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miércoles, 19 de julio de 2017

EL JUICIO DE LAS NACIONES II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL JUICIO DE LAS NACIONES II
Un Comentario en dos partes de Mateo 25:31-46
En esta escena grandiosa al final de los tiempos hemos visto que Jesús reivindica para sí el papel de Juez Supremo. Él se propone a sí mismo a todos los hombres como el factor clave de su destino eterno: Ellos se salvarán, o se condenarán, según cuál haya sido su actitud frente a Él. Si habiendo creído en Él, y habiéndose arrepentido, (lo cual está implícito) le amaron y le socorrieron en la persona del prójimo, se salvarán; si no lo hicieron, sino que despreciaron y maltrataron a su prójimo, se condenarán.
En este contexto el valor moral de la persona y su dicha eterna dependen del amor demostrado en el servicio al prójimo en el cual Él vive: “Todo lo que hicisteis al menor de mis hermanos, a mí lo hicisteis”, acaba Él de decir (Mt 25:40). Esta palabra será para todos, justos compasivos e impíos inmisericordes, una revelación inesperada: el Hijo del Hombre resume en sí mismo a la humanidad entera, y el factor clave es el amor. Amar al prójimo, incluso al enemigo (Mt 5:44), es amarlo a Él, porque Él está en unos y otros. El amor a Dios y el amor al prójimo están estrechamente ligados, y no es posible amar al primero si no se ama al segundo, como lo dijo bien claro el apóstol Juan en un pasaje que ya hemos citado en el artículo anterior: “El que no ama a su prójimo a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1Jn 4:20).
41. “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego
eterno preparado para el diablo y sus ángeles.”
¡Qué terrible será escuchar esas palabras dirigidas a uno, dichas por el que es el Juez Supremo, el Rey de la creación, Aquel de quién cuando estábamos en la tierra nos burlábamos, de cuyo nombre y de cuya figura histórica hicimos mofa! Nos reíamos no sólo de Él, sino también de los que hablaban de Él, y de quienes lo representaban. Y he aquí que ahora Él pronuncia sobre nosotros una sentencia inapelable.
La historia de su vida fue para muchos un botín del que se apoderaron para inventar ficciones que lo deshonraban y caricaturizaban. Despreciaron su nombre, e incluso negaron que hubiera existido, colocando la historia de su vida en el grupo de las fábulas piadosas, hechas para engañar a la gente ingenua.
O si llegaron a reconocer que sí existió, afirmaron que fue un maestro de sabiduría como los ha habido varios ilustres en la historia, que merecen todo nuestro respeto, pero negaron en absoluto que fuera Dios hecho hombre, porque Dios no existe. ¿No merecerán los hombres que así actuaron, y engañaron a tantos, que se les diga: Apartaos de mí malditos?
Terribles palabras, en verdad, porque en ese momento, cuando se le contemple en toda su majestad y belleza, estarán llenos de asombro e irresistiblemente atraídos por ese ser maravilloso que encarna todo lo que el hombre admira, ama y desea, y junto a quien desearían estar para siempre.
Pero en ese momento Él los rechazará, porque lo rechazaron cuando estaban en vida, y hasta lo odiaron, porque su enseñanza removía su conciencia. Ahora será tarde para dar marcha atrás y rectificar el error cometido.
Todos los que le negaron en vida, tendrán que reconocer su soberanía ahora a la fuerza, pero será ya tarde. A esos desdichados se les dirá: “Id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” Se trata de un fuego que quema el cuerpo y el alma, y que arde eternamente, pero sin consumir.
Notemos que el infierno a donde los impíos son enviados, no fue preparado para los seres humanos, sino para el diablo y sus ángeles. La voluntad de Dios es que “todos los hombres sean salvos  y vengan al conocimiento de la verdad” (1Tm 2:4), y a todos se les dio oportunidad de seguir el camino que conduce a la vida, pero muchísimos escogieron neciamente seguir el camino que lleva a la muerte eterna, que es la privación de Dios por toda la eternidad. ¿Por qué lo hicieron? Porque no reconocieron ni supieron apreciar lo que era para su bien. Porque tenían la mente extraviada, atrapada por el espejismo de las apariencias, y por la vanagloria de la vida (1Jn 2:16). No hay sufrimiento que se compare a la privación de Dios, ni fuego ardiente que se le iguale. A ese tormento se añadirá la compañía atroz y eterna de los malos, del demonio y sus ángeles, llenos de odio, el recuerdo atormentador de todas las oportunidades que no supieron aprovechar para seguir el camino de la salvación, y la certidumbre de que su tormento no tendrá fin. ¡Qué horror tendrán entonces de la decisión equivocada que tomaron en su momento, y de las consecuencias irreversibles que ahora tienen que afrontar! (Nota 1)
42,43. “Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no  me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.”
Es como si Jesús le dijera a cada uno: Tuve hambre, sí, de que creyeras en mí; de que reconocieras lo que yo hice por ti al morir en la cruz. Tuve sed, sí, de tu amor, de tu agradecimiento, de tu amistad.
Fui como un extraño en tu mundo. No tenías en cuenta mis enseñanzas para nada. Pisoteabas mis consejos y mi doctrina como si fueran de un charlatán y yo no hubiera enseñado la doctrina más sublime, aquella única que es capaz de cambiar el corazón del hombre y hacer de él una nueva criatura.
Fui perseguido en las calles de tu ciudad, se negaba a los míos el derecho de rendirme culto, y hasta de pronunciar mi nombre. Me expulsaron de tus calles y plazas, burlándose de los que creían en mí, y se les asesinaba por confesarlo.
44,45. “Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.”
Puesto que vivíamos a espaldas de las realidades espirituales, ignorantes e inconscientes de la presencia de Dios en todas sus criaturas, no te vimos hambriento, ni desnudo, ni enfermo, ni encarcelado, cuando uno de nuestros hermanos estuvo hambriento, sediento, desnudo, enfermo o perseguido, y no hicimos nada por aliviar su condición y su dolor, ni por ayudarlo, por asistirlo, por consolarlo. Nuestro corazón estaba cerrado a las necesidades de nuestro prójimo, porque vivíamos encerrados egoístamente en nuestro mundo personal, en nosotros mismos y en nuestros intereses.
Tú estabas en cada uno de esos seres miserables y despreciados, y no te reconocimos porque olvidamos que todos tenemos un mismo Padre, y que, más allá de las diferentes circunstancias de la vida, todos somos obra de tus manos, todos recibimos el mismo aliento de vida que viene de ti; que de ti salimos y que a ti con todo el ansia de nuestras almas queremos volver.
¡Y qué terrible será cuando desesperadamente deseemos regresar a ti, fuente de nuestra vida y de nuestra felicidad, como a nuestra verdadera patria, y tú nos rechaces porque cuando la tuvimos rechazamos la oportunidad de demostrarte nuestro amor!
¡Oh sí, amigo lector, no es a ese pobre a quien tú rechazas e ignoras, y quizá tratas mal, sino es a tu Creador y al suyo.
46. “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.”
Éstas ya no son palabras del Rey y Juez Supremo, sino son las palabras con las que el evangelista concluye su relato, describiendo el destino que espera a los dos grupos. Los de la izquierda van al castigo eterno, para ser “atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap 20:10); los justos, que están a la derecha, van al lugar donde gozarán de la presencia de Dios por toda la eternidad, y en la compañía de todos los ángeles y de todos los santos, esto es, de los que por su gracia son salvos.
¿En qué proporción se encontrarán los dos grupos? ¿Cuál será el más numeroso? ¿El de los salvados, o el de los condenados? No tenemos idea ni manera de saberlo. Pero lo que realmente importa es que nosotros estemos en el grupo de los salvados.
Sin embargo, sí nos interesaría saber cuál es, o será, el destino eterno de los nuestros, de nuestros familiares y amigos cercanos, de los que conocimos en la tierra. ¡Oh, cómo nos gustaría encontrarnos con ellos en el cielo gozando de la misma dicha! ¡Y cuánto nos puede pesar no ver ahí a algunos de los que más amamos! Quizá entonces nos reprocharemos: ¿Por qué no hicimos más esfuerzos para lograr que se conviertan a Dios?
¿Qué significado, qué importancia tendrá entonces para unos y otros la palabra “eterna”? ¿Qué implica esa palabra desde la perspectiva de la misericordia y de la justicia de Dios?
En los primeros siglos de la iglesia se discutió mucho acerca del significado de esa palabra en este pasaje, y en otros que hablan de la salvación o condenación. ¿Se trata de un período muy dilatado de tiempo, pero con un límite fijado por Dios, al término del cual Dios restaurará todas las cosas, como algunos, en especial los origenistas, han sostenido? ¿O se trata, más bien, de una eternidad en sentido estricto, en la que ya no existe el tiempo, y por tanto, no existe límite alguno en duración? Esto es lo que la iglesia siempre ha afirmado, condenando a los defensores de la primera tesis como una herejía. Sin embargo, hay algunos grupos que siguen sosteniendo esa posibilidad, en especial, los universalistas, que creen que al final todos se salvan.
Quizá valga la pena explorar cuáles eran las ideas que prevalecían entre los judíos en tiempos de Jesús, pues a ellos les hablaba Él en primer lugar (2).
Poco tiempo antes de que naciera Jesús enseñaron en Israel dos maestros cuya doctrina influyó decididamente en el pensamiento teológico de los judíos del primer siglo de nuestra era: Hillel y Shamaí. Las ideas más liberales del primero influyeron poderosamente en la doctrina del judaísmo rabínico que surgió después de la catástrofe del año 70. Las ideas del segundo, más estrictas, al menos en lo que se refiere al tema del divorcio, no subsistieron a los cambios revolucionarios que se produjeron en la sociedad judía al final del siglo.
No obstante, ambos enseñaron en principio la eternidad sin fin de la salvación y de la condenación, aunque Hillel limita el número de los condenados por toda la eternidad, pues enseña que el mayor número de los pecadores, tanto gentiles como judíos, después de ser atormentados durante doce meses, son aniquilados y las cenizas de sus cuerpos y almas son dispersadas a los pies de los justos. Pero exceptúa de su número a un grupo de mayores transgresores que descienden a la gehena (3) para ser atormentados por los siglos de los siglos.
La escuela de Shamaí enseñaba que después de la resurrección que menciona Daniel 12:2, la humanidad será dividida en tres clases. La primera, la de los perfectamente justos, serán inscritos y sellados para la vida eterna; la segunda, la de los perfectamente impíos, que inmediatamente después de muertos serán inscritos y sellados para la gehena, esto es, el infierno; y una tercera clase intermedia, formada por los que irán al gehinom y que después de ser atormentados durante un tiempo, regresarán para ir al cielo, pero sin haber sido inscritos ni sellados al morir.
Notas: 1. Comentando este versículo Hipólito, mártir, pone en boca de Cristo las siguientes palabras: “Fui yo quien te formé, pero tú te adheriste a otro. Yo creé la tierra, el mar y todas las cosas que hay en ellas por tu causa, pero tú las has usado para deshonrarme…Yo formé tus oídos para que oyeras las Escrituras, pero los has usado para oír canciones del diablo y de cortesanas. Te di ojos para que vieras la luz de mis mandamientos y los siguieras, pero tú los has usado para el adulterio y la inmodestia. Ordené tu boca para que alabaras y glorificaras a Dios y para cantar salmos e himnos espirituales…pero tú la has usado para proferir perjurios y blasfemias, y para difamar a tu prójimo. Hice tus manos para que las levantaras en oración y súplica, pero tú las has estirado para robar, matar y destruir.”
2. Véase el apéndice 19 en Alfred Edersheim, “The Life and Times of Jesus the Messiah”.
3. La palabra gehena, que Jesús usa varias veces (Mt 5:29,30; 10:28; 23:33; Lc 12:5, etc.), deriva de gehinom, “valle de los hijos de Hinom”, (Js 15:8; 18:16), situado al sur de las murallas de Jerusalén, que era usado para quemar los cadáveres de criminales y animales, y la basura, por lo que se le asoció al infierno. El impío rey Acaz hizo pasar por el fuego a su hijo en ese valle maldito (2Cro 28:3), algo que estaba prohibido por Lv 18:21. Manasés hizo lo mismo (2Cr 33:6). El piadoso rey Josías profanó Tofet, santuario en donde se ofrecían esos repugnantes sacrificios a Moloc (práctica muy extendida en el mundo antiguo)  situado en Gehinom, para que ninguno pueda pasar a su hijo por fuego (2R 23:10). Jeremías dijo que ese valle se llamaría “valle de la matanza” (Jr 7:30-34; 19:6; 32:35).
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a adquirir esa seguridad reconciliándote con Dios, pues no hay seguridad en la tierra que se le compare y que valga tanto. Para ello yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y extravíos. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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viernes, 14 de julio de 2017

EL JUICIO DE LAS NACIONES I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL JUICIO DE LAS NACIONES I
Un Comentario en dos partes de Mateo 25:31-46
Hay quienes llaman a este episodio de Mateo “parábola”, como si aludiera en
términos de semejanza, pero no realistas a un acontecimiento futuro de envergadura cósmica. Pero, aunque contiene elementos de parábola, no es una parábola propiamente dicha, sino una descripción profética que usa un vocabulario pastoril fácilmente comprensible de lo que será ese acontecimiento extraordinario del juicio final en la consumación de nuestra era al final de los tiempos. (Nota 1) En ese momento, en que todos los seres humanos, después de haber resucitado, compareceremos, ya no individualmente como una vez lo hicimos, (o haremos, tratándose de los que aún estamos vivos) sino colectivamente como raza, ante nuestro Creador, para escuchar la sentencia definitiva y confirmatoria que selle nuestro destino eterno.
El lugar donde figura este pasaje en Mateo es muy apropiado, pues viene después del anuncio de la venida de Jesús, y del fin de una era que llegará inesperadamente (cap. 24), y de las dos parábolas en el siguiente capítulo, que nos hablan de la necesidad de estar preparados para su regreso.
Él ha venido hablando a sus discípulos en diversas oportunidades de su regreso en gloria para juicio (Mt 16:27); y Pablo mismo ha aludido a ese acontecimiento en más de una ocasión (1Cor 15:51,52; 1Ts 4:16,17).
31. “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con Él, entonces se sentará en su trono de gloria.”
La expresión “Hijo del Hombre” que Jesús usa para referirse a sí mismo, viene de la visión que tuvo el profeta Daniel sobre el final de los tiempos, cuando vio que con las nubes venía uno como “hijo de hombre”, que se acercó “al Anciano de días”, esto es, al Padre eterno, “y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino, un reino que no será destruido jamás.” (Dn 7:13,14). El hecho de que Él hable de sí mismo usando ese título mesiánico, indica la conciencia que Él tenía de su misión y de cómo Él estaba cumpliendo el papel que le asignaban las profecías antiguas.
Él viene en su gloria, la gloria que tuvo con el Padre “antes de que el mundo fuese.” (Jn 17:5), es decir, desde toda la eternidad, en aquella gloria esplendorosa que caracteriza su naturaleza divina, y que es inimaginable para los ojos humanos. Viene acompañado por un cortejo triunfal de miríadas de ángeles que son su corte celestial, y se sienta en el trono majestuoso que le corresponde como Rey del universo, a quien el Padre ha dado el poder de juzgar (Jn 5:22,23).
32,33. “y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.”
Todos los pueblos (etné plural de etnós) de la tierra, esto es, judíos y gentiles, cristianos y paganos sin distinción (2), todos los que alguna vez vivieron sobre la tierra, se juntarán delante de Él, como están los acusados de pie ante el juez para escuchar la sentencia (2Cor 5:10). Todos estarán delante de Él, los que le reconocieron y los que le negaron. Todos sin excepción, y los que no lo reconocieron tendrán que hacerlo en ese momento aunque no quieran. Todos tendrán que doblar la rodilla delante de Él, quiéranlo o no (Rm 14:11; cf Is 45:23).
Entonces Él separará a los buenos de los malos, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. A unos los pondrá a su derecha, y a los otros, a su izquierda, como los segadores separan el trigo de la cizaña después de la siega (Mt 13:30).
A los buenos se les llama ovejas, porque son mansas, dóciles y humildes, y dan abundante lana blanca que sirve de abrigo; mientras que los díscolos cabritos, que representan a los malos, tienen el cuero cubierto de un pelo negro y tosco que sólo sirve para ser pisado como alfombra.
La diestra es la mano del poder, del honor, de la dignidad y del triunfo: “Como dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” (Sal 110:1; cf 1R 2:19; Sal 45:9; Rm 8:34). La izquierda –llamada también siniestra, palabra que tiene un significado ominoso- simboliza desdicha, desgracia, servidumbre, deshonra.
¿Quiénes son los enemigos de Jesús en esta escena de juicio? Los cabritos. No por nada en la ley de Moisés se escoge a un “macho cabrío” para que sirva de chivo expiatorio, y se le cubre con los pecados del pueblo; para que los cargue sobre sí, y sea enviado al desierto a Azazel, que es  figura del diablo (Lv 16:7-11, 20-22).

34. “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.”
El Hijo del Hombre que caminó en la tierra como un ser humano cualquiera es ahora el Rey, que está sentado en su trono majestuoso para juzgar. Y Él dirá a los que están a su derecha: “Venid benditos de mi Padre”. ¿Quién no quisiera escuchar esas palabras dirigidas a él, estando a la derecha del Rey? ¡Bendecido de mi Padre! Sobre ti reposarán no sólo las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob, sino muchas más, que ellos no conocieron, que vienen de haber sido redimidos por el Cordero, que ahora se sienta como Rey en el trono, y que apuntan a un gozo y a una dicha gloriosa que nunca termina (Ef 1:3).
“Heredad el reino”. Heredar es recibir un bien por el cual uno no ha trabajado, que uno no ha ganado con el sudor de su frente, sino que otro ganó para uno. Jesús, nuestro hermano mayor, lo ganó para nosotros en la cruz. Se hereda por filiación. Heredamos el reino porque somos hijos de Dios en virtud de la fe (Rm 8:17). Los que no son hijos, los que no creyeron sino que rechazaron a Jesús, y por tanto, son hijos del diablo, no heredan el reino celestial, sino otro horrible lleno de tinieblas.
Se nos dice: “Venid heredad…” porque un día acudimos al llamado de Jesús: “Venid a mí los que estáis cansados y fatigados, que yo os haré descansar.” (Mt 11:28); los que acudimos a su llamado cuando nos dijo: “Ven y sígueme.” (Lc 18:22).
Ese reino ha sido preparado para nosotros desde antes de la creación del mundo (o desde la eternidad). Ya estaba entonces en la mente de Dios. Ese reino es el cielo, la dicha eterna de que gozaremos algún día contemplando a Dios, en que lo veremos tal cual es, sin velos ni sombras que nublen nuestra mirada. Pero hay más: El reino de Dios, que comprende los cielos y la tierra, el universo entero, fue creado para nosotros, por nuestra causa, para que fuese nuestra morada eterna.
35,36. “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.”
Aquí el Rey empieza a enumerar las obras de misericordia que Dios desea y espera que el cristiano haga, comenzando por lo más elemental, la de satisfacer las necesidades de alimento de los que carecen de él, y sin el cual nadie puede subsistir. Hay pocos sufrimientos más agudos que los que produce el hambre, que puede llevar a los hombres a la desesperación.
Aún más aguda es la necesidad de agua, sin la cual la vida del cuerpo no se mantiene. Más días se puede estar sin comer que sin beber, porque el agua es esencial para las funciones vitales del organismo.
Estos dos actos de misericordia tienen que hacer con el sostenimiento de la vida corporal. El siguiente tiene que hacer con las relaciones humanas, con la necesidad de compañía, de fraternidad. Llegar a un lugar que no es el nuestro, donde nadie nos conoce, ni conocemos a nadie, nos produce una sensación de desamparo y de peligro porque, por lo general, el poblador mira con desconfianza, si no con hostilidad, al extranjero. Acogerlo satisface una necesidad básica de relación humana, de amistad, de protección y seguridad. Esta es una necesidad que padecen con frecuencia los más pobres, los que no tienen techo, pero también los emigrantes y los refugiados.
Al respecto Basilio de Cesarea (329-379) comenta: “El pan que retenemos le pertenece al hambriento, el desnudo reclama la ropa que guardas en tu armario, el zapato que enmohece en tu alcoba le pertenece al que anda descalzo, al necesitado le pertenece el dinero que tienes escondido…” Todo lo que tienes y no necesitas se lo has robado al que podría usarlo. Nada podrá disculpar a quien el pobre hambriento acuse de despedirlo con las manos vacías. Por algo dice Salomón: “El que da al pobre, le presta a Dios.” (Pr 19:17)
El siguiente acto de misericordia tiene que hacer nuevamente con el cuerpo: la necesidad de abrigo para protegerse del frío y de la intemperie.
Sabemos que el cuerpo puede fácilmente enfermarse y su salud quebrantarse. El enfermo tiene no sólo necesidad de medicamentos para curarse, sino también de apoyo humano y de compasión, pues sufre a veces de grandes dolores, y se ve impotente debido a las graves limitaciones físicas y al malestar que la enfermedad le impone.
Por último, si el justo está preso, puede ser sólo a causa de una injusticia, o porque es perseguido. ¡Con cuánta razón necesita que se le visite, que se le ayude y se le muestre solidaridad con su situación! Todas estas cosas debemos hacer por el prójimo, y Jesús espera que nosotros, como discípulos suyos, las hagamos. Si no las hacemos, le fallamos no sólo al prójimo, sino sobre todo a Jesús.
¿Por qué aprecia tanto Dios estas obras, puesto que las menciona como fundamento de su sentencia? Porque ellas son manifestación del amor al prójimo que nos ha ordenado tener y que, a su vez, es expresión del amor que le tenemos a Él. Como dice Juan: “El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1Jn 4:20).
37-40. “Entonces los justos responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”
Sorprendidos por las palabras del Rey, los justos le preguntarán: ¿Cuándo hicimos nosotros esas cosas por ti? ¿Cuándo te vimos en esas condiciones, si nunca tuvimos el privilegio de verte? Y Él les contestará: Cuando las hicisteis al menor de vuestros hermanos, al más pequeño, al más ignorado y despreciado, a mí las hicisteis, porque yo estaba en él, y sufría lo que él padecía pues, tenedlo bien en cuenta, era yo quien estaba en esas condiciones. Todos los seres humanos han sido creados por mí, son mis criaturas y yo me identifico personalmente con cada uno de ellos, porque salieron de mis manos. Si el padre, o la madre, sufren lo que padecen sus hijos, ¿no ocurrirá eso conmigo en una mayor proporción, pues soy su Creador que obró a través de los padres humanos? Por eso, todo lo que se haga al menor de ellos, a mí es hecho, porque yo amo a cada uno de ellos en una forma que ningún ser humano puede comprender.
Aquí se nos revela pues cuál debe ser la motivación central de nuestra vida y de todos nuestros actos: el amor. Si nosotros le pertenecemos, debemos estar llenos de ese sentimiento hacia nuestro prójimo, sea él nuestro amigo o nuestro enemigo.
Sí, también nuestro enemigo, como Jesús recalcó una vez (Mt 5:44). Se nos juzgará pues, no exactamente por nuestras obras, como algunos sorprendidos podrían concluir, sino por cuán llenos hayamos estado del amor que proviene de Dios, por cuán unidos hayamos estado a Él y hayamos reflejado su carácter; por cuán verdadera y sinceramente hayamos sido sus discípulos.
Porque si veo a uno que tiene hambre ¿permaneceré indiferente a su necesidad? ¿Podré sentarme a la mesa tranquilo? ¿O no me apresuraré a alcanzarle un plato de comida? Y si alguno tiene sed, ¿no le alcanzaré un vaso de agua? O si está enfermo, o en la cárcel, ¿no me interesaré por su suerte, e iré a visitarlo?
Algún día pues, seremos juzgados por cuán unidos estuvimos a Jesús en vida, en nuestros hechos y nuestra conducta, por cuánto nos esforzamos en ser como Él, en imitarlo, por cuánto lo amamos en suma.
En verdad, si lo pensamos bien, Jesús tuvo hambre durante las horas de su pasión, pues no se le dio un ápice de comida; tuvo una sed terrible en la cruz, porque se había desangrado y, por consiguiente, su cuerpo había perdido una gran cantidad de agua. Estuvo desnudo cuando lo despojaron de su ropa, y al verlo así, hubiéramos querido, de haber sido posible, cubrirlo de besos y caricias. Estuvo enfermo después de que lo hubieran torturado y azotado, y hubiéramos querido lavarlo y curarlo; estuvo preso y en cadenas, y no pudimos ir a visitarlo.
Puesto que no lo hicimos cuando Él se hallaba en esas condiciones, ahora se nos da la oportunidad de hacerlo, haciéndolo con el más miserable de nuestros hermanos, como si lo hiciéramos a Él, porque Él está en cada uno de ellos.
Cuanto más humilde y miserable sea una persona, más cerca está Jesús de ella, porque ella es como Él, que se humilló a sí mismo al despojarse de su forma de Dios, tomando forma de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2:6-8), como si fuera un malhechor, Él, que nunca pecó y fue el más grande benefactor de la humanidad.
Cuán a pecho toma Jesús la condición de los hombres, que lo que se haga al menor de ellos, se le hace a Él, como ya dijimos; le duele o le agrada lo que se le haga, como si a Él mismo en persona se le hiciera.
Cuando tú pues le cierras la puerta a un pobre, o le niegas una limosna al que te extiende la mano, a Él le estás dando un portazo, a Él le estás negando tu ayuda; a Él, sí a Él le duele como si a Él mismo se lo hicieras.
Ten pues cuidado de cómo tratas, de cómo hablas, de cómo te comportas con tu prójimo, pues Jesús está en él.
Notas: 1. Nótese que cuando al comienzo del gran discurso del capítulo anterior, los discípulos le preguntan a Jesús cuál será la señal de su venida, y del final de todo, ellos no emplean la palabra kósmos (mundo), sino aionos (siglo, era). Igualmente en el pasaje de la Gran Comisión (Mt 28:116-20) Jesús les promete que estará con ellos no hasta el fin del kósmos, sino hasta la consumación del aiónos, aunque la versión castellana ponga en ese lugar “mundo”.
2. Hay quienes sostienen que quienes serán convocados a juicio en esta escena serán sólo los judíos; otros piensan que serán sólo los cristianos. Pero lo serán todos los seres humanos, porque la palabra “naciones” no excluye a nadie.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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jueves, 1 de junio de 2017

LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE I
Un Comentario de Lucas 21:25-27
Según muchos autores, al terminar el vers. 24 del cap. 21 de Lucas (y al comenzar los
pasajes paralelos en  Mt 24:29 y Mr 13:24) se produce una transición en el enfoque de la profecía que pasa de anunciar lo inminente -esto es, la destrucción de Jerusalén- a describir las señales que precederán el fin de la historia con la segunda venida de Jesús, lo que suele llamarse la Parusía. Según otros autores no hay transición alguna a tiempos ulteriores, sino que Jesús sigue hablando de lo que ocurrirá en el plazo cercano que Él señala de una generación.

Las palabras del pasaje paralelo de Mt 24:29: “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días…” no permiten pensar que haya un cambio de perspectiva temporal, dado que “la tribulación” a la que Jesús se refiere en Mt 24:21 es la que afligió a los habitantes de Jerusalén antes de su destrucción por los romanos. Sin embargo, la tradición cristiana ha visto en las palabras proféticas de Jesús acerca de la destrucción de la ciudad santa como un tipo, o una prefiguración, de los acontecimientos que precederán a su venida al final de los tiempos, de modo que esta predicción oscila entre dos escenarios: el inmediato y el más lejano. Ambos se confunden en la mirada profética, así como una persona que contempla desde cierta altura los objetos que están en la lejanía puede ver borrosamente sus contornos y sus colores, pero no puede discernir la distancia que separa a unos de otros.
Según un autor francés del siglo pasado: “La profecía se sitúa en las altas cimas que dominan el curso de los tiempos… Con frecuencia, atravesando de un salto todas las etapas intermedias, junta en un mismo cuadro acontecimientos que están separados por largas series de días, de años, y a veces, hasta de siglos.”
En este estudio yo voy a presentar una interpretación del texto que tome en cuenta alternativamente ambas perspectivas. Aquella que supone que lo anunciado por Jesús se cumplió totalmente el año 70; y aquella que afirma que Él anuncia acontecimientos que en parte están aún por cumplirse, de modo que el lector pueda por sí mismo formarse una opinión personal de ambas exégesis, o sentirse movido a investigar más el tema.
25. “Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas.”
La palabra “entonces” suscita la pregunta del “cuándo”. Para algunos ese “entonces” es el fin de los tiempos. Para otros es un futuro cercano. Según sea la perspectiva histórica que uno tenga interpretará el pasaje. ¿Ocurrirán esas cosas estando todavía en vida algunos de los oyentes? ¿Ocurrirán mucho tiempo después? Para afirmar lo segundo habría que dar a la palabra “generación” (Véase el vers. 32) un sentido diferente del que tiene en el Antiguo Testamento, esto es, cuarenta años (Nm 14:33). (Nota 1)
Lo que anuncia aquí Jesús –tomado literalmente- es ominoso: perturbaciones en el aspecto del astro que rige el día y en el aspecto del que rige la noche; cosas que desafiarán los conocimientos de los que escudriñan el cielo y las condiciones atmosféricas. Habrá también perturbaciones en el aspecto de las constelaciones del firmamento que se observan de noche. Y como consecuencia, la gente estará atemorizada, porque no sólo lo que suele llamarse “potencias celestiales” serán conmovidas, sino también por el aspecto amenazante de los mares, cuyas olas cobrarán inusitada fuerza y tamaño. Quizá habrá mareas inusitadamente altas, o maremotos (tsunamis) que arrasen las costas, como en efecto ha ocurrido hace poco causando grandes estragos. La gente temerá habitar a orillas del mar, y pudiera ser que muchas ciudades costeras sean inundadas porque el límite que Dios había puesto a las olas no será respetado (Jr 5:22). (2)
Según  Marcos y Mateo, Jesús añade más gráficamente, en un lenguaje al que los judíos estaban acostumbrados, que “el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo.” (Mr 13:24,25; Mt 24:29).
Las imágenes de ese lenguaje son semejantes a las que emplean los profetas del Antiguo Testamento, cuando anuncian el “día del Señor”, o los días de castigo para algún pueblo en particular que ha suscitado la ira de Dios (Is 13:9,10; Ez 32:7,8; Jl 2: 2:10,30,31; Am 8:9; Sf 1:14-16, etc.). Si se compara el lenguaje de Jesús con el pasaje mencionado de Isaías en el que Jesús se inspira: “Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darían su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor.” (Is 13:10), se deducirá fácilmente que Jesús habla en términos figurados y que no debe pensarse que lo que Él describe ocurrirá literalmente, salvo en un sentido limitado. De hecho esas cosas no ocurrieron literalmente antes de la destrucción de Jerusalén. (3)
Este “día del Señor” es un tema recurrente en los profetas. No se trata de un día único, sino que es un período de tiempo en que ocurren cosas que afligen a la población y que tienen el carácter de castigo. ¿Debe entenderse la descripción de hechos portentosos en un sentido literal, o forma parte esta descripción del lenguaje poético usado por los profetas para expresar momentos de gran trascendencia? Como los judíos estaban acostumbrados a ese tipo de lenguaje se concluirá que ninguno de sus oyentes las tomaría en un sentido literal, sino en uno metafórico.
De otro lado, es interesante tener en cuenta que el historiador Josefo señala que, antes de que empezara la insurrección contra los romanos que antecedió a la destrucción de Jerusalén, pero poco después de la fiesta de la Pascua, “resplandeció una luz brillante delante del altar durante la noche, e iluminó el santuario durante media hora.” La gente pensó que eso era un buen augurio, pero los escribas les dijeron que se trataba de lo contrario. Poco antes del asedio, entre otros portentos, “una estrella semejante a una espada colgó sobre la ciudad” y una pesada puerta que estaba cerrada con barras de hierro, se abrió por sí sola.
26. “desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas.”
En gran parte la seguridad del hombre está basada en la estabilidad de la naturaleza y, en general, de su entorno físico. Cuando las condiciones humanas de su entorno sufren cambios súbitos y radicales debido a conmociones sociales, guerras o guerrillas, los hombres emigran a otras partes en busca de paz y seguridad. Pero si las condiciones físicas del medio ambiente se alteran, sea por terremotos, huracanes o inundaciones, o porque el clima sufre fuertes alteraciones, o peor, si los elementos del cielo se alteran y afectan al orbe entero ¿a dónde puede el hombre huir? ¿Podrá emigrar a la luna?
Las cosas inusuales que ocurran en los últimos días en los cielos y en la tierra pondrán a los hombres a la expectativa de sucesos extraordinarios y les infundirán temor.
27. “Entonces verán al Hijo del Hombre que vendrá en una nube con poder y gran gloria.”
En ese estado de cosas, estando los hombres alarmados por las cosas extrañas que suceden, se cumplirá la promesa del regreso del Hijo del Hombre, tal como fue anunciado a los apóstoles el día de la ascensión (Hechos 1:11). (4) Vendrá en el esplendor de su poder y de su gloria.
¿Debe entenderse este anuncio de su venida en una nube en un sentido literal? Porque si en otro lado se dice que todo el mundo lo verá (“He aquí que viene con las nubes y todo ojo le verá” Ap.1:7), y en unas regiones es de noche cuando en otras es de día ¿cómo puede vérsele en todas partes venir en poder y gloria, lo que implica plena luz, si en la mitad del orbe reina la oscuridad? A menos que se piense que el signo de su venida brillará de tal manera en medio de la noche que nadie podrá dejar de verlo. Pero también podría pensarse que la frase “todo ojo le verá” quiere decir “todo ojo en la comarca donde descienda”, es decir, que el signo de su aparición será visible en una zona geográfica específica y limitada, y no en el orbe entero, y así sería en el caso de que la predicción se refiera específicamente a la destrucción de Jerusalén.
En todo caso ese versículo debe entenderse teniendo en cuenta lo escrito por el profeta Daniel siglos antes: “Miraba yo en la visión de la noche y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días y le hicieron acercarse delante de Él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” (Dn 7:13,14). Ese reino no es otro que el simbolizado por la piedra que viene súbitamente y que cae sobre la estatua que tiene los pies de barro y hierro cocido (que, a su vez, simboliza a los sucesivos imperios de la antigüedad que culminaron en el Imperio Romano), destruyéndola completamente, la cual luego crece hasta convertirse en una montaña que llena toda la tierra (Dn 2:34,35). Ese es el reino que Jesús compara con la pequeña semilla de mostaza que crece hasta convertirse en un árbol, o con el poco de levadura que leuda toda la masa (Mt 13:31-33).
En Mateo 24:30,31 Jesús amplía la descripción de estos sucesos, añadiendo algunos detalles, como que aparecerá “la señal del Hijo del Hombre” antes de que se le vea descender del cielo en una nube de poder y gloria.
Si se entiende la frase “se lamentarán todas las tribus de la tierra” en Mt 24:30 en el sentido de que “todos los pueblos del orbe” han de lamentarse, es difícil pensar que los hechos descritos se refieran a la caída de Jerusalén. Más fácil sería pensar que se refieren a lo que sucederá al final de los tiempos. Pero hay quienes, con argumentos nada desdeñables, sostienen que las palabras de Jesús se refieren exclusivamente a acontecimientos próximos en el tiempo y no lejanos. (5)   
Nótese lo siguiente: La destrucción de Jerusalén y del templo equivalía para algunos a la venida del Hijo del Hombre en gloria, porque era su triunfo sobre sus enemigos que lo habían combatido, y que lo habían hecho matar por mano de los romanos. El instrumento que ellos usaron para destruir a Jesús corporalmente, fue también el instrumento de su propia destrucción. En verdad, entre Jesús y las autoridades religiosas de Israel había un conflicto irreconciliable, como lo había entre Jesús y Lucifer.
Para que el Evangelio triunfara en el mundo era necesario que el templo con toda su “economía” (sus sacerdotes, su culto y sus sacrificios) desapareciera. No cabía compromiso entre el culto del Antiguo Testamento y el del Nuevo, no porque estrictamente hablando fueron opuestos, sino porque las autoridades religiosas de Israel se habían desviado, y habían desvirtuado el mensaje de Dios, convirtiéndolo en una caricatura. Dios no fue infiel a su pacto con Israel; ellos lo fueron (Jr 31:32). La destrucción de Jerusalén fue el juicio inevitable de Dios sobre la ciudad y el pueblo infieles.
Como bien dice Mathew Henry, los que no quisieron ser salvados por Él, por Él serían destruidos; los que no quisieron que Él reine sobre ellos, verían que Él triunfaba sobre ellos. Yo añadiría que los que no quieren tenerlo por amigo, lo tendrán por enemigo.
Según cierta interpretación, cuando uno reconoce que un acontecimiento es la obra de Dios, uno “ve venir” a Dios en ese acontecimiento”. Jesús pudo haber usado el verbo “ver” en ese sentido. ¿Y por qué en las nubes? Porque las manifestaciones poderosas de Dios se expresan en términos de la grandeza de las nubes como espectáculo, especialmente cuando se las ve desde lo alto de las montañas. Esa “venida en las nubes” sería el cumplimiento, antes de que desaparezca esa generación, de la profecía pronunciada por Jesús en la casa de Caifás: “Tú lo has dicho, y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” (Mt 26:64)
Notas: 1. Según algunos, al reemplazar con la palabra “entonces” las que figuran en el pasaje paralelo de Mr 13:27 (“en aquellos días”), Lucas pospone esos acontecimientos a un futuro todavía lejano.
2. Se está hablando hoy día de que al descongelarse grandes extensiones de los hielos que cubren el Ártico y el Antártico, debido al calentamiento de la tierra, el nivel del mar subirá, y muchas zonas costeras bajas serán inundadas.
3. Algunos padres de la iglesia entienden el oscurecimiento del sol y de la luna en el sentido de que su luz palidecerá al lado del brillo esplendoroso de Cristo en su venida.
4. Nótese que el texto de Hechos dice que “le recibió una nube que lo ocultó de sus ojos.” (v. 9). Y enseguida añade: “así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (v.11).), dando a entender que descendería del cielo en una nube.
5. Entre esos argumentos se cuenta el que afirma que la palabra “tierra” en el Antiguo Testamento y en los evangelios se refiere siempre a la tierra de Israel, y que la expresión “las tribus de la tierra”, tal como se entendía en su tiempo, alude a los diferentes pueblos que la habitaban (judíos, samaritanos, galileos, etc.). Generalmente se entiende esa palabra en el sentido de “todos los pueblos que habitan sobre la tierra”, pero, en efecto, ése puede no haber sido el sentido que tenía en mente Jesús.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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martes, 24 de mayo de 2016

UNA VISIÓN DEL HIJO DEL HOMBRE I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
UNA VISION DEL HIJO DEL HOMBRE I
Un Comentario de Apocalipsis 1:9-13
9. "Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo."
El versículo se inicia con las palabras "Yo Juan" en las que el autor se nombra a sí mismo. Algo semejante se encuentra solamente en el libro de Daniel, donde se lee tres veces: "Yo Daniel" y que deben haberle servido de modelo (Dn 9:2;10:2;12:5). En su evangelio y en sus epístolas Juan no menciona su nombre. Aquí sí lo hace pero, humildemente, omite su condición de apóstol.

Terminada la introducción y el saludo inicial, el autor empieza aquí a narrar la visión que ha tenido. La inicia presentándose a sí mismo ante sus lectores como hermano suyo en Cristo, y participante con ellos en tres cosas muy dispares, pero que él agrupa porque eran la común experiencia de todos.

Estas tres cosas son, en primer lugar, la persecución de la cual ellos serían víctimas a causa, como él dice en seguida, de la predicación del Evangelio. La obra ha sido escrita muy probablemente cuando él veía venir en el espíritu la primera persecución de los cristianos decretada por Nerón, es decir, antes del año 64, y, por tanto, antes de la destrucción del Templo de Jerusalén. (Véase mi artículo "La Revelación de Jesucristo I")

La palabra que Juan emplea aquí (zlipsis, que suele traducirse como tribulación, o adversidad, aflicción, angustia) aparece muchas veces en el Nuevo Testamento para señalar lo que era la experiencia común de los cristianos de los primeros tiempos, según lo anunció Jesús: "En el mundo tendréis aflicción." (Jn 16:33). Véase por ejemplo, Hch 14:22; Rm 5:3; 12:12.

La segunda cosa es el reino de Dios inaugurado por el ministerio de Jesús en Galilea, reino en el cual todo cristiano vive, porque está en medio nuestro, aunque no sea visible, y en el cual nosotros somos a la vez súbditos de Jesucristo, y un real sacerdocio junto con Él (1P2:9).

La tercera es la paciencia con que su Maestro, el Siervo sufriente, afrontó las pruebas que le trajo el ser rechazado por los suyos (Jn 1:11). Jesús soportó pacientemente la contradicción del mundo hasta la muerte; sus discípulos deben estar preparados para sufrir pruebas semejantes con igual paciencia. En realidad, bien mirado, padecerlas es un privilegio, y el anticipo de la corona que recibirán algún día en recompensa.

Juan dice que a causa del Evangelio estaba en Patmos, pequeña isla del mar Egeo, que está a unos 90 Km al suroeste de la ciudad de Éfeso, frente a la costa de lo que es hoy Turquía, en medio de un archipiélago de islas de diversos tamaños, llamadas las Espóradas.

El lenguaje que usa Juan parece indicar que él recibió las visiones que narra cuando estaba en esa isla, pero no necesariamente que escribiera el libro estando allí. Puede haberlo escrito después. Pero ¿por qué motivo estaba él en esa isla inhóspita que era usada para desterrar a los enemigos del emperador? Si la persecución neroniana no se había desatado aún, es posible que, como le ocurrió también a Pablo, la predicación del Evangelio lo puso en conflicto con las autoridades de Éfeso, y que el gobernador romano tomara medidas punitivas contra él.

Si así fue, a él le tocó en esa oportunidad beber la copa de Jesucristo, y ser bautizado con su bautismo (Mt 20:22). ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a pasar por lo mismo a causa del Evangelio? No nos jactemos de lo que no seríamos quizá capaces, y démosle, más bien, gracias a Dios de que no tengamos que pasar por pruebas semejantes.

10. "Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta."
¿Qué significa este "estar en el espíritu" al que alude Juan? La respuesta más común es que él estaba, por así decirlo, "fuera de sí", en ese estado comúnmente llamado "éxtasis", que no era inusual en los apóstoles (Hch 10:10; 11:5; 18:9). Por decirlo en pocas palabras, es estar tan inmerso en la contemplación de Dios, y de las realidades espirituales que la operación de los sentidos se suspende. No se oye, no se ve, ni se siente nada aparte de aquello que se contempla interiormente.

Éste es un estado parecido -aunque en muchísimo menor grado- al que todos en alguna ocasión hemos experimentado: Estar tan absorbidos en la lectura, o tener puesta la atención tan intensamente en algo, que no vemos ni sentimos los estímulos del exterior.

Estar en el espíritu es un grado superior de ese estado, con la diferencia de que comúnmente el rapto de la atención proviene de una fuerza espiritual superior que todo lo avasalla.

Pablo en su segunda epístola a los Corintios habla de una experiencia semejante que tuvo él, de la que dice que no sabía si fue en el cuerpo, o fuera del cuerpo, y en la que fue arrebatado hasta el tercer cielo, "al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar." (2 Cor 12:2.4). Para él fue como si su cuerpo hubiera sido transportado. Pero es más razonable suponer que su cuerpo no se movió de donde estaba, y se trató de una experiencia sobrenatural "en el espíritu".

Ese estado de trance es semejante al experimentado por muchos profetas en el Antiguo Testamento (AT). Véase por ejemplo Is 6:1ss; Ez cap 1; Dn caps. 7, 8 y 10. Pedro narra una experiencia semejante en Hch 11:5.

Las sensaciones auditivas, o visuales, que se tienen en ese estado son de una intensidad muy superior a las que proporcionan los sentidos del cuerpo. Por eso dice que oyó "una gran voz como de trompeta", cuyo sonido era de una fuerza superior a todo lo que él estaba acostumbrado a oír.

Recuérdese que ha sido una práctica común de todos los pueblos, atestiguada en el AT, y que no ha desaparecido del todo, tocar trompeta para convocar a la gente al culto (Lv 23:24; 25:9; Sal 81:3-5), o a los soldados a la batalla (Neh 4:20, Jr 4:5; Ez 33:1-5, etc.)

Pero más significativo es recordar en este respecto que Dios anunció su presencia en el Sinaí al sonido de trompeta (bocina), provocando el pavor del pueblo (Ex 19:18,19; 20:18). Pablo asegura que un sonido de trompeta anunciará la segunda venida del Señor (1Co 15:52; 1Ts 4:16).

El "día del Señor" es, sin duda, el primer día de la semana, o día domingo, en el que los primeros cristianos empezaron a reunirse en lugar del día sábado, en conmemoración del día en que el Señor Jesús resucitó (Hch 20:7; 1Cor 16:2).

Pero hay quienes sostienen que la frase "día del Señor" alude al gran día escatológico de juicio, anunciado por los profetas del AT (Is 2:12; Jl 1:15; 2:2), y mencionado varias veces en el Nuevo Testamento (Hch 2:20; 1Cor 1:8; 2Cor 1:14; 1Ts 5:2; 2Ts 2:2; 2P 3:10), al que Juan fue transportado cuando estaba en el espíritu, y en el que pudo haber contemplado los acontecimientos futuros anunciados en su libro.

11. "que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea."
Esa voz potente se identifica con el nombre que ya sabemos pertenece a Jesucristo, y le da una orden perentoria que él no puede eludir: Escribe en un libro, esto es, en un rollo de papiro como los que se usaban entonces, lo que te voy a revelar en visión, y envíalo a las siete iglesias que te indico. Es pues un libro escrito por encargo divino. De ningún otro libro del NT se dice eso.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que Asia, no designa aquí al continente asiático, que recibió ese nombre mucho después, ni a lo que más tarde sería llamado "Asia Menor". Asia era entonces, como ya se indicó en un artículo anterior, el nombre de una provincia romana que ocupaba la región central costera de lo que es hoy Turquía, y cuya capital era Éfeso. Las otras provincias romanas eran Bitinia, Galacia, Ponto y  Capadocia. En la provincia de Asia se encontraban las ciudades a cuyas comunidades cristianas Juan debía escribir. ¿Por qué escoge Jesús esas ciudades si no eran las únicas de la provincia? Posiblemente porque en ellas estaban las iglesias que por algún motivo le interesaban en particular.

El número siete tiene una especial relevancia en este libro, como ya se ha indicado en el artículo anterior. ¿Qué simboliza ese número? Plenitud o perfección de aquello a lo que se aplica, o se refiere. Por ejemplo, siete son los días de la semana. Si yo menciono sólo cuatro, la semana está incompleta. Dios hizo el mundo en siete días. Si se hubiera detenido en el quinto día, por ejemplo, la creación hubiera quedado incompleta.

El mismo número siete, que aparece desde el inicio del Génesis en el relato de la creación, tiene cierta relevancia en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en las parejas de animales limpios de cada especie que Noé debía introducir en el arca (Gn 7:2); en las vacas gordas y flacas, y en las espigas llenas y vacías que vio Faraón en sueños (Gn 41:17-24), y que significaban alternativamente abundancia y escasez; en las vueltas que los hebreos debieron dar alrededor de las murallas de Jericó para que caigan (Js 6:4), etc.

Pero es sobre todo en Apocalipsis donde el número siete adquiere una importancia especial: siete espíritus, siete candeleros, siete estrellas, siete sellos, etc., como ya hemos visto también en el artículo anterior.

Yo no voy a hablar ahora de lo que significan esas siete iglesias. Lo reservo para cuando comente las cartas que Juan escribe separadamente a cada una de ellas. Bástenos saber en este momento que el Señor ha seleccionado siete iglesias que existían en esa región, porque ellas eran, sin duda, representativas del naciente movimiento cristiano, y porque, por sus características propias, cada una de ellas tenía una significación especial.

12. "Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro,"
Al oír la voz potente que le hablaba Juan se dio la vuelta para ver quién era el que le dirigía la palabra. Éste y los cuatro versículos siguientes están dedicados a describir a la persona que le habla. Pero lo primero que capta su atención, según dice, no fue una persona sino fueron objetos, por lo que hay que suponer que se trataba de cosas de un gran tamaño, y de un aspecto impresionante. Y eso fueron siete candeleros de oro.

Ahora bien, nosotros sabemos que el candelabro de oro de siete lámparas (una caña central, a ambos lados de la cual había tres brazos) que estaba en el lugar santo del templo de Jerusalén, jugaba un papel muy importante en el culto que el pueblo de Israel rendía a Dios (Ex 25:31,32; 37:17,18).

Según la tradición judía tenía aproximadamente un metro y medio de altura, y un metro de ancho. Pero es muy probable que lo que Juan vio fueran los siete brazos, o candeleros, de gran tamaño y de aspecto impresionante, que estaban de pie separados, porque las percepciones en el estado estático suelen ser muy intensas. Ellos en su conjunto representan a la iglesia de Dios, que se ha convertido en luz del mundo. En particular cada candelero representa a una de las siete iglesias a las que Juan dirigirá sus cartas.

Zacarías tuvo una visión de un candelabro de oro de siete lámparas, que tenía un olivo a cada lado, cuyo aceite alimentaba la llama de cada lámpara. Preguntando el profeta acerca del significado de ese candelabro, se le dijo: "No con ejército ni con fuerza, sino por mi espíritu." (Zc 4:2-4). Las llamas de las lámparas  representan la actividad del Espíritu Santo, que apareció en forma de lenguas de fuego en Pentecostés, y que es más poderosa que toda manifestación de poder humano.

Notemos que las iglesias son candeleros, no luces en sí mismas, sino portadoras de la luz que es Cristo. Las siete iglesias son independientes unas de otras, pero a la vez son una sola en la unidad del Espíritu de Cristo, que es su cabeza.

13. "y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro."
Si lo primero que le llamó la atención a Juan al volverse fueron los siete candeleros, ahora su mirada se centra en la figura humana que está en medio de ellos, del que dice que es semejante "al Hijo del Hombre". Fíjense que no dice "semejante a un hijo de hombre", es decir, a un ser humano; sino "al Hijo del Hombre". ¿Quién puede ser éste sino Jesús? Recordemos que a lo largo de los evangelios Jesús se llama a sí mismo "el Hijo del Hombre" (Mt 24:30; 26:64; Mr 13:26; 14:62; Lc 21:27).

El que Jesús usara esa expresión para referirse a sí mismo no es casual, sino es una referencia consciente al personaje que figura en el libro del profeta Daniel, y con el cual Él se identifica. En el libro de Daniel leemos: "Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como 'un hijo de hombre'"; es decir, uno con aspecto humano, lo cual es significativo después de la visión de las cuatro bestias a las que se había dado el dominio de los acontecimientos de la tierra (Véase Dn 7 y, en especial, el v.13).

Enseguida dice Daniel que hicieron que el "hijo del hombre" se acercara al Anciano de Días (es decir, al Padre eterno) y "Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido." (Dn 7:14)

¿Quién puede ser Aquel a quien se le ha dado dominio eterno sobre todos los pueblos de la tierra para que le sirvan? ¿Quién puede serlo sino Cristo Jesús, el Rey de todos los soberanos de la tierra?

Así pues, en su visión Juan ve en medio de los candeleros de oro a Aquel a quien conoció en su juventud, y de quien fue discípulo, a quien vio morir en la cruz, y a quien vio resucitado. Ahora lo ve de nuevo, pero glorificado. El hecho de que lo vea en medio de los siete candeleros que representan a las siete iglesias, indica que Jesús está actuando en medio de ellas y de su pueblo, según su promesa (Mt 28:20).

El resto del versículo, describe la ropa que Jesús lleva puesta, que le llegaba hasta los pies (cf Dn 7:9) y el cinto de oro que le ciñe el pecho (cf Dn 10:5), símbolo de su justicia y de su fidelidad (Is 11:5). Ese vestido y el cinto de oro evocan las vestiduras del sumo sacerdote que Dios ordenó a Moisés confeccionar para su hermano Aarón (Ex 28:4). Jesús es el Sumo Sacerdote de quien los sacerdotes humanos no son sino figuras pasajeras, según Hb 4:14-5:10. Véase en particular los vers. 5 y 6: "Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec," rey de Salem, a la vez sacerdote y rey.

El cinto de oro que le ciñe el pecho y que recuerda al efod del sumo sacerdote (Ex 28:6; 39:2) es también símbolo de majestad, autoridad y dignidad, esto es, de realeza, subrayando que Jesús es Rey de Reyes y Señor de Señores (Ap 19:16).

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas  veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."


#895 (23.08.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694- 2004/OSD-INDECOPI).