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jueves, 7 de marzo de 2013

LA SIERVA DE NAAMÁN I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA SIERVA DE NAAMÁN I
Un Comentario de 2 Reyes 5:1-81.
“Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso.”
I. Lo primero que me llama la atención en el comienzo de este relato es que diga que “por medio de él (es decir, de Naamán) había dado Dios salvación a Siria”.
¿Estamos leyendo bien? Dice el texto que Dios usó a este hombre pagano, general de una nación enemiga de su pueblo escogido, para traer salvación, esto es, victoria a esa misma nación que era enemiga de Israel. ¡Pero Siria no era el pueblo escogido sino, al contrario, le hacía la guerra! ¿Qué hacía Dios dándole salvación, es decir, victoria, a un pueblo pagano contra su propio pueblo? (Nota 1)
Dios tiene propósitos para los pueblos paganos. El hecho de que escogiera a un pueblo en particular –no lo escogiera solamente, sino que lo hiciera surgir a partir de un hombre, es decir, de Abraham- no quiere decir que Dios descarte a los demás pueblos, o que los considere sus enemigos. Al contrario, todos los pueblos de la tierra son creación suya y a todos ama por ese motivo. Ningún pueblo está fuera de la providencia y de los planes de Dios (2). Más aun, si Dios escogió a un pueblo en particular, a Israel, no fue para grandeza de ese pueblo, sino para que fuera luz a las naciones, ni fue ésta la única ocasión en todo el relato de la Biblia en que Dios usó a un gobernante pagano para sus propósitos. Tenemos los casos de Nabucodonosor, a quien el profeta Daniel dijo: “Tú, oh rey, eres rey de reyes, porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad.” (Dn.2:37); y de Ciro, rey de Persia, a quien Dios dijo por boca de Isaías: “Así dice el Señor a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha para sujetar naciones…” (45:1-4).
Nosotros los cristianos tendemos a despreciar a los incrédulos, considerándonos superiores a ellos, así como los israelitas se consideraban superiores a los “paganos”, a los gentiles (es decir, a los que no eran judíos), y los despreciaban, al punto de que no podían entrar en sus casas, ni podían juntarse ni comer con ellos. (Véase al respecto Hch 11:2,3).
Fueron necesarios hechos extraordinarios para que los primeros discípulos de Jesús comprendieran que el mensaje de salvación que Jesús había traído también era para esos que ellos miraban por encima del hombro. Y es curioso que la iglesia, que empezó siendo conformada por judíos, y sólo renuentemente aceptó a los gentiles en su seno, terminara siendo formada mayormente por gentiles –es decir, por no judíos- porque éstos en su mayoría rechazaron el mensaje del Evangelio. Jesús lo había predicho en la Parábola de la Fiesta de Bodas (Mt 22:1-11).
Sí, Dios tiene propósitos para los incrédulos, y el primero es que vengan a reconocer a Jesús como su Salvador y Rey, es decir, que sean salvos. De hecho, la gran mayoría de nosotros formaba parte de esos incrédulos a quienes Dios por su misericordia salvó. Si despreciamos a los que no creen en Jesús, despreciamos a los que son lo que nosotros éramos antes de venir a Cristo. Nosotros hemos venido a creer en Jesús no por algún mérito propio, sino por pura misericordia suya. No hay nadie que sea tan malvado, tan alejado de los caminos de Dios, a quien Dios no pueda llamar a su reino. Jesús dijo: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores al arrepentimiento.” (Mt 9:13b)
II. Naamán era un héroe para su país, admirado por todos, pero era leproso, una enfermedad que en esa época significaba ser aislado de todos por miedo al contagio. Muchas veces los grandes éxitos están acompañados de grandes pruebas. Nosotros solemos ver solamente el oropel de la fama y de la gloria, la fachada adornada, pero no vemos el sufrimiento que detrás se esconde y que con frecuencia los acompañan. Los éxitos se obtienen a costa de mucho esfuerzo y sufrimientos. El camino a la cima no es fácil.
Dios había escogido a Naamán para hacer con él un gran milagro que fuera testimonio de su poder ante los gentiles. Pero para hacer ese milagro era necesario que Naamán sufriera antes bajo esa terrible enfermedad. Notemos cómo el sufrimiento de la enfermedad precede casi siempre a la gloria del milagro. Pensemos en el ciego de nacimiento (Jn 9) a quien Jesús hizo también el gran milagro de darle la vista. Ese ciego era alguien que Dios había escogido para manifestar a través de él sus obras (Jn 9:2,3). Por esa causa él tuvo que pasar por una etapa previa de mucho sufrimiento. Pero podemos suponer que su recompensa después sería muy grande.
Cuando Dios llamó a Pablo al ministerio no le hizo decir por medio de Ananías: “Yo le mostraré qué gran obra voy a levantar a través suyo”, sino: “Yo le mostraré cuánto ha de sufrir por mi nombre.” (Hch 9:16). No le habló de grandes éxitos, no le dijo que fundaría muchas iglesias, no le dijo que él sería el instrumento que usaría para escribir una tercera parte del Nuevo Testamento. No. Le dijo: “Yo le haré pasar por grandes pruebas.” Y, en efecto, si Pablo se jacta de algo es de haber sufrido más que ninguno (2Cor 11:23). Primero, las pruebas; después, si Dios quiere, el éxito. Así que si tú quieres tener un gran ministerio, hacer una gran obra para Dios, cíñete los lomos y prepárate para sufrir. Jesús dijo que antes de empezar una obra calculáramos el costo. ¿Lo has calculado? No vaya a ser que después, descorazonado, abandones el reto a medio camino y seas objeto de burla (Lc 14:28-30).
III. Naamán debe haber ocupado un lugar especial en el corazón de Dios, porque cuando Jesús va a predicar por primera vez a la sinagoga de su pueblo, Nazaret, Él, por así decirlo, les refriega en las narices a sus paisanos el nombre de ese general pagano, diciéndoles que había muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo, pero que ninguno de ellos fue limpiado sino Naamán el sirio. Sabemos muy bien con cuánta ira reaccionaron sus paisanos, al punto de que no sólo lo expulsaron del pueblo, sino que quisieron despeñarlo (Lc.4:16-30). ¿Por qué se encolerizaron tanto? Porque Jesús hirió sus sentimientos nacionalistas. Ellos se imaginaban que sólo ellos, el pueblo escogido, podía ser objeto de la misericordia de Dios.
2,3. “Y de Siria habían salido bandas armadas, y habían llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha, la cual servía a la mujer de Naamán. Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra.”
I. En la antigüedad eran muy comunes esos episodios de bandidaje semioficial, en que bandas armadas fronterizas de un país hacían incursiones en el territorio enemigo, para hacerse de un botín que consistía no sólo en bienes muebles (objetos de valor, joyas, ganado, etc.) sino también en seres humanos, a quienes después vendían como esclavos, cuando no los mataban. David mismo, aunque nos parezca increíble, se había dedicado a ese terrible oficio cuando huía de Saúl (1Sam 27:8,9). Antes de que viniera Jesús a abrirnos los ojos, aun los miembros del pueblo escogido tenían en poco el valor de la vida humana.
Esta pobre muchacha había sufrido la desdicha de ser capturada en una de esas incursiones, en la que sus padres y hermanos pueden haber muerto y en la que ella perdió, además de la libertad, a su familia y todas sus posesiones, convirtiéndose en esclava de sus captores. Hasta podemos pensar que ella ya estaba quizá comprometida para casarse con alguien de su comarca, por lo que ella habría perdido no sólo padres y hermanos, sino hasta novio.
Ella había sido adquirida por la casa de Naamán y servía a la mujer del famoso general. Para que haya sido llevada a la casa de un gran personaje ella debe haber sido una muchacha de cierto rango, bien educada, perteneciente por lo menos a una familia de propietarios, porque en la sociedad altamente jerarquizada de entonces, también la esclavitud estaba sujeta a las normas de “status” social. Sin embargo, pese a ser ella posiblemente de buena cuna, y haber estado acostumbrada a ser servida y no a servir, servía de buena gana a su patrona (3).
Ella no estaba amargada por el infortunio, ni guardaba rencor a sus amos. Al enterarse de la enfermedad del esposo de su patrona no se había dicho: “¡Bien hecho, bien merecido lo tiene!”, sino sintió compasión. Ese sentimiento la indujo a señalarles cuál podía ser la solución para la enfermedad de su amo.
¿Por qué lo hizo? Porque amaba a sus señores y, siendo posiblemente una muchacha dócil y eficiente, era también amada por ellos. Pero si los amaba era porque ella estaba –yo diría, constitucionalmente- llena de amor. Era una criatura buena. (4)
II. José fue durante un tiempo esclavo de Potifar, hombre importante en la corte del faraón, pues era capitán de la guardia. ¿Estaba José amargado por su suerte? Nada podría hacérnoslo pensar porque él servía diligentemente a Potifar. ¿Por qué lo hacía? Sobre todo, pienso yo, porque Dios estaba con él (Gn 39:2), y eso hacía que él de una manera natural, tendiera a hacerlo todo bien. Pero también, sin duda, porque amaba a su dueño y, sin duda, era amado también por él, pues le había confiado la administración de todos sus bienes, y era normal que en esa situación de confianza se estableciera una relación de mutuo afecto.
Sabemos que la primera razón que José dio a la mujer de Potifar para rechazar sus avances fue la fidelidad que le debía a quien había depositado toda su confianza en él. (5)
La fidelidad en el servicio es consecuencia del amor. Y el amor engendra amor. La actitud servicial de la muchacha hizo que sus patrones la consideraran y le dieran un buen trato. Se había conquistado su corazón y su confianza. De lo contrario no se habría atrevido a darles un consejo en un asunto tan personal y delicado como el de la enfermedad del dueño de casa.
Todo servicio útil se hace por amor. La madre no sirve a sus hijos a la fuerza, sino por amor, y lo hará bien en la medida en que los ame. La nodriza generalmente cuida al niño que le encargan porque le pagan para cuidarlo, y si no llega a amar al pequeño, lo atenderá a desgano. Si lo ama, lo hará con agrado y bien, y podrá ser bendición para el niño que tiene a su cargo. Si detesta a los niños, si no tiene paciencia, lo hará mal. ¿Qué es lo que decide la utilidad de nuestras obras? El amor más que nuestro conocimiento. “El amor cubre todas las faltas” (1P 4:8). También puede suplir la falta de conocimiento.
III. Eso nos lleva a considerar cómo con frecuencia los siervos ejercen influencia sobre sus amos, el de menor rango sobre el de mayor. Un caso muy conocido en la Biblia, aparte del de José -que ejerció gran influencia sobre el faraón- es el de Eliezer, el fiel criado de Abraham quien, de no haber tenido hijo, habría heredado toda su fortuna. (Gn 15:3). Abraham confió a Eliezer un asunto de gran importancia para su familia: escoger esposa para su hijo. El hecho de que el criado se dejara guiar por Dios, y tomara una decisión acertada, fue un factor de gran influencia en el destino de Isaac y del clan que Dios estaba formando (Gn 24). Ahí tenemos un caso en que el menor influye en el mayor. Eliezer fue un eslabón importante en el desarrollo de los planes de Dios. (6)
Dios concede con frecuencia a hombres justos –o a mujeres justas- la gracia de contar con la colaboración de personas de gran calidad espiritual y humana. Es un favor muy especial.
Notas: 1. La palabra hebrea teshuah se traduce como liberación, salvación, victoria, ayuda.
2. Mathew Henry apunta al respecto: “La preservación y la prosperidad, aun de los que no conocen a Dios y no le sirven, viene de Él, porque ‘Él es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen.’ (1Tm 4:10). Y añade: “Que Israel sepa que cuando los sirios prevalecían, eso venía de Dios.”
3. Todos los que sirven, aunque sea en condiciones humillantes, deben buscar el bien de sus patrones, porque no es a ellos sino a Dios a quien sirven, y Él se lo recompensará (Col 3:23,24).
4. El hecho de que Jesús diga que no hay ninguno bueno sino Dios (Mt 19:17) –algo que es cierto en sentido absoluto- no impide que haya muchas personas que desde el seno de su madre, es decir, de forma innata, se inclinan preferentemente al bien. Así como hay también quienes de manera instintiva se inclinan al mal, tal como dice el salmo: “Los impíos se desviaron desde el seno de su madre”. (Sal 58:3). Tal como he expuesto en el pequeño folleto “Oración y Embarazo” dedicado a las mujeres encinta, (que puede leerse en mi página web) es muy probable que esa inclinación innata esté determinada en buena medida por los pensamientos y sentimientos que la madre albergue durante los meses de embarazo, así como la inclinación contraria puede deberse en parte a los contenidos mentales negativos –malos sentimientos, rencores, o cosas peores- mantenidos durante ese lapso.
5. A José no debe haberle costado amar a Potifar, porque él era recto de espíritu. La mano de Dios había estado con él de una manera especial desde su nacimiento.
6. Véase mi artículo “Rebeca: Esposa, Novia y Madre I” del 09.05.04. En los cursos de liderazgo del Instituto Haggai se da importancia a este hecho: el liderazgo –es decir la capacidad de ejercer influencia sobre otros- no depende de la posición que se ocupe. Depende más del conocimiento, de la capacidad, del deseo de servir, pero sobre todo, del amor. Dios puede usarnos cualquiera que sea nuestra posición. Sólo se requiere tener un corazón dispuesto a ser usado. El menor puede ejercer gran influencia sobre el mayor. ¿Cuándo puede hacerlo? Cuando tiene algo que darle, algo que el mayor no tiene, en términos de conocimientos, experiencia o habilidad. Pero no podrá hacerlo, o no lo hará de una manera en que sea aceptado, si no lo hace por amor. Recordemos que una de las características del amor es la humildad: “el amor no se envanece…” (1Cor 13:4).
NB El presente artículo fue publicado hace casi ocho años bajo el #377. Se publica nuevamente ligeramente revisado y dividido en dos partes.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (Vol 1) INFORMES: EDITORES VERDAD & PRESENCIA. AV. PETIT THOUARS 1191, SANTA BEATRIZ, LIMA. TEL. 4712178.
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viernes, 27 de abril de 2012

SANTOS PARA SER SANTOS


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
SANTOS PARA SER SANTOS

Pablo empieza su primera carta a los corintios con un saludo dirigido a los santos que son "llamados a ser santos". Aquí parece que hay una contradicción, un sin sentido. Aquellos a quienes escribe esa carta ¿son santos o no son santos? Si son santos ¿cómo pueden ser llamados a ser lo que ya son?

En realidad lo que Pablo escribió dice así: "a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo..." (1Cor 1:2).

En otro lugar de la misma epístola él escribió: "...ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido  justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios." (1Cor 6:11).

Nosotros hemos sido santificados, cuando fuimos justificados, regenerados, esto es, cuando nos convertimos a Dios. Esto quiere decir que en ese mismo momento fuimos apartados para Dios, consagrados a Él, para llevar una vida de santidad.

Hay una santidad a la que nosotros tenemos derecho, una santidad potencial, una santidad de "posición", como dice la teología, que fue ganada para nosotros por Cristo en la cruz; y una santidad efectiva, actual, que se manifiesta en nuestros hechos y que se conquista poco a poco. Pero ser o no ser santo en la práctica para el cristiano no es una opción, es una obligación: Dios nos llama a ser santos. Nos llama a todos, sea que vivamos en el mundo como profesionales, como empleados  o como amas de casa; que seamos pobres o millonarios; sea que vivamos como eremitas en el desierto, o como misioneros en el lugar más apartado de la tierra. Nos llama a todos, sea cual sea nuestra ocupación o nuestra situación en la vida. Esa es parte de nuestra tarea, santificarnos. No tiene escapatoria.

Eso puede parecer un poco extraño a la mayoría de las personas de nuestra cultura, para quienes ser cristiano significa creer vagamente en Dios y luego hacer lo que le da a uno la gana, con tal de que no haga daño a nadie, o no mucho daño, e ir los domingos, o de vez en cuando, a la iglesia. Eso ya es bastante.

Pues están equivocados. No es bastante, ni mucho ni poco. Está muy lejos de satisfacer los requisitos de ser cristiano, porque serlo quiere decir, para comenzar, ser santo, como dice el apóstol Pedro en su primera epístola, repitiendo las palabras que el propio Dios proclama en el libro del Levítico: "sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, porque está escrito: SED SANTOS COMO YO SOY SANTO...". (1P 1:15,16; cf Lv 11:44,45;19:2).

Ahora bien ¿qué cosa es ser santo? Tenemos la noción de que el santo es un ser especial, diferente del común de los hombres, un ser místico, etéreo; algo que no está al alcance de la mayoría de los hombres.

Quizá ha habido santos y santas que eran seres un poco especiales, como del otro mundo. Pero, no nos engañemos. La mayoría de los llamados "grandes santos" de la Biblia o de la historia del cristianismo, como por ejemplo, el apóstol Pablo o el profeta Elías, eran seres humanos comunes y corrientes como nosotros, con cualidades y defectos parecidos a los nuestros; con sus virtudes y sus pasiones, como dice la epístola de Santiago: "Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras..."  (St 5:17).

Ellos se diferenciaban del común de los hombres en que habían recibido un llamado especial de Dios y en que, ayudados por su gracia, habían avanzado más que nosotros en el camino trazado por Dios. Pero no eran diferentes a lo que nosotros somos, y nuestras luchas y nuestras debilidades no les eran ajenas.

Para el cristiano una buena definición de la santidad es decir que consiste en "reflejar el carácter de Cristo" en nuestra vida y en nuestra conducta. O, dicho de otra manera, que nuestro carácter se haga en todo conforme al carácter de Jesús. Eso es aquello a lo que el apóstol Pablo se refiere cuando dice que "nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor." (2Cor 3:18).

El que es como Cristo en su ser interior, inevitablemente lo será también en lo exterior. El apóstol Juan escribe: "El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo" (1Jn 2:6). Andar como Él anduvo es comportarse como Él se comportaba, hablar como Él hablaba, hacer las cosas que Él hacía y cómo Él las hacía, amar como Él amaba, sacrificarse como Él se sacrificaba. ¿Hacer también milagros como Él los hacía? No necesariamente, aunque pudiera darse como consecuencia de lo anterior (Nota 1). Pero es imposible actuar como Jesús si uno no se le parece por dentro. Y si tratara de actuar cómo Él sin ser como Él, sería un gran hipócrita.
Todos quisiéramos parecernos a Jesús -aunque no creo que en su muerte; hasta allí no llegamos- y se han escrito muchos libros sobre cómo alcanzar esa meta de asemejarnos a Jesús. San Pablo escribió: "Sed imitadores de mí como yo lo soy de Cristo." (2).

Reflejar su carácter, ser como Él era, es algo que no se obtiene haciendo esfuerzos de voluntad, simplemente queriendo, así como no se llega a ser ingeniero, o de otra profesión, por el mero hecho de querer serlo. Así como hay un camino para llegar a tener un título profesional y seguir determinada carrera, de igual manera hay un camino que seguir para llegar a ser santo en los hechos.

¿Cuál es? Jesús lo dijo en pocas palabras, y me temo que les parezca demasiado simple: "Amar a Dios con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas...Y (amar) al prójimo como a sí mismo." (Mt 22:37,39). Esto es algo que se dice fácilmente, pero que no se hace así de fácil. Porque todos amamos mucho a Dios y un poquito al prójimo, si es que lo amamos.

Una buena parte de la tarea inicial consiste en darnos cuenta de que si amamos un poquito al prójimo, amamos también un poquito a Dios. El amor que tenemos por Dios se manifiesta en la manera cómo amamos al prójimo. Es su medida. No se manifiesta en la forma cómo le alabamos y cantamos en la iglesia, aunque eso ayude, porque puede ser una cosa puramente emocional. El amor a Dios se expresa en el amor que tenemos por sus criaturas. San Juan lo dijo muy claro: "Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano padecer necesidad y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1Jn 3:17).

Uno no puede amar mucho a Dios y despreciar o aborrecer al prójimo al mismo tiempo. Si desprecia o maltrata al prójimo, desprecia a Dios que creó al prójimo.

Para llegar a amar mucho al prójimo, como Dios quiere, hay que superar el egoísmo, vencerlo, porque ése es nuestro mayor obstáculo. A veces pensamos que el obstáculo mayor para llegar a ser santos es la sensualidad. Y es cierto que nuestra concupiscencia es un gran impedimento. Pero mucho mayor lo es el egoísmo.

El egoísmo no es otra cosa sino amor inflado de sí mismo. Jesús dijo que deberíamos amar al prójimo como a nosotros mismos. Amarse a sí mismo es algo innato, viene de fábrica. Pero si el amor a sí mismo ocupa todo el espacio de nuestro corazón, ya no hay lugar para el amor al prójimo. Se requiere hacer un balance, un equilibrio entre los dos amores, amarnos menos a nosotros mismos a fin de poder amar más al otro. Para ello es indispensable morir a sí mismo. ¡Y qué bien Jesús lo dijo!: "Si alguno quiere venir en pos de mí (esto es, ser como Él) niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame." (Mt 16:24).

Negarse a sí mismo es pues uno de los caminos de la santificación. Negarse las cosas que a uno le agradan para satisfacer las necesidades del prójimo, sacrificarle nuestras comodidades, nuestro tiempo, etc. Es necesario para todo el que quiera ser santo -esto es, semejante a Jesús- porque eso fue lo que hizo Jesús a lo largo de su vida, desde que vino a la tierra, sacrificar su comodidad, su conveniencia, en aras del bien ajeno.

Pero no es suficiente amar al prójimo como a sí mismo. Es necesario ir más allá. Jesús dijo que si queríamos ser perfectos como Él lo era debemos: “Amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer el bien a los que nos aborrecen, y orar por los que nos ultrajan y persiguen.” (Mt 5:44). Si no lo hacemos estamos muy lejos de ser santos. Se dirá que eso sí es realmente difícil. Lo es. No lo niego, pero es un requisito que Jesús mismo puso y nos dio ejemplo (Lc 23:34).

Eso nos lleva a otro medio indispensable para progresar en el camino de la santificación, que es rendir nuestra voluntad a la de Dios, para obedecerla en todo. La voluntad de Dios se expresa en términos generales en el Decálogo -que se supone todo creyente cumple fielmente- y en términos más puntuales y concretos, que diríamos especializados, en numerosos pasajes del Nuevo Testamento, como el sermón del monte y otros, que constituyen la ley de Cristo, y que deberíamos conocer de memoria, porque necesitamos ajustar nuestras "acciones y reacciones" a ellos.

Pero es innegable que a veces estamos perplejos acerca de lo que Dios quiere de nosotros en ciertos momentos, porque no todas las situaciones que enfrentamos están cubiertas por su palabra. Una de las maneras más seguras de hacer la voluntad de Dios en esos casos, cuando tenemos que escoger entre dos caminos a seguir y no sabemos por cuál decidirnos porque la Biblia no lo expresa de una manera definida, es hacer lo que menos nos atrae o nos agrada en ese momento. ¿Con qué base digo eso? Porque la voluntad de Dios para nosotros en cada instante suele estar en el camino estrecho, no muy placentero quizá de seguir, pero seguro; no en el camino ancho, con sus comodidades y placeres, que nos facilita las cosas, y por donde caminan seducidos los que se dirigen a su perdición. (Mt 7:13,14).

Nuestro progreso en la santificación está pues ligado al hacer la voluntad de Dios en todo, en contra de nuestra tendencia innata que es hacer siempre nuestra propia voluntad y darnos gusto. Hacer la voluntad de Dios no sólo en lo grande, sino también en lo pequeño, en lo cotidiano, esto es, en las minucias de la vida diaria. Debemos reconocer que es difícil porque requiere vencer las tendencias de la carne que no han muerto en nosotros. Pero la vida de Jesús, aun antes de la pasión, recordémoslo, no fue un camino de rosas, sino estuvo sembrado de espinas.

Hacer la propia voluntad en todo, dicho sea de paso, es lo que suelen hacer los que están apartados de Dios, (los incrédulos, y los cristianos nominales) y eso es lo que suele condenarlos. Lamentablemente muchos de los que se convierten siguen haciéndola porque están acostumbrados a ello y les cuesta abandonarlo.

Obedecemos además a la voluntad de Dios siguiendo las inspiraciones del Espíritu Santo que habla en nuestro interior con una voz al principio apenas perceptible, pero que, a fuerza de obedecerla, va adquiriendo más volumen.

Obedecemos también a la voluntad de Dios obedeciendo a los que están sobre nosotros; a nuestros padres cuando somos niños y jóvenes; a nuestros jefes y patrones, cuando somos empleados; a nuestros pastores y a las autoridades de la iglesia, incluso las más humildes, como podrían ser el ujier o el guardián que está a la puerta.
La voluntad de Dios para nosotros se expresa asimismo a través de las autoridades del gobierno, desde las más grandes hasta las más pequeñas. Podemos avanzar enormemente en la santidad por el solo ejercicio de someternos a todas las autoridades, quien quiera que éstas sean, por amor a Dios, haciéndolo porque vemos a Dios en ellas. (Rm 13:1).
En fin, la prueba más segura de la santidad consiste en ver precisamente a Dios en todas las circunstancias de la vida, agradables o desagradables, (porque en todas está Él obrando), en todas las personas a quienes encontramos, simpáticas o antipáticas, y en tratarlas como si fueran el mismo Jesús con quien hablamos, porque "lo que hicisteis al más pequeño de estos, a mí lo hicisteis." (Mt 25:40).

Notas: 1. Sin embargo, si pudiéramos penetrar en todos los factores que intervienen en las respuestas de Dios a nuestras oraciones, quizá veríamos que muchas veces se producen verdaderos milagros que nadie conoce, ni aun nosotros mismos.
2. Uno de los libros más bellos y conocidos sobre este tema es el libro medieval que tiene por título justamente "La Imitación de Cristo". Esta obra, que en una época sólo le cedía en popularidad a la Biblia, es el diario espiritual de un hombre que, después de haber llevado una vida de pecado, se convirtió totalmente a Dios, empezó a servirlo predicando su palabra y promoviendo un avivamiento en la región donde vivía, y que sufrió por ello persecución y ostracismo. Este libro es especialmente bello en su forma original, sin los agregados que le hizo Tomás de Kempis, bajo cuyo nombre circula, pero que fue no su autor sino su editor y divulgador. Según las investigaciones más fehacientes quien lo escribió fue Gerardo de Groote (1340-1384), el iniciador de la "devoción moderna" -movimiento que buscaba el desarrollo de una piedad interior- y fundador de los "Hermanos de la Vida Común".
NB. Este artículo fue publicado hace 12 años en una edición limitada. Ha sido revisado y ampliado para esta nueva impresión.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y a entregarle tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#723 (22.04.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).