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miércoles, 1 de febrero de 2017

CON MI VOZ CLAMARÉ A JEHOVÁ

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
CON MI VOZ CLAMARÉ A JEHOVÁ
Un Comentario del Salmo 142
“Masquil de David. Oración que hizo cuando estaba en la cueva.”

“Masquil” quiere decir enseñanza. Según la inscripción que figura en el encabezamiento, este salmo habría sido compuesto cuando David se encontraba escondido en una cueva, huyendo de Saúl, en lo que fue quizá el momento más bajo de su carrera. Él se encontró dos veces en ese trance. Una, cuando se escondió en la cueva de Adulam (1Sm 22:1,2), y sus hermanos y una turba de afligidos vino a juntársele; y otra, cuando se escondió en una cueva en el desierto de En-Gadi, cerca del Mar Muerto, en que pudo haber matado a Saúl, que se encontró en un momento a su merced, pero renunció a atentar contra el ungido de Dios (1Sm 24:1-7). Nos es difícil imaginar que un hombre, que iba a ocupar un lugar tan prominente en su país, pudo haber pasado por situaciones tan desesperadas, huyendo de un hombre que se había propuesto matarlo. Pero quizá esa prueba sirvió de preparación para la misión que después le tocaría desempeñar.
El salmo habría sido escrito en una de esas dos ocasiones, o quizá algún tiempo después recordando esas penosas experiencias. Pero debe tenerse en cuenta que las inscripciones como éstas, que figuran en muchos salmos, fueron añadidas mucho tiempo después de su composición por personas que querían vincularlos con incidentes, o circunstancias determinadas de la vida del rey poeta. No forman parte del texto inspirado y, por tanto, la información que proporcionan no es necesariamente infalible.
Podemos notar que, pese a su tono angustiado, el salmo termina con una nota de esperanza. Los dos primeros versículos son ejemplos de paralelismo sinónimo.
1. “Con mi voz clamaré a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia.”
El salmista angustiado eleva su voz a Dios, pidiendo auxilio, apelando a su misericordia. Esto es imagen de lo que todos nosotros hacemos cuando nos encontramos desesperados. ¿A quién recurrir en esa situación sino a Dios? ¿Quién puede apiadarse más de uno que Él, y quién tiene el poder de socorrernos sino Él?
El salmista dice que clamará y pedirá con su voz a Dios misericordia, esto es, que se apiade de él y lo ayude.
¿Por qué insiste tanto en que lo hará “con su voz”? ¿Hay alguna manera de pedir ayuda sin hacerlo en voz alta? Levantamos la voz cuando nos encontramos en peligro y estamos angustiados. En ese tipo de situaciones no basta con orar mentalmente, aunque Dios escuche nuestros pensamientos. Es necesario clamar a voz en cuello, que todos los que estén alrededor escuchen, que todos estén enterados, aunque no hagan nada para ayudarnos, para vergüenza suya.
Quizá la actitud de no atender al clamor del angustiado esté dominada por el pensamiento: ¿Para qué me voy a meter en problemas? Esa es una actitud cobarde muy prevaleciente.
Cuando nuestra oración desesperada ha sido escuchada, nos conforta recordar las circunstancias en que lo fue, y volver a sentir ese alivio y ese agradecimiento a Dios que nos conforta con la seguridad de que si volvemos a pasar por una situación angustiosa, nuestra oración volverá a ser escuchada. David recuerda que fue a Dios a quien acudió. No buscó otro defensor, otro abogado, porque Él bastaba.
2. “Delante de Él expondré mi queja; delante de Él manifestaré mi angustia.”
Este versículo es la continuación del versículo anterior y es también un ejemplo de paralelismo sinónimo.
Felizmente cuando el hijo de Dios se encuentra en dificultades, no está desamparado. Puede acudir a su Padre para exponerle su situación y pedirle ayuda, seguro de que no será rechazado. Puede presentarse delante de Él, pues tiene acceso a su cámara privada.
Cuando nos encontramos en un peligro angustioso, o simplemente en necesidad, podemos recibir diversos tipos de respuesta a nuestro pedido de ayuda. Habrá algunos orgullosos que, satisfechos de su poder, creen no necesitar de nadie, y que miran con desprecio al que clama por ayuda. Habrá quienes respondan con frialdad, porque la necesidad ajena los deja indiferentes. Habrá también la falsa simpatía de los hipócritas que no mueven un dedo para ayudar a otro.
Spurgeon dice que podemos quejarnos a Dios, pero no de Dios. Con Él podemos ser completamente francos, describiendo nuestra situación sin reservas ni timidez, algo que no podríamos hacer con la mayoría de nuestros semejantes, pues podrían aprovecharse más tarde de nuestra franqueza, y echarnos en cara lo que imprudentemente revelamos.
Él dice también que nosotros le mostramos nuestra situación a Dios, no para que Él la vea, sino para que nosotros lo veamos a Él, para alivio nuestro; no para informarle de lo que Él ya conoce, sino para que estemos seguros de que Él nos escucha y tiene el poder para ayudarnos. Al describirle nuestra situación Él nos iluminará para que veamos cómo la situación peligrosa puede desvanecerse, o en qué medida no es tan grave como nosotros lo imaginamos. Pero si el peligro en verdad fuera grande, más grande es su poder para salvarnos de él.
3. “Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda.”
“En el camino en que andaba me escondieron lazo.”
Cuando enfrentamos un grave peligro, o una situación difícil, es natural que nos angustiemos, que tengamos temor ante el posible desenlace contrario. El salmista le dice a Dios: Cuando yo estaba en esa situación, tú eras consciente de lo que me ocurría, y acudiste en mi ayuda en el momento oportuno. Tú viste cómo mis enemigos sin escrúpulo alguno me tendieron una trampa para hacerme caer. Estaba enteramente a su merced.
David, que era un héroe, dice Spurgeon, pudo derribar a un gigante, pero no pudo en este aprieto mantenerse espiritualmente de pie. Entonces, después de haber descrito la condición en que se hallaba, dejó de mirarla, y elevó su pensamiento a Dios que todo lo ve y todo lo puede.
Dejó de mirar su propia impotencia, para ver al Omnipotente. Él entendíó  que Dios ve lo que nosotros no vemos,  que Él puede lo que nosotros no podemos; que Dios nunca ignora nuestra situación, porque si bien nosotros todos los días nos echamos a dormir para descansar, el que guarda a Israel nunca se cansa ni se duerme (Sal 121:4).
Nosotros muchas veces no sabemos qué podemos hacer, o qué camino tomar, pero Dios siempre sabe qué es lo que se puede hacer, sabe cuál es la solución, qué medio usar.
¡Oh, sí, confiemos en Él! Cuanto más difícil y peligrosa sea la situación, más debemos confiar en Él, porque para Él no hay nada imposible (Lc 1:37).
4. “Mira  a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer.”
“No tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida.”
El salmista clama a Dios para que vea la situación en que se encuentra como si Él no la conociera. Pero es una manera de expresar su angustia, y también una forma de describirla para beneficio de los lectores del salmo que no la conocen.
“Mira a mi diestra” es una manera convencional de decir: Mira la situación en que me hallo. No encuentro a nadie que me acoja, o con quien pueda hablar. Soy un indeseable para todos. Me encuentro desamparado. Si tú no cuidas de mí, nadie lo hará.
Una de las situaciones más difíciles en que se pueda encontrar una persona es cuando se encuentra en un lugar inhóspito, donde no conoce a nadie y nadie lo conoce. Es un extraño y todos lo miran con desconfianza, si no es con desagrado, o antipatía, o directamente rechazo, sobre todo si su aspecto es diferente, sea por el color de su piel, u otra característica física, sea por su indumentaria. Cuanto más pequeño es el pueblo o lugar, cuanto más apartado del tráfico de la gente, mayor será la reacción negativa frente al forastero.
¡Qué triste es cuando necesitamos que se nos ayude, y no encontramos a nadie que esté dispuesto a hacerlo! Todos nos dan la espalda y nos abandonan a nuestra suerte. Ésa fue la experiencia por la que pasó Jesús según Él mismo había predicho que ocurriría cuando los esbirros enviados por los sacerdotes del templo vinieran a apresarlo, según lo profetizado por Zacarías: “Hiere al pastor y serán dispersadas las ovejas.” (Zc 13:7; cf Mt 26:31)
David había conocido a muchos que le debían tanto, pero ahora que él necesitaba ayuda nadie lo conocía, todos lo habían olvidado. Eso sucede a menudo en el mundo: Cuando estás arriba todos alegan conocerte desde la cuna; cuando estás abajo, todos te desconocen, no recuerdan tu nombre ni tu cara. Nadie se interesa por tu suerte.
5. “Clamé a ti, oh Jehová; Dije: tú eres mi esperanza, Y mi porción en la tierra de los vivientes.”
Pero yo sé que puedo confiar en ti; tú eres la roca firme en que puedo apoyar mis pies, y mi escudo que me protege de mis enemigos. En verdad, tú eres el único en quien puedo confiar, porque eres el único que no falla, el único que me ama con amor eterno. Desde antes de que naciera, desde antes de que me cargara mi madre, tú me has tenido en tu regazo.
“La tierra de los vivientes” es una expresión que designa a los habitantes que pueblan la tierra, en oposición a los que ya descendieron al Seol, a la tumba. Es una manera de decir: en este mundo.
La expresión “mi porción” nos remite al salmo 16 en que David dice que Jehová es la porción, o parte, que le ha tocado como herencia; esto es, algo que es realmente suyo, una propiedad que nada ni nadie le puede discutir. Y así es realmente. Aunque somos sus criaturas y le pertenecemos, Dios a su vez, nos pertenece.
Notemos que en este versículo David clamó primero, y que después habló. Su grito fue angustioso, pero las palabras que salieron de su boca rebosaban confianza: “Tú eres mi esperanza”. Yo sé que no estoy solo, que tú no me has abandonado. Yo estaba huyendo de los enemigos que me persiguen, y encontré refugio en esta cueva, pero mi verdadero refugio eres tú, el inconmovible, el que nunca cambia.
Dios era la porción que le quedaba en la tierra de los vivientes porque le habían arrebatado la porción que en justicia le correspondía en la corte, el sitial que se había ganado con sus proezas.
6. “Escucha mi clamor, porque estoy muy afligido. Líbrame de los que me persiguen, porque son más fuertes que yo.”
Sólo tú, oh Dios, puedes librarme de esta aflicción. Por eso clamo a ti desesperado. Tú tienes el poder de librarme de los que me acosan, que son más numerosos y fuertes que yo. Reconozco mi debilidad en esta situación. No tengo nada de qué jactarme, y sólo cuento contigo para protegerme.
Cuando nos encontramos en una situación angustiosa, de grave peligro, sólo Dios es nuestro auxilio. Pero podemos acudir a Él confiados, sabiendo que Él nos ama y se preocupa por nosotros. En verdad, a lo largo de toda esa situación apremiante sus ojos no se han apartado de nosotros y sabe qué es lo que va a hacer. Yo me encuentro en un hoyo sin salida, según creo, pero Él sabe cómo me va a librar.
David reconoce que los que le persiguen son más fuertes que él. Él no puede enfrentarlos porque le superan en número. Pero si ellos son más fuertes que yo, tú, mi Dios, eres más fuerte que ellos.
Yo he caído muy bajo, pero no tan bajo que no me puedas rescatar. ¿Habré caído tan bajo que mis oraciones no lleguen a tus oídos? Aunque estuviere en lo más profundo de la tierra, tú escucharías mi voz.
Yo no puedo librarme de los que me persiguen, pero tú sí puedes librarme, tú que estás siempre a favor de los oprimidos y en contra de los opresores. Yo soy ahora uno que es oprimido y perseguido. Tengo derecho a recibir tu ayuda, y sé que no me la negarás, porque tú eres fiel a tu palabra.
Si hay alguien que ha estado una vez afligido, ése ha sido Jesús. Él pudo gritar desde la cruz: “Padre, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46) porque Él estaba rodeado de enemigos que eran más numerosos y fuertes que Él. Habían ensañado su odio contra Él, golpeándolo cruelmente y clavándolo a una cruz, y su aspecto llegó a ser miserable y de dar pena.  Pero la victoria de sus enemigos no duró mucho, porque Dios lo levantó de entre los muertos, y ya no pueden hacer nada contra Él.
7. “Saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre; Me rodearán los justos, porque tú me serás propicio.” 
Si tú me sacas de esta situación desesperada yo me dedicaré a alabarte para que todos sepan que tú, y sólo tú, eres mi salvación.
Todos los que te aman, los que conocen por propia experiencia cuán grande es tu fidelidad y tu misericordia, vendrán para escuchar de mi boca cómo tú me has ayudado y unirán sus voces a las mías para alabarte y agradecerte.
No hay prisionero que no agradezca al que lo sacó de la cárcel. Pero la liberación más gloriosa es la espiritual, la liberación de la desesperanza, de la soledad, del asedio de las tentaciones, del envilecimiento que produce el pecado, … Sólo Dios puede llevarla a cabo, pero cuando lo hace todos quieren oír el testimonio del que fue liberado de las cadenas que oprimían su alma, y puso una nueva canción en sus labios.
¡Qué tremendo contraste entre la caverna en que se consumía el ánimo de David, y el júbilo de las doce tribus que más adelante se unirán para proclamarlo rey de Israel (2Sm 5:1-3). Ese día en verdad Dios le fue propicio y lo bendijo abundantemente. Él había empezado este salmo llorando y clamando. Lo terminó proclamando proféticamente victoria.
P.H. Reardon (“Christ in the Salms”) dice que son varios los personajes de la Biblia que hubieran tenido motivo para recitar porciones de este salmo, comenzando por Jacob cuando huía de Esaú: “Clamé a ti oh Jehová; Tú eres mi esperanza y mi porción en la tierra de los vivientes. Escucha mi clamor porque estoy muy afligido.” O José, cuando fue vendido por sus hermanos como esclavo y fue acusado falsamente y echado en una cárcel: “Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida.” O Elías, cuando huía de la perversa reina Jezabel, y fue a encontrarse con Dios en una cueva: “Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda. En el camino en que andaba me escondieron lazo.” O Jeremías, cuando fue echado en un pozo profundo, y después fue encerrado en un calabozo: “Saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre; me rodearán los justos porque tú me serás propicio.”  O Job, cuando estaba sentado sobre un montón de ceniza, huérfano de todo consuelo humano: “Con mi voz clamaré a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia. Delante de Él expondré mi queja; delante de Él manifestaré mi angustia.”
Pero ninguno con mayor motivo que Jesús, “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is 53:3), que fue abandonado por sus amigos, traicionado por uno de ellos, negado públicamente por otro, acosado por enemigos que eran más fuertes que Él, que fue “crucificado, muerto y sepultado, y descendió” a la cárcel del infierno, de donde salió para resucitar triunfante, y dar vida todos los que creen en Él.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te exhorto a adquirir esa seguridad, y te invito a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle humildemente perdón a Dios por ellos.

#933(10.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 3 de abril de 2013

COMO EL CIERVO BRAMA II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
COMO EL CIERVO BRAMA II
Un Comentario de los Salmos 42 Y 43 (Continuación)

42:6. “Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.”
El salmista reconoce que su ánimo está abatido “dentro de mí.” Lo que él siente es algo interior de lo que nadie participa. Como remedio para su estado anímico él escoge acordarse de Dios, es decir, levantar su espíritu a su Creador y pensar en las muchas veces que lo ha socorrido y librado de angustias.
“El Señor es nuestro pronto auxilio en toda necesidad.” (Sal 46:1) Cualquiera que sea la situación en que nos encontremos, por grave o triste que sea, Él es nuestro remedio infalible. Acordarse de Dios en esas circunstancias es un bálsamo para el alma afligida. Acordarse de las múltiples misericordias, de las muchas ocasiones en que nos ha socorrido, alegra el alma.
¿Y por qué tiene ese efecto para nosotros? Porque –como dice un autor antiguo- “Aunque yo sea pobre, tú eres rico; aunque yo sea débil, tú eres fuerte; aunque yo sea un miserable, tú eres bienaventurado”.
Me acordaré de que tú eres mi Dios y de que tú te has manifestado muchas veces a mi alma; me acordaré de tus promesas y de que nunca me has fallado. En verdad son muy felices en medio del infortunio los que se refugian en Dios en medio de las pruebas.
Los hermonitas que se menciona acá pueden ser los habitantes de la región del Hermón, la más alta montaña de Israel, situada al extremo Noreste de su territorio, y que contrasta con el monte Mizar (que quiere decir pequeña montaña) cuya ubicación se desconoce.
7. “Un abismo llama a otro a la voz de tus casadas; todas tus olas y tus ondas han pasado sobre mí.”
En la visión cosmológica del primer capítulo del Génesis que subyace este versículo, las aguas de abajo (llamadas aquí “abismos”) en medio de las cuales se encuentra la tierra firme -esto es, los continentes- están separadas de las aguas de arriba por la expansión del cielo (Gn 1:6-8).
El salmista imagina que los abismos, es decir, los océanos, dialogan unos con otros, siendo el sonido de sus cascadas (de sus lluvias torrenciales) la voz que utilizan para conversar, mientras el viento huracanado empuja los espesos nubarrones que se ciernen sobre el mar agitado.
“Tus olas y tus ondas…” Pablo, que naufragó varias veces en el Adriático en el curso de sus incesantes viajes, podría aplicar estas palabras a sí mismo. Es interesante que el profeta Jonás emplee estas mismas palabras para describir la situación en que se encontraba cuando fue arrojado al mar por los marineros del barco en que viajaba (Jon 2:3).
El espectáculo terrible de las olas del mar que pasan sobre el náufrago es un símbolo de las tribulaciones incesantes que afligen al hombre, amenazando ahogarlo (Sal 69:1,2; 88:7).
8. “Pero de día mandará Jehová su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo, y mi oración al Dios de mi vida.”
Al despuntar el nuevo día, con el sol brillará la misericordia de Dios como la aurora rescatándolo de su aflicción y consolándolo. Por la noche la consolación divina seguirá confortándolo, y él podrá elevar su oración a Dios sin la opresión de la angustia que había experimentado las noches anteriores (cf Sal 77:6,9; 119:62).
Dice que Dios enviará de día su misericordia porque la salvación del Señor será manifiesta a la vista de todos, como dice otro salmo: “Tu salvación, oh Dios, me ponga en alto…” (Sal 69:29b).
9. “Diré a mi Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?”
No obstante, el salmista se dirige a Dios en tono de reproche, echándole en cara que lo haya olvidado y él esté lejos de su protección. Se queja de que él deba llevar los signos del luto mientras sus enemigos se alegran. Si tú eres mi roca, el bastión sobre el cual estoy parado, ¿cómo puedes haberme abandonado? (Nota)
¿Qué diríamos de un cristiano que estuviera delante de las cámaras de TV para dar su testimonio y dijera: Dios se ha olvidado de mí, y ando triste por la opresión de mi enemigo? Nos sorprendería. Sin embargo, esa persona no habría hecho otra cosa sino decir lo que escribe el autor de esta estrofa.
Pero ¿puede Dios olvidarse de los que ponen su confianza en Él? ¿No dice otro salmo que “aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo Jehová me recogerá.”? (Sal 27:10). Ésta es una promesa firme, pero hay ocasiones en que parece que Dios se hubiera olvidado de nosotros. Son tiempos de prueba en que vemos una cara del amor de Dios que no nos agrada tanto: su solicitud por hacernos madurar a través de los golpes de la vida.
10. “Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?”
Los golpes más duros que puede recibir un hombre son los que golpean sus huesos porque no hay músculos ni grasa que amortigüen el golpe. Ésa es la imagen que usa el salmista para describir la afrenta que recibe de sus  adversarios que se burlan de él preguntándole: ¿Dónde está tu Dios que no viene a ayudarte? Aunque parezca que Él no está presente, aunque parezca que Él se oculta, aunque Él parezca indiferente a nuestras cuitas, Él está siempre ahí, al lado nuestro.
Parafraseando a Agustín diríamos: “Yo no puedo preguntarle al pagano ¿Dónde está tu Dios?, porque él me responderá con la misma pregunta. Si yo se la hago a él, él me señalará un ídolo; y si yo me río, me señalará al sol en el cielo: “Ahí está mi Dios”. Pero si él me hace esa pregunta a mí me coloca en una situación incómoda, no porque yo no tenga nada que mostrarle, sino porque él no tiene ojos para ver lo que yo le muestre.”
11. “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.”
Esta estrofa –que también figura en el vers. 5- cierra el salmo 42, y dará fin también al salmo siguiente.
Nota: Dios es llamado “roca” con frecuencia en las Escrituras: Dt 32:4; 2Sm 23:2,3; Sal 18:2; 1Cor 10:4.
Salmo 43
Este salmo se distingue del anterior en que es todo oración y en que en él predomina una nota de alegría.
1. “Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa; líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo.”
¿Cómo puede Dios ser a la vez juez que juzga y abogado que defiende? Puede serlo porque Él es la verdad misma que juzga imparcialmente y sin acepción de personas y, a la vez, ama al acusado.
Notemos que si el salmista le dice a Dios que lo juzgue y que defienda su causa, es porque él está convencido de su inocencia. Pero ¿quién puede decir que es inocente delante de Dios? Sin embargo, en la situación adversa concreta en que se encuentra, él sí puede afirmar que es inocente de las acusaciones que le han dirigido sus enemigos. Cualquiera que sean sus defectos personales, él es, en términos del Antiguo Testamento, un hombre justo que se ve acosado sin motivo por gente impía, de la que él le pide al Señor librarlo. (Nota 1)
2. “Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? ¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo? (2)
La frase que inicia este versículo proclama una gran verdad: Dios es la fortaleza de mi vida. Es decir, Él es quien me hace fuerte. Mi fortaleza no reside en mis propias escasas fuerzas, sino en las suyas infinitas, que son incontrastables. Pero si eso es así, y tú me has prometido estar conmigo y apoyarme, ¿por qué me has abandonado frente a los ataques e intrigas del enemigo que busca destruirme? Si tú eres mi fortaleza, ¿por qué he de andar cabizbajo, temeroso y sin fuerzas?
Si Dios es el defensor de los justos ¿por qué permite que hombres injustos me persigan y me acosen? ¿Por qué he de andar afligido, sintiendo que mi Dios me ha abandonado? ¡Que nunca se diga que Dios abandona a los que en Él confían! Más bien diré confiado:
3. “Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán; me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas.”
Ahora que estoy desorientado y sin saber qué hacer, envía tu luz y tu verdad para que me guíen y me ayuden a encontrar el camino seguro y recto a tu monte santo donde tú resides.
Envía tu luz que disipe mis tinieblas; envía tu verdad para que venza mi mentira y mi ignorancia.
Las palabras de este versículo pueden entenderse en un doble sentido: La luz del espíritu y su verdad llevarán al salmista a la presencia de Dios, a las alturas espirituales donde Él mora. Pero también pueden referirse al monte de Sión, donde se yergue el templo visible de Dios, al cual él espera regresar cuando haya triunfado la verdad de su causa.
Los autores antiguos entendían esta petición como clamando por la venida del Mesías, que dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo…” (Jn 8:12); y también: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” (Jn 14:6)
4. “Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo; y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío.”
El salmista está seguro de su retorno al templo, porque Dios es fiel. Entonces podrá acercarse nuevamente al altar de Dios en donde se ofrecen sacrificios y holocaustos, y la alegría de la presencia de Dios se hace manifiesta. Entonces podrá volver a tomar parte en el culto como acostumbraba, cantando y tocando su arpa.
Cuando los sacerdotes piadosos ofrecían sacrificios sobre el altar, no sólo ofrecían animales que habían sido degollados previamente, sino se ofrecían también a sí mismos juntamente con sus sentimientos más personales y sus aspiraciones, como un holocausto, habiendo degollado su ego, es decir, habiendo muerto a sí mismos, para ofrecerse enteramente a Dios.
Todos podemos hacer eso figuradamente, ofreciendo sobre el altar todo nuestro ser, junto con los dones y talentos que Dios nos ha dado, y junto con nuestros planes, proyectos y esperanzas.
5. “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.”
Nuevamente se repite la estrofa-estribillo, pero ahora, aunque sus palabras no han cambiado, resuena una nota de esperanza y optimismo: ¡Espera en Dios, sí, porque aún he de alabarle! No obstante la distancia y los obstáculos, aún he de alabarle con mi voz, y no me cansaré de hacerlo, porque yo he puesto mi confianza en Él, y sé que Él vendrá en mi ayuda para salvarme del enemigo, y traerme de vuelta a su santa morada.
Esta es la esperanza bendita de todo creyente: Que al final de su existencia Dios lo va a conducir a su santo monte en el cielo para gozar para siempre de su compañía.
Notas: 1. En el sentido del Antiguo Testamento justos son todos los que viven tratando de cumplir la ley de Moisés lo mejor que pueden.
2. La segunda pregunta de este versículo es idéntica a la segunda pregunta del vers. 42:9.
Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
MATRIMONIO Y FELICIDAD.
La primera obligación del hombre casado es hacer feliz a su mujer. Los hombres se casan para ser felices, pero ¿puede un hombre ser feliz en el matrimonio si su mujer no es feliz? Para casarse se necesitan dos. Para ser felices en el matrimonio también se necesitan dos. No puede ser el hombre feliz él solo si es que ella no es feliz. La mujer por su lado no puede ser feliz ella sola si no hace feliz a su marido.
Naturalmente es obligación de ambos hacerse felices el uno al otro. Obviamente  es algo recíproco. Para eso se casan. Dios los creó para que sean uno, no en la infelicidad sino en la felicidad. Pero la responsabilidad principal en esta tarea incumbe al hombre. Para eso él es el sacerdote de su casa.
Alguno quizá pregunte ¿Dónde dice la Biblia que la primera obligación del hombre casado es hacer feliz a su mujer? (Este pasaje está tomado de la página 107 de mi libro ”Matrimonios que Perduran en el Tiempo”
#768 (03.03.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 28 de septiembre de 2012

EL DIOS DE LAS VENGANZAS II


Por José Belaunde M.
EL DIOS DE LAS VENGANZAS II
Un Comentario del Salmo 94:16-23
16,17. “¿Quién se levantará por mí contra los malignos? ¿Quién estará por mí contra los que hacen iniquidad? (Nota 1) Si no me ayudara el Señor, pronto moraría mi alma en el silencio.” (2)
La frase repetida: “Quién se levantará por mí…?” es como un llamado desesperado del justo clamando que venga alguien en su ayuda cuando se encuentra estrechado por las fuerzas del mal y a punto de perecer (Ecl 4:1). ¡Qué cierto es que con frecuencia los justos se ven abandonados frente a los inicuos que complotan contra ellos, o los persiguen! Pablo se encontraba en una situación semejante cuando compareció ante el tribunal del César: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron…pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas…” (2Tm 4:16,17). Jesús también anunció a sus discípulos que ellos lo dejarían solo en el momento de la prueba, y así ocurrió en efecto, pese a sus protestas en sentido contrario (Mt 26:31,35b; 56b).
“Si no me ayudara el Señor..” (Sal 124:1,2) Esta frase expresa una gran verdad que es válida para todos: las fuerzas adversas, impulsadas por el demonio, habrían terminado conmigo hace tiempo si no fuera porque Dios me protege. Estos dos versículos contrastan la necesidad que tiene el hombre de ser ayudado en sus luchas para no ser arrollado por sus enemigos, con la inutilidad de toda ayuda que no sea la que venga de Dios mismo.
Todo lo que el hombre pueda hacer en sus propias fuerzas es insuficiente. Si no fuera porque Dios estuvo de su lado ya sus enemigos habrían dado cuenta de su vida. Este es el mensaje del Antiguo y del Nuevo Testamento por doquier: “Separados de mí nada podéis hacer” (Jn.15:5), “Alzaré mis ojos a los montes. ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor…” (Sal.121:1,2). Ciertamente con frecuencia Dios utiliza mensajeros humanos (no siempre angélicos) para brindarnos su ayuda. Pero lo cierto y consolador para nosotros es que esos hombres o mujeres que nos socorrieron, no habrían actuado si no fuera porque Dios los impulsó a hacerlo y los guió. En otros casos la ayuda que recibe el hombre viene de adentro, de las fuerzas renovadas que Dios suscita en su interior y de la inspiración que recibe para hacer lo adecuado: “Tú aumentas mis fuerzas como las del búfalo; me unges con aceite fresco.” (Sal 92:10).
18. “Cuando yo decía: Mi pie resbala, tu misericordia, oh Señor, me sustentaba.”
Muchas veces cuando ya estaba a punto de caer (Sal 17:5; 18:36) y no tenía de dónde agarrarme porque mis enemigos me vencían, tú venías, Señor, en mi ayuda y me protegías. Lo hacías no porque yo mereciera tu apoyo, sino lo hacías por el puro amor tuyo que se compadecía de mi necesidad y de mi angustia (3). Tú eres por eso mi Señor; el único en quien yo puedo confiar. Tu misericordia y tu fidelidad no tienen límites. ¡Cómo no te agradecería!
Bueno es que reconozcamos cuando estamos a punto de resbalar y que no presumamos de nuestras propias fuerzas, como Pedro, que se jactaba de que nunca negaría a su Maestro, y fue lo primero que hizo cuando se vio en peligro, confrontado por una muchacha (Mt 26:30-35;69-75).
19. “En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma.”
Cuando los malos pensamientos me atormentan, cuando el temor ante los peligros que me acechan detiene mi aliento, cuando la angustia o la tristeza me oprimen (Sal 138:7), tu Espíritu viene en mi ayuda para consolarme y hacer que el sol de la alegría brille nuevamente en mi pecho para darme esperanza (Sal 119:50,76). Tú sacas mi alma del pozo de aflicción que lo consume. Por eso, Señor, yo te canto y mi voz se eleva para alabarte y agradecerte por todas tus bondades. El salmista podría decir con Pablo: “Sobreabundo de gozo en medio de mis tribulaciones.” (2Cor 7:4d)
¿Cuántos hay que puedan sinceramente decir que sus pensamientos no los han atormentado alguna vez? No hay tormento que se le parezca ni que se iguale a las tempestades del alma. Sin embargo, muchas veces ese sufrimiento es oportuno pues Dios lo usa para purificar la escoria de nuestras almas (Pr 25:4).
20. “¿Se juntará contigo el trono de iniquidades que hace agravio bajo forma de ley?”
El trono de iniquidades al que se refiere el salmista en este lugar es posiblemente algún centro de poder local, o el del soberano de su tierra en ese momento, o simplemente alguna influencia poderosa que le es contraria. Pero quién quiera que sea a quien se refiera concretamente (y es indudable que en este versículo y en el siguiente el salmista se refiere a un hecho concreto de su propia experiencia), sabemos que detrás de todo poder o influencia negativa o impía está el trono de Satanás, la potestad de las tinieblas que mueve a sus agentes en el mundo (Ap 2:13).
Es sabido que quienes detentan el poder disfrazan sus intenciones y ambiciones bajo formas legales para dar a sus manipulaciones una apariencia de legitimidad y justicia. Ocurre a diario en la vida privada y empresarial, y en la política: “En el corazón maquinan iniquidades y hacen pesar la violencia de sus manos…” (Sal 58:1,2).
Y son más condenables esos esfuerzos cuando se escudan bajo pretextos religiosos, o tratan de aliarse con las autoridades de ese campo, asumiendo una apariencia de piedad. Pero ¿aceptará Dios esa alianza? ¿bendecirá Dios sus intrigas?
La respuesta a esa pregunta ya se ha dado en el v. 15 (Véase “El Dios de las Venganzas I”), donde escribe el salmista que el juicio será vuelto a la justicia. Es decir, que los intentos de vestir de legalidad los proyectos malévolos serán descubiertos y frustrados, y Dios hará que los juicios humanos reflejen los suyos y la justicia sea restablecida.
¿Cuántos tronos de iniquidad ha habido en el mundo que se creían inexpugnables y se imaginaban que reinarían para siempre? Hay varios ejemplos en la Biblia, como el de Jeroboam, que prohibió a su pueblo ir a adorar a Dios a Jerusalén, y le puso dos becerros de oro en el Sur y en el Norte de su reino, para que les rindan culto, por lo que su casa fue cortada de raíz (1R12:25-33; 13:34); o el de Acab que, impulsado por su inicua esposa Jezabel, levantó altares a Baal y a Asera, y persiguió al profeta Elías, y fue herido mortalmente en una batalla (1R22:29-38), y su esposa fue comida por los perros (2R 9:30-37); o el del rey Belsasar que banqueteaba con sus príncipes cuando apareció una escritura en la pared que anunciaba su fin esa misma noche (Dn 5). ¿Pero cuántos ha habido a lo largo de la historia, y los hay todavía en nuestro tiempo, que se creen invencibles? Durante un tiempo se levantan altivos y amenazantes, y hacen todo el mal que se les permite hacer, pero no tardan en caer cuando Dios dice: ¡Basta!
Los tres últimos versículos del salmo forman una unidad que describe una situación frecuente: el justo es acosado por sus enemigos que tratan de acabar con su vida; formulan la sentencia de muerte (2Cor 1:9). Pero sus planes malvados no prosperan porque Dios viene en su ayuda. Aquí se encuentra la historia tantas veces repetida en la vida: en medio del acoso, Dios es mi amparo; en Él me refugio y las fuerzas desencadenadas del enemigo pasan a mi lado sin tocarme (Sal 91:1,2,7,10). ¡Quién no ha hecho esa experiencia! Dios permite esas situaciones para templar nuestro carácter y probar nuestra fe.
21. “Se juntan contra la vida del justo, y condenan la sangre inocente.”
En este versículo puede verse una referencia a Cristo, que fue condenado a muerte por una coalición de fuerzas enemigas entre sí, pero que se aliaron cuando quisieron eliminar al adversario común cuya rectitud los acusaba (Mt 27:1; cf Ex 23:7; Pr 17:15). En verdad, si ha habido alguna sangre inocente, ésa ha sido la de Jesús, más pura que la de Abel, por lo cual habla más elocuentemente que la de éste (Hb 12:24).
El crimen cometido por Caín es figura y anticipo de todos los homicidios que se han cometido en la tierra y de sus motivaciones: el malvado envidia al recto, o codicia uno de los bienes de su prójimo (Véase el episodio de Acab y la viña de Nabot en 1R 21).
Pero el autor alude aquí también, sin duda, a la situación de peligro en la cual él se encontraba personalmente cuando escribió el salmo.
22. “Mas el Señor me ha sido por refugio, y mi Dios por roca de mi confianza.”
El salmista declara que en la grave situación de peligro que enfrentaba, Dios, que nunca falla, vino en su auxilio y lo salvó.
Sabemos que Dios permitió que su Hijo fuera sacrificado por los aliados del maligno, porque había un propósito de salvación detrás de su muerte. Pero en el caso de muchos de los justos Dios acude en su ayuda y los salva de las garras enemigas. Él quiere preservarlos para poder seguir utilizándolos para su obra.
Pero ¿puede decirse que el Padre abandonara a su Hijo? Jesús tenía que pasar por la prueba de la muerte para salvar al género humano, pero los lazos del sepulcro no lo podían retener (Hch 2:24). Su Padre le dio la victoria haciendo que resucitase y sentándole en su trono (Mt 26:64). Guardando las distancias eso es lo que Él hace con todos aquellos que Él permite que sean sacrificados. Lo permite porque, de alguna manera para nosotros impenetrable, su muerte sirve sus propósitos (Sal 116:15). Pero luego ellos serán ampliamente recompensados por su firmeza y fidelidad.
23 “Y Él hará volver sobre ellos (es decir, sobre los impíos) su iniquidad, y los destruirá en su propia maldad; los destruirá el Señor nuestro Dios.”
No sólo me guarda Dios del furor de mis adversarios, sino que todo el mal que ellos querían hacerme caerá sobre sus propias cabezas (Sal 7:16; Pr 5:22). Ésta fue, por citar un ejemplo, la historia de Mardoqueo, a quien su rival, Amán, quiso hacer colgar del patíbulo. Pero fue Amán quien subió al cadalso que su odio había levantado (Est cap. 3 al 5).
Aquí se cierra el círculo de la venganza con que empieza el salmo. Dios hace que los dardos que me apuntaban se volteen en el aire y caigan sobre el que me disparó. No quieras pues tú hacer mal a nadie, porque el mal que hagas recaerá sobre tu propia cabeza.
Vemos también aquí que lo que el salmista llama “venganza” en el lenguaje guerrero y todavía carnal del Antiguo Testamento no es otra cosa sino la justicia divina. El salmista, que vivía en un tiempo y en un mundo de encendidas pasiones -aún no transformadas por “la gracia y la verdad que vinieron por nuestro Señor Jesucristo” (Jn.1:17)- contempla y comprende los hechos de acuerdo a la mentalidad que reinaba en su época. La venida de Jesús cambió la manera de pensar y sentir de la gente y su perspectiva del mundo. Por eso es que algunos aspectos y cosas del Antiguo Testamento a veces nos chocan. Son las verdades eternas de Dios expresadas en el lenguaje y la manera de sentir de una época que aún no había sido tocada por la gracia que derramó el Cordero en su venida. En el lenguaje de nuestros días al Dios de las venganzas lo llamaríamos el Dios justiciero.
Notas: 1. Esta repetición de una frase es un caso de paralelismo sinónimo, muy frecuente en la poesía hebrea.
2. Es decir, en el lugar del silencio, esto es, en el Sheol, la tumba, donde nadie alaba a Dios. (Sal 115:117).
3. El ataque de los enemigos que estuvo a punto de hacer que cayera puede también interpretarse en el sentido de que se trataba de tentaciones del maligno que lo hacían trastabillar.
NB. El presente articulo fue publicado por primera vez en abril del 2003. Se publica nuevamente, ligeramente revisado, pero dividido en dos partes debido a su extensión. Puede leerse la versión original en la página web de “Desarrollo Cristiano”.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y a entregarle tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#745 (23.09.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 21 de septiembre de 2012

EL DIOS DE LAS VENGANZAS I


Por José Belaunde M.
EL DIOS DE LAS VENGANZAS I
Un Comentario del Salmo 94:1-15
 Este es un salmo post-davídico, que data posiblemente de la época en que, durante el imperio persa, antes de Nehemías, los habitantes de Jerusalén eran oprimidos por los pueblos vecinos  (Nh 2:19; 4:1-8). Según el Talmud el salmo sería anterior y habría sido compuesto por los levitas durante la destrucción de Jerusalén por los caldeos (2R 25:1-10).
1.“Señor, Dios de las venganzas, Dios de las venganzas, muéstrate.”
¿Cómo puede el salmista dirigirse a Dios llamándole “Dios de las venganzas”? ¿Es acaso Dios vengativo? (Nota 1)
2.“ Engrandécete, oh Juez de la tierra; da el pago a los soberbios.”
Pero aquí se nos muestra el verdadero sentido de esa apelación. El Señor es el Dios de la retribución (Dt 32:35,43), el que paga a cada cual según sus obras (Rm 2:6; Sal 62:12), porque Él es justo.
Lo que el autor quiere decir es: ¡Levántate, Señor y muestra a los impíos quién eres dando a cada uno el pago que merecen sus maldades! Pero no solamente dando el pago de sus injusticias a quien lo merece, sino revindicando y haciendo justicia a quienes fueron oprimidos por la prepotencia de los fuertes. Jesús lo dijo en Lc.18:7,8 “¿Y acaso Dios no hará justicia (“...no ejecutará venganza” dice el original)  a sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia.” (2)
3. ¿Hasta cuándo los impíos, hasta cuándo, oh Señor, se gozarán los impíos?
Y enseguida da expresión a sus sentimientos de frustración y de ira: ¿Hasta cuándo prevalecerán los impíos? El autor juzga con ojos humanos. Ve la maldad de los hombres, que seguramente le afecta a él también y, como haríamos todos en circunstancias semejantes, exclama: ¿Hasta cuándo Señor permitirás estas cosas? Yo quisiera que actuaras ya, que intervengas y pongas las cosas en su sitio, sí, pero (implícitamente) de acuerdo a mi modo de ver, o a mi conveniencia.
Desde nuestra perspectiva humana nosotros tenemos una idea limitada de la providencia y de la justicia de Dios, que todo lo abarca, comprende y prevé. No podemos entender todos los factores que están en juego en los acontecimientos humanos, porque no los conocemos sino parcial e imperfectamente para comenzar. Por eso nos puede parecer en ocasiones que sus juicios no son perfectos, o que su justicia tarda.
4.“¿Hasta cuándo pronunciarán, hablarán cosas duras, y se vanagloriarán todos los que hacen iniquidad?”
Al salmista le indigna especialmente la soberbia con que hablan los malvados, cómo se jactan de sus atropellos (Sal 73:6-9). Lo que al justo enfurece, a ellos los llena de satisfacción; se alegran del daño que hacen (Pr 2:14).
5.“A tu pueblo, oh Señor, quebrantan, y a tu heredad afligen”.
Oprimen al pueblo escogido, lo explotan y le dan de comer pan de lágrimas (Sal 42:3).
6.“A la viuda y al extranjero matan, y a los huérfanos quitan la vida.”
Se ceban en los indefensos, en la viuda, y en los refugiados extranjeros; en los que no tienen padre. Los cobardes son así: se hacen los valientes con los débiles, y débiles con los valientes. Exhiben su poder ante los que no pueden defenderse, pero no se atreven a desafiar a los que podrían vencerlos.
7.“Y dijeron: No verá el Señor, ni entenderá el Dios de Jacob”.
Se imaginan que Dios no se entera de sus maldades. Su perverso corazón ha sofocado la fe. Ellos dicen: ¿Dónde estará Dios para que nos juzgue? Si existe un Dios en el cielo está muy lejos de nosotros para enterarse e intervenir en nuestros asuntos. Aquí tengo yo mano libre, y nadie me reprime (Sal 10:1-4).
8,9. “Entended, necios del pueblo; y vosotros, fatuos, ¿cuándo seréis sabios? El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?”
A sus expresiones de soberbia contesta el salmista bajo el soplo del Espíritu, reprochándole a los necios su ceguera y torpeza. ¿Cómo es posible que no os déis cuenta? Si tenéis oídos y ojos ¿no es porque alguien  os los ha dado, el que lo creó todo y da a cada hombre órganos con los que puede percibir la realidad, el mundo exterior? Y en verdad ¡qué maravilla del Creador que no nos colocó en la tierra incapaces de oir, de sentir y ver y oler todo lo que nos rodea, sino que nos hizo capaces de gozar de las bellezas de su creación, y de comunicarnos unos con otros por medio del habla o de gestos!
Pues bien, ese Ser que creó el ojo que ve, y el oído que oye, y los demás sentidos ¿no verá y oirá Él mismo? ¿O será ciego y sordo como una piedra? ¿No tendrá Él la capacidad que te dio a ti? ¿Puede alguien dar lo que no tiene?
Lo que esto quiere decir es que si hay en la creación algo que Dios ha hecho y que demuestra tener ciertas capacidades, propiedades o características, es porque esas propiedades, capacidades y características existen en Dios de modo perfecto, son parte de su naturaleza. Si Dios ha creado un órgano que ve o que oye, o miembros que cogen y manipulan, es porque la visión y la audición, y la capacidad de coger y manipular son propiedades que Él posee. Dios puede hacer perfectamente todo aquello que ha dado al hombre hacer imperfectamente.
10,11. “El que castiga a las naciones, ¿no reprenderá? ¿No sabrá el que enseña al hombre la ciencia? El Señor conoce los pensamientos de los hombres, que son vanidad.”
¡Cuán necios son los que creen que Aquel que les dio la vida y lo creó todo no puede ver y oír lo que ellos hacen, y no les pedirá cuentas como si fuera indiferente a sus actos!
Él es un Dios santo y justo y todo lo ha hecho perfecto. Sólo el hombre aquí abajo se le rebela. ¿Permitirá Él los desvaríos de nuestra conducta? ¿No corregirá al hombre que agravia a su prójimo? ¿Tolerará el abuso, la prepotencia, el despojo, el crimen? Si lo tolerara pudiendo reprimirlos, Dios se haría cómplice de los delincuentes y facinerosos, cómplice de sus delitos.
Él no sólo conoce y ve lo que los hombres hacen, sino que oye sus pensamientos como si los hombres los hablaran a su oído, o los dijeran en voz alta. Nada escapa a su escrutinio, y la vanidad, la inutilidad de nuestros pensamientos le es conocida, pues conoce su origen y sus consecuencias; sabe que somos polvo y que al polvo regresamos.
12. “Bienaventurado el hombre a quien tú, Señor, corriges, y en tu ley lo instruyes.”
No obstante que somos polvo y que en el polvo nos quedaríamos sin dejar huella en el universo si no fuera por Él; no obstante que somos menos que una nube pasajera que el sol disipa en unos instantes, y que nadie vio y de la que nadie se acuerda (¿Porque quién se acuerda de los millares de personas que vivieron, gozaron y sufrieron en nuestra ciudad, por ejemplo, hace sólo doscientos años? Pasaron y ni sus descendientes guardan recuerdo de ellos. Pero tú, oh Señor, sí los conoces). No obstante, pues, nuestra nada, tú nos corriges, esto es, muestras tu misericordia con el hombre tomándote la molestia de corregirlo y de instruirlo en tu ley que grabaste en su conciencia (Rm 2:15).
¡Bienaventurado el hombre, sí, a quien tú tratas como hijo para reprender sus maldades y llevarlo al buen camino! (Pr 3:11,12) ¡Bienaventurado, sí, cuando tú lo humillas y lo disciplinas para que comprenda sus errores y perciba su necedad! (Sal 119:71) ¡Desdichado aquel a quien tú ya no cuidas, y a quien tú abandonas a los vanos pensamientos de su mente porque se negó a escucharte! (Hb 12:8) ¡Desdichado porque seguirá caminando por senderos torcidos que cree derechos y que lo llevarán a la muerte. (Pr 14:12;16:25)
13. “Para hacerle descansar en los días de aflicción, en tanto que para el impío se cava el hoyo.”
Aquel a quien tú en tu ley instruyes enseñándole a caminar rectamente encontrará en ti un lugar de refugio en el día de la angustia y no perecerá en el hoyo como el desgraciado que rechazó tu ley, que no quiso acogerse a ella cuando amorosamente lo reprendías. Al impío sus propias acciones le cavan la tumba, mientras que al obediente tú lo proteges de las malas consecuencias de sus actos, no dejando que experimente sino una pequeña parte de ellas para que escarmiente. San Agustín recalca el hecho de que la tumba del impío está siendo cavada. No es cavada de inmediato, de un golpe. Dios no condena de inmediato al impío porque quiere dar lugar, si fuera posible, al arrepentimiento (2P 3:9). No quieras tú, pues, condenarlo más rápido que Él.
14. “Porque no abandonará el Señor a su pueblo, ni desamparará su heredad”
El salmista expresa su confianza de que el Señor no abandonará a los suyos a su suerte. Las circunstancias en que se encontraba Israel cuando se escribió el salmo podrían hacer pensar que Dios había desechado a su pueblo, y por eso muchos de ellos dudaban de Él. Pero el salmista recuerda todas las promesas de Dios del pasado, y cómo Él nunca dejó de acudir en rescate de los suyos. Por eso él se reafirma en la seguridad de que Dios volverá a manifestarles su favor y no dejará abandonados a los suyos para siempre.
Ésa es una confianza que todos podemos tener. “Dios es fiel” es un concepto que repite muchas veces la Biblia  (Is 49:7; Sal 36:5; 1Cor 1:9; 1Ts 5:24; Hb 10:23; 1Jn 1:9, etc) y lo proclama la experiencia constante del creyente.
15. “Sino que el juicio será vuelto a la justicia, y en pos de ella irán todos los rectos de corazón.”
La primera parte del versículo es de lectura difícil. Maredsous traduce: “El juicio volverá a ser conforme a la justicia”. Desarrollemos su sentido: las sentencias de los tribunales humanos, que ahora nos son contrarias porque son injustas, volverán a ser dictadas por la justicia divina, dejarán resplandecer la justicia de Dios y todos los hombres rectos la seguirán.
Ahora la justicia de Dios está como semi oculta a los ojos humanos, oscurecida por la represión y el abuso visibles, y por el aparente triunfo de los impíos (Sal 73:4-9). Eso desconcierta a muchos. Pero volverá a brillar en todo su esplendor. Entonces, todos los hombres rectos la verán claramente e irán en pos de ella.
Cuando llegue, ésa será también la hora de la venganza, la hora en que sobre la cabeza del impío recaiga todo lo que hizo padecer al justo. Este es el sentido obvio del texto si se piensa que los v. 14 y 15 forman una unidad: “Porque no abandonará el Señor a su pueblo… sino que el juicio será vuelto…” La segunda frase cumple lo que promete la primera. Juntas forman un todo que nos habla de cómo actúa Dios. (3)
La pregunta inevitable entonces es: ¿Por qué permite Dios la opresión de los justos? Porque a través de las pruebas y del sufrimiento maduran los justos a mayor justicia, su fe y su amor crecen y son preparados para mayores obras. Ese es el mensaje de 2 Cor.11:16–12:13, que recomiendo leer.
Notas: 1. La palabra hebrea nekama quiere decir, venganza, revancha, castigo (ekdikesis en griego, Lc 18:7). La Vulgata y la King James traducen el comienzo de este verso así: “El Señor Dios a quien la venganza pertenece…” Bellarmino comenta que siendo Dios justo, no dejará que el malvado deje de recibir el castigo que merece. Yo agregaría que es un sentimiento recto indignarse por las injusticias que se cometen en el mundo, y desear que la justicia prevalezca dando a cada hombre el pago que merecen sus actos.
2. El salmo 149 habla de “ejecutar venganza entre las naciones” (v.7). Ése es el contexto en que en Apocalipsis se dice que Dios vengará a sus escogidos, -como en Ap 19:2, o en Ap 6:10: “¿Hasta cuándo Señor... no juzgas y vengas nuestra sangre?- La venganza (retribución) está unida al juicio. Dios se venga de los que abusan del débil; esto es, los castiga (Jr 5:29).
Por eso Pablo nos exhorta a no vengarnos nosotros mismos, citando una frase de Deuteronomio: “Mía es la venganza...dice el Señor” (Rm 12:19; Dt 32:35). Deja que sea Dios quien te vengue. Tú sé manso. “No digas yo me vengaré...” (Pr 20:22), porque no corresponde al hombre dar el pago (Pr 24:29).
3. Hay una frase en Apocalipsis que transmite el mismo mensaje: “Dadle a ella como os ha dado, y pagadle doble según sus obras; en el cáliz en que ella preparó bebida, preparadle a ella el doble.” (Ap 18:6; Sal 137:8; Jr 50:29)
NB. El presente artículo fue publicado hace nueve años. Se publica nuevamente casi sin cambios, pero dividido en dos partes debido a su extensión.

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Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y a entregarle tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#744 (16.09.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).