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viernes, 17 de julio de 2015

JESÚS SANA A UN MUCHACHO ENDEMONIADO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JESÚS SANA A UN MUCHACHO ENDEMONIADO
Un Comentario de Mateo 17:14-21
En este episodio, dice W. Wiersbe, pasamos del monte de la gloria (el de la Transfiguración) al valle de la necesidad. Tomar parte de la primera no hace a Jesús insensible a la segunda, sino al contrario. Hay un cuadro del famoso pintor renacentista Rafael, que ilustra muy bien el contraste entre ambas realidades. En la parte superior se ve a Jesús glorificado flotando en el aire, rodeado de Moisés y Elías, mientras que sus discípulos están postrados por tierra. En la parte inferior del cuadro se ve a un numeroso grupo de personas agitadas en torno a un hombre que sostiene a un muchacho atormentado, mientras que los brazos alzados de varias de las personas señalan a Jesús en la parte superior del cuadro.
14. “Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él,”
Jesús y sus tres acompañantes descendieron del monte Tabor y fueron donde habían dejado a los otros nueve discípulos, que estaban rodeados de mucha gente que había estado siguiendo a Jesús y que parecía estar agitada.
En el pasaje paralelo de Marcos se dice que, al verlo, el gentío quedó enormemente sorprendido, atónito, como asustados (ékzambos). ¿No sería porque aún quedaba en el rostro de Jesús algún vestigio del brillo que tuvo en la montaña, tal como la cara de Moisés brillaba cuando descendió del Sinaí y la gente tenía miedo de acercarse a él? (Ex 34:30).
De en medio del gentío surgió un hombre que estaba muy angustiado, y que, corriendo donde Jesús, se arrodilló, y con una voz que denotaba desesperación, clamó:
15,16. “Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.”
 ¿Cuál podía ser la condición del chico? El evangelio dice “lunático”, que es una traducción de “seluniásetai”, palabra griega que designa un desarreglo nervioso crónico al que se dio en esa época ese nombre, porque se había observado que sus síntomas variaban con las fases de la luna. Por la descripción que hace Lucas 9:39 de su condición (sacudidas violentas, espuma en la boca) podría pensarse que se trataba de epilepsia. La descripción que hace Marcos 9:24 refuerza esa hipótesis. Pero nosotros sabemos bien que la causa verdadera era otra.
El hecho es que el muchacho, cuando era víctima de los accesos de su enfermedad, se precipitaba sobre las fogatas encendidas, o sobre el fuego abierto de la cocina, como se usaba entonces, o se echaba al agua, corriendo el peligro sea de quemarse, o de ahogarse.
Podemos imaginar la angustia de sus familiares, en especial de sus padres, que estaban siempre pendientes de él, cuidando de que no sufriera un accidente, o se hiciera daño.
El padre, que posiblemente había escuchado que Jesús estaba cerca, lo había traído para que Jesús lo sanara pero, no encontrándolo, pidió a sus discípulos que lo hicieran, pues sabía que ellos también hacían algunas señales por el poder que su Maestro les había conferido. Pero ellos se habían mostrado incapaces de ayudarlo.
17. “Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! (Nota 1) ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.”
La respuesta de Jesús parece insólitamente dura e impaciente. ¿A quién estaba dirigida? ¿A sus discípulos, o al gentío? Si a los discípulos, contiene un reproche por su incapacidad de lidiar con el demonio que poseía al joven, que en parte era merecido. Pero si estaba dirigida a la muchedumbre, no es difícil de entender la causa, puesto que se dejaba llevar por las argucias de los escribas, a los cuales también el reproche alcanza, así como al padre angustiado de fe incierta, como veremos enseguida.
Pero lo más probable es que sus palabras estuvieran dirigidas a la gente de su tiempo en general, a la generación en medio de la cual le había tocado vivir, gente incrédula y perversa, calificativos que suelen ir juntos, porque la carencia de fe lleva a toda clase de desvaríos morales.
El reproche de Jesús apunta particularmente al hecho de que la fe pura y ferviente del pueblo elegido con el tiempo se había deteriorado debido a las malas influencias a las que había estado expuesta, sea de los pueblos paganos de los que estaba rodeado, sea de los mismos maestros de Israel, los escribas y fariseos que les enseñaban.
Si viviera en nuestro tiempo ¿con cuánta mayor razón no nos dirigiría ese reproche a nosotros, y cuánto mayor no sería su impaciencia?
Sin embargo Jesús, con los milagros numerosos que hacía, había estado tratando de vivificar la fe de su pueblo. Sus palabras de reproche expresan su tristeza ante la inutilidad de sus esfuerzos, como si dijera: ¿Hasta cuándo perderé mi tiempo tratando de ayudarlos? Ya en oportunidades anteriores Jesús había mostrado su disgusto ante la incredulidad (Véase Mr 8:12 y 3:5), pero en esta ocasión su desagrado se tiñe de una encendida impaciencia.
En el pasaje paralelo de Marcos vemos que Jesús le pregunta al padre: ¿Desde cuándo está el niño así? Y él responde que desde pequeño. Enseguida el padre suplica a Jesús: “Si puedes hacer algo… ayúdanos” (Mr 9:22). Notemos que él no viene a Jesús con la seguridad de que Él puede sanar a su hijo, sino dudando. Quizá su fe se había debilitado oyendo la discusión entre los discípulos y los escribas (v. 14), los cuales posiblemente alegaban las razones por las cuales los nueve no habían podido expulsar al demonio. Jesús responde al padre: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo, ayuda mi incredulidad.” (v. 23,24).
¡Cuántos de nosotros, si somos sinceros, podríamos decir esas mismas palabras: “Creo, ayuda a mi incredulidad”! que es como si se dijera: Sí, yo creo en ti; pero soy consciente de que mi fe no basta, porque es débil e indecisa.
La clave del éxito de la vida espiritual es la fe. Si la fe se debilita, todas las otras facultades espirituales, y las virtudes decaen. Nuestra intrepidez, nuestro entusiasmo por las cosas de Dios, desfallecen. Los israelitas cruzaron a pie el mar Rojo sin dudar –recuerda J.C. Ryle- pero cuando llegaron a la frontera de la Tierra Prometida, que era el objetivo de su largo peregrinaje en el desierto, no se atrevieron a entrar y estuvieron pensando en dar vuelta y regresar. Dudaron del poder de Dios que los había sacado con mano fuerte de Egipto (Hb 3:19) y, como consecuencia estuvieron vagando durante casi cuarenta años en el desierto hasta que se les diera una nueva oportunidad de llegar a la frontera de la tierra prometida (Nm 14:21-23; 34,35; 33:49).
La incredulidad suele llevar a la perversión. La fe es el sometimiento de nuestra inteligencia a la revelación divina; la incredulidad se opone a Dios, lo contradice, y por eso es impotente en términos espirituales. Pero puede ser usada con provecho por el demonio para extender su influencia maligna.

“Traédmelo acá”. Pese a estar molesto con la incredulidad de la gente, Jesús no deja de apiadarse del que tiene necesidad de un toque de su poder. Cuando toda ayuda humana falla, la puerta de la misericordia divina está siempre abierta para el que la necesita.
18. “Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.”
Como en tantas ocasiones, bastó que Jesús ordenara al demonio que salga de la persona atormentada para que el espíritu malo obedezca, no sin antes sacudir violentamente al muchacho, según Marcos, dejándolo como muerto, a tal punto que “muchos decían: Está muerto. Pero Jesús tomándolo de la mano, lo enderezó y se levantó” (Mr 9:26,27) (2). A partir de ese momento el muchacho quedó sano, es decir, no volvió a presentar los síntomas que antes lo aquejaban.
Pero sus discípulos se quedaron inquietos:
19. “Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?”
Era natural que ellos se hicieran esa pregunta. Al elegir a los doce Jesús les había dado autoridad sobre los espíritus malignos (Mt 10:1,8). En otra ocasión Él había enviado en misión a los setenta que había escogido para que sanaran enfermos (Lc 10:1,9), y ellos habían retornado asombrados de que los demonios se les sujetaran en su nombre. En ese momento Él les confirmó a esos discípulos la “potestad de hollar serpientes y escorpiones”, (Lc 10:17-19), facultad que se extiende a todos nosotros, si tenemos fe suficiente para hacerlo. ¿Pero por qué esta vez ellos no habían podido liberar al joven del demonio que lo poseía?
20. “Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará, y nada os será imposible.”
La respuesta de Jesús es intrigante. Porque carecéis de la fe necesaria; esto es, de la fe que hubiera podido hacer que vosotros reprendierais al demonio con una autoridad irresistible. Para explicarse Jesús emplea enseguida el lenguaje paradójico que tanto le gustaba usar: Opone el tamaño minúsculo de la fe al de la inmensa montaña que puede mover. Si tuvierais una fe tan pequeña como la más pequeña de las semillas del campo, podríais ordenar a un monte que se desplace, y el monte os obedecería. No hay nada que la fe, cuando es sólida y profunda, y excluye toda duda, no pueda alcanzar (cf Mr 11:23). En cierta medida Dios nos ha confiado una parte de su poder al darnos la fe.
La frase: “Nada os será imposible” es un eco de la frase que el ángel le dijo a María en la anunciación: “No hay nada imposible para Dios”, refiriéndose al hecho de que su pariente Isabel pudiera concebir en su vejez (Lc 1:37), lo que recuerda la promesa que Dios le dio a Abraham, asegurándole que su esposa Sara, anciana y estéril, concebiría un hijo (Gn 18:14).
¿Somos nosotros conscientes del poder que Dios nos ha dado? ¿Lo usamos cuando es necesario y las circunstancias lo justifican? ¡Pero cuántas veces por nuestra falta de fe no alcanzamos las cosas que deseamos lograr! El reproche que Jesús dirigió a sus discípulos nos alcanza también a nosotros: Por nuestra falta de fe. ¿Y cómo hacer que nuestra fe aumente? Es el mismo pedido que los discípulos hicieron una vez a Jesús (Lc 17:5). Nuestra fe aumenta en la medida en que cultivemos nuestra intimidad con Dios, y en la medida en que usemos la poca o mucha fe que tenemos.
Sin embargo, Jesús concede que hay demonios cuya expulsión demanda un especial esfuerzo:
21. “Pero este género no sale sino con oración y ayuno”.
Esto es, se requiere fortalecernos con una oración más intensa, y con el ayuno que potencia nuestras facultades espirituales. Esto es algo que se aplica a muchos campos de nuestra vida cristiana. Todas las gracias son gratuitas en términos de dinero. Por eso se les llama “gracias”. Pero tienen, a su vez, un costo espiritual tanto mayor cuanto más alto sea lo que deseamos alcanzar.
Notas: 1. Este reproche se parece a las palabras que Moisés dirigió al pueblo de Israel: “Generación torcida y perversa.” (Dt 32:5b; cf Flp 2:15).
2. Si nosotros queremos ser levantados de nuestra condición de frustración y debilidad, lo primero que tenemos que hacer es tomarnos de la mano de Jesús, que siempre está dispuesto a extendérnosla; y en segundo lugar, debemos dejar que Él nos enderece y nos corrija, para que pueda llevarnos por los caminos por los cuales debemos andar siguiendo sus pasos.
Consideraciones adicionales. El notable comentarista anglicano J.C. Ryle observa, a propósito de este episodio, que con frecuencia Satanás ejerce un dominio sobre la juventud que es de peores consecuencias que el que se describe en este pasaje: “Parecen ser esclavos de la voluntad del maligno, y haber cedido del todo a sus tentaciones. Desechan el temor de Dios y violan sus mandamientos; rinden culto a la concupiscencia y al deleite; se entregan a toda clase de desórdenes y excesos… Son, en una palabra, esclavos voluntarios de Satanás.”
Esta observación es muy justa, y yo mismo lo he podido comprobar alrededor mío en mi juventud. Sin embargo, agrega él, que no por eso debemos perder la esperanza respecto de esos jóvenes, porque el poder de nuestro Señor Jesucristo es infinito para salvar. “Por duros que parezcan sus corazones, son susceptibles de conmoverse; por profunda que parezca su corrupción, aún pueden ser reformados”. Por eso sus padres y maestros no deben dejar de orar por ellos.
Hay quienes hacen un paralelo entre el espíritu maligno que se apodera del muchacho y el espíritu de la guerra que en ocasiones se apodera de las personas y de las naciones, que los hace botar figuradamente espumarajos de cólera y odio, llegando a los límites de la histeria, como se vio en la última guerra mundial; un espíritu fanático frente al cual las iglesias, conscientes de lo que se venía, se vieron impotentes; o peor aún, con el cual en algunos casos colaboraron, aun sabiendo los terribles estragos y el gran sufrimiento que causan las guerras.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#873 (22.03.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 10 de noviembre de 2011

JESÚS SANA A UN PARALÍTICO

Por José Belaunde M.

“Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.
Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar sino sólo Dios?
Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?
¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.”
(Mr 2:1-12)
Diremos para comenzar que todos somos el paralítico, porque todos hemos sido heridos por el pecado, y todos hemos necesitado ser sanados de esa herida. Nadie aquí se salva de eso. Pero sólo Jesús puede sanar esa herida.
El paralítico necesitaba ver a Jesús, pero no podía ir donde Jesús porque no podía caminar. El pecado lo había dejado espiritualmente inválido. El no podía acercarse a Jesús por propia iniciativa.
Felizmente tenía unos amigos que lo animaron y se prestaron para llevarlo donde Jesús. ¡Benditos sean esos amigos que llevan a sus amigos enfermos donde Jesús! ¿Cuántos de los que leen estas líneas tuvieron un encuentro con Jesús gracias a un amigo que lo llevó a Él?
Sin embargo, los amigos se encontraron con muchos obstáculos que impedían llevar al paralítico donde Jesús. Muchos se oponían, no dejaban que el enfermo fuera llevado a Jesús. ¿Qué vas a hacer tú buscando a Jesús? Te vas a volver un fanático, Así como estás, estás muy bien, aunque no puedas caminar.
Pero los cuatro amigos persistieron y encontraron un resquicio, una oportunidad inesperada para llevar a su amigo enfermo donde Jesús y presentárselo para que lo sane.
Pero ¡oh sorpresa! Jesús no lo sana de primera intención, sino le dice: “Tus pecados te son perdonados.”
Ellos deben haberse dicho: Está muy bien eso, pero lo que este hombre necesita ahora urgentemente no es que le perdonen sus pecados sino que lo sanen de la parálisis. ¡Jesús, por favor! ¡Olvídate de sus pecados y sánalo!
Sin embargo, Jesús hizo bien en perdonarlo primero que nada, porque antes de que nos sanen nuestras enfermedades, necesitamos que nuestros pecados sean perdonados.
El pecado es peor que la peor enfermedad, porque el pecado es la causa, el origen de todas las enfermedades. Así que si alguien está enfermo, lo primero que necesita es arrepentirse y creer para que sus pecados le sean perdonados.
Eso no nos autoriza a deducir, sin embargo, que si alguien está enfermo es porque ha pecado. Las causas de la enfermedad pueden ser muchas y no todas son causadas por pecados concretos. Las enfermedades pueden ser incluso pruebas que Dios permite para probar nuestra fe. Lo que sí es cierto es que el origen, o causa remota de todas las enfermedades que sufre el hombre es el pecado, en primer lugar, porque sujetó a la creación a “la esclavitud de la corrupción” (Rm 8:21); y en segundo, porque “la paga del pecado es muerte” (Rm 6:23) y la enfermedad es la embajadora de la muerte.

Ahora volvamos al comienzo del episodio para ver los detalles del relato.
Marcos dice que Jesús volvió a Capernaum, que está en el lago de Genesaret. Ninguna ciudad de Israel gozó con tanta frecuencia de la presencia de Jesús. Esa ciudad fue su centro de operaciones. Ahí hizo Él muchos de sus milagros y predicó muchas de sus enseñanzas. Sin embargo, la mayoría de los habitantes de esa ciudad no creyeron en Él. Se asombraron de sus milagros pero no se convirtieron. Por eso pronunció Jesús sobre Capernaum palabras muy duras cuya severidad fue sólo superada por las que dirigió a Jerusalén: “Y tú Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.” (Mt 11:23,24).
Cuando la gente se enteró de que Jesús estaba en la ciudad inmediatamente fueron a buscarlo. Eso ocurría dondequiera que Él estuviera. Querían verlo y escucharlo. ¿Por qué sería? Primero que nada, en verdad, porque hacía milagros.
El texto dice: Estaba en casa. ¿Qué casa? La casa de Pedro donde Jesús se alojaba cuando estaba en Capernaum.
El pasaje paralelo en Lc 5:17 dice que el poder del Señor estaba con Jesús para sanar. Toda sanidad es obra del poder de Dios, no del hombre. Hay veces en que el poder de Dios para sanar se siente casi físicamente. Eso es lo que hace que la gente se sane. No las manos del que las impone, sino el poder de Dios, la unción que reposa sobre él.
Marcos dice que Jesús les predicaba la palabra. ¿Qué palabra? La palabra de Dios. Todo lo que Jesús predicaba era palabra de Dios, las palabras que su Padre ponía en su boca (Jn 5:19). Por eso Pedro pudo decirle a Jesús: “Tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6:68).
La palabra de Dios es la que transforma vidas. Es la palabra que nunca retorna vacía sino que hace aquello para lo cual es enviada. (Is 55:11)
Al acercarse los amigos a la casa donde se encontraba Jesús vieron que estaba atestada de gente y que no se podía entrar. Pero ellos amaban mucho a su amigo enfermo y no se dejarían amilanar por las dificultades. Enfrentarían cualquier obstáculo por ayudarlo.
Cuando amamos realmente a nuestros amigos, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa por ayudarlos. ¡Ojalá tengamos nosotros esa clase de amigos!
Esos amigos eran como enfermeros que cargaban a su amigo. Necesitamos enfermeros espirituales que lleven a Jesús a la gente enferma por el pecado y por su vida desordenada.
Entonces a los amigos se les ocurrió una solución osada: Hacer un hueco en el techo y bajarlo con cuerdas por el hueco.
Subirlo al techo no era difícil porque las casas en Israel entonces tenían una escalera externa que llevaba al techo. Pero ¿cómo abrirían un hueco en el techo? ¿Con qué derecho? Con el derecho que dan la fe y el amor. Pero ¿no estaba ahí Pedro, el dueño de casa? Impulsivo y temperamental como él era ¿permitiría que le destrocen el techo?
Imagínense además el ruido y el polvo del techo que caería sobre los que estaban dentro. Y su sorpresa.
El texto dice: “Al ver Jesús la fe de ellos.” ¿La fe de quiénes? La fe de los cuatro amigos, naturalmente, pero también la fe del enfermo. Él era el que tenía más fe porque para dejarse descolgar por el techo estando paralítico……
El debe haberles dicho: Llévenme como sea para ser sanado. ¿Quién no está dispuesto a hacer cualquiera cosa para ser sanado de una enfermedad grave?
Preguntémonos ¿Qué clase de fe en particular era la que ellos tenían? ¿Cuál era el objeto de su fe? ¿Fe para ser salvo? No. Fe de que Jesús podía sanar a su amigo.
Al ver pues Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: “Hijo”. Lo trata cariñosamente para animarlo. Ese hombre enfermo necesitaba ser tratado con amor, no con indiferencia como solemos hacer. Todo enfermo sufre, sobre todo si es de una enfermedad grave. Necesita cariño, amor, cuidado.
Luego le dice: “Tus pecados te son perdonados.” Eso era algo que el paralítico no esperaba, pero al oírlo él debe haberse sentido aliviado por esas palabras. Un peso mayor que la enfermedad se le cayó de encima. La peor de todas las cargas que podemos llevar es la opresión causada por el pecado.
¿Por qué le perdonó Jesús sus pecados? No lo hizo por bondad sino porque vio que el hombre tenía fe en Él. “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hch 10:43; cf 13:38)
Había ahí unos escribas presentes. ¿Por qué estaban ellos allí? ¿Querían acaso aprender de Jesús? ¿O querían quizá hacerse sus discípulos? De ninguna manera. Ellos querían sorprender a Jesús en alguna palabra imprudente, o peligrosa, para poder acusarlo. Y Jesús no los decepcionó en este caso; les dio en la yema del gusto porque dijo algo por lo que pensaban que podrían denunciarlo a las autoridades.
Ellos se dijeron entre sí: Este tipo blasfema, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.
Ellos pensaron dos cosas: una equivocada, porque Jesús no blasfemaba; y una correcta, porque es verdad que sólo Dios tiene poder para perdonar los pecados.
Ellos pensaron: Este hombre pretende tener la autoridad de Dios para perdonar los pecados. Pero Jesús no pretendía tener esa autoridad. Él la tenía en verdad, porque el Padre le había dado autoridad para juzgar (Jn 5:27). Él no blasfemaba como ellos equivocadamente pensaron, porque Jesús, siendo Dios, tenía el poder de perdonar.
Fijémonos en que ellos no habían hablado en voz alta; sólo habían pensado esas cosas en su interior. Pero Jesús sabía lo que pensaban.
Jesús sabe todo lo que la gente piensa y no tiene necesidad de que nadie se lo diga. (Jn 2:24,25). El sabe todo lo que tú, que me escuchas o lees, piensas. No puedes ocultarle ni el menor de tus pensamientos. No hay manera de esconderse de su mirada que penetra como espada afilada hasta lo más profundo del ser. Recordemos lo que dice Hebreos: “Todas las cosas están desnudas y abiertas ante los ojos de Aquel a quien debemos dar cuenta.” (4:13).
¿Y si Él revelara a todos lo que tú piensas? ¿Cómo quedarías? Ten cuidado, porque algún día todo lo oculto será revelado, y todo lo que tú hiciste y pensaste será expuesto a la vista y oídos de todos para que todos lo sepan.
Jesús entonces les pregunta a los escribas: ¿Qué es más fácil: decirle a un paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decirle: “Levántate… y anda”?
Ciertamente es más fácil decirle: “Tus pecados te son perdonados”, porque no hay manera de comprobar que haya ocurrido, no hay ninguna evidencia visible. Cualquiera puede decirlo. Pero decirle a un paralítico: “Levántate y anda”,·no es tan fácil, porque si no se levanta quedas muy mal.
Jesús continúa: “Para que sepáis que yo tengo el poder de perdonar los pecados, ahora le digo al paralítico: ´Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.’” Y el paralítico se levantó, tomó su camilla y se fue.
En otras palabras, si yo puedo decir y hacer lo que es difícil (sanar a un paralítico), también puedo decir lo que es más fácil (perdonar los pecados).
Pero en realidad, bien mirado, es al revés: No es que si Jesús puede sanar, también puede perdonar, sino que si Él puede perdonar los pecados también puede sanar a un paralítico. Si puede lo mayor, también puede lo menor. Porque perdonar los pecados de alguien es una obra mucho más grande que sanarlo de una enfermedad.
Notemos que el paralítico había sido llevado cargado en una camilla, y que él salió de ahí cargando la camilla en que solía estar acostado.
Notemos también que al probarles a los escribas que Él podía perdonar los pecados Él les estaba diciendo implícitamente: Yo soy Dios, porque sólo Dios puede hacer eso, como ellos bien sabían. Pero no le creyeron.
Ellos en verdad ya habían tenido un motivo para creer que Él fuera Dios, porque les había mostrado que Él sabía lo que cavilaban en su interior, algo que nadie puede hacer, a menos que el Espíritu Santo se lo revele. Pero lo pasaron por alto. No hay ciego más ciego que el que no quiere ver.
Jesús le dijo al paralítico: Toma tu camilla y vete a tu casa, por dos motivos: Uno porque de lo contrario el paralítico hubiera sido capaz de volver a acostarse en su camilla aun estando sano, porque estaba acostumbrado a estar echado todo el tiempo en ella. Y dos, para que alegrara a su familia viendo que él estaba sano. Ellos habían sufrido seguramente de verlo en ese estado. Tanto más se alegrarían de verlo caminando.
La parálisis que el hombre había sufrido fue en realidad una bendición encubierta para él. Porque si no hubiera sido por esa enfermedad quizá el nunca hubiera tenido ese encuentro con Jesús, quizá nunca hubiera recibido el perdón de sus pecados.
¿Cuántos podrían testificar que el sufrimiento los ha hecho sabios, los ha hecho mejores? Las tribulaciones pueden ser misericordias; las pérdidas pueden ser ganancia; la enfermedad del cuerpo puede significar la sanidad del alma (J.C. Ryle). Recordemos las palabras del salmo 119: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos.” (vers 71)
Pensemos en lo que ese encuentro significó para el paralítico. Él fue llevado a esa casa enfermo de cuerpo y alma, y regresó sano, restaurado y caminando. Pero, sobre todo, regresó libre de los pecados que oprimían su alma. Había sido perdonado. Algo que él, al ir donde Jesús, no buscaba. Notemos que cuando uno se acerca a Dios alcanza mucho más de lo que busca. (Rm 8:32).
Al escuchar las palabras de perdón de Jesús y ver el milagro, los que estaban presentes en la casa abarrotada no blasfemaron, como habían hecho los escribas, sino que dieron gloria a Dios por lo que habían presenciado.
En el pasaje paralelo de Mateo se dice que los presentes maravillados glorificaron a Dios que había dado tal poder a los hombres. Notemos, sin embargo, que pese a lo que habían visto, ellos no reconocieron que Jesús era Dios. No captaron el argumento con que Jesús había respondido a los escribas afirmando implícitamente en los hechos que Él era Dios. Evidentemente ellos veían en Jesús sólo a un hombre, a un profeta a quien Dios había concedido poderes milagrosos para curar.
Así solemos ser nosotros. Nos cuesta comprender lo que Dios nos está diciendo o mostrando. Somos testarudos.
Jesús hizo en ese lugar tres milagros: Perdonar los pecados del paralítico, leer los pensamientos de los escribas, y sanar al paralítico. ¿Quién sino Dios puede hacer tales cosas?

NB. Este artículo está basado en la trascripción de una charla dada recientemente en el ministerio de la “Edad de Oro”.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#700 (06.11.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI.