miércoles, 13 de noviembre de 2013

EL DIVORCIO SUELE TENER CONSECUENCIAS NEFASTAS

Pasaje tomado de mi libro
Matrimonios que Perduran en el Tiempo
El divorcio suele tener consecuencias nefastas en la vida de los individuos afectados. No sólo en la vida de los esposos, como bien saben todos los que han pasado por esa experiencia, sino también, y esto es más grave, en los hijos. El divorcio produce en ellos una herida profunda porque ellos ven a sus padres como una unidad. La presencia y cariño de ambos padres les proporciona seguridad. Cuando la unidad y armonía entre sus padres se rompe, el niño se siente amenazado y culpable. Al mismo tiempo, si el divorcio va acompañado de peleas y agresiones o, lo que es peor, de una competencia entre padre y madre por el cariño de los hijos, los niños se desconciertan, se sienten tironeados y experimentan un fuerte conflicto emocional, porque, en general, aman por igual a ambos progenitores, y les angustia que se les presione para decidirse por uno de ellos en perjuicio del otro.

No es sorprendente pues que todos los estudios que se han realizado sobre los efectos a largo plazo del divorcio, o de la separación, sobre los hijos menores, muestren resultados muy dañinos para su psicología, para su confianza en sí mismos y para su desarrollo como seres humanos.
Págs. 66 y 67. Editores Verdad y Presencia, Tel 4712178 Av. Petit Thouars 1191, Santa Beatriz, Lima





JEFTA II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JEFTA II
Antes de empezar la guerra, Jefta, deseoso de evitar un inútil derramamiento de sangre, envía una embajada de paz al rey de Amón, preguntándole por qué quiere atacar a Israel (Jc 11:12). Este gesto nos muestra cómo Jefta ponía el bien común por encima de la gloria militar.
Eso es al que todos deberíamos hacer cuando tenemos un conflicto con alguien. Tratar de sondear cuál es el motivo real que ha provocado el enfrentamiento. Pudiera ser que sólo se trate de un malentendido.
El rey de Amón le contesta a Jefta reiterando sus reclamos territoriales: Israel está ocupando tierras que les pertenecen a ellos. (v. 13)
Jefta le responde diciendo que Israel no ha tomado tierra de Moab ni de los hijos de Amón, sino que esos territorios fueron conquistados por Israel de los amorreos que las poseían, porque se negaron a dejarlos pasar cuando, al terminar su peregrinaje en el desierto, entraron a la tierra prometida (v. 14-22).
Así que lo que Dios le quitó a los amorreos y nos lo dio a nosotros, ¿tú quieres quitárnoslo? Nosotros los hemos poseído durante trescientos años. ¿Por qué no las reclamaste antes? Juzgue Dios entre nosotros (v. 23-27).
 “Mas el rey de los hijos de Amón no atendió a las razones que Jefta le envió.” (v. 28) Él no estaba dispuesto a llegar a un entendimiento. Seguro de la victoria, quiere guerra.
Entonces, dice el texto, el espíritu de Jehová vino sobre Jefta, dándole un impulso heroico, y él recorrió toda la tierra del norte de Israel para asegurarse de que todo el pueblo le obedecería y saldrían a pelear junto con él contra el enemigo común. (v. 29)
Pero antes de empezar la pelea Jefta hizo un voto temerario: Si tú entregas a los amonitas en mis manos, cuando yo regrese triunfante a casa, quienquiera que sea el que salga a recibirme, será de Dios y yo se lo ofreceré en holocausto. (v. 30,31).
¿No había pensado él bien en quién podía salir a recibirlo? Quienquiera que fuera ¿no era ésa una promesa impía, que podía implicar un sacrificio humano? Él no se había puesto en ese caso.
Enseguida salió Jefta a pelear e inflingió una gran derrota a los amonitas, conquistando veinte de sus ciudades (v. 32,33).
La Escritura dice a continuación que cuando él regresó a su casa, su hija vino a recibirlo con panderos y danzas, seguramente acompañada por sus amigas, como era costumbre hacer en Israel, y harían más adelante con Saúl las doncellas cuando él volvía con David de derrotar a los filisteos (1Sm 18:6).
El texto añade solemnemente: Y ella era su única hija; no tenía fuera de ella hijo ni hija.” (Jc 11:34).
Cuando él la vio desgarró sus vestidos, en señal de dolor, y dijo: ¡Ay, hija mía! En verdad me has abatido, y tú misma has venido a ser causa de mi dolor; porque le he dado palabra a Jehová, y no podré retractarme. (v. 35; cf Nm 30:2). Él debe haber sentido una punzada en el corazón al verla, y que se le congestionaba la cabeza. Ella era lo que más amaba. Toda la alegría del triunfo se desvaneció en un instante y lo que debía ser para él un motivo de gran regocijo se convirtió en un motivo de angustia y pena.
Ella le respondió: “Padre mío, si le has dado palabra a Jehová, haz de mí conforme a lo que prometiste, ya que Jehová ha hecho venganza en tus enemigos los hijos de Amón. (v. 36). ¡Qué bella la respuesta sumisa de la muchacha! Ella prefigura la oración que Jesús dirigirá a su Padre en Getsemaní, diciéndole que no se haga su voluntad sino la suya.
Aquí la pregunta es: ¿Qué fue lo que Jefta le había prometido a Dios hacer con la primera persona que saliera a recibirlo?
Este punto, así como la manera cómo se cumplió el voto, ha sido objeto de discusiones entre los comentaristas y eruditos durante siglos, sin que llegaran a ponerse de acuerdo. San Agustín la califica de “cuestión magna y ardua en extremo.” La opinión prevaleciente en los primeros siglos de la iglesia era que Jefta efectivamente ofreció a Dios sacrificar a un ser humano, porque en esa época eso no era algo impensable. Pero en el siglo XIII los eruditos judíos Kimchi, padre e hijo, así como Gerson, sostuvieron que la partícula conectiva “v” es disyuntiva y es traducida, por lo tanto, casi siempre como “o”. En consecuencia el voto que pronunció Jefta debe leerse así: “será de Dios o se la ofreceré en holocausto.” Es decir, una cosa u otra. La interpretación de estos dos autores ha influenciado la opinión de muchos intérpretes posteriores.
Sin embargo, si nos atenemos al sentido literal de las palabras de Jefta, lo que él le había ofrecido a Dios era que la primera persona que saliera de las puertas de su casa a recibirlo sería ofrecida en holocausto a Dios, es decir, sería sacrificada sobre el altar (“Será de Dios y yo se la ofreceré…”). Y así lo entendieron los traductores de la Septuaginta y de la Vulgata.
Pero ¿podría Jefta, que era un hombre piadoso y temeroso de Dios, ofrecerle a Dios una cosa tan impía como sacrificar a un ser humano, algo que estaba estrictamente prohibido por la ley? (Lv 18:21; 20:2-5; Dt 12:31; 18:10). Y en el caso de hacerlo ¿lo aceptaría Dios?
Es claro que los sacrificios humanos eran cosa común entre los pueblos paganos –que sacrificaban a Moloc incluso a sus hijos pequeños; o como hizo el rey de Moab cuando era vencido por Joram rey de Israel sacrificando a su hijo primogénito y heredero (2R 3:26,27)- pero Jefta nunca habría imitado esa práctica salvaje. ¿Qué fue entonces lo que Jefta le ofreció a Dios respecto de su hija?
El texto dice a continuación que ella “volvió a decir a su padre: Concédeme esto: déjame por dos meses que vaya y descienda por los montes, y llore mi virginidad, yo y mis compañeras.” (Jc 11:37) ¿Qué quiere decir “llorar mi virginidad”? Lamentar que moriría sin haber sido esposa de nadie y sin haber tenido hijos.
¿Creen ustedes, como han pensado muchos –incluso Lutero- que Jefta ofreció a su hija en sacrificio a Dios sobre el altar como se ofrece un animal? Muchos lo creen. A favor de esa tesis se argumenta que la palabra “holocausto” se refiere siempre a un sacrificio cruento, y no hay antecedentes de que pudiera ser entendida en sentido figurado de consagración al servicio divino. A mayor abundamiento es sabido que en esa época no había mujeres vírgenes consagradas al servicio en el santuario y, de otro lado, no existe ningún ejemplo en la Biblia de una mujer que fuera obligada a guardar virginidad perpetua por el voto hecho por uno de sus padres, ni sería justo que los padres tuvieran esa potestad sobre una hija.
Pero si él hubiera hecho una cosa tan impía, ¿sería su nombre mencionado en la epístola a los Hebreos entre los héroes de la fe, junto con Gedeón, Sansón, David y Samuel? (Hb 11:32)
Que ella quisiera llorar su virginidad tiene sentido sólo si ella permanecía en vida. Si el propósito de su padre hubiera sido sacrificarla ella hubiera querido más bien llorar su corta vida.
¿Qué quieren decir las palabras: “hizo de ella conforme al voto que había hecho”? (v. 39) ¿No quieren decir, más bien, como algunos piensan, que él la consagró al culto de Dios como doncella y que nunca se casó? Las palabras “y ella nunca conoció varón” sugieren fuertemente que ella no murió en ese momento sino que permaneció viva.
Sea como fuere, sea que ella muriera o siguiera viva, el cumplimiento de su voto significaba para Jefta una gran pérdida porque, siendo ella su única hija, él se quedaría sin descendencia que perpetuara su nombre y heredara sus posesiones, lo que en Israel de ese tiempo era considerado como una gran desgracia.
Por eso dice la Escritura que ella fue por los montes a llorar –es decir, a lamentar- su virginidad, porque si ella nunca conocería varón tampoco se casaría ni tendría hijos que amamantar y que alegraran su mesa, lo cual era entonces la gloria de toda mujer.
El episodio se cierra con las palabras: “Y se hizo costumbre en Israel, que de año en año fueran las doncellas de Israel a conmemorar a la hija de Jefta galaadita, cuatro días en el año” (v. 40).
De este episodio se puede extraer la enseñanza de que no es bueno comprometerse en algo, o en hacer una promesa o un voto a Dios, sin haberlo pensado bien, y sin tener en cuenta las consecuencias de nuestro compromiso.
Bien dice por eso Eclesiastés: “No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.. Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque Él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.” (Ecl 5:2,4,5).
“Cumple lo que prometes” es una palabra que se podría decir a los hombres que prometen muchas cosas a las mujeres, pero que luego, una vez satisfecha su pasión, no cumplen.
En similar sentido dice también Proverbios: “Lazo es al hombre hacer apresuradamente voto de consagración, y después de hacerlo, reflexionar.” (Pr 20:25).
Antes de decir palabra, antes de prometer algo, piénsalo bien. Piensa primero si estás en condiciones de cumplirlo, si está dentro de tus posibilidades. No sea que tu promesa sea fruto de un entusiasmo momentáneo y después no tengas la misma disposición de ánimo.
Ten mucho cuidado porque lo que sale de tu boca una vez, ha sido registrado en los cielos. ¿Qué dijo Jesús? Que tu sí sea sí, y tu no, no. (Mt 5:37) Porque, como dice Proverbios, nosotros somos atados por nuestras palabras (6:2).
Cuando nos comprometemos a ofrendar una suma de dinero, tengamos cuidado, pensémoslo bien: ¿Tendré en mi bolsillo esa suma de dinero cuando llegue el plazo? Y si no estás seguro de tenerla, no te comprometas. Porque peor que no dar es prometer y no cumplir.
Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#793 (25.08.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 8 de noviembre de 2013

NINGÚN HOMBRE DEBE PENSAR EN EL MATRIMONIO SI NO ESTÁ EN CONDICIONES DE PROVEER PARA SU CASA

Pasaje tomado de mi libro
Matrimonios que Perduran en el Tiempo

NINGÚN HOMBRE DEBE PENSAR EN EL MATRIMONIO SI NO ESTÁ EN CONDICIONES DE PROVEER PARA SU CASA. Si bien en nuestros tiempos puede ser necesario que la mujer colabore también para ese fin, ése no es el orden natural de las cosas. El que las circunstancias obliguen a que la mujer contribuya con su trabajo al sustento familiar es una de las aberraciones de la vida económica moderna que esclaviza por igual a hombres y mujeres, y es enemiga de la familia.
Que la mujer trabaje voluntariamente para mejorar la economía familiar, o porque la necesidad apremia, es otra cosa. Pero sería totalmente inequitativo que ella contribuya económicamente al hogar y que el marido retenga el manejo exclusivo de las finanzas familiares. Hay esposos cristianos que ocultan a sus esposas cuánto ganan, o cuáles son sus fuentes de ingresos. No es mi propósito ahora tratar de ese tema en detalle, pero es contrario a la confianza mutua que debe existir en el matrimonio que el marido oculte esa información a su mujer.
Que no queden pues dudas. La primera obligación del marido es ser el sustento espiritual, psicológico, emocional, afectivo de su mujer, que colme las expectativas de ella, las expectativas con las cuales ella se ha casado. ¿O acaso las mujeres cuando se casan no están llenas de ilusiones y de expectativas?
Piensa un momento, amigo. Tu esposa ha invertido su vida y su cariño en ti. ¿Habrá hecho una buena inversión? ¿Eres tú para ella una inversión segura, confiable? Nuevamente te pregunto a ti, varón ¿Has cumplido con las expectativas de tu mujer? ¿Estás colmando lo que ella espera de ti? ¿Lo que Dios ordena que hagas? ¿La estás haciendo feliz? Que cada cual conteste esta pregunta por sí mismo.

Págs. 110 al 112 - Editores Verdad y Presencia, Av. Petit Thouars 1189, Santa Beatriz, Lima, Telf. 4712178.

jueves, 7 de noviembre de 2013

JEFTA I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JEFTA I (Nota)

Después de Abimelec, el hijo impío de Gedeón que le hizo tanto daño al pueblo, se levantaron Tola, varón de Isacar, que juzgó a Israel 23 años; y Jair, de Galaad, que juzgó a Israel 22 años (Jc 10:1-5).
“Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos; y dejaron a Jehová y no le sirvieron.” (Jc 10:6) Esta apostasía parece haber sido peor que la de tiempos anteriores. (2)
“Y se encendió la ira de Jehová contra Israel, y los entregó en mano de los filisteos, y en manos de los hijos de Amón; los cuales oprimieron y quebrantaron a los hijos de Israel en aquel tiempo dieciocho años, a todos los hijos de Israel que estaban al otro lado del Jordán en la tierra del amorreo, que está en Galaad. Y los hijos de Amón pasaron el Jordán para hacer también guerra contra Judá y contra Benjamín y la casa de Efraín, y fue afligido Israel en gran manera.” (Jc 10:7-9).
Por fin ellos, apretados por la necesidad, confesaron sus pecados: “Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales.” (v. 10). La confesión de pecados es el primer paso del arrepentimiento. Si el hombre no reconoce que le ha fallado a Dios pecando, ¿de qué tendría que arrepentirse? Con frecuencia se lee de personajes de la farándula a los que se les pregunta si no tienen nada de qué arrepentirse en su vida, y la respuesta frecuente es: No, porque todas las cosas por las que he pasado han sido experiencias que han enriquecido mi vida. Ese tipo de respuestas pone en evidencia cuán alejadas de Dios están esas personas.
Imaginemos una persona que, confrontada por un predicador, dijera: Yo reconozco que he ofendido a Dios muchas veces, pero no me arrepiento de nada, porque esas acciones mías han sido vivencias que han enriquecido mi personalidad y forjado mi carácter. Diríamos que tiene el corazón endurecido y que está muy lejos de la gracia divina.
Pero esta vez Dios no les contestó como en otras ocasiones, apiadándose de ellos, sino lo hace severamente, para moverlos a un arrepentimiento más profundo: “Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los Filisteos, de los de Sidón, de Amalec, y de Maón, y clamando a mí no os he libré de sus manos? Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más.” (v. 11-13) Dios les responde, posiblemente por boca del sumo sacerdote de ese tiempo, o de algún profeta no nombrado.
Notemos que los israelitas adoraron a siete dioses ajenos, y fueron oprimidos por siete pueblos paganos; y siete fueron las veces, no obstante, que Dios los libró. Siete es el número de la perfección divina.
Con toda razón el Señor les dice que ya no los librará más de sus enemigos, porque han demostrado ser unos veletas e infieles con Él: “Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción.” (v. 14).
Ése es el discurso que ellos se merecen y la justa respuesta de un Dios ofendido: Vayan pues a ver lo que esos dioses falsos a los que habéis servido pueden hacer por ustedes. Ustedes les han rendido homenaje. Que ellos los protejan pues ahora de sus enemigos. Que esos ídolos inertes en los cuales han confiado, les muestren ahora su fuerza.
Reuniéndose en una asamblea solemne, los hijos de Israel respondieron con un arrepentimiento sincero: “Hemos pecado; haz tú con nosotros como bien te parezca; sólo te rogamos que nos libres en este día.” (v. 15).
Haz con nosotros lo que mejor te parezca. Es decir, nos ponemos en tus manos. Pero tan solo líbranos de caer en manos enemigas. Ese acto de humillación y de entrega a Dios no fue resultado de su piedad, sino fue interesado: Nos rendimos a ti, pero líbranos del enemigo.
Una petición semejante hizo David cuando Dios le planteó que escogiera entre tres castigos cuando hizo un censo del pueblo: hambruna, o peste, o huir delante de sus enemigos, y él escogió caer en manos de Dios, “porque sus misericordias son muchas”, y no en manos de hombres (2Sm 24:12-14).
Ellos reconocieron que merecían la severidad de Dios, que merecían el castigo que Él les enviaba. Se avergonzaron de sí mismos. Pero a la vez, eran concientes de que de Dios no puede venirles nada malo.
Nosotros, que a veces nos portamos igual o peor que los israelitas de antaño, debemos someternos a la disciplina de Dios, confiando a la vez en su misericordia.
“Y quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron á Jehová.” (Jc 10:16ª). Unieron entonces la acción a sus palabras de arrepentimiento, descartando a los dioses ajenos a los que habían rendido culto, y volvieron a servir a Dios. De esa manera mostraron que su arrepentimiento era sincero. Pero ¿por cuánto tiempo?
Pero Dios, como padre amoroso que es, no podía seguir estando indignado con los ingratos; su justa ira cedió lugar a la compasión: “y Él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel.” (v. 16b).
¡Cuántos padres no se comportan de manera semejante! Inflingen a sus hijos rebeldes el castigo que se merecen, pero luego se arrepienten, y su severidad termina doliéndoles más a ellos que a los castigados. El amor gana su corazón y se impone sobre la justicia. Ése es el corazón de padre que Jesús describe en la parábola del Hijo Pródigo.
“Entonces se juntaron los hijos de Amón, y acamparon en Galaad; se juntaron asimismo los hijos de Israel, y acamparon en Mizpa.” (v. 17) (3) Posiblemente la intención de los amonitas era abandonar la guerra de guerrillas acostumbrada para derrotar en una batalla decisiva a las fuerzas de Israel y arrancarles gran parte de su territorio (Véase 11:13). Por eso los israelitas, concientes del peligro que los amenazaba, reunieron sus tropas en un lugar apropiado preparándose para una batalla que podía ser decisiva.
Pero ellos carecían de un general que comandase sus fuerzas. ¿Cómo iban a pelear así contra un enemigo bien organizado? Se volvieron concientes de que estaban en inferioridad de condiciones: “Y los príncipes y el pueblo de Galaad dijeron el uno al otro: ¿Quién comenzará la batalla contra los hijos de Amón? Será caudillo sobre todos los que habitan en Galaad.” (v. 18).
La falta de un liderazgo adecuado es un mal que suele aquejar a los pueblos que se alejan de Dios. Caen en manos de líderes mediocres o corruptos.
En estas circunstancias por fin el libro nos presenta al héroe de este episodio, a Jefta, uno de los caracteres más nobles del libro de Jueces, aunque no era tampoco un hombre perfecto: “Jefta, galaadita, era esforzado y valeroso.” (11:1ª).
Su historia parece sacada de los anales de una crónica social peruana: “Era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefta era Galaad.” (11:1b). Él era hijo de un hombre importante de la tribu de Manasés que se había permitido tener un hijo fuera de su matrimonio.
Él no era hijo siquiera de una concubina, como había sido Agar para Abraham, sino de una prostituta, probablemente cananea. ¡Qué gran honor el suyo! Por eso sus hermanos, hijos de la esposa de Galaad, que habían tolerado su presencia en vida de su padre, lo echaron de casa cuando se hicieron mayores y tomaron control de los bienes de la familia: “No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer.” (v. 2b). Tu presencia nos deshonra. ¿Pero qué culpa tenía él de su origen? La culpa era de su padre, no suya.
“Huyó pues Jefta de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob (4); y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él.” (v. 3). En este punto él hizo lo mismo que haría David algún tiempo después cuando salió de la cueva de Adulam (1Sm 22:2): Dedicarse al bandolerismo.
Jefta lo hizo no para luchar contra los suyos, sino contra los enemigos de su pueblo, y todo parece indicar que ganó cierta fama en esta empresa por sus correrías e incursiones contra los amonitas. Era pues natural que los ancianos de Israel no dudaran acerca de quién debían escoger como líder: “Y cuando los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a traer a Jefta de la tierra de Tob; y dijeron a Jefta: Ven, y serás nuestro jefe, para que peleemos contra los hijos de Amón.” (Jc 11:5,6).
Pero fíjense en la ironía de la situación. Ellos se habían prostituido al rendir culto a falsos dioses; ahora tenían que recurrir al hijo de una prostituta para que comande sus tropas y los libre de sus enemigos. La elección del hijo de una ramera como líder nos hace pensar en las palabras de Pablo: “Y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer los que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.” (1Cor 1:28,29).
Sin embargo, Jefta no estaba dispuesto a ceder así no más a su pedido. Él tenía serios motivos de resentimiento contra sus connacionales: “Jefta respondió a los ancianos de Galaad: ¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción?” (v. 7)
Jefta acusa a los ancianos de Israel de no haberlo defendido, como hubieran debido, cuando sus hermanos lo expulsaron de su casa. Su lenguaje hace suponer que entre los que fueron a buscarlo se encontraba uno de sus hermanos.
Fíjense cómo opera la Providencia de Dios conduciendo los acontecimientos humanos. Si Jefta no hubiera sido expulsado de su casa por sus hermanos, él no hubiera tenido ocasión, impulsado por la necesidad, de desarrollar sus aptitudes de guerrero, que ahora iban a ser útiles para su pueblo.
Se parece al caso de José, que tuvo que ser vendido como esclavo a Egipto, para que luego pudiera salvar del hambre a los mismos que lo habían vendido, y a su padre y a todo el clan familiar, y a todos los pueblos de esa región mediterránea. Los hombres de Dios tienen que pasar por pruebas severas antes de ser usados por Él.
Pero ahora los ancianos de Israel, puesto que lo necesitan, quieren reparar su omisión y la injusticia cometida entonces con Jefta, y le ofrecen firmemente, poniendo a Dios como testigo de la veracidad sus palabras, que él será su jefe y capitán no sólo en la guerra, sino también en la paz, cuando Dios les conceda la victoria sobre sus enemigos. Pero faltaba que el pueblo confirmara esa elección: “Entonces Jefta vino con los ancianos de Galaad, y el pueblo lo eligió por su caudillo y jefe; y Jefta habló todas sus palabras delante de Jehová en Mizpa.” (v. 11). Es posible que su elección se produjera por aclamación en el marco de una ceremonia solemne con participación del sumo sacerdote, en la que Jefta se comprometió a conducirlos a la victoria con la ayuda de Dios.
Notas: 1. Su nombre lo escriben algunos como Jefté. (Jephthah en inglés) En hebreo es Yifzáj, y quiere decir “el que abre”.
2. ¿Qué podríamos decir nosotros de la apostasía en nuestro tiempo de ciertos países que antes fueron cristianos, pero que le han dado la espalda a Dios? Uno de ellos ha decidido cambiar la letra de su himno nacional ¡porque en ella se menciona demasiado a Dios!
3. Son varias las localidades en Israel que llevaban el nombre de Mizpa (palabra que quiere decir “atalaya”, cf Gn 31:49) (Véase Jc 11:29). Es probable que la de nuestro relato estuviera ubicada al norte de Israel, al pie del monte Hermón.
4. Territorio situado al noreste de Galaad (2Sm 10:8).
NB. Este artículo y el siguiente, como también los dos anteriores sobre Gedeón, están basados en enseñanzas dadas recientemente en el Ministerio de la Edad de Oro.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#792 (18.08.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 23 de octubre de 2013

EL PLACER EN EL MATRIMONIO

Pasaje tomado de mi libro
MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO
EL PLACER EN EL MATRIMONIO
 Cuán importante sea para Dios el contentamiento mutuo que encuentran los
esposos en su unión, lo vemos en ese pasaje de Deuteronomio que manda que el hombre recién casado esté durante un año exento del servicio militar en tiempo de guerra, a fin de que pueda "contentar a su mujer." (Dt 24:5). Al amor entre los esposos dedica también la Escritura todo un libro: el Cantar de los Cantares, para indicarnos cómo quiere Dios que sea el amor que los esposos se den, y cuán grande su gozo mutuo. Y pues sabemos que ese libro simbólicamente habla del amor con que Dios quiere unirse al alma humana, podemos comprender cómo el amor de los esposos prefigura el amor de Dios de que algún día vamos a gozar cuando lleguemos a su presencia.
La Escritura no es tímida en animar a los esposos a gozar del don que Dios les ha dado para que se alegren mutuamente: "Sea bendito tu manantial y alégrate con la mujer de tu juventud. Como cierva amada y preciosa gacela, sus caricias te satisfagan en todo tiempo." (Pr 5:18,19).
En ese amor está Dios presente regalando y derramando su propio amor sobrenatural, para que el amor de los esposos alcance la perfección que Él desea. Pero si el hombre y la mujer se centran en el placer físico buscando satisfacer su lascivia, nunca serán realmente satisfechos, porque la lujuria no puede llenar las expectativas más profundas de su naturaleza.
(Pág 21, Editores Verdad y Presencia, Tel 4712178)





GEDEÓN II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
GEDEÓN II
Después de que Gedeón derribara el altar de Baal y fuera llamado Jerobaal, los madianitas y amalecitas, y sus aliados árabes de Oriente, vinieron en masa contra Israel, y acamparon en Jezreel (Jc 6:33).
El Espíritu de Jehová vino entonces sobre Gedeón (como vendría después sobre Jefta y Sansón), revistiéndolo dice el texto hebreo, y dándole un impulso heroico contagioso. Tocó el cuerno –que ellos usaban como trompeta- y todos los de su clan se le juntaron y convocó también a los de la tribu de Manasés, y a los de las tribus vecinas de Aser, Zebulón y Neftalí (v. 34,35).
No obstante, Gedeón quiere estar completamente seguro de que Dios salvará a Israel por medio suyo, y le pide una señal que lo confirme. Él colocará un vellón de lana en la era de su propiedad, que en la mañana deberá estar mojado por el rocío mientras que la tierra alrededor permanece seca. Y así ocurre. Pero Gedeón no se da por satisfecho y pide ahora que en la mañana siguiente el vellón esté seco mientras que la tierra alrededor amanece mojada. Dios no se molesta de su incredulidad y le concede lo que pide para fortalecer su fe. (v. 37-40).
No juzguemos mal a Gedeón a causa de sus dudas. Él va a acometer una obra muy grande y arriesgada que va a poner en peligro no sólo su propia vida, sino también la vida de muchos hombres. Los madianitas eran mucho más numerosos que ellos, y tenían además muchas ventajas estratégicas, como camellos y caballos, de los que los de Israel carecían, y una mayor variedad de armas.
Pese a su inferioridad numérica Dios le dice a Gedeón que él cuenta con demasiados soldados y que no necesita llevar tantos, no sea que el pueblo se jacte de que ellos por su poder ganaron la batalla, y no por el de Dios, pues “no es difícil para Dios salvar con muchos o con pocos.” (1Sm 14:6). Recuérdenlo. Dios no necesita de tu fuerza. Le basta con tu fe. Si tú tienes fe, Dios te usará y multiplicará tus fuerzas.
Le ordena reducir en pasos sucesivos sus tropas al mínimo. Primero que se vayan los que tienen miedo, y de los treinta y dos mil que acudieron inicialmente quedan sólo unos diez mil (Jc 7:3). Pero eso es todavía mucho para Dios. Él no necesita tantos. Gedeón tiene que escoger a los que realmente estén dispuestos a pelear. Para esto Dios le dice que lleve a sus hombres a las aguas y ahí los escogerá según como beban el agua del río. Los que se arrodillen para beber serán excluidos. Sólo los que beban llevando el agua con la mano a su boca, sin arrodillarse como la mayoría, permanecerán. Y éstos fueron sólo trescientos (v. 4-6). Así que Gedeón va a tener que enfrentar a los miles de madianitas montados en sus camellos y caballos con sólo trescientos hombres a pie. ¿Es posible eso? ¿Estará loco Dios? ¿Cómo puede pedirle una cosa tan descabellada?
Sin embargo, según el historiador Josefo, esos trescientos eran los menos valientes de todo el ejército que Gedeón había reunido inicialmente, pero con ellos se manifestaría mejor la gloria de Dios al dar victoria a su pueblo con un número tan pequeño. Por algo dice Dios a través del profeta Zacarías: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu.” (Zc 4:6).
Quedarse con ese pequeño número de soldados, cuando pudo haber contado con treinta y dos mil, fue una prueba extraordinaria para la fe de Gedeón. Pero Dios le aseguró que con esos escasos trescientos hombres –que representaban a todos los que en Israel no habían doblado sus rodillas ante los baales- él salvaría a su pueblo de sus invasores. Éste es un caso en que se aplica muy bien la frase de Jesús: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.” (Mt 20:16; 22:14).
Por la noche, mientras sus hombres permanecían ocultos en lo alto de la montaña que se cierne sobre el valle de Jezreel, Dios ordenó a Gedeón que descienda con un ayudante al campamento de los madianitas y sus aliados a escondidas para oír lo que ellos dicen, porque cuando lo escuche se esforzará su fe. (Jc 7:9-12). Un hombre contaba a su compañero el sueño que había tenido. Vio que un pan de cebada vino rodando y se estrelló contra una tienda de los madianitas, desbaratándola y haciéndola caer. (Consideremos, de un lado, lo pequeño del pan, y del otro, la fortaleza de la tienda de campaña bien armada). El otro, inspirado sin duda por Dios, interpretó el sueño en el sentido de que el Todopoderoso los había entregado en manos de Gedeón (v. 13,14). Al escuchar eso la fe de Gedeón se vio fortalecida, porque se dio cuenta de que sus enemigos le tenían miedo, y presentían que Dios respaldaba a los de Israel. Cuando volvió a su campamento levantó a sus hombres diciéndoles que Dios había entregado a los miles del ejército de Madián en sus manos (v. 15).
Enseguida –no sabemos si por iniciativa propia, o porque Dios se lo sugirió- concibió una estrategia inédita: Repartir a sus hombres en tres escuadrones, dándole a cada uno una trompeta y un cántaro de arcilla vacío, en el que había una tea ardiendo, y ordenándoles que imiten lo que él iba a hacer. ¿Estaba fuera de sí Gedeón? ¿Qué pensaba hacer con esas supuestas armas? (Nota 1)
A una señal suya, cuando cambiaba la guardia de los madianitas, y la mayoría de ellos estaba profundamente dormida, todos rompieron sus cántaros para que se viera la tea ardiente, y tocaron sus trompetas gritando: Por Dios y por Gedeón (v. 17-20). Y se mantuvieron firmes en sus puestos sin moverse.
Al oír el estruendo y ver las teas ardiendo los madianitas entraron en pánico, creyendo que los atacaba una multitud, y echaron a correr hiriéndose con sus espadas unos a otros (v. 21,22).
Entonces, avisados por Gedeón, los de las tribus vecinas los persiguieron cuando huían y los diezmaron (v. 23). Avisaron también a los de Efraín diciéndoles que tomaran los vados del Jordán para impedir su paso. Los de Efraín así lo hicieron y mataron a dos de los líderes principales de los invasores, a Oreb (“cuervo”) y Zeeb (“lobo”), y trajeron sus cabezas para presentárselas a Gedeón, como era usual entonces (v. 24,25; cf 1Sm 17:54).
Sin embargo, los de la tribu de Efraín se indignaron porque Gedeón no los había convocado desde el inicio de la guerra. Lo tomaron como una señal de menosprecio y como una manera de impedir que el mérito de la victoria fuera también de ellos. Pero Gedeón, diplomáticamente, aplacó su ira con palabras amables (“La blanda respuesta quita la ira” dice Pr 15:1) diciéndoles que lo que ellos habían hecho al capturar a los dos capitanes de los madianitas valía mucho más de lo que él había hecho (8:1-3). Se empequeñeció ante sus ojos y los engrandeció a ellos. ¿Quieres caerle bien a la gente? Ya sabes cómo. Levántalos y tú achícate.
Gedeón pasó el Jordán con sus trescientos hombres (nótese que ninguno de ellos había muerto en medio de tanta matanza, porque Dios los había preservado), ya que quería apresar a Zeba y Zalmuna, reyes de Madián. Llegó a Sucot y pidió a sus habitantes que les dieran provisiones para sus soldados que estaban cansados y desfallecían, pero se negaron, e hicieron escarnio de ellos. En respuesta Gedeón les dijo que cuando hubiera capturado a los dos reyes –algo de lo que él estaba enteramente seguro- se vengaría cruelmente de ellos (8:4-7).
Igual pasó con los habitantes de Peniel –donde Dios se había aparecido a Jacob, Gn 32:30- a quienes igualmente les aseguró Gedeón que se vengaría de su mezquindad cuando volviera victorioso (Jc 8:8,9).
Zeba y Zalmuna huían con los quince mil hombres que les quedaban (de los ciento treinta y cinco mil que tenían al comienzo), asolando según Rashi –comentarista judío del Medioevo- los territorios de Rubén, de Gad y de la media tribu de Manasés. Gedeón, con sus trescientos hombres, los atacó de noche cuando estaban desprevenidos, y capturó a los dos jefes, espantando a todo su ejército (v. 10-12).
Gedeón regresó entonces a Sucot y les presentó a los pobladores a los dos reyes que había capturado, y que perseguía cuando los ancianos de la ciudad le negaron alimentos, burlándose de él. Tomó entonces a los setenta y siete ancianos, cuyos nombres había obtenido de un muchacho de la ciudad, y los castigó públicamente, azotándolos con espinos y abrojos del desierto, tal como había anunciado (v. 13-16).
Fue luego a Peniel, y derribó su torre y mató a los habitantes de la ciudad. ¿Por qué su castigo fue más severo que el inflingido a los de Sucot? No sabemos, aunque quizá fue porque ofrecieron resistencia (v. 17). En ese tiempo la gente era feroz en sus reacciones. No había lo que hoy día conocemos como “derechos humanos” que, dicho sea de paso, son un producto del cristianismo. (2)
Luego encaró a Zeba y Zalmuna y les pidió que describieran a las personas que habían matado en Tabor. Por la descripción que hicieron de sus víctimas Gedeón se dio cuenta de que habían matado a sus hermanos (v. 18,19). Él ordenó entonces a su hijo Jeter, que era todavía un muchacho, que los mate como vengador de la sangre de sus parientes (Nm 35:9-21), pero el joven no se atrevió a matarlos a sangre fría (Jc 8:20). Un sano instinto, infrecuente en esa época, lo retuvo.
Pero lo dos jefes de Madián le dijeron a su captor: Mátanos tú, y así hizo Gedeón. ¡Qué salvaje era la gente en ese tiempo, antes de la venida de Cristo, y qué poco valor le daban a la vida humana! A Zeba y Zalmuna no les interesaba conservar la vida puesto que habían sido derrotados y capturados, y Gedeón no tuvo escrúpulos en vengarse de ellos, aunque eran sus prisioneros. (3)
Los israelitas dijeron entonces a Gedeón: Sé tú nuestro rey, y séanlo después de ti tus descendientes, puesto que nos has librado de Madián. Pero Gedeón se negó: Sea Jehová vuestro rey; ningún otro debe ser rey en Israel (v. 22,23). Este es el primer intento que se registre de adoptar la monarquía como forma de gobierno en Israel. Pero su respuesta nos muestra la rectitud de sus sentimientos.
Entonces Gedeón les hizo una petición: Que cada uno le diera los zarcillos de oro que habían tomado de los madianitas como botín (que eran ismaelitas, anota el texto de paso), y se los dieron de buena gana. El peso de los zarcillos fue de mil setecientos siclos de oro (v. 24-26), “Y Gedeón hizo con ellos un efod, el cual hizo guardar en su ciudad de Ofra; y todo Israel se prostituyó tras de ese efod en ese lugar; y fue tropezadero a Gedeón y a su casa.” (v. 27). Posiblemente lo colocaron en algún lugar destacado como un memorial de las victorias obtenidas. Pero es probable que pronto lo convirtieran en un ídolo y empezaran a adorarlo, o lo usaran como un oráculo para adivinar el futuro. (4)
Derrotado Madián no volvió a levantar cabeza, y la tierra gozó de paz durante cuarenta años gracias a esta victoria (v. 28). (5)
Sin aspirar a ningún honor grande Gedeón volvió a su casa a vivir tranquilo, como había vivido antes, amado y respetado por todos, salvo que tuvo setenta hijos, porque tuvo muchas mujeres, con lo cual violó la ley de Dios. Tuvo además un hijo de una concubina que vivía en Siquem, al cual puso el nombre de Abimelec (que significa “mi padre un rey”), el cual fue la ruina de su familia. Gedeón vivió hasta edad avanzada y “fue sepultado en el sepulcro de Joas, su padre, en Ofra de los abiezeritas.” (v. 29-32).
Quizá debido al grave desvío del pueblo ocasionado por el efod de oro que mandó hacer Gedeón, el fin de su historia no es muy feliz que digamos, pues dice el texto: “Aconteció que cuando murió Gedeón, los hijos de Israel volvieron a prostituirse yendo tras los baales, y escogieron por dios a Baal-berit. Y no se acordaron de Jehová su Dios, que los había librado de todos sus enemigos en derredor; ni se mostraron agradecidos con la casa de Jerobaal, el cual es Gedeón (como puede verse en el capitulo siguiente de Jueces), conforme a todo el bien que él había hecho a Israel.” (v. 33-35). Así es de ingrato el corazón del hombre. Pero ¿somos nosotros mejores? ¿Quién puede decirlo con franqueza?
Notas: 1. ¿Qué significan esos tres elementos? La antorcha es la luz de la verdad; el cántaro que debe romperse son los obstáculos que impiden que la luz brille en todo su esplendor; y la trompeta es el valor con que la verdad debe ser proclamada (cf Ef 6:19,20).
2. En la mayoría de los países no cristianos del oriente no se conocían los derechos humanos hasta mediados del siglo XX, y si ahora los han adoptado, es por presión internacional, pero son extraños a su cultura.
3. El salmo 83:11 recuerda este hecho de sangre, junto con la muerte de Oreb y Zeeb.
4. El efod era la prenda usada por el sumo sacerdote para oficiar en el templo. Llegaba hasta la altura de la cadera y era hecho de lino fino, bordado con hilos de oro, azul y púrpura. A la altura del pecho se colocaba el pectoral que contenía el Urim y el Tumim, que eran usados para recibir instrucciones del Señor (1Sm 21:9).
5. El número cuarenta juega un papel muy especial en la historia del pueblo de Israel y en ambos testamentos. Cuarenta años duró la peregrinación del pueblo de Israel en el desierto, antes de entrar a la tierra prometida (Nm 14:33); cuarenta días y cuarenta noches estuvo Moisés en el Sinaí, cuando el Señor le entregó las tablas de la ley (Ex 24:18); cuarenta días y cuarenta noches ayunó Moisés intercediendo para que el Señor no destruyera al pueblo a causa del becerro de oro (Dt 9:18); cuarenta años cada uno juzgaron a Israel Otoniel, Barac y Gedeón (Jc 3:11; 5:31; 8:28); el sacerdote Elí juzgó también a Israel cuarenta años (1Sm 4:18); Saúl gobernó cuarenta años a Israel (Hch 13:21); David y Salomón gobernaron cada uno cuarenta años (2Sm 5:4; 2Cro 9:30); cuarenta días ayunó Jesús en el desierto (Mt 4:2), siendo tentado por el diablo (Lc 4:2); durante cuarenta días se apareció Jesús resucitado a sus discípulos antes de ascender al cielo (Hch 1:3). Cuarenta años es la duración de una generación.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#791 (11.08.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).