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viernes, 17 de julio de 2015

JESÚS SANA A UN MUCHACHO ENDEMONIADO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JESÚS SANA A UN MUCHACHO ENDEMONIADO
Un Comentario de Mateo 17:14-21
En este episodio, dice W. Wiersbe, pasamos del monte de la gloria (el de la Transfiguración) al valle de la necesidad. Tomar parte de la primera no hace a Jesús insensible a la segunda, sino al contrario. Hay un cuadro del famoso pintor renacentista Rafael, que ilustra muy bien el contraste entre ambas realidades. En la parte superior se ve a Jesús glorificado flotando en el aire, rodeado de Moisés y Elías, mientras que sus discípulos están postrados por tierra. En la parte inferior del cuadro se ve a un numeroso grupo de personas agitadas en torno a un hombre que sostiene a un muchacho atormentado, mientras que los brazos alzados de varias de las personas señalan a Jesús en la parte superior del cuadro.
14. “Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él,”
Jesús y sus tres acompañantes descendieron del monte Tabor y fueron donde habían dejado a los otros nueve discípulos, que estaban rodeados de mucha gente que había estado siguiendo a Jesús y que parecía estar agitada.
En el pasaje paralelo de Marcos se dice que, al verlo, el gentío quedó enormemente sorprendido, atónito, como asustados (ékzambos). ¿No sería porque aún quedaba en el rostro de Jesús algún vestigio del brillo que tuvo en la montaña, tal como la cara de Moisés brillaba cuando descendió del Sinaí y la gente tenía miedo de acercarse a él? (Ex 34:30).
De en medio del gentío surgió un hombre que estaba muy angustiado, y que, corriendo donde Jesús, se arrodilló, y con una voz que denotaba desesperación, clamó:
15,16. “Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.”
 ¿Cuál podía ser la condición del chico? El evangelio dice “lunático”, que es una traducción de “seluniásetai”, palabra griega que designa un desarreglo nervioso crónico al que se dio en esa época ese nombre, porque se había observado que sus síntomas variaban con las fases de la luna. Por la descripción que hace Lucas 9:39 de su condición (sacudidas violentas, espuma en la boca) podría pensarse que se trataba de epilepsia. La descripción que hace Marcos 9:24 refuerza esa hipótesis. Pero nosotros sabemos bien que la causa verdadera era otra.
El hecho es que el muchacho, cuando era víctima de los accesos de su enfermedad, se precipitaba sobre las fogatas encendidas, o sobre el fuego abierto de la cocina, como se usaba entonces, o se echaba al agua, corriendo el peligro sea de quemarse, o de ahogarse.
Podemos imaginar la angustia de sus familiares, en especial de sus padres, que estaban siempre pendientes de él, cuidando de que no sufriera un accidente, o se hiciera daño.
El padre, que posiblemente había escuchado que Jesús estaba cerca, lo había traído para que Jesús lo sanara pero, no encontrándolo, pidió a sus discípulos que lo hicieran, pues sabía que ellos también hacían algunas señales por el poder que su Maestro les había conferido. Pero ellos se habían mostrado incapaces de ayudarlo.
17. “Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! (Nota 1) ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.”
La respuesta de Jesús parece insólitamente dura e impaciente. ¿A quién estaba dirigida? ¿A sus discípulos, o al gentío? Si a los discípulos, contiene un reproche por su incapacidad de lidiar con el demonio que poseía al joven, que en parte era merecido. Pero si estaba dirigida a la muchedumbre, no es difícil de entender la causa, puesto que se dejaba llevar por las argucias de los escribas, a los cuales también el reproche alcanza, así como al padre angustiado de fe incierta, como veremos enseguida.
Pero lo más probable es que sus palabras estuvieran dirigidas a la gente de su tiempo en general, a la generación en medio de la cual le había tocado vivir, gente incrédula y perversa, calificativos que suelen ir juntos, porque la carencia de fe lleva a toda clase de desvaríos morales.
El reproche de Jesús apunta particularmente al hecho de que la fe pura y ferviente del pueblo elegido con el tiempo se había deteriorado debido a las malas influencias a las que había estado expuesta, sea de los pueblos paganos de los que estaba rodeado, sea de los mismos maestros de Israel, los escribas y fariseos que les enseñaban.
Si viviera en nuestro tiempo ¿con cuánta mayor razón no nos dirigiría ese reproche a nosotros, y cuánto mayor no sería su impaciencia?
Sin embargo Jesús, con los milagros numerosos que hacía, había estado tratando de vivificar la fe de su pueblo. Sus palabras de reproche expresan su tristeza ante la inutilidad de sus esfuerzos, como si dijera: ¿Hasta cuándo perderé mi tiempo tratando de ayudarlos? Ya en oportunidades anteriores Jesús había mostrado su disgusto ante la incredulidad (Véase Mr 8:12 y 3:5), pero en esta ocasión su desagrado se tiñe de una encendida impaciencia.
En el pasaje paralelo de Marcos vemos que Jesús le pregunta al padre: ¿Desde cuándo está el niño así? Y él responde que desde pequeño. Enseguida el padre suplica a Jesús: “Si puedes hacer algo… ayúdanos” (Mr 9:22). Notemos que él no viene a Jesús con la seguridad de que Él puede sanar a su hijo, sino dudando. Quizá su fe se había debilitado oyendo la discusión entre los discípulos y los escribas (v. 14), los cuales posiblemente alegaban las razones por las cuales los nueve no habían podido expulsar al demonio. Jesús responde al padre: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo, ayuda mi incredulidad.” (v. 23,24).
¡Cuántos de nosotros, si somos sinceros, podríamos decir esas mismas palabras: “Creo, ayuda a mi incredulidad”! que es como si se dijera: Sí, yo creo en ti; pero soy consciente de que mi fe no basta, porque es débil e indecisa.
La clave del éxito de la vida espiritual es la fe. Si la fe se debilita, todas las otras facultades espirituales, y las virtudes decaen. Nuestra intrepidez, nuestro entusiasmo por las cosas de Dios, desfallecen. Los israelitas cruzaron a pie el mar Rojo sin dudar –recuerda J.C. Ryle- pero cuando llegaron a la frontera de la Tierra Prometida, que era el objetivo de su largo peregrinaje en el desierto, no se atrevieron a entrar y estuvieron pensando en dar vuelta y regresar. Dudaron del poder de Dios que los había sacado con mano fuerte de Egipto (Hb 3:19) y, como consecuencia estuvieron vagando durante casi cuarenta años en el desierto hasta que se les diera una nueva oportunidad de llegar a la frontera de la tierra prometida (Nm 14:21-23; 34,35; 33:49).
La incredulidad suele llevar a la perversión. La fe es el sometimiento de nuestra inteligencia a la revelación divina; la incredulidad se opone a Dios, lo contradice, y por eso es impotente en términos espirituales. Pero puede ser usada con provecho por el demonio para extender su influencia maligna.

“Traédmelo acá”. Pese a estar molesto con la incredulidad de la gente, Jesús no deja de apiadarse del que tiene necesidad de un toque de su poder. Cuando toda ayuda humana falla, la puerta de la misericordia divina está siempre abierta para el que la necesita.
18. “Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.”
Como en tantas ocasiones, bastó que Jesús ordenara al demonio que salga de la persona atormentada para que el espíritu malo obedezca, no sin antes sacudir violentamente al muchacho, según Marcos, dejándolo como muerto, a tal punto que “muchos decían: Está muerto. Pero Jesús tomándolo de la mano, lo enderezó y se levantó” (Mr 9:26,27) (2). A partir de ese momento el muchacho quedó sano, es decir, no volvió a presentar los síntomas que antes lo aquejaban.
Pero sus discípulos se quedaron inquietos:
19. “Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?”
Era natural que ellos se hicieran esa pregunta. Al elegir a los doce Jesús les había dado autoridad sobre los espíritus malignos (Mt 10:1,8). En otra ocasión Él había enviado en misión a los setenta que había escogido para que sanaran enfermos (Lc 10:1,9), y ellos habían retornado asombrados de que los demonios se les sujetaran en su nombre. En ese momento Él les confirmó a esos discípulos la “potestad de hollar serpientes y escorpiones”, (Lc 10:17-19), facultad que se extiende a todos nosotros, si tenemos fe suficiente para hacerlo. ¿Pero por qué esta vez ellos no habían podido liberar al joven del demonio que lo poseía?
20. “Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará, y nada os será imposible.”
La respuesta de Jesús es intrigante. Porque carecéis de la fe necesaria; esto es, de la fe que hubiera podido hacer que vosotros reprendierais al demonio con una autoridad irresistible. Para explicarse Jesús emplea enseguida el lenguaje paradójico que tanto le gustaba usar: Opone el tamaño minúsculo de la fe al de la inmensa montaña que puede mover. Si tuvierais una fe tan pequeña como la más pequeña de las semillas del campo, podríais ordenar a un monte que se desplace, y el monte os obedecería. No hay nada que la fe, cuando es sólida y profunda, y excluye toda duda, no pueda alcanzar (cf Mr 11:23). En cierta medida Dios nos ha confiado una parte de su poder al darnos la fe.
La frase: “Nada os será imposible” es un eco de la frase que el ángel le dijo a María en la anunciación: “No hay nada imposible para Dios”, refiriéndose al hecho de que su pariente Isabel pudiera concebir en su vejez (Lc 1:37), lo que recuerda la promesa que Dios le dio a Abraham, asegurándole que su esposa Sara, anciana y estéril, concebiría un hijo (Gn 18:14).
¿Somos nosotros conscientes del poder que Dios nos ha dado? ¿Lo usamos cuando es necesario y las circunstancias lo justifican? ¡Pero cuántas veces por nuestra falta de fe no alcanzamos las cosas que deseamos lograr! El reproche que Jesús dirigió a sus discípulos nos alcanza también a nosotros: Por nuestra falta de fe. ¿Y cómo hacer que nuestra fe aumente? Es el mismo pedido que los discípulos hicieron una vez a Jesús (Lc 17:5). Nuestra fe aumenta en la medida en que cultivemos nuestra intimidad con Dios, y en la medida en que usemos la poca o mucha fe que tenemos.
Sin embargo, Jesús concede que hay demonios cuya expulsión demanda un especial esfuerzo:
21. “Pero este género no sale sino con oración y ayuno”.
Esto es, se requiere fortalecernos con una oración más intensa, y con el ayuno que potencia nuestras facultades espirituales. Esto es algo que se aplica a muchos campos de nuestra vida cristiana. Todas las gracias son gratuitas en términos de dinero. Por eso se les llama “gracias”. Pero tienen, a su vez, un costo espiritual tanto mayor cuanto más alto sea lo que deseamos alcanzar.
Notas: 1. Este reproche se parece a las palabras que Moisés dirigió al pueblo de Israel: “Generación torcida y perversa.” (Dt 32:5b; cf Flp 2:15).
2. Si nosotros queremos ser levantados de nuestra condición de frustración y debilidad, lo primero que tenemos que hacer es tomarnos de la mano de Jesús, que siempre está dispuesto a extendérnosla; y en segundo lugar, debemos dejar que Él nos enderece y nos corrija, para que pueda llevarnos por los caminos por los cuales debemos andar siguiendo sus pasos.
Consideraciones adicionales. El notable comentarista anglicano J.C. Ryle observa, a propósito de este episodio, que con frecuencia Satanás ejerce un dominio sobre la juventud que es de peores consecuencias que el que se describe en este pasaje: “Parecen ser esclavos de la voluntad del maligno, y haber cedido del todo a sus tentaciones. Desechan el temor de Dios y violan sus mandamientos; rinden culto a la concupiscencia y al deleite; se entregan a toda clase de desórdenes y excesos… Son, en una palabra, esclavos voluntarios de Satanás.”
Esta observación es muy justa, y yo mismo lo he podido comprobar alrededor mío en mi juventud. Sin embargo, agrega él, que no por eso debemos perder la esperanza respecto de esos jóvenes, porque el poder de nuestro Señor Jesucristo es infinito para salvar. “Por duros que parezcan sus corazones, son susceptibles de conmoverse; por profunda que parezca su corrupción, aún pueden ser reformados”. Por eso sus padres y maestros no deben dejar de orar por ellos.
Hay quienes hacen un paralelo entre el espíritu maligno que se apodera del muchacho y el espíritu de la guerra que en ocasiones se apodera de las personas y de las naciones, que los hace botar figuradamente espumarajos de cólera y odio, llegando a los límites de la histeria, como se vio en la última guerra mundial; un espíritu fanático frente al cual las iglesias, conscientes de lo que se venía, se vieron impotentes; o peor aún, con el cual en algunos casos colaboraron, aun sabiendo los terribles estragos y el gran sufrimiento que causan las guerras.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#873 (22.03.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 17 de abril de 2015

LA CONFESIÓN DE PEDRO III

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA CONFESIÓN DE PEDRO III
Un Comentario de Mateo 16:18-20
Después de haber examinado en el artículo anterior lo que Jesús dice acerca de Pedro en el vers. 18, veamos enseguida lo que Jesús dice ahí acerca de la iglesia.
Jesús le dice a Pedro: “sobre esta roca edificaré mi iglesia.” Subrayo el pronombre “mi” porque la iglesia es suya, es Él quien la edifica y es a Él a quien pertenece.
Es notable que la palabra “iglesia”, que ocupa un lugar prominente en el libro de los Hechos, aparezca sólo dos veces en boca de Jesús y en los evangelios: en este pasaje, y en Mt 18:17, cuando Él habla de la solución de entredichos entre creyentes.
Esta palabra, “ekklesía”, viene del verbo ekkaleo (convocar, congregar), de modo que su sentido primario es el de una asamblea de ciudadanos, como la que se menciona en Hch 19:39, pasaje en el que la palabra griega que es traducida por “asamblea” es ekklesía.
Pero Pablo en tres ocasiones se refiere a la “iglesia” en casa de alguien (Rm 16:5; Col 4:15; Flm 2). En este caso la iglesia es un grupo de personas que celebra reuniones de culto de manera regular en casa de un creyente.
En el lado opuesto vemos que en la Septuaginta, la palabra ekklesía es usada para traducir la palabra hebrea qahal (congregación, convocación, asamblea) como en Sal 22:22, la cual, como es el caso de ekklesía, viene también de un verbo que significa “convocar”.
Pero el sentido en el cual Jesús parece usar esta palabra tiene un significado espiritual más profundo, que apunta al que aparece con claridad en Ef 1:22, por ejemplo, donde se afirma que la iglesia es el cuerpo de Cristo (cf Col 1:18,24). Él usa esta palabra en oposición conciente a la otra palabra con que se solía traducir qahal, esto es, “sinagoga”.
Todos los cristianos son miembros de esta congregación que es edificada “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Ef 2:20). En ella sus miembros son “piedras vivas”, edificadas como “casa espiritual” y cuya “cabeza del ángulo” es la piedra que los edificadores anteriores desecharon y que, por ese motivo, se convirtió en piedra de tropiezo para muchos (1P 2:4-8).
Es interesante notar que mientras que a la congregación, o casa de Israel, se pertenecía por nacimiento físico, a la iglesia, o congregación de los santos, se pertenece no automáticamente al nacer, sino en virtud de un nuevo nacimiento diferente, de orden espiritual, como le explicó Jesús a Nicodemo (Jn 3:3-6), por el cual el Espíritu Santo viene a morar en el creyente. Por ello a la iglesia, cuerpo de Cristo, pertenecen no necesariamente todos los llamados –que son muchos- sino sólo los escogidos –que son pocos (Mt 20:16; 22:14).
Jesús continúa diciéndole a Pedro en 16:18b: “Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”
El Hades, o Sheol, no es aquí el lugar de tormento, lo que nosotros llamamos “infierno” (aunque con frecuencia la frase es traducida como “las puertas del infierno”), sino simplemente el poder o dominio de la muerte. El significado básico de esta frase es que la iglesia no será tocada o absorbida por la muerte, sino que subsistirá eternamente, porque eterno es el que la fundó y sostiene, Aquel que constituye su fundamento.
Ésta es una predicción muy osada si se tiene en cuenta, primero, que todas las instituciones humanas son pasajeras; y, segundo, que fue dicha por un maestro itinerante, en un pequeño país dominado por fuerzas extranjeras, y que Él mismo no contaba con ningún apoyo ni sello de aprobación oficial que pudiera dar cierta semblanza de credibilidad a sus palabras.
La expresión “Las puertas del Sheol” (o del Hades) es muy común en la literatura pseudoepigráfica, y en la literatura griega, y es usada en el Antiguo Testamento para significar la cercanía de la muerte, como en el caso del rey Ezequías cuando, habiendo enfermado, estaba a punto de morir, y después de llorar, exclamó: “A la mitad de mis días iré a las puertas del Sheol; privado soy del resto de mis años.” (Is 38:1-10. Pasar a través de esa puerta es morir. (Como sabemos, en respuesta a su oración, Dios le prometió, por boca de Isaías, quince años de vida adicionales.) Expresiones similares se encuentran en Jb 38:17 y en los salmos 9:13 y 107:18. (Nota 1)
En Hebreos se dice que Jesús por medio de su muerte destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (2:14). Satanás es el enemigo jurado de la iglesia, que ha suscitado, y sigue suscitando, enemigos de la iglesia que lucharán contra ella, buscando destruirla, como vemos claramente en nuestros días.
Ése es el poder de las tinieblas que trata de arrastrar al mayor número de almas a su reino, y que ve en la predicación del Evangelio el más grande obstáculo para sus propósitos malignos. Y por eso conspira junto con sus aliados humanos para destruir la obra que hace la iglesia, o para pervertirla o destruirla, suscitando persecuciones contra sus miembros fieles, suscitando falsas doctrinas y herejías que desvirtúan su mensaje, extraviando a los incautos; o inventando “religiones” rivales que atraen a los creyentes, y que le hacen la guerra al cristianismo tratando de que desaparezca. El salmo 83 describe figuradamente esos esfuerzos: “Oh Dios, no guardes silencio; no calles, oh Dios, ni te estés quieto. Porque he aquí que rugen tus enemigos, y los que te aborrecen alzan cabeza. Contra tu pueblo han consultado astuta y secretamente, y han entrado en consejo contra tus protegidos.” (vers 1-3)
Vemos cómo en nuestros días un espíritu de incredulidad se ha difundido por los países que eran antes cristianos, y que en el pasado llevaron valientemente el Evangelio a costas y continentes lejanos. Hemos leído recientemente que en Inglaterra, un país que se distinguió en el pasado por el número de misioneros evangélicos que envió por el mundo, una gran cadena hotelera, con más de quinientos locales, ha decidido terminar con la antigua costumbre de poner un ejemplar de la Biblia en cada una de sus habitaciones. Aduce para ello “razones de diversidad”. Es sabido también que muchas empresas, y algunas líneas aéreas de ese país, prohíben a sus empleadas llevar una cruz, u otro emblema cristiano, como adorno. El Reino Unido se ha convertido, en efecto, según estadísticas recientes, en uno de los países más descreídos del mundo.
Las palabras de Jesús no garantizan que la iglesia no sufrirá persecuciones, sino que, a pesar de todas ellas, y en medio de la furia del mundo que busca destruirla (2Cor 4:9), Jesús no la abandonará, sino que la sostendrá hasta el fin de los tiempos, según su promesa (Mt 28:20). De hecho, sabemos por la historia que los cristianos fueron perseguidos ferozmente en Israel desde el nacimiento de la iglesia, habiendo sido Pablo antes de su conversión, uno de sus más encarnizados perseguidores; y empezaron a serlo en el Imperio Romano, a partir del año 64 DC por decreto del emperador Nerón, que los acusó falsamente de ser culpables del incendio de Roma, que él mismo había provocado, y que luego fueron perseguidos por sucesivos emperadores hasta inicios del siglo IV.
19. “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”
La expresión “las llaves del reino” evoca una costumbre difundida en la antigüedad: la de entregar al vencedor de una batalla las llaves de la ciudad cuando entraba en ella victorioso (2). Era un gesto simbólico y, a la vez, práctico, porque con frecuencia el vencedor reemplazaba en el gobierno al que ejercía el poder anteriormente.
En un sentido elemental, el que posee las llaves de una casa tiene, primero, la capacidad de abrir y cerrar las puertas para dejar entrar y salir, o para prohibir el ingreso y la salida. En un sentido figurado, Jesús reprocha a los intérpretes de la ley el haber quitado, o sustraído, la llave de la ciencia, (esto es, del conocimiento de la palabra de Dios), sin que ellos entraran al mismo; y, al mismo tiempo, les reprocha impedir que otros lo hagan (Lc 11:52). En Isaías 22:22 Dios dice que pondrá sobre el hombro del sacerdote Eliaquim la llave de la casa de David, “y abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá.”
De otro lado, el administrador, o mayordomo, (el ama de llaves en nuestro tiempo) tiene las llaves de los depósitos, de las alacenas y de los cajones, para guardar y almacenar, o para sacar lo que sea necesario.
A Pedro se le dio, por tanto, la capacidad de abrir y explicar las verdades del Evangelio a los que las ignoraban, y con ella la misión de predicar, primero a los judíos, y luego a los gentiles, como él hizo efectivamente en Pentecostés, en un caso (Hch 2:14-40), y en el otro, cuando fue a la casa de Cornelio, y no sólo les predicó sino hizo que fueran bautizados (Hch 10). Este encargo fue por supuesto después ampliado a todos los apóstoles, y a la iglesia entera, cuando Jesús les dio el encargo de ir y hacer discípulos en todas las naciones (Mt 28:19,20). Los ministros del Evangelio tienen las llaves de un tesoro que está a su cuidado para ponerlo a disposición de otros que han de ser bendecidos y enriquecidos por ellos, así como son administradores de los misterios y “de la multiforme gracia de Dios” (1Cor 4:1; 1P4:10).
En la literatura rabínica la expresión “atar y desatar” tiene el sentido de prohibir y permitir, ser estricto o ser laxo. Así se decía, por ejemplo, que la estricta escuela de Shammaí ataba lo que la escuela liberal de Hillel desataba.
Inspirado en ese uso, lo que Jesús le está diciendo a Pedro con esta frase es que Dios avalaría todo lo que lo que él prohíba o disponga en la tierra respecto de la vida de la iglesia. Nótese, sin embargo, que en Mt 18:18 Jesús hizo extensivo este poder a todos los apóstoles y, por extensión implícita, a la iglesia, incluyendo el poder de perdonar, o no perdonar los pecados (que es lo que retener quiere decir), que Él confirió a sus discípulos al aparecérseles después de su resurrección (Jn 20:22,23). Esta facultad sólo puede ser ejercida de una manera responsable, porque el que la ejerza tendrá que dar cuenta ante el tribunal de Dios de cómo lo haga.
Así por ejemplo, podría decirse que en el Concilio de Jerusalén, convocado unos años después de la muerte de Jesús para resolver algunas controversias que habían surgido respecto de la necesidad de que los gentiles que creyeran en Jesús se circuncidaran y se abstuvieran de comer los alimentos prohibidos por la ley de Moisés, Pedro recomendó desatar lo que los judaizantes querían atar (Hch 15:7-11). Al no exigir que los cristianos no judíos se circuncidaran y respetaran las normas alimenticias de la ley, el Concilio estaba usando la autoridad de desatar que Jesús le había otorgado a Pedro y a los apóstoles en forma colegiada y, por tanto, a toda la iglesia reunida.
Pablo da cuenta del hecho de que los cristianos no están obligados a guardar los días, los meses, los tiempos y los años (Gal 4:9,10), así como tampoco los días de fiesta, las lunas nuevas y los días de reposo (Col 2:16), que los judíos de la sinagoga estaban obligados a guardar. Éstos seguían atados por normas que para aquéllos habían sido desatadas. En adelante (según Gal 3:28; Hch 10:28; 11:2,3,18) a los cristianos les estaba permitido (desatado) tener trato con gentiles, entrar en sus casas y comer con ellos, algo que a los judíos les estaba estrictamente prohibido (atado). La novedad que para el partido de la circuncisión significó ese cambio explica el reproche indignado que le dirigen a Pedro cuando regresa de casa de Cornelio: “¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos y has comido con ellos?” (Hch 11:3).
20. “Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que Él era Jesús el Cristo.”
¿Por qué Jesús no quería que sus discípulos divulgasen que Él era el Mesías esperado por Israel? Porque esa revelación habría frustrado el plan de salvación del género humano concebido por Dios, que consistía en que Jesús fuera crucificado en expiación de los pecados de todos los hombres. De haber sido conciente el pueblo de quién era Jesús en realidad, no lo hubieran acusado ante los romanos, ni habrían exigido que fuera ejecutado.
Sin embargo, puede decirse que Jesús dio suficientes signos durante su vida pública de que Él era el Mesías y el Hijo del Dios vivo. Pero el reconocer estas señales estaba reservado para aquellos a quienes Dios había escogido otorgar esa gracia. Eso no libra, empero, a sus acusadores de la responsabilidad de su ceguera. La mesianidad y deidad de Jesús debían ser reveladas al mundo plenamente sólo una vez que Él hubiera resucitado. (3)
Es de notar que, de haberlo sido antes, la revelación de que Jesús era el Mesías hubiera excitado el fanatismo de las masas que esperaban la aparición de un rey guerrero que empuñara las armas y se rebelara contra los romanos (4). Esa sublevación masiva ocurriría de hecho cuarenta años después, y conduciría al aplastamiento sangriento de la rebelión, y a la destrucción del templo de Jerusalén que Jesús había previsto y anunciado (Lc 21:5,6, 20-24, Mt 24:1,2; Mr 13:1,2), como castigo porque la ciudad no conoció el día de su visitación (Lc 19:43,44).
Notas: 1. Las puertas de las ciudades en la antigüedad solían ser lugares fortificados, coronados por torres, porque en la guerra eran el primer objetivo de los que atacaban una ciudad para apoderarse de ella. De allí que la expresión. “tomar las puertas de una ciudad” era sinónimo de conquistarla.
2. Todavía en nuestros días se entrega una copia de las llaves de la ciudad a los visitantes distinguidos para honrarlos.
3. No es la primera vez que Jesús no desea que sus milagros se divulguen (Mt 8:4; 9:30). De igual manera Jesús prohibiría más adelante a sus discípulos que revelaran lo que habían visto en la transfiguración hasta después de su muerte (Mt 17:9).
4. Para evitar precisamente que los que habían sido alimentados en la multiplicación de los panes, asombrados por el milagro, quisieran proclamarlo rey, Jesús se retiró al monte a orar en forma discreta (Jn 6:14,15).
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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