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miércoles, 22 de febrero de 2017

LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ
Un Comentario de Proverbios 10:24-27
24. “Lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean.”
El temor es la fe de los impíos, de los que no creen en Dios, que atraen sobre sí lo que temen. Temen a los hombres, a lo que ellos pueden hacerles. Pero no temen a Dios y si le temen, le temen sin esperanza. En cambio, el justo le teme y confía.
            El temor es fe a la inversa. Los que creen (es decir, temen) reciben aquello en que ponen su fe (es decir, su temor). Como el justo tiene puesta su confianza en Dios, lo que desee lo desea con fe, y por eso lo recibe. Dicho de otro modo, tanto la fe como el temor atraen a su objeto.

            Eso ocurre incluso con los justos, como atestigua Job: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía.” (3:25). Y lo anuncia sarcásticamente el proverbista respecto de los simples que no hacen caso de las reprensiones de la sabiduría: “También yo me reiré de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere los que teméis.” (Pr 1:26; cf v. 27; Is 66:4).
            El impío recibe no lo que desea sino lo que es indeseable, y que intuye con temor que   le va a venir. Su temor es no sólo la voz de su conciencia que él trata de acallar, sino la voz de su entendimiento, que percibe cuáles serán las consecuencias inevitables de sus actos. Sabe, aunque no quiera verlo, que a la larga uno cosecha lo que siembra (Gal 6:7). En términos simples: El que daña, se hace daño. O como dice otro proverbio: “Al que busca el mal, éste le vendrá.” (11:27b). En cambio Dios se inclina hacia el justo y se complace en satisfacer sus deseos, porque nunca le desea mal a nadie (11:23a): “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios.” (Sal. 21:2; cf 20:4; 37:4; 145:19).
            “Pero a los justos les será dado lo que desean.” ¡Qué contraste formidable! El impío recibe lo que teme; el justo, lo que desea. El primero lo que no quisiera; el segundo, lo que desea. En el primero, es el temor lo que atrae lo que recibe; en el segundo, es el amor,  porque desear es amar.
            En la historia sagrada hay varios ejemplos de impíos que reciben lo que temen, justamente por el medio que emplean para impedir que les sobrevenga. Uno de los más instructivos es el del rey Acab de Israel, que se había aliado con Josafat, rey de Judá, con el propósito de recuperar la ciudad de Ramot de Galaad, que había caído en poder de los sirios. Acab temía que él pudiera morir en el enfrentamiento, tal como el profeta Micaías había predicho. Por ello le propuso a Josafat intercambiar sus ropas, de manera que los que se propusieran matarlo, no lo atacaron a él sino a su aliado. Su astucia estuvo a punto de tener éxito porque los sirios atacaron a Josafat pensando que era Acab. Pero cuando se dieron cuenta de que no lo era, lo dejaron. Entonces un hombre (no sabemos de qué bando) tomó su arco y disparó una flecha a la ventura, que fue a caer sobre Acab, hiriéndolo de muerte (1R 22:10-37). Por más precauciones que él tomara, lo que Dios había decretado que sucediera, y que él temía, le ocurrió.
            Por el lado contrario, vemos que Dios nos asegura que nosotros tendremos las cosas buenas que le pedimos (1Jn 5:14,15; cf Jn 16:23), según dice un salmo: “Abre tu boca y yo la llenaré.” (Sal 81:10b). La condición, sin embargo, es que todo lo que pidamos sea bueno (Pr 11:23a), y no como a veces, en un momento de depresión, pudiéramos desear, tal como ocurrió con Elías y Jonás, que desearon morir cuando aún tenían mucho que hacer para Dios (1R 19:4; Jon 4:3).
25. “Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre.”
El impío es, en efecto, como un torbellino o un huracán que pasa raudo y todo lo destruye a su paso, pero no dura y al poco tiempo desaparece: “Vi al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.” (Sal. 37: 35, 36; cf v.10; 73:19; Jb 20:4-9).
El justo, en cambio, es como un roble que tiene sus raíces firmemente plantadas en la tierra. El torbellino puede afectarlo, pero no desarraigarlo: “Lo que confían en Jehová son como el monte de Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre.” (Sal. 125:1; cf Pr. 12:3; 1Jn 2:17).
            Aunque pueda parecer débil, el justo es como la brisa que refresca, que es duradera, y cuando falta, se le extraña. Pero nadie desea que venga el torbellino.
            Él es como la piedra angular sobre la que reposa el edificio. Nadie la ve. Está escondida en tierra, pero sin ella el edificio no se sostendría. Él no será removido jamás porque está plantado sobre la roca firme que es Jesucristo (Mt 7:24,25), la piedra angular por excelencia (Sal 118:22).
            Juan Crisóstomo hace una observación interesante, basada en el texto ligeramente diferente de la Septuaginta (que era la versión del Antiguo Testamento que los cristianos de habla griega usaban en los primeros siglos): Cuando viene el torbellino de la tentación el impío no permanece firme, sino cede a ella y peca, porque no sabe resistirla. En cambio el  justo, acostumbrado como está a buscar siempre el bien en todo, sabe resistirla, y por eso permanece firme en la gracia de Dios hasta alcanzar la vida eterna.
26. “Como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos, así es el perezoso a los que lo envían.”
¿Cuál es el efecto que el vinagre, y todo ácido, tiene sobre los dientes? Hace que sus raíces, aunque estén ocultas, y toda parte cariada, duelan. ¿Y qué ocurre cuando el humo nos envuelve? Nuestros ojos se irritan y lagrimean, y no podemos ver bien. Así de enojoso es el perezoso para quienes lo emplean.
            El que confía a un perezoso un encargo urgente esperará en vano que lo cumpla, porque encontrará mil excusas para no partir, y cuando lo haga, se detendrá cansado a cada rato en el camino, o se distraerá conversando con la gente que encuentre. No tiene prisa en cumplir su cometido. Y puede ocurrir que cuando llegue habrá olvidado lo que tenía que decir o hacer. Por eso, estando advertido, tan culpable es el perezoso que no cumple bien el encargo que se le confió, como el que lo envió, porque no supo escoger bien al mensajero. Si después la frustración le hace llorar, no tendrá a quién quejarse, porque le dirán: ¿No sabías tú que este perezoso no es confiable? Pusiste tu dinero en un bolsillo roto. No te quejes, pues, de tu pérdida (Pr 13:17a; 26:6).
            El personaje del perezoso ocupa un lugar importante en el libro de Proverbios, y está muy bien descrito (Nota). De él se dice que así como la puerta gira sobre sus goznes, pero no se mueve de su sitio, el perezoso se revuelve en su cama, pero no sale de ella (26:14), se entiende, para hacer lo que le toca hacer, y de esa manera lo va postergando. Da como pretexto la excusa más ridícula: el león está en la calle y en los caminos, y si salgo expongo mi vida (22:13; 26:13), como si ya no lo hubieran matado si fuera cierto lo que teme. Es tan perezoso que, estando en la mesa, prefiere pasar hambre a hacer el pequeño esfuerzo de llevar el bocado del plato a la boca (19:15; 26:15). Es tan necio en su vana opinión de sí mismo, que él, que nunca estudió ni investigó nada, se considera más sabio que los que por el estudio diligente y su experiencia de vida, están en condiciones de dar consejos útiles a la gente que se los pide (26:16).
            A menos que haya heredado mucho dinero, no dejará de sentir algún día las consecuencias de su negligencia, cuando la pobreza inexorable asome a su puerta (6:9-11; cf 24:32-34). Así actúa pese a que tiene el ejemplo del más pequeño de los insectos, la hormiga, que por instinto, y sin que nadie se lo ordene, acopia su comida en la estación favorable (6:6-9).
            Si es agricultor, evita el esfuerzo de arar su campo en invierno, de modo que no puede sembrar, y menos podrá cosechar cuando todos lo hagan en verano (20:4), provocando la compasión y las críticas burlonas de sus vecinos. Llegará el momento en que, como se negó a trabajar cuando debía (21:25), su vida se llenará de dificultades, de las que está exento el recto que es diligente (15:19).
27. “El temor de Jehová aumentará los días; mas los años de los impíos serán acortados.”
Esta es la primera vez que el concepto del temor de Dios aparece en la segunda parte del libro de Proverbios que empieza en este capítulo.
En este proverbio se señala que el temor de Dios es un factor positivo en la duración de nuestra vida. El que teme a Dios tenderá a vivir más años que el que no le teme (9:11). ¿Por qué la diferencia? El temor de Dios tiene este efecto positivo: Nos ayuda a regular nuestra vida de una manera racional y sana. Nos aleja de vicios que podrían afectar nuestra salud, y nos preserva de situaciones comprometedoras y peligrosas. Nos ayuda a mantener buenas relaciones con allegados y parientes, así como con extraños, lo cual aparta de nosotros las tensiones que pueden causar las relaciones humanas tirantes o desagradables. En fin, y sobre todo, el temor de Dios nos aleja del pecado, proporciona paz a nuestra alma y nos colma de satisfacciones espirituales.
La contraparte (que la vida del que carece de temor de Dios es corta) se desprende sola y no necesita de pruebas. Eso es algo, además, que la experiencia con multitud de ejemplos demuestra (Ecl 8:12,13). La existencia de las personas que llevan vidas irregulares, entregadas al vicio y proclives a acciones deshonestas, suele ser corta, sea porque las malas costumbres arruinan su salud, sea porque exponen su vida a peligros en los que el que teme a Dios no incurre (Jb 15:32).
El temor de Dios es una gracia multiforme que abarca muchas cosas, siendo como es el principio, o fundamento, de la sabiduría (Pr 1:7). El temor de Dios nos hace sabios, mientras que su ausencia nos vuelve necios. Porque carece de temor de Dios, el impío vive lleno de temores, reales o imaginarios. Teme a los que odia; teme la venganza de los que de alguna forma perjudicó, o hizo daño. Él sabe en el fondo de su corazón cuánta verdad encierra el proverbio que comentamos al inicio de este artículo: “Lo que el impío teme, eso le vendrá.” Porque su conciencia lo acusa, carece de paz y esa carencia afecta su salud.
Con frecuencia la vida de los que no temen a Dios es cortada de golpe, como ocurrió con los dos hijos impíos del sacerdote Elí, a los que su padre no corrigió como debiera haber hecho en su momento (1Sm 2:12-17,34; 3:11-14; 4:11); o con Ananías y Safira, que le mintieron al Espíritu Santo (Hch 5:1-10).
El que teme a Dios sabe que al final de su vida terrena sus días se prolongarán en el día sin ocaso en que no habrá necesidad de sol ni de luna para alumbrarnos, porque Jehová será nuestra luz perpetua (Is 60:19; cf Ap 21:23; 22:5).
Nota: Derek Kidner le dedica un interesante estudio en su libro “Proverbios”.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#934(17.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 18 de enero de 2017

LA OBRA DEL JUSTO ES PARA VIDA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA OBRA DEL JUSTO ES PARA VIDA
Un Comentario de Proverbios 10:16-19
16. “La obra del justo es para vida; mas el fruto del impío es para pecado.”
La NVI traduce más correctamente: “El salario del justo le trae vida, pero el ingreso del impío le trae castigo.”
            En este proverbio de paralelismo antitético no se opone “vida” a “muerte” sino a “pecado”, pero eso no disminuye el contraste entre ambos esticos, ya que el pecado lleva a la muerte. Sin embargo, el hecho de que el autor use esa palabra y no la que pareciera más natural, señala la sutileza de su pensamiento. El fruto, es decir, la obra, o la consecuencia de las acciones del impío, conducen a que él mismo peque aún más, o a que otro peque, estimulado por su mal ejemplo, o por el deseo de venganza que los actos violentos del impío provocan.
            En suma, el impío es un foco que irradia maldad y contagia de su maldad a otros. Pensemos solamente en los escritos perversos y desmoralizantes, en las incitaciones al pecado de mucha literatura moderna que es premiada y elogiada por la crítica, y por instituciones de prestigio, por ser “transgresora”, esto es, de la moral tradicional que, a su vez, es vilipendiada tildándola de atrasada y retrógrada. O pensemos en el cinema llamado artístico, con sus escenas crudamente pornográficas que contaminan el alma. En cambio, la obra buena del justo no sólo atrae la recompensa de Dios, sino que también estimula a otros a seguir el mismo camino que los bendecirá también a ellos. (Pr.11:18a)
            Todo lo que el justo hace, todo lo que él emprende, incluyendo su oficio o profesión, sea cual fuere, pero también sus oraciones, conduce a la vida propia y ajena, mientras que las consecuencias del obrar del impío, y las palabras que él pronuncia, conducen al pecado, cuya paga es muerte (Rm 6:23).
La actuación del justo tiene ese feliz resultado porque él lo hace todo para la gloria de Dios (1Cor 10:31), que trabaja con el justo y a través de él (Is 26:12). Como dice Pablo: “Él es quien produce en nosotros así el querer como el hacer.” (Flp 2:13). Sería bueno que comprendamos bien y que interioricemos las palabras de Jesús: “Sin mí nada podéis hacer.” (Jn 15:5)
Según I.H. Ironside este proverbio es una manera de decir en términos del Antiguo Testamento lo que Pablo dice en Romanos 8:6: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.”
Aunque el salario que recibe el justo por su labor honesta no haga de él un hombre rico “mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos pecadores.” (Sal 37:16)
Por su lado, el impío sólo vive en función de su ego, de sus intereses personales. Como se enriquece obrando sin escrúpulos, vive en pecado, y al fin cosechará muerte (Pr 21:4).
Franz Delitzsch (Nota 1) anota que el ingreso del impío no es necesariamente el fruto de su propio trabajo. Pudiera ser fruto del trabajo ajeno, que él explota para su propio beneficio. Eso es un grave pecado que Dios condena, y lleva a la muerte eterna al que no se arrepiente de él.
17. “Camino a la vida es guardar la instrucción; pero quien desecha la reprensión, yerra.”

Lo que este proverbio dice puede ser considerado superficialmente una perogrullada: hacer caso de los consejos, o de las reprimendas de los mayores, y de las personas experimentadas produce buenos resultados, pero el que ignora los buenos consejos, sobre todo si son desinteresados, está equivocado y cosechará los frutos de su soberbia y ligereza. Porque ¿qué verdad más evidente que ésta? No se requiere de la Biblia para reconocer su acierto.
Sin embargo, si se mira más hondamente se puede percibir que ese dicho que pareciera de Pero Grullo, esconde verdades no tan evidentes a primera vista. ¿A qué llama el proverbista “camino de vida”? Sin duda a la conducta sabia que asegura nuestra prosperidad, o nuestro éxito, o que procura nuestra salvación –aunque es probable que el proverbista no tuviera en mente esto último.
El que escucha dócilmente las reprensiones sin rebelarse encontrará el camino de la sabiduría, y su recompensa será grande: “Bienaventurado el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día…” (Pr 8:34), dice la sabiduría. Y tanto más será premiado cuanto más aprecie los consejos que recibe. Pero la sabiduría sigue diciendo: “Porque el que me halle, hallará la vida, y alcanzará el favor de Jehová.” (8:35). Ya nos hemos encontrado en capítulos anteriores advertencias semejantes: “Porque el  mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, y camino de vida las reprensiones que te instruyen.” (6:23). Si somos asiduos lectores del libro de Proverbios, deberíamos tenerlas bien grabadas en nuestra mente. La sabiduría además advierte: “Mas el que peca contra mí, defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte.” (8:36). Y en otro lugar señala que “el que aborrece la reprensión es ignorante” (12:1b) del fin trágico al que puede llevarlo su terquedad.
En la historia de Judá tenemos el caso del rey Asa que hizo lo recto delante de Dios durante la mayor parte de su reinado, pero que en un momento difícil hizo alianza con un rey pagano para luchar contra su rival, el rey de Israel, en lugar de apoyarse sólo en Dios, que lo había sostenido en sus guerras anteriores. Disgustado con su conducta, Dios le mandó al profeta Hanani a reprenderlo, pero Asa, en lugar de aceptar la corrección del profeta, lo echó en la cárcel. Tres años después, en que no dejó de tener guerras, Asa enfermó gravemente de los pies, pero no buscó tampoco a Dios en su enfermedad, sino a los médicos, y murió poco después (2Cro 16:7-13). En su caso se cumplió lo que advierte Pr 15:10b: “El que aborrece la corrección, morirá.”
En ese pasaje de Crónicas hay una frase que no puedo dejar de citar porque contiene una gran verdad: “Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra para mostrar su poder a favor de los que tienen un corazón perfecto para con Él.” (v. 9a). Dios nos está mirando constantemente, observando nuestra conducta, eventualmente, cuando fuere necesario, para intervenir en defensa nuestra. ¿Tenemos un corazón perfecto para con Él? Si la respuesta es positiva Él está cien por ciento de nuestra parte.
¿Qué cosa es “guardar la instrucción”? Primero, escucharla atentamente; segundo, sopesarla con cuidado; y tercero, ponerla en práctica. Si falta uno de estos tres pasos, sobre todo el tercero, erramos, porque en realidad, la rechazamos.
Rechaza la corrección no sólo el que se niega a escucharla, sino también el que evita la compañía de los que pudieran corregirlo e instruirlo. Ya sabe en el fondo lo que le van a decir, y no quiere oírlo. El que tal hace inevitablemente se desvía del camino que lleva a la vida, para errar por senderos que lo conducen a un precipicio. Su caso no sería tan triste si él no arrastrara en su error a muchos que se extravían al seguir su ejemplo. Al respecto otro proverbio advierte: “El que hace errar a los rectos por el mal camino, él caerá en su misma fosa.” (Pr 28:10a)

18. “El que encubre el odio es de labios mentirosos; y el que propaga calumnias es necio.”
Aquí se habla de dos clases de personas, o de dos formas de comportarse, que pueden coincidir en la misma persona. El que encubre, o disimula su odio, finge tener sentimientos contrarios; alaba y adula a la persona que odia, diciéndole cosas opuestas a lo que siente. No habla verdad sino mentira. Huye de él porque de ordinario es la envidia lo que motiva su conducta hipócrita, y tratará por todos los medios de hacerte daño. Proverbios nos advierte claramente contra esa clase de personas (26:24-26).
Propagar calumnias es una táctica diferente. No se contenta con calumniar, sino se dedica a difundir esas falsedades con el objetivo de destruir el buen nombre, o el prestigio del objeto de su odio. En la política de nuestro medio hemos visto muchos ejemplos de esta perfidia, que con mucha frecuencia obtiene el fin que persigue. Al que actúa de esa manera la Escritura lo llama “necio”, porque ignora que algún día él mismo beberá del vino ponzoñoso que mezcló para otro. Podría también llamársele “bribón” o “granuja”.
            No siempre ocurre que se den ambas conductas es una misma persona, aunque en el Salmo 41 David describe a alguien que a la vez finge tenerle simpatía, mientras que por detrás habla mal de él (vers. 5-8).
            Respecto del encubrir el odio tenemos varios casos en las Escrituras. El primero es el de Caín, que le tenía cólera a su hermano Abel, porque Dios no miró su ofrenda con el agrado con que miró la de su hermano. Encubriendo su perversa intención, un día lo invitó a salir juntos al campo, y allí de improviso lo mató (Gn 4:3-8). Ése fue el primer homicidio de la historia.
            Otros casos son el de Saúl que, corroído por la envidia, complotó contra la vida de David, ofreciéndole engañosamente la mano de su hija Mical (1Sm 18:20-29); y el de Joab, que asesinó arteramente a sus colegas Abner y Amasa, porque no soportaba tener rivales (2S, 3:27; 20:9,10). Bien conocía David esos corazones falsos que describe con palabras acertadas (Sal 55:21).
            Falsos eran también los sacerdotes y los escribas que, fingiendo amistad con Jesús, le hicieron una pregunta capciosa acerca del tributo al César, a fin de tener algo con qué acusarlo ante los romanos (Lc 20:19-26). Y más falso aún Judas, que vendió a Jesús por treinta monedas de plata, y lo entregó con un beso a sus captores (Lc 22:1-6, 47,48).
            Respecto del propagar calumnias el Salmo 50 describe esa manera de actuar, pero asegura que Dios reprenderá al infame para vergüenza suya (v. 19-21). Nosotros haríamos bien en mirar dentro de nosotros mismos, y preguntarnos si alguna vez no hemos obrado de esta manera, siendo insinceros en nuestro lenguaje, disimulando con palabras amables la antipatía que sentimos por alguien, motivada quizá por los celos. Cuando un colega es promovido en lugar nuestro, ¿nos alegramos sinceramente con él, o dirigimos contra él nuestros dardos de odio y envidia? Si ése fuera nuestro caso deberíamos pedirle al Señor que nos perdone y nos purgue de esos malos sentimientos, y nos dé un corazón limpio como el suyo.
19. “En las muchas palabras no falta pecado, mas el que refrena sus labios es prudente.”
No falta pecado porque el que no controla su lengua tampoco controla su alma; en cambio, el que refrena sus labios también refrena su alma. (ver St. 1:26; 3:2,8).
            Alguien dijo: “La palabras ligeras pesan mucho en la balanza del Dios de justicia.” Por eso clama con razón el salmista: “Pon guarda a mi boca, oh Señor; guarda la puerta de mis labios.” (Sal 141:3).
            El que habla mucho, y de forma precipitada, tiende a hablar más rápido de lo que piensa, y por eso pueden colarse en su discurso ideas y sentimientos que no han pasado por el tamiz de la reflexión, y de los que después podría arrepentirse.
            El que refrena sus labios no deja que de ellos salga nada brusco, ofensivo, o desconsiderado, nada que dañe el buen nombre del prójimo, ni propala malas noticias, ni chismes ni murmuraciones. Tiene cuidado de con quien está hablando, y por eso dice las palabras que conviene en cada caso, para traer bendición y no perturbación a los que lo escuchan. Bien dice Salomón en otro lugar: “El que ahorra sus palabras tiene sabiduría.” (Pr 17:27a). Y “Aun el necio cuando calla, es contado por sabio.” (28a).
            Si la fuente de donde brotan las palabras, esto es, el corazón, es buena, ellas serán de edificación para los que escuchen. Pero si es mala, como se dice en Gn 6:5, entonces será mejor que el hombre calle, para no pecar con sus labios.
            ¡Con cuánta frecuencia el hombre peca con sus labios por vanidad, alabándose a sí mismo, y no dejando que otro sea el que lo haga, como aconseja el proverbista! (Pr 27:2). Olvida lo que dijo Jesús: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres…darán cuenta en el día del juicio” (Mt 12:36), añadiendo enseguida: “Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (vers. 37)
            Pero si el corazón del que habla es no sólo bueno sino santo, debemos hacer una excepción al principio que enuncia el proverbio que comentamos, porque se narra que Pablo en una ocasión habló desde la mañana hasta la media noche, al punto que un joven que estaba sentado en la ventana, se durmió y se cayó desde el tercer piso al pavimento, y todos le dieron por muerto. Y así hubiera quedado si Pablo no lo hubiera revivido abrazándolo. Ese incidente no impidió que Pablo siguiera hablando sin parar hasta el alba (Hch 20:7-12). ¿Habría pecado en las muchas palabras que habló Pablo durante casi veinticuatro horas? No, sino lo contrario, porque el Espíritu de Dios hablaba por medio de su boca.
            Si el predicador está exento de vanidad, y sólo habla lo que Dios le inspira, no habrá pecado en la multitud de palabras que profiera, sino la verdad que alimente el alma de sus oyentes. Si se mezclara vanidad en sus palabras, pudiera ser que entonces diga cosas que no conviene (Ecl 5:2).
            En verdad, hay muchos que están tan enamorados de su propia voz, que no saben callar cuando debieran, y terminan haciéndose odiosos (Sir 20:8). Hablan no porque tengan algo que decir, sino porque no saben callar. No seamos nosotros de ellos.
Nota 1. Comentarista bíblico y hebraísta del siglo XIX, autor, junto con F. Keil, de un todavía famoso comentario en diez tomos del AT. Combatió el naciente sentimiento antijudío que empezaba a manifestarse en Alemania.
Amado lector: Jesús dijo: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te exhorto a adquirir esa seguridad, porque no hay ninguna seguridad que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle humildemente perdón a Dios por ellos, diciendo:
Jesús, Yo sé que tú moriste por mí en expiación de mis pecados y que me ofreces gratuitamente tu perdón. Aunque soy consciente de que no lo merezco, yo lo acepto y te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.

#931 (26.06.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).