jueves, 11 de febrero de 2010

LA SAMARITANA II

Este segundo artículo sobre la samaritana está también basado en una charla radial que a su vez estaba basada en la prédica del Ps. John Osteen mencionada la semana pasada. En este caso, sin embargo, mi contribución personal es mayor que en el primer artículo.

En la charla anterior hablamos de cómo Jesús, atravesando Samaria, encontró junto al pozo de Jacob, en el pueblo de Sicar, a una mujer que había ido a sacar agua (Jn 4:1-42). Y de cómo Jesús empezó a hablar con ella, pese a que Él era judío y ella samaritana. Vimos cómo Jesús le habló de un agua viva que Él podía darle y que si ella bebía de esa agua nunca volvería a tener sed. Le estaba hablando metafóricamente del agua viva que en otra parte dijo que Él habría de dar a todo aquel que creyera en Él (Jn 7:38).

Y narramos cómo la mujer le dijo: Dame de beber esa agua, y cómo ese pedido encarna la sed que tiene la humanidad de ser salvada del pecado y sus consecuencias. Esa mujer era muy desgraciada, ciertamente. Se había divorciado cinco veces. Yo no sé si ustedes conocen a alguien, hombre o mujer, que se haya divorciado tantas veces y sea feliz. Divorcio es lo mismo que fracaso y nunca ocurre sin que haya sufrimiento de ambas partes y de los hijos. Pero el divorcio para los judíos y los samaritanos era algo mucho peor para una mujer que para un hombre. No era como entre nosotros ahora una sentencia judicial en que uno de los cónyuges, o ambos de común acuerdo, solicitan y que no conlleva deshonra. No. Entonces el divorcio era un estigma para la mujer. De hecho, no se llamaba divorcio, sino repudio. Cuando un hombre quería separarse de su mujer le daba una carta de repudio, esto es, de rechazo. Y eso bastaba para deshacerse de ella. Era una decisión inapelable.

Esta mujer había sido rechazada por cinco maridos sucesivos. No sabemos por qué causa, si por culpa de ella o de los hombres con los que se había casado. Pero lo cierto es que, como consecuencia, ella era mirada como una mujer devaluada, descastada, deshonrada. Y ahora simplemente vivía con un hombre que no era su marido legítimo, quizá porque ya nadie se quería casar con ella. Si alguna vez tuvo algún atractivo físico ya lo había perdido posiblemente. Jesús, aunque nunca la había visto antes, sabía todo eso. Conocía toda su vida. Ella no necesitaba contársela. Pero Él quería tocar su corazón; quería hablarle precisamente de su vida; quería que ella reconociera la condición en que se hallaba. Pero, fíjense, no le reprocha: “Oye ¿Por qué estás viviendo con un hombre que no es tu marido?”. No, no la acusa. Todo lo contrario. La trata con delicadeza, la trata con la cortesía que se debe a una dama. Quizá ya nadie la trataba como a una dama, sino como a una cualquiera. Pero Él no. Él le habla con gentileza. Sabe que ya no está casada, pero le dice: “Llama a tu marido”. No la humilla. Quería que ella reconociera por sí misma su propia condición.

¡Qué distinto es el mundo! ¡Qué distinto se porta la sociedad con los caídos! La sociedad levanta un dedo acusador contra los descarriados; se ensaña con ellos. Jesús sabe cuánto debe haber sufrido esa mujer por haber sido rechazada, abandonada por cinco maridos, uno después de otro. Sabe que ella es infeliz y se compadece de ella.

¡Qué contraste entre los hombres y Dios! Los hombres vemos en el caído lo que es vergonzoso. Dios ve un alma que puede ser salvada. Nosotros vemos a un ser despreciable; Dios ve a alguien que necesita ayuda. Nosotros vemos lo que hay de odioso en él; Dios ve lo que tiene de amable, esto es, digno de ser amado, lo que hay de bueno en él o en ella. ¡Cuán distinto es Dios del mundo!

Y cuando ella se da cuenta de que Él sabe toda su vida, que no hay nada que pueda ocultarle, ella comprende que la persona con quien habla es un ser especial y le dice: Señor, me parece que eres profeta.

Ahí quería llevarla Jesús. Quería que ella reconociera su condición de pecadora y que comprendiera que Él tenía algo decisivo que darle, algo que era mucho más valioso que el agua que se recoge en un balde.

Y eso quiere Jesús también que nosotros hagamos: Quiere que comprendamos que Él sabe todo acerca de nuestras vidas, que no hay nada en nosotros que podamos ocultarle, y que, sea lo que sea lo que nosotros hayamos hecho, Él nos ama a pesar de todo y quiere salvarnos. No ve en nosotros lo que nos avergüenza. Ve la imagen y semejanza de Dios en nuestras almas. Ve el potencial de bien que hay en nosotros. No el mal que hemos hecho.

Esa mujer entonces le dice: Yo sé que ha de venir el Mesías y que cuando Él venga, nos dirá todas las cosas que deseamos saber. Esa mujer de vida desarreglada, que nosotros creeríamos que no tiene ningún pensamiento de Dios, esa mujer espera al Mesías. Espera al Salvador. Ella tiene esa esperanza.

Es que, contrariamente a lo que nosotros solemos suponer, los pecadores, los que están alejados de Dios, no son felices en su situación. Tienen un ansia, quizá inconsciente pero profunda, de algo mejor. Buscan algo que ignoran pero que presienten. Tienen una sed espiritual. Tienen un vacío dentro que sólo Dios puede llenar.

Y a veces lo buscan equivocadamente, lo buscan donde no se halla. Por eso están llenos los locales de las sectas, los conventículos esotéricos. Es gente que busca a Dios donde no se encuentra, pero desean hallarlo.

Y he aquí que entonces sucede algo maravilloso. Sabemos que Jesús ocultó su identidad de Hijo de Dios al mundo hasta el final de su vida pública. A los demonios que sabían quién era Él, les ordenaba que se callaran. No quería que el mundo lo supiera. Pero se revela a ella: El Mesías que tú esperas, soy yo, el que habla contigo. No se reveló a ningún personaje importante, a ningún rey o maestro de la ley. Pero sí se descubre ante esa mujer indigna y humillada, ante esa pecadora.

Recordemos que Él dijo en otro momento: “Yo te alabo Padre, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños.” (Mt 11:25). A los pobres, a los ignorantes, Él les revela cosas que los sabios ni sospechan.

Él hizo todo un viaje para buscar a esta mujer, porque sabía que ella tenía necesidad de Él, y que ella estaba dispuesta a recibir su ayuda. Así es Jesús. Él sabe que la humanidad tiene necesidad de alivio, tiene necesidad de paz, y Él quiere dárnosla. Por eso Él dijo: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré, yo os haré descansar.” (Mt 11:28).

Y por eso va a buscar a esa mujer en Sicar, desafiando el calor y el camino áspero. Por eso le habla cuando no estaba bien visto que lo hiciera. Por eso va Él a todas partes donde hay un pecador con el corazón dispuesto a escucharlo.

Sí, por eso viene Él a Lima, por eso va Él a Huancayo. Por eso va Él a Arequipa, al Cuzco, a Lurigancho, al penal San Jorge. Por eso va Él a todas partes. Para eso su Espíritu recorre el mundo entero, en busca de pecadores dispuestos a arrepentirse, a ser renovados interiormente, a ser regenerados, a empezar de nuevo.

Para eso vino Él al mundo, para eso se ha quedado entre nosotros hasta el fin de los tiempos. Y todo el que tenga necesidad de Él puede hallarlo.

Esta mujer, que había ido a llenar su cántaro con agua, lo encontró cuando ni siquiera se imaginó que podría hallarlo. ¡Y cómo habrá sido la revelación que ella tuvo cuando Él le dijo: Yo soy el Mesías. ¡Cuál habrá sido su deslumbramiento, que en un impulso súbito, dejó su cántaro de agua y se fue corriendo al pueblo gritando excitada: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho! ¿No será el Mesías? ¡Vengan, vengan a ver a este hombre.”! (Jn 4:29).

Y de esa manera, esta mujer pecadora, despreciada, se convierte en la primera predicadora del Evangelio, la primera evangelista, porque dice Juan unos párrafos más abajo que los habitantes de la ciudad creyeron por su palabra. Nadie antes que ella había hablado a las gentes de Jesús. Ella lo hizo incluso antes que Jesús enviara a los 72 discípulos de dos en dos a predicar por los pueblos. Una mujer, y no una santa, fue la primera persona que predicó a Jesús. ¿Se dan cuenta? Y lo hizo sin que Jesús se lo pidiera, aunque Él sabía que lo iba a hacer. Lo hizo porque estaba deslumbrada por su descubrimiento, por la chispa de fe que había prendido en su alma.

Justo cuando ella se fue, los discípulos que habían ido al pueblo a buscar comida regresaron y le dijeron: “Maestro, come.” Pero Él contestó: “Yo tengo una comida de la cual vosotros no sabéis nada.” Y ellos se preguntaron: “¿Le habrá dado alguien de comer?” Pero Él les dijo: “Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre.” (Jn 4:32-34).

¡Cuán importante era para Jesús hacer la voluntad de su Padre que Él la llama comida! ¡Y dejó todo por cumplirla! Él se alimentaba de hacerla.

¿Cuál era la voluntad de su Padre? Lo que estaba Él haciendo en ese momento: Salvar a la gente extraviada, tocar a los desgraciados, a los afligidos, aliviarlos, sanarlos.

“Yo he venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido, y no son los sanos sino los enfermos los que tienen necesidad de médico.” (Mt 18:11; 9:12).

Y nosotros ¿qué hacemos? ¿Cumplimos la voluntad de nuestro Padre? ¿Es tan importante para nosotros que por cumplirla nos privamos de alimento si fuera necesario? Esa voluntad no ha cambiado. Sigue siendo la misma que hace dos mil años. Y Jesús nos ha mandado a predicar el Evangelio. Él nos ha dado ese mandato. Nos lo ha dado a todos sus discípulos. No sólo a unos cuantos. Nos lo dio a todos. Y nos mandó a sanar enfermos, a expulsar demonios, a buscar y a salvar lo que estaba perdido; a aliviar, como Él había hecho, las necesidades de nuestros semejantes.

A dar de comer al hambriento, como Él lo hizo. A socorrer a las viudas y a los huérfanos; a visitar a los encarcelados. ¿Y qué cosa oiremos en el día del juicio? ¿Venid benditos de mi Padre?, o ¿apartaos de mí, malditos? ¿De qué lado estaremos: a su derecha o a su izquierda?

¿Sustentamos al hambriento, o no lo hicimos? ¿Dimos de beber al sediento, o no lo hicimos? ¿Fuimos a visitar enfermos, o no lo hicimos? Fíjense que no se trata sólo de hambre, o sed o de enfermedades materiales, sino también de carencias espirituales. ¿Hemos aliviado las necesidades de nuestros semejantes? Porque no hay fe que salve si no se manifiesta en obediencia a los mandatos de Jesús. Él lo dijo bien claro: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.”(Mt 7:23).

Y he aquí que mientras Jesús está hablando con sus discípulos viene hacia Él la multitud de los habitantes del pueblo. Y Él comenta con sus discípulos: “Vosotros decís que faltan cuatro meses para la cosecha” porque era finales de marzo o comienzos de abril y faltaban, en efecto, cuatro meses para la siega. Y agrega: “Alzad los ojos y mirad los campos que están blancos para la siega.” Ahora es la cosecha. Esa multitud que viene hacia Él son los campos blancos para la siega. (Jn 4:35).

Esa humanidad necesitada de Dios es el trigo ya maduro que Dios quiere que cosechemos. Ahí está listo para que nosotros lo seguemos. Hoy día. No mañana.

No hay que esperar mejor oportunidad, cuando la ocasión se presenta. Hoy es el día de salvación. Hoy tenemos que hablar al amigo que está en problemas, al hermano que está enfermo, a la madre abandonada que pasa necesidad.

Cuando alguien viene a tocar tu puerta y te pide un pedazo de pan, ahí está la cosecha. Cuando viene alguien a pedirte un favor, un consejo, ahí está la cosecha.

¿Cómo le hablas? ¿Lo despides de mala manera? “Ya, ya ocioso, vete a tocar otra puerta.” ¿O lo acoges y le preguntas: qué necesitas? ¿Te interesas por su problema? ¿Tratas de discernir si es verdad lo que te relata, o si es un cuento? Y si te parece sincero ¿tratas de ayudarlo? Y si te parece que miente ¿no le dices, al menos, que Jesús lo ama y quiere salvarlo?

No nos engañemos. Jesús nos ha dado un mandato y Él nos pedirá cuentas de cómo lo cumplimos: “Porque tuve hambre y me diste de comer, y tuve sed y me diste de beber; estaba desnudo y me vestiste.” (Mt 25:35,36).

¡Ah! ¡Feliz tú si alguna vez lo hiciste! ¡Desgraciado tú si te has negado siempre a hacerlo!

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LA SAMARITANA I

Hace 20 años yo me alimentaba con las prédicas del pastor John Osteen, fundador de Lakewood Church en Houston, que recibía regularmente en cassette. Este artículo y el siguiente del mismo título son la trascripción de una charla dada en Radio Inca el 22.10.88, que a su vez estaba basada en una de las prédicas de John Osteen que más me habían impactado. Los publico como un homenaje a su memoria.

El Evangelio de San Lucas nos cuenta que Jesús, después de haber sido tentado por el diablo y de haberlo vencido, fue a su pueblo natal, a Nazaret, y entró en la sinagoga, que es como si dijéramos, al templo del lugar. Y ahí, según la costumbre, se levantó a leer un pasaje de las Escrituras. Le alcanzaron el rollo del profeta Isaías y Él escogió el pasaje que dice así:

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar las buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos y a dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año agradable del Señor." (Lc 4:14-21).

Al leer esas palabras en la sinagoga, al comienzo de su vida pública, Jesús estaba anunciando cuál era la finalidad de su venida al mundo. Mucho se discute entre los entendidos, especialmente entre los agnósticos, acerca de la misión de Jesús. Pero he aquí que Jesús, en unas sencillas palabras, lo dijo muy claro:

"El Espíritu del Señor está sobre mí...para anunciar las buenas nuevas a los pobres..." Si tú eres pobre y te falta dinero para comer, si te falta trabajo para ganar el pan de tus hijos; si te faltan los recursos para subvenir a tus necesidades y a las de tu familia, mira, Jesús te dice: Yo he venido para traer la solución a tus problemas; yo tengo el poder que te permitirá encontrar lo que necesitas; yo sé cuál es tu necesidad y puedo ayudarte.

El Espíritu del Señor... "me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón...". Si tu corazón está quebrantado, si tienes una gran pena, Jesús ha venido para consolarte, para darte sosiego. Él no está lejos de ti, sino cerca de tu corazón humillado. Vuélvete hacia Él.

El Espíritu..."me ha enviado a pregonar libertad a los cautivos". Si tú estás preso en la cárcel, injusta o merecidamente, para Él no hay diferencia. Él ha venido a darte libertad; la libertad interior y la libertad exterior. Él ha venido para sacarte de esa situación.

Si tú estás preso de algún vicio, de un mal hábito, Él tiene el poder de libertarte de esa atadura; Él tiene la fuerza que necesitas para sobreponerte y salir adelante.

Tú quizá te digas: ¿Cómo se va a interesar Jesús por mí si yo he cometido ese crimen, si yo he hecho esto malo o lo otro; si yo no soy bueno, si yo me desprecio a mí mismo. Pues si tú eres eso que dices, tú eres justamente la clase de gente que a Él le interesa, la clase de gente por la cual Él vino al mundo. Él no vino por los santos; no vino por los buenos. Vino por los indignos, por los despreciados, por los pecadores. En verdad, Él está más atraído por la miseria humana que por nuestros méritos.

Jesús en ese pasaje habla del mundo que sufre, del mundo que llora, del mundo que tiene penas, del mundo de los oprimidos. Él ha venido a invadir con su amor el mundo de los que sufren. Él está interesado en la gente desesperada, que ya no puede más. Él busca a la gente que está en el fango, en el arroyo, que ha descendido a lo más profundo de la vileza humana. No hay bajeza que a Él lo espante o lo escandalice, porque Él conoce el corazón humano. No hay envilecimiento que Él no pueda restaurar.

Ah, si tú eres uno de esos, que tu alma se llene esperanza. Jesús ha venido por ti.
Él dijo: "El diablo no ha venido sino para robar, matar y destruir, pero yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia." (Jn 10:10) El enemigo de nuestra alma está empeñado en hacer desgraciada a la gente, en romper hogares, en dividir a las familias, en atraer a los jóvenes a los malos caminos y destrozar sus vidas, en esclavizar a los hombres con el hechizo de los vicios y de las drogas. Pero Jesús vino a destruir esa obra del maligno. Él vino a reconciliar a los que están de pleito, a consolar a los que sufren, a liberar a los enviciados, a devolver la dignidad a los que la han perdido.

Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Tal como hacía cuando vino a Galilea hace dos mil años, sigue Él actuando hoy en día.

El episodio de la samaritana que narra el Evangelio de San Juan en su 4to. capítulo es un claro ejemplo de cómo actúa Jesús en el caso de las personas que han tenido grandes caídas. Él no se escandaliza por esa clase de gente. No la desprecia.

La samaritana era una mujer con grandes problemas, una mujer había tenido cinco maridos y el hombre con el que ahora vivía ni siquiera era su marido. Era una mujer como esa de que habla la canción gitana, que es como la moneda de cobre, que rueda de mano en mano pero ninguno se la queda. Una de esas mujeres que la gente desprecia. Pero noten lo siguiente: ¿Hay algún pasaje en los Evangelios que narre el encuentro de Jesús con una mujer del gran mundo, con una señora elegante? ¿Conoce alguien ese pasaje? Nadie lo conoce porque no existe.

En lo que respecta a mujeres los Evangelios narran los diálogos que tuvo Jesús con una pecadora pública, a quien nadie invitaría a su casa; con una samaritana, perteneciente a un pueblo al cual los judíos despreciaban; con una mujer pagana de Sidón, habitante de una ciudad idólatra; con una viuda que había perdido un hijo, y por tanto, desamparada; y con las hermanas de Lázaro que había muerto, que habían sufrido una gran desgracia.

Dice el Evangelio de San Juan que Jesús partió de Judea para ir a Galilea, que queda al Norte, y que tenía que pasar por Samaria. ¿Porqué tenía que pasar por Samaria, si podía haber escogido la ruta más fácil por el Jordán, que era más llana? Sin embargo Él escogió el camino escarpado y fatigoso por las montañas de Samaria. No sabemos por qué, pero quizá por que Él tenía que llegar al pueblo de Siccar, para encontrarse con esa samaritana.

Aunque ella no lo sabía, Él tenía una cita con ella e iba a llegar al pueblo justo cuando ella salía a buscar agua en el pozo, y allí la encontraría. Así era Jesús. Es como si Él se hubiera dicho: Yo tengo que ver a esa mujer desgraciada. Y hoy Él se dice: Yo tengo que ver a ese delincuente; yo tengo que hablar con ese drogadicto; yo tengo que buscar a ese borracho; yo tengo que rescatar a ese ladronzuelo. Tengo que visitar a ese enfermo desahuciado, a esa madre desesperada, a ese huérfano abandonado.

Jesús le dice: “Dame de beber.” Y la mujer le contesta: ¿Cómo tú, siendo judío, me hablas a mí que soy samaritana? Jesús era judío y los judíos despreciaban a los samaritanos; no se hablaban, estaban de pleito.

Y tu quizá te preguntes: ¿Cómo así me va a buscar Jesús, si yo estoy lejos de Dios? ¿Si nunca voy a la iglesia? ¿Si yo más bien, ando por los antros de mala vida, frecuento las cantinas, me paso el día entero en un hueco, volando?

Es que Jesús rompe todas las reglas, todas las convenciones, para ir a buscar a los que están perdidos. Él vino al mundo para eso, y para eso sigue viniendo aún todos los días.

Y Jesús le responde a la mujer: "Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él y Él te daría agua viva?" A veces Jesús nos llama, pero no le hacemos caso, no le damos importancia. ¡Si supiéramos lo que Él puede hacer por nosotros!

Y la mujer se sorprende y le contesta: ¿Cómo me vas a dar agua tú a mí, si no tienes balde ni soga para sacarla del pozo?

Pero Jesús le dice: "Cualquiera que beba de esa agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daría, no tendrá sed jamás."

Es que en todo ser humano hay una sed que ninguna cosa de este mundo puede calmar. Ni el dinero, ni el éxito, ni la posición social, ni las drogas, ni el sexo. Hay un vacío en todo hombre y mujer que sólo Dios puede llenar. Y la mujer le dice: "Dame esa agua" Yo quiero esa agua.

Ésa es la frase de la humanidad dolida, la frase que expresa el ansia por ese algo que sólo Dios puede dar.

Dame esa agua, grita el encarcelado, quiero salir de Lurigancho.

Dame esa agua, dice el desesperado, quiero que soluciones este conflicto.

Dame esa agua, dice el marido que abandonó su casa, quiero que mi mujer me perdone, quiero amistar con ella.

Dame esa agua, dice la mujer golpeada, yo quiero que mi marido no siga bebiendo y no me siga pegando.

Dame esa agua, dice la prostituta, no quiero seguir vendiendo mi cuerpo.

Dame esa agua, dice el drogadicto, no quiero seguir drogándome.

Dame esa agua, dice el enfermo, no aguanto más este dolor.

Dame esa agua dice el desdichado, no soporto tanto sufrimiento.

Jesús antes de morir, dijo en la cruz: “Tengo sed”. (Jn 19:28) El padeció una sed terrible, para que la humanidad no tuviera que padecerla. El sufrió la sed de todos los seres humanos, para poder calmarla. Sufrió sed por todas las almas que Él quiere salvar, y para que ellas no tengan necesidad de sufrirla en el infierno de esta vida, o en el infierno que está más allá de la tumba.

El sufrió la sed que tú tienes ahora y que tú no tienes necesidad de sufrir, porque él ya sufrió esa sed por ti.

Búscalo a Él, cuéntale tus desdichas, háblale de tus penas.

Él te escucha. Él te comprende. Él está a tu lado y quiere que le hables.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a hacer una sencilla oración como la que sigue, entregándole a Jesús tu vida:

“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo y quiero recibirlo. Yo me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, y entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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lunes, 1 de febrero de 2010

AGRADECIMIENTO III

En nuestra charla anterior hablamos acerca de cómo Dios tiene el mundo bajo su control y cómo, en consecuencia, nada puede ocurrir al hombre sin que Dios lo quiera o lo permita. Eso es lo que su palabra afirma.

Pero entonces, preguntamos, si nada ocurre sin que Dios esté involucrado ¿quiere eso decir que nuestras enfermedades vienen de Dios, y que, cuando nos enfermamos, debemos aceptar la dolencia y el sufrimiento que nos causa sin resistir?

Preguntamos también si es Dios el único origen de todas las cosas buenas y malas que ocurren en el mundo y que nos suceden a nosotros, o si hay otras causas detrás de los males que nos afligen.
El tema es muy vasto y complejo y voy a tratar de cubrir lo esencial en el curso de esta corta charla. En primer lugar, es cierto que todo lo que ocurre, sea bueno o malo, viene en última instancia de Dios. Pero no siempre es Dios el origen inmediato de lo que ocurre en el mundo.
Muchas cosas ocurren porque nosotros, los hombres, las hemos causado. Si yo, por ejemplo, subo a mi automóvil borracho y choco, no puedo echar la culpa del accidente a Dios. Yo soy responsable del choque, aunque Dios haya permitido que ocurra. El hubiera podido, es verdad, impedir que yo choque, y nosotros no sabemos con qué frecuencia Dios interviene para librarnos de sufrir las consecuencias de nuestras imprudencias. ¿Por qué unas veces nos salva y otras no? Eso es algo que quizá un día en el cielo sabremos.
Si yo me dedico a comer en exceso alimentos muy pesados, no puedo echarle la culpa a Dios si me enfermo del estómago. Yo soy el responsable de esa enfermedad.
Pero no todos los males que afligen al hombre son consecuencia de sus propios actos. Pueden ser consecuencia de actos o de omisiones ajenas. En muchos casos resultan de circunstancias en las que no hay responsables identificables, o cuyas causas son para nosotros impenetrables. Sin embargo, detrás de todas las circunstancias y de los factores humanos, en última instancia son el demonio y sus huestes, que actúan en la sombra, los causantes de los males que afligen al hombre.
Hay muchas personas, y hasta teólogos hoy día, que niegan la existencia del diablo como un ser personal. Dicen que es un mito mediante el cual en el pasado el hombre trataba de explicarse la presencia del mal en el mundo, y añaden que en nuestra época ilustrada y científica ya no es dable permanecer aferrados a esa concepción pre-científica superada. Debemos descartar, afirman, toda intromisión de lo sobrenatural en la realidad física, porque lo sobrenatural no existe.
Sin embargo, no se puede estar parado en la palabra de Dios y negar al mismo tiempo la existencia del diablo, porque la revelación divina la afirma. Jesús habló muchas veces explícitamente del demonio y en muchas ocasiones expulsó al espíritu maligno de una persona. No podemos decir que Él era víctima de concepciones míticas. Tampoco se puede sostener, como hacen algunos, que Él condescendió a adaptarse a la mentalidad de su tiempo y adoptó a ella su lenguaje. Eso haría de Él un mentiroso. Él sabía muy bien lo que hacía y lo que decía, y dijo claramente en el Evangelio de Juan: "El enemigo -esto es, el demonio- no ha venido sino para robar, matar y destruir". (Jn 10:10). Ahí Él no está hablando de ningún producto de la imaginación popular, sino de una realidad muy presente en nuestras vidas contra la cual Él vino a luchar.
Satanás ha intervenido en la historia humana desde el comienzo de la creación. Como consecuencia de su rebeldía, Adán cedió a Satanás el señorío sobre la tierra que Dios le había otorgado. Desde entonces Lucifer y sus huestes por envidia tratan de mil maneras de hacer daño al hombre y de apartarlo de Dios.

En el poema de Job hemos visto cómo Dios otorga permiso a Satanás para que después de haber hecho perecer a los hijos de Job y que le arrebaten su fortuna, le permite tocar el cuerpo del patriarca, pero respetando su vida. Como consecuencia, Job se enferma de sarna (Jb caps 1 y 2).
En el episodio en que Jesús sanó a una mujer que vivía encorvada y los fariseos le reprocharon que sanara en sábado, Jesús les preguntó si no era justo liberar, aun en el día de reposo, a una mujer que había vivido 18 años oprimida por el diablo (Lc 13:16).

Pero hay casos en que las Escrituras dicen que es Dios el causante directo de la enfermedad de un hombre, a quien castiga de esa manera por un grave pecado. Eso ocurrió, por ejemplo, con Herodes Agripa, en el libro de los Hechos, a quien un ángel del Señor tocó y que murió en medio de horribles dolores, por haberse atribuido el honor que sólo se debe dar a Dios (Hch 12:23). O con el rey Uzías, en el libro de Crónicas, que enfermó de la lepra por haber usurpado en su soberbia el papel de sacerdote en el templo (2Cro 26:16-21).

Es muy difícil discernir en qué forma se conjugan los diferentes factores que intervienen en las enfermedades. Si es Dios que prueba o que castiga al hombre, o si es Satanás quien lo aflige con el permiso de Dios, o si es el propio hombre quien se ha acarreado con sus propios actos la enfermedad que lo atormenta. Nosotros no podemos penetrar en la mente de Dios. Si, como el libro de Proverbios afirma, no podemos siquiera seguir el rastro en el aire del águila que vuela ¿cómo podríamos saber algo mucho más complejo, como es la forma en que esos tres factores que he mencionado se conjugan para causar la enfermedad? (Pr 30:19).

Pero sí podemos estar seguros de tres cosas: Una es que las causas naturales que originan la enfermedad, esto es, los microbios, las bacterias y virus, así como el desgaste natural del cuerpo, sólo obran o existen a causa del pecado. Sin el pecado original -esto es, sin la corrupción de la naturaleza que trajo la caída de Adán- no habría enfermedad ni muerte en el mundo. Las bacterias, microbios y virus que hubiera sólo ejercerían una influencia beneficiosa. El hombre no moriría y viviría sano.

De otra parte, como lo sugiere la orden dada a Adán antes de la caída, de comer sólo lo que la flora le ofrezca (Gn 1:29), según el proyecto original de Dios el hombre sería vegetariano. Hay un pasaje además en Isaías que sugiere fuertemente que en la restauración de todas las cosas al final de los tiempos, los animales no serán carnívoros -esto es, no se comerán unos a otros- sino herbívoros, y no habrá animales venenosos: “Morará el lobo con el cordero y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro, el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará…Y el león como el buey comerán paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el niño destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán ni dañarán en todo mi monte santo, porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová como las aguas cubren el mar.” (Is 11:6-9).

Segundo, Jesús vino al mundo a librar al hombre del pecado y de la condenación eterna. Vino también a liberarlo de la enfermedad. Esto es, Él no sólo "llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" , como dice la primera epístola de Pedro (2:24), sino también, como dice Isaías, "llevó todas nuestras dolencias y nuestras enfermedades" (Is 53:4).

Hay quienes interpretan esta última frase en un sentido espiritual. Se trata de dolencias y enfermedades del alma, afirman. Pero hay un episodio en el Evangelio de Mateo que claramente muestra que se trata de enfermedades del cuerpo. Narra el evangelista que una tarde le trajeron a Jesús muchos enfermos y Él los sanó a todos con su palabra, "para que se cumpliera -noten bien- lo dicho por el profeta Isaías cuando dijo: 'Él llevó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades'". (Mt 8:16,17). La propia Biblia es el mejor intérprete de la Biblia. Ese pasaje despeja toda duda acerca de cómo debe interpretarse esa frase famosa de Isaías.

La tercera cosa es que Dios quiere sanarnos. Hay muchos pasajes de las Escrituras en que se muestra meridianamente cómo es la voluntad de Dios que sanemos de nuestras enfermedades. Un leproso, según narra Marcos, se acercó a Jesús un día y le dijo: 'Si quieres, puedes sanarme'. Jesús le contestó: 'Quiero' y lo sanó. (1:40-42).

En el libro del Éxodo, Dios le dice a su pueblo Israel, cuando camina por el desierto: "Yo soy Jehová tu sanador." (Ex 15:26) En la epístola de Santiago se nos dan las pautas para vencer a la enfermedad: "Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros para que seáis sanados." (St 5:16).

Otra manifestación de la voluntad de Dios de sanarnos es la existencia en la naturaleza de multitud de hierbas y plantas que tienen virtudes medicinales. Esas plantas no existirían ni tendrían esas propiedades curativas si Dios no lo hubiera querido. Si Dios ha provisto en la naturaleza medios para que seamos curados, es porque nuestra salud es su voluntad.

Un hecho indudable permanece, sin embargo, y es que así como Jesús vino al mundo para salvar al hombre de sus pecados, y no obstante, no todos los hombres se salvan, de manera semejante, Jesús ha venido al mundo a librarnos de nuestras enfermedades y, sin embargo, no todos los hombres se sanan.

La razón es que si bien Jesús ha redimido a todos los hombres en principio, para que la salvación provista por Jesús le alcance, cada hombre debe apropiarse de ella individualmente, creyendo en su sacrificio expiatorio. De igual manera, si bien Jesús llevó todas las dolencias de la humanidad en la cruz, cada ser humano personalmente debe apropiarse por fe de la sanidad que Jesús le ofrece.

¿Cómo puede hacerlo? La Biblia explica: Orando sin dudar del poder de Dios, y creyendo en su bondad y en su poder infinitos; reclamando las promesas de salud que contiene la Biblia y saturándose de ellas por la lectura y la meditación.

Por último, hay que tener en cuenta que si hay enfermedades o trastornos que son causados por Satanás sin ninguna otra causa aparente, Jesús nos ha dado autoridad para resistir al demonio y ordenarle que se vaya y que no siga atormentando nuestro cuerpo (Lc 10:19). Esto es algo que todo creyente que tenga un mínimo conocimiento de la palabra de Dios puede hacer, y es un arma muy efectiva contra muchos males, no sólo contra las enfermedades, con que el demonio trata de afligirnos.

Vayamos pues a las Escrituras, estudiemos sus promesas y aferrémonos a ellas para usarlas como armas certeras para deshacer las maquinaciones del demonio contra nuestra salud y nuestras vidas. Recordemos la promesa contenida en Romanos de que frente a todos los ataques del enemigo nosotros “somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.” (8:37).

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NB. El presente artículo fue escrito como texto de una charla radial el 15 de octubre de 1998. Se publica por primera vez.

martes, 19 de enero de 2010

AGRADECIMIENTO II

En nuestro artículo pasado dijimos que nosotros debíamos dar gracias a Dios por todo, incluso por las cosas malas, desagradables, dolorosas, que puedan sucedernos, porque todo en última instancia, procede de Dios, y sin su permiso, nada malo ni bueno puede sucedernos.

Esta afirmación puede quizá llamar la atención, o hasta chocar a alguno, que tal vez se diga: Si yo sufro la pérdida de un ser querido y ésa ha sido para mí una experiencia muy dolorosa ¿Cómo voy a dar gracias a Dios por ella?

Veamos. Nosotros los cristianos ¿no damos acaso gracias a Dios por la muerte de Jesucristo? Sí lo hacemos. Sin embargo, su pasión y su muerte fueron acontecimientos terribles, la más grande tragedia ocurrida en la historia.

En primer lugar porque Jesús era inocente y su muerte fue totalmente inmerecida. Él había pasado sus años en la tierra enseñando y sanando y haciendo el bien a todos los hombres (Hch 10:38). Pero sus enemigos, llenos de celos y odio, lo acusaron injustamente y, en su afán por eliminarlo, lo torturaron de la manera más cruel.

Por último, su muerte fue una gran victoria para el diablo, que desde su nacimiento había tratado de destruirlo. ¿Cómo alabar pues a Dios por un acontecimiento tan terrible? ¿Cómo gloriarnos de que el diablo se saliera con la suya? Sin embargo, nosotros lo hacemos. Sí, agradecemos a Dios por la muerte de su Hijo en la cruz, y lo hacemos con justo motivo, porque mediante su sacrificio Él nos salvó y nos reconcilió con el Padre. Lo cual quiere decir que de su muerte provino un bien mucho mayor que el daño que Él había sufrido. No sólo eso sino que, además, su sacrificio había sido, querido y planeado por Dios desde la eternidad, y había sido aceptado por Jesús.

Entonces, si yo puedo dar gracias a Dios por un acontecimiento tan terrible como la muerte de Jesús ¿cómo no voy a poder dar gracias a Dios por la muerte de alguien cercano a mí, cuya vida vale objetivamente mucho menos que la suya?

Y si Dios fue capaz de sacar un bien de la muerte horrenda de su Hijo, ¿no podrá también sacar un bien de la desaparición que a mí me afecta? Ciertamente puede y quiere y lo hace. Porque todo lo que Dios permite, ocurre para nuestro bien, aunque en primera instancia pueda parecernos un mal. Como dice su palabra: "Todas las cosas colaboran para el bien de los que aman a Dios." (Rm 8:28)

Cuando yo le doy gracias a Dios por una pérdida o por un dolor sufrido, estoy reconociendo que su Providencia está sobre mi vida, que Él todo lo controla y que Él sacará un bien de lo que para mí ha sido ocasión de sufrimiento. Y lo hará tanto más rápido y cumplidamente cuanto más acepte yo lo ocurrido como viniendo de Él y reconozca que su Providencia está obrando a mi favor.

Pablo dice en Efesios que Dios todo lo hace según el designio de su voluntad (Ef 1:11). Es bueno que tengamos esto en mente: Dios gobierna el mundo, todo está en sus manos. Aunque el hombre sea libre y Dios le deje actuar a su capricho, nada ocurre sin que Dios lo quiera. Él puede impedir que el hombre lleve a cabo sus propósitos, o puede cambiárselos, o puede desviarlos. Pero no siempre hace una cosa ni la otra, sino muchas veces deja que el hombre actúe a sus anchas sin impedírselo.

En general, podemos decir que todo el mal que ocurre en el mundo y que es consecuencia del pecado, está controlado por su misericordia. En el mundo vivimos a veces bajo oleadas de maldad desatadas. Las guerras, los regímenes dictatoriales, el terrorismo, el Holocausto, las persecuciones despiadadas, etc., nos dejan la impresión de que el mal triunfa. Pero en realidad, tenemos razones para pensar que Él nunca deja que el mal llegue a su colmo, ni tampoco sus consecuencias. Y en todo esto Él tiene un designio, una intención, y esa intención sólo puede ser buena, porque en Dios no hay ni puede haber sombra de mal. (Véase Sal 103:10; Is 57:16)

Sabemos que Dios manifestó su sabiduría infinita al crear el mundo entero. Él mismo dio su sello de aprobación a lo creado cuando dijo en Génesis: "Y vio Dios que todo lo que había hecho… era bueno en gran manera." (Gn 1:31)

¿Hemos de asumir que al gobernar el mundo Dios manifiesta menos sabiduría que la que empleó para crearlo? ¿Habrá disminuido la sabiduría de Dios? ¿Se habrá gastado? Sería absurdo suponerlo. Dios gobierna el mundo con una sabiduría tan perfecta como la que usó para crearlo. Dios no existiría, no podría existir, si no fuera perfecto e inmutable en sus atributos. El bien de sus criaturas es siempre la meta de sus actos, incluso de aquellos que calificaríamos como expresiones de su ira.

El episodio de la tentación y caída del rey David nos puede ayudar a entender cómo Dios actúa. Cuando David era ya rey incuestionado de todo Israel, respetado y temido por sus enemigos, él no necesitaba ir a la guerra personalmente contra el enemigo como cuando era joven. Ahora enviaba a uno de sus generales (2Sm 11:1).

Un atardecer de verano, mientras descansaba en la terraza de su palacio, vio en el jardín de una casa vecina, a una bella mujer bañándose, cuya belleza enseguida le atrajo. Era Betsabé, la esposa del capitán Urías, uno de sus treinta valientes (v. 3).

Inflamado por la pasión, David la hizo traer esa noche a su palacio, a pesar de que sabía que era casada, y durmió con ella. (v.4)

Cuando posteriormente Betsabé resultó estar en cinta y no de su marido que estaba en el campo de batalla, David, para acallar el escándalo, hizo venir a Urías del frente para que durmiera con su mujer y descansara, y pareciera de esa manera que el hijo que ella tendría era suyo. Pero Urías, quizá sospechando alguna maniobra, se negó a ir a dormir a su casa y pasó la noche con la guardia de palacio (v.8,9,13). A David no le quedó más salida que recurrir a un acto abominable. Para ello dio instrucciones a uno de sus generales para que mandara al fiel Urías a una incursión riesgosa en el frente y lo dejara solo para que el enemigo lo matara (v.15-17). En buenas cuentas, David ordenó arteramente la muerte de Urías por mano ajena.

Dios pudo haber protegido a David de la tentación. O pudo haber desviado sus malos propósitos, para salvaguardar la virtud de Betsabé. O pudo haber salvado a Urías de morir. Pero Dios dejó que David fuera arrastrado por los impulsos de su naturaleza sensual y dejó que las cosas siguieran su curso inevitable. ¿Por qué lo hizo y no intervino? (Nota). No sabemos concretamente, pero es bueno que recordemos que si bien Dios tiene todo bajo su control, eso no quiere decir que él intervenga constantemente en los asuntos humanos, interfiriendo con su libertad.

Posteriormente Dios envió al profeta Natán para echarle en cara su conducta abyecta, y David se arrepintió y lloró amargamente su pecado (2Sm 12:7-13). Sin embargo, Natán le anunció que, como consecuencia de su crimen, la espada nunca se apartaría de su casa y que más tarde habría alguno que se acostaría públicamente con las mujeres de su harén, para humillarlo.
Si a alguno de mis lectores estos pormenores le chocan, será bueno que tenga en cuenta los tiempos en que vivió David, y que él era un rey oriental, y que, como acostumbraban, y acostumbran todavía los reyes de Oriente, él tenía una harén.

Notemos que fue Dios quien ordenó que los infortunios anunciados por Natán ocurrieran a David, pero esos hechos sucedieron a través de acciones libres y autónomas de seres humanos, que actuaban movidos por sus pasiones. Esto es, concretamente, a través de los hijos del propio David. Uno de ellos, Amnón, se enamoró de su media hermana Tamar y la violó. Absalón, hermano de padre y madre de la muchacha, juró vengarla y esperó la ocasión propicia para hacer matar a su medio hermano ¡Cuánto dolor debe haber causado a David este drama familiar, la deshonra de su hija y la muerte de Amnón! (2Sm 13)

¿Fue Dios quien ordenó que Amnón fuera avasallado por una pasión que había de conducirlo a la muerte? En modo alguno. Pero Dios usó la pasión incestuosa de ese príncipe para golpear a David, así como usó el deseo de venganza de Absalón para castigar a Amnón por su mala acción, y dar por ese medio también un nuevo golpe a David.

Dios no ordenó directamente las malas acciones de Amnón y de Absalón, pero sabía que las harían y usó sus malos propósitos para alcanzar los fines que Él se había propuesto, esto es, el cumplimiento de la profecía hecha por Natán de que la espada no se apartaría de la casa de David. Dios es como un espectador que, desde una gran altura, contempla las acciones humanas y las va usando como piezas de ajedrez para sus propias intenciones.

Él sabe todo lo que puede ocurrir. Cuando quiere deja que las cosas sigan su curso, y cuando quiere desvía los propósitos humanos. Todo lo hace de acuerdo a las intenciones secretas de su corazón, que son santas y buenas.
Posteriormente Absalón se levantó en armas contra su padre para derrocarlo. Por algún tiempo las vicisitudes de la guerra lo favorecieron y David, ya anciano, tuvo que huir de Jerusalén a pie acompañado por unos cuantos hombres que le permanecían fieles (2Sam 15:13-17).

Absalón entró con sus tropas en la capital y para mostrar al pueblo que él era el nuevo rey, se acostó con las mujeres del harén de su padre en la terraza del palacio, para que todo el pueblo lo vea (2Sam 16:22).

¿Fue Dios el causante del acto irreverente de ese hijo malvado? No. Pero Dios sabía que Absalón obraría de acuerdo a los designios de su maldad y Él usó su mal corazón para humillar a David, su padre, y para darle el castigo que merecía el pecado que él había cometido contra el fiel Urías. De otro lado, no podemos dejar de notar que, así como la mala acción de David había comenzado en la terraza de su palacio, en donde él deseó a Betsabé, era también justo que él fuera humillado en el mismo lugar.

¿Protestó David contra Dios por haber permitido el crimen de Absalón? No, porque él reconocía la mano de Dios en todos esos acontecimientos; reconocía que merecía ser humillado, e inclinó la cabeza ante el justo juicio de Dios.

Mientras huía David de Jerusalén, Simeí, el benjaminita, le salió al encuentro y lo maldijo tirándole piedras. Los acompañantes de David querían matar al insolente, pero él les dijo: Déjenlo que me maldiga, porque es Dios quien lo ha ordenado (2Sam 16:5-13). David era conciente de que detrás del infortunio que padecía estaba Dios que quería hacerle experimentar las consecuencias de su pecado.

Así pues, si alguna vez te sucede algo malo, si alguien viene y te hace un daño, no le eches la culpa a Dios por lo que sucede. Han sido los sentimientos de odio de tu enemigo los que han impulsado su brazo, no Dios. Sin embargo, Dios le permite que actúe. Esta vez no te ha protegido como en tantas otras, o te ha protegido a medias, para que no te mate. Pero El sabe por qué lo hace. Si lo permite es porque tiene un propósito bueno para tí, aunque tú no puedas saber cuál sea. Pero puedes estar seguro de que si de ese mal no se siguiera un bien para ti, Él no lo permitiría.

¿Qué vas a hacer entonces? ¿Quejarte porque Dios te corrige o te hace pasar por el fuego de las pruebas? Lo que debes hacer es alabarle y darle gracias, porque Él todo lo hace según el designio perfecto de su voluntad y para tu bien, aunque tú no lo entiendas.

Si tú lo alabas en lugar de quejarte y maldecirle, le estás manifestando que tú crees en Él, y que confías que, cumplido su propósito, te va a compensar ampliamente por el mal sufrido.

¿Quiere todo lo dicho decir que si yo me enfermo, por ejemplo, debo aceptar el sufrimiento que la enfermedad me causa y no tratar de sanarme? ¿O si un padre tuviera un hijo que se volviera drogadicto, quiere lo dicho decir que debe resignarse a su suerte y no hacer nada por salvarlo? ¿Hay que ver sólo la mano de Dios detrás de todo acontecimiento malo, o hay otro factor a tener en cuenta y contra el cual debemos luchar? El tema es muy vasto y a él le dedicaremos otro artículo.

Nota Recuérdese que en el caso del incidente con Nabal Dios no dejó que David cumpliera su propósito de venganza (1Sam 25:32,33).

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a hacer una sencilla oración como la que sigue, entregándole a Jesús tu vida:

“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo y quiero recibirlo. Yo me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, y entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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NB. El presente artículo fue escrito como texto de una charla radial el 10 de octubre de 1998. Se publica por primera vez.

martes, 12 de enero de 2010

AGRADECIMIENTO I

¿Quién no ha experimentado alguna vez esa gran alegría que se siente cuando uno le hace un regalo a una persona y ella le devuelve una sonrisa conmovida diciendo "¡Gracias!" desde el fondo del alma, "¡Cuánto me alegra que lo hayas pensado!"?

Pero también ¿quién no ha sentido esa gran desilusión que produce hacer un regalo que nos ha costado tiempo y dinero, o hasta fatiga encontrar, y que la persona lo reciba sin darle importancia, como si no valiera nada, o como si fuera su derecho recibirlo, y no diga una sola palabra de agradecimiento, o si lo dice lo haga secamente?

¿A qué se debe esa diferencia de actitudes? Al corazón de la persona que recibe el regalo. Según el estado de su corazón responde y habla el ser humano.

Un corazón duro recibe lo que le dan como si fuera su derecho y es incapaz, a su vez, de dar a otro ni siquiera una sonrisa a cambio, salvo que le convenga.

Un corazón mezquino no reconoce el bien que recibe de otros, porque le cuesta admitir que en los demás haya algo bueno, y sospechará que hay una intención oculta detrás del regalo.

Un corazón herido tiene dificultades para salir de su propia pena y gozar del bien que recibe de otros, agradeciéndolo como debiera, porque piensa que no lo merece.

Un corazón egoísta sólo piensa en lo que necesita, y no en lo que otros puedan necesitar, y cuando recibe algún regalo, lo toma como si fuera el pago de una deuda largo tiempo vencida.

Pero un corazón sano verá en la menor muestra de generosidad ajena una ocasión para demostrar su aprecio por el dador.

El que se siente por encima de los demás, no agradece porque considera que todos le deben pleitesía. Pero el que está debajo, agradece todo lo que le dan, como si fuera un favor inmerecido.

El orgulloso considera indigno reconocer que hay algún valor en lo que su prójimo le alcanza. Él no necesita de regalos porque todo lo tiene y todo lo puede, aunque sea un miserable. Pero cuanto más humilde sea la persona, más reconocerá el valor del favor que le hacen y más agradecida estará.

Mientras la soberbia levanta barreras entre los hombres, la humildad las derriba. Dios actúa de una manera semejante pues, según dice su palabra, Él “resiste a los soberbios, mas de gracia a los humildes.” (1P 5:5)

Ahora bien, ¿cuál debe ser nuestra actitud con Dios? Nosotros hemos recibido todo de Él. No sólo la existencia, sino la vida misma. Ese aliento que hincha nuestros pulmones es un eco del espíritu que Dios sopló en las narices de Adán y que aún resuena en nuestro pecho. Es una pequeña parte de la propia vida de Dios que respira en nosotros.

Y si Él retirara por un solo instante su atención de nosotros, retornaríamos súbitamente a la nada de la que salimos, pues dice la Escritura que "Él sustenta todas las cosas con la palabra de su poder." (Hb 1:3)

Pero no sólo la vida, el cuerpo y los sentidos; la mente con sus facultades, la memoria, la imaginación y la inteligencia; los sentimientos y emociones que hacen bella la vida; y la voluntad que nos permite dirigirla; todo lo hemos recibido de Dios; nada hemos obtenido por nuestro propio esfuerzo; y nada de lo material que poseemos nos llevaremos cuando dejemos este mundo.

San Pablo escribió en primera a Tesalonicenses: "Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús." (5:18)

Hemos de dar gracias a los demás por los favores que nos hacen. Pero sobre todo, hemos de dar gracias a Dios por todas las cosas. No sólo en las alegrías y por las alegrías, sino también en las penas y por las penas. Porque todo viene de Dios.

“¿Cómo?” -dirá alguno. “¿Acaso lo malo viene de Dios?” Cuando a Job le fue quitado todo lo que tenía y se quedó en la miseria, él exclamó: "Dios me lo dio; Dios me lo quitó; bendito sea su nombre." (Jb 1:21)

Sin embargo, sabemos que no fue Dios sino el demonio quien destruyó las posesiones de Job y quien mató a sus hijos, porque en el prólogo del poema leemos cómo Satanás le dice a Dios que si Job le permanece fiel es porque le conviene, ya que Dios lo ha bendecido sobremanera. Pero quítale lo que le has dado, ¡a ver si no te maldice! agrega el demonio.(Jb 1:11) Entonces Dios da carta blanca a Satanás para que haga con Job lo que le parezca, siempre y cuando no toque su cuerpo (v. 12).

Más adelante le otorga permiso para enfermarlo también si quiere, pero sin tocar su vida (Jb 2:6). Y cuando estaba sentado sobre un montón de ceniza, rascándose sus llagas con una teja, Job fue tentado por su mujer para maldecir a Dios. Pero él le contesta: "¿Recibiremos sólo lo bueno de Dios y no lo malo?" (Jb 2:10).

Todo lo que sucede al hombre, sea bueno, sea malo, viene de Dios, porque nada puede ocurrirnos sin que Él lo permita. Para recalcar esta verdad, dice su palabra en Deuteronomio: "Yo hago morir y yo hago vivir; yo hiero y yo sano." (Dt 32:39) Ciertamente, como dice la epístola de Santiago, “toda buena dádiva viene de lo alto” (St 1:17), y no es Dios quien da a sus hijos una piedra o una serpiente -símbolo de desgracia- cuando le piden algo bueno (Lc 11:11). Muchas de las cosas malas que le suceden al hombre son simplemente consecuencia natural de sus propios actos. Pero muchas también son cosas con las que Satanás busca afligirnos, porque "él ha venido -dijo Jesús- sólo para robar, matar y destruir." (Jn10:10)

Sin embargo, nada de lo que el diablo nos quiera hacer para atormentarnos, puede sobrevenirnos si Dios no lo permite; sin que Dios, en última instancia, no lo quiera. Y si Dios lo permite, o lo quiere directamente, no es por maldad, no es por hacernos daño, tampoco por darle gusto al diablo, sino para nuestro bien. Fue Dios quien permitió que el diablo afligiera a Job. Si no se lo permitía, no hubiera podido hacerle nada.

A nosotros nos es difícil comprender cómo de un mal puede Dios sacar un bien. Hay un refrán español, sin embargo, que expresa esa verdad: “Dios traza renglones derechos con pautas torcidas.” Y hay otro que expresa una verdad semejante: “No hay mal que por bien no venga.” (Nótese que muchos refranes antiguos expresan pensamientos basados en la Biblia).

Dios está mucho más alto que nuestros pensamientos y sus caminos -dice su palabra- no son nuestros caminos (Is 55:8,9). El amor infinito que Dios tiene por el hombre hace que todo lo que a su criatura le sucede, aun el castigo, sea para su bien, no para su mal. Y si el hombre, al final de su carrera, recibe el fruto de su rebeldía, esto es, la separación eterna de Dios, no es porque Dios lo haya deseado, sino porque el propio hombre así lo ha querido, a pesar de todo lo que Dios hizo para salvarlo, incluso dando la vida de su Hijo único en rescate de sus pecados.

Por eso es que, cualesquiera que sean las circunstancias, debemos dar gloria a Dios por ellas, como dice Efesios: "...dando gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo." (5:20).

Si nosotros le damos gracias a Dios también en las malas, estaremos reconociendo que Dios es rey soberano sobre toda la tierra y que Él gobierna el mundo según su beneplácito; reconoceremos que Él tiene una intención superior -para nosotros inescrutable- al permitir que temporalmente algo malo nos venga al encuentro. Al agradecerle nosotros manifestamos también nuestra fe de que Él puede sacar de lo ocurrido un bien mayor a lo que hemos perdido, porque Él todo lo puede; porque Él es bueno y su misericordia es para siempre (Sal 136:1). En suma, al agradecerle y alabarle en todas las circunstancias, buenas o malas, elevamos un cántico de fe a Dios.

De ahí viene que en el salmo 103 David cante: "Bendice alma mía al Señor y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas sus iniquidades; el que sana todas tus dolencias; el que rescata tu vida de la fosa; el que te corona de favores y de misericordias; el que sacia de bien tu boca, de modo que te rejuvenezcas como el águila." (1-5).

No olvides que todo lo que tienes viene de Él y que tú no has ganado con tu esfuerzo ni un solo latido de tu corazón. Que todo se lo debes a Él, y que así como viniste a este mundo desnudo, desnudo también te irás.

El salmo 34 expresa cuál debe ser nuestra actitud permanente: "Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca." (v. 1) Sí, en todo tiempo lo he de bendecir y su alabanza estará de continuo en mi boca. Es decir, incesantemente; sin dejar de alabarlo un solo instante.

¿Es posible esto? Sí es posible dar gracias a Dios a lo largo del día por todo lo que podemos hacer, por todo lo que recibimos y por todo lo que nos sucede. Basta proponérnoslo. Como dice Pablo en Colosenses: "Y todo lo que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él." (3:17)

Vivir de esta manera trae consigo una gran recompensa. En primer lugar, nos hace estar alegres, porque la alabanza y el agradecimiento ahuyentan la tristeza. Uno no puede dar gracias y a la vez quejarse. Porque uno de dos: o agradezco, o me quejo. El que se queja está triste por lo que causa su lamento; el que agradece, está lleno gozo por el bien recibido. Y si acaso le sobreviene un percance, agradece a Dios de antemano por la solución que Él le envía.

En segundo lugar, agradecer nos prepara para recibir más de lo bueno y bienes mayores. Si nosotros hacemos a alguien algún regalo y no lo agradece, difícilmente tendremos deseos de volverle a regalar. Pero si nos lo agradece de todo corazón, cuando podamos le haremos otro regalo, aunque más no fuera, por la dicha que nos produce su agradecimiento.

Pues igual es Dios, porque Él tiene nuestros sentimientos, sólo que más altos y más intensos. Si Él ve que su hijo no agradece el bien que le ha hecho, pensará que no lo necesita o no lo aprecia. Pero si ve que lo atesoramos y se lo agradecemos, volverá a abrir las ventanas de los cielos para bendecirnos, porque al alabarlo, lo honramos. El que no agradece a Dios por todo, se pierde la oportunidad de recibir todas las bendiciones que Él le tiene preparadas.

En tercer lugar, el agradecimiento nos mantiene humildes y combate el orgullo. No es posible ser soberbio cuando uno reconoce que lo que tiene no es por mérito propio, sino al contrario, es inmerecido. Porque si uno merece lo que recibe, no necesita agradecerlo, es un pago.

En cuarto lugar, nuestro agradecimiento agrada a Dios. Conocemos el episodio de Lucas en que Jesús sana a diez leprosos que encuentra. Él les manda presentarse al sacerdote, según lo ordenado por Moisés, a fin de que certifique su curación, y en el camino son limpiados de la lepra. Entonces uno de ellos, que era samaritano, viendo que había sido sanado, vuelve donde Jesús dando gloria a Dios a gritos. Pero Jesús pregunta: “¿No eran diez los que fueron sanados? ¿Cómo es que sólo uno y todavía extranjero, regresa a agradecerlo? ¿Dónde están los otros nueve?” (Lc 17:17,18)

Entonces le dice al hombre: "Levántate, tu fe te ha salvado." (v. 19)

Fíjense, fueron nueve los que recibieron de Jesús su curación, pero este samaritano agradecido recibió algo más, algo mucho mejor y más valioso que su curación física: su salvación eterna. No sabemos si los otros nueve, se perdieron o no. Pero el agradecido fue salvado, esto es, regenerado, y recibió en ese instante la seguridad de que algún día estaría con Dios.

Así pues, al agradecer a Dios, nosotros nos preparamos para recibir bienes cada vez mayores a los ya recibidos. Y el bien mayor que se puede recibir en vida es el quinto beneficio del agradecimiento:

Esto es, el que agradece y alaba a Dios todo el tiempo, permanece todo el tiempo en su presencia. Ese es el mayor beneficio que el hombre puede recibir en esta vida, porque constituye un adelanto de lo que será el cielo.

¿En qué consiste el cielo? No sabemos en verdad qué cosas que ojo humano nunca vio, ni oído humano nunca escuchó, prepara Dios para los que le aman (1Cor 2:9; Is 64:4). Pero de todos los bienes que Él puede darnos, ninguno hay mayor que Él mismo, ninguno mayor que estar en su presencia, ver su gloria, contemplar su belleza, bañarse en su amor por los siglos de los siglos.
Pues bien, el que vive en la presencia de Dios tiene en esta vida un adelanto, un anticipo, de lo que será algún día su dicha eterna.

Por eso te digo amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a hacer una sencilla oración como la que sigue, entregándole a Jesús tu vida:

“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo y quiero recibirlo. Yo me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, y entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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NB. El presente artículo fue escrito como texto de una charla radial el 3 de octubre de 1998. Se publica por primera vez.

lunes, 28 de diciembre de 2009

EL INICIO DE LA VIDA

Cada vez que se discute acerca de la legitimidad del aborto surge la cuestión: ¿A partir de qué momento empieza la vida humana? ¿Desde la concepción, cuando los padres se unen y se engendra el embrión, o cuando nace la criatura? ¿Es el feto sólo un apéndice del cuerpo de la madre, como sostienen algunos, esto es, un ente sin vida propia, o es un verdadero ser humano? Para el cristiano es importante tener ideas muy claras sobre este punto para no ser confundido con los argumentos que a veces se esgrimen. Para ello nada mejor que ir a la palabra de Dios.´

El salmo 71, dice así: “En ti somos sustentados desde el vientre materno” (Sal 71:6ª). Dios sustenta al ser humano no sólo desde que nace sino desde el instante de la concepción. Es el aliento de Dios lo que nutre la vida del feto a través de la madre.

La vida humana no está en la alimentación, ni en el oxígeno del aire, ni es producto de reacciones químicas, sino es una esencia o energía que viene de Dios y que reside en la sangre.

Todos los seres vivientes, toda la creación, se mantiene, crece y se desarrolla porque Dios la sustenta. Nosotros concebimos el acontecimiento de la creación, que narra el primer capítulo del Génesis, como un acto único, ocurrido de una vez por todas en el pasado remoto. Pero, en realidad, la creación es un acto continuo de Dios, desde la eternidad hasta la eternidad, que nunca cesa. El salmo 104 dice: “Envías tu espíritu y son creados y renuevas la faz de la tierra.” (v. 30). Es decir, Dios está creando constantemente vidas nuevas. Si no lo hiciera, la humanidad desaparecería por extinción. Si ese recrear continuo se interrumpiera un solo instante, si Dios dejara de sostenerla un solo momento, la creación entera desaparecería y en un abrir y cerrar de ojos volvería a la nada de donde salió. Apunta el mismo salmo 104: “Les quitas el hálito y cesan de ser y vuelven al polvo.” (v. 29b). Como dice el libro de los Hechos: “Él es quien da a todos vida y aliento.” (v. 17:25). Cuando Dios quita el hálito al hombre y al animal, ambos mueren, porque la vida de uno y otro la sostiene Dios.

La Escritura insiste no sólo en el hecho de que es Dios quien da vida al ser humano desde que es concebido, sino también en que Él es quien hace salir del vientre a la criatura que está por nacer: “De las entrañas de mi madre tú fuiste el que me sacó” dice el salmo 71:6b.

El alumbramiento, ese acto decisivo de la existencia, por el cual el ser humano inicia su vida independiente, es un acto causado por Dios –no un hecho automático provocado por fuerzas biológicas ciegas. Nadie tiene derecho de interferir en ese acto, de sacar al feto antes de que Dios lo haga, salvo que, por razones médicas, para salvar la vida del hijo o de la madre, o para evitar un alumbramiento difícil, se adelante el parto o se haga una cesárea. Pero no se puede sacrificar la vida del feto para salvar la de la madre.

Algunos sostienen que el alma y el espíritu son creados por Dios en el momento mismo del nacimiento. Si así fuera, quedaría por contestar a la pregunta: ¿De qué vida vive el feto si no tiene alma y espíritu? Porque sin alma y espíritu no hay vida. Se dice que el feto vive de la vida prestada de la madre, lo cual es verdad en cierto sentido, porque el oxígeno y los nutrientes que alimentan sus células le llegan con la sangre de la madre a través de la placenta.

Pero, ¿acaso no tiene el feto conciencia? Algunos investigadores han descubierto que tiene inclusive memoria. Dado que la conciencia y la memoria son personales y residen en el espíritu, ¿de dónde las tiene si no tiene vida propia?

La Escritura afirma que el feto tiene vida propia cuando el ángel le dice a Zacarías del hijo que va a tener su mujer Isabel, (esto es, del futuro Juan Bautista): “Será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre.” (Lc 1:15b). Lo dice de la criatura por nacer, no de su madre.

¿Cómo podría saltar de gozo al oír la voz de María, que viene a visitar a Isabel, si no tuviera oídos que escuchen? (Lc 1:42-44) ¿Oyó la criatura la voz de María al mismo tiempo que su madre, o cuando Isabel oyó la voz la criatura supo por intuición de quién se trataba? Es indiferente, porque la criatura no conocía a María pero, iluminada por el Espíritu, supo a Quién traía en el seno, y por eso saltó de alegría.

Por ello, es más plausible suponer que el alma y el espíritu son creados por Dios en el momento mismo de la concepción, junto con el embrión, y que los padres son los agentes de la generación tanto material como espiritual del ser humano. De ahí también la responsabilidad que asumen al unirse.

Ten bien en cuenta: Los padres son los intermediarios de la creación de un nuevo ser que existe en esencia completo con cuerpo, alma y espíritu, desde el momento mismo de la fecundación. Pero el creador de ese nuevo ser humano es Dios y su vida le pertenece a Él, tanto como la vida de cualquier hombre o mujer que camine sobre la tierra. Atentar contra la vida del feto, arrancarlo del vientre es un asesinato. Amiga o amigo que lees estas líneas, nunca seas reo de la sangre de un ser humano indefenso.

NB Estos dos artículos fueron escritos para la radio el 06.11.99, el primero; y el 19.06.96, el segundo. Se publican por primera vez.

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LLAMADO INDIVIDUAL Y CONSAGRACIÓN

En los dos artículos anteriores estuvimos hablando acerca de cómo Dios escoge a algunas personas para llevar a cabo misiones específicas para bien de su pueblo o de toda la humanidad, o simplemente, para cumplir determinados propósitos.

Vimos, con ayuda de algunos ejemplos de la Biblia, cómo Dios llamó en el curso de la historia de Israel, y al comienzo de la vida de la Iglesia, a algunos personajes cuyas andanzas y vicisitudes han quedado registradas en la historia santa. Hablamos de Moisés, Abraham, David y Pablo.

Pero conviene que tengamos en cuenta que Dios no sólo tiene propósitos y tareas específicas para algunos seres excepcionales, sino que Él llama a cada ser humano que pisa la tierra a desempeñar una función y un propósito concreto dentro de su plan; plan que, dicho sea de paso, abarca a cada hombre y mujer que Él crea.

Él nos ha creado, en efecto, a cada uno de nosotros con una finalidad específica. No sólo a los que Él ha escogido para salvarlos, a los que creen en Él y desean servirlo, sino a todos los hombres, incluso a los malvados. Dice la Escritura en efecto en Proverbios: "Todas las cosas ha hecho el Señor para sí mismo; incluso al impío para el día malo" (Pr 16:4). (Nota)

Ahora bien, nosotros no podemos entender los secretos del plan de Dios, ni tampoco cómo Satanás y sus huestes actúan en el mundo para contrarrestar los propósitos de Dios, que siempre son buenos. Ni menos podríamos entender por qué caminos Dios usa la maldad de los hombres y las artimañas del Maligno para sacar adelante sus buenos propósitos y hacer que su voluntad se cumpla. En verdad, todos, hombres y mujeres, ángeles y demonios, están al servicio del plan de Dios, aunque no lo sepan.

Pero si bien es cierto que la mayor parte de la humanidad, que no conoce a Dios, que no cree en Él ni desea servirle, sirve a sus propósitos sin quererlo, o más aun, a pesar suyo, los que creen en Él y le aman, pueden colaborar conciente y voluntariamente con los planes concretos que Él tiene para sus vidas y para las de otros, y así cumplir de una manera más eficiente los deseos que Él tiene para cada uno.

Lo que tenemos que hacer para ello es pedirle de una manera insistente y ferviente que nos revele, que nos haga saber, con qué propósito, con qué finalidad, nos ha hecho Él nacer, con qué fin nos ha puesto en el lugar que ocupamos en el mundo.

Pues no debemos dudar de que si hemos nacido en tal año, en tal nación, y en tal familia, y en tal situación económica y social, no es como resultado del azar, de pura casualidad. Él ha creado individualmente a cada ser humano y lo ha colocado en el tiempo, en el lugar y en la posición que Él ha elegido especialmente para cada hombre. Nótese bien: nosotros somos todos responsables de la manera cómo desempeñamos el papel que Él nos ha asignado en la vida y en la sociedad, de cómo negociemos con los talentos que Él nos ha dado.

Es cierto que Él ha creado a todos los seres humanos para que le amen, le adoren y le den gloria, y para que cumplan sus mandamientos, como dice el Catecismo. Ese es su propósito general para todas sus criaturas.

Pero a algunas personas las ha creado más específicamente para ser buenos padres o madres, o buenos ciudadanos, o para ocupar determinados cargos, o desempeñar determinadas funciones en la sociedad. A algunos, por ejemplo, para ser jueces o gobernantes; a otros, para ocupar posiciones intermedias; mientras que a otros, la mayoría, los ha llamado para ocupar posiciones humildes. Pero todas esas posiciones, las elevadas y las modestas, son importantes y tienen un lugar dentro de su plan, y algún día veremos cómo muchos de los que ocuparon posiciones altas están debajo de los que ocuparon posiciones bajas, según las palabras de Jesús: "Los últimos serán los primeros, y los primeros, últimos". (Lc 13:30). Porque no es el rango o la importancia de la posición lo que cuenta para Dios, sino la disposición del corazón con que se cumplen las tareas que Él nos ha asignado.

Si nosotros le pedimos a Dios que nos muestre cuál es la tarea específica que Él desea que nosotros cumplamos, Él nos va a empezar a revelar poco a poco qué espera de nosotros, qué papel ha previsto que desempeñemos. En consecuencia, nuestra vida va a empezar a tomar una dimensión espiritual desconocida, no soñada por nosotros, en que muchos sucesos y circunstancias, cuyo sentido no podíamos entender, aparecerán bajo una luz inesperada.

Si además nosotros nos ponemos a su disposición, y le pedimos que nos utilice día a día; si le consagramos todo nuestro ser, nuestras facultades, nuestros talentos, nuestro tiempo y, sobre todo, nuestra voluntad; y si, adicionalmente, le pedimos que nos utilice para ser de bendición para otros , Él va a tomar nuestra palabra en serio, y va a empezar a usarnos para propósitos concretos; unos de largo alcance, otros de corto aliento, sea para ayudar a muchos de nuestros semejantes de diversas maneras durante un lapso más o menos largo de tiempo, sea para ayudar a un solo individuo en una ocasión única y no repetida.

Y al comenzar a ser nosotros un motivo de bendición para otros, Él va a empezar a bendecirnos de maneras que nosotros no imaginamos y nos mostrará su favor por caminos insospechados.

Ahora bien, Dios no nos revela siempre cómo Él quiere usarnos y cómo nos usa específicamente. Le basta que nosotros deseemos ser empleados por Él para que Él pueda aprovechar la buena disposición de nuestro corazón. Y puede ocurrir que al cabo de cierto tiempo, nosotros caigamos en la cuenta de que durante el tiempo en que nosotros sentíamos que Dios no respondía a nuestro pedido de que Él nos use, y nos preguntábamos por qué no lo hacía, Él ya nos estaba utilizando para sus fines; ya nos estaba usando para bien de nuestros semejantes de una forma que no podíamos adivinar, y sin que nosotros nos diéramos cuenta.

Lo cierto es que pedirle a Dios que se valga de nosotros, trae felicidad a nuestras vidas, porque Él se ocupará de los menores detalles de nuestra existencia: de nuestra casa, de nuestras finanzas, de nuestra familia. Viviremos entonces realmente, como dice el salmista: "Bajo el amparo del Altísimo y a la sombra del Omnipotente". (Sal 91:1). Él nos protegerá de las circunstancias adversas, cuidará de nuestras posesiones, prosperará nuestras ocupaciones.

Eso no quiere decir que nos sean ahorradas las pruebas. Las pruebas y las tentaciones son necesarias porque nosotros crecemos a través de ellas. Pero bien puede ocurrir, y sucede de hecho, a juzgar por testimonios que he escuchado más de una vez, que con frecuencia Dios utiliza nuestros períodos de prueba, nuestras tribulaciones, y cuando más afligidos estamos, para bendecir a otros. En muchos casos es precisamente durante los momentos más difíciles de nuestra vida, cuando Dios más nos usa.

Un caso que ilustra bien lo que quiero decir es el episodio en la vida de Pablo en el que él y Silas, después de haber sido azotados, fueron arrojados a un oscuro calabozo en la cárcel de Filipos. Ellos, en lugar de desanimarse y quejarse, se pusieron a alabar a Dios y a cantarle salmos. De repente se produjo un terremoto, se abrieron las puertas de la cárcel y se les cayeron las cadenas. Como resultado de esa conmoción, el carcelero creyó en Dios y fue bautizado junto con su familia. Poco después Pablo y Silas fueron liberados (Hch 16:16-34).

Dios los había llevado a esa prisión para salvar a ese carcelero y a su familia. Ahora, aunque no lo narre la historia, ¿podemos imaginar a cuánta gente en la prisión de ahí en adelante el carcelero, que había experimentado tan poderosamente el poder de Dios, debe haber hablado de Cristo y haber animado a convertirse? La tribulación momentánea por la que pasaron Pablo y Silas produjo –podemos pensarlo- una gran cosecha de almas así como un gran peso de gloria en ellos.

Pidámosle pues a Dios sin temor alguno que Él nos use para bendecir a otros, y nosotros veremos, como resultado de nuestra oración, cuántas personas acuden a nosotros a pedirnos consejo o ayuda. Y en la medida en que nosotros sirvamos a esas personas, Dios usará a otros para que, a su vez, nos bendigan y nos sirvan.

Es bueno que nosotros le entreguemos a Dios todos los días en la mañana nuestra voluntad y la libertad de decisión que Él nos ha dado, porque por más que logremos someter nuestra voluntad a la suya durante veinticuatro horas, es seguro que al día siguiente volveremos nuevamente a querer hacer lo que nos da la gana. No hay nada más difícil que sujetar nuestra voluntad a la de Dios.

Por eso es que nosotros debemos repetir diariamente ese acto de sumisión que he sugerido, para que se vuelva en nosotros finalmente una actitud natural y habitual. ¡Qué gran bendición para nuestras vidas, para la de nuestras familias y para muchos conocidos y desconocidos podemos nosotros ser si lo hacemos así todos los días, y la unión de nuestra voluntad con la de Dios se convierte para nosotros en una segunda naturaleza!

Quisiera hacer una observación final: Con frecuencia se habla de la necesidad de mostrar amor a las personas. Eso nos gusta y es ciertamente muy bueno. Pero hay una diferencia entre mostrar amor y mostrar misericordia. Nosotros crecemos espiritualmente mucho más mostrando misericordia porque la misericordia se inclina hacia el dolor, se acerca a la miseria humana, y hay en ello algo penoso, sacrificial, que exige esfuerzo. Y también porque al hacerlo, nos asemejamos a Jesús que se inclinaba hacia los miserables.

Se muestra misericordia al que la necesita porque carece de lo más necesario o está sufriendo, no a los que prosperan y están felices. En cambio se puede mostrar amor a toda persona, esté en una buena situación o en una mala. Pero el contacto con el dolor humano exige negarse a sí mismo en mayor medida que codearnos con la prosperidad y la felicidad, y por eso nos es provechoso.

Sin embargo, se puede mostrar también misericordia a los que prosperan pero están caminando por el sendero ancho que lleva a la perdición. Ellos son de todos los seres humanos los que más misericordia necesitan. Se les muestra misericordia mostrándoles el camino angosto que lleva a la salvación, e invitándolos a aceptar a Cristo en sus vidas.

Nota : Un caso interesante que ilustra lo que dice ese proverbio figura en el libro de Ester. Es el del malvado Amán, que Dios usó para provocar que el pueblo de Israel obtuviera una gran victoria sobre sus enemigos (Est 9:2-6). Otro más patente es el de Judas, y el de las otras personas que Dios usó para que Jesús fuera condenado y padeciera la muerte que en su eterno consejo había previsto (Hch 2:23; 4:27,28).

viernes, 18 de diciembre de 2009

ALTIBAJOS DEL LLAMADO II

En nuestro artículo anterior estuvimos hablando acerca de los altibajos que los hombres llamados por Dios para una misión específica, sufren en el desarrollo de la visión que Dios les ha dado. Vimos cómo, contrariamente a lo que una concepción superficial podría hacer suponer, que dado que es Dios quien llama, el éxito y la línea ascendente de la misión encomendada está asegurada, en los hechos el cumplimiento de la misión que Dios les encarga está sembrado de obstáculos, de tribulaciones y de luchas, que muchas veces los llevan al borde del más completo fracaso.

Examinamos esta realidad en las vocaciones de Pablo y de Moisés para mostrar cómo Dios refina el carácter de sus escogidos a través de duras pruebas, que son en verdad una característica del verdadero llamado y una condición necesaria del éxito final.

Vamos a ver hoy el caso del patriarca Abraham, a quien Dios dio una visión de las multitudes de sus descendientes que Él suscitaría a partir de un hijo legítimo suyo, a pesar de que Abraham, cuando recibió la promesa, era ya de edad avanzada y su mujer, Sara, estéril. No obstante, Abraham le creyó a Dios, dice la Escritura, “y (su fe) le fue contada por justicia”. (Gn 15:6). De esa manera el patriarca establece lo que será el patrón de la salvación de todos los seres humanos, que son salvos por gracia mediante la fe.

Pero el hijo prometido, que inauguraría el linaje anunciado, no venía, mientras que los años corrían. Hasta que, en un momento de desilusión y de duda, Abraham cedió a la sugerencia de su esposa Sara, de que tuviera un heredero indirectamente de ella, a través de su esclava Agar, que sería la madre natural (Gn 16:1,2).

Este niño, a quien pusieron el nombre de Ismael -hijo pues no de la promesa de Dios, sino de un proyecto humano- nació y fue motivo de disensiones entre los dos esposos, porque Agar, la orgullosa madre, se burlaba de su patrona que no podía darle a su marido un heredero, mientras que ella sí (Gn 16:3,4). Durante ese tiempo se mostraron también las debilidades humanas del carácter de Abraham. Pero Dios, aunque parecía alejado de él, no dejó de sostener su fe en la promesa que le había hecho. Hasta que, finalmente, y de una manera realmente extraordinaria, pues Abraham tenía 100 años y su esposa unos diez menos, el heredero ansiado nació (Gn 21:1,2,5). Recibió el nombre de Isaac, que quiere decir "risa", pues tanto Abraham como su esposa rieron cuando Dios, en un pasaje misterioso en que se les presenta en la figura de tres varones, les anuncia que dentro de nueve meses, su hijo habrá nacido (Gn 17:17; 18:10-15).

Veinticinco años había durado la espera de Abraham, y ¿cuántas veces debe él haber salido de su tienda de noche a contemplar las estrellas del cielo, cuyo número, le había prometido Dios, sería inferior al de los descendientes que saldrían de sus lomos? No sabemos, pero podemos pensar que muchas. Y ¿cuántas veces debe haberse preguntado si Dios no lo habría olvidado? ¿O habría él hecho algo que lo hubiera vuelto indigno de que el Altísimo cumpla lo que le había prometido? Pero nunca le sugirió Dios que el cumplimiento de su promesa estaba condicionado.

Sin embargo, cuando por fin su hijo había nacido y ya el muchacho entraba en la adolescencia, y hacía las delicias de su anciano padre, Dios le pide a Abraham que se lo ofrezca en sacrificio, según una costumbre que no era inusual entre los pueblos del Oriente en esa época (Gn 22:1,2). Ese sacrificio implicaba renunciar para siempre al proyecto de fundar una raza, en el que Dios lo había involucrado sin que él se lo pidiera.

No podemos saber cuáles pueden haber sido los sentimientos de Abraham ante tamaña y cruel exigencia. Pero lo cierto es que el anciano padre no dudó en obedecer a Dios (Gn 22:3), estando convencido -como dice la epístola a los Hebreos- de que Dios podía levantarlo de los muertos y devolvérselo vivo (Hb 11:19).

Sabemos que el sacrifico de Isaac apunta a otro sacrificio de un Hijo de un muchísimo mayor valor, por parte de un Padre de un valor infinito. Porque, así como Abraham recibió a su hijo de los muertos, pues él ya lo daba como tal, de manera semejante ese otro Padre recibió en la cruda realidad de los hechos, verdaderamente a su Hijo de los muertos, tras un suplicio cruel, porque las ligaduras de la muerte no podían retener al que era autor de la vida (Hch 2:24).

Al aceptar Abraham, en un acto heroico de fe, el sacrificio de su único hijo legítimo, él abrió el camino hacia ese otro sacrificio que culminaría la obra de salvación que Dios había anunciado desde la caída de Adán (Gn 3:15). Por eso Dios le confirmó mediante juramento las promesas que ya le había hecho (Gn 22:16; Hb 6:13).

Pero notemos cómo, así como Isaac fue sustituido por un cordero sobre el altar del holocausto (Gn 22:10-13), cada uno de nosotros ha sido sustituido en la condena de muerte que la justicia de Dios pronuncia sobre cada pecador, por un cordero sin mancha, no terrenal sino divino, y cuya sangre preciosa tiene el poder de lavar todos nuestros pecados (Jn 1:29).

El caso de David, que veremos enseguida, es aun quizá más sugestivo, por lo que se refiere a las debilidades humanas comunes que aquejan también a los hombres que Dios llama. Dios había ordenado al profeta
Samuel que ungiera como futuro rey de Israel al octavo hijo de un hombre de Belén, cuando David era apenas un muchacho (1Sam 11:13). Los primeros éxitos del jovenzuelo como vencedor del gigante filisteo Goliat (1Sm 17:45-51), podrían haberle hecho esperar que la corona de Israel ceñiría pronto sus sienes. Pero la ingratitud y los celos de Saúl premiaron la fidelidad de David no con regalos sino con amenazas de muerte y David tuvo que emprender la huída.

Durante varios años, seguido por unos 300 valientes, David llevó la vida de un guerrillero, emboscando a los soldados de Saúl y escapando con las justas de su asedio.

David puede haberse preguntado ¿qué habrá ocurrido con la unción real que un día el profeta Samuel me confirió en presencia de mis hermanos? ¿Habría el profeta escuchado mal la voz de Dios y todo era un malentendido? Pues él hasta ese momento sólo veía los frutos de esa unción en el hecho de no poder reposar su cabeza en ningún lugar sin temer que los soldados de Saúl pudieran alcanzarlo.

El punto más bajo de su carrera llegó cuando, desalentado por el incesante acoso, y temiendo por su vida, se fue a refugiar en los dominios del rey filisteo Aquís (1Sm 27:1-7).

Allí David se convirtió, de guerrillero que había sido hasta entonces, en un vulgar bandolero, que asolaba las campañas y los pueblos vecinos, y que no dejaba un solo sobreviviente que fuera a contarle a Aquis lo que él estaba realmente haciendo, en vez de lo que él le aseguraba que hacía, esto es, atacar a los mismos israelitas (1Sm 27:8-12).

Vemos aquí a David convertido no sólo en un vulgar mentiroso sino, lo que es peor, en un sanguinario bandido.

Su aparente enemistad contra los de su pueblo era a los ojos de Aquis tan sincera que lo enroló, junto con los valientes de su séquito, en el ejercito que los filisteos estaban juntando para atacar a Saúl (1Sm 28:1-3).

¿Marcharía David, que había triunfado en el pasado tantas veces sobre los enemigos jurados de su propio pueblo, esta vez como aliado de esos enemigos y como traidor contra su propia sangre? Pero la Providencia libró a David de cometer tamaña ignominia, porque, felizmente, los otros reyes filisteos se opusieron a que David los acompañara, temiendo que en medio de la batalla él se pasara al bando de los de su pueblo (1Sm 29:1-7).

El texto da a entender que David se sintió ofendido por el hecho de que los filisteos no confiaran en él (1Sm 29:8,9). Pero no sabemos si el darse por ofendido era o no una finta para no descubrir sus verdaderas intenciones. El hecho es que fue sólo después de este punto bajo y vergonzoso de su carrera, cuando Saúl fue muerto por los filisteos y que el trono de Israel quedó vacante (1Sm 31:1-6). Y fue entonces también cuando finalmente Dios se acordó de su promesa y el antiguo pastor de ovejas fue coronado como rey, aunque sólo de las tribus de Judá (2Sm 2:1-4ª), porque las otras diez tribus encumbraron como sucesor de Saúl a Isboset, uno de sus hijos (2Sm 2:8,9).

El hecho de que fuera precisamente después de la mayor crisis que había atravesado David hasta entonces, cuando pudo alcanzar la corona que Dios le había prometido, nos muestra cómo muchas veces la victoria esperada viene cuando ya se han perdido todas las esperanzas y el hombre deja de confiar en sus propias fuerzas y en su propia capacidad, para depositar su confianza sólo en Dios. Ése es el momento que Dios está esperando para actuar en nuestra favor.

Siguiendo con la historia, siete años de guerra civil entre las tribus del Norte y las tribus del Sur pasaron antes de que David pudiera ceñirse finalmente la corona de las doce tribus que se le había prometido y de que pudiera trasladar su trono a Jerusalén (2Sm 5:1-10).

Muy largo había sido en verdad su peregrinar como fugitivo y lleno de muchos altibajos. ¿Perdió David en medio de todas sus contrariedades, de los peligros, las tribulaciones y las humillaciones que sufrió, la visión que Dios le había dado, de que algún día se sentaría en el trono de su pueblo? No lo sabemos exactamente pero, a juzgar por la firmeza de la fe que los salmos escritos por él manifiestan, no habría razón para creerlo.

Dios levantó a David no sólo como rey de Israel, sino también como arquetipo de otro rey que sería su descendiente, y que ocuparía un día el trono de Israel para siempre (2Sm 7:8-16). A ese rey, simbólicamente hijo suyo, él lo llama Señor (Sal 110:1; Mr 12:36), como lo es en realidad, no sólo de David mismo y de los de su sangre, sino también de todos aquellos que creen en su Nombre, entre los que yo espero que tú, amigo lector, también te encuentres. Y si no lo estuvieres, yo te invito a decir en este momento esta oración:

“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo y quiero recibirlo. Yo me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, y entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#603 (29.11.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). Si desea recibir estos artículos por correo electrónico recomendamos suscribirse al grupo “lavidaylapalabra” enviando un mensaje a lavidaylapalabra-subscribe@yahoogroups.com. Pueden también solicitarlos a jbelaun@terra.com.pe. Las páginas web www.lavidaylapalabra.com y
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jueves, 10 de diciembre de 2009

ALTIBAJOS DEL LLAMADO I

Todos sabemos que Dios llama a ciertos hombres y mujeres que Él escoge para llevar a cabo alguna tarea específica para beneficio de su pueblo, como nos escoge a cada uno de nosotros para un fin también específico, aunque sea más modesto. Suele suponerse que una vez recibido el llamado, el hombre o la mujer escogidos por Él empiezan una carrera ascendente que los llevan de triunfo en triunfo hasta la consumación de su obra. Si Dios es el que hace el llamado y el que proporciona la visión, tendemos a pensar que el éxito está asegurado en todas las etapas de la obra hasta su culminación.

Pero no suele ser así en la práctica, pues la persona a quien Dios escoge puede sufrir fracasos, pasar por etapas de desaliento, y hasta puede llegar a perder totalmente el sentido de la visión que Dios le dio. Durante ese tiempo su fe estará siendo probada repetidas veces para que sea fortalecida y para que su carácter sea perfeccionado.

Conocemos el caso de Saulo de Tarso. Jesús se le reveló sobrenaturalmente cuando iba camino a Damasco a proseguir su tarea infame de perseguidor de cristianos. Pero cuando el Señor se le apareció y lo tumbó al suelo, el perseguidor Saulo se convirtió en Pablo, su más ardiente propagandista (Hch 9:1-9).

Tan pronto como él recibió el encargo de llevar el evangelio a los gentiles, Pablo se puso a la obra predicando en las sinagogas de Damasco, para asombro de todos los que le conocían como azote de los discípulos de Cristo (Hch 9:20,21). El disgusto de sus antiguos correligionarios, los judíos, fue tan grande que resolvieron matarlo y pusieron guardias en las puertas de la ciudad para que no se les escape. Por ese motivo los discípulos tuvieron que descolgarlo por las murallas de la ciudad a fin de que se pusiera a salvo (Hch 9:22-25).

Estas dificultades iniciales no amilanaron a Pablo. Llegado a Jerusalén, él trató de juntarse con los cristianos, pero éstos, conociendo sus andanzas anteriores, le tenían miedo y lo evitaban. Fue necesaria la intervención de Bernabé para que lo aceptaran mientras él seguía su labor proselitista entre los judíos de habla griega. Como consecuencia, una vez más el peligro de muerte se cirnió sobre él y debió ser enviado a su tierra (Hch 9:26-30).

¿Se abatió el ánimo de Pablo a causa de todas esas dificultades? No sabemos. Lo que sí sabemos es que en algún momento del comienzo de su carrera apostólica él se retiró por un período de tres años al desierto, posiblemente para meditar acerca de la misión que Jesús le había encomendado y para recibir las revelaciones a las que él alude veladamente en alguna de sus cartas (2Cor 12:1-4).

Si observamos el conjunto de su vida no cabe duda de que él realizó una obra extraordinaria. No obstante, su tarea estuvo signada por grandes dificultades y pruebas, que ya le habían sido anunciadas cuando Jesús le dijo a Ananías que Él le mostraría "cuánto había de sufrir por Su causa" (Hch 9:16. Véase 2Cor 11:24-33). Todos los sufrimientos por los que él pasó y los obstáculos que tuvo que vencer no le impidieron escribir en una de sus epístolas: "Sobreabundo de gozo en medio de nuestras tribulaciones" (2Cor 7:4), palabras que son para nosotros de gran consuelo y aliento.

Llegado a cierto punto de su carrera, Pablo es tomado preso (Hch 21:26-36). En lugar de ir a predicar las buenas nuevas a donde el Espíritu Santo lo guiara, en adelante sólo podrá predicar a las piedras de su oscura prisión y a las personas que lo visiten. Su obra como esforzado evangelista, cuando todavía tenía tanto por hacer, queda truncada y es llevado en cadenas a Roma, como un vulgar malhechor, a comparecer ante el tribunal del César, al que él había apelado para escapar a los deseos de venganza de sus antiguos correligionarios (Hch 25:1-12; 27:1,2).

¿Ha fracasado Pablo en su misión? De ninguna manera. Ya no podrá visitar, como deseaba, a las iglesias de Asia que él había fundado, para confirmarlas en la fe; pero desde la prisión escribirá algunas de las cartas que hoy atesoramos y en las que su corazón ardiente ha vertido los consejos y la doctrina que el Espíritu le inspira.

Los caminos de Dios son insondables. A veces Él lleva a cabo más conquistas a través de los fracasos de sus mensajeros que a través de sus triunfos visibles. Él puede transformar nuestras derrotas en victorias y mostrar a través de ellas su gloria. Confía pues siempre en tu Señor. No te desanimes por el fracaso. Él siempre está contigo y aunque tú no comprendas su manera de obrar, Él perfeccionará hasta el fin la tarea que Él te ha confiado y cumplirá sus propósitos en tí por senderos que tú no puedes imaginar (Flp 1:6).

El caso de Moisés es en algunos sentidos semejante al de Pablo, aunque sus altibajos sean aun más impresionantes. Por encargo providencial de la hija del Faraón, que lo había recogido de la ribera del río, Moisés fue criado por su madre, una mujer hebrea piadosa que, sin duda, le habló de niño de las promesas que Dios había hecho a sus antepasados, los patriarcas. Educado más tarde en la corte del faraón y gozando de todas las ventajas de la vida en la corte, se sintió un día movido a ir a visitar a los de su pueblo que vivían oprimidos bajo el yugo del soberano egipcio. La sangre de sus mayores que corría por sus venas se enardeció cuando vio a un egipcio que golpeaba duramente a un israelita y, saliendo en su defensa, mató al agresor. Cuando el hecho fue conocido se vio obligado a huir al desierto para escapar de la ira del Faraón.

Cuarenta años después, cuando Dios se le apareció en la zarza ardiente para encomendarle la tarea de sacar a su pueblo de la esclavitud, su celo por la causa de su pueblo parecía haberse desvanecido, pues al llamado de Dios respondió: "¿Quién soy yo para ir donde el faraón?". Pero él era la persona indicada pues había sido criado en la corte y estaba familiarizado con las costumbres y modos de pensar de la realeza egipcia.

Dios prevaleció sobre sus dudas para hacerle aceptar esa arriesgada misión y le aseguró el triunfo final. No obstante, al principio todo parecía anunciar un seguro fracaso: los hebreos se negaron a creer inicialmente en su misión y sus esfuerzos por liberarlos de la servidumbre chocaron con la resistencia terca del faraón. Peor aún, todas las palabras que Dios le inspiraba para convencer al soberano tuvieron como consecuencia inicial el que las cargas que se imponía a los hebreos fueran aumentadas y que la situación del pueblo, ya mala, empeorara. Ellos pues se quejaron amargamente y le reprocharon que hubiera venido a inquietarlos. Y él, a su vez, se quejó a Dios.

Pero Dios ya lo había prevenido, diciéndole que sería sólo por medio de prodigios y con mano fuerte cómo él lograría liberar al pueblo de la esclavitud. Moisés pudo haberse desanimado por esos fracasos iniciales, pero no cedió al desaliento, sino que mantuvo su confianza en Dios y no cejó en su empeño hasta ver salir marchando a las multitudes de su pueblo por el desierto camino al Mar Rojo. Nosotros podemos ahora pensar que esos obstáculos y esas luchas eran necesarias, pues en ellas se manifestó el poder de Dios.

Durante su largo peregrinar por el yermo muchas fueron las dificultades que le causaron la rebeldía y la incredulidad de los hebreos, a los que, sin embargo, Dios daba constantemente tantas muestras de su poder. Pero Moisés no se desanimó sino que mantuvo su fe y siguió creciendo en autoridad ante su pueblo. Con buen motivo. Es posible que ningún hombre, aparte de Jesús, haya gozado de tanta intimidad con Dios como él, y que nadie haya llevado a cabo tantos prodigios como los que Dios hizo por intermedio suyo.

El punto culminante de la salida de Israel de Egipto es la teofanía de Dios en el monte Sinaí, en donde el Altísimo se reveló a su pueblo en toda la majestad de su poder, cuando el monte humeó y la tierra tembló (Ex 19:15-19).

Pero ¿qué ocurrió después de este acontecimiento extraordinario? Moisés sube al monte al encuentro de Dios y permanece en su presencia durante 40 días. Cuando desciende al llano se encuentra con que el pueblo, que había jurado a Dios que obedecería a todos sus mandatos y que nunca serviría a dioses ajenos, estaba adorando a un becerro de oro. Su propio hermano, Aarón, a quien él había ungido como sacerdote del Dios verdadero, era el que les había fundido la imagen ante la cual el pueblo infiel se inclinaba (Ex 32:1-8).

¡Qué día terrible para Moisés! ¿Donde habían quedado las promesas y los juramentos solemnes pronunciados por el pueblo? ¿Para contemplar esta apostasía masiva había hecho él tantos sacrificios y había arriesgado tanto? En el furor de su cólera el profeta arrojó al suelo las tablas de piedra, en las que Dios había grabado el Decálogo, y las rompió (Ex 32:19).

Pero calmada su ira y apaciguada también la cólera de Dios, Moisés siguió conduciendo a los israelitas rebeldes por donde la nube de gloria los guiaba, hasta que llegaron a la frontera de la tierra prometida. Por fin llegaban al término de su peregrinaje y estaban listos para entrar. Sólo tenían que cruzar el Jordán y pelear contra los pueblos que ocupaban la tierra. Dios les había prometido que con su ayuda los podían vencer, con que tan sólo se atrevieran y confiaran.

Pero he aquí que el pueblo elegido nuevamente le falla y atemorizado, se niega a entrar. ¡Más les habría valido -claman en su rebeldía- morir en el desierto, o permanecer en Egipto, que ir a perecer bajo la espada de los gigantes que pueblan esa tierra! Ya estaban dispuestos a apedrear a Moisés (Ex 14:1-10).

Entonces Dios pronuncia estas palabras terribles: "Les ocurrirá exactamente como han dicho; todos los que se negaron a entrar y murmuraron contra mí, morirán en el desierto como dijeron." (Nm 14:28,29)

A partir de allí empieza ese largo peregrinar errante de un lugar a otro, en el que la paciencia de Dios y la de Moisés fue tantas veces probada y en el que misericordia de Dios fue puesta tantas veces de manifiesto.

Cumplidos 40 años de peregrinaje, una nueva generación de adultos se había levantado y había sustituido a la antigua. Nuevamente el pueblo fue llevado hasta la frontera de la tierra que Dios había prometido a sus mayores. Pero Dios le dice a Moisés: Tú no entrarás con ellos a la tierra que fluye leche y miel; otro será el que los guíe y reparta a cada tribu su heredad. (Dt 3:23-28)

¡Qué desilusión para Moisés! ¡La meta por la cual él había luchado tanto se le esfumaba de las manos! Por fin había llegado al final de su camino y estaba a punto de culminar la obra que Dios le había encomendado, y Dios le dice: “Tú no, sino Josué los introducirá.”

Pero Moisés no se rebela sino se somete y suplica: “Déjame al menos contemplar la tierra ansiada de lejos.” Moisés escala el monte Nebo y llega a la cumbre donde ha de morir. Allí en la cima, Dios le muestra la tierra que Él juró a Abraham que un día sería suya (Dt 34:1-5).

¿Qué es lo que contempla Moisés de lejos? La tierra prometida con la cual él había soñado durante años y en la que no llegó a entrar, estando a sus puertas. ¿Qué es la tierra prometida para nosotros que no vivimos en aquellos tiempos? Es la salvación en Cristo. El lugar de reposo que hemos alcanzado ya en esta vida los que hemos creído en su mensaje (Hb 4:1-3), y que nos anuncia otra tierra de reposo más sublime a la que llegaremos al final de nuestro camino (Hb 4:9-11). ¡No! ¡Moisés no ha fracasado! Él cumplió la misión que el Señor le había encomendado. Cumplida su tarea, Dios se lo llevó consigo a gozar de los frutos de sus trabajos y otro hombre más joven que él tomó su lugar. Ese es el destino humano. (Nota)

Si a nosotros no nos es dado ver con nuestros propios ojos el cumplimiento de todas nuestras metas en el Señor, tengamos por seguro que Dios no las archivará ni las olvidará cuando nos hayamos ido, sino que suscitará a otros que terminen de realizar lo que nosotros hemos empezado. Ningún esfuerzo se pierde en el Señor, ninguna oración ferviente deja de ser contestada. Todos nuestros esfuerzos, todos nuestros sufrimientos, todas nuestras lágrimas son atesoradas en su redoma y todas formarán parte de la corona que Dios ha prometido a los que le son fieles.

Nota: Quizá habría que decir: “menos joven que él”, porque Josué tenía 80 años cuando sucedió a Moisés.


NB. El texto de este artículo y del siguiente del mismo título constituyeron charlas que se transmitieron por radio a finales de octubre de 1999. Se publican ahora por primera vez.

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