miércoles, 23 de octubre de 2013

GEDEÓN II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
GEDEÓN II
Después de que Gedeón derribara el altar de Baal y fuera llamado Jerobaal, los madianitas y amalecitas, y sus aliados árabes de Oriente, vinieron en masa contra Israel, y acamparon en Jezreel (Jc 6:33).
El Espíritu de Jehová vino entonces sobre Gedeón (como vendría después sobre Jefta y Sansón), revistiéndolo dice el texto hebreo, y dándole un impulso heroico contagioso. Tocó el cuerno –que ellos usaban como trompeta- y todos los de su clan se le juntaron y convocó también a los de la tribu de Manasés, y a los de las tribus vecinas de Aser, Zebulón y Neftalí (v. 34,35).
No obstante, Gedeón quiere estar completamente seguro de que Dios salvará a Israel por medio suyo, y le pide una señal que lo confirme. Él colocará un vellón de lana en la era de su propiedad, que en la mañana deberá estar mojado por el rocío mientras que la tierra alrededor permanece seca. Y así ocurre. Pero Gedeón no se da por satisfecho y pide ahora que en la mañana siguiente el vellón esté seco mientras que la tierra alrededor amanece mojada. Dios no se molesta de su incredulidad y le concede lo que pide para fortalecer su fe. (v. 37-40).
No juzguemos mal a Gedeón a causa de sus dudas. Él va a acometer una obra muy grande y arriesgada que va a poner en peligro no sólo su propia vida, sino también la vida de muchos hombres. Los madianitas eran mucho más numerosos que ellos, y tenían además muchas ventajas estratégicas, como camellos y caballos, de los que los de Israel carecían, y una mayor variedad de armas.
Pese a su inferioridad numérica Dios le dice a Gedeón que él cuenta con demasiados soldados y que no necesita llevar tantos, no sea que el pueblo se jacte de que ellos por su poder ganaron la batalla, y no por el de Dios, pues “no es difícil para Dios salvar con muchos o con pocos.” (1Sm 14:6). Recuérdenlo. Dios no necesita de tu fuerza. Le basta con tu fe. Si tú tienes fe, Dios te usará y multiplicará tus fuerzas.
Le ordena reducir en pasos sucesivos sus tropas al mínimo. Primero que se vayan los que tienen miedo, y de los treinta y dos mil que acudieron inicialmente quedan sólo unos diez mil (Jc 7:3). Pero eso es todavía mucho para Dios. Él no necesita tantos. Gedeón tiene que escoger a los que realmente estén dispuestos a pelear. Para esto Dios le dice que lleve a sus hombres a las aguas y ahí los escogerá según como beban el agua del río. Los que se arrodillen para beber serán excluidos. Sólo los que beban llevando el agua con la mano a su boca, sin arrodillarse como la mayoría, permanecerán. Y éstos fueron sólo trescientos (v. 4-6). Así que Gedeón va a tener que enfrentar a los miles de madianitas montados en sus camellos y caballos con sólo trescientos hombres a pie. ¿Es posible eso? ¿Estará loco Dios? ¿Cómo puede pedirle una cosa tan descabellada?
Sin embargo, según el historiador Josefo, esos trescientos eran los menos valientes de todo el ejército que Gedeón había reunido inicialmente, pero con ellos se manifestaría mejor la gloria de Dios al dar victoria a su pueblo con un número tan pequeño. Por algo dice Dios a través del profeta Zacarías: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu.” (Zc 4:6).
Quedarse con ese pequeño número de soldados, cuando pudo haber contado con treinta y dos mil, fue una prueba extraordinaria para la fe de Gedeón. Pero Dios le aseguró que con esos escasos trescientos hombres –que representaban a todos los que en Israel no habían doblado sus rodillas ante los baales- él salvaría a su pueblo de sus invasores. Éste es un caso en que se aplica muy bien la frase de Jesús: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.” (Mt 20:16; 22:14).
Por la noche, mientras sus hombres permanecían ocultos en lo alto de la montaña que se cierne sobre el valle de Jezreel, Dios ordenó a Gedeón que descienda con un ayudante al campamento de los madianitas y sus aliados a escondidas para oír lo que ellos dicen, porque cuando lo escuche se esforzará su fe. (Jc 7:9-12). Un hombre contaba a su compañero el sueño que había tenido. Vio que un pan de cebada vino rodando y se estrelló contra una tienda de los madianitas, desbaratándola y haciéndola caer. (Consideremos, de un lado, lo pequeño del pan, y del otro, la fortaleza de la tienda de campaña bien armada). El otro, inspirado sin duda por Dios, interpretó el sueño en el sentido de que el Todopoderoso los había entregado en manos de Gedeón (v. 13,14). Al escuchar eso la fe de Gedeón se vio fortalecida, porque se dio cuenta de que sus enemigos le tenían miedo, y presentían que Dios respaldaba a los de Israel. Cuando volvió a su campamento levantó a sus hombres diciéndoles que Dios había entregado a los miles del ejército de Madián en sus manos (v. 15).
Enseguida –no sabemos si por iniciativa propia, o porque Dios se lo sugirió- concibió una estrategia inédita: Repartir a sus hombres en tres escuadrones, dándole a cada uno una trompeta y un cántaro de arcilla vacío, en el que había una tea ardiendo, y ordenándoles que imiten lo que él iba a hacer. ¿Estaba fuera de sí Gedeón? ¿Qué pensaba hacer con esas supuestas armas? (Nota 1)
A una señal suya, cuando cambiaba la guardia de los madianitas, y la mayoría de ellos estaba profundamente dormida, todos rompieron sus cántaros para que se viera la tea ardiente, y tocaron sus trompetas gritando: Por Dios y por Gedeón (v. 17-20). Y se mantuvieron firmes en sus puestos sin moverse.
Al oír el estruendo y ver las teas ardiendo los madianitas entraron en pánico, creyendo que los atacaba una multitud, y echaron a correr hiriéndose con sus espadas unos a otros (v. 21,22).
Entonces, avisados por Gedeón, los de las tribus vecinas los persiguieron cuando huían y los diezmaron (v. 23). Avisaron también a los de Efraín diciéndoles que tomaran los vados del Jordán para impedir su paso. Los de Efraín así lo hicieron y mataron a dos de los líderes principales de los invasores, a Oreb (“cuervo”) y Zeeb (“lobo”), y trajeron sus cabezas para presentárselas a Gedeón, como era usual entonces (v. 24,25; cf 1Sm 17:54).
Sin embargo, los de la tribu de Efraín se indignaron porque Gedeón no los había convocado desde el inicio de la guerra. Lo tomaron como una señal de menosprecio y como una manera de impedir que el mérito de la victoria fuera también de ellos. Pero Gedeón, diplomáticamente, aplacó su ira con palabras amables (“La blanda respuesta quita la ira” dice Pr 15:1) diciéndoles que lo que ellos habían hecho al capturar a los dos capitanes de los madianitas valía mucho más de lo que él había hecho (8:1-3). Se empequeñeció ante sus ojos y los engrandeció a ellos. ¿Quieres caerle bien a la gente? Ya sabes cómo. Levántalos y tú achícate.
Gedeón pasó el Jordán con sus trescientos hombres (nótese que ninguno de ellos había muerto en medio de tanta matanza, porque Dios los había preservado), ya que quería apresar a Zeba y Zalmuna, reyes de Madián. Llegó a Sucot y pidió a sus habitantes que les dieran provisiones para sus soldados que estaban cansados y desfallecían, pero se negaron, e hicieron escarnio de ellos. En respuesta Gedeón les dijo que cuando hubiera capturado a los dos reyes –algo de lo que él estaba enteramente seguro- se vengaría cruelmente de ellos (8:4-7).
Igual pasó con los habitantes de Peniel –donde Dios se había aparecido a Jacob, Gn 32:30- a quienes igualmente les aseguró Gedeón que se vengaría de su mezquindad cuando volviera victorioso (Jc 8:8,9).
Zeba y Zalmuna huían con los quince mil hombres que les quedaban (de los ciento treinta y cinco mil que tenían al comienzo), asolando según Rashi –comentarista judío del Medioevo- los territorios de Rubén, de Gad y de la media tribu de Manasés. Gedeón, con sus trescientos hombres, los atacó de noche cuando estaban desprevenidos, y capturó a los dos jefes, espantando a todo su ejército (v. 10-12).
Gedeón regresó entonces a Sucot y les presentó a los pobladores a los dos reyes que había capturado, y que perseguía cuando los ancianos de la ciudad le negaron alimentos, burlándose de él. Tomó entonces a los setenta y siete ancianos, cuyos nombres había obtenido de un muchacho de la ciudad, y los castigó públicamente, azotándolos con espinos y abrojos del desierto, tal como había anunciado (v. 13-16).
Fue luego a Peniel, y derribó su torre y mató a los habitantes de la ciudad. ¿Por qué su castigo fue más severo que el inflingido a los de Sucot? No sabemos, aunque quizá fue porque ofrecieron resistencia (v. 17). En ese tiempo la gente era feroz en sus reacciones. No había lo que hoy día conocemos como “derechos humanos” que, dicho sea de paso, son un producto del cristianismo. (2)
Luego encaró a Zeba y Zalmuna y les pidió que describieran a las personas que habían matado en Tabor. Por la descripción que hicieron de sus víctimas Gedeón se dio cuenta de que habían matado a sus hermanos (v. 18,19). Él ordenó entonces a su hijo Jeter, que era todavía un muchacho, que los mate como vengador de la sangre de sus parientes (Nm 35:9-21), pero el joven no se atrevió a matarlos a sangre fría (Jc 8:20). Un sano instinto, infrecuente en esa época, lo retuvo.
Pero lo dos jefes de Madián le dijeron a su captor: Mátanos tú, y así hizo Gedeón. ¡Qué salvaje era la gente en ese tiempo, antes de la venida de Cristo, y qué poco valor le daban a la vida humana! A Zeba y Zalmuna no les interesaba conservar la vida puesto que habían sido derrotados y capturados, y Gedeón no tuvo escrúpulos en vengarse de ellos, aunque eran sus prisioneros. (3)
Los israelitas dijeron entonces a Gedeón: Sé tú nuestro rey, y séanlo después de ti tus descendientes, puesto que nos has librado de Madián. Pero Gedeón se negó: Sea Jehová vuestro rey; ningún otro debe ser rey en Israel (v. 22,23). Este es el primer intento que se registre de adoptar la monarquía como forma de gobierno en Israel. Pero su respuesta nos muestra la rectitud de sus sentimientos.
Entonces Gedeón les hizo una petición: Que cada uno le diera los zarcillos de oro que habían tomado de los madianitas como botín (que eran ismaelitas, anota el texto de paso), y se los dieron de buena gana. El peso de los zarcillos fue de mil setecientos siclos de oro (v. 24-26), “Y Gedeón hizo con ellos un efod, el cual hizo guardar en su ciudad de Ofra; y todo Israel se prostituyó tras de ese efod en ese lugar; y fue tropezadero a Gedeón y a su casa.” (v. 27). Posiblemente lo colocaron en algún lugar destacado como un memorial de las victorias obtenidas. Pero es probable que pronto lo convirtieran en un ídolo y empezaran a adorarlo, o lo usaran como un oráculo para adivinar el futuro. (4)
Derrotado Madián no volvió a levantar cabeza, y la tierra gozó de paz durante cuarenta años gracias a esta victoria (v. 28). (5)
Sin aspirar a ningún honor grande Gedeón volvió a su casa a vivir tranquilo, como había vivido antes, amado y respetado por todos, salvo que tuvo setenta hijos, porque tuvo muchas mujeres, con lo cual violó la ley de Dios. Tuvo además un hijo de una concubina que vivía en Siquem, al cual puso el nombre de Abimelec (que significa “mi padre un rey”), el cual fue la ruina de su familia. Gedeón vivió hasta edad avanzada y “fue sepultado en el sepulcro de Joas, su padre, en Ofra de los abiezeritas.” (v. 29-32).
Quizá debido al grave desvío del pueblo ocasionado por el efod de oro que mandó hacer Gedeón, el fin de su historia no es muy feliz que digamos, pues dice el texto: “Aconteció que cuando murió Gedeón, los hijos de Israel volvieron a prostituirse yendo tras los baales, y escogieron por dios a Baal-berit. Y no se acordaron de Jehová su Dios, que los había librado de todos sus enemigos en derredor; ni se mostraron agradecidos con la casa de Jerobaal, el cual es Gedeón (como puede verse en el capitulo siguiente de Jueces), conforme a todo el bien que él había hecho a Israel.” (v. 33-35). Así es de ingrato el corazón del hombre. Pero ¿somos nosotros mejores? ¿Quién puede decirlo con franqueza?
Notas: 1. ¿Qué significan esos tres elementos? La antorcha es la luz de la verdad; el cántaro que debe romperse son los obstáculos que impiden que la luz brille en todo su esplendor; y la trompeta es el valor con que la verdad debe ser proclamada (cf Ef 6:19,20).
2. En la mayoría de los países no cristianos del oriente no se conocían los derechos humanos hasta mediados del siglo XX, y si ahora los han adoptado, es por presión internacional, pero son extraños a su cultura.
3. El salmo 83:11 recuerda este hecho de sangre, junto con la muerte de Oreb y Zeeb.
4. El efod era la prenda usada por el sumo sacerdote para oficiar en el templo. Llegaba hasta la altura de la cadera y era hecho de lino fino, bordado con hilos de oro, azul y púrpura. A la altura del pecho se colocaba el pectoral que contenía el Urim y el Tumim, que eran usados para recibir instrucciones del Señor (1Sm 21:9).
5. El número cuarenta juega un papel muy especial en la historia del pueblo de Israel y en ambos testamentos. Cuarenta años duró la peregrinación del pueblo de Israel en el desierto, antes de entrar a la tierra prometida (Nm 14:33); cuarenta días y cuarenta noches estuvo Moisés en el Sinaí, cuando el Señor le entregó las tablas de la ley (Ex 24:18); cuarenta días y cuarenta noches ayunó Moisés intercediendo para que el Señor no destruyera al pueblo a causa del becerro de oro (Dt 9:18); cuarenta años cada uno juzgaron a Israel Otoniel, Barac y Gedeón (Jc 3:11; 5:31; 8:28); el sacerdote Elí juzgó también a Israel cuarenta años (1Sm 4:18); Saúl gobernó cuarenta años a Israel (Hch 13:21); David y Salomón gobernaron cada uno cuarenta años (2Sm 5:4; 2Cro 9:30); cuarenta días ayunó Jesús en el desierto (Mt 4:2), siendo tentado por el diablo (Lc 4:2); durante cuarenta días se apareció Jesús resucitado a sus discípulos antes de ascender al cielo (Hch 1:3). Cuarenta años es la duración de una generación.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#791 (11.08.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


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