viernes, 19 de diciembre de 2014

CONSEJOS PATERNALES II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
CONSEJOS PATERNALES II
Un Comentario de Proverbios 4:10-19
Esta nueva sección trata de los dos caminos divergentes, que llevan a destinos distintos, el camino
del bien, y el camino del mal, que ya habían sido mencionados en el capítulo anterior (Pr 3:6,17,23; cf Sal 1:1,6), y más extensamente, en Pr 1:10-19. Pero ahora vuelve al tema con más detenimiento. El contraste que hay entre ambos caminos es semejante al que las Escrituras describen en numerosos pasajes entre el justo y el impío. No tanto porque haya que separar a los seres humanos en esas dos categorías, sino porque todo ser humano enfrenta diariamente el reto vital de decidir entre uno y otro sendero, pues nadie está libre de tentaciones. Para alentarnos en ese caminar –escribe S. Wiersbe- tenemos la promesa segura de la palabra de Dios que nos dice que cuando uno recibe su Verdad en el corazón Él renueva su mente (Rm 12:2).
10. “ Oye, hijo mío, y recibe mis razones,
para que tus años de vida sean muchos.”
11. “Por el camino de la sabiduría te he encaminado,
Y por veredas derechas te he hecho andar.”
12. “Cuando anduvieres, no se estrecharán tus pasos,
Y si corrieres, no tropezarás.”
10. Aquí la sabiduría paterna da un consejo que no sólo instruye, sino que promete una recompensa al que lo sigue: tener una larga vida. El consejo consiste en escuchar las buenas razones que nos instruyen. Pero no sólo escucharlas, sino recibirlas, acogerlas, esto es, incorporarlas a nuestra vida, ponerlas en práctica.
Pero ¿qué relación puede haber entre seguir buenos consejos y vivir muchos años? Naturalmente depende de la naturaleza de los consejos. Y algunos de los consejos que vienen a continuación nos dan una idea de cómo debemos seguirlos, y de cómo pueden contribuir a una larga vida y evitar una muerte prematura: no juntarse con impíos, porque en el momento menos pensado uno puede ser víctima de su violencia, o de su codicia. Pero el más importante de todos es llevar una vida justa y recta, de acuerdo a la voluntad de Dios, evitando el pecado, en especial la lascivia, que consume el cuerpo; y el adulterio cometido con una mujer casada, que puede provocar una reacción violenta de parte del marido ofendido: “Porque los celos son el furor del hombre, y no perdonará en el día de la venganza.” (Pr 6:34; pero véase del v. 32 al 35).
Son varias las Escrituras que prometen larga vida a los que siguen los consejos de la sabiduría divina (Pr 3:1,2,16; 1Tm 4:8; Sal 34:12-14), lo que no debe sorprendernos, porque la sabiduría fue el conducto, o agente, usado por Dios en el acto de la creación (Jn 1:3; cf Pr 8:22-30), en quien reside la vida misma (Jn 1:4).
A continuación el proverbista propone dos caminos: en los vers. 11 y 12, el de la sabiduría; y en los vers. 14 al 17, el de la impiedad. En los vers. 18 y 19 se comparan nuevamente ambos.
11. Yo te he mostrado el camino que conduce a la sabiduría (Jb 28:23), camino de rectitud, santidad y verdad; que agrada a Dios y lleva a su santa morada, aquí en la tierra, primero, y luego en la gloria eterna. Es el camino de justicia por el cual el buen pastor guía a sus ovejas (Sal 23:3).
En cambio, el camino contrario, el que Jesús llama “camino espacioso”, lleva al infierno (Mt 7:13,14); acorta la vida y, peor aún, borra el recuerdo de los que lo siguen (Sal 34:16). De ahí que sea una grave responsabilidad de los padres cristianos instruir a sus hijos en el camino del bien, lo cual supone usar, cuando sea necesario, la vara de la corrección (Pr 22:15; 29:15a).
12. El caminar y el correr son aquí imágenes del vivir sabiamente. Si uno vive de esa manera no encontrará obstáculos que le hagan tropezar y vuelvan difícil la existencia. Se librará de las ocasiones de caer. Cuando se cae en pecado surgen dificultades ocasionadas por las complicaciones que provienen inevitablemente de los actos torcidos, por no hablar de la vergüenza y de la depresión que con frecuencia suelen acompañar a las malas acciones (Pr 3:21-26). Al contrario, a los que siguen el camino del bien Dios les promete “Paz como un río, y justicia como las ondas del mar.” (Is 48:18). El camino angosto es paradójicamente la senda de la libertad (Sal 119:45; Pr 10:9). De ahí que David le pida frecuentemente a Dios que lo guíe por el buen camino (Sal 27:11).
En otra ocasión David le agradece al Señor: “Ensanchaste mis pasos debajo de mí, y mis pies no han resbalado.” (Sal 18:36). Él se aferraba a la promesa de Dios de que sus ángeles lo llevarían en sus manos para que su pie no tropiece en piedra (Sal 91:11,12). No obstante, ese mismo David se metió en grandes dificultades a causa de su pecado de adulterio con Betsabé, pues no hubo manera, pese a las astucias a que recurrió, de que el hijo que ella esperaba como consecuencia de sus relaciones, pudiera ser atribuido a su esposo, el fiel Urías. Para escapar a su responsabilidad no le quedó más remedio que tramar la muerte en batalla de Urías, con lo que añadió un pecado más grave al primero (2Sm 11). ¡A qué extremos puede llevar la ebriedad del poder unida a la sensualidad! Las consecuencias de su falta persiguieron a David el resto de su vida, pese a su arrepentimiento sincero, pues, como le anunció el profeta Natán, la espada nunca se apartaría de su casa (2Sm 12:1-10). Ese ejemplo nos muestra cuán importante es perseverar en el recto camino sin desmayar. ¿Cómo asegurarnos de que contaremos siempre con la guía de Dios? El que quiera sinceramente hacer siempre su voluntad, no dejará de contar con su ayuda (Jn 7:17). El salmista lo dijo: “Tú me mostrarás la senda de la vida.” (Sal 16:11a)
13. “Retén el consejo, no lo dejes;
Guárdalo, porque eso es tu vida.”
(Nota)
14. “No entres por la vereda de los impíos,
Ni vayas por el camino de los malos.”
15. “Déjala, no pases por ella;
Apártate de ella, pasa.”
16. “Porque no duermen ellos si no han hecho mal,
Y pierden el sueño si no han hecho caer a alguno.”
17. “Porque comen pan de maldad,
y beben vino de robos.”
13. La amonestación de “retener el consejo” nos hace recordar la escena en que Jacob se aferra al ángel con que ha estado luchando toda la noche, y le dice: “No te dejaré hasta que me bendigas.” (Gn 32:26-29).
Los hijos deben valorar los buenos consejos de sus padres como el hombre que halló un tesoro escondido en el campo, lo escondió de nuevo y, sin decir a nadie de su hallazgo, vendió todo lo que tenía y compró el campo (Mt 13:44). El que halla el camino de la sabiduría no debe volverse atrás, porque perderá el fruto ya conseguido.
Los padres a veces dan consejos a sus hijos que son vitales para ellos (Pr 3:18,21,22; Ecl 7:12). ¡Felices los hijos que tuvieron padres que se los dieron! En verdad, la vida del hombre justo debería emplearse en dar consejos útiles según la luz que Dios le ha dado y según su propia experiencia. A ello debe dedicar buena parte de sus esfuerzos y de su tiempo. En este punto puede verse cuán importante es la admonición de Jesús sobre las palabras ociosas (Mt.12:36,37). No deben salir nunca de la boca del sabio, ya que de ellas dará cuenta. Porque ¿qué atención pueden dar a sus palabras los que le oyen decir unas veces palabras sabias y otras, palabras necias? Las segundas harán que se desvaloricen las primeras. A esa mala costumbre se aplica la frase de Santiago sobre la fuente de la que brota a la vez agua dulce y agua amarga (St 3:11). Nadie querrá beber de ella.
¡Qué desilusión nos produce oír tonterías de un hombre reputado por sabio! ¿Y a cuántos habré yo decepcionado? Si me oyeran en mi casa, ¿pensarían bien de mí?
Pero volviendo a los hijos, ¿cuánto valorarán los consejos de un padre, o de una madre, cuyas conversaciones son con frecuencia insustanciales o frívolas, y cuyas palabras a veces los ofenden, o los escandalizan? Pero si sólo bondad y consejos prudentes hubieran salido siempre de su boca, su recuerdo los edificaría algún día. Los hijos son los que mejor que nadie conocen los defectos de sus padres, y son sus más severos jueces. Sólo por consideración a ellos deberían los padres guardarse de toda necedad, para poder serles ejemplo.
Otras versiones traducen el comienzo de este versículo así: “Aférrate a la disciplina” (musar, palabra que significa también instrucción, o corrección), en la que los padres pudieran usar también el látigo. Aférrate a ella, no la sueltes, porque si pudo haber sido dolorosa en su momento, su fruto ahora puede ser deleitoso.
Después de los consejos positivos que da el padre a su hijo, vienen las recomendaciones negativas. Es responsabilidad de los padres –en nuestros días muchas veces descuidada por indiferencia o ignorancia- advertir seriamente a sus hijos acerca de los peligros que pueden encontrar en el curso de su vida y, en especial, durante su juventud, que pueden conducirlos al fracaso, o a encontrar dificultades.
14,15. No entres por las veredas de los impíos. Es decir no sigas, no imites sus maneras de obrar, si quieres ser bienaventurado (Sal 1:1). Hay aquí dos acciones: “entrar” e “ir”. Se entra cuando se comienza. No entrar es no comenzar. No te dejes tentar por los halagos que te ofrecen, porque una vez que entres no te será fácil desligarte de esa manera de obrar. Pero si empezaste a imitarlos, es decir, si ya estás yendo por sus caminos, no permanezcas en esa conducta, es mejor que lo evites y te apartes. Pero no añade, como sería de esperar, las razones por las que da ese consejo, es decir las consecuencias malas que se seguirían por imitar su conducta. No las menciona, sino pasa a describir en qué consiste la vida que llevan. Es tan terrible que en sí misma debería ser suficiente para apartar a toda persona sin necesidad de mencionar las malas consecuencias. Aquí hay un eco del consejo que se da al comienzo del libro (1:10-15).
16. Aquí se muestra la maldad del corazón de los impíos. No están tranquilos ni pueden dormir si no han cometido alguna fechoría. Para ellos hacer el mal es más natural que comer y beber, o dormir (Jb 15:16; Sal 14:4). Como dice un salmo: “Medita el mal sobre su cama.” (Sal 36:4a; cf Mq 2:1). El demonio que se ha apoderado de su mente y sentimientos, los impulsa a cometer con avidez delitos cada vez peores, robándoles la paz del alma (Is 57:20,21).
17. El pan de maldad (reshá) es el alimento que se obtiene mediante fraudes, engaños y otros actos ilícitos. La palabra reshá designa una clase de conducta que es contraria al carácter de Dios (Jb 34.10) y, por tanto, es merecedora de condenación (Is 58:4; Ez 3:18). El que lleva ese género de vida será destruido (Ecl 8:8b; Os 10:13,14), aunque podría ser perdonado si se arrepiente (Ez 3:19; 33:15). El vino de robos, o de violencia (jamás) es el que se adquiere mediante asaltos y robos.  Jamás significa crueldad, falsedad, ganancia injusta, la clase de conducta perversa que encendió la ira de Dios contra la humanidad en tiempos de Noé y fue la causa del diluvio (Gn 6:11,13).
Debemos pues, ceñir nuestros lomos con las virtudes de honestidad, sobriedad y fortaleza, para no caer en el vicio de la codicia que Dios detesta. Nuestra primera precaución debe ser evitar las tentaciones, porque si nos exponemos a ellas, podríamos sucumbir a su atractivo.
18. “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora,
Que va en aumento hasta que el día es perfecto.”
19. “El camino de los impíos es como la oscuridad;
No saben en qué tropiezan.”.
El autor contrasta los caminos del justo y del impío comparándolos con la luz y la oscuridad. En el camino de los justos la luz empieza débilmente como cuando el sol amanece –sin embargo rodeado de un derroche de espléndidos colores- pero va poco a poco aumentando hasta cuando el sol llega a su zenit en que brilla con luz plena (Pr 36:8). Esa luz simboliza la llenura de la sabiduría divina que el Espíritu Santo derrama sobre su vida, así como la perfección (relativa) de sus obras que sirven a otros de modelo. El zenit no representa en este caso la mitad sino el final de la vida del justo, que muere en la plenitud de su comunión con Dios. Como dice Is 58:8, tu justicia (es decir la rectitud de tus obras) irá delante de ti como un heraldo que anuncia la llegada de un gran guerrero que retorna victorioso de la batalla. En cambio, en la vida del impío reina al final una oscuridad espiritual absoluta, de tal modo que, como el borracho, no sabe por dónde camina ni con qué tropieza para caerse y nunca más levantarse (Is 59:9,10). En efecto, con frecuencia los impíos mueren inesperadamente cuando parece que triunfan (el final vergonzoso del hereje Arrio, que murió ahogado en una letrina pública, es un buen ejemplo). De un golpe la guadaña siega la espiga de sus vidas y el fruto que se esperaba cosechar es nulo. Su nombre se cubre de maldición e injurias, y nadie los recuerda sino para criticarlos. Como dijo Jesús: el que anda en tinieblas no sabe a dónde va (Jn 12:35). Carece de la lámpara que ilumine sus pies en el camino para que no tropiece: “Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino.” (Sal 119:105; cf Jb 5:14; 12:25; 18:5,6). La Biblia usa con frecuencia la figura del que tropieza en la oscuridad para simbolizar la ceguera del que vive en pecado. No es conciente de las consecuencias que le esperan en el camino errado que ha escogido. Más sobre esto exponen los caps. 5 al 7 al hablar de la necesidad de evitar acercarse a la mujer extraña.
El camino de los justos es en rigor Jesús mismo que dijo de sí: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” (Jn 14:6), y por cuyo sacrificio nosotros tenemos acceso al Padre, a su gracia y a sus promesas.
Nota: Notemos que en tres otras oportunidades el libro equipara las instrucciones sabias del padre con la vida: 3:22, 4:22; 8:35.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
CON HONDO PESAR NOS HEMOS ENTERADO DEL FALLECIMIENTO DEL PASTOR MYLES MUNROE, SU ESPOSA, Y VARIOS COLABORADORES, EN UN TRÁGICO ACCIDENTE AÉREO OCURRIDO EN DÍAS PASADOS. PREDICADOR, ESCRITOR Y CONSEJERO, ÉL HONRÓ VARIAS VECES NUESTRO PAÍS EN AÑOS RECIENTES CON SU PALABRA SABIA Y UNGIDA. SU MUERTE ENLUTA NO SÓLO A SU PATRIA, LAS BAHAMAS, SINO A TODO EL MUNDO CRISTIANO.

#855 (16.11.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 12 de diciembre de 2014

CONSEJOS PATERNALES I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
CONSEJOS PATERNALES I
Un comentario de Proverbios 4:1 al 9
Este es un capítulo maravilloso, lleno de los más útiles consejos, la destilación de la sabiduría divina encarnada en el hombre. Como es el caso de los tres primeros capítulos del libro, este capítulo se compone también de tres secciones, estando el comienzo de cada una de ellas marcado por las palabras: "Oíd hijos", u "Oye, hijo mío", o "hijo mío", lo cual nos muestra que lo que se expone es la enseñanza que un padre sabio dirige a su hijo, para que él también lo sea. El padre impone a sus hijos tres obligaciones expuestas en las tres secciones sucesivas: Conocer la palabra de Dios  (vers. 1 al 9); confiar en la Providencia divina (vers. 10 al 19); y obedecer a la voluntad de Dios (vers. 20 al 27).
Conviene recordar que el sistema prevaleciente de educación en la antigüedad era lo que hoy se llama “home schooling”, o “enseñanza en casa”, y que en los EEUU practican muchos padres cristianos. El niño era enseñado sea por sus padres o, cuando había los medios, por un tutor. Por su lado, la madre enseñaba a su hija a ser una buena esposa y ama de casa.
1. “Oíd, hijos, la enseñanza de un padre,
y estad atentos, para que conozcáis cordura.”
2. “Porque os doy buena enseñanza;
No desamparéis mi ley.”
3. “Porque yo también fui hijo de mi padre, (Nota 1)
Delicado y único delante de mi madre.”
4. “Y él me enseñaba, y me decía:
Retenga tu corazón mis razones,
Guarda mis mandamientos y vivirás.”
1,2. "Oíd", "estad atentos". Para oír, en el sentido de escuchar y de obedecer, hay que prestar atención con cuidado (Véase Pr 2:1,2a). Enseguida añade el propósito por el cual los hijos deben oír con atención: “para que conozcáis cordura”, o “para que aprendáis prudencia”, (2) como traducen otras versiones, que es lo mismo que decir: para que seáis sabios en la conducción de vuestra vida. En otras palabras, para que seáis sensatos, juiciosos, y no cometáis locuras que después tendréis que lamentar.
Ésa es la finalidad de la enseñanza. Y luego prosigue el discurso: "No desamparéis mi ley, porque..." (y aquí es Salomón el que habla) "...: yo también fui hijo... y él (es decir, mi padre) me enseñaba y me decía..." Esto es, así como él hacia conmigo, así hago yo contigo ahora. Y podemos imaginar al pequeño niño, futuro gran rey, "delicado y único delante de su madre", escuchando atentamente lo que su padre David le decía. De esa manera se estaba cumpliendo el método que Dios había previsto y ordenado para que su Verdad sea transmitida de generación en generación, y que todo padre debe considerar como su responsabilidad: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” (Dt 6:6,7). Por lo demás, este método de enseñanza, de padre a hijo, era también practicado por otros pueblos contemporáneos de Israel. Sería muy bueno que los padres cristianos lo practicasen, cultivando el respeto que se debe a los ancianos sabios (Pr 16:31; 20:29). La herencia más valiosa que los padres pueden legar a sus hijos es el buen ejemplo y la sabiduría.
El v. 2 da la razón por la cual el padre pide que le estén atentos: la enseñanza que les da es buena (3). Lo que es bueno, útil, provechoso, no debe ser descuidado ni desechado, sino más bien, debe ser atesorado. A su enseñanza la llama “ley”, porque todo lo que Dios pide es ley para nosotros. (4) Aquí, notemos, el que habla en la figura de un padre terreno, es Dios.
Ahora pensemos, ¿cuántas veces la enseñanza que se imparte a los jóvenes no es buena, sino al contrario, es engañosa, turbia, corruptora? Eso ocurre en el campo de la moral (porque cada cual, alegan muchos, tiene su propia escala de valores), o de la educación sexual, despertando o estimulando prematuramente los instintos de manera insana e irresponsable (5). Ésta es una realidad que impone a los padres la responsabilidad de vigilar de cerca la instrucción que sus hijos reciben en el colegio en esos campos, porque puede estar sesgada y tener una influencia nefasta para su futuro.
3. Este dístico expresa la ternura con que los padres israelitas veían a sus hijos y el amor que les tenían. El hijo era para ellos, en verdad, alguien tierno, delicado y frágil, al que provocaba tratar con cariño y cuidado en atención a su pequeñez. Dios, en su sabiduría, ha dado a los niños –y a los cachorros- características entrañables que hacen que nos encariñemos con ellos y que queramos protegerlos. Hay en la infancia algo atrayente, juguetón, inocente, singular, que nos roba el corazón. Dios lo ha hecho así a propósito para que nos resulte agradable prestarles a los niños el cuidado y el cariño que necesitan, y para que la carga de su crianza nos sea menos gravosa.
4. Su padre hizo con él, lo que ese proverbio conocido dice respecto de la educación de los niños: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” (22:6). (6) David aconsejó a Salomón no sólo cuando era joven sino también cuando ya era mayor, incluso antes de morir, cuando reunió a toda la congregación de Israel para hablarles, y se dirigió directamente a su hijo (1Cro 28:9,10). Los padres nunca dejan de ser consejeros de sus hijos, cualquiera que sea su edad, y los hijos hacen bien en buscar su consejo y escucharlos, porque en los mayores no sólo habla el amor, sino también la experiencia.
¿Y qué le dice su padre? "Retenga tu corazón (e.d., guarda en tu memoria, no olvides) mis razones”. Esto es, como un tesoro. ¿A qué podrían referirse esas razones? A su comportamiento moral, al gobierno del pueblo sobre el cual iba a reinar, y a los asuntos políticos del reino; y seguramente también, a su relación con Dios y a otros temas espirituales. ¿Habría tenido David la intuición de que su hijo Salomón –hijo de una relación inicialmente adulterina- tendría una inclinación excesiva por el otro sexo, como lo probó en la práctica y fue el motivo de su posterior caída en idolatría?
A continuación añade el proverbista el gran precepto: "Guarda (e. d. observa, cumple) mis mandamientos y vivirás." ¿Cuándo? ¿En este mundo o en el otro? Guardar los mandamientos es garantía de vida, sea en éste o en el otro mundo.
Este versículo es un eco del mandato de Lv 18:5: “Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos.” (literalmente: “a través de ellos”), que repiten Nh 9:29 y Ez 18:9; 20:11. El sentido primordial es la vida física, pero está claro que es algo más lo que se promete, esto es, una vida feliz, en la que el hombre goza de todos los beneficios de la bondad divina: larga vida, salud, prosperidad; lo que Jesús llama: “vida en abundancia” (Jn 10:10).
Como está bien claro en los pasajes que hablan de las bendiciones de la obediencia (Lv 26:1-13; Dt 28:1-14), guardar la ley de Dios es garantía de gozar de una vida venturosa y plena. Jesús ratifica ese mandato en su conversación con el intérprete de la ley: “Haz esto, y vivirás.” (Lc 10:28)
Pero ya los pasajes citados de Ezequiel apuntan a una realidad que trasciende la vida terrena, como lo establece bien claro Jesús en su respuesta al joven rico, que le pregunta qué debe hacer “para tener vida eterna”. Y le contesta: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.” (Mt 19:16,17).
El mensaje de este versículo es afín a la promesa de prosperidad que enuncia el Salmo 1 para todo el que tiene “en la ley de Jehová su delicia y en ella medita de día y de noche.” (v. 2); y aun más específicamente, el conocido pasaje del libro de Josué 1:8: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien”
5. “Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia;
No te olvides  ni te apartes de las razones de mi boca;”
6. “No la dejes, y ella te guardará;
Ámala y ella te conservará.”
Muchos padres –como hacía el padre pagano de Agustín- exhortan a sus hijos a adquirir riquezas y a conquistar los honores del mundo. En cambio David insta a su hijo a adquirir (7) sabiduría e inteligencia como objeto supremo de sus esfuerzos, y como garantía de prosperidad. Ambas son tan preciosas como la perla de gran precio de que habla Jesús (Mt 13:45,46).
Pero ¿en qué consiste esa sabiduría tan preciada? Para el joven consiste en no apartarse de los consejos recibidos. La sabiduría se expresa en la observancia de las máximas, principios y consejos  recibidos como enseñanza. Amarla, adherirse a ella, constituye una garantía de que el discípulo fiel, aunque pase por pruebas, no se verá abrumado por circunstancias desfavorables y por dificultades. La sabiduría que guía sus pasos lo guardará.
Este par de versículos transmite el mismo mensaje que Pr 2:10,11, (“Cuando la sabiduría entrare en tu corazón, y la ciencia fuere grata a tu alma, la discreción te guardará, te preservará la inteligencia.”) lo que muestra cuán grande es su importancia.
El proverbista insiste: No la olvides, no la abandones ni la descuides  (8), porque ella cuida a los que la cultivan. Ella es buena pagadora de los que la sirven y no se comporta como una ingrata, sino que ama a los que la aman ¡Oh, cómo quisiéramos que todos los que amamos fueran tan fieles como ella!
Cuán importante sea permanecer en la palabra de Dios para que dé fruto que permanezca, lo dijo Jesús (Jn 8:31,32) y lo confirmó Pablo (Col 1:23). En cambio, cuando la semilla de la palabra no encuentra buena tierra en que pueda echar raíces, se seca pronto y permanece infructuosa (Mt 13:20-23).
¡Con cuánto amor y con cuánta preocupación ansiosa deben los padres instruir a sus hijos en el recto camino si quieren verlos prosperar y asegurarse de que no se desvíen! De eso habla un proverbio que hemos ya citado más arriba. ¡Qué gran responsabilidad ha puesto Dios sobre los hombros de los hombres y mujeres que engendran hijos! ¡Y ay de aquellos que en su inconciencia no los instruyen como debieran, sino que los abandonan y los privan del amor y del cuidado que en esos tiernos años necesitan! ¡Qué cuentas tendrán que rendir a Dios el día que los llame a juicio! ¿Cómo escaparán de su ira? Mejor es ser estéril que engendrar hijos para la perdición.
Para nosotros que vivimos lejos de los tiempos de David y Salomón, buscar la sabiduría tiene el significado preciso de buscar el conocimiento de Cristo, de las circunstancias y vicisitudes de su vida, pasión y muerte, así como de meditar en su mensaje que está contenido en los evangelios.
7. “Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría;
Y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia.”
8. “Engrandécela, y ella te engrandecerá;
Ella te honrará, cuando tú la hayas abrazado.”
El v. 7 reitera con aun mayor énfasis la misma exhortación a devenir sabio de los dos versículos anteriores; a adquirir sabiduría “sin dinero y sin precio” (Is 55:1) aun, si fuere necesario, a cambio de todas las demás posesiones; mientras que los v. 6 y 8 expresan las ventajas y los beneficios que trae adquirir esa sabiduría: Si la guardas ella te guarda; si la amas, ella te conserva en vida y en salud. Luego hace una promesa de mayor alcance: Si tú la engrandeces en ti, es decir, si, de un lado, tú la aumentas y la cultivas; y de otro, si la elogias y exaltas, ella te rendirá pleitesía; ella te honrará cuando tú te hayas unido a ella. (c.f. 2:10;11; 8:17). Si ella no ocupa el primer lugar en tu vida, es como si no ocupara ninguno. Búscala a ella primero, y todo lo demás se te dará por añadidura (Mt 6:33).
            El vers. 8 expresa una de las cualidades fundamentales de la sabiduría, que consiste en que cuando uno la cultiva, la atesora y la investiga; cuando uno la convierte en el objeto principal de sus fatigas, ella lo retribuye a uno abundantemente con toda clase de bendiciones. La sabiduría adquirida se convierte en guía y defensa. Ella dará honra ante los hombres a aquellos que la cultiven, porque su inteligencia, prudencia y discreción serán manifiestas a todos y atraerán admiración y respeto. Éste fue el caso de Salomón, que no le pidió a Dios, cuando se le apareció en Gabaón, larga vida y riquezas, sino un corazón entendido para gobernar a su pueblo. Y Dios no sólo le concedió lo que le había pedido, sino también lo que no le pidió: riquezas, larga vida y fama (1R 3:5-11).
9. “Adorno de gracia será a tu cabeza,
Corona de hermosura te entregará.”
Repite casi literalmente lo que ya ha dicho el vers. 1:9 (cf 3:22b). ¿En qué sentido la sabiduría adorna con gracia la cabeza del discípulo? Porque hace atractivos su semblante, la expresión de su cara y su sonrisa. Hay, en efecto, personas cuyo solo aspecto es atrayente e inspira simpatía. Hay en ellos algo que suscita esa reacción. En efecto, la sabiduría embellece la expresión y los ojos de los que la cultivan. Al mismo tiempo, la gracia que confiere la sabiduría se expresa en el modo de hablar, en las respuestas apropiadas, en las palabras dichas con sal (Col. 4:6); en las frases bellas y logradas que adornan sus labios.
Notas: 1. La paráfrasis de la Septuaginta (“hijo obediente”) capta bien el sentido de esta frase, porque el hijo rebelde en Israel era desheredado e, incluso, podía ser condenado a muerte si no se arrepentía (Dt 21:18-21).
2. La palabra hebrea biná quiere decir comprensión, discernimiento, prudencia, inteligencia.
3. Lekaj: enseñanza, doctrina. Tiene la connotación de transmitir lo recibido de manera persuasiva para que el receptor la haga propia.
4. Notemos, sin embargo, que el sentido básico de la palabra torá que figura en este lugar es “instrucción”.
5. No podemos dudar de que ése era uno de los propósitos de los primeros promotores de la educación sexual en los EEUU. No informar, sino despertar.
6. El Targum sobre el vers. 4, dice: “Ellos (es decir, su padre y su madre, no sólo el primero) me enseñaron”; y lo mismo dicen la Septuaginta y la versión árabe.
7. A comprarla, porque la palabra hebrea “qaná” tiene implícito el sentido de transacción comercial. Véase al respecto Pr 23:23: “Compra la verdad y no la vendas.”
8. La palabra hebrea azab,  que RV60 traduce como “dejar”, lleva implícito el sentido de separarse o descuidar. Véase al respecto la advertencia hecha a David en el salmo 89:30-32.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#854 (09.11.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 4 de diciembre de 2014

ASPECTOS DE LA ORACIÓN

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
ASPECTOS DE LA ORACION

El capítulo décimo del libro de Daniel nos trae el interesante episodio de la visión que el profeta tuvo al cabo de 21 días de ayuno y oración. En esa visión se le aparece un ángel poderoso que le trae una profecía relativa  a los últimos tiempos. Pero yo quiero dirigir mi atención esta vez a dos versículos de ese capítulo.
Los versículos 12 y 13 dicen lo siguiente: "Entonces me dijo: Daniel, no temas; porque desde el primer día en que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí, Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y quedé allí con los reyes de Persia."
Podemos ver aquí tres cosas:
         1) Entender: Orar es no sólo hablar, alabar, pedir, sino también tratar de entender los propósitos de Dios, sus pensamientos, sus palabras para nuestra vida, o para nuestro país, o para nuestra iglesia.
2) Humillarse: Orar es humillarse delante de Dios (1P5:5,6). Sólo reconociendo nuestra pequeñez delante de nuestro Creador podemos asumir la actitud correcta.
3) "A causa de tus palabras..." Nuestras palabras provocan la respuesta de Dios. Dios quiere que le hablemos, que le pidamos, que clamemos a Él (Jr 33:3), y entonces nos responderá.
El versículo 13 nos dice también que nuestra oración provoca una batalla en los cielos. Satanás tiene intereses contrarios a los que persigue nuestra oración, y se opone a ellos con toda su fuerza.
Dios no viene enseguida en nuestra ayuda sino deja que la batalla siga su curso, porque quiere enseñarnos a pelear y a dominar. Quiere que desarrollemos nuestra musculatura espiritual, nuestra perseverancia.
El luchador aprende a luchar enfrentándose a contrincantes no más débiles, sino más fuertes que él, y, de esa manera, cada vez puede desafiar a otros más fuertes. Si el luchador sólo tuviera contendores inferiores a él en habilidad y fuerza, no desarrollaría su propia capacidad.
Igual nosotros. Dios quiere que, enfrentándonos a dificultades y pruebas cada vez mayores, poco a poco desarrollemos la fe que puede mover montañas. Pero al comienzo moveremos solamente pequeños montículos de arena.
Así como ocurre en la lucha libre, es necesario que aprendamos a usar las llaves, las estrategias, las técnicas de la oración. Porque, en efecto, en la oración hay llaves, hay estrategias, hay técnicas: las promesas de Dios, el nombre de Jesús, el ayuno, la vigilia, la alabanza, el silencio, la batalla espiritual, etc.
Pero durante todo el tiempo que perseveramos, Dios nos está oyendo y, como hizo con Daniel, ha mandado, a sus ángeles para ayudarnos en esa lucha. No nos ha dejado solos. Quizá nosotros nos sintamos a veces solos, pero Él está a nuestro lado justamente cuando más abandonados nos sentimos.
La demora, el obstáculo, la tardanza no sólo sirven para probar y fortalecer nuestra fe, sino que son también una señal para que escudriñemos nuestro corazón y veamos si nosotros no estamos obstaculizando la respuesta. O para que veamos si hay algo que nos falta para poder recibirla. Es una llamada a examinarnos y a intensificar nuestra oración, y a crecer en la fe.
Pero la demora es también una señal de que lo que hemos pedido a Dios es algo muy peligroso para los planes de Satanás. Si no, no lucharía tanto para impedir la respuesta.
A veces tenemos que lidiar con situaciones personales o familiares sumamente penosas, cuyo origen no entendemos. Pudiera ser que nosotros mismos nos hayamos atraído la aflicción que nos abate. Mal que nos pese tenemos que soportar las consecuencias de nuestros actos, quizá cometidos hace muchos años, y que habíamos olvidado, pero que al fin nos alcanzan, hasta que con nuestra oración redimamos las consecuencias, hasta que nuestro arrepentimiento sea profundo y verdadero, e ilumine nuestra inteligencia. Porque ése es uno de los frutos de la aflicción: hacernos abrir los ojos.

Recuérdese que Absalón se rebeló contra su padre David muchos años después del adulterio cometido con Betsabé (2Sam 11,15). Pero David reconoció que en esa prueba se cumplía la profecía que Natán había pronunciado contra él (2Sam 12).
El profeta Miqueas escribió: "Habré de soportar la ira del Señor porque pequé contra Él, hasta que juzgue mi causa y me haga justicia" (7:9).
¿Cuándo me hará justicia? Cuando mi arrepentimiento produzca frutos verdaderos en mi alma, cuando haya escarmentado y entendido. (Nota).
Dios quiere que entendamos. Eso es sabiduría.
El que no aprende de sus errores e insiste en cometerlos,  tendrá que sufrir repetidas veces las consecuencias hasta que al fin aprenda. Mejor es aprender a la primera.
Si estando en una situación desesperada nos desesperamos, perdemos todo. Pero si seguimos cavando, esto es, orando y luchando, llegaremos a encontrar la fuente de agua que apague nuestra sed.
En Hebreos leemos: "Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que hay Dios y que premia a los que le buscan." (11:6). Dios premia a los que, estimulados y alentados por la fe en sus promesas, le buscan con diligencia.
Cuando la respuesta demora es porque Dios quiere que le sigamos buscando. Durante ese período de paciencia y de lucha, nuestro corazón está siendo cambiado: Eso es lo que, por su lado, Dios busca. No es un cambio que se ve afuera; es un cambio interior.
Santiago escribió: "Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra  fe produce paciencia (perseverancia). Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna" (1:2-4).
La prueba produce paciencia y la paciencia (longanimidad) lleva a la obra completa. Nos hace perfectos y cabales.
Dios quiere desarrollar nuestro amor por Él. ¿Cómo? Dependiendo de Él. Cuando todo falla, cuando todos los medios humanos fracasan, cuando todos nos abandonan, sólo queda esperar en Dios. Cuando nos aferremos a Él como a nuestro último recurso, sin duda le amaremos, así como el niño pequeño en peligro se aferra a sus padres. Cuanto más se aferra a ellos, más les ama. Su padre es su confianza. ¡Oh, cómo ama el hijo al padre o la madre en quien confía! Su amor va a la par de su confianza.

Dios nos empuja a veces a situaciones en que sólo podemos confiar en Él. En esas situaciones aprendemos a conocerle y a amarle de veras.
Pero sería interesante que nos preguntemos cuál era el motivo de la oración y del ayuno de Daniel. No lo precisa el texto en este punto, pero el capítulo anterior nos trae una larga oración en que Daniel pide perdón a Dios por los pecados de su pueblo recordando, para comenzar, la profecía anunciada por boca de Jeremías, de que, al cabo de 70 años, el pueblo de Israel retornaría del exilio a su tierra (Jr 25:11;29:10). Estamos autorizados a suponer que la oración de Daniel en el capítulo 10 anuda con la oración del capítulo anterior. Es decir, que Daniel ora por la liberación de su pueblo y por la restauración del templo de Jerusalén, como era el deseo de todo judío piadoso. Ya había llegado el tiempo en que se cumpliera la profecía.
Ahora bien, si Dios había prometido que el pueblo retornaría a su tierra ¿qué necesidad había de orar por el cumplimiento de esa promesa? ¿No bastaba con que Dios hubiera prometido para que lo ofrecido se cumpla sin más? No siempre basta, aunque nos cueste entenderlo. Así como el Hijo de Dios se humilló a sí mismo haciéndose hombre, en cierta manera, Dios se humilla a sí mismo haciendo que el cumplimiento de su voluntad dependa de la oración del hombre. De otro modo Jesús no habría enseñado a los apóstoles a orar por el cumplimiento de la voluntad del Padre (Mt 6:10).
Dios necesitaba que alguien orara por el cumplimiento de esa profecía para ponerla en obra; necesitaba que alguien se pusiera en la brecha a interceder por el pueblo (Ésa es, naturalmente, una limitación que Él se impone a sí mismo, no una limitación necesaria). Tan pronto como Daniel empieza a orar suscita una batalla en las regiones celestes, porque su oración es contraria a los propósitos de la potestad satánica que rige los asuntos de la nación persa, y a la que la Escritura llama "El Príncipe de Persia".
Los propósitos de Satanás son siempre opuestos a los propósitos de Dios, y era natural que el Maligno deseara mantener al pueblo elegido  en esclavitud y frustrar el plan de salvación que Dios quería llevar a cabo a través de Israel retornándolo a su tierra.
También podemos suponer que no convenía a los intereses del imperio persa que una minoría industriosa y disciplinada, como lo era la comunidad judía, abandonara el país. Pero el ángel que se aparece a Daniel lucha en las regiones celestes contra las huestes espirituales de maldad, con la ayuda del arcángel Miguel, para hacer prevalecer los designios de Dios. La batalla en los cielos empezó tan pronto Daniel empezó a orar, y el ángel viene a anunciarle la victoria cuando su oración ha colmado la medida necesaria fijada por Dios.
¡Con cuánta frecuencia nuestros deseos y propósitos no se cumplen, o son obstaculizados, porque son contrarios a los propósitos de Satanás! Si no oramos, o si no oramos con la necesaria persistencia, le dejamos el campo libre para llevar a cabo su obra destructora. ¡Cuántas cosas nefastas no nos han ocurrido a nosotros, o a nuestras familias, porque no nos hemos mantenido vigilantes en oración haciendo que los ángeles construyan una muralla protectora en torno de los nuestros! El diablo viene a robar, matar y a destruir, pero si oramos continuamente, lo mantenemos a raya y frustramos sus propósitos.
Hasta qué punto el desenlace de la batalla celeste depende de la oración en la tierra ("Todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo;" Mt 18:18) nos lo muestra el episodio de la batalla contra los amalecitas que se narra en Éxodo 17:8-16. Cuando Moisés mantiene las manos en alto en oración, las fuerzas de Israel vencen a las de Amalec; cuando las deja caer cansado, los de Amalec ganan.
Aunque ya lo he dicho en otro lugar vale la pena que lo repita aquí: El resultado de la batalla en la tierra refleja el resultado de la batalla en los cielos. Los de Israel prevalecen cuando los ángeles prevalecen; los de Amalec ganan cuando las huestes de maldad llevan la mejor parte. Pero es la oración en la tierra la que fortalece a la intervención angélica. Si dejamos de orar ellos aflojan, o dejan de luchar. Quizá se dicen: No les interesa tanto lograr la victoria. Su ayuda se amolda a nuestra insistencia.
Dios quiera que este episodio nos ayude a entender cuán importante es que no cejemos en nuestros esfuerzos para orar sin pausa, y sin desmayar por las causas que Él nos ha encomendado, por nuestras familias y por las necesidades de nuestro pueblo, o de nuestra iglesia.

Nota: Pero si hemos sido perdonados ¿por qué hemos de sufrir todavía por los pecados pasados? Porque las consecuencias humanas de nuestros pecados no se agotan con el arrepentimiento y el perdón, aunque Dios en su misericordia puede apartar parte de esas consecuencias. Sin embargo, Él quiere que comprendamos la gravedad de nuestros actos y que maduremos.  Pensemos solamente ¿cuántas vidas habremos afectado, y cuánto sufrimiento podemos haber causado que aún no termina? ¿Somos concientes de ello? Sólo sufriendo nosotros mismos comprenderemos el sufrimiento ajeno.
NB. El texto de esta charla radial fue publicado en abril de 2002 en una edición limitada. Se vuelve a publicar sin cambios.


Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (VOL I) INFORMES: EDITORES VERDAD & PRESENCIA. AV. PETIT THOUARS 1191, SANTA BEATRIZ, LIMA, TEL. 4712178.

#853 (02.11.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 21 de noviembre de 2014

LA REVANCHA DE DIOS

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA REVANCHA DE DIOS
Este artículo fue publicado hace nueve años en la revista “Testimonio” del Instituto de Estudios Social Cristianos. Su texto se refiere al intento fallido que hizo la Comunidad Europea de dotarse de una constitución. Lo publico ligeramente revisado en este marco porque creo que contiene una enseñanza muy actual en el contexto histórico que vivimos.
Dos referendos sucesivos en Francia y Holanda han rechazado la Constitución que la Unión Europea quería darse para consolidar su estructura política y económica. Esta negativa inesperada de las poblaciones de dos países que han sido actores principales de la unificación europea es sorprendente pues rechaza lo que en términos generales es de gran beneficio para ellos. ¿Cómo explicarse ese resultado?
En el rechazo inesperado del proyecto de Constitución, cuya aprobación se daba por descontada, debe verse la revancha de Dios por el hecho de que los redactores del texto de la Constitución se negaron obstinadamente a incluir en el Preámbulo de la misma toda referencia al origen cristiano de la civilización europea. Ésa es una actitud de ingratitud increíble hacia la fe que bien puede considerarse como la madre de una cultura que ha sido llamada con razón “occidental cristiana”.
Así como Dios confundió la lengua de los que construían una torre que pretendía llegar al cielo (Gn 11:1-9), Dios ahora ha confundido las mentes de los ciudadanos de esos países que pretenden edificar una unidad política poderosa a sus espaldas. Como los constructores de Babel tuvieron que abandonar su proyecto, los pueblos europeos, presos de un secularismo fundamentalista que pretende borrar a Dios de la historia y de su vida, tendrán que reformular su proyecto político, y repensar las bases históricas sobre las que quieren fundar su prosperidad futura.
La civilización europea –la más alta forma de desarrollo cultural, científico y económico que ha alcanzado la especie humana en la historia, y que en el último siglo se ha extendido por el mundo entero- fue gestada y amamantada por el Cristianismo, sobre la base de las ruinas de la civilización greco romana arrasada por las invasiones de los pueblos bárbaros. Los pueblos invasores que se establecieron en el Sur de Europa fueron civilizados a medida que eran evangelizados, de manera que ambos procesos avanzaron a la par. Las tribus germánicas que se establecieron al Norte del Rin y del Elba fueron incorporadas a la civilización por los monjes que les llevaron el Evangelio junto con la cultura. Los restos escritos de la sabiduría antigua, que escaparon al pillaje, se refugiaron en los monasterios, en torno a los cuales surgieron nuevas ciudades. Durante siglos de ignorancia generalizada los clérigos eran los únicos que sabían leer y escribir, y eran por eso los ministros y consejeros de los reyes analfabetos. Las universidades –gloria de la cultura europea y cuna de la ciencia moderna- nacieron y crecieron a la sombra de las catedrales.
Una sola fe daba unidad a pueblos de lenguas y origen diversos que, antes de que se constituyeran las naciones modernas, tenían una patria común, la Cristiandad. Todavía en el siglo XVI, cuando ya el vigor de la fe declinaba, la ética protestante del trabajo y del ahorro promovió la acumulación del capital que permitió dos siglos después el surgimiento de la revolución industrial que aún perdura.
Los misioneros europeos plantaron la fe en las costas que iban descubriendo y colonizando; los emigrantes puritanos del Mayflower le dieron a las colonias británicas de Norteamérica un imborrable sello cristiano; y el avivamiento metodista del siglo XVIII salvó a Inglaterra de sufrir una suerte parecida a la que sufrió Francia con la sangrienta Revolución Francesa; por no hablar del movimiento luterano pietista que marcó la cultura alemana de los siglos XVII al XIX.
¿Cómo puede la hija ingrata renegar de la madre que le dio a luz, la alimentó, le enseñó a hablar, la ayudó a dar los primeros pasos, y la guió en su desarrollo?
Visto desde otra perspectiva la abjuración de sus orígenes cristianos es una forma de traición a los ideales de los tres impulsores principales de la Comunidad Europea en sus comienzos (Robert Schuman de Francia, Konrad Adanauer de Alemania y Alcide de Gasperi de Italia) que eran creyentes convictos y confesos, y que hallaban en su fe la inspiración para su accionar político cuando, terminada la segunda guerra mundial, el comunismo ateo amenazaba avasallar Europa.
A lo anterior se podría agregar que la apostasía de la gran mayoría de la población europea se manifiesta en nuestros días en el rechazo que toda referencia a Dios suscita en los debates públicos, en la persecución efectiva que experimentan las iglesias independientes (evangélicas) a las que se califica de sectas, negándoles la apertura de locales de culto o de estudio; en la marginación de las personas que tienen la osadía de confesar su fe abiertamente.
¿Tendrá esta actitud de rechazo de Dios consecuencias para su futuro? El hecho es que Europa, como ya sus autoridades alarmadas lo han anunciado, parece haberse condenado a sí misma a la extinción, porque las parejas se niegan egoístamente a tener hijos, para evitar el sacrificio económico y de su libertad que tenerlos conlleva. El resultado es que la población de origen europeo del continente está disminuyendo progresivamente, al mismo tiempo que aumenta la población de origen turco o árabe, sea por la alta tasa de nacimientos de los que están allí ya establecidos, sea por la constante inmigración proveniente de países islámicos.
Como se jactaba orgullosamente el fallecido dictador de Libia, Muamar Gadafi, en cincuenta años el Islam habrá conquistado Europa sin disparar una bala, porque la mayoría de la población será musulmana.

En cuanto a nosotros en el Nuevo Mundo, nuestra firme esperanza es que el Evangelio seguirá creciendo vigorosamente como la ha venido haciendo en las últimas décadas.