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martes, 24 de mayo de 2016

UNA VISIÓN DEL HIJO DEL HOMBRE I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
UNA VISION DEL HIJO DEL HOMBRE I
Un Comentario de Apocalipsis 1:9-13
9. "Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo."
El versículo se inicia con las palabras "Yo Juan" en las que el autor se nombra a sí mismo. Algo semejante se encuentra solamente en el libro de Daniel, donde se lee tres veces: "Yo Daniel" y que deben haberle servido de modelo (Dn 9:2;10:2;12:5). En su evangelio y en sus epístolas Juan no menciona su nombre. Aquí sí lo hace pero, humildemente, omite su condición de apóstol.

Terminada la introducción y el saludo inicial, el autor empieza aquí a narrar la visión que ha tenido. La inicia presentándose a sí mismo ante sus lectores como hermano suyo en Cristo, y participante con ellos en tres cosas muy dispares, pero que él agrupa porque eran la común experiencia de todos.

Estas tres cosas son, en primer lugar, la persecución de la cual ellos serían víctimas a causa, como él dice en seguida, de la predicación del Evangelio. La obra ha sido escrita muy probablemente cuando él veía venir en el espíritu la primera persecución de los cristianos decretada por Nerón, es decir, antes del año 64, y, por tanto, antes de la destrucción del Templo de Jerusalén. (Véase mi artículo "La Revelación de Jesucristo I")

La palabra que Juan emplea aquí (zlipsis, que suele traducirse como tribulación, o adversidad, aflicción, angustia) aparece muchas veces en el Nuevo Testamento para señalar lo que era la experiencia común de los cristianos de los primeros tiempos, según lo anunció Jesús: "En el mundo tendréis aflicción." (Jn 16:33). Véase por ejemplo, Hch 14:22; Rm 5:3; 12:12.

La segunda cosa es el reino de Dios inaugurado por el ministerio de Jesús en Galilea, reino en el cual todo cristiano vive, porque está en medio nuestro, aunque no sea visible, y en el cual nosotros somos a la vez súbditos de Jesucristo, y un real sacerdocio junto con Él (1P2:9).

La tercera es la paciencia con que su Maestro, el Siervo sufriente, afrontó las pruebas que le trajo el ser rechazado por los suyos (Jn 1:11). Jesús soportó pacientemente la contradicción del mundo hasta la muerte; sus discípulos deben estar preparados para sufrir pruebas semejantes con igual paciencia. En realidad, bien mirado, padecerlas es un privilegio, y el anticipo de la corona que recibirán algún día en recompensa.

Juan dice que a causa del Evangelio estaba en Patmos, pequeña isla del mar Egeo, que está a unos 90 Km al suroeste de la ciudad de Éfeso, frente a la costa de lo que es hoy Turquía, en medio de un archipiélago de islas de diversos tamaños, llamadas las Espóradas.

El lenguaje que usa Juan parece indicar que él recibió las visiones que narra cuando estaba en esa isla, pero no necesariamente que escribiera el libro estando allí. Puede haberlo escrito después. Pero ¿por qué motivo estaba él en esa isla inhóspita que era usada para desterrar a los enemigos del emperador? Si la persecución neroniana no se había desatado aún, es posible que, como le ocurrió también a Pablo, la predicación del Evangelio lo puso en conflicto con las autoridades de Éfeso, y que el gobernador romano tomara medidas punitivas contra él.

Si así fue, a él le tocó en esa oportunidad beber la copa de Jesucristo, y ser bautizado con su bautismo (Mt 20:22). ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a pasar por lo mismo a causa del Evangelio? No nos jactemos de lo que no seríamos quizá capaces, y démosle, más bien, gracias a Dios de que no tengamos que pasar por pruebas semejantes.

10. "Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta."
¿Qué significa este "estar en el espíritu" al que alude Juan? La respuesta más común es que él estaba, por así decirlo, "fuera de sí", en ese estado comúnmente llamado "éxtasis", que no era inusual en los apóstoles (Hch 10:10; 11:5; 18:9). Por decirlo en pocas palabras, es estar tan inmerso en la contemplación de Dios, y de las realidades espirituales que la operación de los sentidos se suspende. No se oye, no se ve, ni se siente nada aparte de aquello que se contempla interiormente.

Éste es un estado parecido -aunque en muchísimo menor grado- al que todos en alguna ocasión hemos experimentado: Estar tan absorbidos en la lectura, o tener puesta la atención tan intensamente en algo, que no vemos ni sentimos los estímulos del exterior.

Estar en el espíritu es un grado superior de ese estado, con la diferencia de que comúnmente el rapto de la atención proviene de una fuerza espiritual superior que todo lo avasalla.

Pablo en su segunda epístola a los Corintios habla de una experiencia semejante que tuvo él, de la que dice que no sabía si fue en el cuerpo, o fuera del cuerpo, y en la que fue arrebatado hasta el tercer cielo, "al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar." (2 Cor 12:2.4). Para él fue como si su cuerpo hubiera sido transportado. Pero es más razonable suponer que su cuerpo no se movió de donde estaba, y se trató de una experiencia sobrenatural "en el espíritu".

Ese estado de trance es semejante al experimentado por muchos profetas en el Antiguo Testamento (AT). Véase por ejemplo Is 6:1ss; Ez cap 1; Dn caps. 7, 8 y 10. Pedro narra una experiencia semejante en Hch 11:5.

Las sensaciones auditivas, o visuales, que se tienen en ese estado son de una intensidad muy superior a las que proporcionan los sentidos del cuerpo. Por eso dice que oyó "una gran voz como de trompeta", cuyo sonido era de una fuerza superior a todo lo que él estaba acostumbrado a oír.

Recuérdese que ha sido una práctica común de todos los pueblos, atestiguada en el AT, y que no ha desaparecido del todo, tocar trompeta para convocar a la gente al culto (Lv 23:24; 25:9; Sal 81:3-5), o a los soldados a la batalla (Neh 4:20, Jr 4:5; Ez 33:1-5, etc.)

Pero más significativo es recordar en este respecto que Dios anunció su presencia en el Sinaí al sonido de trompeta (bocina), provocando el pavor del pueblo (Ex 19:18,19; 20:18). Pablo asegura que un sonido de trompeta anunciará la segunda venida del Señor (1Co 15:52; 1Ts 4:16).

El "día del Señor" es, sin duda, el primer día de la semana, o día domingo, en el que los primeros cristianos empezaron a reunirse en lugar del día sábado, en conmemoración del día en que el Señor Jesús resucitó (Hch 20:7; 1Cor 16:2).

Pero hay quienes sostienen que la frase "día del Señor" alude al gran día escatológico de juicio, anunciado por los profetas del AT (Is 2:12; Jl 1:15; 2:2), y mencionado varias veces en el Nuevo Testamento (Hch 2:20; 1Cor 1:8; 2Cor 1:14; 1Ts 5:2; 2Ts 2:2; 2P 3:10), al que Juan fue transportado cuando estaba en el espíritu, y en el que pudo haber contemplado los acontecimientos futuros anunciados en su libro.

11. "que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea."
Esa voz potente se identifica con el nombre que ya sabemos pertenece a Jesucristo, y le da una orden perentoria que él no puede eludir: Escribe en un libro, esto es, en un rollo de papiro como los que se usaban entonces, lo que te voy a revelar en visión, y envíalo a las siete iglesias que te indico. Es pues un libro escrito por encargo divino. De ningún otro libro del NT se dice eso.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que Asia, no designa aquí al continente asiático, que recibió ese nombre mucho después, ni a lo que más tarde sería llamado "Asia Menor". Asia era entonces, como ya se indicó en un artículo anterior, el nombre de una provincia romana que ocupaba la región central costera de lo que es hoy Turquía, y cuya capital era Éfeso. Las otras provincias romanas eran Bitinia, Galacia, Ponto y  Capadocia. En la provincia de Asia se encontraban las ciudades a cuyas comunidades cristianas Juan debía escribir. ¿Por qué escoge Jesús esas ciudades si no eran las únicas de la provincia? Posiblemente porque en ellas estaban las iglesias que por algún motivo le interesaban en particular.

El número siete tiene una especial relevancia en este libro, como ya se ha indicado en el artículo anterior. ¿Qué simboliza ese número? Plenitud o perfección de aquello a lo que se aplica, o se refiere. Por ejemplo, siete son los días de la semana. Si yo menciono sólo cuatro, la semana está incompleta. Dios hizo el mundo en siete días. Si se hubiera detenido en el quinto día, por ejemplo, la creación hubiera quedado incompleta.

El mismo número siete, que aparece desde el inicio del Génesis en el relato de la creación, tiene cierta relevancia en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en las parejas de animales limpios de cada especie que Noé debía introducir en el arca (Gn 7:2); en las vacas gordas y flacas, y en las espigas llenas y vacías que vio Faraón en sueños (Gn 41:17-24), y que significaban alternativamente abundancia y escasez; en las vueltas que los hebreos debieron dar alrededor de las murallas de Jericó para que caigan (Js 6:4), etc.

Pero es sobre todo en Apocalipsis donde el número siete adquiere una importancia especial: siete espíritus, siete candeleros, siete estrellas, siete sellos, etc., como ya hemos visto también en el artículo anterior.

Yo no voy a hablar ahora de lo que significan esas siete iglesias. Lo reservo para cuando comente las cartas que Juan escribe separadamente a cada una de ellas. Bástenos saber en este momento que el Señor ha seleccionado siete iglesias que existían en esa región, porque ellas eran, sin duda, representativas del naciente movimiento cristiano, y porque, por sus características propias, cada una de ellas tenía una significación especial.

12. "Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro,"
Al oír la voz potente que le hablaba Juan se dio la vuelta para ver quién era el que le dirigía la palabra. Éste y los cuatro versículos siguientes están dedicados a describir a la persona que le habla. Pero lo primero que capta su atención, según dice, no fue una persona sino fueron objetos, por lo que hay que suponer que se trataba de cosas de un gran tamaño, y de un aspecto impresionante. Y eso fueron siete candeleros de oro.

Ahora bien, nosotros sabemos que el candelabro de oro de siete lámparas (una caña central, a ambos lados de la cual había tres brazos) que estaba en el lugar santo del templo de Jerusalén, jugaba un papel muy importante en el culto que el pueblo de Israel rendía a Dios (Ex 25:31,32; 37:17,18).

Según la tradición judía tenía aproximadamente un metro y medio de altura, y un metro de ancho. Pero es muy probable que lo que Juan vio fueran los siete brazos, o candeleros, de gran tamaño y de aspecto impresionante, que estaban de pie separados, porque las percepciones en el estado estático suelen ser muy intensas. Ellos en su conjunto representan a la iglesia de Dios, que se ha convertido en luz del mundo. En particular cada candelero representa a una de las siete iglesias a las que Juan dirigirá sus cartas.

Zacarías tuvo una visión de un candelabro de oro de siete lámparas, que tenía un olivo a cada lado, cuyo aceite alimentaba la llama de cada lámpara. Preguntando el profeta acerca del significado de ese candelabro, se le dijo: "No con ejército ni con fuerza, sino por mi espíritu." (Zc 4:2-4). Las llamas de las lámparas  representan la actividad del Espíritu Santo, que apareció en forma de lenguas de fuego en Pentecostés, y que es más poderosa que toda manifestación de poder humano.

Notemos que las iglesias son candeleros, no luces en sí mismas, sino portadoras de la luz que es Cristo. Las siete iglesias son independientes unas de otras, pero a la vez son una sola en la unidad del Espíritu de Cristo, que es su cabeza.

13. "y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro."
Si lo primero que le llamó la atención a Juan al volverse fueron los siete candeleros, ahora su mirada se centra en la figura humana que está en medio de ellos, del que dice que es semejante "al Hijo del Hombre". Fíjense que no dice "semejante a un hijo de hombre", es decir, a un ser humano; sino "al Hijo del Hombre". ¿Quién puede ser éste sino Jesús? Recordemos que a lo largo de los evangelios Jesús se llama a sí mismo "el Hijo del Hombre" (Mt 24:30; 26:64; Mr 13:26; 14:62; Lc 21:27).

El que Jesús usara esa expresión para referirse a sí mismo no es casual, sino es una referencia consciente al personaje que figura en el libro del profeta Daniel, y con el cual Él se identifica. En el libro de Daniel leemos: "Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como 'un hijo de hombre'"; es decir, uno con aspecto humano, lo cual es significativo después de la visión de las cuatro bestias a las que se había dado el dominio de los acontecimientos de la tierra (Véase Dn 7 y, en especial, el v.13).

Enseguida dice Daniel que hicieron que el "hijo del hombre" se acercara al Anciano de Días (es decir, al Padre eterno) y "Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido." (Dn 7:14)

¿Quién puede ser Aquel a quien se le ha dado dominio eterno sobre todos los pueblos de la tierra para que le sirvan? ¿Quién puede serlo sino Cristo Jesús, el Rey de todos los soberanos de la tierra?

Así pues, en su visión Juan ve en medio de los candeleros de oro a Aquel a quien conoció en su juventud, y de quien fue discípulo, a quien vio morir en la cruz, y a quien vio resucitado. Ahora lo ve de nuevo, pero glorificado. El hecho de que lo vea en medio de los siete candeleros que representan a las siete iglesias, indica que Jesús está actuando en medio de ellas y de su pueblo, según su promesa (Mt 28:20).

El resto del versículo, describe la ropa que Jesús lleva puesta, que le llegaba hasta los pies (cf Dn 7:9) y el cinto de oro que le ciñe el pecho (cf Dn 10:5), símbolo de su justicia y de su fidelidad (Is 11:5). Ese vestido y el cinto de oro evocan las vestiduras del sumo sacerdote que Dios ordenó a Moisés confeccionar para su hermano Aarón (Ex 28:4). Jesús es el Sumo Sacerdote de quien los sacerdotes humanos no son sino figuras pasajeras, según Hb 4:14-5:10. Véase en particular los vers. 5 y 6: "Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec," rey de Salem, a la vez sacerdote y rey.

El cinto de oro que le ciñe el pecho y que recuerda al efod del sumo sacerdote (Ex 28:6; 39:2) es también símbolo de majestad, autoridad y dignidad, esto es, de realeza, subrayando que Jesús es Rey de Reyes y Señor de Señores (Ap 19:16).

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas  veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."


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miércoles, 18 de mayo de 2016

LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA REVELACION DE JESUCRISTO II
Un Comentario en dos partes de Apocalipsis 1:1-8
En el artículo anterior comentamos el texto del primer capítulo hasta el versículo 5a, donde hay un corte natural. Continuamos el comentario a partir de ese punto, en que debería comenzar el vers. 6 abarcando la doxología entera.

5b, 6. "Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre (Nota 1); a Él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén".
Este texto es una doxología en honor de Jesús, en la que vemos una vez más una estructura triple: Nos amó, nos lavó, nos hizo. Aquí hay una progresión:
1) Nos amó (2). Su amor por nosotros lo impulsó a venir a la tierra a redimirnos;
2) Ese amor lo llevó a derramar su sangre que lava todos nuestros pecados;
3) No contento con esto, una vez limpios, nos exaltó a la condición de reyes y sacerdotes para su Padre (Véase Ap 5:10). Esto equivale a decir que nos ha elevado a la posición más alta en la tierra, tanto en el campo de las dignidades humanas y de gobierno, como en el campo religioso.

Esta frase de Apocalipsis es una alusión a la promesa que Dios hizo al pueblo hebreo en el Sinaí: que, si le obedecen, todos constituirían un real sacerdocio para Él (Ex 19:6), es decir, todos ellos formarían un reino sacerdotal santo.

El Nuevo Testamento, en 1a P 2:9, transfiere esta promesa a los creyentes en Cristo, esto es, a la iglesia, la cual es heredera de todas la promesas hechas al Israel en la carne, y es, en verdad, el nuevo Israel de Dios (compárese 1Cor 10:18 con Gal 6:16). Si el Israel según la carne se sentía orgulloso de ser el pueblo elegido de Dios, ¿cuánto más debemos nosotros gloriarnos de haber sido elegidos para ser redimidos mediante la sangre derramada del Cordero? A Él pues, tres veces nombrado, sea la gloria y el imperio para siempre (3). Notemos respecto de este corto himno cómo antes de proseguir con la declaración de las cosas que le han sido reveladas, el apóstol descarga la emoción que lo embarga en palabras emocionadas de agradecimiento y alabanza por lo que Dios ha hecho por nosotros.

¿Qué quiere decir esta gloria y este imperio? La palabra "gloria" (doxa) es uno de los términos más multifacéticos del Nuevo Testamento, pues asume diversos significados según el contexto y según quiénes sean los autores. Esos significados son peculiares al mensaje cristiano. Según el diccionario "gloria" significa: opinión que otros tienen de uno, estima, honor, majestad, dignidad, reputación, renombre, brillo, luminiscencia, esplendor, felicidad, cielo, cercanía a Dios, etc.

Bastará citar algunos pocos ejemplos para tener una idea de la riqueza de contenido que tiene esta palabra en el Nuevo Testamento, como por ejemplo, la gloria luminosa de Dios enviada a los pastores de Belén (Lc 2:9); el cuerpo de gloria, semejante al de Jesús que tendremos en el cielo (Flp 3:21); la gloria inherente al Verbo como reflejo de la del Padre (Hb 1:3), etc.

7a. "He aquí que viene con las nubes y todo ojo le verá,"
Estas palabras parecen inspiradas en una visión de Daniel: "Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre..." (Dn 7:13), palabras que Jesús, antes de su pasión, citó anunciando su retorno "sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria." (Mt 24:30), y que Él repitió cuando era juzgado por el Sanedrín, provocando la reacción airada del sumo sacerdote (Mt 26:64). Este anuncio será repetido después de su ascensión por los ángeles que hablan a los apóstoles (Hch 1:9-11).

Él viene aunque nunca estuvo ausente, pues siempre ha estado con nosotros, tal como Él prometió: "He aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo." (Mt 28:20b). Pero viene ahora de una manera corporal poderosa, para afirmar visiblemente su soberanía y su dominio.

El retorno de Jesús a la tierra será una especie de fenómeno cósmico, porque la señal del Hijo del Hombre será vista en el cielo en todo el orbe terráqueo a la vez, algo que sólo mediante un milagro extraordinario puede ocurrir (Mt 24:30).

Si bien la primera venida de Jesús fue en humildad, su segunda venida será en gloria y universalmente conocida. Entonces todos los seres humanos que estén vivos en ese momento lo reconocerán por lo que Él es: El Rey que viene a juzgar a los hombres.

Cuál sea la reacción de éstos dependerá de cuál fue la actitud que tuvieron respecto de Él antes de que vuelva, si creyeron en Él, le amaron y le obedecieron; o si se negaron a creer en Él, y vivieron de una forma que Él condena. En ese día a éstos últimos se les caerán las vendas de los ojos y reconocerán la realidad tal cual es, y lamentarán amargamente su ceguera, pero ya será tarde. Este será un día de terror y angustia para unos, y de alegría y de júbilo para otros. ¿En qué grupo quisiéramos nosotros estar si alcanzamos a estar vivos en ese día?

7b. "Y los que le traspasaron; y todos las tribus de la tierra harán lamentación por Él. Sí, amén."
Habrá un grupo en particular que contemplará su regreso atribulado: el pueblo judío, cuyas autoridades lo condenaron a muerte y lo hicieron crucificar. Según la profecía de Zc 12:10 ellos llorarán amargamente arrepentidos de lo que hicieron sus antepasados, pero también lo harán sus descendientes, que a lo largo de los siglos mayoritariamente rechazaron a Jesús, y se negaron obstinadamente a reconocerlo como su Salvador. Sin embargo, como anuncia Pablo en Romanos 11, con ocasión de su regreso un gran número de ellos creerán en Él y se alegrará.

"Los que le traspasaron..." Juan es el único evangelista que registra el episodio del soldado que clavó su lanza en el costado de Jesús muerto (Jn 19:33-37), recordando la profecía de Zacarías. Pero cuando Jesús vuelva no sólo se lamentarán los que le crucificaron entonces, sino lo harán también todos los que en su vida diaria lo crucifican de nuevo con su incredulidad e indiferencia, y con sus incontables pecados.

8. "Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso."
Con este versículo culmina la introducción al libro. Este versículo es un compendio que expresa la supremacía de Dios sobre todas las cosas y su dominio sobre la creación (cf Am 4:13).

El alfa y la omega son la primera y la última letra del alfabeto griego. Lo que Jesús quiere decir al nombrarlas está implícito en la frase siguiente: el principio y el fin, no en un sentido temporal, sino en uno causal o, si se prefiere, ontológico, referido al ser. En Is 44:6 leemos: "Yo soy el primero, yo soy el postrero y fuera de mí no hay Dios." (cf 48:12)

Dios es el origen del universo, de todas las cosas; y, a la vez, el fin hacia el cual todo converge, la meta final. Nada escapa a su dominio, todo lo tiene en sus manos. Todo lo que existe le debe su existencia a Él, existe en función de Él y para Él. Pablo lo expresa de la siguiente manera: "Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas" (Rm 11:36).

Él es también el principio de nuestra existencia, pues a Él le debemos la vida; y su fin, pues a Él volveremos al término de nuestros días.

Para subrayar lo que quiere decir, el Señor reitera su eternidad (cf vers.4): el que es ahora en el presente, el que fue en el pasado, y ha de manifestar su soberanía en el futuro. Su existencia abarca el ámbito completo de la eternidad, sin comienzo ni fin.

La frase "el que ha de venir" tiene un significado especial unido al nombre de Todopoderoso. No sólo sigue existiendo ahora, sino que en el futuro ha de venir a mostrar de manera innegable que Él es el Soberano del universo, instaurando su justicia, y restaurando todo como al principio.

La palabra griega "pantokratos"  que se traduce como Omnipotente o Todopoderoso, está formada por dos palabras: "panta", que quiere decir "todo", y "kratos": fuerza, poder. Pantokratos es el nombre de Dios y de Cristo al que la liturgia y la teología oriental dan una importancia especial.

La Septuaginta usa la palabra pantokratos para traducir del hebreo dos nombres divinos, "sabaot” (Jehová sabaot = Señor de los Ejércitos) y "El shaddai” (Todopoderoso). Vale la pena notar al respecto que este versículo adorna la cúpula central de casi todas las iglesias ortodoxas en el mundo entero.

El padre de la iglesia, Agustín, refiriéndose a los apóstoles Pedro y Pablo, escribe algunas palabras que tocan a este versículo y que vale la pena citar: "Fue despreciando al mundo como ellos adquirieron renombre en el mundo. Pedro fue el primero de los apóstoles, y Pablo fue el último. El primero y el último fueron traídos a un mismo día por el martirio sufrido por el Primero y el Último, por Cristo. A fin de entender lo que acabo de decir, tornen sus mentes al Alfa y al Omega. El Señor mismo dice claramente en Apocalipsis: "Yo soy el Alfa y la Omega, el primero -antes de quien no hay nadie- y el último" –después de quien no hay nadie. Él precede a todas las cosas y pone término a todas las cosas. ¿Quieres contemplarlo como el primero? "Todas las cosas fueron hechas por Él." (Jn 1:3). ¿Quieres verlo como el último? "Porque Cristo es el fin de la ley para justicia de todo aquel que cree." (Rm 10:4). Para que tú pudieras vivir en un momento determinado del tiempo, tú lo tuviste como tu Creador. Para que tú puedas vivir para siempre como esperas, tú lo tienes como tu Redentor."

Notas: 1. Esta frase, según los mejores manuscritos, debería traducirse: "nos hizo un reino de sacerdotes...".
2. La mayoría de los manuscritos ponen el verbo en presente, "nos ama", (presente continuo) indicando con ello que Él nos sigue amando.
3. En una nota al final del artículo anterior del mismo título hablé de la importancia del número tres en los primeros versículos de este capítulo. Pero aun mayor importancia asume en todo el libro el número siete, que para los judíos era símbolo de totalidad, de perfección, de excelencia, de estar completo, lo cual,  interesantemente, se nota en el hecho de que aparezca cincuentaidos veces en todo el libro, una por cada semana del año. Así por ejemplo en el libro hay siete visiones, que figuran respectivamente en los capítulos 1,5,8,12,15,17 y 21; y además siete ángeles y siete trompetas, siete plagas y siete copas, siete espíritus y siete lámparas, siete cuernos, siete ojos, siete estrellas, siete montañas, siete reyes.
El número cuatro, característico de la tierra (cuatro estaciones, cuatro puntos cardinales), aparece cuatro veces: Cuatro seres vivientes (4:6-8); cuatro jinetes montados sobre caballos (6:1-8); cuatro ángeles y cuatro vientos de la tierra (7:1).
Otro número que asume importancia es el número seis, es decir, siete menos uno, símbolo de imperfección, que figura tres veces en el número 666, y representa la imperfección absoluta. Como ya se explicó en el artículo anterior, ese número, que es la cifra de la bestia (13:18), corresponde, con toda probabilidad, al emperador Nerón.
También es muy importante el número doce: doce cimientos (21:14), y doce puertas (21:21); así como son importantes los múltiplos de doce: los venticuatro ancianos (12 x 2), los 144,000 siervos de Dios (12 x 12 x 1000), 12,000 por cada tribu de Israel. La longitud, la anchura y la altura de la Nueva Jerusalén miden 12,000 estadios cada una, y el muro, 12,000 codos (21:16,17).

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" (Mr 8:36). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a i r a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare, y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y s in merecerlo. Yo  quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

Advertencia. Frente a la promoción masiva del uso de tarjetas de crédito actualmente en curso quisiera recordar u n principio de sentido común básico: El que quiere ser rico, ahorra; el que quiere ser pobre, se endeuda.
Salvo que se use de una manera muy controlada y con pleno conocimiento de los cargos que genera, el beneficio transitorio que proporciona el uso de tarjetas de crédito es engañoso, porque después viene el implacable verdugo de las elevadas tasas de intereses, y de cargos no previstos, que se comen los ingresos, y el pobre deudor termina siendo siervo de su acreedor (Pr 22:7). Pablo advirtió: "No debáis nada a nadie, salvo el amor mutuo." (Rm 13:8).


#894 (16.08.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel  4227218. Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 4 de diciembre de 2015

MENSAJES A LAS SIETE IGLESIAS XI - FILADELFIA II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
MENSAJES A LAS SIETE IGLESIAS XI
A LA IGLESIA DE FILADELFIA II
Un Comentario de Apocalipsis 3:9-13
9. “He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado.”
Este versículo alude al conflicto que desde el inicio de la predicación del Evangelio surgió con los judíos, que se hicieron perseguidores de la Iglesia. Pablo mismo, cuando se llamaba Saulo, fue un acérrimo perseguidor de los creyentes, hasta que cambió su corazón cuando se le apareció Jesús camino a Damasco (Hch 9:1-9).
A estos enemigos de la iglesia Jesús los llama falsos judíos, porque los verdaderos judíos son los que han circuncidado no su carne sino su corazón, creyendo en Él. (Rm 2:28,29). De esos incrédulos Jesús anuncia que algunos reconocerán su error, se arrepentirán y vendrán humillados a los pies de aquellos que persiguieron (Is 45:14; 49:23; 60:14). No está declarado explícitamente que creerán en Él, aunque no debe descartarse que lo hagan. De los que permanecen impertérritos en su error Jesús dice que son miembros de la sinagoga de Satanás, término que también da en su carta a la iglesia de Esmirna a los judíos de esa ciudad (Ap 2:9) porque, en verdad, es el maligno quien impulsa a los enemigos de Dios a perseguir a los creyentes, como bien nos lo recuerda Pablo en Ef 6:12.
Nótese, sin embargo, que la profecía de Isaías que hemos citado se refiere a una vindicación de Israel frente a sus opresores, que los habían conquistado y enviado al exilio. Pero esa vindicación no se produjo, porque la mayoría del pueblo de Israel, al desconocer al Mesías esperado, anunciado por los profetas, renunció a ese triunfo. Por tanto, la promesa de Dios fue transferida a los seguidores de Cristo, a quienes no sólo los pueblos gentiles, sino los mismos judíos, vendrán un día a reconocer como su Salvador.
Por tanto, podemos ver en este versículo una alusión a la futura conversión en masa del pueblo judío, que anuncia Pablo en Rm 11:2, cuando las ramas del buen olivo que es Israel, que fueron desgajadas por su incredulidad, (Rm 11:20), sean de nuevo injertadas al creer en Jesús (Rm 11:23), y “todo Israel sea salvo” (Rm 11:26).
Entretanto los judíos incrédulos posiblemente excluían de la sinagoga a los judíos creyentes, levantando contra ellos acusaciones falsas, siguiendo el ejemplo del acusador mayor, Satanás, de quienes ellos eran, en verdad, hijos, aunque alegaban ser hijos de Abraham (Véase Jn 8:33-47).
Jesús continúa diciendo:
10. “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra.”
¿Qué quiere decir “la palabra de mi paciencia”? Haber soportado la persecución sin flaquear. La frase de Jesús que debe haber resonado en sus oídos y en sus mentes es: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.” (Mt 5:11,12). Nótese que Jesús dice: “la palabra de mi paciencia”, lo que nos recuerda la frase de Pablo: “la paciencia de Cristo” (2Ts 3:5). Esto es, la paciencia con que Jesús soportó los padecimientos de la cruz, que es para nosotros un modelo digno de imitar. Los judíos de la sinagoga de Satanás los acosaban y calumniaban con el fin de alejarlos de la fe y mellar su fidelidad a Cristo, pero no pudieron vencer su constancia, porque ellos se mantuvieron fieles al mensaje que habían recibido, imitando a Cristo en su mansedumbre frente a los padecimientos. Y fue sin duda, ésta y no elocuentes argumentos, lo que venció a la incredulidad de sus enemigos.
En recompensa a su constancia Jesús les promete guardarlos de los rigores de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero. Aquí la pregunta que surge es: Históricamente ¿a qué prueba que vendría sobre el mundo entero se refiere Jesús? ¿Se trata de la gran tribulación que vendría en los últimos días? Véase lo que se dice más abajo al respecto. Yo me atrevería a suponer que se trata de una de esas epidemias ocasionales que asolaban el imperio romano de tiempo en tiempo, y en las que moría muchísima gente. Una calamidad de ese tipo constituye una verdadera prueba para cualquier grupo de personas. ¿O sería una nueva serie de terremotos, como los que habían asolado la región entre los años 17 y 20 DC?
Pero también puede suponerse que se refiere a la persecución de los cristianos que sería desatada por los emperadores romanos, en particular por Domiciano, hacia fines del primer siglo, que fue especialmente cruel (La decretada por Nerón en la década del 60, estuvo limitada a la ciudad de Roma). Otros, en fin, piensan que se trata de la “gran tribulación” de los últimos días, (mencionada por Jesús en Mt 24:21,22; Mr 13:14,19,20) y que ha de preceder a su segunda venida.
Si se tratara de esto último habría que considerar dos aspectos:
1) la persecución de la iglesia instigada por el anticristo (Ap 13:7) al que adorarán todos aquellos cuyos nombres no estén inscritos en el libro de la vida (13:8); y
2) la ira de Dios que se descargará sobre los seguidores de la bestia (Ap 9:20,21).
Siempre que aparece la expresión “los que moran en la tierra” se refiere al mundo pagano que no se arrepiente (Ap 6:10; 8:13; 11:10; 12:12; 13:8,12,14; 14:6; 17:2,8) y que se distingue de aquellos que llevan “el sello de Dios en sus frentes” (Ap 9:4), y que serán protegidos. Es muy interesante notar que uno encuentra en el comentario de este pasaje de Apocalipsis escrita por Andrés de Cesarea (567-637), una alusión clara al “arrebatamiento pretribulacional” que enseñan los dispensacionalistas, basándose en 1Ts 4:16,17. (Nota)
11. “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.”
Esta no es la única epístola a las iglesias en las que Jesús dice clara y enfáticamente: “Yo vengo pronto”.
También lo dice a las iglesias de Éfeso y de Pérgamo (Ap 2:5 y 16). En la epístola anterior, al ángel de la iglesia de Sardis, le ha amenazado con venir si no vela (3:3). Es un anuncio severo, pero condicional. A la iglesia de Tiatira le dice como una admonición referida a un evento lejano: “lo que tenéis retenedlo hasta que yo venga” (2:25).
Y a la iglesia de Laodicea –la epístola siguiente- le dice esas palabras que se han hecho tan conocidas: “Yo estoy a la puerta y llamo” (Ap 3:20). Se trata de una venida personal.
Todas estas palabras de anuncio se refieren a su segunda venida. Ellas expresan la expectativa en que vivía la iglesia de que la anunciada venida de Jesús en las nubes (Hch 1:9-11), era inminente. Es el anuncio con que se cierra también el libro: “Ciertamente vengo en breve”. A lo que responde Juan: “Sí, ven, Señor Jesús”. (Ap 22:20).
¿Por qué tarda en venir? Este sentimiento de expectativa defraudada debe haber sido tan fuerte en algún momento que Pedro se vio obligado a explicar el motivo de lo que para la percepción de los fieles era tardanza: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2P 3:9). Lo dice después de explicar que para el Señor “un día es como mil años, y mil años como un día” (v.8). Los tiempos del Señor son muy diferentes a los del hombre. Ése es un mensaje que desde Isaías se escucha: “Porque mis pensamientos no son como vuestros pensamientos.” (Is 55:8). Y así es, en verdad: una cosa es cómo ven los hombres el futuro anunciado, y otra cómo Dios lo ve. Por eso es que las profecías no se entienden plenamente sino cuando ocurren. Pero al ángel de la iglesia de Filadelfia Jesús le dice, después de anunciar su pronta venida: “Retén lo que tienes”. Es una exhortación dirigida a todos los que congrega esa iglesia, “para que ninguno tome tu corona”, y que recuerda las palabras dirigidas a la iglesia de Esmirna: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.” (Ap 2:10).
¿De qué corona se trata? ¿De la corona de la salvación, o de la corona de la recompensa? De lo segundo, porque nadie puede tomar el lugar de otro en el libro de la vida, pero otro sí puede tomar mi lugar en la recompensa, si Dios debido a mis fallas, se ve obligado a llamar a otro para que cumpla la tarea que me había asignado, y que yo no supe cumplir. ¿A cuántos les habrá sucedido eso? ¿Que Dios los llamó para una misión específica que no cumplieron, y Dios tuvo que llamar a otro que la lleve a cabo? Ocurrió, como sabemos, con Saúl, el primer rey de Israel, a quien Dios desechó y que fue reemplazado por David.
¡Ah, que a ninguno le suceda eso! ¡Que Dios nos llame con un propósito definido, y no sepamos retener lo que teníamos, y Él tenga que llamar a otro para que ocupe nuestro lugar y reciba la corona que nos estaba destinada! ¿De qué depende el que no nos ocurra? De nuestra fidelidad.
Pero ¿podemos realmente perder lo que el Señor nos había dado? ¿Nuestra obediencia, nuestra fidelidad, nuestra paciencia? Sí, en verdad, podemos perder los tesoros de virtud que nos habían sido dados. Por eso Jesús exhortó a sus discípulos: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mt 26:41). El enemigo merodea en torno nuestro para ver a quién puede tentar para que se enfríe y deje su antiguo amor y que acaso peque (1P 5:8). A todos nos puede suceder, que se enfríe nuestro primer amor y se vuelva rutina.
12. “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo.”
Al que triunfare sobre todas las tentaciones que el enemigo provoque, y todos los ataques del entorno hostil, y se mantenga firme hasta el final, una vez que sea llamado de esta vida, dice Jesús, yo lo haré columna en el nuevo templo donde se adora a Dios sin cesar, el cual, a diferencia del antiguo, no será hecho por manos humanas. Es un templo espiritual conformado por todos los que son salvos a manera de piedras vivas, en el que se adora perpetuamente a Dios (1P 2:5).
La palabra “columna” da una idea de estabilidad y de firmeza, pero también de adorno, que contribuye a la belleza del lugar. Las columnas atraen la mirada de todos. Al que se paró firme como una columna cuando fue sometido a prueba, Dios lo premiará, en primer lugar, haciendo que sea uno de los pilares que adorne la Nueva Jerusalén, que ha de descender del cielo al final de los tiempos.
Y en segundo lugar, escribirá sobre él el nombre eterno de Dios y de su ciudad que descenderá sobre la tierra para habitación de los que fueron fieles (Véase Ap 21:9ss). Tener escrito el nombre de Dios es un signo de pertenencia. Pero Jesús añade que Él escribirá sobre el que venciere el nombre nuevo que Él va a recibir (y al que alude Ap 19:12) cuando, a su vez, venza al anticristo (Ap 19:20). ¿Cuál puede ser ese nombre que aún no ha sido revelado? ¿Qué sorpresa nos tiene reservado el Señor?
Nótese que la Nueva Jerusalén (la ciudad santa) es el nombre simbólico del reino consumado de Dios (Hb 12:22) que aún ha de manifestarse, por cuya venida todos nosotros rogamos y en el que ciframos nuestra esperanza (Ap 21:1-3). Mientras ese reino no llegue –y sólo llegará cuando Jesús vuelva- nosotros no tenemos ciudadanía en la tierra, seguimos siendo extranjeros y peregrinos en ella, como se dice en 1P 2:11.
El día en que la Nueva Jerusalén descienda del cielo, el cielo y la tierra se unirán, y la tierra será finalmente librada de la esclavitud de la corrupción, a la que estuvo sujeta a causa del pecado (Rm 8:20,21). Junto con ella se llevará a cabo la redención del cuerpo (Rm 8:23), según anuncia Pablo (1Cor 15:51-54).
Por último, la carta concluye con la frase con que también han terminado las cartas a las otras iglesias:
13. “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”
Ya se ha explicado en artículos anteriores lo que esta frase repetida significa, por lo que no creo necesario volverlo a decir aquí. Véase en particular la carta dirigida a la iglesia de Pérgamo (#901 del 11.10.15).
Nota: A ese respecto quisiera anotar que los creyentes que son levantados para recibir al Señor en el aire, lo son para descender enseguida con Él a la tierra, a la manera como los habitantes de las ciudades en la antigüedad solían recibir a los generales victoriosos para entrar triunfantes con ellos.
NB. Desde el punto de vista histórico-simbólico la iglesia de Filadelfia representa a la época actual, a partir de mediados del siglo XVIII, en que, mediante la expansión del movimiento misionero, el Evangelio viene siendo progresivamente predicado en el mundo entero. Esta época subsiste simultáneamente con la representada por la iglesia de Laodicea, la era de la apostasía, en que la verdad de las Escrituras es puesta en duda, cuando no directamente negada por la alta crítica; en que las naciones antes cristianas abandonan la fe de sus mayores, y retornan al paganismo; una época en que parece que Sodoma y Gomorra hubieran resucitado del fuego que las consumió para extender por doquier su perversa influencia.


Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te animo a adquirir esa seguridad porque de ella depende tu destino eterno. Con ese fin te exhorto a arrepentirte de tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo una sencilla oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#907 (). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

martes, 5 de mayo de 2015

JESÚS ANUNCIA SU MUERTE II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JESÚS ANUNCIA SU MUERTE II
Comentario de Mateo 16:26 al 28
Jesús continúa con la enseñanza que ha iniciado después haber anunciado su próxima pasión y muerte en Jerusalén.
26. “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”
¿De qué les sirvió a los grandes conquistadores, a los grandes tiranos, a los forjadores de las grandes fortunas, lo que alcanzaron en vida, si al final se condenaron? ¿De qué le sirve al hombre tener en vida todo lo que quiere, si al final se va a infierno? El bien que obtuvo aquí fue transitorio, pero lo que viene después de la muerte, no tiene fin. ¿No es una locura trabajar por lo que no dura y descuidar lo que perdura?
Yo desearía que esta frase de Jesús sea puesta como lema en grandes letras en los directorios de los grandes bancos, de las grandes empresas, en las oficinas de los hombres más ricos del orbe para que les recuerde esta verdad inexorable. ¿De qué sirve acumular todo el dinero del mundo y ser más rico que Creso, si todo lo que uno tiene no le alcanza para comprar el ingreso al cielo?
El disfrute del dinero puede durar cincuenta o más años, pero ¿qué es eso comparado con la eternidad? Menos que una milésima de segundo. ¿Quién sería el insensato que optaría por gozar de un segundo de placer a cambio de que le pongan una plancha ardiente sobre la piel durante un minuto? Nadie, a menos que esté loco.
Un millón de millones de siglos es nada comparado con la eternidad. ¿De qué le sirve al dictador controlar la vida de sus conciudadanos con el puño –como ocurre en algunos países- si después no puede evitar que lo arrojen para siempre a un calabozo de fuego? ¿Al lugar del llanto y del crujir de dientes? (Mt 8:12; 13:42; 24:51; 25:41)
El dólar, la libra esterlina, el Euro, no se cotizan en el más allá. Todo el oro acumulado en Fort Knox (Nota 1) no alcanzaría para pagar un instante de alivio a las llamas del infierno. El que es condenado al infierno ¿con qué podría pagar el rescate de su alma?
Sólo el que no cree que hay un más allá donde se cosecha el fruto de nuestras obras se burla de esas preguntas. Pero cuando muera se llevará una sorpresa terrible. Aullará de pavor. Si pudiéramos escuchar sus gritos se nos romperían los tímpanos.
Alguien escribió: “Si has de perder todo, salva al menos tu alma.” Porque todos los bienes de este mundo, riquezas, honores, placeres, pueden ser recobrados, si se pierden; pero el alma, una vez perdida, es irrecuperable. Todas esas cosas son extrínsecas a nuestra persona, pero el alma es lo más intrínseco, lo más íntimo de nuestro ser, es uno mismo (Lapide). Satanás compra el alma humana al precio más bajo, por el vil placer de los sentidos, que no dura y al final produce hastío; pero una vez que la atrapa, la atormentará por toda la eternidad. Como dice Bernardo de Claraval: “Ofrece al hombre una manzana, y lo priva del paraíso.”
27. “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”
Sí, y ese día –el día del juicio final- todos recibirán el pago que se merecen. Nadie puede eludirlo. El que creyó y el que no creyó. El que siguió las normas de Dios, y el que siguió los consejos del diablo. Nadie escapará. Día terrible, día de ira, día de oscuridad para algunos; día de júbilo, día de gloria, día de victoria para otros. ¿Qué es lo que quieres para ti? ¿En qué lado quieres estar ese día, a la derecha o a la izquierda del Hijo del Hombre? (Mt 25:33)
Esta es la primera vez que en el evangelio de Mateo se menciona el fin de los tiempos, pero es una de las tantas en que se menciona la verdad más repetida de toda la Biblia, que Dios pagará a cada cual según sus obras (Sal 62:12; Pr 24:12; Jr 17:10; Ez 18:30; Rm 2:6; Ap 2:23; 22:12). Y si eso es cierto, ¿para qué quieres vivir? ¿Para hacerte un tesoro indestructible en el cielo? ¿O para acumular una deuda impagable en el infierno? Escoge.
En referencia a ese día de gloria, en el pasaje paralelo de Marcos figura esta frase notable: “Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.” (Mr 8:38; cf Mt 10:33).
¿Quieres tú que Jesús se avergüence de ti ese día? Nadie lo quisiera. ¿Pero cuántos alguna vez, y por respeto humano, no nos hemos avergonzado de ser discípulos suyos? ¿Cuántos hemos querido ocultarlo para que no se burlen de nosotros? Nos portamos como émulos de Pedro.
28. “De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino.”
Este es uno de los versículos más intrigantes y enigmáticos de los evangelios y uno de los que más discusiones ha ocasionado.
Hay dos maneras principales de entender esta declaración solemne de Jesús, hecha inmediatamente después del anuncio de su segunda venida, esta vez no para morir, sino para juzgar. La primera es asegurar que esa venida ocurrirá pronto, puesto que afirma que algunos de los que le están oyendo, es decir, algunos de sus apóstoles, estarán todavía vivos cuando Él venga. ¿Quiénes estarán vivos? No lo dice, ni lo sugiere, pero una deducción fácil es que los más jóvenes. Pero eso es aventurado, porque no tiene en cuenta el desarrollo de la vida de cada cual y de sus circunstancias.
La segunda posible interpretación es que Jesús se está refiriendo a la manifestación gloriosa de su identidad divina que va a ocurrir seis días después, esto es, a su transfiguración en el monte Tabor, en presencia de tres de sus discípulos. Pero si se trata de algo que ocurrirá muy pronto, las palabras “algunos no gustarán la muerte” (2) antes de que lo anunciado suceda, no tienen sentido: Seis días es un plazo demasiado corto. Por eso la mayoría de los intérpretes deducen que se trata de un acontecimiento no muy cercano, pero tampoco muy lejano, dentro de pocas décadas, puesto que ocurrirá cuando algunos de los que le escucharon estén todavía vivos.
Pero si es así como deben interpretarse sus palabras, ¿se equivocó Jesús? Pues ya han corrido casi dos mil años, y aún no ha retornado a la tierra. Lo cierto es que la iglesia primitiva interpretó el anuncio de la segunda venida de Jesús como un acontecimiento que iba a ocurrir pronto, casi inminente, al punto que Pablo consideró necesario moderar la expectativa de los tesalonicenses respecto de esa venida gloriosa, diciéndoles que antes de que ocurra ha de venir una apostasía general, y aparecer el “hombre de pecado” acompañado de manifestaciones engañosas de poder que Satanás le prestará (2Ts 2:1-12).
Esto es, su retorno a la tierra como juez no era tan inminente como los primeros cristianos esperaban. Esta interpretación es apoyada por las últimas palabras que, según Mt 28:20, pronunció Jesús antes de ascender al cielo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, o “hasta el fin de los tiempos”, según otra traducción. (3) Es decir, se trata de un acontecimiento lejano.
No obstante, muchos estudiosos siguen adoptando la segunda interpretación, pese a las objeciones mencionadas: Las palabras del versículo que analizamos se refieren a la transfiguración.
Nótese que las palabras de este versículo no pueden referirse a la resurrección de Jesús, ni a su manifestación a sus discípulos durante cuarenta días, ni a su ascensión al cielo, porque cuando ocurrieron esos acontecimientos ninguno de sus discípulos había muerto, salvo Judas, el traidor. Es decir, los once estaban vivos. Pero las palabras de Jesús dan a entender que sólo algunos lo estarían.
Pero hay una tercera interpretación posible de ese anuncio, y es que se refiere a la destrucción del templo de Jerusalén por los ejércitos romanos, ocurrida el año 70, cuarenta años después de la muerte de Jesús, y después de un sitio de cuatro años, durante el cual se cumplieron las palabras proféticas de Jesús acerca de la gran tribulación, y del gran sufrimiento que padecerían los habitantes de la ciudad, porque “no conocieron el día de su visitación.” (Lc 19:44).
Jesús advirtió solemnemente a sus discípulos: “Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos sabed entonces que su destrucción ha llegado.” (Lc 21:20) y los instó a alejarse lo más rápido posible de la ciudad (Mt 24:16-18). Para esa fecha algunos de sus apóstoles estarían todavía vivos, aunque no sabemos quiénes, salvo Juan. La destrucción del templo significó el final de los sacrificios de animales y de todas las ceremonias conectadas con ese santuario, y enseñó a los cristianos judíos, de una manera práctica y contundente, que esos ritos, a los que algunos todavía se aferraban, ya no debían ser observados. En suma, significó la victoria definitiva del cristianismo sobre el judaísmo.
Pareciera que Jesús, en los  vers. 27 y 28, hubiera juntado dos acontecimientos diferentes y distantes entre sí en el tiempo: El juicio de la humanidad al final de los tiempos, y la destrucción del templo de Jerusalén el año 70, tal como hace también en Mateo 24.
Cabría mencionar todavía el punto de vista muy plausible, expresado por Gregorio Magno (siglo VII) y otros exégetas posteriores, de que esa frase se refiere a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, y al rápido crecimiento de la iglesia durante las décadas siguientes. Esta posición identifica el reino de Dios con la iglesia, posición que muchos niegan. Sin embargo, esta interpretación del versículo que nos ocupa podría derivarse de su redacción en Mr 9:1: “De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder.” Estas palabras bien podrían aplicarse al crecimiento fulminante experimentado por la iglesia a partir de Pentecostés, y que narra el libro de Hechos, el cual sería inexplicable si no hubiera sido obrado por el poder de lo alto.
Notas: 1. Lugar donde se guardan las reservas de oro de EEUU.
2. ¿Puede gustarse la muerte, es decir, encontrar algo agradable en ella? El verbo geúo significa “percibir el sabor” (Mt 27:34; Lc 14:24; Jn 2:9; Hch 23:14; Col 2:21) y también “tomar alimentos” (Hch 10:10; 20:11). Pero en conexión con la muerte significa simplemente experimentarla. Así, por ejemplo, en Hebreos 2:9, o en Juan 8:52 (sufrir la muerte). Pero el verbo empleado en la versión Reina Valera 60 suscita un interrogante: ¿Puede la muerte ser una experiencia agradable? Generalmente se suele pensar que la muerte es una experiencia desagradable, dolorosa, a la que la gente le tiene espanto. Y lo es efectivamente en muchísimos casos, sobre todo cuando llega como consecuencia de una enfermedad penosa. Lo es también muchísimo para el que muere impenitente e intuye que lo espera el infierno, pero no quiere arrepentirse.
Lo es, además, porque morir significa abandonar esta vida que tanto amamos. Pedro, incluso, al hablar de la resurrección de Jesús el día de Pentecostés, dice que Dios lo levantó “sueltos los dolores de la muerte” (Hch 2:24), algo así como los que experimenta la mujer en el parto. La muerte es, efectivamente, una forma de parto, porque el alma y el espíritu del ser humano abandonan el cuerpo en el que han estado alojados durante un tiempo, tal como el feto abandona el seno materno, para nacer a una nueva vida. Esta última realidad, que es la definitiva, explica que el salmista pueda decir: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de los santos” (Sal 116:15) en un verso que parece insertado en medio del texto, sin conexión aparente con lo que viene antes, ni con lo que viene después, y que significa que Dios vela sobre la muerte de aquellos que le han servido, y hace que su lecho de muerte “sea tan suave como almohadas de plumas”, como dice un poeta. Para aquellos que se duermen en el Señor, y que están seguros de la recompensa que les espera, la muerte puede ser una experiencia dulce, así como puede ser también edificante para los que los rodean. La muerte es en realidad –como reza la expresión popular- “pasar a mejor vida”.
3. Se trata aquí de la presencia constante de Jesús en la iglesia, mediante la predicación de la palabra, la Cena del Señor, y la inhabitación del Espíritu Santo en los creyentes.


Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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#866 (01.02.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).