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viernes, 17 de abril de 2015

LA CONFESIÓN DE PEDRO III

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA CONFESIÓN DE PEDRO III
Un Comentario de Mateo 16:18-20
Después de haber examinado en el artículo anterior lo que Jesús dice acerca de Pedro en el vers. 18, veamos enseguida lo que Jesús dice ahí acerca de la iglesia.
Jesús le dice a Pedro: “sobre esta roca edificaré mi iglesia.” Subrayo el pronombre “mi” porque la iglesia es suya, es Él quien la edifica y es a Él a quien pertenece.
Es notable que la palabra “iglesia”, que ocupa un lugar prominente en el libro de los Hechos, aparezca sólo dos veces en boca de Jesús y en los evangelios: en este pasaje, y en Mt 18:17, cuando Él habla de la solución de entredichos entre creyentes.
Esta palabra, “ekklesía”, viene del verbo ekkaleo (convocar, congregar), de modo que su sentido primario es el de una asamblea de ciudadanos, como la que se menciona en Hch 19:39, pasaje en el que la palabra griega que es traducida por “asamblea” es ekklesía.
Pero Pablo en tres ocasiones se refiere a la “iglesia” en casa de alguien (Rm 16:5; Col 4:15; Flm 2). En este caso la iglesia es un grupo de personas que celebra reuniones de culto de manera regular en casa de un creyente.
En el lado opuesto vemos que en la Septuaginta, la palabra ekklesía es usada para traducir la palabra hebrea qahal (congregación, convocación, asamblea) como en Sal 22:22, la cual, como es el caso de ekklesía, viene también de un verbo que significa “convocar”.
Pero el sentido en el cual Jesús parece usar esta palabra tiene un significado espiritual más profundo, que apunta al que aparece con claridad en Ef 1:22, por ejemplo, donde se afirma que la iglesia es el cuerpo de Cristo (cf Col 1:18,24). Él usa esta palabra en oposición conciente a la otra palabra con que se solía traducir qahal, esto es, “sinagoga”.
Todos los cristianos son miembros de esta congregación que es edificada “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Ef 2:20). En ella sus miembros son “piedras vivas”, edificadas como “casa espiritual” y cuya “cabeza del ángulo” es la piedra que los edificadores anteriores desecharon y que, por ese motivo, se convirtió en piedra de tropiezo para muchos (1P 2:4-8).
Es interesante notar que mientras que a la congregación, o casa de Israel, se pertenecía por nacimiento físico, a la iglesia, o congregación de los santos, se pertenece no automáticamente al nacer, sino en virtud de un nuevo nacimiento diferente, de orden espiritual, como le explicó Jesús a Nicodemo (Jn 3:3-6), por el cual el Espíritu Santo viene a morar en el creyente. Por ello a la iglesia, cuerpo de Cristo, pertenecen no necesariamente todos los llamados –que son muchos- sino sólo los escogidos –que son pocos (Mt 20:16; 22:14).
Jesús continúa diciéndole a Pedro en 16:18b: “Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”
El Hades, o Sheol, no es aquí el lugar de tormento, lo que nosotros llamamos “infierno” (aunque con frecuencia la frase es traducida como “las puertas del infierno”), sino simplemente el poder o dominio de la muerte. El significado básico de esta frase es que la iglesia no será tocada o absorbida por la muerte, sino que subsistirá eternamente, porque eterno es el que la fundó y sostiene, Aquel que constituye su fundamento.
Ésta es una predicción muy osada si se tiene en cuenta, primero, que todas las instituciones humanas son pasajeras; y, segundo, que fue dicha por un maestro itinerante, en un pequeño país dominado por fuerzas extranjeras, y que Él mismo no contaba con ningún apoyo ni sello de aprobación oficial que pudiera dar cierta semblanza de credibilidad a sus palabras.
La expresión “Las puertas del Sheol” (o del Hades) es muy común en la literatura pseudoepigráfica, y en la literatura griega, y es usada en el Antiguo Testamento para significar la cercanía de la muerte, como en el caso del rey Ezequías cuando, habiendo enfermado, estaba a punto de morir, y después de llorar, exclamó: “A la mitad de mis días iré a las puertas del Sheol; privado soy del resto de mis años.” (Is 38:1-10. Pasar a través de esa puerta es morir. (Como sabemos, en respuesta a su oración, Dios le prometió, por boca de Isaías, quince años de vida adicionales.) Expresiones similares se encuentran en Jb 38:17 y en los salmos 9:13 y 107:18. (Nota 1)
En Hebreos se dice que Jesús por medio de su muerte destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (2:14). Satanás es el enemigo jurado de la iglesia, que ha suscitado, y sigue suscitando, enemigos de la iglesia que lucharán contra ella, buscando destruirla, como vemos claramente en nuestros días.
Ése es el poder de las tinieblas que trata de arrastrar al mayor número de almas a su reino, y que ve en la predicación del Evangelio el más grande obstáculo para sus propósitos malignos. Y por eso conspira junto con sus aliados humanos para destruir la obra que hace la iglesia, o para pervertirla o destruirla, suscitando persecuciones contra sus miembros fieles, suscitando falsas doctrinas y herejías que desvirtúan su mensaje, extraviando a los incautos; o inventando “religiones” rivales que atraen a los creyentes, y que le hacen la guerra al cristianismo tratando de que desaparezca. El salmo 83 describe figuradamente esos esfuerzos: “Oh Dios, no guardes silencio; no calles, oh Dios, ni te estés quieto. Porque he aquí que rugen tus enemigos, y los que te aborrecen alzan cabeza. Contra tu pueblo han consultado astuta y secretamente, y han entrado en consejo contra tus protegidos.” (vers 1-3)
Vemos cómo en nuestros días un espíritu de incredulidad se ha difundido por los países que eran antes cristianos, y que en el pasado llevaron valientemente el Evangelio a costas y continentes lejanos. Hemos leído recientemente que en Inglaterra, un país que se distinguió en el pasado por el número de misioneros evangélicos que envió por el mundo, una gran cadena hotelera, con más de quinientos locales, ha decidido terminar con la antigua costumbre de poner un ejemplar de la Biblia en cada una de sus habitaciones. Aduce para ello “razones de diversidad”. Es sabido también que muchas empresas, y algunas líneas aéreas de ese país, prohíben a sus empleadas llevar una cruz, u otro emblema cristiano, como adorno. El Reino Unido se ha convertido, en efecto, según estadísticas recientes, en uno de los países más descreídos del mundo.
Las palabras de Jesús no garantizan que la iglesia no sufrirá persecuciones, sino que, a pesar de todas ellas, y en medio de la furia del mundo que busca destruirla (2Cor 4:9), Jesús no la abandonará, sino que la sostendrá hasta el fin de los tiempos, según su promesa (Mt 28:20). De hecho, sabemos por la historia que los cristianos fueron perseguidos ferozmente en Israel desde el nacimiento de la iglesia, habiendo sido Pablo antes de su conversión, uno de sus más encarnizados perseguidores; y empezaron a serlo en el Imperio Romano, a partir del año 64 DC por decreto del emperador Nerón, que los acusó falsamente de ser culpables del incendio de Roma, que él mismo había provocado, y que luego fueron perseguidos por sucesivos emperadores hasta inicios del siglo IV.
19. “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”
La expresión “las llaves del reino” evoca una costumbre difundida en la antigüedad: la de entregar al vencedor de una batalla las llaves de la ciudad cuando entraba en ella victorioso (2). Era un gesto simbólico y, a la vez, práctico, porque con frecuencia el vencedor reemplazaba en el gobierno al que ejercía el poder anteriormente.
En un sentido elemental, el que posee las llaves de una casa tiene, primero, la capacidad de abrir y cerrar las puertas para dejar entrar y salir, o para prohibir el ingreso y la salida. En un sentido figurado, Jesús reprocha a los intérpretes de la ley el haber quitado, o sustraído, la llave de la ciencia, (esto es, del conocimiento de la palabra de Dios), sin que ellos entraran al mismo; y, al mismo tiempo, les reprocha impedir que otros lo hagan (Lc 11:52). En Isaías 22:22 Dios dice que pondrá sobre el hombro del sacerdote Eliaquim la llave de la casa de David, “y abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá.”
De otro lado, el administrador, o mayordomo, (el ama de llaves en nuestro tiempo) tiene las llaves de los depósitos, de las alacenas y de los cajones, para guardar y almacenar, o para sacar lo que sea necesario.
A Pedro se le dio, por tanto, la capacidad de abrir y explicar las verdades del Evangelio a los que las ignoraban, y con ella la misión de predicar, primero a los judíos, y luego a los gentiles, como él hizo efectivamente en Pentecostés, en un caso (Hch 2:14-40), y en el otro, cuando fue a la casa de Cornelio, y no sólo les predicó sino hizo que fueran bautizados (Hch 10). Este encargo fue por supuesto después ampliado a todos los apóstoles, y a la iglesia entera, cuando Jesús les dio el encargo de ir y hacer discípulos en todas las naciones (Mt 28:19,20). Los ministros del Evangelio tienen las llaves de un tesoro que está a su cuidado para ponerlo a disposición de otros que han de ser bendecidos y enriquecidos por ellos, así como son administradores de los misterios y “de la multiforme gracia de Dios” (1Cor 4:1; 1P4:10).
En la literatura rabínica la expresión “atar y desatar” tiene el sentido de prohibir y permitir, ser estricto o ser laxo. Así se decía, por ejemplo, que la estricta escuela de Shammaí ataba lo que la escuela liberal de Hillel desataba.
Inspirado en ese uso, lo que Jesús le está diciendo a Pedro con esta frase es que Dios avalaría todo lo que lo que él prohíba o disponga en la tierra respecto de la vida de la iglesia. Nótese, sin embargo, que en Mt 18:18 Jesús hizo extensivo este poder a todos los apóstoles y, por extensión implícita, a la iglesia, incluyendo el poder de perdonar, o no perdonar los pecados (que es lo que retener quiere decir), que Él confirió a sus discípulos al aparecérseles después de su resurrección (Jn 20:22,23). Esta facultad sólo puede ser ejercida de una manera responsable, porque el que la ejerza tendrá que dar cuenta ante el tribunal de Dios de cómo lo haga.
Así por ejemplo, podría decirse que en el Concilio de Jerusalén, convocado unos años después de la muerte de Jesús para resolver algunas controversias que habían surgido respecto de la necesidad de que los gentiles que creyeran en Jesús se circuncidaran y se abstuvieran de comer los alimentos prohibidos por la ley de Moisés, Pedro recomendó desatar lo que los judaizantes querían atar (Hch 15:7-11). Al no exigir que los cristianos no judíos se circuncidaran y respetaran las normas alimenticias de la ley, el Concilio estaba usando la autoridad de desatar que Jesús le había otorgado a Pedro y a los apóstoles en forma colegiada y, por tanto, a toda la iglesia reunida.
Pablo da cuenta del hecho de que los cristianos no están obligados a guardar los días, los meses, los tiempos y los años (Gal 4:9,10), así como tampoco los días de fiesta, las lunas nuevas y los días de reposo (Col 2:16), que los judíos de la sinagoga estaban obligados a guardar. Éstos seguían atados por normas que para aquéllos habían sido desatadas. En adelante (según Gal 3:28; Hch 10:28; 11:2,3,18) a los cristianos les estaba permitido (desatado) tener trato con gentiles, entrar en sus casas y comer con ellos, algo que a los judíos les estaba estrictamente prohibido (atado). La novedad que para el partido de la circuncisión significó ese cambio explica el reproche indignado que le dirigen a Pedro cuando regresa de casa de Cornelio: “¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos y has comido con ellos?” (Hch 11:3).
20. “Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que Él era Jesús el Cristo.”
¿Por qué Jesús no quería que sus discípulos divulgasen que Él era el Mesías esperado por Israel? Porque esa revelación habría frustrado el plan de salvación del género humano concebido por Dios, que consistía en que Jesús fuera crucificado en expiación de los pecados de todos los hombres. De haber sido conciente el pueblo de quién era Jesús en realidad, no lo hubieran acusado ante los romanos, ni habrían exigido que fuera ejecutado.
Sin embargo, puede decirse que Jesús dio suficientes signos durante su vida pública de que Él era el Mesías y el Hijo del Dios vivo. Pero el reconocer estas señales estaba reservado para aquellos a quienes Dios había escogido otorgar esa gracia. Eso no libra, empero, a sus acusadores de la responsabilidad de su ceguera. La mesianidad y deidad de Jesús debían ser reveladas al mundo plenamente sólo una vez que Él hubiera resucitado. (3)
Es de notar que, de haberlo sido antes, la revelación de que Jesús era el Mesías hubiera excitado el fanatismo de las masas que esperaban la aparición de un rey guerrero que empuñara las armas y se rebelara contra los romanos (4). Esa sublevación masiva ocurriría de hecho cuarenta años después, y conduciría al aplastamiento sangriento de la rebelión, y a la destrucción del templo de Jerusalén que Jesús había previsto y anunciado (Lc 21:5,6, 20-24, Mt 24:1,2; Mr 13:1,2), como castigo porque la ciudad no conoció el día de su visitación (Lc 19:43,44).
Notas: 1. Las puertas de las ciudades en la antigüedad solían ser lugares fortificados, coronados por torres, porque en la guerra eran el primer objetivo de los que atacaban una ciudad para apoderarse de ella. De allí que la expresión. “tomar las puertas de una ciudad” era sinónimo de conquistarla.
2. Todavía en nuestros días se entrega una copia de las llaves de la ciudad a los visitantes distinguidos para honrarlos.
3. No es la primera vez que Jesús no desea que sus milagros se divulguen (Mt 8:4; 9:30). De igual manera Jesús prohibiría más adelante a sus discípulos que revelaran lo que habían visto en la transfiguración hasta después de su muerte (Mt 17:9).
4. Para evitar precisamente que los que habían sido alimentados en la multiplicación de los panes, asombrados por el milagro, quisieran proclamarlo rey, Jesús se retiró al monte a orar en forma discreta (Jn 6:14,15).
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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jueves, 6 de septiembre de 2012

DESPEDIDA DE PABLO EN MILETO I


Por José Belaunde M.
DESPEDIDA DE PABLO EN MILETO I
Un Comentario al libro de Hechos 20:13-24
13-15. “Nosotros, adelantándonos a embarcarnos, navegamos a Asón para recoger ahí a Pablo, ya que así lo había él determinado, queriendo él ir por tierra. Cuando se reunió con nosotros en Asón, tomándolo abordo, vinimos a Mitilene. Navegando de allí, al día siguiente llegamos delante de Quío, y al otro día tomamos puerto en Samos; y habiendo hecho escala en Trogilio, al día siguiente llegamos a Mileto.
Al día siguiente del incidente del joven Eutico que cayó de la ventana, Pablo se separó de sus acompañantes, porque quería ir por tierra a pie a Asón, mientras que ellos tomaban un barco. No sabemos por qué motivo quiso Pablo hacer esta parte del viaje solo. Quizá quería estar un tiempo a solas para meditar sobre el extraordinario acontecimiento del día anterior y dar gracias a Dios por él.
Como la distancia que separaba ambas localidades era de veinte kilómetros, podemos pensar que se reunió al día siguiente con sus compañeros y subió al barco en que ellos viajaban.
La siguiente escala era Mitilene, en la famosa isla de Lesbos, famosa, entre otros motivos, porque en ella vivió, entre los siglos VII y VI AC, la poetisa Safo, de cuya intensa poesía amorosa se han conservado algunos fragmentos.
La nave pasó a lo largo de la isla de Quío e hizo escala en Samos. Estas dos islas, pequeñas de tamaño, jugaron un papel importante en la historia helénica. La nave bordeó el promontorio de Trogilio –donde, según algunos textos, permanecieron un día- y llegaron finalmente al puerto de Mileto, en la desembocadura del río Menandro.
Esta ciudad iónica, de agitada historia, fue conocida como un centro de la filosofía griega. Uno de los filósofos que dieron lustre a la ciudad fue el geómetra Tales, a quien se atribuyen cinco importantes teoremas de la geometría griega, cuya demostración todos los escolares de mi tiempo estudiaban.
16,17. “Porque Pablo se había propuesto pasar de largo a Éfeso, para no detenerse en Asia, pues se apresuraba para estar el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalén. Enviando, pues, desde Mileto a Éfeso, hizo llamar a los ancianos de la iglesia.”
Por qué motivo tenía Pablo tanto interés en llegar a Jerusalén antes de Pentecostés, no sabemos. Quizá era para él importante tomar parte de las festividades de esa fiesta.
Llegado a la ciudad que hacía las veces de puerto de Éfeso, Pablo mandó llamar a los ancianos de esta última, situada 48 kilómetros al Norte. A continuación el libro pasa a narrarnos una de las escenas más conmovedoras de todas sus páginas. Vamos a dividir el emocionado discurso de despedida de Pablo en cinco secciones: 1) de los vers. 18 al 21; 2) del v. 22 al 24; 3) del v. 25 al 31; 4) del v. 32 al 35; y 5) del v. 36 al 38. (Nota 1)
18-21. “Cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas de los judíos; y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos (2) y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo.”
La primera parte del discurso sirve de introducción al mismo y es un recuento o reivindicación de su actividad y predicación entre ellos.
Los ancianos han sido testigos de cómo se comportó él desde el primer día de su arribo a la provincia de Asia (Hch 18:19). Tres cosas, dice Pablo, caracterizaron su servicio al Señor en su ciudad. En primer lugar su comportamiento humilde. Debe haber mucho de verdad en eso porque en uno de sus escritos (2 Cor 10:10) él hace alusión al hecho de que los corintios decían que sus cartas eran fuertes pero su presencia no inspiraba miedo.
En segundo lugar, él les recuerda que al dirigirse a ellos, en efecto, él les exhortaba con “muchas lágrimas”, no con voz estentórea y autoritativa, sino que con voz emocionada les rogaba que creyeran en el Señor Jesús y en su mensaje.
En tercer lugar, él hace mención de las pruebas que tuvo que afrontar en su ciudad por “las acechanzas de los judíos”, que se oponían a su prédica.
Nosotros desconocemos cuáles puedan haber sido esas pruebas porque, aparte del hecho de que él tuviera que retirarse de la sinagoga de la ciudad debido a los que rechazaban su mensaje, y refugiarse en la escuela de Tiranno (Hch 19:8,9), el texto no menciona ningún complot de los judíos de la ciudad en su contra (3). Si nos atenemos al libro de los Hechos la mayor prueba por la que él pasó estando allí fue el alboroto provocado por los plateros descontentos por la disminución de sus negocios, que su líder Demetrio atribuyó a la prédica de Pablo contra los ídolos (Hch 19:23-26. Véanse los artículos “El Alboroto en Éfeso I y II” Nos. 731 y 732). Pero es posible, como ya se ha indicado, que el libro de Lucas, omita algunos conflictos y amenazas mayores que Pablo habría experimentado en la capital de la provincia de Asia. Los omitiría posiblemente porque hubiera sido inoportuno mencionarlos si el libro tenía el carácter de un alegato en el juicio que Pablo debía enfrentar, según se verá más adelante (Hch 25:1-12) ante el tribunal del César, como ya se ha señalado (Véase el artículo “Viaje de Pablo a Macedonia y Grecia” #739).
Es muy posible que el hecho de haberse enfrentado constantemente a lo largo de sus viajes misioneros con la oposición obstinada de sus connacionales, fuera el motivo que lo impulsó a escribir los capítulos 9 al 11 de la epístola a los Romanos, redactada poco antes de su paso por Mileto.
Él asegura a los ancianos de Éfeso que nada había omitido de enseñarles (aunque pudiera serles poco grato de escuchar) que no les fuera útil para su crecimiento espiritual, y que eso él lo había hecho tanto en las calles, públicamente, como privadamente en las casas de algunos de ellos, en las que tenía costumbre de reunirse.
Los temas centrales de su predicación fueron aquellos que deben ser los primeros de toda predicación del Evangelio, como lo fueron también del inicio de la predicación de Juan Bautista (Mt 3:2; Mr 1:4) y de Jesús (Mr 1:15) esto es, el arrepentimiento y la fe (Lc 24:47; Hch 26:20).
Pablo dice “el arrepentimiento para con Dios” porque es hacia Él hacia quien debemos voltearnos cuando reconocemos nuestra condición de pecadores; Él es quien debe recibir nuestras súplicas de perdón porque es el único que puede otorgarlo, siendo nosotros responsables ante Él de nuestros actos. Luego dice “la fe en nuestro Señor Jesucristo”, porque una vez vueltos hacia Dios, es en su Hijo en quien debemos creer, esto es, en la obra de expiación que Él realizó por nosotros en el Calvario, pagando por nuestros pecados.
Arrepentimiento y fe son los pilares de la vida cristiana, sin los cuales nada puede ser edificado. Porque ¿de qué le serviría a alguno pretender llevar una vida cristiana si sigue cometiendo los mismos pecados? El signo más patente de que alguien se ha convertido es su cambio de vida. Aquel cuya vida no ha cambiado, que sigue pecando igual que antes, por mucho que asista al templo y haga profesión de tener fe en Jesús, no es cristiano, porque la fe se manifiesta en obras, esto es, en nuestra manera de vivir. Cuánto de Cristo haya en nosotros se hará visible en cuánto de su ejemplo y de su manera de hablar y comportarse se manifieste en nosotros. Como escribió Juan: “El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo” (1Jn 2:6), es decir, debe convertirse en un imitador de Cristo. Para ello necesita conocer y estudiar sus palabras y su vida. Porque ¿cómo podría imitar a Jesús si desconoce cómo Él actuaba y hablaba? No tendría ningún modelo por delante que seguir; no tendría ningún Maestro que le enseñe.En la segunda sección de su discurso Pablo habla de su condición espiritual al emprender este viaje.
22. “Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer”
Aquí podemos ver la profundidad de su entrega a Dios, pues él va a donde no le conviene ir, va a entregarse a pesar suyo en manos de sus enemigos (4). Pero él va “ligado (o encadenado) en espíritu”, como si dijéramos, espiritualmente prisionero de una obligación superior que le es impuesta, y que no puede eludir…
23. “salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones.”
Esto es, no obstante la firmeza de su decisión, él está siendo advertido en todas las ciudades por donde pasa, y por boca de los profetas que hay en las congregaciones locales que lo acogen, que en Jerusalén le esperan grandes pruebas, incluyendo la de ser apresado (5). Es decir, antes de que sus enemigos lo tomen prisionero, él ya lo estaba en espíritu.
¿Qué cadenas son más fuertes, las espirituales o las materiales? Para los que viven no en función de las cosas de la tierra, sino en función de las de arriba (Col 3:1-3), las primeras pueden ser más imperiosas, y son cadenas que producen gozo. Pero no sólo para ellos, también para los que viven encadenados al pecado, o a algún vicio, las ligaduras espirituales que los atan pueden ser muchas más poderosas que las materiales, pero son amargas.
24. “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.”
Pablo afirma que él no hace caso de ninguna de esas advertencias bien intencionadas. Tal como Jesús cuando afirmó su rostro para ir a Jerusalén sabiendo que iba para morir en cumplimiento de la misión que le trajo a la tierra (Lc 9:51), Pablo es conciente de que él va a Jerusalén cumpliendo el destino que Dios le ha fijado y que él conocía hace tiempo: ser derramado como libación al servicio de la fe que le ha sido encomendada. (Flp 2:17).
Él no rehúye ese destino sino, al contrario, lo asume con gozo, pues ése es el propósito de su vida (1Ts 3:3). Él lo ha dicho anteriormente: “pues si vivimos, para Dios vivimos; y si morimos, para el Señor morimos, porque sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.” (Rm 14:8).
Esta es una declaración de fe respecto del propósito de la vida de todo cristiano, y que cada uno de nosotros debe hacer suya. Porque ¿para qué cosa, es decir, con qué fin, o para quién vivimos? ¿Para cumplir nuestras propias metas, o para cumplir las de Dios? ¿Para satisfacer nuestras ambiciones personales, o para agradar a Dios? Es cierto que a veces –y es lo deseable- asumimos los objetivos y propósitos de Dios con el entusiasmo de quienes persiguen sus propios objetivos personales porque son coincidentes. Pero nadie puede afirmar que actúa en espíritu de esa manera si no está dispuesto a renunciar a sus designios egoístas y, como aconsejó Jesús al joven rico, está también dispuesto a vender todo lo que tiene y dárselo a los pobres como condición para ser su discípulo (Lc 18:22). Es decir, si no está dispuesto a desprenderse realmente de todo para seguir a Cristo.
Esta disposición interior es la que da la medida de nuestra entrega al Señor. La mayoría en verdad, si hemos de ser sinceros, vivimos tratando de llegar a un compromiso entre nuestras metas personales y las que Dios nos propone. Oscilamos entre desprendimiento y egoísmo, consolándonos con la idea de que no a todos exige Dios un sacrificio supremo.
Pero como bien sabía Pablo, y ése era el motivo de su gozo, la gloria de nuestra recompensa depende del costo que asumamos al servir a Dios. Cuanto más doy ahora de mí mismo a Dios, más recibiré algún día en pago. Jesús lo expresó en otros términos en una frase que también puede aplicarse a esta situación cuando dijo: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.” (Jn 12:25) (6)
Notas: 1. Este discurso es muy distinto de los discursos pronunciados por Pablo en Pisidia, Listra y Atenas, que estaban dirigidos a auditorios judíos o paganos (Hch 13:16ss; 14:15ss; y 17:22ss, respectivamente) mientras que el de Mileto es el único que está dirigido a un auditorio cristiano.
2. Pablo, llamado “el apóstol a los gentiles” reitera aquí, sin embargo, que su tarea evangelizadora está dirigida en primer lugar a los de su nación (Véase Hch 18:4,5; 19:10), por amor de los cuales él dice en otro lugar, que está dispuesto a ser anatema, es decir, a ser separado de Cristo, si fuera posible (Rm 9:3).
3. Poco antes de este episodio sí había habido un complot de los judíos de Asia en su contra cuando, estando en Corinto, él se preparaba para embarcarse para Siria (Hch 20:3. Véase “Viaje de Pablo a Macedonia y Grecia” #739). No es improbable que ellos le reprocharan haber excitado a los habitantes de Éfeso en su contra al predicar contra la idolatría. Los judíos preferían mantener un perfil bajo. Es posible, sin embargo, que su encono procediera simplemente del hecho de que él hubiera renunciado a la religión de sus mayores abrazando el cristianismo que él antes perseguía.
4. Ya en Rm 15:30,31 él había pedido a los destinatarios de esa epístola que oren “para que sea librado de los rebeldes que están en Judea”.
5. Véase, por ejemplo, Hch 21:4,10,11, a su paso por Tiro y Cesarea.
6. En los siguientes pasajes de sus epístolas Pablo expresa el carácter absoluto de su entrega a Cristo: 2Cor 4:7-12; 6:4-10; 12:9,10; Flp 1:20; 2:17; 3:8-11; Col 1:24.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y a entregarle tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#741 (26.08.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 6 de julio de 2012

EL ALBOROTO EN ÉFESO II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL ALBOROTO EN ÉFESO II
Un Comentario al libro de Hechos 19:31-41
31. “También algunas de las autoridades de Asia, que eran sus amigos, le enviaron recado, rogándole que no se presentase en el teatro.”
Es interesante que el texto agregue que algunas autoridades de la ciudad, los llamados “asiarcas”, que eran amigos de Pablo, se preocuparon por su seguridad. ¿Quiénes eran estos asiarcas? Eran personas notables de las ciudades de la provincia, entre las cuales se elegía a los sumos sacerdotes del culto al emperador que se celebraba en la ciudad de Pérgamo (Ap 2:12) y que estaban además encargados de supervisar los juegos públicos. ¿Por qué le tendrían simpatía a Pablo? Quizá alguno de ellos había sido tocado por su prédica, aunque es más probable que ellos vieran en Pablo a un aliado de sus propósitos, porque el culto a Diana competía con el culto al emperador del que ellos eran responsables. Ésta ciertamente no es más que una hipótesis para explicar una amistad que parece sorprendente, ya que el culto al Dios verdadero era un rival mucho más poderoso del culto al emperador, (que era un simple hombre) como se vería patentemente en las décadas siguientes cuando empezaron las persecuciones de los cristianos.
El teatro mencionado aquí en el cual la multitud se congregó (y cuyas espléndidas ruinas pueden admirarse todavía), no era un edificio techado como los que nosotros conocemos, sino un anfiteatro, es decir, una construcción semicircular sin techo en forma de abanico, con gradas escalonadas que podían llegar a dar asiento hasta a unos 25,000 concurrentes. Su forma aconchada permitía que la voz de una persona situada abajo en el centro del escenario pudiera escucharse con facilidad en las graderías. Ese teatro –o más propiamente, anfiteatro- era pues un punto natural de reunión del pueblo.

32. “Unos, pues, gritaban una cosa, y otros otra; porque la concurrencia estaba confusa, y los más no sabían por qué se habían reunido.”
¡Qué bien describe este versículo la confusión reinante! Una buena parte de los que habían concurrido al teatro habían ido porque vieron que la multitud corría a ese lugar y se sumaron a ella, pero no sabían cuál era el motivo que los convocaba. Y como no sabían cuál era la causa de la asamblea, en su ignorancia decían una cosa y se contradecían unos a otros. Podemos imaginar que en las discusiones que surgieron en medio de la confusión algunos podrían llegar a las manos. El asunto sería ocasión de risa si no fuera porque las grandes aglomeraciones de gente exaltada pueden derivar fácilmente en violencia.

33. “Y sacaron de entre la multitud a Alejandro, empujándole los judíos. Entonces Alejandro, pedido silencio con la mano, quería hablar en su defensa ante el pueblo.”
Los judíos de la ciudad que, como la mayoría, habían acudido al teatro intrigados por lo que sucedía, cuando comprendieron cuál era la causa del descontento de la multitud, percibieron que la furia colectiva podría volverse contra ellos, ya que era sabido que ellos tampoco reconocían a los ídolos como dioses. Uno de ellos, Alejandro, empujado por sus correligionarios, quiso dirigirse a la multitud posiblemente para deslindar responsabilidades, puntualizando que ellos no pertenecían al grupo de los cristianos que había provocado el furor de los devotos de la diosa.

34. “Pero cuando le conocieron que era judío, todos a una voz gritaron casi por dos horas: ¡Grande es Diana (esto es, Artemisa) de los efesios!” (Véase la Nota 1 del artículo anterior, la siguiente Nota 1).
Sin embargo, la multitud no distinguía entre cristianos y judíos. ¿Acaso los cristianos no eran también judíos? Al menos lo eran Pablo y algunos de sus colaboradores. En todo caso, tanto los judíos como los cristianos no rendían culto a la diosa que veneraba la ciudad, y podían ser considerados igualmente responsables del ataque a la preeminencia de la diosa.
Como consecuencia, como para revindicar sus sentimientos ofendidos y el prestigio de su diosa, la multitud se puso a gritar en coro: “Grande es Artemisa de los efesios”, -como dice el texto griego- durante dos horas.

35,36. “Entonces el escribano, cuando había apaciguado a la multitud, dijo: Varones efesios, ¿y quién es el hombre que no sabe que la ciudad de los efesios es guardiana del templo de la gran diosa Artemisa, y de la imagen venida de Júpiter? Puesto que esto no puede contradecirse, es necesario que os apacigüéis, y que nada hagáis precipitadamente.”
El secretario de la ciudad –o escribano, según la versión RV 60 (2)- era el funcionario local más importante y constituía el nexo entre el gobierno democrático de la ciudad y el procónsul romano que representaba al poder imperial. De producirse un desorden grave, él hubiera sido considerado responsable por las autoridades romanas.
El discurso que él dirige a la multitud enfurecida, tal como lo transmite Lucas, es un modelo de habilidad oratórica, pues él comienza halagando los sentimientos de patriotismo local de la multitud: ¿Quién no sabe que nuestra ciudad es guardiana del templo de la gran diosa Artemisa cuya imagen había caído del planeta Júpiter? (Zeus es su nombre griego). Estos son hechos que no pueden negarse porque son demasiado evidentes y conocidos de todos. Entonces ¿por qué os inquietáis corriendo peligro de cometer alguna injusticia por apresuramiento?

37. “Porque habéis traído a estos hombres, sin ser sacrílegos ni blasfemadores de vuestra diosa.”
Estos hombres a los que acusáis no han cometido ningún crimen contra nuestra venerada diosa. Posiblemente el secretario, o escribano, alude al hecho de que al predicar en Éfeso acerca de la vanidad de los ídolos, Pablo prudentemente se guardaba bien de mencionar de manera directa el templo de Artemisa y el nombre de la diosa favorita de la ciudad. Su predicación era esencialmente evangelística, dirigida a la conversión de las personas, y nunca pretendió alterar el orden establecido.

38. “Que si Demetrio y los artífices que están con él tienen pleito contra alguno, audiencias se conceden, y procónsules hay; acúsense los unos a los otros.”
Si Demetrio y los de su oficio tienen alguna queja que presentar para eso están los tribunales legalmente instituidos. Soliciten una audiencia y aboguen, o acusen, a quienes ellos consideran que los perjudican.
El hecho de que Lucas diga en plural “procónsules hay”, es una prueba de la historicidad de su relato, pues en ese tiempo preciso el cargo de procónsul estaba vacante porque Marcus Julius Silanus había sido envenenado por instigación de Agripina, la madre de Nerón. Mientras se nombraba a un sucesor sus funciones fueron desempeñadas por dos funcionarios transitorios.

39-41. “Y si demandáis alguna otra cosa, en legítima asamblea (3) se puede decidir. Porque peligro hay de que seamos acusados de sedición por esto de hoy, no habiendo ninguna causa por la cual podamos dar razón de este concurso. Y habiendo dicho esto, despidió la asamblea.”
Él concluye su discurso haciendo notar a la multitud que su reunión improvisada no constituía una asamblea legal legítima, y  que, por tanto, la ciudad podía ser acusada de sedición por los romanos, que eran muy celosos del orden público.
Eso podría traer serios perjuicios a la ciudad que gozaba de algunos privilegios concedidos por las autoridades imperiales y que podían serles revocados.
Con estas palabras inteligentes y sensatas él logró que la muchedumbre se retirara pacíficamente.
Se ha observado que el relato que Lucas hace de la estadía de Pablo en Éfeso es como una selección de cuatro viñetas, o episodios destacados que él describe con cierto detalle (4), pero que omite muchas de las cosas que deben haber ocurrido durante la larga estadía de Pablo ahí. Eso es comprensible dado que él no estuvo con Pablo en esa ciudad y que debe haber escrito su relato en base al testimonio de terceros que inevitablemente era fragmentario.
Entre los eventos ocurridos en Éfeso que Lucas no menciona está lo sugerido por la frase enigmática que figura en 1Cor 15:32: “Si como hombre batallé contra fieras en Éfeso ¿qué me aprovecha?” (es decir, implícitamente, si los muertos no resucitan). Esta frase apunta a una situación en que la vida de Pablo debe haber corrido grave peligro en manos de enemigos encarnizados. No se refiere al episodio ocurrido en el teatro porque ahí la vida de Pablo no estuvo en peligro. ¿Guarda esa frase alguna relación con las que figuran en 2Cor 1:8-10: “…no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida, etc.…”? Si estas frases no se refieren a alguna enfermedad grave ¿se trataría de un peligro de muerte a manos de sus adversarios judíos en la ciudad? Recuérdese que la grave acusación hecha contra él en Jerusalén algún tiempo después, provino de “judíos de Asia”, (es decir, probablemente de Éfeso), que lo odiaban a muerte (Hch 21:27).
¿En qué ciudad sino en Éfeso puede haber ocurrido el incidente en el que Aquila y Priscila arriesgaron la vida por Pablo? (Rm 16:3,4) Tiene que haber sido una situación muy grave.
Pablo alude también en 2Cor 11:23-27 a las muchas penalidades que tuvo que afrontar a causa del Evangelio, entre las que menciona haber estado preso muchas veces. ¿No habrá sido una de ellas en Éfeso? ¿No sería en esta ciudad, y en una de esas ocasiones, cuando sus parientes Andrónico y Junias fueron sus compañeros de prisión? (Rm 16:7). (5)
Estas preguntas nos muestran cuántas cosas ignoramos de la accidentada vida de Pablo que no han sido descritas en Hechos, y de las muchas pruebas por las que tuvo que pasar -y que no conocemos- para llevar a cabo la misión que el Señor le encomendara de llevar el Evangelio a las naciones. (Hch 9:16).

Notas: 1. Vale la pena señalar que el gran poeta alemán Goethe (1749-1832), admirador del paganismo escribió un poema titulado “Grande es Diana de los Efesios”, y que él se consideraba (figuradamente) a sí mismo como uno de los artífices efesios, admiradores del templo de la diosa. (Este dato está tomado del 3er tomo del Comentario del NT escrito por Jamieson, Fausset y Brown, que contiene edificantes reflexiones sobre este episodio de Hechos.)
2. Grammateus. Esta es la misma palabra que en los evangelios y en varios pasajes de Hechos es traducida como “escriba”.
3. Es ilustrativo para nosotros que la palabra ekklesía que Lucas emplea aquí, para designar una asamblea cívica que se reunía regularmente tres veces al mes para discutir y decidir asuntos de la ciudad, sea la misma palabra que solemos traducir como “iglesia”.
4. Ellos son el encuentro con los doce discípulos del Bautista, las discusiones de Pablo en la sinagoga de la ciudad, su enfrentamiento con los siete exorcistas hijos de Esceva, y el alboroto en el teatro que comentamos.
5. En las afueras de la ciudad hay unas ruinas conocidas como la “Prisión de San Pablo”, y existe una antigua tradición según la cual él estuvo preso en Éfeso.


UN PABLO CONTEMPORÁNEO.
Nosotros vivimos en un país y en una sociedad que goza de libertad religiosa y en la que hoy felizmente nadie es perseguido por difundir sus creencias o por predicar. Por eso quizá nos cueste imaginar que haya países en donde los que tal hacen corren grave peligro y son cruelmente atormentados. Eso ocurre, entre otros países asiáticos, en Nepal, pequeña república –hasta hace poco monarquía- al pie del Himalaya. El episodio que reproduzco a continuación (y que está tomado del libro “Revolution in World Missions” del evangelista hindú K.P. Yohannan) nos muestra el caso de las penalidades sufridas por alguien que, salvadas las epístolas, podría ser llamado un Pablo de nuestro tiempo.

Un misionero nepalés estuvo preso en 14 diferentes prisiones entre los años 1969 y 1975. De esos 15 años, 10 estuvieron marcados por la tortura y el ridículo a causa de su empeño en predicar el Evangelio a su pueblo. Su terrible odisea comenzó cuando bautizó a nueve personas y lo arrestaron por ese motivo. Los nueve convertidos, cinco hombres y cuatro mujeres, fueron también arrestados y condenados a un año de prisión. Él fue condenado a seis años de cárcel por haberlos bautizado.
La prisión en la que fueron encerrados era literalmente un mazmorra de muerte. 25 personas confinadas en un cuarto pequeño sin servicios higiénicos ni ventilación. El hedor era tan terrible que los que entraban se desmayaban al poco rato.
El lugar donde el hermano P. y sus compañeros fueron encerrados estaba saturado de piojos y cucarachas. Los prisioneros dormían en el piso de tierra. Ratas y pericotes les mordían los dedos de manos y pies por la noche. En invierno no había calefacción y en verano no había ventilación. Como comida los prisioneros recibían una taza de arroz al día, pero tenían que encender un fogata en el suelo para cocinarla. El cuarto estaba constantemente lleno de humo porque no había chimenea. Dado lo inadecuado de la alimentación la mayoría de los prisioneros se enfermaron gravemente, y el hedor de su vómito se mezclaba con los otros olores pútridos. No obstante, ninguno de los cristianos milagrosamente se enfermó durante el año.
Cumplida su sentencia los nueve creyentes fueron puestos en libertad. Entonces las autoridades decidieron quebrar al Hno. P. Le quitaron su Biblia; le encadenaron manos y pies, y luego lo forzaron a entrar por una puerta baja en un minúsculo cubículo que anteriormente había sido usado para depositar los cadáveres de los prisioneros muertos mientras sus familiares los reclamaban.
El carcelero predijo que en esa húmeda oscuridad el Hno. P. iba a perder la razón en pocos días. El cuarto era tan pequeño que él no podía ponerse de pie ni estirar su cuerpo en el piso. No podía encender fuego para cocinar su ración por lo que otros presos le deslizaban algo de comida bajo la puerta para que sobreviviera.
Los piojos mordían su ropa interior pero él no podía rascarse a causa de las cadenas, que pronto le ajustaron muñecas y tobillos hasta los huesos. En invierno casi murió congelado varias veces. No podía distinguir el día de la noche, pero cuando cerraba sus ojos Dios le hacía ver las páginas del Nuevo Testamento. Aunque le habían quitado su Biblia él todavía podía leerla en la más absoluta oscuridad. Eso lo sostuvo mientras padecía esa tortura terrible. Durante tres meses no se le permitió hablar con ninguna persona.
El Hno. P. fue transferido a muchas otras prisiones. En cada una de ellas él compartía su fe con los guardias y los otros presos.
Aunque el Hno. P. siguió entrando y saliendo de la cárcel siempre se negó a fundar iglesias secretas. “¿Cómo puede un cristiano quedarse callado?”, preguntaba. “¿Cómo puede una iglesia pasar a la clandestinidad? Jesús murió públicamente por nosotros. No trató de esconderse cuando lo llevaban a la cruz. Nosotros tenemos también que hablar osadamente de Él sin importarnos las consecuencias.”

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#732 (24.06.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA LA VENTA. 

miércoles, 13 de junio de 2012

PABLO EN ÉFESO I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO EN ÉFESO I
Un Comentario al libro de Hechos 19:1-9

1,2. “Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.”
Después de su prolongada estancia en Corinto, y de visitar en el curso de su tercer viaje misionero las ciudades de Galacia del Sur y de Frigia donde posiblemente había estado antes (Hch 18:23), Pablo vino a detenerse (en la primavera del año 52) un buen tiempo en Éfeso, ciudad que era un importante centro comercial e industrial del imperio que albergaba, además, el culto de varias divinidades paganas, y en donde había estado antes por un corto lapso de tiempo (Hch 18:19-21).
La Providencia dispuso que esta gran ciudad no se quedara sin un proclamador y maestro de la palabra, pues Pablo vino para llenar el vacío que había dejado la partida de Apolos, que había ido a regar lo que Pablo había sembrado en Corinto (Hch 18:27,28; 1Cor 3:6).
Al llegar a la ciudad encontró a “ciertos discípulos”. Cuando Lucas emplea la palabra “discípulos” él se refiere siempre a personas que han creído en Jesús. ¿De dónde venían éstos? No se dice. ¿Cómo y cuándo habían llegado a creer en Jesús? Tampoco se explica (Nota 1). Pablo debe haber sentido intuitivamente que su conocimiento del “camino” era incompleto, pues enseguida les pregunta por aquello que para él era una de las gracias principales que acompañaban a la fe: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” Una traducción más exacta sería: “¿Recibisteis el Espíritu Santo después de que hubisteis creído?” (cf Ef 1:13).
(Esa es una pregunta que cada uno de nosotros debería hacerse: ¿He recibido yo el Espíritu Santo? ¿Soy guiado por el Espíritu Santo? ¿Vivo yo en el Espíritu y camino en él?)
Recuérdese que cuando Pedro predicó en casa de Cornelio, el Espíritu Santo se derramó sobre los que escuchaban su sermón y (aunque el texto no lo diga explícitamente, está implícito) creyeron en lo que él les exponía. Eso quiere decir que en los primeros tiempos la recepción del Espíritu Santo solía acompañar al acto de creer (Hch 10:43,44), aunque no ocurriera siempre necesariamente. Veámoslo:
Si examinamos los casos de fe y conversión que menciona Hechos, podemos ver, para comenzar, que el día de Pentecostés, después del sermón de Pedro, unos tres mil hombres creyeron y fueron bautizados (Hch 2:41) ¿Recibieron el Espíritu Santo en ese momento? No se afirma explícitamente, pero está implícito en Hch 2:38 (cf 1:4) (2).
En Hch 4:1-31 cuando Pedro y Juan, que habían sido llevados ante el Concilio acusados de predicar a Jesús, fueron soltados después de ser amenazados si persistían, ellos fueron donde los suyos, y después de contarles lo que había sucedido, los que estaban congregados empezaron a orar y todos fueron llenos del Espíritu Santo. A este evento se le ha llamado “el segundo Pentecostés”, porque los asistentes, que eran sin duda parte de los 120 de Hch 1:15 que estuvieron en el Aposento Alto (Hch 2:1-4) recibieron una segunda llenura del Espíritu. (Hch 4:31).
Tal como leemos al comienzo del sexto capítulo de Hechos, cuando empezó a crecer el número de los discípulos, fue necesario nombrar a personas que atendieran en la distribución de alimentos a las viudas de los creyentes griegos. Al designar a los siete diáconos, o servidores, a quienes se encargaría ese trabajo se puso como condición que los elegidos estuvieran “llenos del Espíritu Santo”, lo que haría suponer que no todos los discípulos lo estaban o que, por lo menos, no todos demostraban estarlo en la misma medida, sino que había algunos que estaban más ungidos que otros (Hch 6:1-3).
Al comienzo del capítulo 8, cuando el evangelista Felipe predica el Evangelio por primera vez en Samaria, el texto dice explícitamente que los que habían creído en su predicación solamente habían sido bautizados, pero no habían recibido el Espíritu Santo (Hch 8:14-16), lo cual ocurrió apenas los apóstoles les impusieron las manos (v.17), con lo cual se da a entender que eran los apóstoles en particular los que tenían el poder de impartir el Espíritu Santo.
Eso es confirmado por el episodio del eunuco egipcio que retornaba de Jerusalén, leyendo al profeta Isaías, y de quien se dice que cuando Felipe le anunció el Evangelio, el hombre fue bautizado porque creyó que Jesucristo es el Hijo de Dios, pero no se afirma que recibiera a la vez de manos de Felipe el Espíritu Santo (Hch 8:37-39).
Sin embargo, cuando Pablo, después de su encuentro inesperado con Jesús, se encontraba ciego y orando en Damasco, el discípulo Ananías vino donde él por encargo del Señor, y le impuso las manos para que recobre la vista y reciba el Espíritu Santo; y enseguida fue bautizado en agua (Hch 9:17,18).
En estas situaciones vemos cómo Dios no actúa según reglas establecidas, como solemos hacer los seres humanos, porque unas veces se recibe el Espíritu Santo después de haber sido bautizado en agua, y en otras, antes de serlo. Y suelen ser los apóstoles los que lo imparten, pero no siempre sólo ellos.
Adelantándome un poco al comentario del texto que tenemos a la mano, quiero referirme a la última ocasión en que se menciona en éste al Bautismo del Espíritu Santo. Eso está en el v. 6, cuando después de haber bautizado a los discípulos que había encontrado, Pablo les impone las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo”. Me gusta mucho esta expresión en particular: el Espíritu Santo vino sobre ellos, les cayó encima, como algo inesperado, tal como ocurrió en Pentecostés con los 120 (Hch 2:1-4), y con los gentiles que estaban en casa de Cornelio, donde el Espíritu Santo cayó sobre los que oían el discurso.” (Hch 10:44; 11:15). Recuérdese que eso ocurrió antes de que ellos fueran bautizados (Hch 10:47,48; 11:16,17; cf 1:5).
Pero la pregunta que hace Pablo a esos discípulos implica también que él era conciente de que había casos en que, por algún motivo, la conversión no era siempre seguida inmediatamente por la recepción del Espíritu Santo. La respuesta de los discípulos debe haber sido también para él una sorpresa mayor, porque ellos admitieron que no tenían idea de la existencia del Espíritu Santo.
Esta respuesta plantea un problema porque en los tres evangelios sinópticos (esto es Mateo, Marcos y Lucas) y en el de Juan, que narran el bautismo de Jesús por mano de Juan Bautista, se menciona la venida del Espíritu Santo sobre Jesús en una apariencia corporal como de paloma. Según Mateo esto fue algo que sólo Jesús habría visto; según Juan también fue visto por el Bautista, pero habría estado oculto a los ojos de los espectadores. No obstante Juan Bautista dio testimonio de lo que había visto y de que Jesús era el Hijo de Dios. Pero adicionalmente, según el evangelista Juan, el Bautista recibió una revelación especial acerca de la futura recepción del Espíritu Santo por los creyentes que sería impartida por Jesús (Jn 1:32,33).
El Bautista había recibido pues revelación acerca del Espíritu Santo, aunque sólo fuera limitada, pero habría que suponer que guardó parte para sí y no la divulgó toda. Por ese motivo estos discípulos que encontró Pablo, no sabían nada acerca de la existencia del Espíritu Santo. Esta suposición es confirmada por la explicación que el propio Pablo dará en Hch 19:.4 acerca del bautismo que practicaba Juan. (3)

3. “Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan.”
Esta nueva pregunta de Pablo alude a la costumbre de sumergirse en agua como un rito de purificación que era común en Israel y era practicada por muchos grupos. Los fariseos bautizaban a sus prosélitos, y los sectarios de Qumram también lo hacían.
La pregunta de Pablo equivale a decir: ¿Con qué grupo, o por quién fuisteis bautizados? (4) La respuesta fue directa: Fuimos bautizados en el bautismo de Juan por alguno de sus discípulos (como lo había sido Apolos: Hch 18:25), es decir, probablemente por uno que tenía un conocimiento deficiente. Entonces Pablo les dio una explicación clara de lo que ese bautismo significaba y hacia quién apuntaba:

4. “Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.”
Juan exhortaba a los pecadores a confesar sus pecados y a arrepentirse de ellos, y enseguida los sumergía en agua como señal de que su arrepentimiento era sincero y de que, por tanto, sus pecados les eran perdonados (Mr 1:4). Cuando él veía que se acercaban a él hipócritas que carecían de arrepentimiento –personas que, en realidad, venían a espiar lo que él hacía- les echaba en cara su falsedad y los rechazaba (Mt 3:7-9).
Pablo les recuerda además que Juan señalaba que después de él vendría otro, que sería el Mesías, (palabra que quiere decir “ungido”, al igual que la palabra griega “Cristo”) en quien todos debían creer, y del cual él era sólo el precursor (Jn 1:26,27).

5. “Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.”
Apenas lo oyeron esos doce discípulos comprendieron que faltaba algo a su fe y se hicieron bautizar en el nombre de Jesús. Notemos que este es el único caso en el Nuevo Testamento de personas que hayan sido rebautizadas. Los apóstoles, por ejemplo, que habían sido bautizados por Juan (si no todos, ciertamente por lo menos dos de ellos: Andrés y su hermano Simón Pedro (Jn 1:40,41) no fueron nuevamente bautizados por Jesús. Al contrario, Jesús mismo no bautizaba, sino dejaba que sus discípulos lo hicieran por Él (Jn 4:1-3). Nótese que antes de la exaltación de Jesús el bautismo de Juan y el de Jesús eran esencialmente el mismo bautismo.
Vale la pena notar que Juan no bautizaba “en el nombre” de alguien. Él, como los fariseos y los esenios, bautizaba simplemente. Pero desde el inicio (Hch 2:38) los cristianos empezaron a bautizar “en el nombre de Jesús”. Este bautismo, una vez muerto y resucitado Jesús, era más que un bautismo de arrepentimiento y de perdón de pecados. Era una confesión pública de fe en Aquel en cuyo nombre eran bautizados, y era por ende un bautismo de regeneración que llevaba a una nueva vida (Rm 6:4).

6,7. “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban. Eran por todos unos doce hombres.”
Pablo entonces hace un gesto, que era común en el judaísmo de su tiempo para significar diversas cosas:
Ordenación (Hch 6:6; 1Tm 4:13,14); encargo de una tarea (Hch 13:2,3); sanidad (Mr 5:23; 16:18; Lc 13:13; Hch 28:8); pero también, para los seguidores de Jesús, impartir el Bautismo en el Espíritu Santo (Hch 8:17; 9:17; Hb 6:2, y el presente pasaje). El Espíritu Santo tomó entonces posesión entera de los doce, de modo que empezaron a hablar en lenguas –tal como ocurrió en Pentecostés- y a profetizar. Aunque en el Antiguo Testamento no se conocía el Bautismo en el Espíritu Santo, y apenas se habla del Espíritu de Dios, sí hay instancias de personas que, sin ser profetas, movidas por el Espíritu, se ponen a profetizar (Saúl, por ejemplo: 1Sm 10:6,10), e incluso un profeta pagano a pesar suyo (Balaam: Nm 23:5-10;17-26; 24:1-9;13-25).

8,9. “Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios. Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno.”
Enseguida Pablo, como era su costumbre, entró en la sinagoga de los judíos y empezó a hablarles con valor y abiertamente, y con la elocuencia que le daba el Espíritu Santo. Recuérdese que Pablo ya había visitado antes la sinagoga de Éfeso a su paso para Jerusalén (Hch 18:19-21). En esa ocasión había encontrado una acogida más favorable pues sus oyentes le rogaron que se quedara con ellos. Como eso no le fue posible en ese momento, él les prometió volver. De modo que este retorno suyo a la sinagoga de Éfeso fue en parte en cumplimiento de su promesa.
¿Cuál era el tema de sus discursos persuasivos? El texto dice “el reino de Dios”. Podemos pensar que eso incluía toda la doctrina acerca del sacrificio y muerte de Cristo, de su resurrección y de su próximo retorno, tal como él lo expone en sus cartas. Podemos imaginar también que él encontró mucha oposición –o al menos escepticismo- entre sus oyentes, pues dice el texto que discutía con los asistentes. Sin embargo, es de notar que antes que él Apolos ya había discutido con los judíos en la sinagoga, de modo que los asistentes ya habían escuchado, aunque incompleto, el evangelio del reino (Hch 18:26). ¿Quién sabe si la exposición de Apolos no habría alertado a los principales de la sinagoga acerca de este “camino” que se venía difundiendo, y si ellos no habrían solicitado información acerca de él a sus congéneres de Jerusalén? Eso podría explicar que en esta segunda visita él hubiera encontrado una audiencia menos dispuesta.
De hecho Pablo se encontró con algunos recalcitrantes que no sólo cuestionaban su mensaje, y se negaban a creer en lo que él les exponía, sino que adoptaron una actitud tan agresiva que lo persuadió de que era inútil que siguiera discutiendo con ellos, por lo que él abandonó la sinagoga llevándose consigo a los que habían creído en su mensaje. Notemos que así como el calor ablanda algunas cosas y endurece otras (como el huevo), la predicación del Evangelio ablanda algunos corazones pero endurece otros.
Las sesiones de indoctrinamiento prosiguieron, dice el texto, en la escuela de un hombre que se llamaba Tiranno. No sabemos nada acerca de él, aunque es probable que él fuera un maestro de retórica griego que, por algún motivo, asistía a la sinagoga, o que, habiendo entrado una vez, se había sentido atraído por el mensaje de Pablo.
La fe tiene caminos misteriosos y Dios había provisto por medio de este hombre un local donde Pablo pudiera seguir predicando y enseñando (5), al cual acudían muchos hombres que de otro modo no habrían escuchado su mensaje.

Notas: 1. Algunos estudiosos creen que ellos podrían haber recibido su conocimiento incompleto de la misma fuente que Apolos, e incluso, que podrían haberlo recibido de él antes de ser instruido por Aquila y Priscila.
2. En la versión impresa había escrito que era sólo muy probable.
3. Yo he dedicado hace seis años un artículo a tratar del escaso conocimiento que acerca del Espíritu Santo se tenía en tiempos del Antiguo Testamento (dentro del cual, según dijo Jesús en Lc 16:16, se enmarca el Bautista): “El Espíritu Santo Desconocido y Conocido”. # 411 del 05.03.06).
4. La sorpresa de Pablo se explica en gran parte si se tiene en cuenta que esos discípulos habían recibido el bautismo después de que Jesús hubiera muerto y resucitado. Si ellos ignoraban ese hecho fundamental ¿en qué consistía su fe?
5. Según el texto occidental Pablo enseñaba de la hora quinta a la hora décima (es decir, de las 11 am a las 4 pm) las horas más calurosas del día (¡las horas de la siesta!). Posiblemente dedicaba la mañana y la noche a su oficio de fabricante de tiendas para proveer a sus necesidades y a la de sus acompañantes (cf Hch 20:34). Es curioso que Lucas no mencione para nada en este episodio a los esposos Aquila y Priscila, fieles colaboradores suyos, que, sin embargo, se habían quedado en Éfeso (Hch 18:19). Pero nótese que en los saludos finales de la primera epístola a los Corintios, escrita en Éfeso, Pablo dice: “Aquila y Priscila, con la iglesia que está en su casa, os saludan mucho en el Señor.” (16:19), lo que quiere decir que en casa de ambos (que tiene que haber sido para ello suficientemente espaciosa) se reunía una parte de la iglesia de Éfeso. Según F.F. Bruce, es probable que fuera en Éfeso donde ellos arriesgaron su vida por Pablo (Rm 16:3,4), episodio que el libro de Hechos no consigna. A tenor del versículo siguiente de Romanos, cuando Pablo escribió esa epístola (estando en Corinto, año 56 o 57), ya ellos habían regresado a Roma, y en su casa se reunía también una parte de la iglesia de esa ciudad. El emperador Claudio, que había expulsado a los judíos de la capital del imperio el año 50, o poco después, había muerto el año 54.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te animo a hacer la siguiente oración:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#729 (03.06.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).