban el predominio, y      cuya civilización floreció a orillas de grandes ríos que permitieron un gran desarrollo de la agricultura. De un lado, estaba el poderoso y milenario imperio egipcio, a orillas del río Nilo que desembocaba en el Mediterráneo, y de otro, los imperios sucesivos y rivales de Asiria, Babilonia y Persia que florecieron en el creciente fértil irrigado por los ríos Éufrates y Tigris.
            Después de la muerte del piadoso rey Josías, que cayó luchando contra el faraón Necao (2R 23:29), el reino de Judá estuvo sujeto al predominio alternado de Egipto y de Babilonia. Después de la victoria de la segunda sobre el primero en Carquemish (605 AC), Judá cayó en la órbita de Babilonia. Sin embargo, y contra el consejo de Jeremías, el rey Joacim se rebeló contra ella y fue derrotado por Nabucodonosor, que entró victorioso en Jerusalén el 16 de marzo de 597 AC (2R 23:36-24:5). El nuevo rey, Joaquín, fue deportado a Babilonia con unos 10,000 compatriotas suyos, junto con todos los tesoros del templo y del palacio real. Sedequías fue instalado en su lugar (2R 24:8-17).
            El año 589 AC, (esto es, ocho años después) y nuevamente contra el consejo de Jeremías, Sedequías se rebeló contra Nabucodonosor (2R 24:20), pero fue  derrotado. Nabucodonosor sitió Jerusalén y la tomó el 29 de julio de 587 AC, tal como Ezequiel había anunciado que ocurriría en castigo de la idolatría y de los muchos pecados del pueblo. Sedequías fue cegado y deportado a Babilonia con muchos altos funcionarios y mucho pueblo (2R 25:1-7). Poco después Nabuzaradán, capitán de la guardia, incendió el templo de Salomón y el palacio real, junto con toda la ciudad, destruyó las murallas y se llevó consigo cautivos a más habitantes de Judá (2R 25:8-11).
            Nabucodonosor dejó como gobernador de Judá a Gedalías, pero éste fue asesinado por algunos judíos descontentos, quienes, temiendo la represalia del rey babilónico, huyeron a Egipto llevándose consigo, contra su voluntad, a Jeremías (2R 25:22-26; Jer 43:4-7). ¡Pobre Jeremías! Él había anunciado esta catástrofe, pero no le hicieron caso. No se supo más de él. Posiblemente murió en Egipto.
            En el año 582 se produjo una nueva deportación de judíos a Babilonia. Se calcula que en total los babilonios se llevaron a unas 20,000 personas, la flor y nata del pueblo, funcionarios, militares, artesanos y técnicos. Sólo quedó el pueblo ignorante y algunos nobles y sacerdotes.
            El año 539 el rey persa, Ciro, conquistó Babilonia y, al año siguiente, promulgó un decreto autorizando el retorno a su tierra de los exiliados de Judá que quisieran regresar. (Esd 1:2-4 contiene el texto hebreo del decreto; Esd 6:3-5, el texto arameo). Pero el primer retorno fue un semifracaso, aunque en 537 AC se colocó la primera piedra del nuevo templo. Una nueva emigración en 522 (que es posiblemente la que describe el capítulo 2), al mando del príncipe de estirpe real, Zorobabel, y del sacerdote Josué, reinició la reconstrucción del templo, que había quedado paralizada por la oposición circundante (Esd 4:4,5), siendo inaugurado el año 515 (Esd 6:16-18). Recuérdese que en la cronología antes de Cristo los años decrecen hasta el año primero.
            El año 445 AC, Nehemías, copero y, por tanto, alto funcionario del rey Artajerjes, obtuvo autorización para ir a Jerusalén –con el cargo de gobernador de Judá- para reconstruir sus murallas que estaban en lamentable estado (Nh 1-2:10). Según Esd 7:8 la misión de Esdras empezó el año sétimo del reinado de Artajerjes, pero como el texto no indica si se trataba del primero, o del segundo de los reyes de ese nombre (que tuvieron ambos largos reinados), no es posible determinar con seguridad si ello ocurrió el año 458 AC, o el año 398 AC, aunque la mayoría de los eruditos se inclina por la primera fecha.
            Esdras (cuyo nombre en hebreo era Azaryahu, que quiere decir “Dios ayuda”), fue un hombre de linaje sacerdotal a quien por primera vez en las Escrituras se otorga el título de “escriba” (es decir, erudito. Sofer en hebreo; grammateus en griego; literalmente “el que sabe escribir”, una habilidad notable si se tiene en cuenta que en la antigüedad la gran mayoría de la población era analfabeta). Él vivía con los exiliados de Judá en el imperio persa en tiempos de Artajerjes (posiblemente el primero, aunque no es seguro). El soberano, que sin duda le tenía en gran aprecio, porque era un hombre muy estudioso, le dio el encargo de reformar el culto en el templo de Jerusalén, de recibir ofrendas en oro y plata para el culto, de nombrar jueces y gobernadores en Judea y de enseñarles las leyes de su Dios (Esd 7:25). Le dio incluso autoridad para juzgar y ejecutar a los que se le opusieran (v. 26).
            Esdras subió a Jerusalén con gran número de pueblo judío (unos 1486 varones con sus familias, cap. 8). Partió después de ayunar y sin protección militar, “porque tuve vergüenza de pedir al rey tropa y gente de a caballo que nos defendiesen del enemigo en el camino; porque habíamos hablado al rey, diciendo: La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan; mas su poder y su furor contra todos los que lo abandonan.” (8:22)
           Llegado a Judá se enteró del escándalo de los matrimonios mixtos con los pobladores de la tierra (9:1,2) que encerraban el peligro de que los israelitas se corrompieran rindiendo culto a las divinidades paganas de sus mujeres. Esdras se afligió por ello en gran manera: “Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, y arranqué pelo de mi cabeza y de mi barba, y me senté angustiado en extremo.” (9:3) Lleno de vergüenza él oró: “Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo…” (v. 6).
            La oración compungida de Esdras, que continuó enumerando todos los pecados en que había incurrido el pueblo, y las muchas veces que Dios se había mostrado misericordioso con ellos (9:7-15), tuvo un efecto inesperado, porque se juntó una gran multitud de hombres, mujeres y niños, llorando amargamente y confesando su pecado de haber tomado por esposas a mujeres extranjeras, es decir, que no eran de su pueblo (10:1,2). Como resultado el pueblo hizo pacto con Dios de despedir a las mujeres extranjeras y a sus hijos (10:3-5).
            No obstante, en una reunión solemne poco después Esdras ordenó a los levitas y sacerdotes y a todos los hombres fieles que se hubieran casado con mujeres no judías, que se separaran de ellas, y que los judíos en adelante no dieran a sus hijas en casamiento a no judíos (10:5ss), según lo ordenado por Moisés (Dt 7:1-5, en especial el vers. 3).
            La tradición rabínica otorga gran preeminencia a Esdras como reformador del culto e instaurador de la lectura regular de la Torá en la sinagoga. Pero, sobre todo, él definió a Israel como una comunidad separada de “los pueblos de la tierra”, todos los aspectos de cuya vida deberían estar gobernados por los principios establecidos en la Torá. A él se le atribuye además haber introducido la escritura cuadrada aramea que actualmente utiliza el hebreo, así como la reconstrucción del texto del Pentateuco. La cronología de los hechos de Esdras es difícil de establecer porque el orden de los pasajes del libro que lleva su nombre ha sido alterado por razones literarias que desconocemos.
A él se le atribuye haber establecido la Gran Asamblea de escribas y profetas, predecesora del Sanedrín, como la autoridad normativa en asuntos relativos a la ley religiosa, así como la lectura obligada de la Torá en las sinagogas.
Según la tradición, él sería el autor del libro de Crónicas, siendo el libro que lleva su nombre su continuación. Y en efecto, como puede verse, los dos últimos versículos del segundo libro de Crónicas son casi idénticos a los dos primeros del libro de Esdras.
Él llegó a Judea en un momento sumamente difícil para su nación: 1. La comunidad israelita era pequeña y se estaba desintegrando; 2. Estaba amenazada por los samaritanos, que eran en ese momento mucho más poderosos que ellos (Nota); 3. Hombres y mujeres se estaban casando con no judíos, violando la ley; 4. Más grave aún, el pueblo estaba violando el sábado, trabajando y comerciando; y 5. Se estaban asimilando a los pueblos vecinos, por lo que la comunidad judía estaba en peligro de desaparecer.
Esdras y Nehemías, que vino poco después que él, cambiaron esa situación en poco tiempo: 1. Bajo el liderazgo de Nehemías se reconstruyeron los muros de Jerusalén (Nh 2:11-3:32); 2. Se reinició la reconstrucción del templo iniciada por Zorobabel (Esd 3:11ss); 3. Se obligó –como ya se ha mencionado- a los hombres a separarse de sus mujeres paganas; 4. Se prohibió estrictamente todo trabajo en sábado; 5. El año 444 AC, y subido a un alto púlpito, Esdras leyó, desde la madrugada hasta el mediodía, el libro de la Ley, apoyado por los levitas que explicaban el sentido al pueblo (Nh 8:1-8); 6. Posteriormente todo el pueblo se comprometió públicamente a guardar la ley de Dios con todo detalle (Nh 9:38-10:39).
La solemne ceremonia pública de lectura del libro de la Torá fue como un eco del otorgamiento de la Ley al pueblo en el Sinaí (Ex 20), razón por la cual en el judaísmo se considera a Esdras como un segundo Moisés. Tal como lo han entendido las generaciones posteriores, ese acontecimiento marca la transformación del judaísmo en una religión centrada en el libro de la Torá como fuente de autoridad máxima, reemplazando a reyes, profetas, e incluso a los sacerdotes, como voceros de la voluntad de Dios, lo cual otorgó a los intérpretes de la Ley una importancia cada día mayor.
La decisión que tomó el pueblo de Israel de mantener una estricta separación étnica y religiosa respecto de todos los demás pueblos (los llamados goyim, esto es, gentiles) tuvo también, a su vez, consecuencias decisivas a largo plazo, y explica que el pueblo judío se haya mantenido durante la era cristiana, es decir, durante casi dos mil años, como una entidad étnica y religiosa separada. Que lo haya podido hacer sin tener, hasta mediados del siglo pasado, un territorio propio, una patria, es un hecho extraordinario que no tiene antecedentes en la historia y es manifestación de un evidente propósito divino.
Nota: Existen varias teorías acerca del origen de los samaritanos. La más plausible postula que cuando los asirios conquistaron el reino del Norte en el siglo VIII, no deportaron a todos sus habitantes, sino que dejaron una pequeña población que trató de conservar las tradiciones de su pueblo, pero que posiblemente también se mezcló con los pobladores que los asirios trajeron a la región para someterla. Ellos poseían un texto del Pentateuco que difería en algunos puntos menores del texto canónico, y que estaba escrito en un alfabeto diferente del hebreo. En el siglo IV AC construyeron un templo en el monte Gerizim, como rival del templo de Jerusalén, el cual fue demolido por el sumo sacerdote Juan Hircano el año 128 AC, hecho que agudizó el antagonismo existente entre judíos y samaritanos. En el diálogo que Jesús sostuvo con la samaritana en Sicar, junto al pozo de Jacob, ella hizo a Jesús una pregunta que reflejaba la rivalidad cultual existente entre ambos pueblos (Jn 4:20).
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

MARDOQUEO II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
MARDOQUEO II
Un día, estando Mardoqueo sentado a la puerta del palacio del rey –es posible que Ester hubiera obtenido que él fuera nombrado portero de palacio- él se entera casualmente de un complot de dos eunucos para matar a Asuero (Nota 1). Él informa a Ester y ésta informa al rey. (Est 2:21,22). Hechas las averiguaciones se comprobó que era cierta la denuncia y los dos culpables fueron colgados en una horca. “Y fue escrito el caso en el libro de las crónicas del rey.” (v. 23). Mediante este incidente Dios estaba preparando el terreno para el futuro engrandecimiento de Mardoqueo. Pero notemos que así como los hebreos mantenían libros de Crónicas donde se consignaban sobre todo los principales hechos de la historia de sus reyes, y otros acontecimientos de la historia de su pueblo, ésa era una costumbre común de todas las naciones de ese tiempo.
Asuero había engrandecido a Amán, seguramente por lo mucho que éste lo adulaba. Todos se arrodillaban ante Amán, pero Mardoqueo rehusaba hacerlo. ¿Por qué motivo? Porque consideraba que no debía inclinarse ante ningún hombre sino sólo ante Dios, y menos podía él inclinarse ante un descendiente de Agag (3:1), el rey de los amalecitas, enemigos jurados de Israel. (2) Ofendido en su orgullo, Amán se propone destruir no sólo a Mardoqueo, sino a todo el pueblo judío.  
No es la primera ni la única vez que alguien se propone destruir al pueblo elegido. ¿Quién inspiraba entonces ese deseo? Satanás. ¿Y por qué? Porque él sabía que de ese pueblo nacería el Mesías.
Amán echó suertes (Pur cuyo plural es purim) para saber en qué mes convendría llevar a cabo su propósito, y salió el duodécimo mes, que es el mes de Adar (febrero/marzo).
Por instrucciones del rey, Amán publicó un edicto ordenando que el día 13 del mes de Adar, se exterminara a todo el pueblo judío, incluyendo ancianos, mujeres y niños (3:11-15). Nótese que el rey ordenó destruir al pueblo judío sin saber que la reina a la que tanto amaba, y Mardoqueo, el hombre que le había salvado la vida, eran ambos judíos.
El texto dice que, al enterarse del decreto, la ciudad de Susa se conmovíó (3:15). Eso es comprensible si se tiene en cuenta que, amados o no, los judíos por su industriosidad eran un elemento esencial de la vida económica de la ciudad, y posiblemente muchos de sus pobladores los estimaban, y algunos hasta los tenían por amigos.
Cuando Mardoqueo se enteró “rasgó sus vestidos, se vistió de cilicio y de ceniza, y se fue por la ciudad  clamando con grande y  amargo clamor.” (4:1). Tenía buena razón para ello, porque sabía que él era la causa del odio de Amán contra su pueblo.
Angustiados los judíos, vistiéndose de cilicio, convocaron a un ayuno con luto, llanto y lamentación, al cual se adhirió Mardoqueo (4:3).
Enterada a su vez, Ester quiso que Mardoqueo viniera donde ella a palacio, con cuyo fin le envió vestidos adecuados para presentarse en palacio, pero él no quiso ir.
Mardoqueo le pide a Ester por un intermediario que interceda ante el rey. Pero ella le responde que si ella se  presenta donde el rey sin haber sido llamada primero, ella moriría. Su temor era aumentado por el hecho de que hacía treinta días que ella no había sido llamada por el rey. ¿Estaría él molesto con ella? ¿Habría encontrado entre sus concubinas una mujer que lo atraía especialmente?
Mardoqueo le contesta que ella no escapará al destino de todos los judíos, y añade: Pero si tú no intercedes por tu pueblo, de otro lugar vendrá la liberación. ¿Qué está implícito en esta respuesta? La seguridad de que Dios no dejará perecer al pueblo elegido.
Mardoqueo le hace decir además: Quizá para esta hora tú has llegado a ser reina. Es decir: No es casualidad. Dios te ha puesto en ese lugar con un propósito. (3)
Quizá para esta hora estén ustedes y yo aquí. Es decir, con un fin preciso Dios ha querido que lleguemos a esta edad avanzada y que nos incorporemos a este ministerio de la Edad de Oro. ¿Cuál es ese fin sino el darle gloria, y traer a unos para que conozcan el Evangelio, y a otros para que sean edificados en su fe? La verdad es que Dios ha puesto a cada ser humano con un fin preciso en un lugar y tiempo determinado en el mundo. Muchos son inconscientes de ese fin, aunque involuntariamente lo cumplen. Pero el éxito espiritual de nuestra vida depende de que lleguemos a ser conscientes del propósito por el cual fuimos creados, y lo cumplamos.

Notemos que en la historia santa, en tiempos de opresión del pueblo judío, Dios siempre ha enviado a un salvador que venza a sus enemigos, o que los libere: Moisés, Gedeón, Sansón, Judas Macabeo… Y en esta oportunidad le tocó ese papel a Ester, una simple doncella que, escogida por el rey para ser su esposa, había sido elevada a la categoría de reina. Aquí vemos el cumplimiento de la promesa hecha por Dios a su pueblo: “Ningún arma forjada contra ti prosperará y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio.” (Is 54:17a).
Pero notemos el contraste: Ninguna persona podía presentarse ante el rey sin haber sido llamada, pues arriesgaba su vida. Sin embargo, todos los seres humanos tienen acceso al trono de gracia de un Soberano mucho más excelso que todos los reyes humanos, para alcanzar misericordia y el oportuno socorro (Hb 4:16).
Entretanto, Amán, ofendido de que Mardoqueo no le rinda homenaje, por consejo de su mujer, hace preparar una horca para colgarlo (Est 5:14).
Al tercer día del ayuno Ester, arriesgando su vida, se viste de gala y se presenta inesperadamente en el aposento del rey. Éste no reacciona airadamente, como era de temer por el hecho de que ella no hubiera sido llamada, sino que le extiende su cetro en señal de favor, y le pregunta: ¿Cuál es tu petición? Ella le contesta que desea que el rey venga ese mismo día con Amán a un banquete que ella ha preparado para honrarlo. El rey acude y le pregunta nuevamente: ¿Cuál es tu petición? Ella le contesta invitando al rey el día de mañana a otro banquete en que ella desea que asista nuevamente Amán. El rey una vez más accede a su deseo (Est 5:6-8).
Pero esa misma noche, no pudiendo dormir, el rey hizo que le leyeran el libro de las crónicas del reino. Llegados al episodio del

complot de los dos eunucos contra el rey que Mardoqueo había denunciado, el rey preguntó: ¿Cómo se premió al hombre que denunció el complot? Los cortesanos le dijeron que no se había hecho nada en su favor. (6:1-3)
Entonces Asuero hizo venir a Amán y le preguntó: ¿Qué debe hacerse con un hombre al cual el rey quiere distinguir? Amán, creyendo que se trataba de él, le contestó que debía vestírsele con ropas reales, ponerle una corona de oro sobre su cabeza, y subirlo al caballo que el rey cabalga. Hecho lo cual debía paseársele por las plazas de la ciudad pregonando: Así se trata al hombre que el rey quiere honrar. Entonces el rey le dijo: Haz con Mardoqueo así como has dicho. (6:6-11) ¡Qué chasco!
Cumplido el encargo, Amán retornó a su casa apesadumbrado y con la cabeza cubierta de vergüenza. Y tenía buena razón para ello (v. 12). Él se había imaginado que el rey quería homenajearlo a él en público, pero resultó que el homenaje no era para él, sino para el hombre que él más odiaba. Y para mayor humillación suya, a él se le había dado el encargo de llevarlo a cabo. ¡Imagínense cómo se sentiría Amán pregonando el premio del hombre a quien él más odiaba!
En el segundo banquete convocado por Ester en el palacio real, con asistencia de Amán, ella denuncia la orden que se ha dado para destruir a todo el pueblo judío, y revela quién es el que la ha gestionado: Amán. Aparentemente el rey lo había olvidado.
Asuero se enfurece y bruscamente abandona la sala del banquete. Amán se queda y suplica a Ester por su vida y, en su afán angustiado, cae sobre el lecho sobre el cual estaba Ester recostada comiendo, según la costumbre persa que luego los romanos y los judíos adoptaron (Véase Jn 13:23). Asuero, que entretanto ha regresado, cree que el hombre la quiere violar y ordena en el acto que lo maten. Para ello cuelgan a Amán precisamente en la horca que él había preparado para Mardoqueo, Podemos ver aquí cómo la mano de Dios está detrás de los acontecimientos y coincidencias dirigiéndolo todo, y cómo se cumple el proverbio que dice: “El  justo es librado de la tribulación; mas el impío entra en lugar suyo.” (11:8).
Se produce entonces un vuelco en la posición de Mardoqueo. Ester le revela al rey que ella es su prima. Entonces el rey le da a Mardoqueo el anillo con el sello real que antes había dado a Amán.
Ester le pide al rey que anule la orden que ha dado de matar a todos los judíos. El rey le contesta que un edicto suyo no puede ser anulado. Entonces ordena que Mardoqueo, en nombre suyo, mande un edicto real autorizando a los judíos de su reino a defenderse de sus enemigos y matarlos.
Llegado el día 13 de Adar, en lugar de ser destruidos, los judíos destruyen a sus enemigos con el apoyo de las autoridades del reino. Solamente en Susa mataron a 500 hombres, incluyendo a los diez hijos de Amán (Est 9:13,14). (4) El día 14 mataron a 300 hombres más. En las provincias mataron a 75,000 hombres, pero no tocaron sus bienes. Los judíos de Susa descansaron el día 15 e hicieron fiesta.
Se ha objetado que los judíos pudieran actuar con tanta crueldad con sus enemigos, matándolos a todos sin compasión. Pero debe recordarse que ellos vivían entonces bajo el antiguo pacto que decía: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19:18), pero que en la práctica aconsejaba odiar y destruir al enemigo.(cf Ex 17:14-16; Sal 139:21,22) Faltaban todavía siglos para que Jesús viniera a enseñar que también debemos amar a nuestros enemigos (Mt 5:44).
El prestigio de Mardoqueo aumentó al punto de que llegó a ser el segundo hombre del reino. Él ordenó a los judíos festejar los días 14 y 15 de Adar, porque en esos días tuvieron paz sobre sus enemigos.
La fiesta que conmemora este acontecimiento recibió el nombre de Purim, plural de Pur, y es celebrada por los judíos de todos los lugares y tiempos.
Notas: 1. Los eunucos eran los funcionarios de la corte real, encargados al comienzo principalmente del harén de los reyes, por lo que eran castrados en temprana edad. Véase Hch 8:27. No es improbable que Mardoqueo mismo fuera un eunuco, pues no estaba casado ni tenía hijos.
2. Según el Targum y el historiador Josefo, Amán era un descendiente de Amalec, por vía de su rey Agag. Ellos fueron los eternos enemigos de los judíos, que los habían atacado en Refidim, por lo cual hubo guerra sin cuartel entre ambos pueblos (Ex 17:8-16). Por eso Dios ordenó a Moisés que destruyera a los amalecitas (Dt 25:17-19).
Siglos después Saúl desobedeció a la orden de Dios de destruir a todos los amalecitas, pues perdonó la vida de Agag, su rey. Ese acto de desobediencia ocasionó que Jehová desechara a Saúl como rey. Samuel hizo traer a Agag y con sus propias manos lo mató (1Sm 15).
3. Dicho sea de paso, Si yo no cumplo la tarea que Dios me ha confiado, Él llamará a otro que le lleve a cabo en mi lugar, y yo me habré perdido mi recompensa.
4. Se supone que Amán sería un descendiente de un hijo de Agag que escapó de la matanza que hizo Saúl de los amalecitas. Es muy significativo que fuera un amalecita, perteneciente al pueblo que fuera el eterno enemigo de los hebreos, el que tramara destruir definitivamente al pueblo judío. Pero con la muerte de Amán y de sus hijos (Est 9:13,14) la orden dada a Moisés fue definitivamente ejecutada.
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#948 (23.10.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 7 de marzo de 2013

LA SIERVA DE NAAMÁN I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA SIERVA DE NAAMÁN I
Un Comentario de 2 Reyes 5:1-81.
“Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso.”
I. Lo primero que me llama la atención en el comienzo de este relato es que diga que “por medio de él (es decir, de Naamán) había dado Dios salvación a Siria”.
¿Estamos leyendo bien? Dice el texto que Dios usó a este hombre pagano, general de una nación enemiga de su pueblo escogido, para traer salvación, esto es, victoria a esa misma nación que era enemiga de Israel. ¡Pero Siria no era el pueblo escogido sino, al contrario, le hacía la guerra! ¿Qué hacía Dios dándole salvación, es decir, victoria, a un pueblo pagano contra su propio pueblo? (Nota 1)
Dios tiene propósitos para los pueblos paganos. El hecho de que escogiera a un pueblo en particular –no lo escogiera solamente, sino que lo hiciera surgir a partir de un hombre, es decir, de Abraham- no quiere decir que Dios descarte a los demás pueblos, o que los considere sus enemigos. Al contrario, todos los pueblos de la tierra son creación suya y a todos ama por ese motivo. Ningún pueblo está fuera de la providencia y de los planes de Dios (2). Más aun, si Dios escogió a un pueblo en particular, a Israel, no fue para grandeza de ese pueblo, sino para que fuera luz a las naciones, ni fue ésta la única ocasión en todo el relato de la Biblia en que Dios usó a un gobernante pagano para sus propósitos. Tenemos los casos de Nabucodonosor, a quien el profeta Daniel dijo: “Tú, oh rey, eres rey de reyes, porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad.” (Dn.2:37); y de Ciro, rey de Persia, a quien Dios dijo por boca de Isaías: “Así dice el Señor a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha para sujetar naciones…” (45:1-4).
Nosotros los cristianos tendemos a despreciar a los incrédulos, considerándonos superiores a ellos, así como los israelitas se consideraban superiores a los “paganos”, a los gentiles (es decir, a los que no eran judíos), y los despreciaban, al punto de que no podían entrar en sus casas, ni podían juntarse ni comer con ellos. (Véase al respecto Hch 11:2,3).
Fueron necesarios hechos extraordinarios para que los primeros discípulos de Jesús comprendieran que el mensaje de salvación que Jesús había traído también era para esos que ellos miraban por encima del hombro. Y es curioso que la iglesia, que empezó siendo conformada por judíos, y sólo renuentemente aceptó a los gentiles en su seno, terminara siendo formada mayormente por gentiles –es decir, por no judíos- porque éstos en su mayoría rechazaron el mensaje del Evangelio. Jesús lo había predicho en la Parábola de la Fiesta de Bodas (Mt 22:1-11).
Sí, Dios tiene propósitos para los incrédulos, y el primero es que vengan a reconocer a Jesús como su Salvador y Rey, es decir, que sean salvos. De hecho, la gran mayoría de nosotros formaba parte de esos incrédulos a quienes Dios por su misericordia salvó. Si despreciamos a los que no creen en Jesús, despreciamos a los que son lo que nosotros éramos antes de venir a Cristo. Nosotros hemos venido a creer en Jesús no por algún mérito propio, sino por pura misericordia suya. No hay nadie que sea tan malvado, tan alejado de los caminos de Dios, a quien Dios no pueda llamar a su reino. Jesús dijo: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores al arrepentimiento.” (Mt 9:13b)
II. Naamán era un héroe para su país, admirado por todos, pero era leproso, una enfermedad que en esa época significaba ser aislado de todos por miedo al contagio. Muchas veces los grandes éxitos están acompañados de grandes pruebas. Nosotros solemos ver solamente el oropel de la fama y de la gloria, la fachada adornada, pero no vemos el sufrimiento que detrás se esconde y que con frecuencia los acompañan. Los éxitos se obtienen a costa de mucho esfuerzo y sufrimientos. El camino a la cima no es fácil.
Dios había escogido a Naamán para hacer con él un gran milagro que fuera testimonio de su poder ante los gentiles. Pero para hacer ese milagro era necesario que Naamán sufriera antes bajo esa terrible enfermedad. Notemos cómo el sufrimiento de la enfermedad precede casi siempre a la gloria del milagro. Pensemos en el ciego de nacimiento (Jn 9) a quien Jesús hizo también el gran milagro de darle la vista. Ese ciego era alguien que Dios había escogido para manifestar a través de él sus obras (Jn 9:2,3). Por esa causa él tuvo que pasar por una etapa previa de mucho sufrimiento. Pero podemos suponer que su recompensa después sería muy grande.
Cuando Dios llamó a Pablo al ministerio no le hizo decir por medio de Ananías: “Yo le mostraré qué gran obra voy a levantar a través suyo”, sino: “Yo le mostraré cuánto ha de sufrir por mi nombre.” (Hch 9:16). No le habló de grandes éxitos, no le dijo que fundaría muchas iglesias, no le dijo que él sería el instrumento que usaría para escribir una tercera parte del Nuevo Testamento. No. Le dijo: “Yo le haré pasar por grandes pruebas.” Y, en efecto, si Pablo se jacta de algo es de haber sufrido más que ninguno (2Cor 11:23). Primero, las pruebas; después, si Dios quiere, el éxito. Así que si tú quieres tener un gran ministerio, hacer una gran obra para Dios, cíñete los lomos y prepárate para sufrir. Jesús dijo que antes de empezar una obra calculáramos el costo. ¿Lo has calculado? No vaya a ser que después, descorazonado, abandones el reto a medio camino y seas objeto de burla (Lc 14:28-30).
III. Naamán debe haber ocupado un lugar especial en el corazón de Dios, porque cuando Jesús va a predicar por primera vez a la sinagoga de su pueblo, Nazaret, Él, por así decirlo, les refriega en las narices a sus paisanos el nombre de ese general pagano, diciéndoles que había muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo, pero que ninguno de ellos fue limpiado sino Naamán el sirio. Sabemos muy bien con cuánta ira reaccionaron sus paisanos, al punto de que no sólo lo expulsaron del pueblo, sino que quisieron despeñarlo (Lc.4:16-30). ¿Por qué se encolerizaron tanto? Porque Jesús hirió sus sentimientos nacionalistas. Ellos se imaginaban que sólo ellos, el pueblo escogido, podía ser objeto de la misericordia de Dios.
2,3. “Y de Siria habían salido bandas armadas, y habían llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha, la cual servía a la mujer de Naamán. Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra.”
I. En la antigüedad eran muy comunes esos episodios de bandidaje semioficial, en que bandas armadas fronterizas de un país hacían incursiones en el territorio enemigo, para hacerse de un botín que consistía no sólo en bienes muebles (objetos de valor, joyas, ganado, etc.) sino también en seres humanos, a quienes después vendían como esclavos, cuando no los mataban. David mismo, aunque nos parezca increíble, se había dedicado a ese terrible oficio cuando huía de Saúl (1Sam 27:8,9). Antes de que viniera Jesús a abrirnos los ojos, aun los miembros del pueblo escogido tenían en poco el valor de la vida humana.
Esta pobre muchacha había sufrido la desdicha de ser capturada en una de esas incursiones, en la que sus padres y hermanos pueden haber muerto y en la que ella perdió, además de la libertad, a su familia y todas sus posesiones, convirtiéndose en esclava de sus captores. Hasta podemos pensar que ella ya estaba quizá comprometida para casarse con alguien de su comarca, por lo que ella habría perdido no sólo padres y hermanos, sino hasta novio.
Ella había sido adquirida por la casa de Naamán y servía a la mujer del famoso general. Para que haya sido llevada a la casa de un gran personaje ella debe haber sido una muchacha de cierto rango, bien educada, perteneciente por lo menos a una familia de propietarios, porque en la sociedad altamente jerarquizada de entonces, también la esclavitud estaba sujeta a las normas de “status” social. Sin embargo, pese a ser ella posiblemente de buena cuna, y haber estado acostumbrada a ser servida y no a servir, servía de buena gana a su patrona (3).
Ella no estaba amargada por el infortunio, ni guardaba rencor a sus amos. Al enterarse de la enfermedad del esposo de su patrona no se había dicho: “¡Bien hecho, bien merecido lo tiene!”, sino sintió compasión. Ese sentimiento la indujo a señalarles cuál podía ser la solución para la enfermedad de su amo.
¿Por qué lo hizo? Porque amaba a sus señores y, siendo posiblemente una muchacha dócil y eficiente, era también amada por ellos. Pero si los amaba era porque ella estaba –yo diría, constitucionalmente- llena de amor. Era una criatura buena. (4)
II. José fue durante un tiempo esclavo de Potifar, hombre importante en la corte del faraón, pues era capitán de la guardia. ¿Estaba José amargado por su suerte? Nada podría hacérnoslo pensar porque él servía diligentemente a Potifar. ¿Por qué lo hacía? Sobre todo, pienso yo, porque Dios estaba con él (Gn 39:2), y eso hacía que él de una manera natural, tendiera a hacerlo todo bien. Pero también, sin duda, porque amaba a su dueño y, sin duda, era amado también por él, pues le había confiado la administración de todos sus bienes, y era normal que en esa situación de confianza se estableciera una relación de mutuo afecto.
Sabemos que la primera razón que José dio a la mujer de Potifar para rechazar sus avances fue la fidelidad que le debía a quien había depositado toda su confianza en él. (5)
La fidelidad en el servicio es consecuencia del amor. Y el amor engendra amor. La actitud servicial de la muchacha hizo que sus patrones la consideraran y le dieran un buen trato. Se había conquistado su corazón y su confianza. De lo contrario no se habría atrevido a darles un consejo en un asunto tan personal y delicado como el de la enfermedad del dueño de casa.
Todo servicio útil se hace por amor. La madre no sirve a sus hijos a la fuerza, sino por amor, y lo hará bien en la medida en que los ame. La nodriza generalmente cuida al niño que le encargan porque le pagan para cuidarlo, y si no llega a amar al pequeño, lo atenderá a desgano. Si lo ama, lo hará con agrado y bien, y podrá ser bendición para el niño que tiene a su cargo. Si detesta a los niños, si no tiene paciencia, lo hará mal. ¿Qué es lo que decide la utilidad de nuestras obras? El amor más que nuestro conocimiento. “El amor cubre todas las faltas” (1P 4:8). También puede suplir la falta de conocimiento.
III. Eso nos lleva a considerar cómo con frecuencia los siervos ejercen influencia sobre sus amos, el de menor rango sobre el de mayor. Un caso muy conocido en la Biblia, aparte del de José -que ejerció gran influencia sobre el faraón- es el de Eliezer, el fiel criado de Abraham quien, de no haber tenido hijo, habría heredado toda su fortuna. (Gn 15:3). Abraham confió a Eliezer un asunto de gran importancia para su familia: escoger esposa para su hijo. El hecho de que el criado se dejara guiar por Dios, y tomara una decisión acertada, fue un factor de gran influencia en el destino de Isaac y del clan que Dios estaba formando (Gn 24). Ahí tenemos un caso en que el menor influye en el mayor. Eliezer fue un eslabón importante en el desarrollo de los planes de Dios. (6)
Dios concede con frecuencia a hombres justos –o a mujeres justas- la gracia de contar con la colaboración de personas de gran calidad espiritual y humana. Es un favor muy especial.
Notas: 1. La palabra hebrea teshuah se traduce como liberación, salvación, victoria, ayuda.
2. Mathew Henry apunta al respecto: “La preservación y la prosperidad, aun de los que no conocen a Dios y no le sirven, viene de Él, porque ‘Él es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen.’ (1Tm 4:10). Y añade: “Que Israel sepa que cuando los sirios prevalecían, eso venía de Dios.”
3. Todos los que sirven, aunque sea en condiciones humillantes, deben buscar el bien de sus patrones, porque no es a ellos sino a Dios a quien sirven, y Él se lo recompensará (Col 3:23,24).
4. El hecho de que Jesús diga que no hay ninguno bueno sino Dios (Mt 19:17) –algo que es cierto en sentido absoluto- no impide que haya muchas personas que desde el seno de su madre, es decir, de forma innata, se inclinan preferentemente al bien. Así como hay también quienes de manera instintiva se inclinan al mal, tal como dice el salmo: “Los impíos se desviaron desde el seno de su madre”. (Sal 58:3). Tal como he expuesto en el pequeño folleto “Oración y Embarazo” dedicado a las mujeres encinta, (que puede leerse en mi página web) es muy probable que esa inclinación innata esté determinada en buena medida por los pensamientos y sentimientos que la madre albergue durante los meses de embarazo, así como la inclinación contraria puede deberse en parte a los contenidos mentales negativos –malos sentimientos, rencores, o cosas peores- mantenidos durante ese lapso.
5. A José no debe haberle costado amar a Potifar, porque él era recto de espíritu. La mano de Dios había estado con él de una manera especial desde su nacimiento.
6. Véase mi artículo “Rebeca: Esposa, Novia y Madre I” del 09.05.04. En los cursos de liderazgo del Instituto Haggai se da importancia a este hecho: el liderazgo –es decir la capacidad de ejercer influencia sobre otros- no depende de la posición que se ocupe. Depende más del conocimiento, de la capacidad, del deseo de servir, pero sobre todo, del amor. Dios puede usarnos cualquiera que sea nuestra posición. Sólo se requiere tener un corazón dispuesto a ser usado. El menor puede ejercer gran influencia sobre el mayor. ¿Cuándo puede hacerlo? Cuando tiene algo que darle, algo que el mayor no tiene, en términos de conocimientos, experiencia o habilidad. Pero no podrá hacerlo, o no lo hará de una manera en que sea aceptado, si no lo hace por amor. Recordemos que una de las características del amor es la humildad: “el amor no se envanece…” (1Cor 13:4).
NB El presente artículo fue publicado hace casi ocho años bajo el #377. Se publica nuevamente ligeramente revisado y dividido en dos partes.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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miércoles, 20 de febrero de 2013

JESÚS ORA POR SUS DISCÍPULOS III


Por José Belaunde M.
JESÚS ORA POR SUS DISCÍPULOS III
Un Comentario de Juan 17:18-26
18. “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.”
¿Cómo envió el Padre a Jesús al mundo? Como una víctima inocente y sin mancha, para cumplir un santo y recto propósito, una santa misión como mediador: la de reconciliar al mundo con Dios. Ahora que yo me voy, le dice Jesús a su Padre, yo los envío a ellos al mundo con el fin de continuar la obra que tú me confiaste, llevando tu mensaje hasta los confines de la tierra para que todos los que crean en él sean reconciliados contigo.
Los envío como tú me enviaste a mí, como corderos inocentes, incapaces de quebrar cañas cascadas y dispuestos a ser perseguidos por mi causa (Mt 5:11,12).
Ellos no son perfectos porque son humanos, y son falibles pero, auxiliados por tu Espíritu, se mantendrán fieles a la misión que les encomiendo, conscientes de los riesgos, de los peligros y de los sacrificios que su misión conlleva.
No los abandones ¡oh Padre! a los peligros que los asechan, sino guárdalos como yo hasta ahora los he guardado, y como tú a mí me has guardado hasta la hora del sacrificio supremo. (Nota 1)
Como yo he afrontado oposición, así también ellos la afrontarán. Como yo he confiado en ti, ellos también confiarán en tu protección, ¡oh Dios! que nunca defraudas al que en ti confía (Sal 22:5b).
Como tú me enviaste para que sea fiel a tu propósito y lo cumpla hasta el fin, así también yo los envío a ellos para que sean fieles a tu propósito y lo cumplan hasta el fin que tú reservas para cada uno de ellos.
Así como yo te he glorificado en todos mis actos y palabras, que ellos también te den gloria en todos sus actos y palabras.
19.  “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.”
Jesús acaba de pedirle a su Padre (v.17) que santifique a sus discípulos en la verdad, porque “tu palabra es verdad”. Ahora reitera ese pensamiento diciendo que Él se santifica a sí mismo para que ellos también lo sean en la verdad.
Pero ¿qué necesidad tiene Jesús de santificarse, esto es, de apartarse para Dios, si eso es lo que ha hecho su vida entera, y si Él es la verdad que santifica? Así como Él voluntariamente se sometió al bautismo de arrepentimiento de Juan sin necesitarlo, pero lo hizo para darnos ejemplo, de manera semejante Él, sin necesitarlo tampoco, pues no había huella de pecado en Él, se santifica a sí mismo en la verdad para ser ejemplo para sus discípulos que, siendo falibles, iban a necesitarlo después de su partida.
El proceso de santificación es un proceso continuo que sólo termina en el cielo. Siguiendo el ejemplo de Jesús y de sus discípulos, santifiquémonos pues nosotros, consagrémonos a Dios cada día para que Él pueda usarnos.
Pero hay otro sentido de santificar que debemos considerar. El verbo griego hagiazó significa también “apartar” con un fin determinado. Así pues, en este
sentido, Él se aparta a sí mismo como víctima sacrificial para expiar los pecados del mundo (Hb 9:11-14).
20,21. “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.”
Jesús extiende su oración más allá de sus discípulos presentes a aquellos que han de creer en Él después de su muerte y resurrección por la palabra que stos que están con Él les prediquen. ¿Cómo se difunde la fe en Cristo que salva? Por medio de la predicación. “La fe es por el oír y el oír por la palabra de Dios.” (Rm 10:17). No hay otro medio, aunque el testimonio de vida silencioso también puede tocar los corazones de la gente.
Jesús ora aquí por todos los que en los siglos venideros van a conformar su iglesia en todo lugar y nación (y eso nos incluye a ti y a mí); ora para que se mantengan unidos, porque sabe que la desunión cunde fácilmente entre los creyentes, como lo ha demostrado la historia, no sólo por opiniones discrepantes en temas de doctrina que pueden convertirse en diferencias irreconciliables, sino también a causa de rivalidades personales o de grupo.
Él pide que sus discípulos de todos los tiempos se mantengan unidos como Él y su Padre son uno, con el mismo grado de unidad indisoluble que hay entre ambos, que es fruto del amor; una unidad que sea más fuerte que todas las posibles discrepancias doctrinales que puedan surgir entre ellos, y que todas las diferencias de temperamento y de carácter.
La razón por la cual Jesús pide que haya unidad entre sus discípulos es porque la unidad es una condición necesaria para que el mundo crea en Él. (2) Porque ¿cómo ha de creer la gente en Él si sus discípulos están divididos y se pelean entre sí? Las divisiones en la iglesia son un escándalo ante el mundo y el más grande obstáculo para que la gente crea.
¿Y de dónde vienen esas divisiones? En la mayoría de los casos de la vanidad y del orgullo de los hombres que el diablo estimula sabiendo a qué conduce.
Por eso la primera obligación de los creyentes es mantener la paz y la unidad de pensamiento, como escribió Pablo: “Os suplico hermanos …que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer.” (1Cor 1:10). “La unión hace la fuerza” es una verdad demasiado conocida para ser ignorada. En cambio, como dijo Jesús en otro lugar: “Una ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá.” (Mt 12:25).
Si toda la gente creyera que Jesús ha sido enviado por el Padre a la tierra, ¿no creerían todos en su mensaje y se salvarían? El secreto del éxito de la evangelización es que se crea que Jesús fue enviado por Dios.
Jesús dice que Él ora por los que han de creer. ¿No ora Él también por los que no creen? También ora por ellos para que se conviertan y crean. Los únicos por los que no ora son los condenados, porque es inútil hacerlo ya que su destino es inmutable.
22. “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.”
En este capítulo 17 Jesús menciona varias cosas que el Padre le ha dado. Ellas son las siguientes: En el v. 2 dice que le ha dado “potestad sobre toda carne”. En el v. 4, una obra por hacer. En el v. 6, discípulos, y lo repite en los v. 9, 11, 12 y 24. En el v. 8, palabras. En el v. 22, gloria, y lo repite en el v. 24. Son cinco cosas que tienen significados diferentes. ¿Qué cosa es la gloria que el Padre le ha dado a Jesús, y que Él ha dado a sus discípulos?
En el v. 4 Jesús le dice a su Padre que Él lo ha glorificado en la tierra haciendo su voluntad, cumpliendo la obra que le había encomendado. Pero enseguida (v. 5) Jesús le pide que lo glorifique al lado suyo con la gloria que tuvo desde el inicio.
En este vers. 22 “gloria” es el resultado, o el premio debido por cumplir la obra encomendada y, a la vez, el poder para llevarla a cabo haciendo sanidades, milagros y prodigios (Hch 4:30; 5:12,15,16; 8:13). En este versículo el tiempo pasado (“me diste”) tiene un significado, o proyección futura: Es la gloria que Jesús va a recibir al resucitar y ascender al cielo. Pero al mismo tiempo se refiere al poder que Jesús les dará, mediante el Espíritu Santo, para llevar a cabo la Gran Comisión (Mt 28:19,20), la tarea de llevar las Buenas Nuevas a todas partes y de hacer discípulos, en una unidad perfecta entre ellos, semejante a la que existe entre el Padre y el Hijo –una unidad cuyo vínculo es el amor. “Gloria” es también, por último, el premio prometido que algún día han de recibir por su fidelidad en la tarea.
Cuando después de Pentecostés los apóstoles empiecen a predicar el nombre de Jesús, un poder especial, un nimbo singular, los va a acompañar donde quiera que vayan, que derribará obstáculos y que atraerá a la gente hacia ellos. Eso que atraerá a la gente no es solamente el poder de la palabra que ellos tendrán en su boca, sino también el amor visible que existe entre ellos, un amor mutuo que el mundo no está acostumbrado a ver y que llamará mucho la atención de la gente, y que constituirá un argumento poderoso para convencerlos de la verdad de su mensaje.
23. “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.”
Este versículo puede dividirse en tres partes:
1. “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad”. Jesús está en sus
discípulos (de hecho, en todos los creyentes) así como el Padre está en Jesús (“mi Padre y yo somos uno”, Jn 10:30) de modo que el Padre está también en ellos. La presencia de Dios en ellos hace que formen un solo cuerpo perfecto en unidad, semejante, guardando las distancias, a la que existe entre Jesús y el Padre (Gal 3:28).
2. “para que el mundo conozca que tú me enviaste”. La unidad que existe entre sus discípulos será un argumento poderoso de que Jesús no vino de sí mismo, no apareció y se puso a predicar, movido por iniciativa personal, sino que fue el Padre mismo quien lo envió al mundo. Una vez más la unidad entre los cristianos comunica a su mensaje la fuerza de la verdad, así como la desunión lo socava, lo debilita y hace que sea cuestionado. La unidad entre los cristianos de todas las latitudes es pues una obligación suprema, un mandato aún no cumplido que el enemigo se esfuerza en frustrar con todos los medios que tiene a su alcance, alimentando las ambiciones, las rencillas y las pasiones humanas que separan.
Notemos cuál es el resultado de la unidad entre los cristianos: Que el mundo reconozca que el mensaje de Cristo que ellos proclaman no es humano sino que procede de Dios. Y si reconocen su procedencia divina, ¿cómo no van a creer en él? Que el mundo crea o rechace el mensaje del Evangelio depende de nosotros, de que guardemos nuestra unidad. ¡Qué tremenda responsabilidad!
3. “y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.” Puesto que el Padre ama al Verbo con un amor infinito, cuando el Padre vea a su Hijo en sus discípulos, Él los amará con el mismo amor infinito con que ama a su Hijo unigénito.
24. “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.”
Este es un versículo complejo en el que se presentan varios pensamientos encadenados que debemos examinar. Veamos:
En esta ocasión Jesús no le pide ni ruega a su Padre, sino expresa con la confianza del Hijo, cuál es su voluntad respecto de aquellos que Él le ha dado. Estos son, en primer lugar, sus discípulos inmediatos, los once quitando a Judas. Pero también incluye, -puesto que los ha mencionado en el v. 20– a todos los que han de creer en Él más adelante.
Por ellos pide que donde Él esté, -entiéndase en sentido de futuro: donde yo estaré, en tu compañía en el cielo- ellos también estén. En suma, que todos los que hayan creído en mí estén algún día para siempre conmigo. (3)
¿Con qué fin? Podría pensarse que el propósito es que gocen con Él de la compañía de Dios Padre. Pero aunque esto se da por supuesto, la finalidad concreta en este caso es otra: que vean la gloria que el Padre le ha dado desde toda la eternidad, que es lo que la frase “desde antes de la fundación del mundo” –que como sabemos, no es eterno- quiere decir. Esto es, desde antes que empezara el tiempo, que comenzó con la creación. Jesús quiere que éstos que han creído en Él vean la gloria de que Él gozaba con el Padre antes de tomar carne humana; que vean no sólo la gloria de su humanidad exaltada al lado del trono de su Padre (Mt 26:64), sino que comprendan quién es realmente Aquel en quien han creído, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo por medio del fueron hechas todas las cosas (Jn 1:3).
En este versículo se subraya que la unidad que existe entre el Padre y el Hijo desde siempre, es una unidad en el amor. El amor ha sido, y es, el lazo que los unía, y une, a ambos en uno solo, porque la vida de Dios, en efecto, no es otra cosa sino amor. De ahí que el apóstol Juan pueda decir en una frase cuyo sentido es más profundo de lo que, en primera instancia, podríamos pensar: “Dios es amor” (1Jn 4:8,16).
25. “Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste.”
Jesús reitera una vez más el hecho de que el mundo (en este caso, el mundo oficial judío, el de los sacerdotes, escribas y fariseos) no ha conocido al Padre sino que, al contrario, lo ha rechazado. ¿”Conocido” en qué sentido? En el sentido que se explicó al comentar el vers. 3. No es un conocimiento intelectual de Dios –porque aquellos que constituían el mundo, los judíos que rechazaron a Jesús- tenían ese conocimiento y conocían bien las Escrituras, sino se trata de un conocimiento íntimo que sólo puede dar la fe; un conocimiento que proporciona una relación de intimidad y certidumbre, y que, en la práctica, es casi un sinónimo de “creer”.
Si ellos lo hubieran “conocido” no habrían rechazado su mensaje, sino al contrario, lo habrían acogido y se habrían adherido a Él.
Jesús reitera que Él tiene ese conocimiento del Padre y que los discípulos que lo rodean –aquellos que el Padre le ha dado- han creído que ha sido el Padre mismo quien lo ha enviado a Él al mundo con una misión.
A lo largo de esta oración Jesús se ha dirigido a Dios diciéndole Padre. Una vez ha agregado el adjetivo “santo” (ver. 11). En este versículo lo llama “Padre justo”. ¿Tiene algún significado este calificativo? Creo que significa que el conocer o no conocer a Dios, el creer o rechazar a Dios, en el caso de cada individuo, pues es Dios quien lo da, procede de la justicia eterna y perfecta de Dios. Todo lo que Dios hace es resultado de esa justicia sin mancha. Nadie podrá alegar que la sentencia o recompensa que algún día reciba es injusta o inmerecida.
26. “Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.”
Jesús termina su oración diciendo que Él les ha hecho conocer a Dios a sus discípulos, lo que Él es en su intimidad, y que seguirá haciéndoles conocer más aun en las horas de vida que le quedan –y más allá de su resurrección mediante el Espíritu Santo- a fin de que el amor que lo une al Padre, y el amor eterno con que el Padre lo ha amado a Él, lo reciban también ellos, a fin de que su unión con ellos sea perfecta, y que, en consecuencia, Él viva en ellos. Ése es un deseo que Jesús hace extensivo -pues lo dijo en el vers. 20- a todos los que algún día creerán en Él por el testimonio de la iglesia.
Notas: 1. Así como es propio que los gobernantes protejan a sus embajadores, lo es también que Dios proteja y guarde a sus apóstoles.
2. “Mundo” quiere decir aquí, en primer lugar, el mundo judío en medio del cual vivió y predicó Jesús, y en medio del cual vivirán y predicarán inicialmente los apóstoles. Es un hecho notorio, sin embargo, que esta oración de Jesús fue contestada gloriosamente en los primeros tiempos de la iglesia, pues en Hch 4:32 se dice que “la multitud de los que habían creído eran de un corazón y de un alma”.
3. Ya Él había expresado anteriormente este pensamiento en Jn 14:3.
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Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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