martes, 13 de octubre de 2009

LA HUMILDAD DE JESÚS

La vida entera de Jesús fue una lección de humildad. Él la enseñó no sólo de palabra sino, sobre todo, con su ejemplo y su conducta, desde su nacimiento hasta la tumba.
Incluso en su exaltación al resucitar nos dio ejemplo de humildad, pues no la dio a conocer a todo el mundo sino sólo a un pequeño grupo de discípulos, que no eran personas destacadas de la sociedad de entonces, sino más bien, lo contrario. Es decir, incluso en su triunfo se mantuvo oculto.

1. Fue humilde desde antes de nacer porque aunque Él todo lo llena (Ef 1:23) y ningún templo humano lo puede contener, ni aun los cielos de los cielos (1R 8:27), se encerró durante nueve meses en el vientre de una doncella, empezando su existencia en la tierra como un embrión diminuto que ningún ojo podía ver.
Aunque Él es Señor de señores, se sometió al edicto de un soberano humano inferior a Él, para ir a nacer a la ciudad de su linaje como estaba predicho (Lc 2:1-3). Aquel a cuya voz de comando se hizo la luz y todo el ejército de estrellas (Gn 1:3,14), tuvo que pegar un grito angustiado, como cualquier recién nacido, para que el aire hinchara por primera vez sus pulmones (Thigpen).

2. Fue humilde en su nacimiento pues escogió como padres a un hombre y a una mujer del pueblo y sin mayores recursos, aunque ambos eran -o al menos José (Nota 1)- del linaje real de David, según la profecía (Jr 23:5;33:15; Lc 1:32).
No nació en un palacio, como correspondía a un hijo de rey, sino en una cueva donde se guarecía el ganado por la noche. Algunos alegan que sus padres, si no ricos, por lo menos eran acomodados. Pero si lo hubieran sido ni siquiera hubieran tratado de alojarse en el mesón, porque hubieran tenido parientes o conocidos entre los notables de la ciudad, que de buena gana los hubieran acogido. Sus padres pasaron por la humillación, que lo alcanzaba a Él, de que se les negara lugar en la hostería.
Producido el alumbramiento no vino a ver al niño la gente encopetada del lugar, llevándole finos regalos, sino unos humildes pastorcillos de los alrededores, que no tenían nada que ofrecerle, porque ni siquiera sus ovejas les pertenecían. En el episodio de la epifanía angélica se muestra la preferencia de Dios por los humildes y sencillos, porque no envió a sus ángeles a iluminar la noche de los potentados sino la de unos pobres zagales (Lc 2:8-14).
Es cierto que después fue visitado por unos magos venidos de Oriente, que habían sido acogidos en la corte de Herodes, y que el niño recibió de ellos costosos regalos (Mt 2:11). Pero los magos no pudieron regresar por el mismo camino por donde vinieron sino que tuvieron que emprender el viaje de retorno en secreto, porque Jesús desde su nacimiento fue un perseguido (Mt 2:12).
No hubo ningún brasero que calentara el ambiente frío de la cueva sino que, según una tradición que transmite un evangelio apócrifo -y que tiene cierto sustento en Isaías (2)- fue el aliento de un burro y de una vaca lo que dio calor al niño cuando no estaba en brazos de su madre.
No tuvo una cuna recamada de seda y encajes, sino fue acostado en un rústico pesebre donde comía el ganado, y tuvo por almohada un puñado de paja.
El que estaba por encima de la ley, porque era su autor, se humilló naciendo bajo la ley, como si fuera esclavo y no heredero, (Gal 4:4,1) y recibió la vida de una mujer que a Él le debía la vida. El acreedor se hizo pues al nacer, deudor.
El HIjo de Dios, que era la pureza misma, y que no podía decir de sí mismo: "en pecado me concibió mi madre", como el rey David (Sal 51:5b), se dejó circuncidar al octavo día como cualquier hijo de padres pecadores (Lc 2:21). Él, de quien dice la Escritura que es "el primogénito de toda la creación" (Col 1:15) y que vino a rescatar a todo el género humano, tuvo que ser rescatado por sus padres, como cualquier primogénito de mujer, según lo prescribía la ley del Levítico para los pobres, al precio de dos tórtolas o palomos (Lv 12:6-8; Lc 2:24), prueba de que ellos no eran ricos.

3. Aunque hubiera podido tener a su disposición una legión de ángeles que lo defendiera, tuvo que huir de noche a Egipto porque, en su debilidad, no podía hacer frente a los que lo buscaban para matarlo. (Mt 2:13,14)

4. El Creador y Señor del universo, estuvo sujeto a sus padres, obedeciéndoles como cualquier niño (Lc 2:51). El que era la sabiduría misma (Pr 8:22,23), tuvo que aprender las primeras letras, y a contar y a leer. Aunque no está escrito, es probable que, como todo niño judío de su tiempo, fuera a una escuela para memorizar las Escrituras de las que Él era autor y que hablan de Él (Jn 5:39).
Vivió escondido durante 30 años en una pequeña ciudad que no gozaba de buen nombre (Jn 1:46), adoptando como su padre el humilde oficio de carpintero, esto es, el de un artesano que está al servicio de los que lo necesitan y que depende de ellos (Mr 6:3). ¿Podemos imaginar al divino carpintero discutiendo los detalles del mueble que le encargan unos clientes de Nazaret que le regatean el precio de su trabajo?

5. Él, que nunca cometió pecado y en quien jamás se encontró nada digno de reproche (Jn 8:46; Hb 7:26), se hizo bautizar en el Jordán junto con pecadores y publicanos, como si fuera uno de ellos, por un hombre que se reconocía y era inferior a Él, no siendo digno ni siquiera de desatar sus sandalias, y que, por ese motivo, se negó inicialmente a bautizarlo (Mt 3:13-15; Lc 3:16).

6. Se preparó para la vida pública ayunando durante 40 días y dejándose tentar por el diablo como un común mortal. Aunque con una sola palabra de su boca hubiera podido apartar al Maligno (Mt 8:16), se dejó llevar por Lucifer a lo más alto del templo y a la cima de una montaña. Y en ese lugar permitió que Satanás le dirigiera palabras irónicas instándole a arrodillarse delante suyo y a adorarlo (Mt 4:1-11), Él, delante de quien se arrodillan los ángeles y la creación entera (Flp 2:10).

7. Empezó su predicación yendo a Nazaret, la ciudad donde había crecido, para ser rechazado por sus compatriotas, al punto que tuvo que abrirse camino a través de ellos porque querían desbarrancarlo (Lc 4:28-30). No quisieron reconocer al Espíritu que hablaba a través suyo y se escandalizaron de Él diciendo: "¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María?...y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros?" (Mt 13:55-57).
En esa ocasión, como en tantas otras, se cumplió la palabra: "Vino a lo suyo y los suyos no le recibieron..." (Jn 1:11) ¡Qué mayor humillación que su propia sangre no lo reconozca! ¡Hasta sus hermanos no creyeron en Él! (Jn 7:5).

8. Siendo rico se hizo pobre para que nosotros fuésemos enriquecidos con su pobreza (2Cor 8:9), y no tenía dónde recostar la cabeza (Lc 9:58). Durante su vida pública pudo alimentarse gracias a que un grupo de mujeres piadosas se ocupaba de que nada le faltara (Lc 8:3).

9. Escogió como discípulos no a hombres cultos y sabios, sino a rudos e ignorantes del pueblo, en su mayoría pescadores de oficio (Mt 4:18-22).
Cuando los demonios proclamaban que Él era el Hijo de Dios, Él les ordenaba callarse (Mr 1:23-25,34, y pedía a los enfermos que sanaba que no divulgaran el hecho (Mt 8:4;9:30).

10. Predicó preferentemente a los pobres y a los enfermos y le gustaba rodearse de niños, a quienes, por lo general, los mayores no dejaban a acercarse a los adultos (Mr 10:13,14). Se sentaba a comer con publicanos y pecadores, odiados por el pueblo y despreciados por la gente piadosa (Mt 9:10,11).

11. Se sometió a las flaquezas de nuestra carne, experimentando hambre, sed y cansancio (Jn 4:6-8), Él, cuyo poder sostiene la creación (Hb 1:3) y que es fortaleza de los desfallecidos (Flp 4:13).
Siendo Él la encarnación de la verdad (Jn 14:6), se sometió a la humillación de que los judíos pusieran en duda su palabra (Jn 5:43; 8:45) y la discutieran, llegando incluso algunos a sugerir que estaba endemoniado (Jn 8:48). Inclusive algunos de sus discípulos, desconfiando de Él, lo abandonaron (Jn 6:66),
No se exaltó a sí mismo sino que remitió todo juicio al Padre (Jn 8:16), cuya gloria buscaba, no buscando la propia (Jn 8:49,50). Al Padre atribuía su doctrina, no a su propia ciencia (Jn 7:16; 8:28) e, incluso también, los milagros que obraba (Jn 14:10).
Él, a quien sirven los ángeles (Mt 4:11) dijo de sí mismo que no había venido para ser servido sino para servir. (Mt 20:28).

12. Tuvo su momento de gloria cuando fue aclamado por la multitud a su entrada a Jerusalén, pero lo hizo no llevado por un carruaje sino montado sobre un pollino, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Zacarías (Jn 12:14,15; Zc 9:9), y no trató de explotar ese éxito momentáneo para aumentar su popularidad, como habría hecho un político, sino que se retiró enseguida a Betania (Mr 11:11).
Cuando la gente quiso coronarlo rey se ocultó de ellos (Jn 6:15), pero cuando lo cubrieron de reproches se mostró a la vista de todos, humillado, sangrante y digno de lástima (Jn 19:4,5). El que corona de gloria a sus siervos fieles, fue coronado de espinas por enemigos crueles.
Pasó por la afrenta de que el populacho prefiriera salvar la vida de un delincuente antes que la suya, a pesar de que Él había sanado a tantos y nunca había hecho mal a ninguno (Lc 23:17-23; Hc 3:14). El más admirable de todos los hombres aceptó ser tratado como el más despreciable.

13. Pero el ejemplo de humildad más alto lo dio Jesús en la Ultima Cena, cuando se inclinó a lavar los pies de sus discípulos: "¿Cómo -protestó Pedro- tú me vas a lavar los pies a mí? De ninguna manera".
Era una protesta justificada. En la antigüedad la tarea de lavar los pies a los que entraban a una casa con las sandalias cubiertas de polvo correspondía a los esclavos. Nunca el dueño de casa, o el anfitrión, se hubieran rebajado a hacerlo personalmente. Habría sido una humillación abyecta.
Pero Jesús quiso lavarle los pies a cada uno de sus discípulos:
"Si yo no te lavo los pies ahora, no tendrás parte conmigo."
¿Cómo, Jesús? ¿Tú quieres lavarme los pies, a mí que soy un pecador? "Lo que yo hago no lo comprendes ahora, pero algún día lo comprenderás" (Jn 13: 6-9).
Que el inferior se incline ante el superior, y el menor ante el mayor, no es propiamente humildad sino realismo; es reconocer la realidad de los hechos, situarse en la verdad.
Pero que el superior se incline ante el inferior, el que es más ante el que es menos, la divinidad ante la humanidad, ésa sí es verdadera humildad, una humildad sublime; que el mayor reconozca el valor del menor y se incline ante él, eso es algo que sólo Dios puede hacer (Guardini).
Pero Él lo hizo, entre otras razones, para darnos ejemplo: Para que el mayor entre nosotros se incline ante el menor; para que el patrón se incline ante el sirviente; el maestro ante el discípulo; el que de su abundancia ofrece, ante el que en su pobreza recibe.

14. Para poder humillarse de esa manera es necesario vaciarse de sí mismo. Y eso fue lo que hizo Jesús, "en quien habita corporalmente la plenitud de la deidad" (Col 2:9), "el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como algo a lo que necesitaba aferrarse, sino que se despojó a sí mismo" de todo signo exterior y atributo de la divinidad. Precisamente porque era Dios podía desprenderse de los signos distintivos de su grandeza, y aparecer como un ser cualquiera, "tomando forma de siervo," -como lo somos nosotros realmente, comparados con Dios- "hecho semejante a los hombres" (Flp 2:6,7).
El que es poca cosa teme desprenderse de ese poco, porque sabe que en aferrarse a ese poco radica su único valor. Pero el que lo es todo, puede desprenderse de su grandeza visible, porque aun desnudo de ella, sabe cuál es su valor. El fuerte no necesita mostrar su fuerza, le basta saber que la tiene. Pero el débil hace alarde de su mínima fortaleza, porque es todo con lo que cuenta.
"...Y estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte..." (Flp 2:8).
¿A quién obedeció Jesús cuando se puso en manos de sus enemigos? "Como oveja fue conducido al matadero" (Is 53:7). Obedeció a sus trasquiladores sin pronunciar palabra de protesta. Obedeció sin quejarse a los que lo iban a crucificar.
"Se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz." La muerte más horrible de la antigüedad, la más humillante, la más dolorosa.
"Maldito todo el que cuelga de un madero...". Él, que es origen de todas las bendiciones que fluyen a la humanidad, se hizo "maldición por nosotros..." (Gal 3:13; Dt 21:23).
Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros (2Cor 5:21) cargando en su cuerpo todos los pecados de la humanidad sobre el madero (1P 2:24).
El que era el autor de la vida gustó de la muerte por todos (Hb 2:9), y el que expulsaba demonios "por el dedo de Dios" (Lc 11:20), pasó por la humillación de ser vencido por el "que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo" (Hb 2:14), pero para triunfar finalmente sobre él, anulando su poder.

15. ¿Puede Dios morir? Esa idea tan absurda escandalizaba a los paganos, cuyos dioses no podían morir porque los suponían inmortales. ¿Qué clase de Dios es éste a quien adoran los cristianos, que puede morir, y todavía, en manos de sus torturadores? ¡Ese no es Dios, es una caricatura de Dios!
Por eso dijo Pablo que para los gentiles "el mensaje de la cruz es locura" (1Cor 1:18). Pero quienes inventaron esa locura no fuimos nosotros, fue el propio Dios, que quiso pasar por loco por amor a nosotros. Y por nosotros se sometió a las torturas más terribles.
¡Qué humildad la del que teniendo todo el poder para borrar con un solo soplo de la faz de la tierra a los que lo crucificaban, se sometió, no obstante, a sus maltratos, a sus insultos, a sus burlas, a sus azotes, a sus escupitajos, sin pronunciar una sola palabra de queja!
Jesús en la cruz se humilló hasta mendigar de sus verdugos una gota de agua para calmar su sed; se humilló hasta pedir al Padre que perdonara a los que lo clavaban; se humilló hasta parecer, no, hasta sentir en verdad, que el Padre lo había abandonado (Jn 19:28,29; Lc 23:34; Mt 27:46).

16. Teniendo tal ejemplo ¿cómo podemos sus discípulos pretender que se nos honre y se nos alabe? Si el Rey de la gloria, a quien los ángeles alaban sin cesar, y la creación entera rinde tributo, aceptó ser desechado y despreciado entre los hombres ¿cómo nosotros, que somos polvo y ceniza, pretendemos que se nos aplauda? ¿No es ridículo que el gusano se infle de orgullo queriendo ser apreciado, cuando Aquel que con su solo pensamiento puede aplastarlo, aceptó ser humillado?
Si para Jesús haber sido humillado por nuestra causa es uno de sus mayores títulos de gloria ¿no lo será para ti también ser humillado por su causa? Si Él no rehuyó el oprobio por el gozo puesto delante de Él (Hb 12:2), ¿no aceptarás tú lo mismo por el gozo de seguir sus pasos?
Reconozcamos que nada somos delante de Dios, inclinémonos ante su Majestad. Pero inclinémonos también, cuando sea necesario, siguiendo su ejemplo, delante de nuestros semejantes, incluso delante de nuestros enemigos y de los que son en el mundo menos que nosotros. (12.01.02)

Notas: 1. Algunos autores piensan que María, dado su parentesco con Isabel, era de la tribu de Leví, de la casa de Aarón. Otros creen que la genealogía que trae Lucas (3:23-38) en realidad es la del linaje davídico de María que se remonta hasta Adán.
2. "El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor" (Is 1:3)). Esa es la razón por la que esos dos animales aparecen en los nacimientos de Navidad.

NB.-:Este escrito fue el último de una serie de tres charlas radiales dedicadas a la humildad y luego impresas hace casi ocho años. Al publicarlo nuevamente quiero reconocer mi deuda con un pequeño libro anónimo, muy edificante, que recoge sobre todo pensamientos de autores antiguos.

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viernes, 2 de octubre de 2009

¿QUÉ ES EL JUDAÍSMO? III

Según la Agadá la Torá contiene 613 mitzvot, 248 positivos (uno por cada hueso del cuerpo humano, según la nomenclatura aristotélica) y 365 negativos (uno por cada día del año). Los diez mandamientos del Decálogo no ocupan ninguna posición privilegiada dentro del conjunto de los mitzvot. Dios es igualmente severo en su exigencia del cumplimiento de cada uno de los 613 mitzvot. (1) No existe acuerdo unánime sobre cuáles sean los 613 mandamientos, pues se han confeccionado varias listas diferentes, pero la que proporciona Moimónides en su Mishné Torá es la más conocida. (2)

Como los mitzvot son muy generales se requiere de mucha interpretación para saber exactamente cómo observarlos. Por ejemplo, la Torá dice que no se debe trabajar en sábado (“Seis días trabajarás y harás toda tu obra (melajá en hebreo), mas el sétimo día es reposo para Jehová tu Dios”, Ex 20:9,10. Nota 3). Pero ¿cómo saber en qué consiste exactamente trabajar en la práctica? Hay cosas que son trabajo y otras que no lo son. En muchos casos la distinción es sutil. En muchos otros, sin embargo, la distinción puede ser arbitraria.

Para facilitar el cumplimiento del mandamiento los rabinos establecieron en la Mishná -de la que hablaremos en el siguiente articulo- 39 órdenes de actividades o trabajos (melajot, plural de melajá) que caen dentro de la prohibición del descanso sabático. A su vez, para cada uno de ellos establecieron 39 reglas. En consecuencia el conjunto de reglas sobre el descanso que hay que observar es 39 x 39, es decir, 1521. Con razón los rabinos dicen que se requiere de mucho estudio para poder observar correctamente el sábado. Los 39 melajot prohibidos en sábado en su mayoría están relacionados con la construcción del tabernáculo en el desierto, que después de la creación del universo (Gn 2:2) es la obra por antonomasia: “Y vio Moisés toda la obra (melajá), y he aquí que habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo”. (Ex 39:43) Están prohibidas no porque en sí mismas sean malas sino por respeto al sábado en que se descansa. (4)

Buen número de los desencuentros que Jesús tuvo con los fariseos giraba, como bien sabemos, en torno de lo que se podía o no hacer en sábado. Una vez, teniendo delante un hombre que tenía la mano seca, Jesús les preguntó si era lícito hacer el bien o hacer el mal en día de reposo. Esto es, les estaba retando a que le dijeran qué norma específica había al respecto. Como no le contestaron Él sanó al hombre. En ese día los fariseos se confabularon con los herodianos para perderlo (Mr 3:1-6; Lc 6:6-11). Segun Joseph Klausner (autor de la primera biografia de Jesús escrita por un erudito judio, publicada en 1922) la indignación de los fariseos ante el hecho de que Jesús sanara al hombre se debió a que, si bien las reglas sobre el sábado podían ser violadas cuando se trataba de salvar una vida, Jesús sanaba en día de reposo cualquiera que fuera la naturaleza de la enfermedad, es decir, como en este caso, aún cuando no hubiera peligro de muerte.

En otra ocasión, cuando los fariseos le reprocharon que sus discípulos arrancaran espigas en sábado, Él les recordó el episodio en que David y sus hombres, teniendo hambre, comieron los panes de la preposición que estaban reservados para los sacerdotes del templo (1Sm 21:1-6; c.f. Lv 24:5-9), y les dijo: “El día de reposo (sábado) está hecho para el hombre, no el hombre para el día de reposo”, (5) concluyendo: “el Hijo del Hombre es aun señor del día de reposo” (Mr 2:23-28. Véase el mismo episodio en Lc 6:5).

Recuérdese también el episodio en que Jesús sana al paralítico de Bethesda en día sábado, y le ordena que se lleve el lecho en que había estado acostado. Los judíos, dice Juan, (es decir, los escribas y fariseos) le reprochan al hombre que cargue su lecho en día de reposo en que –según la tradición- está prohibido cargar objeto alguno. Pero él se defiende diciendo que el que lo sanó le dijo que cargara el lecho (Jn 5:5-13). Cuando Jesús más adelante discute con ellos, Él les dice: “Si vosotros permitís que se circuncide en día de reposo (en que, en principio, no debe hacerse obra alguna) para no violar la ley de Moisés (que manda circuncidar a todo varoncito al octavo día del nacimiento), ¿Por qué os enojáis conmigo si sano completamente a un hombre en día de reposo?” (Jn 7:23). Es decir, si se puede violar el sábado por lo menor (circuncidar no es un asunto de vida o muerte), ¿por qué no se puede violarlo por lo mayor (la salud de un hombre que ha estado 38 años paralítico)?

No obstante, es un hecho que Jesús reconocía, en términos prácticos, la existencia, si no la validez, de las normas de la tradición oral sobre el descanso sabático. Eso lo muestra el hecho de que en el discurso del Monte de los Olivos, al hablar de la huida de Jerusalén en el día de la Gran Tribulación, Él les diga: “Orad porque vuestra huida no tenga lugar en día de reposo”, (Mt 24:20) porque debido a la limitación de distancia que se podía caminar en sábado fuera de la ciudad, no podrían ir muy lejos. Al pronunciar esa frase Él no estaba aprobando tácitamente esa regulación, sino simplemente reconociendo la realidad de su existencia, porque los creyentes judíos que eran celosos observantes de la ley, al huir se sentirían constreñidos por ella (Véase Hch 21:20).

Nótese al respecto que el libro del Éxodo dice sobre el sábado: "Quédese cada uno en su lugar y que nadie salga de su lugar el séptimo dia." (16:29). En el desierto era fácil cumplir con esa norma, pues se entendía que nadie debía salir de su tienda. Pero una vez establecidos en la Tierra Prometida, y habitando en ciudades, había que adaptar esa norma a las nuevas circunstancias. ¿Qué significaba salir de su lugar? ¿Salir de la propia vivienda? ¿Salir del poblado, o de la ciudad? De ahí provienen las sumamente complejas normas acerca de los desplazamientos permitidos en día sábado y las distinciones entre el dominio privado y el dominio publico.

En el libro de los Hechos podemos también detectar la huella de esas tradiciones orales sobre el sábado. En el primer capítulo leemos que después de contemplar la ascensión del Señor a los cielos, los discípulos regresaron del monte del Olivar, que está cerca de Jerusalén "camino de un día de reposo" (Hch 1:12), distancia que según la especificación legal desarrollada por los rabinos (“eruv tejumin”), no debía superar los dos mil codos, o sea, 900 metros (6). Esa alusión nos muestra que los apóstoles, como buenos judíos que eran, guardaban las normas concretas provenientes de las tradiciones de los mayores sobre el trecho que era lícito caminar en día sábado. (7)

Para tener una idea de hasta qué punto los judíos piadosos consideraban sagradas las regulaciones relativas al descanso sabático, puede mencionarse el episodio que figura en el primer libro de los Macabeos, donde un grupo de patriotas con sus familias y ganados, guiados por Matatías, se refugiaron en las cuevas del desierto, al otro lado del Jordán, para no verse obligados a sacrificar a los ídolos. Alcanzados por las tropas de Antíoco Epífanes en día sábado, se abstuvieron de defenderse para no violar el día de reposo, y fueron todos muertos. (1Mac 2: 29-38). Ese episodio dio lugar a que posteriormente se estableciera una regla permitiendo no atacar pero sí defenderse para salvar la vida en día de reposo, porque “la Torá ha sido dada para que vivan por ella, no para que mueran por ella”, según un famoso rabino. Esa regla es el primer ejemplo que registra la historia de una norma interpretativa de la Torá escrita.

El hecho es que el sábado vino a ocupar en el judaísmo un lugar central, como reza una oración sabatina: “Los que guardan el sábado y lo llaman un deleite, se regocijarán en tu reino.” El sábado es la más importante de todas las fiestas, salvo el Día de Expiación, el Yom Kippur. Sus regulaciones deben ser observadas con alegría, no como una carga. Gozarse en el descanso y en la adoración sabatina constituye una obligación que los judíos llaman oneg shabat. Para preservar la santidad del descanso sabático, que comienza al atardecer del día viernes, es esencial preparar la víspera los alimentos que se van a consumir el sábado (Ex 16:23), al que se da la bienvenida alumbrando en la casa varias velas antes del atardecer, para celebrar, caída la noche, una cena festiva en la que la mesa es arreglada con el mantel y los cubiertos más costosos que posea la familia.

Hay otra oración litúrgica que dice: “Tú no diste el sábado a las naciones de la tierra, ni lo diste como herencia a los idólatras, ni en su descanso hallarán un lugar los injustos. Pero a Israel tu pueblo lo diste en amor, a la simiente de Jacob que habías escogido, al pueblo que santifica el día sábado…”. El escritor judio Asher Ginsburg del siglo pasado expresa muy bien el lugar central que ocupa el sétimo día en la religión y en la vida judía, al decir: “Más que haber guardado el sábado, el sábado ha guardado a Israel.”

Desde otro punto de vista el día sábado representa el mundo venidero (Olam Ha Ba) en el que no se trabaja y se goza de paz, mientras que los seis días previos, en que sí se trabaja, representan la vida dura y llena de penuria del mundo presente (Olam ha zé). Alternativamente el sábado recuerda la creación del mundo, al terminar la cual Dios descansó (Gn 2:2; Ex 20:11).

Aunque los romanos tildaban a los judíos de ociosos porque se abstenían de trabajar un día a la semana, no cabe duda de que guardar un día de descanso semanal para dedicarlo al Señor, es un principio eterno, y es uno de los grandes aportes del judaísmo a la humanidad. Aunque Pablo reproche a los Gálatas que guarden “los días, los meses, los tiempos y los años,” criticando que se sujetaran a las leyes rituales ya caducas que no los obligaban (Gal 4:10), la iglesia no desechó la noción del sábado sino que trasladó muy pronto el descanso semanal al “día del Señor”, esto es, al domingo, del sétimo día de la semana al primero, en recuerdo de la resurrección de Jesús, e hizo del reposo en ese día una obligación. Es un hecho que la vitalidad cristiana de una localidad, o de una nación, se manifiesta en la seriedad con que la población guarda ese día de reposo, absteniéndose de trabajar y asistiendo al templo.

Notas: 1. De ahí viene posiblemente la noción prevaleciente en algunos círculos protestantes de que todos los pecados son igualmente graves.
2. En la página web
www.jewfaq.org/613.htm puede encontrarse una lista completa ordenada de los mandamientos por materias. Además de los mitzvot provenientes de la Torá (mitzvot d’oraita) el judaísmo reconoce la existencia de otros mandamientos promulgados por los rabinos (mitzvot de rabbanan) que son tan obligatorios como los contenidos en la Torá, aunque si hubiera un conflicto entre dos preceptos de una y otra clase, los primeros tienen precedencia. Los mitzvot de rabbanan se dividen en tres categorías: gezeriah, takkanah y minhag. La primera comprende lo que generalmente es referido como “la valla alrededor de la Torá”, de la que se hablará más adelante: leyes dadas para prevenir que por accidente se pueda violar una mitvá. La segunda incluye reglas dadas para el bienestar público, y que varían según las regiones. La tercera comprende las costumbres que por la práctica continuada se han vuelto obligatorias.
3. La palabra malajá aparece por primera vez en el relato de la creación: “Y acabó Dios en el sétimo día la obra (melajá) que hizo…” (Gn 2:2). Melajá puede traducirse como servicio, empleo (pero no servil), obra, labor, oficio, negocio, etc. Se refiere al trabajo experto que requiere de una habilidad específica, y a las bendiciones o frutos que se derivan de él, en contraste con el trabajo pesado, penoso, que se designa con las palabras amal o sagá.
4. La adaptación de las normas sobre los melajot prohibidos a la vida moderna es compleja. Por ejemplo, está prohibido prender un fuego (Ex 35:3. C.f. Ex 16:23). En consecuencia está prohibido manejar un auto porque usa un motor de combustión interna. Por el mismo motivo está prohibido prender una bombilla o una cocina eléctrica. Se comprende que el judaísmo liberal moderno sostenga que el judío debe cumplir sólo aquellas normas a las que su conciencia lo obligue.
5. El Talmud atribuye una frase similar a un discípulo de Akiva, Simeón ben Menassia, que vivió un siglo después de Jesús: “El sábado fue dado en tu mano, pero tú no fuiste dado en su mano.” Esa frase puede ser un eco de las palabras de Jesús.
6. La distancia de 2000 codos parece tener su origen en la orden dada por Josué cuando llegó el momento en que el pueblo de Israel debía atravesar el Jordán para entrar en la Tierra Prometida. Josué ordenó que el pueblo siguiera al arca que cargaban los sacerdotes a una “distancia como de dos mil codos” (Js 3:4).
7. Los rabinos desarrollaron un procedimiento legal, llamado eruv, para facilitar la observancia del sábado, atemperando las restricciones a los desplazamientos que prohíben cargar un objeto cualquiera, incluso minúsculo, en un “dominio público”. Existen varias clases de eruvim (de dominios, de platos cocinados, de fronteras) y no puede negarse que algunas de sus disposiciones son artificiosas. Por ejemplo, es posible formar un “dominio privado” común constituido por varias viviendas, construyendo en derredor de ellas una valla simbólica formada por postes de por los menos 40 cm, unidos por una soga o alambre. De esa manera se vuelve lícito caminar o cargar objetos en día sábado dentro del espacio resultante. ¿Cuál es el origen de la prohibición de llevar alguna carga en día sábado? El Decálogo en Éxodo y Deuteronomio sólo prohíbe trabajar, aunque podría relacionarse el hecho de cargar objetos con la actividad comercial, que sí constituye trabajo. Pero el llevar cargas y meterlas por las puertas de Jerusalén forma parte de las actividades denunciadas por Jeremías en relación con el sábado (Jr 17:21,22,24,27). Se trata de una interpretación especial de la prohibición mosaica que debe haberse producido en algún momento, que adquirió mayor relevancia después del retorno del exilio. En el último capítulo de su libro Nehemías toma severas medidas contra los que introducen cargas sobre acémilas por las puertas de Jerusalén para vender su mercadería en día de reposo, sean judíos o extranjeros (Nh 13:15-21).

El Caso Dreyfus y el Estado de Israel. En su libro “The Proud Tower” la escritora judía norteamericana Bárbara Tuchman hace una vívida descripción del conflicto suscitado por el “affaire Dreyfus” a fines del siglo XIX, en el que un sector de la sociedad francesa se enfrentó apasionadamente contra otro, al punto de que se temió que pudiera producirse un golpe de estado. El capitán Alfredo Dreyfus, alsaciano de origen judío, fue acusado y condenado injustamente en 1894 --sobre la base de pruebas fraguadas y en un juicio realizado a puertas cerradas- de haber vendido información militar secreta al Estado Mayor alemán.

Teodoro Herzl, un joven y frívolo escritor judío austriaco, asimilado a la sociedad burguesa europea e indiferente a sus raíces, fue enviado a Paris por un diario vienés para cubrir el juicio y se quedó anonadado ante la ola de violento antisemitismo que agitaba Francia.

El impacto del odio que percibió le hizo tomar conciencia de su identidad judía y le hizo comprender que su pueblo no se encontraría seguro en ninguna parte del mundo mientras no contara con un país soberano que pudiera llamar propio. En 1896 publicó sus ideas en un libro titulado “Der Judenstaat” (“El Estado Judío”) que sacudió la conciencia de muchos judíos. El año siguiente se celebró en Basilea el primer Congreso Sionista, en el que se inició el movimiento que culminaría en 1948 con el establecimiento del Estado de Israel.

El sacrificio de Dreyfus fue el detonante que se necesitaba para iniciar el movimiento masivo que llevaría de nuevo al pueblo de Israel a su tierra. Como en muchos casos semejantes, él fue la víctima necesaria escogida por la Providencia para llevar a cabo sus propósitos. Puede decirse sin exagerar que sin Dreyfus no habría quizá hoy un estado judío independiente.

Es una marca irónica del destino del pueblo elegido que a pesar de haberse establecido como país soberano, democrático y moderno, en la tierra prometida a sus antepasados, los judíos sigan estando amenazados, esta vez por los pueblos musulmanes vecinos, que han jurado expulsarlos al mar.

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martes, 29 de septiembre de 2009

¿QUÉ ES EL JUDAISMO? II

En el artículo anterior explicamos que una característica esencial del judaísmo como religión consiste en que reconoce la existencia de dos Torá, la Torá escrita y la Torá oral. ¿Cómo se originó la Torá oral? Con el correr del tiempo y cambiar las condiciones de vida del pueblo hebreo se fue haciendo necesario adaptar las normas de la Ley escrita a las nuevas condiciones y circunstancias. Ese es un proceso que debe haberse iniciado temprano de una manera natural desde el retorno del pueblo hebreo del exilio babilónico. Los sabios hebreos consideraron que había un pasaje en Deuteronomio que los autorizaba a hacer esa actualización: “Cuando alguna cosa te fuere difícil en el juicio, entre una clase de homicidio y otra, entre una clase de derecho legal y otra, y entre una clase de herida y otra, en negocios de litigio en tus ciudades; entonces te levantarás y recurrirás al lugar que Jehová tu Dios escogiere; y vendrás a los sacerdotes levitas, y al juez que hubiere en aquellos días, y preguntarás; y ellos te enseñarán la sentencia del juicio. Y harás según la sentencia que te indiquen los del lugar que Jehová escogiere, y cuidarás de hacer según todo lo que te manifiesten. Según la ley que te enseñen, y según el juicio que te digan, harás; no te apartarás ni a diestra ni a siniestra de la sentencia que te declaren.” (Dt 17:8-11). Esos cambios y adaptaciones puntuales pasaron a formar parte de las “tradiciones ancestrales” que normaban la vida cotidiana del pueblo judío.

En sus inicios el movimiento de los nazarenos, o seguidores de Jesús de Nazaret, era una secta más de las muchas que conformaban el variado judaísmo del primer siglo (junto a los saduceos, fariseos, zelotes, esenios, etc.). Pero al separarse los cristianos del judaísmo como una religión distinta –engrosadas sus filas con la afluencia de gentiles- y al haber retenido ellos la Torá escrita como Escritura, ya los judíos no podían afirmar que la Torá les pertenecía en exclusividad. Eso los llevó a elevar “las tradiciones de sus mayores” al estatus de una Torá oral, a la que atribuían un valor igual –y posteriormente mayor- que el atribuido a la Torá escrita. De esa manera el judaísmo podía afirmar que la Torá total les pertenecía a ellos exclusivamente.

De ahí faltó poco para que se sostuviera que la Torá oral había sido dada a Moisés en el Sinaí junto con la Torá escrita. Y que se afirmara que Abraham, el judío primordial, había cumplido toda la Torá (“mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”, Gn 26:5) antes de que fuera promulgada porque, como llegaron más tarde a sostener y veremos luego, la Torá es eterna. Esa noción contrasta con la afirmación de Pablo, basada en el Pentateuco, de que la Torá fue dada 430 años después de Abraham (Gal 3:17).

En la medida en que los cristianos negaban el valor de “las tradiciones de los mayores”, los rabinos exaltaban la Torá oral, que ellos exclusivamente poseían, y que llegaron a colocar por encima de la Torá escrita, que compartían con los cristianos. No existe certidumbre acerca de cuándo los judíos empezaron a llamar a sus tradiciones Torá oral, pero ciertamente fue después de muerto Jesús, posiblemente cuando se estableció la primera academia rabínica en Yavné, bajo la dirección de Johanan ben Zakai, después de la destrucción del templo el año 70 DC.

El pensamiento rabínico empezó a embellecer la experiencia del Sinaí y a llenarla de significado. ¿Por qué fue dada la Torá en el desierto, en la tierra de nadie? Si hubiera sido dada en Israel, los gentiles se hubieran sentido excluidos de ella. Si hubiera sido otorgada en otra tierra, sus habitantes hubieron pretendido que les pertenecía en exclusiva a ellos. Dada en el desierto, estaba disponible para todas las naciones. En verdad, Dios la ofreció a todos los pueblos, primero en cuatro lenguas diferentes, pero cuando esos pueblos se enteraron de que prohibía el asesinato, el adulterio y el robo, declinaron recibirla. La revelación del Sinaí fue hecha entonces en las 70 lenguas del mundo, que es el número de los 70 pueblos de la tierra, pero sólo Israel estuvo dispuesto a aceptarla. (Cita libre de una pasaje de “Judaism & Christian Beginnings”, de Samuel Sandmel)

Nótese que, según los rabinos, si Israel no hubiera pecado –es decir, si no hubiera desobedecido a la Torá- las Escrituras habrían concluido con la narración de la conquista de Canaán. A partir de entonces la comunidad santa habría vivido en paz eterna bajo la ley divina.

Para impedir que los cristianos se apoderaran también de la Torá oral, como se habían apropiado de la Torá escrita, se prohibió que sus leyes (los “halajot”) fueran puestas por escrito, debiendo ser confiadas exclusivamente a la memoria, a la vez que se prohibía que la Torá escrita fuera transmitida oralmente.

Sin embargo hay evidencias de que los rabinos usaban cortas anotaciones para ayudar a la memorización, llamadas en el mundo helenístico “hupomneumáta” o “jreia”. Es muy probable, dicho sea al pasar, que los discípulos de Jesús usaran también de procedimientos semejantes para registrar las enseñanzas orales de Jesús. Él, por lo demás, proclamaba con frecuencia sus enseñanzas en frases proverbiales cortas y rítmicas que facilitaban la memorización, como hacían también los rabinos. (Nota 1)

Por lo que se refiere a la existencia de esas normas tradicionales, en los libros extracanónicos (apócrifos) hay evidencias de las variadas maneras cómo los judíos piadosos observaban escrupulosamente las leyes no escritas por lo menos dos siglos antes de Cristo. Por ejemplo, Judit interrumpe los días sábado y con ocasión de la luna nueva y de las principales fiestas de Israel, el ayuno voluntario que había iniciado en señal de duelo por el fallecimiento de su marido, (Jt 8:6), porque estaba prohibido ayunar en esos días. A su vez, Tobías da muestras de su piedad cumpliendo con la obligación de enterrar a los muertos que, según la norma tradicional –que luego confirmó la ley rabínica- pasa antes que el estudio de la ley, la circuncisión y el sacrificio del cordero pascual (Tob 1:17-19; 2:1-9). (2)

Si bien los judíos creen que cada palabra de la Torá escrita es palabra de Dios, no creen que el sentido literal de la misma revele plenamente su mensaje. Para conocerlo hay que estudiar el significado simbólico de las palabras (e incluso de las letras) y eso es lo que hay que investigar. Por ejemplo, los siete días de la creación son una referencia simbólica al proceso de la creación en sí, no una verdad literal. (Jesús s.e. entendía la Escritura en su sentido literal.)

Según el rabino Akiva, (primera mitad del 2do siglo) cada verso de la Torá es susceptible de 70 interpretaciones diferentes que, incluso, pueden contradecirse mutuamente.

Los sabios judíos del Medio Evo sostenían que en la interpretación de las Escrituras hay cuatro niveles, que ellos designan con el acrónimo PARDES, (palabra de origen persa que quiere decir "jardín"), y que está formada por la letra inicial de cada nivel: Peshat, remez, derash, sod, los cuales designan respectivamente los niveles literal, alegórico, interpretativo, y místico o esotérico. (Estos niveles de interpretación corresponden en cierta manera a los métodos exegéticos empleados tradicionalmente por la iglesia: literal, alegórico, analógico, y místico. El sentido tipológico no existe en el judaísmo.)

En el desarrollo del nivel interpretativo, o derash, hay dos categorías: la Halajá y la Agadá. La Halajá es la interpretación legal por medio de la cual se derivan, o se extraen, las reglas o normas que deben regir la vida del judío, llamadas precisamente halajá en singular, y halajot en plural. La Agadá comprende todo lo demás: homilías, doctrina, narración, etc. (3)

Para desarrollar instrucciones prácticas la Halajá debe seguir reglas estrictas de interpretación, no así la Agadá, que es libre.

Existen varios conjuntos de reglas de interpretación aplicables a la Halajá: Las siete reglas atribuidas a Hillel, los 13 middoth desarrollados por Ismael ben Elisha a inicios del siglo II, las 32 reglas elaboradas poco después por Eliécer ben José ha-Galili. Las más notorias de éstas últimas reglas son la Gematria (que computa los valores numéricos de las letras, y que tiene mucho uso en la Cábala), y el Nótrikon, que divide las palabras en dos o más partes, y analiza cada parte e incluso cada letra por separado investigando el significado de cada una.

Las más conocida de las siete reglas atribuidas a Hillel es la “Kal va jomer”, o “argumento a fortiori”, que encontramos con frecuencia en el Nuevo Testamento, en boca de Jesús y de Pablo, y que se caracteriza por la pregunta: “¿Cuánto más…?”. Como por ejemplo en el siguiente pasaje: “Pues si vosotros, siendo malos, soléis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?” (Lc 11:13). (4) Pero el hecho de que se encuentre un ejemplo en el Sirácida, que data de mediados del segundo siglo antes de Cristo (“Hay reprensión inoportuna y hay silencio de verdad sensato. ¡Cuánto mejor reprender que estar airado! 20:2), nos hace pensar que esa regla es anterior a Hillel, que vivió un siglo después. (5)

Para los sabios judios lo más importante de los cinco libros de la Torá son las leyes que se han dado para vivir, por lo que el comentarista medieval, Rashi, se preguntaba por qué la Torá no comienza en el cap. 12 del libro del Éxodo, que es donde figuran las primeras reglas o mandamientos (las instrucciones que Dios le da a Moisés sobre cómo el pueblo debía observar la primera Pascua antes de la salir de Egipto). Esos mandamientos contenidos en la Torá se designan con la palabra mitzvá (mitzvot en plural). Rashi, sin embargo, olvida que el primer mandamiento de la Torá figura en el libro del Génesis: “Sed fructíferos y multiplicaos…” (Gn 1:28), y que no está dirigido al pueblo hebreo en particular sino a la humanidad en general.

Esta obsesión por las reglas que norman la conducta es muy singular, y constituye uno de los aspectos más característicos del judaísmo rabínico. Para justificar la proliferación de reglas, los sabios afirman que no basta con hacer lo que Dios manda. Es necesario hacerlo en la forma como Él desea que se haga. A esa obsesión normativa alude Jesús cuando reprocha a los fariseos imponer cargas pesadas a la gente que ni ellos pueden cumplir (Mt 23:4). A esas cargas se refería Jesús en el famoso pasaje sobre el yugo: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.” (Mt 11:28-30). Un eco de esas palabras se encuentra en el discurso que Pedro pronuncia en el Concilio de Jerusalén cuando habla del “yugo que nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar.” (Hch 15:10).

A esa noción oponen los rabinos el gozo de tomar sobre sí “el yugo de la Torá”, lo cual consideraban era un privilegio dado a su pueblo: “El Santo, bendito sea Él, se complació en hacer que Israel adquiriera méritos. Con ese fin multiplicó para ellos la Torá y los mandamientos.” (Mishná. Makkot 3:16). El erudito J. Neusner añade que ése sería el remedio para la tendencia innata del hombre a rebelarse y pecar. (Classical Christianity and Rabinic Judaism”). “En el pensamiento rabínico –dice S. Sandmel, obra citada arriba- la acumulación de buenas obras se convierte en un depósito, en un tesoro de méritos acumulados.” Y añade que este tema se encuentra también en la literatura intertestamental y en los evangelios. Compárese esta cita del Talmud (“Los tesoros en la tierra pueden ser capturados por hombres poderosos; los del cielo son inmunes a la captura.”, Baba Bartra 11:a), con las palabras de Jesús oponiendo los tesoros en la tierra a los tesoros en el cielo (Mt 6:19-21).

Aunque los judíos no usan las palabras “salvación” y “gracia” porque tienen un sabor demasiado cristiano, el judaísmo rabínico enseña que la salvación (no sólo la del individuo sino también la redención del mundo) se alcanza mediante las obras, esto es mediante actos realizados en obediencia a las demandas de la Torá. (Recuérdense, en contraste, la palabras de Pablo acerca de las “obras de la ley” mediante las cuales el hombre no puede ser justificado). Pero también el Antiguo Testamento enseña la salvación por las obras: “Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá por ellos.” (Lv 18:5). “Guarda mis mandamientos y vivirás.” (Pr 4:4). Véase también Nh 9:29 y Ez 20:21. (6)

Notas: 1. B. Gerhardsson, “The Origins of the Gospel Traditions”.
2. Según G.F. Moore, “Mucho de los que nosotros conocemos por las fuentes rabínicas del primer y segundo siglo DC, era costumbre y ley en los siglos precedentes” (“Judaism” Vol I, pag 71).
3. No debe confundirse la Agadá con la Haggadá, que es el libro que contiene el ritual de la fiesta de la Pascua que se celebra anualmente en todo hogar judío (Seder), y que consiste básicamente en la narración de la salida de Egipto (en cumplimiento de lo prescrito en Ex 13:8), la bendición de las cuatro sucesivas copas de vino y el canto de salmos e himnos. Los elementos básicos de esta celebración fueron observados por Jesús en la Última Cena (Lc 22:14-20). El orden del ritual del Seder está expuesto en el tratado Pesahim de la Mishná.
4. Hay otros ejemplos en Mt 10:25; Rm 11:12,24; Hb 9:14; 10:29, etc.
5. Según el erudito judío cristiano, David Daule, esa regla es de origen griego.
6. Una huella de esta concepción se encuentra en el episodio del joven rico que le pregunta a Jesús: “¿Qué bien haré para tener la vida eterna?” A lo que Jesús le contesta: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.” (Mt 19:16,17).


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martes, 22 de septiembre de 2009

¿QUÉ ES EL JUDAÍSMO? I

En nuestra iglesia, como es común en muchas iglesias evangélicas, tenemos una gran estima por la nación de Israel. Recordamos que el pueblo hebreo, del que el pueblo judío fue el remanente que sobrevivió a la conquista babilónica (587 AC), fue el pueblo elegido por Dios para ser su testigo ante el mundo y en cuya simiente, el Mesías (Gal 3:16), según la promesa hecha a Abraham (Gn 22:18) la humanidad entera sería bendecida.

La resurrección de Israel como nación –proclamado estado independiente en 1948- fue el fruto de un movimiento migratorio a la Tierra Santa iniciado en la primera mitad del siglo XIX, que fue auspiciado en sus inicios por personalidades evangélicas británicas (Nota 1) y que recibió un gran impulso posteriormente gracias al movimiento sionista surgido a finales de ese siglo bajo el liderazgo de Teodoro Herzl. Este verdadero milagro histórico es una prueba de la verdad de las promesas divinas –y, por tanto, de la existencia de Dios- que anunciaban que al final de los tiempos el pueblo hebreo volvería a juntarse en la tierra prometida a sus mayores, de la que habían sido expulsados por los gentiles 1800 años antes. (Véase lo que dice Pablo en Romanos 11 acerca del tiempo de los gentiles).

Pero pese a esa simpatía, o entusiasmo en algunos, poco es lo que el evangélico promedio sabe acerca de la religión que el pueblo judío ha practicado desde poco más de veinte siglos. Esa religión no es idéntica a la religión del Antiguo Testamento, aunque se deriva de ella, porque le falta lo que era el elemento esencial de su culto, el templo de Jerusalén, mientras que, de otro lado, el papel central que antes desempeñaban los sacerdotes del templo ha sido asumido por los rabinos, sucesores de los fariseos.

Sería muy tedioso y requeriría de muchas páginas hacer una descripción, aunque fuera sumaria, de todos los aspectos del judaísmo como religión (2). Yo me limitaré a enfocar básicamente uno de los tres aspectos principales del judaísmo, la Torá, que es quizá el que lo define con más precisión. Me basaré para ello en el excelente capítulo que le dedica a ese tema, el rabino Stephen M. Wylen en su libro “Settings of Silver”. También voy a usar como fuente auxiliar de mi estudio otro libro del mismo autor titulado “The Jews in the Time of Jesús”, así como el libro del prolífico erudito Jacob Neusner, “Judaism When Christianity Began”, el libro “Living Judaism” del rabino Wayne Dosick, y el popular volumen, “What is a Jew?” del rabino Morris N. Kertzer. Por último, he consultado con mucho provecho el libro “Judaism and Christian Beginings” de Samuel Sandmel, un autor por cuyo espíritu irénico siento gran simpatía y respeto.
Dedicaré cierto espacio también al tema del pecado y de la expiación, y a la relación de Jesús con el judaísmo de su tiempo. A lo largo de este estudio haré, cuando sea oportuno, comparaciones entre lo que judaísmo propugna y lo que el cristianismo enseña. Esa comparación es útil para entender lo que separa ambas religiones, pero también para ver hasta qué punto la fe cristiana hunde sus raíces no sólo en el Antiguo Testamento, sino también en el judaísmo de tiempos de Jesús, que Él practicó, -pues Él fue un judío practicante, como espero demostrar en otra ocasión. Dedicaré por último posteriormente un artículo a reseñar la historia del judaísmo en la era cristiana.

Para no ser pedante remito a una nota al final de esta serie de artículos la lista de los otros libros sobre el judaísmo que he consultado y que no haya mencionado en las notas.

El Judaísmo rabínico (o talmúdico), pese a las discrepancias internas, fue básicamente el mismo durante los primeros 1800 años de nuestra era (3), pero a inicios del siglo XIX, por influencia de la filosofía de la Ilustración europea, surgieron en el judaísmo corrientes de pensamiento y de liturgia, que llamaríamos liberales, que buscaban adaptar la antigua religión al mundo moderno. Dichas corrientes son hoy día mayoritarias entre los judíos practicantes. En nuestro tiempo el judaísmo rabínico tradicional está representado por la corriente ortodoxa que, a su vez, tiene varias ramas. Mi estudio está orientado principalmente a describir el judaísmo rabínico tradicional que estaba en proceso de formación en tiempos de Jesús y que se consolidó después de la destrucción del templo de Jerusalén el año 70 DC.

Pero vayamos sin más preámbulo a nuestro tema. La Biblia de los judíos es lo que nosotros llamamos “Antiguo Testamento”. Ellos naturalmente no la llaman así sino “Tanak” (que se pronuncia “tanaj”), palabra que es un acrónimo formado por las iniciales de sus tres partes constitutivas, según la tradición judía: Torá, Nevim y Ketuvim, esto es, Ley, Profetas y Escritos. (4).

La Torá está compuesta por los cinco libros que conforman el Pentateuco, los que, según el judaísmo (y el cristianismo), contienen las palabras que Dios habló personal y directamente a Moisés en el Monte Sinaí. La división de los Profetas (Nevim) comprende los libros de Josué, Jueces, Samuel, Reyes, y los libros de los cuatro profetas mayores y de los doce profetas menores. Estos libros contienen –nótese la diferencia con la Torá- el mensaje de Dios comunicado a través de las palabras escritas por los propios profetas. Los “Escritos” (Ketuvim) comprenden el resto del Antiguo Testamento, esto es, Salmos, Proverbios, Job, los llamados Cinco Rollos o Megillot (Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés, Ester) y los libros de Daniel, Esdras, Nehemías y Crónicas. Todos éstos fueron inspirados por Dios, pero sus autores fueron seres humanos. En las tres divisiones hay un orden descendiente de inspiración y de santidad. Para los cristianos toda la Biblia está igualmente inspirada, no hay diferencias de inspiración ni de inerrancia entre sus libros. (5)

Es importante notar que las leyes y las prácticas del judaísmo se derivan exclusivamente de la Torá, es decir, de lo que nosotros llamamos Pentateuco. Los demás libros tienen para ellos fines únicamente inspiracionales.

Sin embargo -y en esto el judaísmo difiere sustancialmente del cristianismo- la religión judía reconoce la existencia de una doble Torá o revelación mosaica: la Torá escrita (Torá je bi Jjtav) y la Torá oral (Torá je be al Pe). La primera comprende como ya se ha dicho, los cinco libros de Moisés, e.d. el Pentateuco. La Torá oral comprende todas las interpretaciones, comentarios y aplicaciones de la Torá escrita, transmitidas oralmente y retenidas en la memoria de generación en generación por los rabinos (lo que Jesús llama “vuestras tradiciones”, y a las que Él se opuso, especialmente cuando ellas eran usadas para anular la palabra de Dios: Mt 15:1-9; Mr 7:8,13) hasta que fueron finalmente fijadas por escrito en el Talmud entre el segundo y el sétimo siglo de nuestra era. El propósito de la llamada Torá oral (que ya dejó de ser oral) es enseñar cómo vivir de acuerdo a la Torá escrita.

Pero Jesús y sus discípulos no fueron los únicos en rechazar la Torá oral. También se opusieron a ella, entre otros, los saduceos y los sectarios de Qumram -cuya vasta literatura fue descubierta en 1947, escondida en unas cuevas cercanas al Muerto, y a quienes generalmente se les identifica con los esenios. Es interesante que en las cuevas del Mar Muerto se hayan encontrado papiros que contendrían fragmentos del Nuevo Testamento, lo que indicaría que los esenios se preocuparon por conocer qué cosa decían los “nazarenos” acerca de su Mesías.

La palabra “Torá” tiene un significado más amplio que “ley”, que es como desgraciadamente la Septuaginta (LXX, Véase Nota 6 más abajo) casi siempre la traduce. Más propiamente Torá significa enseñanza, instrucción. Para los judíos practicantes Torá puede significar: 1) el Pentateuco; 2) éste más los profetas y los escritos, es decir, toda la Tanak, lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento; 3) lo anterior más la Torá oral, es decir, el Talmud y los escritos legales posteriores. Adicionalmente el término Torá puede incluir toda la enseñanza religiosa emitida por los rabinos y sus discípulos en las academias a lo largo del tiempo. Es importante notar esto porque quiere decir que para ellos la revelación no está cerrada.

Además de la Torá con mayúscula se encuentra ocasionalmente esa palabra en minúscula: dvar torá, una enseñanza piadosa de persona a persona basada en la Torá.

De acuerdo al judaísmo la extensísima Torá oral (La edición Standard del Talmud de Babilonia comprende 22 volúmenes) fue revelada a Moisés en el Sinaí, junto con la Torá escrita. Moisés en obediencia a las instrucciones de Dios, puso por escrito los cinco libros que conforman el Pentateuco pero, según dice el “Pirké Avot”, (Dichos de los Padres) transmitió la Torá oral a Josué, Josué la transmitió a los ancianos, los ancianos a los profetas, y los profetas a los hombres de la Gran Asamblea, los cuales, a su vez, la enseñaron a sus discípulos de generación en generación. (7) En otras palabras, todo lo que los rabinos enseñaron y discutieron en sus academias durante los siglos posteriores había sido ya enseñado a Moisés por Dios en el Monte Sinaí. Esto es lo que el erudito judío Jacob Neusner llama “el mito hebreo”, según el cual toda esta vastísima literatura, que versa sobre tantos y variados asuntos, fue memorizada y transmitida sin error de padres a hijos, de maestros a discípulos durante siglos. (8)

Ahora bien, para entender bien lo que ese mito implica, debe tenerse en cuenta que los libros del Talmud –en particular, su primera parte, la Mishná- consisten en buena medida en debates entre rabinos, en los que el rabino Tal (en una frase tersa de pocas líneas) afirma tal cosa, y el rabino Cual, afirma tal otra, con frecuencia contradiciendo, o poniendo en duda, lo que dijo el anterior. La primera pregunta que surge entonces es: ¿Cómo puede la palabra revelada de Dios contener discusiones y contradicciones que en algunos casos versan sobre temas nimios o frívolos?

Los rabinos son concientes de esta seria objeción. La solución encontrada por ellos -según Wylen- es que todas esas opiniones que se contradicen constituyen aspectos de la multiforme revelación divina, pero la opinión aceptada por la mayoría de los rabinos que participan en la discusión, es la que se convierte en ley para todos los tiempos. En apoyo de ese dicho suelen citar, fuera de contexto, una frase de Éxodo: “No seguirás a los muchos para hacer el mal” (Ex 23:2). De otro lado, cuando había una discrepancia entre “La casa de Hillel” y “La Casa de Sammaí”, se debía dar la preferencia a la primera. (9)

Ahora bien, como he dicho, el Judaísmo está basado en el concepto de la doble Torá: la Torá escrita y la Torá oral. La Torá oral le dice al judío cómo vivir de acuerdo a la Torá escrita. Por eso motivo, comenta Wylen, los judíos no dan mucho valor a la lectura de la Biblia. Su lugar en la práctica viene a ser ocupado por el Talmud (que para los cristianos contiene palabra humana, no divina). "Puesto que la Torá oral contiene las instrucciones para vivir de acuerdo a la Torá escrita ¿para qué estudiar la Biblia? En las leyes rabínicas está todo lo que la Biblia tiene que decirnos,” escribe Wylen. De hecho el Talmud dice: “Hijo mío, sé más cuidadoso en observar las palabras de los escribas (e.d. el Talmud) que las palabras de la Torá.” (10)

Este sentido de la superfluidad de la Biblia fue aumentando durante la Edad Media al mismo tiempo que aumentaba la importancia que se le daba al Talmud. No quiere decir esto que los judíos ignorasen la Biblia. Su estudio formaba y forma parte de la educación escolar inicial, una materia reservada a los niños y a las mujeres. (11)

La Biblia tiene también su lugar en la liturgia. Pero al judío educado el texto simple de la Biblia le parece superficial, dice Wylen.

"Dios no habla a través de las Escrituras sino a través de las tradiciones", sostienen los rabinos. Por ese motivo las ediciones tradicionales de la Biblia judía colocan una porción del texto bíblico en hebreo en el centro de la página, rodeada de 3 o 4 comentarios famosos (Mikraot Gedolot). De esa manera el judío piadoso puede estudiar la Torá junto con la tradición oral. Sin embargo, el judaísmo reformado, surgido en el siglo XIX, y los otros movimientos surgidos después (de los que hablaremos más adelante) han tratado de restaurar la primacía de la Biblia, restando importancia al Talmud. No obstante, las corrientes más liberales modernas (como el movimiento reconstruccionista) han dejado de lado también la Biblia y prefieren concentrarse en la historia judía y en las promesas hechas por Dios a Israel, que son la base de su derecho a la posesión actual de la tierra prometida.

Notas: 1. Véase el libro “Bible and Sword” de Barbara Tuchman, así como “Jews, Gentiles and the Church” de David Larsen. Ambos autores mencionan también el interés que los teólogos puritanos tenían en la restauración de Israel a su tierra.
2. La palabra “judaísmo” aparece por primera vez en el 2do. libro de Macabeos (2:21;8:1;14:38) refiriéndose a la religión de Israel y sus prácticas, como contraste al modo de vida llamado “helenismo” que prevalecía en el Medio Oriente desde las conquistas de Alejandro Magno, y que los reyes seléucidas quisieron imponer por la fuerza a toda la población judía.
3. Esta afirmación no quita que haya habido en la historia del judaísmo algunos movimientos disidentes que rechazaron la Mishná y el Talmud –cristalización de la Torá oral. El más importante de ellos fue el movimiento de los Caraítas, fundado por Anan ben David el año 767, que propugnaba un retorno a la Biblia -de donde su nombre, que quiere decir “partidarios del Libro”. En el Medio Oriente y en Israel aún subsisten algunos pequeños remanentes del Caraísmo.
4. En relación con esta división de las Escrituras recuérdese que al referirse a ellas, Jesús habitualmente dice: “La ley y los profetas” (Mt 5:17; 7:12; 11:13; 22:40), pero en una ocasión usó la triple división: la ley, los profetas y los salmos (Lc 24:44). Suele afirmarse rutinariamente que el canon de las Escrituras hebreas fue fijado definitivamente por los rabinos en Yavné después del año 70. Pero en realidad ocurrió mucho antes y por etapas. Cuando el sacerdote y escriba, Esdras, lee públicamente la Torá hacia el año 450 AC (Nh 8), ya el contenido del Pentateuco estaba plenamente fijado. El canon de la segunda división de la Tanak (los profetas) lo fue al término del período persa, hacia el año 320 AC. La canonización de los Escritos siguió después. En vida de Jesús sólo había dudas respecto de los libros de Ester y Eclesiastés, y éstas fueron resueltas, después de algún debate, en Yavné. No podía haber sido de otra manera, porque Jesús nunca habría citado como palabra de Dios a los profetas, o a los salmos, si en su tiempo existieran dudas acerca de su carácter revelado.
5. Cuando Jesús menciona las Escrituras sus citas están tomadas de las tres divisiones con la misma frecuencia descendente, aunque tomados individualmente, los libros que más cita son Salmos, Isaías y Deuteronomio. Los evangelios de Mateo y Marcos muestran una preferencia por el Pentateuco; Lucas por Salmos e Isaías; Juan no cita el Pentateuco, sino sólo Salmos, Isaías y Zacarías, pero el desarrollo de su evangelio está marcado por la recurrencia de las fiestas de Israel, especialmente Pascua y Tabernáculos, que fueron establecidas en el Pentateuco, y para celebrar las cuales Jesús subía a Jerusalén.
6. La Septuaginta (LXX) es la traducción al griego que, según la leyenda que figura en la Carta de Aristeas, el faraón Ptolomeo Filadelfo encargó a 70 sabios de Israel (de donde su nombre) para los judíos residentes en Egipto que habían olvidado el hebreo. La LXX contiene todos los libros de la Biblia hebrea más aquellos libros que fueron escritos, o se conservaron, en el idioma griego, que son los que nosotros llamamos “apócrifos”, y constituyen la sección de los libros que los católicos llaman “deuterocanónicos”. Incluye además algunos libros apócrifos que no figuran en la Biblia católica. La LXX fue la Biblia que usaban los apóstoles –aunque no se sabe con certidumbre qué libros incluía en ese tiempo- y es la Biblia que usan las iglesias orientales de habla griega. En la LXX los libros históricos están dispuestos en el orden cronológico que hoy siguen las biblias cristianas.
7. Los hombres de la Gran Asamblea, con Esdras a la cabeza, que estuvieron activos 50 años después del retorno del exilio babilónico, hacia el año 450 AC, recibieron el nombre de “soferim”, porque ellos podían contar las letras de la Torá (“sofer” quiere decir entre otras cosas “contar”). Su misión principal fue volver a dar la Torá a Israel (véase al respecto Esd 7:10 y Nh 7b-8:8). Muchas de las primeras decisiones legales tomadas por ellos son llamadas “divré soferim” (“palabras de escribas”). Los sabios les acordaban tanto valor o más que a los mandamientos bíblicos: “Más preciosas que las palabras de la Torá escrita son las palabras de los escribas; quienes las incumplan incurren en un castigo más grande que los que violen las palabras de la Torá”, dice el Talmud de Jerusalén. (Wigoder, “Dictionnaire Encyclopédique du Judaisme”). No puede dejar de sorprender el hecho de que asumiendo la Torá (el Pentateuco) el carácter sagrado que el judaísmo le atribuye, al punto que su estudio sea la actividad piadosa más importante, como veremos luego, se deba dar mayor importancia a las palabras de sus intérpretes, es decir, de los escribas, que a las de la Torá misma. Es contradictorio.
8. Sin embargo el erudito rabínico Zacarías Fraenkel (1801-1875) ha demostrado contundentemente que la llamada Torá oral fue una creación humana que surgió y se desarrolló en respuesta a condiciones históricas específicas (Nicholas de Lange, “Penguin Dictionary of Judaism”). De otro lado, buen número de eruditos modernos piensan que la noción del supuesto origen sinaítico de la Torá oral obedece al deseo de los rabinos de Yavné de fortalecer su autoridad afirmando el origen divino de sus tradiciones (Lawrence H. Schiffman, “From Text to Tradition”).
9. Hillel y Shammaí fueron dos rabinos que vivieron unos 50 años antes que Jesús y que fundaron las escuelas que llevan sus nombres. Hillel suele ser considerado la figura más importante en la historia del judaísmo.
10. Erubin 21b, citado por R. Schoeman, “Salvation is from the Jews”.
11. A fin de formar a la juventud en la cultura helenística prevaleciente en el Medio Oriente en el siglo II, los reyes hasmoneos establecieron en Israel “gimnasios”, según el modelo griego (1Mac 1:14; 2Mac 4:9). Esa palabra no guarda relación –salvo indirectamente- con lo que nosotros llamamos “gimnasia” sino se refiere a estudios escolares. Para contrarrestar la influencia pagana los rabinos –posiblemente por iniciativa de Simon bar Shetá- establecieron, un siglo antes de Jesús, un sistema universal de educación escolar para los varoncitos a partir de los 5 años. La materia de estudio era la Torá, comenzando por el libro del Levítico, y el método de enseñanza era el usado entonces, la memorización. Al graduarse del “heder” (escuela inicial) el niño de 10 a 12 años, se sabía de memoria todas les Escrituras. Esto explica el hecho de que el niño Jesús pudiera departir con los doctores de la ley exhibiendo una gran familiaridad con la Tanak (Lc 2:41-50). Si bien la sabiduría que Él demostraba y asombraba a sus oyentes era un don del Espíritu Santo, su conocimiento de las Escrituras lo había adquirido posiblemente en la escuela inicial. Existe mucha controversia entre los eruditos sobre el grado de instrucción subsiguiente a la primera etapa que Jesús pudo haber recibido como adolescente, pero no es del todo improbable que Él obtuviera esa formación en la escuela adosada a la sinagoga de Nazaret (Beit ha Midrash) aunque el episodio que narra Mr 6:1-6 conspira contra esa suposición (John P. Meier, “A Marginal Jew”). En todo caso Él exhibió a lo largo de su vida pública un gran conocimiento de las Escrituras y una gran habilidad para interpretarlas, así como para sostener con ventaja discusiones acerca de ella con los escribas y fariseos, que sí habían recibido una formación esmerada. El intenso entrenamiento al que eran sometidos los jóvenes de tradición piadosa en la Yeshivá que sucedió a las Beit Midrash, puede explicar la opinión expresada por el historiador cristiano Eusebio (comienzos del siglo IV) acerca de los maestros judíos de su tiempo, de los que dice que eran “personas dotadas de una fuerza de intelecto poco común y cuyas facultades han sido entrenadas para penetrar hasta el corazón mismo de las Escrituras.” (James Parkes, “The Conflict of the Church and the Synogogue”).

NB. Quiero expresar mi agradecimiento al rabino Guillermo Bronstein por haber tenido la gentileza de revisar estos a0rtículos. Sus oportunas observaciones han contribuido a mejorar su texto. Sin embargo, yo asumo plena responsabilidad por su contenido.

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martes, 15 de septiembre de 2009

NO HACEMOS BIEN CALLANDO

El episodio que vamos a comentar brevemente ocurrió durante uno de los recurrentes períodos de la guerra crónica que el reino de Samaria sostuvo con su vecino del Norte y enemigo ancestral, el reino de Siria. El rey de ésta, Ben Hadad, había puesto sitio a la capital de su rival tal como, según el contexto del relato, Eliseo había anunciado al rey de Israel que ocurriría si es que persistía en el pecado de idolatría de su padre Acab (2R6:24).

Como consecuencia del prolongado asedio se desató una gran hambruna en la ciudad sitiada, al punto que una cabeza de asno (anormal cuya carne era impura según la ley de Moisés y, por tanto, los israelitas estaban prohibidos de comerla) se vendía por una pequeña fortuna (Pero ¿quién querría comer la cabeza de una asno?), y una pequeña cantidad de ¡estiércol de paloma! se vendía por una suma menor pero también significativa (v. 25). Con esos ejemplos de la clase de “alimentos refinados” que la gente se disputaba a precio de oro el autor sagrado nos hace ver hasta qué extremos había llegado la escasez de provisiones en la ciudad. ¿De qué sirve todo el dinero del mundo cuando no hay nada que comprar?

Otro ejemplo de la terrible necesidad por la que atravesaban es el caso de las dos mujeres que, para sobrevivir, acordaron que juntas matarían y comerían al hijo pequeño que tenía cada una de ellas. Primero comieron el de una –cuya carne suponemos les duraría algunos días- pero cuando le tocó a la segunda entregar al suyo, se negó a hacerlo y escondió a su hijo, gesto materno que bien podemos comprender, pero que era una violación del pacto acordado entre ambas (v. 28,29). (Ahí la pregunta es: ¿Hizo bien esta mujer en negarse a entregar a su hijo para matarlo? ¿Qué piensa el lector?) (Nota 1) Cuando la agraviada acudió al rey Joram para que le haga justicia, él rasgó sus vestiduras para expresar su consternación ante el sufrimiento y las situaciones penosas que el sitio provocaba (v. 30).

Nótese que estos actos horribles de salvajismo humano y de canibalismo ya habían sido anunciados por las maldiciones que Dios, por boca de Moisés, pronunció sobre el pueblo elegido como consecuencia de su futura desobediencia: “Y comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas…” (Dt 28: 53-57). Esas escenas de salvajismo volvieron a ocurrir cuando Nabucodonosor sitió Jerusalén (1R 25:1-3) y, mucho más calamitosamente, cuando los romanos sitiaron Jerusalén el año 70, mataron a toda su población y destruyeron el templo, tal como Jesús lo había predicho (Mr 13: 1,2,19; Lc 21:5,6) ¡Cuán terrible es la suerte de los apóstatas que habiendo conocido la palabra del Señor y gozado de su favor, se apartan de sus caminos! ¡O peor aún, de los que cierran su corazón y rechazan la salvación que Dios les alcanza!

Antes de narrarle al rey la disputa que tenía con su compañera, la mujer había clamado: “¡Salva, rey señor mío!” y él le contestó: Si no te salva Jehová ¿de dónde te puedo salvar yo? ¿Del granero o del lagar?” (2R 6:26,27) Es decir, yo no tengo grano ni vino para darte, no puedo darte de comer ni de beber. Sin embargo, ni al rey y a sus cortesanos, ni a sus soldados, les faltaba lo uno y lo otro; ni les faltaba tampoco qué comer a los caballos del rey que se menciona más adelante (2R 7:13). (2)

Naturalmente se puede decir que los soldados y los caballos eran indispensables para la defensa de la ciudad (y aún en nuestra época, en tiempos de guerra se da preferencia al avituallamiento de la tropa que al de la población). Pero el hecho de que el rey y sus cortesanos comieran bien mientras el pueblo perecía de inanición, nos muestra elocuentemente el abismo que separaba entonces a la realeza del pueblo. La vida de un caballo al servicio del soberano valía más que la de un ciudadano común y corriente. Esta comparación no es ninguna exageración, sino un ejemplo de la escala de valores que reinaba en el mundo antiguo antes de la venida de Cristo, y reina todavía en las regiones que aún no han escuchado el evangelio.

Exasperado por los acontecimientos, el rey montó en cólera contra Eliseo, atribuyendo a sus advertencias la culpa de lo que estaba sucediendo, y ordenó que se le cortara la cabeza (2R 6:31). Al hacerlo olvidaba que él mismo era responsable de que ocurriera el mal que el profeta había predicho de parte de Dios que vendría sobre Samaria. Como dice un proverbio: “La insensatez del hombre tuerce su camino, y luego contra Jehová se irrita su corazón.” (Pr 19:3)

Entretanto Eliseo estaba reunido con los ancianos de la ciudad –es decir, con los hombres principales- que sin duda estarían angustiados por los acontecimientos y habrían venido donde el profeta (con un espíritu diferente al del rey) para saber cuál podría ser la salida que Dios tenía reservada para la ciudad.

Llegado a donde estaba Eliseo al mismo tiempo que el mensajero que debía cumplir la sentencia, el rey exclamó –pues, aunque el texto es confuso, es en su boca en la que deben ponerse las siguientes palabras: “Ciertamente este mal de Jehová viene. ¿Por qué he esperar más a Jehová?” (2R 6:33) En otros términos: Si es Dios quien ha decretado estas calamidades ¿de qué sirve que me haya puesto este cilicio y haga penitencia si Él no acepta nuestras señales de arrepentimiento? (v. 30) Esas no eran palabras de piedad sino de despecho, y recuerdan las que Malaquías pone en boca de los que no esperan ya en Dios: “Por demás es servir a Dios. ¿Qué aprovecha que guardemos su ley y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos?” (Mal 3:14)

Pero el profeta, que ha salido al encuentro del rey sin temor alguno, le dice que a la mañana siguiente la harina de trigo y la harina de cebada se venderían en la ciudad a precio de regalo.

Uno de los cortesanos del rey le contestó en tono burlón: “Eso va a ocurrir porque el Señor va a abrir las ventanas de los cielos”, en alusión a lo ocurrido en el diluvio, sólo que esta vez llovería sin agua sin alimento. A lo que Eliseo le retrueca: “Tú lo verás con tus ojos pero no comerás de ello.” (2R7:1,2) Esas palabras tendrían un trágico cumplimiento más adelante (2R7:12).

Había al lado de la puerta de la ciudad, viviendo posiblemente en unas casuchas adosadas a la muralla, hechas para ellos, cuatro leprosos que ponderaban acerca de la situación peligrosa en que se encontraban. Como se recordará la ley de Moisés ordenaba que los que tuvieran alguna mancha en la piel que pudiera ser síntoma de alguna enfermedad contagiosa (en esa época no se distinguía entre la lepra en sentido propio, y cualquier otra enfermedad de la piel (Lv 13:46) tenían que vivir apartados de la ciudad para impedir que contagiaran a otras personas. (Recuérdese el ejemplo de la curación de los diez leprosos por Jesús, Lc 17:11-19, en especial el vers. 12).

Ellos sacaron una conclusión lógica: Si tratamos de entrar a la ciudad –supuesto que nos dejen- o si nos quedamos aquí, moriremos de todas maneras, sea de hambre, o en medio del fragor de la batalla, cuando los sirios se acerquen a las murallas para escalarlas. Vayamos mejor al campamento de los sirios. Si nos dejan con vida, viviremos, y si nos dieren muerte, moriremos. (2R 7:4). Que es como si dijeran: “Que sea lo que Dios quiera. Nuestra vida está en sus manos.” ¿No es ésta la mejor actitud que puede adoptar un cristiano estando en situación de peligro? Hacer todo lo humanamente posible para salvar la vida, o para escapar del peligro, pero dejar el resultado de sus esfuerzos a Dios, quien decidirá lo que más convenga, porque Él siempre quiere lo mejor para sus hijos.

En algún momento dado el hombre tiene que tomar una decisión entre los dos campos del mundo que están en guerra. No puede quedarse en el medio sin decidirse por uno u otro. Hay que escoger entre el reino de las tinieblas y el reino de la luz. El que pretenda quedarse en el medio cómodamente, será arrollado junto con los que se pierden. En realidad ese tal toma una decisión sin darse cuenta: se niega a buscar el reino de la luz, lo rechaza implícitamente.

Los leprosos se salvaron como muchos a veces aceptan al Señor: para darle una oportunidad, como quien dice, por si acaso; para ver qué pasa, o como si fuera de casualidad. Y es extraordinario comprobar cómo el testimonio de algunos (que yo he oído y leído) corresponde a ese patrón: “Si tú existes, Jesús, sálvame”. La misericordia de Dios es grande y en ella se cumple su palabra: “Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo” (Rm 10:13). ¡Cuán grande es la misericordia y fidelidad del Señor que aún una fe tan imperfecta obtiene su galardón, porque Él no deja que su palabra caiga por tierra!

Los leprosos fueron abundantemente premiados por la decisión desesperada que tomaron, pues al llegar al campamento de los sirios vieron que no había nadie, como si los soldados y los oficiales lo hubieran abandonado súbitamente sin llevarse nada, pues todo, sus caballos, sus tiendas, estaban allí. No sólo salvaron los leprosos sus vidas de una muerte segura, sino que comieron y bebieron hasta saciarse, y encontraron abundantes despojos (2R 7:8). Los que siguen su ejemplo en el plano espiritual pueden decir con el salmista: “Me regocijo en tu palabra como el que halla abundantes despojos.” (Sal 119:162).

¿Qué es lo que había ocurrido en el campamento para que los leprosos lo encontraran sin un soldado que lo guardara? Para salvar a la ciudad como era su propósito, Dios había hecho que las tropas sirias oyeran un estruendo al anochecer y se imaginaran que el ejército de algún rey aliado de Israel acudía para salvar a la ciudad, y todos habían huido despavoridos para salvar sus vidas. (2R 7:6,7)

“No estamos haciendo bien. Hoy es día de buena nueva y nosotros callamos; y si esperamos hasta el amanecer, nos alcanzará nuestra maldad.” (2R 7:9)

Una vez que hubieron saciado su hambre los leprosos se dijeron: No hacemos bien. Hoy es día de buena nueva. Lo que nos ha ocurrido es una noticia extraordinaria; no podemos callarla. No es algo que haya ocurrido tan sólo para nosotros, es algo de lo que todos (incluso los que viven en la ciudad del pecado) pueden beneficiarse. Lo que nos ha salvado puede salvarlos también a ellos. No necesitan morir espiritualmente de hambre teniendo la palabra de Dios a sus puertas.

No hacemos bien callando. Si tú has encontrado la verdad no haces bien en guardarla para ti. Debes compartirla con otros para que ellos también puedan salvarse: “…Cuando yo dijere al impío: Impío de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, pero su sangre yo la demandaré de tu mano.” (Ez 33:8). El que tiene la buena nueva y no la esparce, pudiendo hacerlo, es reo de la condenación de aquellos que pudieron haberse salvado con su testimonio, pero que se perdieron por negligencia o indiferencia suya. Esta es una palabra terrible que todos debemos tener en cuenta.

“Si esperamos hasta el amanecer”. El día en que amanezca la luz de Cristo está a punto de llegar. Falta poco y entonces nos alcanzará nuestro pecado si hemos fallado en transmitir a otros lo que hemos recibido. Dios nos pedirá cuentas de nuestro silencio. Pensamos que nadie ha sido testigo de nuestra cobardía o de nuestra dejadez, pero cuando venga la luz, aún lo más oculto de nuestras vidas será descubierto a la vista de todos y cada uno recibirá el pago que corresponda (Sal 62:12).

Entonces los leprosos retornaron a la ciudad y gritaron a los guardas que estaban a la puerta avisándoles que el campamento estaba intacto, pero que no había nadie porque los sirios se habían ido. Los guardas fueron y avisaron al rey, que al comienzo no quiso creerlo, temiendo que fuera una trampa que le tendían sus enemigos para que sus tropas salieran de la ciudad y las atacaran en el llano. Para asegurarse envió dos mensajeros a caballo a fin de que comprobaran si era cierto lo que decían los leprosos. Y cuando lo vieron, dieron cuenta al rey.

“Entonces el pueblo salió y saqueó el campamento de los sirios.” (2R 7:16). Y tal como había predicho Eliseo, la harina de trigo y la harina de cebada se vendieron a precio de regalo.

Al consejero que se había burlado de Eliseo el rey lo había puesto para cuidar la puerta de la ciudad, y el pueblo en su desborde lo arrolló y lo mató. Tal como el profeta le había anunciado, vio la inesperada abundancia en que no había creído, pero no llegó a comer de ella. (v. 17).

Es muy aleccionador comprobar, de otro lado, que quienes avisaron a los moradores de Samaria que el enemigo había huido dejando todo y, por tanto, los salvaron de morir de hambre, no fueron sus hombres valientes bien armados, sino cuatro leprosos despreciados, tenidos por parias, a quienes ni siquiera dejaban entrar a la ciudad por miedo al contagio.

Esta es una ocasión en que la palabra de Dios escrita por Pablo se cumplió mucho tiempo antes de que la trazara su pluma: “Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres….sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil y lo menospreciado y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.” (1Cor 1:25,27-29).

Notas: 1. Es indudable que ambas demostraron ser unas madres desnaturalizadas al pactar comerse la carne de sus propios hijos, porque una verdadera madre antes estaría dispuesta dar su cuerpo por la vida de su hijo que sacrificar la vida de su hijo para salvar la propia.
2. Sin embargo, hay un sentido profundo involuntario en las palabras del rey: Si Dios no viene en nuestra ayuda, ¿qué esperanza de salvación podemos poner en los esfuerzos del hombre?

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martes, 1 de septiembre de 2009

CARTA A UN RACIONALISTA

Ha sido siempre muy estimulante para mi fe conversar con personas que carecen de ella, o que tienen sinceramente serias objeciones contra ella y que, no obstante, tienen suficiente sensibilidad para reconocer la existencia de la espiritualidad; personas cuyas inclinaciones son filosóficas, o científicas, o artísticas, para quienes la fe del creyente es un fenómeno incomprensible. Y cuando hablo de conversar, el diálogo puede ser también epistolar.

Quiero aprovechar el texto de una carta escrita hace algún tiempo a una persona como la que describo arriba, con quien me une un fuerte lazo de afecto, pese a nuestras discrepancias. La he revisado eliminando los detalles personales y le he añadido algunos conceptos que complementan las ideas expresadas originalmente, en la esperanza de que pueda provocar en los lectores preguntas que los obligue a interrogarse para entender su propia fe.

1. Mucha gente se pregunta: ¿Cómo puede ser Dios un ser personal tan cercano al hombre y a la vez un ser infinito y absolutamente trascendente? Siendo Él tan grande ¿cómo puede fijarse en mí, que soy una minúscula criatura? (Es como si una persona se fijara en una minúscula partícula de polvo que hay en el piso y le diera toda su atención.) Yo mismo me hacía en el pasado muchas veces esa pregunta. Ahora me lo explico de esta manera: Dios está cerca del hombre porque lo ha creado, él es su imagen, se le parece. El hombre es persona porque Dios lo es. Sin embargo, lo personal de Dios es como la corona del sol, que está constantemente sacudida por tempestades e irradia calor. Los cambios en la corona solar son los infinitos incidentes de la relación que Dios mantiene con sus criaturas, a los que la Biblia se refiere cuando habla de la ira de Dios, o de su compasión, de su ternura. Pero eso es sólo la superficie. Detrás de la corona están la masa del sol y el núcleo, algo a lo que el hombre normalmente no tiene acceso ni puede comprender. Eso es lo incognoscible de Dios. La teología dice que Dios es a la vez inmanente y trascendente. Está presente en el mundo que ha creado, pero existe fuera y más allá de él.

2. En sí misma la fe no es racional. No necesita de argumentos porque es experiencia, y el que experimenta algo no necesita probar que su experiencia es real, a menos que piense que sueña. Lo que se llama racionalidad de la fe consiste en convertir, o traducir esa experiencia en un lenguaje coherente que satisfaga a la razón humana, lo cual es conveniente pues somos seres racionales. Sin embargo, no todo es explicable racionalmente, por dos motivos: 1° Porque la razón como instrumento de comprensión es en sí misma muy limitada; y 2° porque hay experiencias que trascienden lo racional. Es decir, se sitúan en otra dimensión de la realidad, que algunos niegan pero cuya realidad no puede negarse (Nota 1). Es una realidad inaccesible para los medios de que dispone el hombre actualmente, pero no tiene por qué serlo siempre. De hecho el campo de la realidad sensible se ha ido ampliando enormemente en los últimos 200 años. Para poner un ejemplo, las ondas hertzianas (2) estaban más allá de la realidad conocida hace apenas 150 años. Pertenecen a otra dimensión de la realidad física, aquella a la que sólo se tiene acceso mediante instrumentos apropiados, porque nuestros sentidos no la perciben. Esos instrumentos convierten las ondas inaudibles e invisibles en audibles y visibles. Gracias a ellas existen la radio, la comunicación inalámbrica y la TV. Pero si a un hombre culto de hace 300 años se le colocara en el oído una radio transistor y empezara a escuchar la voz de su esposa que está muy lejos, gritaría “¡Milagro!”. Pero no es milagro sino la simple utilización de un fenómeno de la naturaleza que el hombre ha aprendido a manipular.

Yo no creo dicho sea de paso que todo fenómeno extranatural sea inexplicable ni que el milagro consista en una violación de la ley de Dios. Yo creo que Dios nunca viola las leyes de la naturaleza que Él ha creado. Simplemente al hacer lo que solemos llamar “milagro” emplea un medio o una fuerza que desconocemos. Por ejemplo, cuando Josué oró e hizo que el sol se detuviera, yo no creo que la tierra dejara de girar sobre su eje. Todo habría salido disparado por el espacio en virtud de la fuerza centrífuga. Simplemente Dios hizo algo para que se prolongara el día y el sol siguiera brillando. Notemos que la Biblia dice que el sol se detuvo, aunque sabemos por la astronomía que el sol no se mueve respecto de la tierra, sino que es la tierra la que gira sobre sí misma. La Biblia describe los fenómenos del cielo tal como los ve un observador terrestre.

De igual manera cuando Jesús caminó sobre las aguas Dios no suspendió la ley de la gravedad que hubiera hecho que Jesús se hundiera. Simplemente, creo yo, empleó una fuerza desconocida por nosotros que contrarrestó el peso de su cuerpo.

3. Todo esfuerzo por explicarse la fe, por valioso que sea, es sólo un acercamiento imperfecto. Aunque no sea propiamente una definición, la mejor definición de la fe que conozco es la que da Hebreos 11:1: “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” Las verdaderas certezas carecen de argumentos probatorios, o no serían certezas.

En realidad la fe en su sentido más profundo no está referida a dogmas ni a conceptos sino a una persona: “El que cree en mí tiene vida eterna”, dijo Jesús (Jn 6:47). Por una transición natural la palabra “fe” llegó a significar la aceptación de las verdades reveladas, tal como están expuestas, por ejemplo, en el Credo. Pero “el depósito” – implícitamente- de la fe, que menciona Pablo varias veces (2Tm 1:12,14), y que engloba las verdades aceptadas, es sólo uno de los aspectos de la fe, y no el más importante ni el decisivo porque no es la fe que salva. Esa es la fe que ayuda a vivir y a pensar bien. Pero yo creo que es una debilidad de la teología histórica confundir la fe en la persona de Cristo, con el asentimiento intelectual a las “verdades de la fe”. Muchas personas creen en esas verdades pero no son salvas. Para ser salvo se requiere de una fe más personal y vital en Jesús, como la de los primeros cristianos, que incluía el compromiso de seguirlo cualquiera que fuera el sacrificio que costara.

Es un hecho que la naturaleza de la mayoría de los seres humanos no requiere de una fe racional. Al contrario, la fe de los simples suele ser más poderosa. Llamarla superstición es prejuicio arrogante. Yo me atrevería a postular que lo racional no abarca ni el 5% de las experiencias humanas de todo tipo. El resto es infra o suprarracional. Lo infrarracional es lo instintivo. Lo suprarracional es lo mejor de la vida: el amor en sus diferentes formas, la percepción de la belleza, el sentimiento de felicidad, etc. ¿Cómo explicarse racionalmente esos aspectos de la vida? Decir que son fenómenos del cerebro –como sostienen algunos científicos ociosos- es como decir que el sonido no es otra cosa sino variaciones microscópicas en los surcos de un disco, o vibraciones de la membrana del tímpano. Es decir, confundir el fenómeno mismo con la huella que deja en un aparato electrónico o en el órgano auditivo.

Lo suprarracional no es irracional. Está simplemente por encima de lo racional. Lo racional es ciertamente muy útil: provee una estructura lógica relativamente coherente que nos permite comprender, o encontrar sentido a lo que experimentamos. La razón ha permitido también al hombre dominar la naturaleza y fabricar todos los elementos materiales que facilitan la existencia.
Pero pretender que todo sea racionalmente explicable, con la limitadísima razón que posee el hombre, es una fantasía. El arte musical es un ejemplo típico. ¿En qué consiste la belleza del Allegretto de la Sétima Sinfonía de Beethoven, cuyo tema inicial es armónicamente pedestre y rítmicamente monótono? Sin embargo, su belleza nos sobrecoge. Eso es lo que se llama inspiración. Beethoven captó algo de orden espiritual cuando concibió esos compases y nos lo transmite cuando los escuchamos.

Creo que fue Sócrates quien, por boca de Platón, habló de la inspiración artística como de algo “daimónico” (3). En efecto, la inspiración es un fenómeno espiritual, suprarracional. Eso me recuerda lo que cuenta un amigo de Brahms que se lo encontró un día corriendo por el bosque como un loco, pasó a su lado y ni siquiera lo vio. Estaba componiendo, totalmente absorbido en los sonidos que su mente concebía. La inspiración se da no sólo al componer sino también al interpretar. Es una forma de unción que procede de Dios (en el caso de la música clásica) que cautiva a los asistentes, aunque también hay una unción satánica que asiste a muchos intérpretes de jazz y de rock, y que seduce al público.

4. Es muy difícil hablar de la santidad aparte de la fe porque la santidad es su fruto. La santidad que exhibió Jesús en su vida no es algo que se dio una vez en el mundo y que se transmite en delante de generación en generación por imitación de su ejemplo. Ni es tampoco un asunto de convicción. Sino que es algo incesantemente renovado en cada individuo, algo por lo cual hasta el más santo lucha cada día, porque cada día es tentado. De un lado la santidad es una obligación para el cristiano (“Sed santos porque yo soy santo” dice el Señor, Lv 11:44,45; 1P 1:15,16). Pero de otro, es una gracia, porque nadie puede ser santo en sus propias fuerzas. Ni el más santo una vez que llega a un alto nivel puede confiar en que se quedará ahí. Más bien, cuanto más santo llegue a ser, más fuertemente será tentado, y en mayor peligro estará de caer, porque ya no sólo la carne sino también el orgullo lo empujarán hacia abajo. Por eso Jesús dijo : "Velad y orad para que no caigáis en tentación.” (Mt 26:41) El que no ora es presa fácil de las tentaciones. Ezequiel explica bastante claramente cómo el hombre puede caer de la gracia en 18:21-32.

Veamos las dos vertientes de la santidad, simplificando: De un lado consiste en evitar el pecado, algo imposible para el hombre según Romanos 7 sin la ayuda de Dios . La otra vertiente es el amor de Dios que lo impulsa a vivir sólo para Él y a servirle. Pero nadie ama a Dios espontáneamente, salvo en un nivel elemental, sino que “el amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rm 5:5). Es decir, nadie es santo por sí mismo sino porque Dios lo escoge para serlo. A la vez la santidad es una conquista diaria lograda con la ayuda de la gracia. El que quiere ser santo libra un implacable “combate espiritual” cotidiano; una lucha sin cuartel, en primer lugar, contra sí mismo, contra la concupiscencia; y en segundo, contra el mundo y contra el demonio. El que crea que puede ganarlo en sus propias fuerzas está de antemano perdido. Muchos son los que caen por el camino, como el corredor que se cansa y abandona la carrera. “Muchos son los llamados pero pocos los escogidos”, (Mt 20:16; 22:14) esto es, los que perseveran, o los que responden como Dios quisiera.

5. El poder de convicción inherente en el Evangelio, es decir, en la predicación, en la palabra escrita, en la enseñanza, radica no en la elocuencia o sabiduría del individuo sino en la unción del Espíritu Santo. No son las palabras del hombre las que convencen o reprenden, sino el Espíritu Santo que usa esa palabra como vehículo. Aunque Dios es soberano y puede hablar a través de una burra, como ocurrió con Balaam (Nm 22:26-33), normalmente el Espíritu Santo unge sólo la palabra del que ha dedicado su vida a Dios y trata de vivir santamente, y la unge por lo general en la medida de su consagración y de su santidad. Hay hombres que han estado tan llenos de Dios que hasta la naturaleza sentía esa presencia. Del franciscano Antonio de Padua se decía que cuando predicaba los peces de un lago cercano sacaban la cabeza del agua para escucharlo.

Hay algunos que responden a la predicación y otros a quienes el diablo ha taponado los oídos. Uno se pregunta cuál puede ser el destino eterno de esas personas de buena voluntad que quizá hubieran querido creer, pero cuya formación intelectual, o cuya experiencia vital levanta una barrera para la fe.

¿Cuál puede ser su destino? Hasta cierto punto eres tú el que lo decide. Tú tienes su destino en tus manos porque puedes interceder por ellos para que la gracia de Dios los alcance. Es la oración del creyente la que decide el destino eterno de muchos. Cuántas personas ha habido, hombres o mujeres, que han llevado una vida de pecado, alejados de Dios, pero que tenían una madre, o un hermano, o un amigo, que oraba por ellos. Llegado el momento de su partida, cuando estaban suspendidos inconcientes entre la vida y la muerte, sintieron que muy pronto, en un momento, se presentarían delante del tribunal de Dios para ser juzgados, y en un último instante de lucidez clamaron: “¡Señor sálvame!”. (Rm 10:13) En una fracción de segundo Dios les perdonó sus pecados y los vistió con las vestiduras blancas sin las cuales nadie puede entrar al cielo. ¿Qué fue lo que obró ese milagro? (Y aquí sí puedo usar esa palabra). La oración de una o muchas personas buenas, que colaboró con la misericordia de Dios que deseaba salvar a esos perdidos, pero esperaba que alguien se pusiera en la brecha a interceder por ellos.

Notas: 1. Siento tener que usar la palabra “realidad” en dos sentidos diferentes, como sustantivo y como atributo.
2. El físico alemán Heinrich Hertz del siglo XIX descubrió las ondas electromagnéticas, y fue el primero en producirlas en laboratorio.
3. El Daimón para Sócrates es una fuerza espiritual interna que le permite estar en comunicación con Dios, que le habla y le aconseja.

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