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viernes, 24 de octubre de 2014

PARA LEER EL LIBRO DE PROVERBIOS I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PARA LEER EL LIBRO DE PROVERBIOS I
Me había propuesto escribir una introducción formal al libro de Proverbios, pero he descartado ese proyecto pensando que podría ser demasiado teórico para la mayoría de mis lectores. Sin embargo, he pensado que podría ser útil dar algunos alcances generales acerca de este libro que puedan ilustrar a los lectores acerca del origen e historia de la literatura sapiencial de Israel.
El libro de Proverbios se llama en hebreo “Mislé Shlomó”. (Los Proverbios de Salomón). Mislé es el plural de Masal, palabra cuyo significado básico es “comparación” y muchos de los proverbios son, en efecto, comparaciones. Por eso el término se aplica también a las parábolas. La palabra española “proverbio” viene del título Liber Proverbiorum que Jerónimo le pone a este libro en su traducción de la Biblia al latín, comúnmente llamada “Vulgata”.
El libro consta de 31 capítulos. Siendo 31 los días del mes, esa división sugiere que deba leerse un capítulo al día. Y eso es lo que yo he hecho durante años, con gran provecho.
Aunque se han propuesto diferentes divisiones del libro, la siguiente en siete secciones es la más obvia:
1)        Capítulos 1 al 9. Esta sección se distingue en que, aunque contenga algunos
           proverbios propiamente dichos, consiste principalmente en pequeños poemas.
2)        Los Proverbios de Salomón: 10:1 al 22:16.
3)        Los dichos de los sabios: 22:17 al 24:34.
4)        Más proverbios de Salomón (La colección de Ezequías): 25:1 al 29:27.
5)        Las palabras de Agur: 30:1-33.
6)        Las palabras del rey Lemuel: 31:1-9.
7)        Elogio de la mujer virtuosa: 31:10-31. (Nota)
En cuanto a su autoría, el mismo libro atribuye buena parte de su contenido al rey Salomón, de quien 1ªReyes 4:32 dice que compuso tres mil proverbios. Para comenzar, el título de “Los Proverbios de Salomón”, que antecede a los nueve primeros capítulos, indica que él fue su autor (Aunque hay quienes piensan que ésta es una sección tardía, escrita por un autor posterior). Ese mismo título se registra en el encabezamiento del capítulo 10, por lo que habría que suponer que Salomón es el autor de su contenido hasta el capítulo 29, con excepción de la corta sección 24:23-34, que el texto atribuye a los sabios, a la que habría que añadir la sección que empieza en 22:17 y que es de extensión indeterminada.
La anotación con que se inicia la 4ta sección (caps. 25 al 29) señala que su texto corresponde a una colección salomónica hecha por los consejeros del rey Ezequías.
Por último debe mencionarse dos personajes de los que no se tiene dato alguno: Agur y Lemuel, autores de las secciones 5 y 6 del libro.
Es posible que Agur fuera un jefe tribal de Arabia, y que sus palabras terminen en el vers. 14, y no en el vers. 33, como se indicó arriba, en cuyo caso los versículos numéricos que figuran entre el ver. 15 y el 33, serían de un autor israelita.
Nada se sabe del rey Lemuel, pero lo singular del corto pasaje que lleva su nombre es que se trata de consejos que le da su madre, y que enseguida venga el Elogio de la Mujer Virtuosa. Algunos piensan que Lemuel es un pseudónimo de Salomón. De ser cierta esa conjetura el famoso rey podría ser el autor de las dos últimas secciones. Pero de no serlo, esas dos secciones provendrían de autores no israelitas.
Por lo que se refiere a la fecha de composición del libro sólo tenemos dos referencias seguras: el reinado de Salomón (siglo X), y el reinado de Ezequías (siglo VII).
El libro de Proverbios se enmarca dentro del movimiento de literatura sapiencial que floreció en la antigüedad, y es innegable que sus dichos sufrieron la influencia de la sabiduría oriental, aunque la influencia debe haber sido también mutua.
Se ha señalado, por ejemplo, la semejanza que guarda el comienzo de la sección 3 (22:17 hasta 23:11) con las instrucciones del sabio egipcio Amenenope, que datarían del año 1000, si no antes. Pero no hay acuerdo sobre quién influyó en quién, aunque descubrimientos recientes podrían confirmar que la colección egipcia es anterior.
Se han encontrado dos colecciones de aforismos sumerios, que serían anteriores a los dichos de Amenenope. Citaré un ejemplo: “Construye como un señor, anda por ahí como un esclavo; construye como un esclavo, anda por ahí como un señor.”
Se ha mencionado la semejanza de algunos proverbios (en particular los prov. 24:17; 25:17; 27:10) con algunos dichos de Ahikar, el famoso consejero del rey asirio Senaquerib (siglo VII), cuyo libro se ha conservado.
Derek Kidner señala que “la Biblia alude a menudo a la sabiduría y a los sabios de los pueblos vecinos de Israel, particularmente a los de Egipto (Hch 7:22; 1R 4:30; Is 19:11,12), de Edom y Arabia (Jr 49:7; Abd 8; 1R 4:30), de Babilonia (Is 47:10; Dn 1:4,20, etc.), y de Fenicia (Ez 28:3ss; Zc 9:2).”
        Es un hecho conocido que la fama de la sabiduría del rey Salomón fue extensa y que alcanzó al reino africano de Saba, cuya soberana viajó desde su lejano país para conocer al famoso rey (1R 10:1-13). Pero ella no fue la única (1R 4:34).
Salomón mismo se rodeó de consejeros sabios (2Cro 10: 6-8), como hizo también su padre David (2Sm 16:23; 17:14). Pero como sabemos por el libro de Crónicas, el hijo y sucesor de Salomón, Roboam, en lugar de seguir el sabio consejo de los ancianos que habían estado con su padre, prefirió seguir el desacertado consejo de los jóvenes inexpertos que estaban con él, provocando de esa manera la rebelión de las diez tribus del Norte, y la división del reino (2Cro 10).
La sabiduría popular de todos los países se expresa con frecuencia en refranes sencillos, pero elocuentes, como por ejemplo: “Del dicho al hecho hay mucho trecho.” O “Quien mucho abarca, poco aprieta.”
Ése es un fenómeno que se da en casi todas las culturas. Se han publicado, por ejemplo, estudios acerca de los refranes populares africanos, que contienen pequeñas joyas, como las siguientes: “El silencio prolongado tiene una voz potente.” O “Es la paciencia la que te saca de la red.” O “El que se casa con una mujer bonita, se casa con un problema.”
El investigador y sinólogo peruano Guillermo Dañino, ha publicado una colección de mil proverbios chinos, algunos de los cuales tienen afinidad con alguno del libro de Proverbios. Por ejemplo: “En compañía de los buenos se aprende la bondad; acompáñate con un tigre y aprenderás a morder”, se asemeja a “El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios, será quebrantado.” (13:20). (La Abeja Diligente está en Internet)
Este proverbio chino: “Con dinero eres un dragón; sin él eres un gusano”, expresa la misma idea en otro contexto que el siguiente proverbio: “El pobre es odioso aun a su amigo; pero muchos son los que aman al rico.” (14:20).
       Por eso no debe extrañarnos que en el Antiguo Testamento se encuentren proverbios fuera del libro de ese nombre, como por ejemplo: “Como es el varón, tal es su fuerza (o su valentía)”·(Jc 8:21).
       En el diálogo que Sansón entabla con los 30 jóvenes de Timnat durante sus bodas con una muchacha del lugar, él los reta a resolver un enigma, que en realidad es un proverbio: “Del devorador salió comida, y del fuerte salió dulzura.” (Jc 14:14) Después de arrancarle a la novia la solución, ellos le contestan también en forma de proverbio: “¿Qué cosa más dulce que la miel, y qué cosa más fuerte que el león?” Pero Sansón ha comprendido bien cómo obtuvieron la respuesta, y les contesta también con un proverbio: “Si no araseis con mi novilla, nunca hubierais descubierto mi enigma.” (v. 18). Este diálogo nos muestra hasta qué punto el estilo proverbial se había extendido en el Oriente, también entre los paganos, y formaba parte del lenguaje coloquial.
       Hay un episodio en la vida de Samuel, en que Saúl, después de haber sido ungido por el profeta como rey de Israel, se encuentra con una compañía de profetas y empieza a profetizar como ellos: “Por esta causa se hizo proverbio: ¿También Saúl entre los profetas?” (1Sm 10:12).
       Cuando el profeta va a ungir a un hijo de Isaí como rey de Israel en reemplazo de Saúl, que ha sido desechado, Dios le habla en forma de proverbio: “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” (1Sm 16:7).
       Cuando David le perdona la vida a Saúl que lo persigue, para explicar su clemencia le dice: “Como dice el proverbio de los antiguos: ‘De la boca del impío saldrá la impiedad’”, pero mi mano no será contra ti. (1Sm 24:13).
       En otra ocasión el rey de Israel manda decir a su par de Siria: “No se alabe tanto el que se ciñe las armas, como el que las desciñe.” (1R 20:11), citando sin duda un proverbio popular, como diciendo: No te jactes de la victoria antes de que concluya la batalla.
       El proverbio se presta para la sátira en el uso popular, como hemos visto ya en el caso de Sansón. Cuando Jeremías profetiza acerca de la restauración futura de Israel, él declara acerca del desobediente rey Sedequías y de su séquito: “Los daré por escarnio y por mal a todos los reinos de la tierra, por ejemplo, por proverbio y por maldición…” (Jr 24:9). En el mismo sentido el salmista se queja: “Nos pusiste por proverbio entre las naciones…” (Sal 44:14, pero léase todo el contexto; cf Sal 69:11).
       En los libros proféticos es frecuente encontrar proverbios populares, como éste que citan tanto Jeremías como Ezequiel: “Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera.” (Jr 31:29; Ez 18:2).
       En Isaías leemos: “Los hijos han llegado al punto de nacer, pero la que da a luz no tiene fuerzas.” (37:3). En Jeremías también leemos: “¿Mudará el etíope su piel y el leopardo sus manchas? (13:23), que corresponde a nuestro refrán “Genio y figura hasta la sepultura.”
        En Oseas leemos: “Sembraron vientos y cosecharon tempestades.” (8:7), de donde se deriva un conocido refrán español.
       Pero es sobre todo en Eclesiastés, así como en el libro de Job y en los salmos, donde se encuentran abundantes proverbios, especialmente en el primer libro nombrado. De hecho Eclesiastés es un libro de proverbios que a veces se convierten en poemas: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.” (4:9, pero léase hasta el vers. 12). Son tantos los proverbios en Qohelet que sería imposible citarlos en tan corto espacio. Me limitaré a citar uno más: “Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás.” (11:1).
        En el libro de Job los proverbios están esparcidos a lo largo de su texto. Citaré sólo tres para no alargarme demasiado: “He aquí el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia.” (28:28). Zofar, uno de los tres amigos que vienen supuestamente a consolar a Job, lo insulta al decir: “El hombre vano se hará entendido cuando un pollino de asno montés nazca hombre.” (11:12). Cuando el cuarto consolador, Eliú, empieza a hablar, para justificar su intervención siendo joven, entre otras cosas dice: “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente, le hace que entienda.” (32:8).
        En el libro de los Salmos se encuentran también con frecuencia proverbios. Por ejemplo, el salmo 127 está casi todo constituido por una serie de proverbios: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican. Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia.” (v. 1). Y más adelante: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre.” (v. 3,4).
       En el salmo 119 se hallan también numerosos proverbios: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.” (v. 9). “Lámpara es a mis pies es tu palabra, y lumbrera a mi camino.” (v. 105). Pero véase también los vers. 67,71,75, entre otros.
       El salmo 37 está lleno de proverbios desde los dos vers. iniciales: “No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad; porque como la hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán.” O el siguiente: “Encomienda a Jehová tu camino; confía en Él y Él hará.” (v. 5). ¡Qué verdad tan consoladora!
       El escrito apócrifo, o deuterocanónico, Sirácida (que en la antigüedad se llamaba Eclesiástico, por lo popular que era en la iglesia, razón por la cual los rabinos prohibieron que se le citara, después de haberlo estimado tanto) rivaliza con el libro de Proverbios en el número de dichos tanto prácticos como profundos. Pero más allá de los paralelos que existen entre textos del Sirácida y del Nuevo Testamento, es indudable que el libro era bien conocido y apreciado por Jesús y por los apóstoles.
       Citaré algunos ejemplos: “Perdona a tu prójimo la injuria, y tus pecados a tus ruegos te serán perdonados.” (Sir 28:2; cf Mt 6:12,14,15; Mr 11:25,26). “Sé pronto para oír y lento para responder.” (Sir 5:13), que puede ser comparado con St 1:19: “…todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar…”
       “No seas hablador en asamblea de ancianos, ni multipliques en la oración tus palabras.” (Sir 7:15). Jesús dirá: “Y orando no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.” (Mt 6:7).
        Por último hay que señalar que Jesús enseñaba con mucha frecuencia en estilo proverbial. Con Él ese modo de expresión llega a su más alta perfección, tanto en lo que se refiere al proverbio mismo, en sentido estricto, como en su ampliación en forma de parábolas. De hecho, algunas de sus frases están tan llenas de sabiduría, y son tan acertadas en su formulación, que han sido incorporadas al habla común, como es el caso, por ejemplo, de frases como: “andar la milla extra” (Mt 5:41), o “dar la otra mejilla” (Mt 5:39), o “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7:16).
       El Sermón del Monte está lleno de proverbios: “No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.” (Mt 7:1,2). O, “Nadie puede servir a dos señores…” (Mt 6:24). O, “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” (Mt 7:7,8).
       Pero también se encuentran muchos proverbios fuera de ese marco: “De la abundancia del corazón habla la boca.” (Mt 12:34). O, “El obrero es digno de su salario.” (Lc 10:7), que Pablo cita como Escritura (1Co 9:14), hecho histórico muy significativo.
       En los escritos de los apóstoles se encuentran también frases que tienen un carácter proverbial: “Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1Cor 14:8). 0, “Todas las cosas son puras para los puros.” (Tt 1:15a).
       De hecho, las epístolas del Nuevo Testamento citan con frecuencia proverbios: Rm 3:15 cita Pr 1:16; Hb 12:5,6 cita Pr 3:11,12; St 4:6, y 1P 5:5 citan Pr 3:34; 1P 4:8 cita Pr 10:12; Rm 12:20 cita Pr 25:21,22; 2P 2:22 cita Pr 26:11.
       Los rabinos judíos continuaron con la tradición proverbial, quizá, en parte, estimulados por el ejemplo de Jesús, a quien, es cierto, odiaban, pero en secreto admiraban. El “Pirké Abot” (“Dichos de los Padres”, que forma parte de la Mishná) contiene muchos proverbios interesantes. Citaré algunos de mis preferidos: “Ten cuidado con los que gobiernan, porque no se hacen amigos de nadie, sino para satisfacer sus propios intereses; parecen ser amigos cuando les conviene, pero no permanecen a tu lado cuando estás en dificultades.” Este dicho parece inspirado en nuestra política.
       “Haz Su voluntad como si fuera la tuya, para que Él haga tu voluntad como si fuera la suya.” “No juzgues a tu camarada hasta que hayas estado en su lugar.”
       Hillel decía: “Cuanto más carne, más gusanos; cuanto más posesiones, más preocupaciones; cuanto más esposas, más brujería; cuanto más sirvientas, más inmodestia; cuanto más esclavos, más robos; cuanto más torá, más vida; cuanto más compañía de sabios, más sabiduría; cuanto más consejo, más entendimiento; cuanto más caridad, más paz.”
       Los proverbios del Talmud suelen ser concisos, y condensan su mensaje en pocas palabras. He aquí algunos ejemplos: “Los ancianos para el consejo, los jóvenes para la guerra.” “La pobreza corre detrás del pobre, y la riqueza detrás del rico.” Esto parece inspirado en la frase de Jesús: “Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.” (Mt 25:29). “El mendigo hace más por el dador, que el dador por el mendigo”, lo que también recuerda una frase de Jesús., que Pablo cita: “Es más bienaventurado dar que recibir.” (Hch 20:35).
        “Ama más al que te muestra tus faltas que al que te alaba.” En la práctica odiamos al primero, y amamos al segundo. “Una palabra vale un denario; el silencio vale dos”, que recuerda el conocido refrán español: “El silencio es oro.”
        En la literatura judeo-germánica (en Yidish), hay también algunos proverbios interesantes: “Un sendero conduce al paraíso, pero mil al infierno.” “Diez enemigos no pueden hacerle tanto daño a un hombre, como el que uno se hace a sí mismo.” “Los necios suelen tener esposas bonitas”, que nos recuerda el proverbio africano citado al comienzo. O, “Mejor arruinado diez veces, que muerto una.” Y éste, que es mi favorito: “Todos los hombres saben que han de morir, pero ninguno lo cree.”
Nota: Las tres últimas  secciones son en realidad apéndices.
Amado lector: Si tú nunca has recibido al Señor mediante un acto voluntario y conciente de fe, yo te invito a hacerlo en este momento, diciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#849 (28.09.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 2 de octubre de 2009

¿QUÉ ES EL JUDAÍSMO? III

Según la Agadá la Torá contiene 613 mitzvot, 248 positivos (uno por cada hueso del cuerpo humano, según la nomenclatura aristotélica) y 365 negativos (uno por cada día del año). Los diez mandamientos del Decálogo no ocupan ninguna posición privilegiada dentro del conjunto de los mitzvot. Dios es igualmente severo en su exigencia del cumplimiento de cada uno de los 613 mitzvot. (1) No existe acuerdo unánime sobre cuáles sean los 613 mandamientos, pues se han confeccionado varias listas diferentes, pero la que proporciona Moimónides en su Mishné Torá es la más conocida. (2)

Como los mitzvot son muy generales se requiere de mucha interpretación para saber exactamente cómo observarlos. Por ejemplo, la Torá dice que no se debe trabajar en sábado (“Seis días trabajarás y harás toda tu obra (melajá en hebreo), mas el sétimo día es reposo para Jehová tu Dios”, Ex 20:9,10. Nota 3). Pero ¿cómo saber en qué consiste exactamente trabajar en la práctica? Hay cosas que son trabajo y otras que no lo son. En muchos casos la distinción es sutil. En muchos otros, sin embargo, la distinción puede ser arbitraria.

Para facilitar el cumplimiento del mandamiento los rabinos establecieron en la Mishná -de la que hablaremos en el siguiente articulo- 39 órdenes de actividades o trabajos (melajot, plural de melajá) que caen dentro de la prohibición del descanso sabático. A su vez, para cada uno de ellos establecieron 39 reglas. En consecuencia el conjunto de reglas sobre el descanso que hay que observar es 39 x 39, es decir, 1521. Con razón los rabinos dicen que se requiere de mucho estudio para poder observar correctamente el sábado. Los 39 melajot prohibidos en sábado en su mayoría están relacionados con la construcción del tabernáculo en el desierto, que después de la creación del universo (Gn 2:2) es la obra por antonomasia: “Y vio Moisés toda la obra (melajá), y he aquí que habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo”. (Ex 39:43) Están prohibidas no porque en sí mismas sean malas sino por respeto al sábado en que se descansa. (4)

Buen número de los desencuentros que Jesús tuvo con los fariseos giraba, como bien sabemos, en torno de lo que se podía o no hacer en sábado. Una vez, teniendo delante un hombre que tenía la mano seca, Jesús les preguntó si era lícito hacer el bien o hacer el mal en día de reposo. Esto es, les estaba retando a que le dijeran qué norma específica había al respecto. Como no le contestaron Él sanó al hombre. En ese día los fariseos se confabularon con los herodianos para perderlo (Mr 3:1-6; Lc 6:6-11). Segun Joseph Klausner (autor de la primera biografia de Jesús escrita por un erudito judio, publicada en 1922) la indignación de los fariseos ante el hecho de que Jesús sanara al hombre se debió a que, si bien las reglas sobre el sábado podían ser violadas cuando se trataba de salvar una vida, Jesús sanaba en día de reposo cualquiera que fuera la naturaleza de la enfermedad, es decir, como en este caso, aún cuando no hubiera peligro de muerte.

En otra ocasión, cuando los fariseos le reprocharon que sus discípulos arrancaran espigas en sábado, Él les recordó el episodio en que David y sus hombres, teniendo hambre, comieron los panes de la preposición que estaban reservados para los sacerdotes del templo (1Sm 21:1-6; c.f. Lv 24:5-9), y les dijo: “El día de reposo (sábado) está hecho para el hombre, no el hombre para el día de reposo”, (5) concluyendo: “el Hijo del Hombre es aun señor del día de reposo” (Mr 2:23-28. Véase el mismo episodio en Lc 6:5).

Recuérdese también el episodio en que Jesús sana al paralítico de Bethesda en día sábado, y le ordena que se lleve el lecho en que había estado acostado. Los judíos, dice Juan, (es decir, los escribas y fariseos) le reprochan al hombre que cargue su lecho en día de reposo en que –según la tradición- está prohibido cargar objeto alguno. Pero él se defiende diciendo que el que lo sanó le dijo que cargara el lecho (Jn 5:5-13). Cuando Jesús más adelante discute con ellos, Él les dice: “Si vosotros permitís que se circuncide en día de reposo (en que, en principio, no debe hacerse obra alguna) para no violar la ley de Moisés (que manda circuncidar a todo varoncito al octavo día del nacimiento), ¿Por qué os enojáis conmigo si sano completamente a un hombre en día de reposo?” (Jn 7:23). Es decir, si se puede violar el sábado por lo menor (circuncidar no es un asunto de vida o muerte), ¿por qué no se puede violarlo por lo mayor (la salud de un hombre que ha estado 38 años paralítico)?

No obstante, es un hecho que Jesús reconocía, en términos prácticos, la existencia, si no la validez, de las normas de la tradición oral sobre el descanso sabático. Eso lo muestra el hecho de que en el discurso del Monte de los Olivos, al hablar de la huida de Jerusalén en el día de la Gran Tribulación, Él les diga: “Orad porque vuestra huida no tenga lugar en día de reposo”, (Mt 24:20) porque debido a la limitación de distancia que se podía caminar en sábado fuera de la ciudad, no podrían ir muy lejos. Al pronunciar esa frase Él no estaba aprobando tácitamente esa regulación, sino simplemente reconociendo la realidad de su existencia, porque los creyentes judíos que eran celosos observantes de la ley, al huir se sentirían constreñidos por ella (Véase Hch 21:20).

Nótese al respecto que el libro del Éxodo dice sobre el sábado: "Quédese cada uno en su lugar y que nadie salga de su lugar el séptimo dia." (16:29). En el desierto era fácil cumplir con esa norma, pues se entendía que nadie debía salir de su tienda. Pero una vez establecidos en la Tierra Prometida, y habitando en ciudades, había que adaptar esa norma a las nuevas circunstancias. ¿Qué significaba salir de su lugar? ¿Salir de la propia vivienda? ¿Salir del poblado, o de la ciudad? De ahí provienen las sumamente complejas normas acerca de los desplazamientos permitidos en día sábado y las distinciones entre el dominio privado y el dominio publico.

En el libro de los Hechos podemos también detectar la huella de esas tradiciones orales sobre el sábado. En el primer capítulo leemos que después de contemplar la ascensión del Señor a los cielos, los discípulos regresaron del monte del Olivar, que está cerca de Jerusalén "camino de un día de reposo" (Hch 1:12), distancia que según la especificación legal desarrollada por los rabinos (“eruv tejumin”), no debía superar los dos mil codos, o sea, 900 metros (6). Esa alusión nos muestra que los apóstoles, como buenos judíos que eran, guardaban las normas concretas provenientes de las tradiciones de los mayores sobre el trecho que era lícito caminar en día sábado. (7)

Para tener una idea de hasta qué punto los judíos piadosos consideraban sagradas las regulaciones relativas al descanso sabático, puede mencionarse el episodio que figura en el primer libro de los Macabeos, donde un grupo de patriotas con sus familias y ganados, guiados por Matatías, se refugiaron en las cuevas del desierto, al otro lado del Jordán, para no verse obligados a sacrificar a los ídolos. Alcanzados por las tropas de Antíoco Epífanes en día sábado, se abstuvieron de defenderse para no violar el día de reposo, y fueron todos muertos. (1Mac 2: 29-38). Ese episodio dio lugar a que posteriormente se estableciera una regla permitiendo no atacar pero sí defenderse para salvar la vida en día de reposo, porque “la Torá ha sido dada para que vivan por ella, no para que mueran por ella”, según un famoso rabino. Esa regla es el primer ejemplo que registra la historia de una norma interpretativa de la Torá escrita.

El hecho es que el sábado vino a ocupar en el judaísmo un lugar central, como reza una oración sabatina: “Los que guardan el sábado y lo llaman un deleite, se regocijarán en tu reino.” El sábado es la más importante de todas las fiestas, salvo el Día de Expiación, el Yom Kippur. Sus regulaciones deben ser observadas con alegría, no como una carga. Gozarse en el descanso y en la adoración sabatina constituye una obligación que los judíos llaman oneg shabat. Para preservar la santidad del descanso sabático, que comienza al atardecer del día viernes, es esencial preparar la víspera los alimentos que se van a consumir el sábado (Ex 16:23), al que se da la bienvenida alumbrando en la casa varias velas antes del atardecer, para celebrar, caída la noche, una cena festiva en la que la mesa es arreglada con el mantel y los cubiertos más costosos que posea la familia.

Hay otra oración litúrgica que dice: “Tú no diste el sábado a las naciones de la tierra, ni lo diste como herencia a los idólatras, ni en su descanso hallarán un lugar los injustos. Pero a Israel tu pueblo lo diste en amor, a la simiente de Jacob que habías escogido, al pueblo que santifica el día sábado…”. El escritor judio Asher Ginsburg del siglo pasado expresa muy bien el lugar central que ocupa el sétimo día en la religión y en la vida judía, al decir: “Más que haber guardado el sábado, el sábado ha guardado a Israel.”

Desde otro punto de vista el día sábado representa el mundo venidero (Olam Ha Ba) en el que no se trabaja y se goza de paz, mientras que los seis días previos, en que sí se trabaja, representan la vida dura y llena de penuria del mundo presente (Olam ha zé). Alternativamente el sábado recuerda la creación del mundo, al terminar la cual Dios descansó (Gn 2:2; Ex 20:11).

Aunque los romanos tildaban a los judíos de ociosos porque se abstenían de trabajar un día a la semana, no cabe duda de que guardar un día de descanso semanal para dedicarlo al Señor, es un principio eterno, y es uno de los grandes aportes del judaísmo a la humanidad. Aunque Pablo reproche a los Gálatas que guarden “los días, los meses, los tiempos y los años,” criticando que se sujetaran a las leyes rituales ya caducas que no los obligaban (Gal 4:10), la iglesia no desechó la noción del sábado sino que trasladó muy pronto el descanso semanal al “día del Señor”, esto es, al domingo, del sétimo día de la semana al primero, en recuerdo de la resurrección de Jesús, e hizo del reposo en ese día una obligación. Es un hecho que la vitalidad cristiana de una localidad, o de una nación, se manifiesta en la seriedad con que la población guarda ese día de reposo, absteniéndose de trabajar y asistiendo al templo.

Notas: 1. De ahí viene posiblemente la noción prevaleciente en algunos círculos protestantes de que todos los pecados son igualmente graves.
2. En la página web
www.jewfaq.org/613.htm puede encontrarse una lista completa ordenada de los mandamientos por materias. Además de los mitzvot provenientes de la Torá (mitzvot d’oraita) el judaísmo reconoce la existencia de otros mandamientos promulgados por los rabinos (mitzvot de rabbanan) que son tan obligatorios como los contenidos en la Torá, aunque si hubiera un conflicto entre dos preceptos de una y otra clase, los primeros tienen precedencia. Los mitzvot de rabbanan se dividen en tres categorías: gezeriah, takkanah y minhag. La primera comprende lo que generalmente es referido como “la valla alrededor de la Torá”, de la que se hablará más adelante: leyes dadas para prevenir que por accidente se pueda violar una mitvá. La segunda incluye reglas dadas para el bienestar público, y que varían según las regiones. La tercera comprende las costumbres que por la práctica continuada se han vuelto obligatorias.
3. La palabra malajá aparece por primera vez en el relato de la creación: “Y acabó Dios en el sétimo día la obra (melajá) que hizo…” (Gn 2:2). Melajá puede traducirse como servicio, empleo (pero no servil), obra, labor, oficio, negocio, etc. Se refiere al trabajo experto que requiere de una habilidad específica, y a las bendiciones o frutos que se derivan de él, en contraste con el trabajo pesado, penoso, que se designa con las palabras amal o sagá.
4. La adaptación de las normas sobre los melajot prohibidos a la vida moderna es compleja. Por ejemplo, está prohibido prender un fuego (Ex 35:3. C.f. Ex 16:23). En consecuencia está prohibido manejar un auto porque usa un motor de combustión interna. Por el mismo motivo está prohibido prender una bombilla o una cocina eléctrica. Se comprende que el judaísmo liberal moderno sostenga que el judío debe cumplir sólo aquellas normas a las que su conciencia lo obligue.
5. El Talmud atribuye una frase similar a un discípulo de Akiva, Simeón ben Menassia, que vivió un siglo después de Jesús: “El sábado fue dado en tu mano, pero tú no fuiste dado en su mano.” Esa frase puede ser un eco de las palabras de Jesús.
6. La distancia de 2000 codos parece tener su origen en la orden dada por Josué cuando llegó el momento en que el pueblo de Israel debía atravesar el Jordán para entrar en la Tierra Prometida. Josué ordenó que el pueblo siguiera al arca que cargaban los sacerdotes a una “distancia como de dos mil codos” (Js 3:4).
7. Los rabinos desarrollaron un procedimiento legal, llamado eruv, para facilitar la observancia del sábado, atemperando las restricciones a los desplazamientos que prohíben cargar un objeto cualquiera, incluso minúsculo, en un “dominio público”. Existen varias clases de eruvim (de dominios, de platos cocinados, de fronteras) y no puede negarse que algunas de sus disposiciones son artificiosas. Por ejemplo, es posible formar un “dominio privado” común constituido por varias viviendas, construyendo en derredor de ellas una valla simbólica formada por postes de por los menos 40 cm, unidos por una soga o alambre. De esa manera se vuelve lícito caminar o cargar objetos en día sábado dentro del espacio resultante. ¿Cuál es el origen de la prohibición de llevar alguna carga en día sábado? El Decálogo en Éxodo y Deuteronomio sólo prohíbe trabajar, aunque podría relacionarse el hecho de cargar objetos con la actividad comercial, que sí constituye trabajo. Pero el llevar cargas y meterlas por las puertas de Jerusalén forma parte de las actividades denunciadas por Jeremías en relación con el sábado (Jr 17:21,22,24,27). Se trata de una interpretación especial de la prohibición mosaica que debe haberse producido en algún momento, que adquirió mayor relevancia después del retorno del exilio. En el último capítulo de su libro Nehemías toma severas medidas contra los que introducen cargas sobre acémilas por las puertas de Jerusalén para vender su mercadería en día de reposo, sean judíos o extranjeros (Nh 13:15-21).

El Caso Dreyfus y el Estado de Israel. En su libro “The Proud Tower” la escritora judía norteamericana Bárbara Tuchman hace una vívida descripción del conflicto suscitado por el “affaire Dreyfus” a fines del siglo XIX, en el que un sector de la sociedad francesa se enfrentó apasionadamente contra otro, al punto de que se temió que pudiera producirse un golpe de estado. El capitán Alfredo Dreyfus, alsaciano de origen judío, fue acusado y condenado injustamente en 1894 --sobre la base de pruebas fraguadas y en un juicio realizado a puertas cerradas- de haber vendido información militar secreta al Estado Mayor alemán.

Teodoro Herzl, un joven y frívolo escritor judío austriaco, asimilado a la sociedad burguesa europea e indiferente a sus raíces, fue enviado a Paris por un diario vienés para cubrir el juicio y se quedó anonadado ante la ola de violento antisemitismo que agitaba Francia.

El impacto del odio que percibió le hizo tomar conciencia de su identidad judía y le hizo comprender que su pueblo no se encontraría seguro en ninguna parte del mundo mientras no contara con un país soberano que pudiera llamar propio. En 1896 publicó sus ideas en un libro titulado “Der Judenstaat” (“El Estado Judío”) que sacudió la conciencia de muchos judíos. El año siguiente se celebró en Basilea el primer Congreso Sionista, en el que se inició el movimiento que culminaría en 1948 con el establecimiento del Estado de Israel.

El sacrificio de Dreyfus fue el detonante que se necesitaba para iniciar el movimiento masivo que llevaría de nuevo al pueblo de Israel a su tierra. Como en muchos casos semejantes, él fue la víctima necesaria escogida por la Providencia para llevar a cabo sus propósitos. Puede decirse sin exagerar que sin Dreyfus no habría quizá hoy un estado judío independiente.

Es una marca irónica del destino del pueblo elegido que a pesar de haberse establecido como país soberano, democrático y moderno, en la tierra prometida a sus antepasados, los judíos sigan estando amenazados, esta vez por los pueblos musulmanes vecinos, que han jurado expulsarlos al mar.

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martes, 22 de septiembre de 2009

¿QUÉ ES EL JUDAÍSMO? I

En nuestra iglesia, como es común en muchas iglesias evangélicas, tenemos una gran estima por la nación de Israel. Recordamos que el pueblo hebreo, del que el pueblo judío fue el remanente que sobrevivió a la conquista babilónica (587 AC), fue el pueblo elegido por Dios para ser su testigo ante el mundo y en cuya simiente, el Mesías (Gal 3:16), según la promesa hecha a Abraham (Gn 22:18) la humanidad entera sería bendecida.

La resurrección de Israel como nación –proclamado estado independiente en 1948- fue el fruto de un movimiento migratorio a la Tierra Santa iniciado en la primera mitad del siglo XIX, que fue auspiciado en sus inicios por personalidades evangélicas británicas (Nota 1) y que recibió un gran impulso posteriormente gracias al movimiento sionista surgido a finales de ese siglo bajo el liderazgo de Teodoro Herzl. Este verdadero milagro histórico es una prueba de la verdad de las promesas divinas –y, por tanto, de la existencia de Dios- que anunciaban que al final de los tiempos el pueblo hebreo volvería a juntarse en la tierra prometida a sus mayores, de la que habían sido expulsados por los gentiles 1800 años antes. (Véase lo que dice Pablo en Romanos 11 acerca del tiempo de los gentiles).

Pero pese a esa simpatía, o entusiasmo en algunos, poco es lo que el evangélico promedio sabe acerca de la religión que el pueblo judío ha practicado desde poco más de veinte siglos. Esa religión no es idéntica a la religión del Antiguo Testamento, aunque se deriva de ella, porque le falta lo que era el elemento esencial de su culto, el templo de Jerusalén, mientras que, de otro lado, el papel central que antes desempeñaban los sacerdotes del templo ha sido asumido por los rabinos, sucesores de los fariseos.

Sería muy tedioso y requeriría de muchas páginas hacer una descripción, aunque fuera sumaria, de todos los aspectos del judaísmo como religión (2). Yo me limitaré a enfocar básicamente uno de los tres aspectos principales del judaísmo, la Torá, que es quizá el que lo define con más precisión. Me basaré para ello en el excelente capítulo que le dedica a ese tema, el rabino Stephen M. Wylen en su libro “Settings of Silver”. También voy a usar como fuente auxiliar de mi estudio otro libro del mismo autor titulado “The Jews in the Time of Jesús”, así como el libro del prolífico erudito Jacob Neusner, “Judaism When Christianity Began”, el libro “Living Judaism” del rabino Wayne Dosick, y el popular volumen, “What is a Jew?” del rabino Morris N. Kertzer. Por último, he consultado con mucho provecho el libro “Judaism and Christian Beginings” de Samuel Sandmel, un autor por cuyo espíritu irénico siento gran simpatía y respeto.
Dedicaré cierto espacio también al tema del pecado y de la expiación, y a la relación de Jesús con el judaísmo de su tiempo. A lo largo de este estudio haré, cuando sea oportuno, comparaciones entre lo que judaísmo propugna y lo que el cristianismo enseña. Esa comparación es útil para entender lo que separa ambas religiones, pero también para ver hasta qué punto la fe cristiana hunde sus raíces no sólo en el Antiguo Testamento, sino también en el judaísmo de tiempos de Jesús, que Él practicó, -pues Él fue un judío practicante, como espero demostrar en otra ocasión. Dedicaré por último posteriormente un artículo a reseñar la historia del judaísmo en la era cristiana.

Para no ser pedante remito a una nota al final de esta serie de artículos la lista de los otros libros sobre el judaísmo que he consultado y que no haya mencionado en las notas.

El Judaísmo rabínico (o talmúdico), pese a las discrepancias internas, fue básicamente el mismo durante los primeros 1800 años de nuestra era (3), pero a inicios del siglo XIX, por influencia de la filosofía de la Ilustración europea, surgieron en el judaísmo corrientes de pensamiento y de liturgia, que llamaríamos liberales, que buscaban adaptar la antigua religión al mundo moderno. Dichas corrientes son hoy día mayoritarias entre los judíos practicantes. En nuestro tiempo el judaísmo rabínico tradicional está representado por la corriente ortodoxa que, a su vez, tiene varias ramas. Mi estudio está orientado principalmente a describir el judaísmo rabínico tradicional que estaba en proceso de formación en tiempos de Jesús y que se consolidó después de la destrucción del templo de Jerusalén el año 70 DC.

Pero vayamos sin más preámbulo a nuestro tema. La Biblia de los judíos es lo que nosotros llamamos “Antiguo Testamento”. Ellos naturalmente no la llaman así sino “Tanak” (que se pronuncia “tanaj”), palabra que es un acrónimo formado por las iniciales de sus tres partes constitutivas, según la tradición judía: Torá, Nevim y Ketuvim, esto es, Ley, Profetas y Escritos. (4).

La Torá está compuesta por los cinco libros que conforman el Pentateuco, los que, según el judaísmo (y el cristianismo), contienen las palabras que Dios habló personal y directamente a Moisés en el Monte Sinaí. La división de los Profetas (Nevim) comprende los libros de Josué, Jueces, Samuel, Reyes, y los libros de los cuatro profetas mayores y de los doce profetas menores. Estos libros contienen –nótese la diferencia con la Torá- el mensaje de Dios comunicado a través de las palabras escritas por los propios profetas. Los “Escritos” (Ketuvim) comprenden el resto del Antiguo Testamento, esto es, Salmos, Proverbios, Job, los llamados Cinco Rollos o Megillot (Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés, Ester) y los libros de Daniel, Esdras, Nehemías y Crónicas. Todos éstos fueron inspirados por Dios, pero sus autores fueron seres humanos. En las tres divisiones hay un orden descendiente de inspiración y de santidad. Para los cristianos toda la Biblia está igualmente inspirada, no hay diferencias de inspiración ni de inerrancia entre sus libros. (5)

Es importante notar que las leyes y las prácticas del judaísmo se derivan exclusivamente de la Torá, es decir, de lo que nosotros llamamos Pentateuco. Los demás libros tienen para ellos fines únicamente inspiracionales.

Sin embargo -y en esto el judaísmo difiere sustancialmente del cristianismo- la religión judía reconoce la existencia de una doble Torá o revelación mosaica: la Torá escrita (Torá je bi Jjtav) y la Torá oral (Torá je be al Pe). La primera comprende como ya se ha dicho, los cinco libros de Moisés, e.d. el Pentateuco. La Torá oral comprende todas las interpretaciones, comentarios y aplicaciones de la Torá escrita, transmitidas oralmente y retenidas en la memoria de generación en generación por los rabinos (lo que Jesús llama “vuestras tradiciones”, y a las que Él se opuso, especialmente cuando ellas eran usadas para anular la palabra de Dios: Mt 15:1-9; Mr 7:8,13) hasta que fueron finalmente fijadas por escrito en el Talmud entre el segundo y el sétimo siglo de nuestra era. El propósito de la llamada Torá oral (que ya dejó de ser oral) es enseñar cómo vivir de acuerdo a la Torá escrita.

Pero Jesús y sus discípulos no fueron los únicos en rechazar la Torá oral. También se opusieron a ella, entre otros, los saduceos y los sectarios de Qumram -cuya vasta literatura fue descubierta en 1947, escondida en unas cuevas cercanas al Muerto, y a quienes generalmente se les identifica con los esenios. Es interesante que en las cuevas del Mar Muerto se hayan encontrado papiros que contendrían fragmentos del Nuevo Testamento, lo que indicaría que los esenios se preocuparon por conocer qué cosa decían los “nazarenos” acerca de su Mesías.

La palabra “Torá” tiene un significado más amplio que “ley”, que es como desgraciadamente la Septuaginta (LXX, Véase Nota 6 más abajo) casi siempre la traduce. Más propiamente Torá significa enseñanza, instrucción. Para los judíos practicantes Torá puede significar: 1) el Pentateuco; 2) éste más los profetas y los escritos, es decir, toda la Tanak, lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento; 3) lo anterior más la Torá oral, es decir, el Talmud y los escritos legales posteriores. Adicionalmente el término Torá puede incluir toda la enseñanza religiosa emitida por los rabinos y sus discípulos en las academias a lo largo del tiempo. Es importante notar esto porque quiere decir que para ellos la revelación no está cerrada.

Además de la Torá con mayúscula se encuentra ocasionalmente esa palabra en minúscula: dvar torá, una enseñanza piadosa de persona a persona basada en la Torá.

De acuerdo al judaísmo la extensísima Torá oral (La edición Standard del Talmud de Babilonia comprende 22 volúmenes) fue revelada a Moisés en el Sinaí, junto con la Torá escrita. Moisés en obediencia a las instrucciones de Dios, puso por escrito los cinco libros que conforman el Pentateuco pero, según dice el “Pirké Avot”, (Dichos de los Padres) transmitió la Torá oral a Josué, Josué la transmitió a los ancianos, los ancianos a los profetas, y los profetas a los hombres de la Gran Asamblea, los cuales, a su vez, la enseñaron a sus discípulos de generación en generación. (7) En otras palabras, todo lo que los rabinos enseñaron y discutieron en sus academias durante los siglos posteriores había sido ya enseñado a Moisés por Dios en el Monte Sinaí. Esto es lo que el erudito judío Jacob Neusner llama “el mito hebreo”, según el cual toda esta vastísima literatura, que versa sobre tantos y variados asuntos, fue memorizada y transmitida sin error de padres a hijos, de maestros a discípulos durante siglos. (8)

Ahora bien, para entender bien lo que ese mito implica, debe tenerse en cuenta que los libros del Talmud –en particular, su primera parte, la Mishná- consisten en buena medida en debates entre rabinos, en los que el rabino Tal (en una frase tersa de pocas líneas) afirma tal cosa, y el rabino Cual, afirma tal otra, con frecuencia contradiciendo, o poniendo en duda, lo que dijo el anterior. La primera pregunta que surge entonces es: ¿Cómo puede la palabra revelada de Dios contener discusiones y contradicciones que en algunos casos versan sobre temas nimios o frívolos?

Los rabinos son concientes de esta seria objeción. La solución encontrada por ellos -según Wylen- es que todas esas opiniones que se contradicen constituyen aspectos de la multiforme revelación divina, pero la opinión aceptada por la mayoría de los rabinos que participan en la discusión, es la que se convierte en ley para todos los tiempos. En apoyo de ese dicho suelen citar, fuera de contexto, una frase de Éxodo: “No seguirás a los muchos para hacer el mal” (Ex 23:2). De otro lado, cuando había una discrepancia entre “La casa de Hillel” y “La Casa de Sammaí”, se debía dar la preferencia a la primera. (9)

Ahora bien, como he dicho, el Judaísmo está basado en el concepto de la doble Torá: la Torá escrita y la Torá oral. La Torá oral le dice al judío cómo vivir de acuerdo a la Torá escrita. Por eso motivo, comenta Wylen, los judíos no dan mucho valor a la lectura de la Biblia. Su lugar en la práctica viene a ser ocupado por el Talmud (que para los cristianos contiene palabra humana, no divina). "Puesto que la Torá oral contiene las instrucciones para vivir de acuerdo a la Torá escrita ¿para qué estudiar la Biblia? En las leyes rabínicas está todo lo que la Biblia tiene que decirnos,” escribe Wylen. De hecho el Talmud dice: “Hijo mío, sé más cuidadoso en observar las palabras de los escribas (e.d. el Talmud) que las palabras de la Torá.” (10)

Este sentido de la superfluidad de la Biblia fue aumentando durante la Edad Media al mismo tiempo que aumentaba la importancia que se le daba al Talmud. No quiere decir esto que los judíos ignorasen la Biblia. Su estudio formaba y forma parte de la educación escolar inicial, una materia reservada a los niños y a las mujeres. (11)

La Biblia tiene también su lugar en la liturgia. Pero al judío educado el texto simple de la Biblia le parece superficial, dice Wylen.

"Dios no habla a través de las Escrituras sino a través de las tradiciones", sostienen los rabinos. Por ese motivo las ediciones tradicionales de la Biblia judía colocan una porción del texto bíblico en hebreo en el centro de la página, rodeada de 3 o 4 comentarios famosos (Mikraot Gedolot). De esa manera el judío piadoso puede estudiar la Torá junto con la tradición oral. Sin embargo, el judaísmo reformado, surgido en el siglo XIX, y los otros movimientos surgidos después (de los que hablaremos más adelante) han tratado de restaurar la primacía de la Biblia, restando importancia al Talmud. No obstante, las corrientes más liberales modernas (como el movimiento reconstruccionista) han dejado de lado también la Biblia y prefieren concentrarse en la historia judía y en las promesas hechas por Dios a Israel, que son la base de su derecho a la posesión actual de la tierra prometida.

Notas: 1. Véase el libro “Bible and Sword” de Barbara Tuchman, así como “Jews, Gentiles and the Church” de David Larsen. Ambos autores mencionan también el interés que los teólogos puritanos tenían en la restauración de Israel a su tierra.
2. La palabra “judaísmo” aparece por primera vez en el 2do. libro de Macabeos (2:21;8:1;14:38) refiriéndose a la religión de Israel y sus prácticas, como contraste al modo de vida llamado “helenismo” que prevalecía en el Medio Oriente desde las conquistas de Alejandro Magno, y que los reyes seléucidas quisieron imponer por la fuerza a toda la población judía.
3. Esta afirmación no quita que haya habido en la historia del judaísmo algunos movimientos disidentes que rechazaron la Mishná y el Talmud –cristalización de la Torá oral. El más importante de ellos fue el movimiento de los Caraítas, fundado por Anan ben David el año 767, que propugnaba un retorno a la Biblia -de donde su nombre, que quiere decir “partidarios del Libro”. En el Medio Oriente y en Israel aún subsisten algunos pequeños remanentes del Caraísmo.
4. En relación con esta división de las Escrituras recuérdese que al referirse a ellas, Jesús habitualmente dice: “La ley y los profetas” (Mt 5:17; 7:12; 11:13; 22:40), pero en una ocasión usó la triple división: la ley, los profetas y los salmos (Lc 24:44). Suele afirmarse rutinariamente que el canon de las Escrituras hebreas fue fijado definitivamente por los rabinos en Yavné después del año 70. Pero en realidad ocurrió mucho antes y por etapas. Cuando el sacerdote y escriba, Esdras, lee públicamente la Torá hacia el año 450 AC (Nh 8), ya el contenido del Pentateuco estaba plenamente fijado. El canon de la segunda división de la Tanak (los profetas) lo fue al término del período persa, hacia el año 320 AC. La canonización de los Escritos siguió después. En vida de Jesús sólo había dudas respecto de los libros de Ester y Eclesiastés, y éstas fueron resueltas, después de algún debate, en Yavné. No podía haber sido de otra manera, porque Jesús nunca habría citado como palabra de Dios a los profetas, o a los salmos, si en su tiempo existieran dudas acerca de su carácter revelado.
5. Cuando Jesús menciona las Escrituras sus citas están tomadas de las tres divisiones con la misma frecuencia descendente, aunque tomados individualmente, los libros que más cita son Salmos, Isaías y Deuteronomio. Los evangelios de Mateo y Marcos muestran una preferencia por el Pentateuco; Lucas por Salmos e Isaías; Juan no cita el Pentateuco, sino sólo Salmos, Isaías y Zacarías, pero el desarrollo de su evangelio está marcado por la recurrencia de las fiestas de Israel, especialmente Pascua y Tabernáculos, que fueron establecidas en el Pentateuco, y para celebrar las cuales Jesús subía a Jerusalén.
6. La Septuaginta (LXX) es la traducción al griego que, según la leyenda que figura en la Carta de Aristeas, el faraón Ptolomeo Filadelfo encargó a 70 sabios de Israel (de donde su nombre) para los judíos residentes en Egipto que habían olvidado el hebreo. La LXX contiene todos los libros de la Biblia hebrea más aquellos libros que fueron escritos, o se conservaron, en el idioma griego, que son los que nosotros llamamos “apócrifos”, y constituyen la sección de los libros que los católicos llaman “deuterocanónicos”. Incluye además algunos libros apócrifos que no figuran en la Biblia católica. La LXX fue la Biblia que usaban los apóstoles –aunque no se sabe con certidumbre qué libros incluía en ese tiempo- y es la Biblia que usan las iglesias orientales de habla griega. En la LXX los libros históricos están dispuestos en el orden cronológico que hoy siguen las biblias cristianas.
7. Los hombres de la Gran Asamblea, con Esdras a la cabeza, que estuvieron activos 50 años después del retorno del exilio babilónico, hacia el año 450 AC, recibieron el nombre de “soferim”, porque ellos podían contar las letras de la Torá (“sofer” quiere decir entre otras cosas “contar”). Su misión principal fue volver a dar la Torá a Israel (véase al respecto Esd 7:10 y Nh 7b-8:8). Muchas de las primeras decisiones legales tomadas por ellos son llamadas “divré soferim” (“palabras de escribas”). Los sabios les acordaban tanto valor o más que a los mandamientos bíblicos: “Más preciosas que las palabras de la Torá escrita son las palabras de los escribas; quienes las incumplan incurren en un castigo más grande que los que violen las palabras de la Torá”, dice el Talmud de Jerusalén. (Wigoder, “Dictionnaire Encyclopédique du Judaisme”). No puede dejar de sorprender el hecho de que asumiendo la Torá (el Pentateuco) el carácter sagrado que el judaísmo le atribuye, al punto que su estudio sea la actividad piadosa más importante, como veremos luego, se deba dar mayor importancia a las palabras de sus intérpretes, es decir, de los escribas, que a las de la Torá misma. Es contradictorio.
8. Sin embargo el erudito rabínico Zacarías Fraenkel (1801-1875) ha demostrado contundentemente que la llamada Torá oral fue una creación humana que surgió y se desarrolló en respuesta a condiciones históricas específicas (Nicholas de Lange, “Penguin Dictionary of Judaism”). De otro lado, buen número de eruditos modernos piensan que la noción del supuesto origen sinaítico de la Torá oral obedece al deseo de los rabinos de Yavné de fortalecer su autoridad afirmando el origen divino de sus tradiciones (Lawrence H. Schiffman, “From Text to Tradition”).
9. Hillel y Shammaí fueron dos rabinos que vivieron unos 50 años antes que Jesús y que fundaron las escuelas que llevan sus nombres. Hillel suele ser considerado la figura más importante en la historia del judaísmo.
10. Erubin 21b, citado por R. Schoeman, “Salvation is from the Jews”.
11. A fin de formar a la juventud en la cultura helenística prevaleciente en el Medio Oriente en el siglo II, los reyes hasmoneos establecieron en Israel “gimnasios”, según el modelo griego (1Mac 1:14; 2Mac 4:9). Esa palabra no guarda relación –salvo indirectamente- con lo que nosotros llamamos “gimnasia” sino se refiere a estudios escolares. Para contrarrestar la influencia pagana los rabinos –posiblemente por iniciativa de Simon bar Shetá- establecieron, un siglo antes de Jesús, un sistema universal de educación escolar para los varoncitos a partir de los 5 años. La materia de estudio era la Torá, comenzando por el libro del Levítico, y el método de enseñanza era el usado entonces, la memorización. Al graduarse del “heder” (escuela inicial) el niño de 10 a 12 años, se sabía de memoria todas les Escrituras. Esto explica el hecho de que el niño Jesús pudiera departir con los doctores de la ley exhibiendo una gran familiaridad con la Tanak (Lc 2:41-50). Si bien la sabiduría que Él demostraba y asombraba a sus oyentes era un don del Espíritu Santo, su conocimiento de las Escrituras lo había adquirido posiblemente en la escuela inicial. Existe mucha controversia entre los eruditos sobre el grado de instrucción subsiguiente a la primera etapa que Jesús pudo haber recibido como adolescente, pero no es del todo improbable que Él obtuviera esa formación en la escuela adosada a la sinagoga de Nazaret (Beit ha Midrash) aunque el episodio que narra Mr 6:1-6 conspira contra esa suposición (John P. Meier, “A Marginal Jew”). En todo caso Él exhibió a lo largo de su vida pública un gran conocimiento de las Escrituras y una gran habilidad para interpretarlas, así como para sostener con ventaja discusiones acerca de ella con los escribas y fariseos, que sí habían recibido una formación esmerada. El intenso entrenamiento al que eran sometidos los jóvenes de tradición piadosa en la Yeshivá que sucedió a las Beit Midrash, puede explicar la opinión expresada por el historiador cristiano Eusebio (comienzos del siglo IV) acerca de los maestros judíos de su tiempo, de los que dice que eran “personas dotadas de una fuerza de intelecto poco común y cuyas facultades han sido entrenadas para penetrar hasta el corazón mismo de las Escrituras.” (James Parkes, “The Conflict of the Church and the Synogogue”).

NB. Quiero expresar mi agradecimiento al rabino Guillermo Bronstein por haber tenido la gentileza de revisar estos a0rtículos. Sus oportunas observaciones han contribuido a mejorar su texto. Sin embargo, yo asumo plena responsabilidad por su contenido.

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