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viernes, 13 de julio de 2012

DIOS COMO MODELO DE PADRE


Por José Belaunde M.
DIOS COMO MODELO DE PADRE
Aunque ya hayan pasado dos semanas desde que celebramos el Día del Padre, creo que todavía es oportuno volver a publicar este artículo que trata de la importancia de la paternidad y de su influencia en nuestras vidas.

¿Qué se nos viene a la mente cuando escuchamos la palabra “Padre”? Ciertamente pensamos en aquel que fue nuestro padre, aunque algunos quizá no lo tuvieron, o no tuvieron motivos para amarlo. Porque sabemos que hay muchas heridas en relación con la paternidad.
Pero es posible también que a muchos les traiga el recuerdo de esa oración que empieza por las palabras: “Padre Nuestro...” (Mt 6:9).
Dios es en efecto nuestro Padre. Es el padre de todos los hijos y el padre de los todos los padres y madres de la tierra, porque Él los ha creado a todos.
Pero lo es sobre todo de aquellos a quienes Él ha redimido y que han recibido el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abba, Padre!” (Rm 8:15).
Él es nuestro Padre y el Padre de nuestros hijos.
Eso tenemos nosotros en común con ellos. Tenemos el mismo Padre que está en los cielos. Lo cual nos lleva a una paradoja: Si algunos de los que leen estas líneas tienen hijos, delante de Dios ellos son hermanos de sus hijos. ¿Habían pensado alguna vez en eso? Y, dicho sea de paso, también son hermanos de su padre.
Pero así como Dios es nuestro Padre, en cierta medida cada padre es Dios para sus hijos. Es decir, es un dios para sus hijos pequeños, porque a ellos su padre les parece como un dios, porque todo lo reciben de él.
En su padre reside todo el poder en su casa y, desde su perspectiva pequeña, su padre todo lo puede.
Por ello todo padre representa a Dios ante sus hijos.
En verdad Dios los ha nombrado representantes suyos ante sus hijos, porque Él, que es quien los ha creado, ha encargado el cuidado de esos hijos suyos a los padres para que cuiden de ellos en su nombre, así como encargó a José, el esposo de María, que cuidara de su Hijo Unigénito.
Tal como José fue el padre putativo de Jesús, todos los que hemos sido, o somos padres, y todos los que lo serán más adelante, somos en rigor los padres putativos de nuestros hijos, aunque esos hijos lleven nuestra sangre y nuestros genes.
Somos padres de ellos y ante ellos en lugar de Dios.
Esto es tan cierto que la relación que muchas personas adultas tienen con Dios, es reflejo de la relación que tuvieron con su padre.
Si la relación con su padre fue buena es muy probable que su relación con Dios también lo sea.
Si rechazaron a su padre terreno, si tuvieron una mala relación con él, es probable que rechacen también a su Padre celestial, salvo que la relación con la madre compense esa deficiencia.
Y si las hijas fueron maltratadas o abandonadas por su padre y, como consecuencia, les fueron rebeldes o les guardan rencor, tendrán una relación difícil con sus maridos, y les serán también rebeldes, o estarán a la defensiva.
De hecho, es sabido que muchos ateos famosos tuvieron una mala relación con su padre; lo rechazaron porque fueron tratados mal por él, o porque fueron abandonados por él y por eso rechazaron a Dios de adultos.
Es muy raro que los que fueron bien tratados por sus padres nieguen después a Dios. Como también está demostrado que las relaciones que muchos tienen con la autoridad, sea del gobierno o de cualquier otro tipo, está marcada por la relación que tuvieron con su padre.
Si se rebelaron contra su padre es muy probable que se rebelen también contra la autoridad, contra el gobierno.
En nuestro país existe una herida profunda que se extiende a lo largo de las generaciones dejando una marca indeleble en el carácter de la gente.
Esa herida es el abandono del padre que muchos hijos e hijas han sufrido. o el maltrato que sufrieron de sus manos.
Eso explica quizá la falta generalizada de respeto que existe en nuestro país por la autoridad. Por lo general puede decirse que si los hijos amaron y respetaron a sus padres, respetarán más tarde a la autoridad; si no los amaron porque fueron maltratados y se rebelaron contra ellos y no los pudieron respetar, se rebelarán también contra la autoridad.
No sé si los padres que leen estas líneas –y me dirijo a los padres, no a las madres- hayan pensado alguna vez en la importancia que ellos asumen para sus hijos, y cómo, incluso sin quererlo ni pensarlo, ellos determinan la actitud que más tarde sus hijos tendrán ante la vida y el mundo exterior.
¡Cuán grande es la responsabilidad que asumen los padres al engendrar hijos! Lo malo es que cuando los tienen no son concientes de ese hecho y sólo más tarde caen en la cuenta de los errores que pudieron haber cometido, cuando ya son difíciles de reparar. Es cierto, sin embargo, que con Dios no hay nada imposible.
Pero volvamos a lo que decíamos al comienzo: Dios es padre de los padres en un sentido muy especial. Lo es porque es modelo de paternidad y de maternidad.
¿De maternidad también? Sí también, porque Dios es padre y madre simultáneamente, como se dice en Isaías: “Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros” (66:13).
La maternidad proviene de Dios. Si no ¿de quién vendría?
Ciertamente Él nos ha puesto como modelo de madre humana a la madre de Jesús: en su modestia, en su sumisión a su marido, en su dedicación a su Hijo y en su sometimiento a la voluntad de Dios. Nunca ha habido una madre como ella porque ninguna madre ha tenido un Hijo como el que tuvo ella.
Pero en verdad todo modelo humano, por noble y edificante que sea, empalidece al lado de Dios. Padre y madre deben mirar a Dios como su modelo principal y tratar de ser como Él.
Para entender cabalmente cómo deben comportarse ambos deben mirar a Dios y preguntarse como es Él.
¿Cuál es la característica más importante de Dios? Podemos decir que es su omnipotencia, su omnisciencia, su eternidad. Es verdad, pero eso está demasiado alejado de nosotros, meros seres humanos, para pretender imitarlo. ¿Qué cosa hay más cercana de nosotros que caracteriza a Dios?
San Juan dice que “Dios es amor” (1Jn 4:8). No dice que Dios sea amoroso, aunque lo es, sino dice que la esencia de su naturaleza es amor.
Ahí está el fundamento de lo que Dios es para nosotros, por qué nos creó y por qué nos redimió. Por amor.
Eso explica, o debería explicar también, todo lo que la relación de los padres con sus hijos debe ser. Pero preguntémonos con sinceridad si es el amor lo que gobierna nuestra relación con nuestros hijos. ¿Engendramos a nuestros hijos por amor o por pasión? ¿O los engendramos sin querer, de casualidad, a pesar nuestro? Ese hecho influye en nuestra relación con nuestros hijos y en la de ellos con nosotros. Aunque son muchos los factores que influyen en los sentimientos de los padres respecto de sus hijos puede decirse en términos generales que los hijos engendrados por amor son más amados que los hijos engendrados por pasión, y lo son más aun que los hijos engendrados de casualidad, o por accidente, si bien es cierto que a veces hay circunstancias que modifican los sentimientos iniciales.
Pero Dios no nos engendró de casualidad, aunque nuestros padres se hayan unido de casualidad cuando fuimos concebidos. En Dios cada creación es un acto conciente y voluntario (Jb 10:8a). Por eso la relación de Dios con nosotros es una relación de amor que se inició desde la eternidad.
Nuestra relación con nuestros hijos debe ser también una relación de amor, si es posible -y sí es posible- desde antes de su concepción, así como Dios nos amó antes de que nuestros padres se conocieran. “Antes que te formase en el vientre te conocí” le dice Dios al profeta Jeremías (1:5). Y debe continuar siéndolo toda la vida, incluso cuando ya sean adultos.
En las madres la relación de amor es una cosa instintiva. Dios ha hecho a la mujer de tal manera que apenas siente que ha concebido empieza una relación de amor con el ser que lleva en el seno.
Y así como crecen y se inflan sus pechos preparándose para amamantarlo un día, de igual manera va creciendo en ella el amor con que lo espera y con que lo va a criar cuando nazca (si es que no hay factores que interfieran con ese lazo).
La maternidad es un ejercicio de amor, que obedece a un instinto muy profundo en ellas, cuya biología ha sido creada con ese fin (Nota 1). Pero a los padres, es decir, a los hombres, no les sucede lo mismo. Ellos no tienen el mismo vínculo físico con sus hijos.
Para ellos el hijo es algo externo. Algo independiente a ellos. Ellos no lo cargan en el seno, no lo nutren con su sangre, no respiran por él, no lo sienten moverse en su vientre antes de que nazca, como lo sintió su madre.
A la mujer le cuesta ser madre de una forma peculiar, como no le cuesta al hombre ser padre, y por eso, porque hay un sacrificio de por medio,  las incomodidades y los sufrimientos del embarazo, ella permanece ligada a sus hijos a lo largo de la vida con un vínculo especial. ¿Por qué? Porque salieron de sus entrañas.
¡Cuán importante es ese hecho! Según el griego del Nuevo Testamento la misericordia, que es amor, es un movimiento que surge de las entrañas. De allí que llamemos en español “amor entrañable” al amor profundo, intenso.
A lo antedicho hay que agregar que lamentablemente en el curso de la vida muchos factores externos frustran la relación del padre con sus hijos: las presiones culturales (el machismo), las presiones sociales (los amigos) y las presiones económicas (el trabajo o, a veces, la necesidad de ganarse el pan alejado de la familia), e impiden que puedan manifestar con naturalidad y espontaneidad su amor por sus hijos.
En la cultura peruana manifestar amor por los hijos de una manera abierta no es cosa de hombres, sino de mujeres.
Pero a los padres corresponde manifestar su amor y rodear de amor a sus hijos. El suyo es un amor diferente, distinto; un amor viril, pero tan necesario para ellos (los hombrecitos y las mujercitas) como el amor materno.
¿Puede un niño crecer sin alimento? ¿Sin la leche, sin la papilla que le da su madre? ¿Qué pasa si se le niega ese alimento? Se muere.
¿Puede un niño crecer sin amor? ¿Qué le pasa si se lo negamos? No se muere, pero sufre. Crece raquítico, física y espiritualmente.
Se han hechos experimentos en orfanatorios dividiendo una sala de recién nacidos en dos grupos. A ambos grupos se les alimentaba y se les cuidaba igual. Pero a un grupo las enfermeras los levantaban para darles su biberón, los cargaban y acariñaban. A los bebés del otro grupo se les daba la mamadera sin levantarlos de la cuna y no se les acariñaba.
Al cabo de poco tiempo se manifestaba una notoria diferencia entre ambos grupos: los que eran tratados con cariño aumentaban bien de peso y estaban sanos, los otros estaban menos gorditos y se enfermaban con más frecuencia.
¿Qué es lo que hacía la diferencia entre los dos grupos? El amor era la diferencia. El amor es indispensable para que el niño crezca sano, porque es condición necesaria, en primer lugar, para que sea feliz. Un niño infeliz se enferma con facilidad.
Es fácil detectar si un niño recibe amor o no en su casa. Si es amado su expresión es abierta, risueña. Si no es amado, si es maltratado, su mirada es triste, su expresión severa, encoge el pecho.
Los padres peruanos (es decir, los varones) con frecuencia son tímidos para expresar su amor a sus hijos, posiblemente porque sus padres fueron también reservados con ellos en ese campo. Se portan con sus hijos tal como sus padres se portaron con ellos. Para romper ese círculo repetitivo de patrón errado de conducta se requiere de un esfuerzo consciente de parte de cada padre.
Yo exhorto a los padres de familia que leen estas líneas, si lo que digo se aplica a ellos, que hagan un esfuerzo consciente por ser más cariñosos con sus hijos, aun con los mayores. Abrácenlos mañana y tarde y cuando se despiden. Quizá al comienzo sus hijos e hijas se sorprenderán un poco, pero se sentirán mejor, más relajados, menos tensos y ustedes también. No hay nada como las expresiones sinceras de cariño para hacer que la gente se sienta a gusto consigo misma, menos tensa.
Los hijos necesitan a la vez del amor maternal y del amor paternal, viril. Si les faltan ambos amores crecen tristes, con una sensación interna de desamparo, a menos que haya alguien, un pariente, que tome el lugar de los padres, aunque nunca será igual.
El amor del padre da a los hijos seguridad, aplomo, ante el mundo, confianza en sí mismos. Su carencia los hace inseguros, desconfiados, inciertos.
Gran parte de la inseguridad que demuestran los peruanos, gran parte de sus complejos de inferioridad y baja autoestima tienen ese origen: la falta de amor paterno en la infancia. Porque aunque tuvieran el amor de su madre, ella les transmitió, junto con su cariño, su sensación interna de inseguridad, sus temores de mujer sola, abandonada, salvo que su familia cercana le haya brindado todo el apoyo que necesitaban.
Es cierto también que el cariño de la madre es para el niño pequeño como el agua cargada de nutrientes con que se riega una planta, como un tónico vigorizante cuyo efecto dura toda la vida.
El amor alimenta el alma. Todos, aun los adultos, necesitamos ese alimento tanto como necesitamos el del cuerpo para estar sanos. Los niños lo necesitan aun más para crecer sanos y fuertes, física y espiritualmente.
Por ello la primera obligación de los padres es dar amor a sus hijos, a imitación de Dios que es amor y que derrama sin límites su amor sobre nosotros.
La forma cómo Dios se comporta con nosotros debe ser nuestro modelo.
Los padres que aman a sus hijos los alimentan, los visten, los cuidan, y procuran educarlos bien porque el amor obra instintivamente bien y hace lo correcto. El padre tiene además un instinto protector respecto de sus hijos, los defiende si están amenazados como si él lo estuviera.
Los padres que no aman a sus hijos, que no los alimentan, que no los visten, que no los cuidan y educan bien, o peor, que los abandonan, obran así porque carecen de ese instinto, o porque el instinto ha sido deformado, pervertido por el maltrato o la crueldad de la vida, o por una dureza anormal de corazón que los ha deshumanizado.
Aunque todos fallamos algunas veces como padres, los padres que aman a sus hijos de una manera desinteresada, fallan con menos frecuencia
Digo desinteresada, porque hay muchos padres que aman a sus hijos de una manera interesada, egoísta. No los aman por ellos mismos sino por lo que sus hijos les aportan, o porque les sirven, o porque los exhiben como trofeos (2).
Pero Dios no nos ama de esa manera, sino todo lo contrario. Nos ama al punto de dar la vida por nosotros. Los padres tienen en ese amor su modelo: deben amar a sus hijos hasta el punto de dar la vida por ellos si fuera necesario.
A su vez los hijos deben amar y respetar a sus padres -como aman y respetan a Dios- devolviéndoles el cariño y los cuidados que recibieron de ellos. De ahí que Dios haya colocado en el Decálogo, después de los mandatos referidos a su propio honor y gloria, el relativo al honor debido a los padres: “Honra a tu padre y a tu madre...” (Ex 20:12), que es el primer mandamiento con promesa, según dice Pablo (Ef 6:2), la promesa de una larga vida y de que a uno le irá bien (Dt 5:16).

Notas: 1: Las feministas de género, que niegan que la maternidad sea algo específicamente femenino, pretenden reprimir en ellas ese instinto natural que se opone, según dicen, a su realización como mujer.
2. Lo que no quiere decir que no puedan estar orgullosos de ellos: “Como saetas en manos del valiente así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos.” (Sal 127:4,5a)
NB. Este artículo, publicado por primera vez hace diez años, está basado en la grabación de una charla radial del autor.




Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#733 (01.07.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 17 de junio de 2011

ABRAHAM, ESPOSO Y PADRE

Por José Belaunde M.


Abram se encontraba en la tierra de Harán, a donde había emigrado con su padre años atrás, cuando Dios se le aparece y le dice: "Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré.” Le dice además que hará de él una nación grande y que en él serán “benditas todas las naciones de la tierra.” (Gn 12:1-3). El Génesis no dice, sin embargo, por qué motivo Dios escoge a Abram para este privilegio extraordinario, subrayando el hecho de que lo hace por pura gracia.

Abram no discute con Dios cuando le dice que salga de su tierra. ¿A dónde Señor? Ya te lo diré. Tenía tanta confianza en Dios que, como dice Hebreos, “salió sin saber a dónde iba.” (Hb 11:8).

¿Quién haría eso? ¿Dejar lo seguro, donde se siente a gusto, y vive rodeado de los suyos, para ir a la aventura, hacia lo desconocido? Obedecer a Dios debe haberle costado mucho a Abram: morir a sí mismo.

Abram parte con su mujer y su sobrino Lot, llevando consigo sus posesiones en ganado y en siervos, y Dios lo va guiando de un lugar a otro en la tierra de Canaán (Nota 1). Pasado algún tiempo le dice (resumiendo): “Yo te he prometido que haré de ti una gran nación. Esta será la tierra de tu descendencia, éste será su territorio como heredad perpetua, aquí habitarán.” (Gn 15)

La promesa de Dios hace las veces de escritura pública, cuyo valor es tan firme como su palabra. Es una promesa territorial cuya extensión se va ampliando a medida que se la reitera, y que Abram prueba su fidelidad. Primero es la tierra que abarque su vista, y luego todo lo que sus pies recorran (Gn 13:15,17); después abarcará desde el río Nilo hasta el Éufrates (15:18).

Pero notemos lo inverosímil de esa promesa: Dios le promete que tendrá no sólo un hijo, sino una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo (2), cuando su mujer es estéril y no puede darle ni siquiera un hijo para comenzar. Sin embargo, Abram le cree a Dios. Por eso se le llama “el padre de la fe”. La Escritura dice que le creyó a Dios “y le fue contado por justicia.” (Gn 15:6; cf Gal 3:6). Su fe lo justificó porque creyó en algo que era humanamente imposible.

¿Cuántos hombres no quisieran ser el origen de un linaje tan numeroso como para constituir una nación entera? Antes los hombres mostraban orgullosos a sus muchos hijos y se hacían fotografiar ufanos con ellos. Hoy sólo quieren tener uno o dos hijos, máximo tres. Los tiempos y las condiciones de vida, es cierto, han cambiado mucho.

La fe que demuestra tener Abram es la clase de fe que Dios espera de nosotros. Creer en lo posible no tiene mucho mérito; creer en lo imposible, sí lo tiene.

Abram era un pastor nómada que se trasladaba con su ganado de un lugar a otro en busca de pastos frescos (lo que hoy día diríamos un empresario ganadero). Él llegó a ser muy rico porque la bendición de Dios estaba sobre él.

Sin embargo, con el correr de los años la fe de Saraí, que siempre había acompañado a la de su marido, empezó a flaquear. Tuvo pena de él porque habían ya pasado más de diez años y no se cumplía la promesa que Dios le había hecho. Ella se sentía culpable porque era estéril. ¿Sería Dios realmente capaz de hacerla fecunda? Abram dejó que la debilidad de la fe de su mujer debilitara la suya. En lugar de fortalecerlo, ella lo debilitó. Con frecuencia ocurre que la falta de fe de un cónyuge influye negativamente en la del otro.

Descorazonada, Sara le propone a su esposo tener un hijo con su sierva, Agar, que sería como si lo tuviera ella misma, puesto que era su esclava. Era inevitable, sin embargo, que un proyecto nacido de una falta de confianza en Dios, tuviera malas consecuencias para ambos.

Abram, deseoso de tener un hijo, accedió a la propuesta de su mujer, que después traería a ambos muchos sinsabores, porque cuando Agar estuvo encinta, comenzó a mirar con desprecio a su ama, pues ella le había dado a su patrón el hijo que su mujer no podía darle.

Abram, sin embargo, fue un buen esposo porque le dio la razón a su mujer cuando ella se quejó del menosprecio que sufría de parte de su sierva, pues le dijo que hiciera con ella lo que quisiera. Pero a la vez fue injusto con la sierva porque ella iba a ser madre de un hijo suyo (Gn 16:5,6).

Ante el maltrato que empezó a sufrir de su ama, Agar huyó al desierto y estaba en peligro de morir de hambre y sed. Pero Dios se apiadó de ella, y le envió un ángel que le ordenó volver donde su ama y le estuviera sumisa. Al mismo tiempo le anunció que tendría un hijo que sería un guerrero, al que pondría por nombre Ismael (que quiere decir “Dios oye”) por cuanto Dios “ha oído tu aflicción.” (Gn 16:11).

Notemos que no dice: “Dios ha oído tu ruego”, sino “Dios ha oído tu aflicción”, sin que ella orara. Dios interviene muchas veces al ver nuestra aflicción sin necesidad de que se lo pidamos. Ella quedó tan impresionada de que Dios se compadeciera de su situación, siendo ella una esclava, que llamó al pozo donde la encontró el ángel, “Pozo del viviente que me ve.” (Gn 16:13,14). Abram tenía ochenta y seis años cuando nació Ismael, el hijo de Agar (v. 16).

Trece años después, cuando Abram tiene ya noventa y nueve años, Dios le confirma su pacto y le cambia el nombre a él y a su mujer. Él ya no se llamará Abram (es decir, “padre enaltecido”) sino en adelante se llamará Abraham (“padre de muchedumbres”); y ella ya no se llamará más Saraí sino Sara (“princesa”). Dios le declara además que el pacto que ha celebrado con él es un pacto perpetuo, con él y su descendencia, a la cual multiplicará en gran manera, y a la que dará en posesión perpetua la tierra de Canaán (Gn 17:5-8).

Le da asimismo como señal de su pacto la circuncisión. En adelante todo varón de su casa deberá ser circuncidado, y todo niño que le nazca, a él o a sus siervos, será circuncidado al octavo día. Pero cuando Dios le asegura que Sara “vendrá a ser madre de naciones”, Abraham se postra y se ríe, diciéndose: “¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?” Y añade: “Ojalá Ismael viva delante de ti.” (Gn 17:17,18).

¿Dudó Abraham en ese momento de la promesa de Dios? Aparentemente sí, pues pensó que la descendencia numerosa le vendría por Ismael. ¿Cómo es entonces él llamado “el padre de la fe”? Él le había creído a Dios cuando se sentía fuerte, pero ya viéndose impotente, dudó de que Dios pudiera concederle algo humanamente imposible.

Pero Dios, sin enojarse, le reitera que no será a través de Ismael cómo tendrá la descendencia prometida (aunque ese niño será también bendecido), sino que será a través del hijo que dentro de un año dará a luz Sara, al cual pondrá por nombre Isaac (es decir, risa).

Frente a la solemnidad de la promesa, esta vez Abraham sí le creyó a Dios. Entonces se circuncidó él mismo, y circuncidó a Ismael y a todo varón de su casa, al siervo nacido en ella y al extranjero comprado por dinero (17:27).

Si Abraham dudó un momento riéndose para sí de la promesa de Dios ¿cómo es que Pablo dice de él “que creyó en esperanza contra esperanza para llegar a ser padre de muchas gentes”, y que su fe no se debilitó “al considerar su cuerpo que estaba ya como muerto…o la esterilidad de la matriz de Sara”? ¿Y que “tampoco dudó por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe…plenamente convencido de que era capaz de hacer todo lo que había prometido”? (Rm 4:18-21) (3)

Eso nos muestra que la fe no excluye nuestras luchas con las dudas que a veces suscitan los obstáculos que enfrentamos, o con las objeciones que nos presenta la razón. La fe no es firme porque sea siempre automática e inamovible, sino es firme porque se sobrepone a las dudas y a las perplejidades que nos asaltan.

Tal como le había prometido Dios, Sara concibió y dio a luz un hijo al año del anuncio que le había hecho. ¿Cuánto tiempo esperó Abraham para que Dios cumpliera su promesa? Nada menos que veinticinco años.

A veces nosotros nos desesperamos porque tarda lo que le hemos pedido a Dios reclamando una promesa suya. Si demora es porque Dios está probando nuestra fe, y porque su cumplimiento superará en mucho lo esperado. ¿Pero quién sería capaz como Abraham de esperar veinticinco años?

Al crecer Isaac, la presencia del hijo de la esclava se convirtió en una piedra de tropiezo para la paz del hogar de Abraham, porque el mayorcito molestaba al menor y, como es natural, eso disgustó a Sara, que ya había tenido inconvenientes antes a causa de Agar.

Vale la pena que nos detengamos un momento para considerar la diferencia entre la situación de Agar y la de Sara, y entre la de los hijos de ambas. Sara era la patrona; Agar, la sierva. Isaac era el hijo del patrón y el heredero; Ismael, el hijo de la esclava. Era inevitable, humanamente hablando, que hubiera envidia y resentimiento en Ismael ante la inferioridad de su situación respecto de su hermano menor.

¿Cuántas veces se producen en la vida de las familias situaciones penosas porque se ha violado el principio de la monogamia matrimonial, o el de la fidelidad conyugal? Dios nos ha dado leyes sabias para nuestra felicidad y para la armonía en nuestras vidas. Si las violamos, sufrimos las consecuencias. Es cierto también que a veces surgen dificultades que nosotros mismos no hemos suscitado, sino que son fruto de circunstancias de las que nosotros no somos responsables. Pero si se investiga bien, detrás de los hechos que perturban, siempre se encontrará como origen del problema, el pecado de alguno, lejano o cercano.

Abraham era un hombre recto que procuraba andar en los caminos de Dios, aunque no carecía de defectos, pero la sociedad de su tiempo, que aún no había recibido la luz del Evangelio, consideraba como normales ciertas prácticas –como la poligamia y el concubinato- que después condenaría. Por mucha buena voluntad que él tuviera, y por mucha paciencia que mostrara Sara, no podían evitar los conflictos que la situación doméstica irregular traía consigo.

Sara, comprensiblemente, se empeñó en que su marido alejara de su casa a la sierva y a su hijo (Gn 21:10). Era natural también que a Abraham le repugnara acceder al pedido de su mujer, porque amaba a Ismael. Pero Dios le dijo: Oye a tu mujer en todo lo que ella te diga, “porque en Isaac te será llamada descendencia.” (v. 11, 12). Esto es, por encima de toda otra consideración, toma en cuenta el deseo de tu mujer. Para tranquilizarlo Dios le aseguró que de Ismael también haría un pueblo grande y numeroso (Gn 25:12-18), del que, dicho sea de paso, descienden algunas tribus árabes, como los madianitas y amalecitas, que fueron enemigos de Israel, tal como lo había sido su antepasado. Aunque le doliera separarse de su hijo, Abraham, que vivía en comunión con Dios, hizo lo que Dios le ordenó.

Pero le faltaba a Abraham pasar por la última prueba, la prueba suprema, en la que Dios le pediría que le sacrifique a Isaac, al hijo amado que había esperado durante veinticinco años, y en quien reposaba el cumplimiento de la promesa de que él sería padre de multitudes (Gn 22:1,2). Porque si Isaac moría ¿cómo podría tener él la descendencia prometida? ¿Sería capaz Sara de concebir nuevamente?

El texto sagrado no nos dice qué pasó por la mente de Abraham cuando Dios le pidió que sacrificara a Isaac. No sabemos si se resistió, o si dudó, o si lloró. Sólo nos dice que Abraham obedeció, y que se puso de inmediato en camino con Isaac para ir al lugar que Dios le había indicado (v. 3).

A nosotros nos puede sorprender que Abraham aceptara como natural algo que a nosotros nos horroriza: que Dios le pida que inmole a su hijo. Pero tenemos que ponernos en la cultura y en la mentalidad de ese tiempo, en que los sacrificios humanos no eran cosa excepcional.

Cuando iban de camino Abraham debe haber sentido como una espada en el pecho la pregunta que le hace Isaac: “Llevamos la leña y el fuego para el holocausto, pero ¿dónde está el cordero que vamos a sacrificar?” En su respuesta Abraham transmite de alguna manera a su hijo la fe que él tiene en el Dios que todo lo provee. En su interior él debe haber conservado la esperanza de que Dios daría una salida al terrible dilema en que él se encontraba (Gn 22:7,8).

Notemos, de otro lado, que el sacrificio de Isaac por su padre tiene un enorme contenido simbólico: Dios que envía a su único Hijo a la tierra para morir como sacrificio expiatorio por los pecados de todos los hombres. Así como Jesús subió al Calvario cargando el madero en que iba a ser clavado, Isaac subió al monte Moriah cargando la leña que iba a servir para su propio holocausto. Isaac no se resistió cuando su padre lo ató sobre el altar y la leña en que iba a ser sacrificado (v. 9), así como Jesús tampoco se resistió cuando lo clavaron en la cruz. Pero en el instante mismo en que Abraham levantó el cuchillo para matar a su hijo, el ángel del Señor lo llamó desde el cielo: “Detén tu mano y no toques a tu hijo, porque yo ya sé que me temes y que no me rehúsas lo que más amas.” Dios sólo quería comprobar si Abraham estaba dispuesto a sacrificarle lo que más amaba, no que lo hiciera en los hechos. (4)

¿Estamos nosotros dispuestos a renunciar, por amor a Dios, a lo que más amamos? ¿A lo que ha sido durante años objeto de nuestras oraciones y de nuestra esperanza? ¿Quién de nosotros sacrificaría a uno solo de sus hijos, aunque tenga varios, sólo porque Dios se lo pide? Dios lo hizo por nosotros sin que nosotros se lo pidiéramos.

En premio a su fidelidad Dios le reitera una vez más a Abraham su promesa: “En tu simiente –notemos el singular- serán benditas todas las naciones de la tierra.” (Gn 22:18). Esa simiente, dice Pablo en Gálatas, es Cristo, en quien efectivamente, han sido bendecidas todas las naciones de la tierra (Gal 3:16).



El texto no nos dice nada acerca de lo que pensó Sara cuando Dios le pidió a Abraham que sacrificara al hijo de sus entrañas. ¿Consintió ella en obediencia a Dios de acuerdo con su marido? Es improbable. Quizá Abraham no le dijo cuál era su intención al partir con su hijo. ¿Pero lo haría Abraham sin consultarla? ¿Y en ese caso, qué le diría cuando regresara de su viaje solo y sin su hijo?

Si Isaac tenía unos catorce años en ese episodio, como es probable, Sara tendría unos ciento cuatro años y viviría hasta la edad de ciento veinte y siete años. Cuando ella murió, Abraham quiso darle honrosa sepultura. Para ello compró de los lugareños una heredad en Macpela, donde había una cueva, en la que después él mismo y sus primeros descendientes, serían sepultados (Gn 23; 25:7-9).

Abraham quedó solo con su hijo todavía soltero. ¿Cómo podría él tener una numerosa descendencia si su hijo no se casaba? Abraham se ocupó entonces de encontrar una novia para su hijo. Él no quería buscarla entre los habitantes idólatras de Canaán entre los cuales él vivía. Tampoco quería que Isaac fuera a buscarla a la tierra de donde él había salido, por temor, sin duda, de que permaneciera en ella. Sin embargo, él quería que perteneciera a su propia familia, como era entonces costumbre. Y le dio el encargo de ir a traerla al siervo en quien tenía más confianza. El capítulo 24 del Génesis, que narra cómo Eliezer cumplió el encargo, es uno de los más bellos de toda la Biblia.

Hoy día los padres no buscan –como se hacía hasta hace poco- novia para sus hijos, ni novio para sus hijas. Sin embargo, ésa era una costumbre muy sana, porque los jóvenes se enamoran con frecuencia de la persona que menos les conviene, pues el amor –o lo que pasa por amor, es decir, el deseo- es ciego. Pero ¿quién mejor que los padres, si aman a sus hijos, pueden saber qué es lo más les conviene? Pero si bien esa sana costumbre ha sido desechada los padres pueden orar en cambio para que sea Dios quien escoja el novio o la novia para sus hijos, porque Dios no se equivoca.

Aún más. Los padres harían bien en vigilar qué clase de amigos tienen sus hijos, con qué clase de personas de uno u otro sexo salen; y pueden, de manera discreta, procurar que se hagan de buenas amistades, o que frecuenten círculos donde encuentren buena compañía, y eviten, de ser posible, donde encuentren la que no sea conveniente para ellos. De las amistades con que se liguen en la juventud depende en buena parte su futuro.

Notas: 1. El vers. 5 dice que Abram y Lot partieron llevando consigo a “las personas que habían adquirido en Harán”. Los seres humanos eran considerados entonces como “bienes muebles” que se compraban y vendían cuando eran reducidos a esclavitud. El cristianismo no abolió de inmediato la esclavitud cuando se convirtió en religión oficial del imperio romano al final del siglo IV, pero creó las condiciones para que al cabo de cierto tiempo desapareciera. El hecho de que reapareciera cuando Europa colonizó el nuevo continente trayendo esclavos del África, y la justificara, fue un grave retroceso.


2. San Agustín hace la observación de que si bien para la Abraham su descendencia sería tan numerosa que no la podría contar (Gn 15:5), para Dios no sería incontable, porque así como Él conoce a cada una de las estrellas del cielo, de igual modo Él conoce a cada uno de los seres humanos que son descendencia de Abraham por la fe.


3. Esta no fue la única vez en que Abraham dudó de la promesa que Dios le había hecho. Véase 15:2,3 en que la duda precede a la confirmación solemne de la promesa. Es como si Dios estuviera enseñando a Abraham a creerle. Los padres de la iglesia se resisten a admitir, sin embargo, que Abraham dudara de la promesa de Dios. Algunos de ellos atribuyen por ejemplo la risa del patriarcaen Gn 17:17 no a que dudara sino a la alegría que le produjo el saber que su mujer iba a concebir un hijo pese a su avanzada edad.


4. Este episodio que los rabinos llaman akeda, y que ocupa casi todo el capítulo 22, es para el judaísmo uno de los pasajes más importantes de toda la Biblia.

NB. Quiero aprovechar la oportunidad para saludar muy cordialmente a todos los padres en este su día. ¡Que lo pasen muy felices!

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