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viernes, 9 de marzo de 2018

LOS CIELOS CUENTAN LA GLORIA DE DIOS


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.

LOS CIELOS CUENTAN LA GLORIA DE DIOS

REFLEXIONES EN TORNO A LA PRIMERA ESTROFA DEL SALMO 19
Uno de mis salmos favoritos, el número 19, comienza con estas palabras:
"Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. El día transmite al día la palabra  y la noche a la noche el conocimiento. No es lenguaje ni palabras ni es oída su voz, pero por toda la tierra salió su sonido y hasta el confín del mundo sus palabras." (Sal 19:1-4).
Este salmo nos habla de una gran verdad: la naturaleza entera entona un cántico incesante de alabanza a la gloria de su Creador. No es un cántico audible a los oídos naturales, sino una sinfonía para los ojos y oídos espirituales de los que los tienen abiertos. (Nota 1)
Por eso dice que no es un mensaje de palabras, ni es oída su voz, pero que por toda la tierra sale su sonido y hasta el confín del mundo su palabra.
En verdad, ¡qué cosa tan extraña! No emite un solo sonido y, sin embargo, su voz es oída en toda la tierra.
Para el que tiene los ojos y los oídos abiertos, todo el mundo, toda la naturaleza nos habla de SU Hacedor, y podemos ver SU imagen en todas las cosas que Él ha creado, porque todo está lleno de Él y lleva la huella de sus manos.
Por eso es que Pablo pudo escribir: "Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas..." (Rm 1:20). Ahora sí lo entiendo: El mundo entero es su mensaje.
Dios no nos ha dejado sin pruebas de su existencia, ni sin manifestaciones de su amor. Más bien, todo en la naturaleza es prueba de su existencia, y manifestación de su amor. Y así debemos mirarla, admirarla y gozarnos en ella.

Pensemos un momento en el sol. ¿Podríamos existir sin su luz y sin su calor? Jesús dijo que Dios hace brillar SU sol sobre malos y buenos (Mt 5:45). Dios lo ha creado para nosotros, para darnos vida, calor y luz. La ciencia nos dice que toda la energía que circula y actúa en la tierra proviene del sol, es energía solar reciclada, transformada por millones de procesos físicos y químicos simultáneos e incesantes.
San Agustín decía que el sol es un símbolo de la Trinidad y nos permite, por analogía, acercarnos un poco a su misterio. Dios es como el sol, decía, el astro que rige nuestro sistema planetario. Nosotros percibimos el disco solar durante el día, el cual representa al Padre; al mismo tiempo recibimos la luz que nos alumbra y que representa al Hijo; y de otro, finalmente, sentimos el calor que el sol irradia, el cual representa al Espíritu Santo, que derrama su amor en nosotros. Pero el astro solar es uno solo, así como Dios es uno solo (2).
¿Cuántas cosas hace el sol para nuestro contentamiento y nuestro gozo? Pensemos en el espectáculo maravilloso del crepúsculo al caer la tarde, o el de la aurora cuando nace un nuevo día. No hay pintor que pueda pintar en un lienzo una combinación comparable de tonos y matices.
Muchos jóvenes han tomado la costumbre de ir a la orilla del mar a ver el "sunset", como ellos lo llaman -prestándose esa palabra del inglés, como si no la hubiera en nuestro idioma- para llenar sus ojos de la belleza de ese espectáculo extraordinario. ¿Pero quién de ellos recuerda que es Dios el que nos brinda y prepara día tras día ese cuadro glorioso, para alegrarnos y llenar nuestro ánimo de su dicha y paz? Ahí está el crepúsculo a disposición de todos, para que lo gocen por igual buenos y malos, como tantas otras cosas de la naturaleza.
También la luna nos habla del Dios que brilla en nuestras noches de infortunio, aunque a veces parece que se ocultara. Cuando todas las cosas, las personas y las circunstancias, se vuelven contra nosotros y nos rodea la oscuridad, ahí está el astro nocturno para recordarnos que Dios nunca se olvida de sus hijos y que, tras la noche de la tribulación, vendrá sin falta el día.
El mar, con su incomparable grandeza, es un símbolo de la insondable inmensidad de Dios. Nosotros vivimos sumergidos en Él como el pez en el océano, tal como dice Pablo: "En Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser" (Hch 17:28). Dios nos alimenta y nos da vida, así como todos los seres marinos se nutren y respiran del mar. Como los peces en el agua, nosotros vivimos rodeados por todas partes de Dios y no podemos salirnos de Él. Pero muchos ciegamente niegan su existencia porque no lo ven, cuando es visible a los ojos del alma. ¡Cuántas cosas se pierden!
Las olas del mar borrascoso son una imagen del poder incontrastable de Dios. Quien ha estado en medio de una tempestad en pleno océano sabe cuán frágil e impotente es el hombre frente a la fuerza desencadenada de las olas: "Porque habló e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus olas," dice el salmista (Sal 107:25). Nosotros somos aun más inermes frente al poder de Dios que con su solo soplo puede barrernos de la existencia. Sólo Dios puede poner arena como término a la fuerza de las olas, según nos recuerda Jeremías (5:22).
Pero esas mismas olas pueden arrullarnos cuando estamos en una barca, sesteando bajo el sol no lejos de la orilla, y pueden llenarnos de paz y seguridad cuando la brisa juguetea con las ondas cerca de la playa. Así nos arrulla el amor de Dios cuando nos confiamos por entero a Él.
El aire que nos rodea por todas partes y que todo lo llena es una imagen de Dios, que llena con su Espíritu la creación entera y que todo lo penetra (Sal 139:7-12). Así como nosotros nos ahogamos si nos falta el aire, de igual manera tampoco podemos vivir sin Dios. Si Él nos falta nuestra vida se marchita y se extingue. Bien lo enseña el salmo 104: "Les quitas el hálito, y dejan de ser, y vuelven al polvo." (v.29). Pero también es verdad lo que dice el versículo siguiente: "Envías tu Espíritu y son creados y renuevas la faz de la tierra".
Por eso el viento es también un símbolo del Espíritu Santo, según palabras del propio Jesús: "El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido; mas no sabes de dónde viene, ni a dónde va." (Jn 3:8)
En el relato del Génesis leemos que Dios sopló aliento de vida en la nariz del hombre, y éste fue un ser viviente (Gn 2:7). Una misma palabra en los idiomas hebreo (ruaj) y griego (pneuma) designa a la vez al viento y al espíritu.
Pero también el agua es símbolo del Espíritu Santo que brota de todo aquel que cree en Jesús, según clamó Él mismo un día en el templo: "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva." (Jn 7:38)
El agua es, sin embargo, también símbolo de la palabra que nos limpia y purifica, como les dijo Jesús a sus discípulos: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado." (Jn 15:3; cf Ef 5:26)
La tierra que sostiene y alimenta a todas las criaturas es un símbolo de Dios que todo lo sustenta. Cual una gallina que empolla sus huevos, la tierra incuba, por así decirlo, a las semillas que están en su interior, las nutre con su sustancia y humedad, y les da su calor hasta que germinan y brotan. De igual manera Dios nos ha incubado en su mente desde la eternidad hasta el día en que vimos la luz por vez primera: "Mis días estaban previstos,-dice el salmista- escritos todos en un libro, sin faltar uno, cuando fui formado en lo oculto y entretejido en los más profundo de la tierra." (Sal 139:13-16).
La tierra, en la que todos somos peregrinos y transeúntes, es también un símbolo del cielo que Dios nos prepara, la tierra prometida a la cual entraremos un día a descansar de nuestras obras, "así como Dios reposó de las suyas." (Hb 4:9,10; cf Gn 2:2).
Las montañas son una imagen de la solidez y de la permanencia de Dios, tal como recitaban los peregrinos que se acercaban a la ciudad santa: "Los que confían en el Señor son como el monte de Sión, que no se mueve y permanece para siempre." (Sal 125:1).
Dios se manifiesta en las montañas cuyas cimas tocan el cielo, como ocurrió en el Sinaí, cuando descendió fuego y humo, y el monte se estremeció de manera pavorosa. Ahí, en la cumbre de la montaña, Dios le habló a Moisés y le dio las tablas de la ley, hablándole en medio de truenos y relámpagos. (Ex 19:16-20).
Los ríos son un símbolo de la fecundidad y enjundia de la palabra de Dios que alimenta a los justos plantados a su orilla, así como son regados los árboles que están sembrados "junto a las corrientes de aguas." (Sal 1:3).
Las semillas son una imagen de la palabra de Dios que, cuando es sembrada en la buena tierra del corazón humano, germina y crece y da fruto hasta ciento por uno (Mr 4:20).
El imán es una imagen del amor de Dios que nos atrae irresistiblemente como el acero a las virutas.
Más que ninguna otra cosa, el fuego es un símbolo del amor de Dios que todo lo abrasa y purifica, y en el que el Espíritu Santo nos bautiza para llenarnos de su poder para testificar (Lc 3:16; Hch 1:8;2:1-4).
La luz es un símbolo de la verdad que trajo Jesús a la tierra y que ilumina las tinieblas de nuestra ignorancia (Jn 1:4,5). El que le siga "no andará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida." (Jn 8:12)
Los colores del arco iris simbolizan los variados dones y frutos del Espíritu Santo que se funden en un solo haz de luz blanca. Pero también es el arco iris un símbolo de la fidelidad de Dios con el hombre, así como fue en el pasado una señal del pacto inconmovible que Dios estableció con Noé, de que nunca más la humanidad perecería por las aguas. (Gn 9:11-17).
Las nubes que, como una enhiesta columna, guiaron a Israel en su peregrinar de 40 años por el desierto, son un símbolo de la presencia de Dios que nunca nos deja y nos acompaña a lo largo de la vida (Ex:33; Nm 9:15-23). Cuando las ilumina el sol y las tiñe de magníficos colores, son una imagen de su incomparable majestad, como lo era la nube de gloria que descendió sobre el tabernáculo de reunión edificado por Moisés, y no dejaba que nadie entrara (Ex 40:34-38). Esa nube en particular era, es cierto, más que una imagen, una manifestación de su gloria, manifestación que el pueblo elegido necesitaba en un momento decisivo de su arduo peregrinar.
El pan es una imagen de la bondad de Dios que sacia nuestro hambre y nos alimenta. Por eso dice la gente: “bueno como el pan".
"La leche no adulterada", como bien sabemos, es un símbolo de la palabra que nutre a los recién nacidos en la fe (1P:2:2).
Toda la creación nos habla de Dios y canta a su gloria. ¿Podremos nosotros permanecer mudos y no unirnos al salmo en su alabanza que entona la naturaleza entera?
¡Oh, cuánta verdad hay en ese verso: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos"! (Sal 19:1). Yo quiero unir mi voz al canto de toda la creación para darle gracias por todas las bendiciones que ha derramado sobre mí. ¿Y tú no quieres unir la tuya, a la alabanza a ese Padre que todo lo ha hecho para tu bien? ¿En cuyo seno vives y cuyo aliento respiras? ¿Que te ha dado no sólo la vida, sino todo lo que tienes? ¿Y que encima, como si todo lo anterior fuera poco, envió a su Hijo para salvarte? ¿Serías tú tan ingrato como para darle la espalda? Si empecinado lo haces, te perderás para siempre. Pero si te vuelves a Él, algún día gozarás de su presencia sin el velo de la carne. Y tu dicha no tendrá fin.
Notas: 1. Los comentaristas dicen que Dios se revela al hombre básicamente de dos maneras: por medio de la naturaleza creada, y mediante su Palabra (También puede, es cierto, hablarle al ser humano directamente al corazón mediante el Espíritu Santo). El mundo, dice un autor medieval, es un libro escrito por el dedo de Dios que todos pueden leer. Pablo alude a ese hecho en Rm 1:18-21. Y más adelante, en el vers. 10:18 cita el vers. 4 de este salmo.
La primera parte del salmo 19 (vers 1-6) habla de la primera forma de revelación; la segunda (vers. 7-11), de la revelación mediante la Palabra.
2. Esta es una ilustración figurada, no una explicación de la Trinidad, como a veces se la presenta. Las tres personas de la Trinidad no son modalidades diferentes en las que la Deidad se manifiesta, sino son personas en sí mismas distintas. Incluso la misma palabra "persona"  tomada del lenguaje común, expresa pobremente la individualidad de cada una de ellas. De qué manera las tres son a la vez uno, es un misterio que está más allá del tema de este artículo.
NB Esta charla radial, escrita el 21.01.01, fue impresa por primera vez en marzo de 2001, y luego en octubre de 2007. Se imprime por tercera vez ligeramente revisada.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos diciendo: Jesús, yo te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.
#956 (18.12.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

miércoles, 10 de febrero de 2016

LA ORACIÓN II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA ORACIÓN II

Revisando mi charla anterior (La Oración I), al llegar al texto que decía: Si no le amamos y adoramos en la intimidad de nuestro ser, no le amaremos en la práctica de la vida, me di cuenta de que antes de preguntar ¿Cómo se ama a Dios en la práctica? debí haber preguntado ¿Cómo se ama a Dios en la intimidad de nuestro ser? No lo hice porque pensé que todos mis lectores lo saben. Pero quizá no sea tan evidente para todos.

Así que contestemos a esa pregunta. Lo primero que debemos tener en cuenta es que nosotros somos indignos de acercarnos a Dios. Aunque tengamos la sincera intención de honrarlo en nuestras vidas, en los hechos muchas veces le fallamos y nos comportamos de una manera que no le agrada. Por ese motivo, la primera forma de amarlo es decirle que reconocemos nuestra indignidad, que sabemos que no merecemos que nos atienda, y enseguida pedirle perdón por las muchas veces que le hemos sido ingratos, en lo poco y en lo mucho. Y a continuación, suplicarle que nos admita en su presencia. Lo hará porque de todos modos lo desea, y ya nos ha perdonado.

¿Cómo se ama a Dios? Pues simplemente amándolo. Diciéndole todas las cosas gratas que nos vengan en mente y que nuestro amor inspire. Dios no se cansará de oírlas. Más bien, Él hará que nuestro amor crezca al decirlas.

Amamos a Dios en nuestro ser más íntimo dándole gracias por los muchos favores y bendiciones que hemos recibido de Él, comenzando por la vida misma, por la salud y el bienestar de que gozamos. Podemos decirle con el rey David: "Bendice alma mía al Señor, y todo mi ser bendiga su santo nombre" (Sal 103:1).

En ese salmo el poeta real enumera algunas de las bendiciones que recibió de Dios. Nosotros podríamos hacer lo mismo, recordando las muchas cosas que Dios ha hecho a favor nuestro desde nuestro nacimiento, y dándole gracias por cada una de ellas. Nosotros las conocemos bien, pero no deberíamos olvidarlas nunca,  porque tenerlas siempre en mente fortalece nuestra fe y nuestra confianza en Él, y nos ayuda a esperar cosas mejores.

Alabar a Dios es darle el lugar que le corresponde: "Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder..." (Ap 4:11). Jesús nos enseñó a decir en el Padre Nuestro: "Santificado sea tu nombre" (Mt 6:9), esto es, sea tu nombre alabado, bendito, exaltado, por encima de todas las cosas.

Cuando alabamos a Dios, atraemos su presencia sobre nosotros: "Dios habita en medio de las alabanzas de Israel." (Sal 22:3), esto es, de su pueblo, que somos nosotros. ¿Y qué puede darnos la presencia de Dios sino gozo? Como nos lo recuerda el salmista: "Te alabaré, oh Señor; con todo mi corazón; contaré todas tus maravillas. Me alegraré y me regocijaré en ti." (Sal 9:1,2).

Cuando nos alegramos en Él, Él se regocija en nosotros. ¿No quisiéramos nosotros, sus hijos, que nuestro Padre se alegre en nosotros? ¿Qué mayor alegría podemos tener en la tierra sino que Dios nos visite con su presencia y su gozo? Si alguna vez estamos cansados, deprimidos, tristes, el mejor remedio es empezar a alabarlo, aunque no tengamos ganas de hacerlo. En poco tiempo el gozo de Dios vendrá sobre nosotros y disipará las nubes que ensombrecen nuestra alma.

Frente a las desgracias y tribulaciones, frente a las ingratitudes e incomprensiones,
frente a las injusticias de la vida, el mejor remedio es gozarse en Dios, alabarle y darle gracias, aun por aquello que nos aflige. Con el  gozo de Dios retornarán nuestras fuerzas, si acaso las hubiésemos perdido: "El gozo del Señor mi fortaleza es." (Nh 8:10). ¡Cuántas veces lo hemos cantado!

Más importante es experimentarlo. Pero ése no es el único beneficio: Al alabarle y darle gracias a Dios por todos sus favores, convertimos nuestros sinsabores en fuente de bendiciones, y nos atraemos otras nuevas: "Haz del Señor tus delicias y Él te dará los deseos de tu corazón." (Sal 37:4). Cuando nos deleitamos en Dios, Él se deleita en concedernos nuestros deseos más íntimos, más preciados, sin que tengamos necesidad de  pedírselos.

¿Cuál es la diferencia entre la alabanza y la adoración? Creo que todos lo sabemos de una manera instintiva. Pero una manera de hacer explícita la diferencia sería decir que la primera es expansiva, y la segunda intimista; que la primera lleva naturalmente a elevar la voz; la segunda conduce al silencio: "Guarda silencio ante el Señor y espera en Él." (Sal 37:7a). Sí, bien podemos adorarlo en silencio y Él escucha nuestros más ocultos pensamientos como si los gritáramos a voz en cuello. Podríamos agregar que se alaba mayormente con la boca ("alabar" quiere decir "dar gracias"), y se adora sobre todo con la actitud corporal.

El verbo griego que traducimos por "adorar", "proskuneo", quiere decir literalmente "postrarse". Esa es la actitud que expresa mejor la adoración, así como el estar de pie, cantando o bailando, expresa la alabanza. Cuando adoramos nos arrodillamos, nos postramos con la frente en el suelo, como el esclavo ante su señor, en señal de sumisión.

Hay un episodio en los evangelios que manifiesta muy bien lo que es la adoración: el de la pecadora que cubre de besos y lágrimas los pies de Jesús (Lc 7:37,38). Los hombres objetarán quizá: ¡la que hacía eso era una mujer! En el espíritu no hay sexo, no hay hombre, no hay mujer, como dijo Pablo (Gal 3:28). Todos somos iguales. (Nota 1).

Generalmente asociamos en nuestro espíritu las palabras "oración" y "petición". Si oramos es porque necesitamos algo, y se lo pedimos a Dios para que nos lo conceda. La conexión es cierta. La petición forma parte de la oración. Pero hemos visto que no es su único aspecto, ni es el primero.

Es de mal gusto y una descortesía acercarse a una persona y, sin más, pedirle algo sin ni siquiera saludarlo (2). Si no lo somos con los hombres, mucho menos debemos ser maleducados y descorteses con Dios. Después de todo la cortesía y las buenas maneras surgen del amor. ¿Amaremos menos a Dios que al prójimo? ¿Seremos menos considerados con Él que con el vecino?

Si dedicamos la mayor parte de nuestra oración a alabarlo y bendecirlo, nos habremos ganado su favor, y sólo necesitaremos decirle llanamente, y en pocas palabras, lo que necesitamos para que nos lo conceda.

Pero hay quienes sostienen que no se debe utilizar a Dios como si fuera el duende de la lámpara de Aladino: "¡Dame! ¡Tráeme! ¡Consígueme!" No está bien, dicen, pedirle a Dios cosas todo el tiempo.

Sin embargo, su palabra dice: "Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; tocad y se os abrirá. Porque todo el que pide,  recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá." (Lc 11:9,10). La primera parte es una orden; la segunda, una promesa. Él mismo nos exhorta a pedirle. Él quiere que le pidamos. Nuestras peticiones no le aburren, no le  molestan, no le cansan; al contrario, le agradan. Si deseamos algo y no queremos pedírselo a Dios ¿no será quizá porque no queremos recibirlo de sus manos, o porque no queremos que Él tenga que ver nada con eso? Quizá  pensemos que no nos lo daría si lo mencionamos. Queremos tenerlo sin que Él lo sepa.

Pero si hay algo que deseamos recibir, mas no de sus manos, mejor será que ni siquiera lo deseemos. Porque no  nos convendría. Pero si de algo pensamos que sí lo podríamos recibir de Él, pidámoselo aunque no lo recibamos, porque el sólo hecho de orar nos hace mejores, nos cambia para bien. Ésa es la razón, creo yo, por la que Él, aunque sabe muy bien todo lo que necesitamos, quiere, no obstante, que se lo pidamos (Mr 10:51).

Notas: 1. Por si acaso alguien nos entienda mal, digamos que sí hay diferencia en la tierra entre uno y otro, es decir, mientras estemos en la carne. Diferencia pero no preeminencia. Hay quienes sostienen, sin embargo, que las características psicológicas de los sexos se mantienen en el más allá, porque en la dualidad masculino/femenino  Dios se expresa a sí mismo, expresa la multiforme naturaleza de su ser.
2. Aunque muchas veces lo hacemos en la práctica. El peruano se ha vuelto descortés. Pero el cristiano no debe serlo. Ése es un tema al cual valdría la pena dedicar toda una enseñanza.

NB. Como el artículo anterior, este artículo fue publicado por primera vez en febrero del 2002, y fue reimpreso nuevamente cuatro años después. Se publica de nuevo, pero dividido en dos partes debido a su extensión.

Amado lector: Jesús dijo: "De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a i r a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare, y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."


#888 (05.07.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

martes, 10 de diciembre de 2013

EL CRISTIANO QUE DA EL DIEZMO

EL CRISTIANO QUE DA EL DIEZMO –de manera voluntaria y
alegremente, no presionado- conforma toda su existencia a la voluntad de Dios, porque le ha entregado su corazón junto con su tesoro. No será un cristiano hasta aquí no más. Cristiano en la iglesia, pero no en la calle; cristiano en casa, pero no en la vida pública. Será un cristiano en todos sus actos, en los que se ven, y en los que no se ven, porque tiene en Dios su tesoro.
El diezmo es para el cristiano lo que el árbol de la ciencia del bien y del mal fue para Adán y Eva. Dios les había encomendado el huerto del Edén para que lo labraran y cuidaran. Ellos podían comer del fruto de todos los árboles que había en el jardín, menos de uno.
Dios te ha dado tu vida y el lugar que ocupas en el mundo, para que lo labres y lo desarrolles, y algún día te pedirá cuentas de cómo lo hiciste. Nosotros podemos comer del fruto de todos los árboles que hay en el jardín de nuestra vida, del fruto de todo nuestro trabajo, menos del diezmo. Tenemos que cultivar el diezmo, es decir, la parte de nuestro trabajo que genera el dinero para el diezmo, pero no podemos comer del fruto de ese árbol, no podemos tocar el diezmo. Le pertenece al dueño del huerto.

(Estos párrafos están tomados del artículo titulado “El Diezmo”, publicado hace nueve años)

jueves, 21 de noviembre de 2013

AGRADECIMIENTO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
AGRADECIMIENTO
¿Quién no ha experimentado alguna vez esa gran alegría que se siente cuando uno le hace un regalo a una persona y ella le devuelve una sonrisa conmovida diciendo "¡Gracias!" desde el fondo del alma, "¡Cuánto me alegra que lo hayas pensado!"?
Pero también ¿quién no ha sentido esa gran desilusión que produce hacer un regalo que nos ha costado tiempo y dinero, o hasta fatiga encontrar, y que la persona lo reciba sin darle importancia, como si no valiera nada, o como si fuera su derecho recibirlo, y no diga una sola palabra de agradecimiento, o si lo dice lo haga secamente?
¿A qué se debe esa diferencia de actitudes? ¿Por qué reaccionan unos de una manera y otros de otra? Depende del corazón de la persona que recibe el regalo. Según el estado de su corazón responde y habla el ser humano. El corazón es el que gobierna nuestras reacciones.
Un corazón duro, egocéntrico, como hay muchos, recibe lo que le dan como si fuera su derecho y es incapaz, a su vez, de dar a otro ni siquiera una sonrisa a cambio, salvo que le convenga.
Un corazón mezquino no reconoce el bien que recibe de otros, porque le cuesta admitir que en los demás haya algo bueno, y, de repente, hasta  sospechará que hay una intención oculta detrás del regalo: ¿Qué estará buscando éste?
Un corazón herido tiene dificultades para salir de su propia pena y gozar del bien que recibe de otros, agradeciéndolo como debiera, porque piensa que no lo merece, o se siente menos.
Un corazón egoísta sólo piensa en lo que necesita, y nunca piensa en lo que otros puedan necesitar; y cuando recibe algún regalo, lo toma como si fuera el pago de una deuda largo tiempo vencida.
Pero un corazón sano valora el regalo y todo lo que otros puedan darle, y verá en la menor muestra de generosidad ajena una ocasión para demostrar su aprecio por el dador.
El que se siente por encima de los demás, no agradece porque considera que todos le deben pleitesía. Pero el que está debajo, el que tiene una baja autoestima, agradece todo lo que le dan como si fuera un favor inmerecido.
El orgulloso considera indigno reconocer que hay algún valor en lo que su prójimo le alcanza. Él no necesita de regalos porque todo lo tiene y todo lo puede, aunque sea un miserable. Pero cuanto más humilde sea la persona, más reconocerá el valor del favor que le hacen y más agradecida estará. En cambio hay pobres orgullosos que no agradecen la limosna que suplican.
Mientras la soberbia levanta barreras entre los hombres, la humildad las derriba. Dios actúa de una manera semejante pues, según dice su palabra, Él “resiste a los soberbios, mas da gracia a los humildes.” (1P 5:5)
Ahora bien, ¿cuál debe ser nuestra actitud con Dios? Nosotros hemos recibido todo de Él. No sólo la existencia, sino la vida misma. Ese aliento que hincha nuestros pulmones es un eco del espíritu que Dios sopló en las narices de Adán y que aún resuena en nuestro pecho. Es una pequeña parte de la propia vida de Dios que respira en nosotros. ¿Recuerdan el relato del Génesis? Dice que Dios sopló aliento de vida en el cuerpo que había formado con el polvo de la tierra. (Gn 2:7). Eso es lo que somos nosotros. Polvo de la tierra que ha recibido un aliento de vida de su Creador.
Y si Él no pensara constantemente en nosotros; si Él retirara por un solo instante su atención de nosotros, desapareceríamos sin dejar huella, retornaríamos súbitamente a la nada de la que salimos, pues todo subsiste gracias a Él, como dice la Escritura: "Él sustenta todas las cosas con la palabra de su poder." (Hb 1:3)
Pero no sólo la vida, el cuerpo y los sentidos, sino también la mente con la cual pensamos y sus facultades: la memoria, la imaginación y la inteligencia; los sentimientos y emociones que hacen bella la vida; y la voluntad que nos permite dirigirla y hacer cosas. Todo lo hemos recibido de Dios. Nada de eso hemos obtenido por nuestro propio esfuerzo, y nada de lo material que poseemos nos llevaremos cuando dejemos este mundo. Nos iremos tan desnudos como cuando nacimos.
¿A quién se le podría preguntar: Dónde compraste tus ojos? ¿O cuánto esfuerzo te costó conseguir esas manos tan ágiles que tienes?
San Pablo escribió en primera a Tesalonicenses: "Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús." (5:18)
Hemos de dar gracias a los demás por los favores que nos hacen. Pero sobre todo, hemos de dar gracias a Dios por todas las cosas. No sólo en las alegrías y por las alegrías, sino también en las penas y por las penas. Porque todo viene de Dios.
“¿Cómo? -dirá alguno- ¿Acaso lo malo viene de Dios?” ¿No recuerdan la historia de Job? Cuando a Job le fue quitado todo lo que tenía y se quedó en la miseria, él exclamó: "Dios me lo dio; Dios me lo quitó; bendito sea su nombre." (Jb 1:21)
Sin embargo, sabemos que no fue Dios sino el demonio quien destruyó las posesiones de Job y quien mató a sus hijos, porque en el prólogo del poema leemos cómo Satanás le dice a Dios que si Job le permanece fiel es porque le conviene, ya que lo ha bendecido sobremanera. “Pero quítale lo que le has dado, ¡a ver si no te maldice!” agrega el demonio.(Jb 1:11) Entonces Dios le da carta blanca a Satanás para que haga con Job lo que le parezca, siempre y cuando no toque su cuerpo (v. 12). Y Job pierde todo lo que posee, pierde hasta sus hijos.
Más adelante le otorga permiso para enfermarlo también si quiere, pero sin tocar su vida (Jb 2:6). Y cuando estaba sentado sobre un montón de ceniza, rascándose sus llagas con una teja, Job fue tentado por su mujer para maldecir a Dios. Pero él le reprenda: "¿Recibiremos sólo lo bueno de Dios y no lo malo?" (Jb 2:10).
Todo lo que sucede al hombre, sea bueno, sea malo, viene de Dios, porque nada puede ocurrirnos sin que Él lo permita. Para recalcar esta verdad, dice su palabra en Deuteronomio: "Yo hago morir y yo hago vivir; yo hiero y yo sano." (Dt 32:39; cf Os 6:1)  Él gobierna soberanamente sobre todo lo que ocurre en el tierra, y paga a cada cual según sus obras (Sal 62:12; Mt 16:27). Él hace que todos –individuos y naciones- cosechemos lo que sembramos (Gal 6:7).
Ciertamente, como dice la epístola de Santiago, “toda buena dádiva viene de lo alto” (St 1:17), y no es Dios –dice Jesús- quien da a sus hijos una piedra, o una serpiente -símbolo de desgracia- cuando le piden algo bueno (Lc 11:11).
Pero entonces, se preguntará alguno: ¿Por qué me sucede esto? Tenemos que reconocer que muchas de las cosas malas que le suceden al hombre son simplemente consecuencia natural de sus propios actos. Si uno come en exceso todos los días, dejándose llevar por la gula, ¿a quién va a echar la culpa si se enferma del estómago? Y si maneja como un loco, ¿a quién va a echar la culpa si sufre un accidente?
Pero de otro lado, aún estando libres de culpa, muchas también son las aflicciones con las que Satanás busca atormentarnos, porque "él ha venido -dijo Jesús- sólo para robar, matar y destruir." (Jn10:10)
Sin embargo, nada de lo que el diablo nos quiera hacer para atormentarnos, puede sobrevenirnos si Dios no lo permite; sin que Dios, en última instancia, lo quiera. Y si Dios lo permite, o lo quiere directamente, no es por maldad, ni por hacernos daño, tampoco por darle gusto al diablo, sino para nuestro bien. Fue Dios quien permitió que el diablo afligiera a Job. Si no se lo permitía, no hubiera podido hacerle nada. Y fue para su bien, porque al fin tuvo más de lo que antes poseía. Y mucho más, porque se volvió sabio y tuvo el privilegio de que Dios le hablara.
A nosotros nos es difícil comprender cómo de un mal puede Dios sacar un bien. Hay un refrán español, sin embargo, que expresa esa verdad: “Dios traza renglones derechos con pautas torcidas.” Y hay otro que expresa una verdad semejante: “No hay mal que por bien no venga.” (Nótese que muchos refranes antiguos expresan pensamientos basados en la Biblia). Dios está mucho más alto que nuestros pensamientos y sus caminos -dice su palabra- no son nuestros caminos (Is 55:8,9). El amor infinito que Dios tiene por el hombre hace que todo lo que a su criatura le sucede, aun el castigo, sea para su bien, no para su mal. Y si el hombre, al final de su carrera, recibe el fruto de su rebeldía, esto es, la separación eterna de Dios, no es porque Dios lo haya deseado, sino porque el propio hombre así lo ha querido, a pesar de todo lo que Dios hizo para salvarlo, incluso dando la vida de su Hijo único en rescate de sus pecados.
Por eso es que, cualesquiera que sean las circunstancias, debemos dar gloria a Dios por ellas, como dice Efesios: "...dando gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo." (5:20).
Si nosotros le damos gracias a Dios también en las malas, en primer lugar, estaremos reconociendo que Dios es Rey soberano sobre toda la tierra y que Él gobierna el mundo según su beneplácito. Segundo, reconoceremos que Él tiene una intención superior -para nosotros inescrutable- al permitir que temporalmente algo malo nos venga al encuentro. Y tercero, al agradecerle nosotros manifestamos también nuestra fe de que Él puede sacar de lo ocurrido un bien mayor a lo que hemos perdido, porque Él todo lo puede. En suma, al agradecerle y alabarle en todas las circunstancias, buenas o malas, elevamos un cántico de fe a Dios.
Algún día veremos las cosas buenas de nuestra vida que Dios sacó de las circunstancias desfavorables que por las que atravesamos, porque la voluntad de Dios para nosotros es siempre buena. Ya lo dijo Pablo, “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.” (Rm 8:28).
De ahí viene que en el salmo 103 David cante: "Bendice alma mía al Señor y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas sus iniquidades; el que sana todas tus dolencias; el que rescata tu vida de la fosa; el que te corona de favores y de misericordias; el que sacia de bien tu boca, de modo que te rejuvenezcas como el águila." (1-5).
No olvides que todo lo que tienes viene de Él y que tú no has ganado con tu esfuerzo ni un solo latido de tu corazón. Que todo se lo debes a Él, y que así como viniste a este mundo desnudo, desnudo también te irás.
El salmo 34 expresa cuál debe ser nuestra actitud permanente:  "Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca." (v. 1) Sí, en todo tiempo lo he de bendecir y su alabanza estará de continuo en mi boca. Es decir, incesantemente; sin dejar de alabarlo un solo instante.
¿Es posible esto? Sí es posible dar gracias a Dios a lo largo del día por todo lo que podemos hacer, por todo lo que recibimos y por todo lo que nos sucede. Basta proponérnoslo. Como dice Pablo en Colosenses: "Y todo lo que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él." (3:17)
Todo lo que hagamos debemos hacerlo en nombre suyo: levantarnos, vestirnos, tomar desayuno, comer, ir a trabajar, etc., etc. Todo debemos hacerlo en su nombre y con su permiso, porque le pertenecemos.
Vivir de esta manera trae consigo una gran recompensa. En primer lugar, nos hace estar alegres, porque la alabanza y el agradecimiento ahuyentan la tristeza. Uno no puede dar gracias y a la vez quejarse. Porque una de dos: o agradezco, o me quejo. El que se queja está triste por lo que causa su lamento; el que agradece, está lleno de gozo por el bien recibido. Y si acaso le sobreviene un percance, agradece a Dios de antemano por la solución que Él le envía.
Así que, cuando esperas algo bueno de Dios, agradece ya por ello, antes de haberlo recibido.
En segundo lugar, agradecer nos prepara para recibir más de lo bueno y bienes mayores. Si nosotros hacemos a alguien algún regalo y no lo agradece, difícilmente tendremos deseos de volverle a regalar. Pero si nos lo agradece de todo corazón, cuando podamos le haremos otro regalo, aunque más no fuera, por la dicha que nos produce su agradecimiento.
Pues igual es Dios, porque Él tiene nuestros sentimientos, sólo que más altos y más intensos. Si Él ve que su hijo no agradece el bien que le ha hecho, pensará que no lo necesita o no lo aprecia. Pero si ve que lo atesoramos y se lo agradecemos, volverá a abrir las ventanas de los cielos para bendecirnos, porque al alabarlo, le honramos. El que no agradece a Dios por todo, se pierde la oportunidad de recibir todas las bendiciones que Él le tiene preparadas.
Así que si quieres que Dios te siga bendiciendo agradécele, por el sol, por el buen tiempo, o por la lluvia, o por el pequeño favor que te hicieron y que te sacó de apuros, porque fue Él quien puso en la mente de esa persona el hacerlo.
En tercer lugar, el agradecimiento nos mantiene humildes y combate el orgullo. No es posible ser soberbio cuando uno reconoce que lo que tiene no es por mérito propio sino, al contrario, es inmerecido. Porque si uno merece lo que recibe, no necesita agradecerlo, es un pago.
¿Quién puede decir: Yo merezco todo lo bueno que Dios me ha dado? Si tienes buena vista, ¿la has merecido? Con ella viniste al mundo. Si estas con vida y salud a tu edad, ¿lo has merecido? Quizá al contrario, no has llevado una vida santa y has maltratado tu cuerpo. Pero Dios te ha perdonado y te ha restaurado, “porque Él es bueno y para siempre es su misericordia.” (Sal 136:1).
En cuarto lugar, nuestro agradecimiento agrada a Dios. Conocemos el episodio de Lucas en que Jesús sana a diez leprosos que encuentra. Él les manda presentarse al sacerdote, según lo ordenado por Moisés (Lv 14:2-4), a fin de que certifique su curación, y en el camino son limpiados de la lepra. Entonces uno de ellos, que era samaritano, viendo que había sido sanado, vuelve donde Jesús dando gloria a Dios a gritos. Pero Jesús pregunta: “¿No eran diez los que fueron sanados? ¿Cómo es que sólo uno y todavía extranjero, regresa a agradecerlo? ¿Dónde están los otros nueve?” (Lc 17:17,18)
Entonces le dice al hombre: "Levántate, tu fe te ha salvado." (v. 19)
Fíjense, fueron diez los que recibieron de Jesús su curación, pero este samaritano agradecido recibió algo más, algo mucho mejor y más valioso que su curación física: su salvación eterna. No sabemos si los otros nueve, se perdieron o no. Pero el agradecido fue salvado, esto es, regenerado, y recibió en ese instante la seguridad de que algún día estaría con Dios.
Así pues, al agradecer a Dios, nosotros nos preparamos para recibir bienes cada vez mayores a los ya recibidos. Y el bien mayor que se puede recibir en vida es el quinto beneficio del agradecimiento:
Esto es, el que agradece y alaba a Dios todo el tiempo, permanece todo el tiempo en su presencia. Ése es el mayor beneficio que el hombre puede recibir en esta vida, porque constituye un adelanto de lo que será el cielo.
¿En qué consiste el cielo? ¿Hay alguien que haya estado en el cielo y haya regresado para contarlo?
No sabemos en verdad qué cosas que ojo humano nunca vio, ni oído humano nunca escuchó, prepara Dios para los que le aman (1Cor 2:9; Is 64:4). ¿Qué cosa será eso que Dios tiene preparado para nosotros como recompensa por haberle sido fieles?
Pero de todos los bienes que Él puede darnos, ninguno hay mayor que Él mismo, ninguno mayor que estar en su presencia, ver su gloria, contemplar su belleza, bañarse en su amor por los siglos de los siglos.
Gozaremos de una felicidad tan grande, que si la experimentáramos un segundo en este cuerpo mortal, nos desmayaríamos de la impresión.
Pues bien, el que vive en la presencia de Dios constantemente, recordando que vive bajo su mirada y pensando en Él todo el tiempo, tiene en esta vida  un adelanto, un anticipo, de lo que será algún día su dicha eterna en el cielo.
NB. Este artículo está basado en una enseñanza dada en el ministerio de la Edad de Oro el 15.08.13, la cual, a su vez, estuvo basada en una charla radial transmitida el 03.10.98, cuyo texto fue impreso cinco años después.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (Vol 1) INFORMES: EDITORES VERDAD & PRESENCIA. AV. PETIT THOUARS 1191, SANTA BEATRIZ, LIMA. TEL. 4712178.

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