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jueves, 30 de septiembre de 2010

NEHEMÍAS, HOMBRE DE FE Y ACCIÓN

Por José Belaunde M.
El presente artículo fue publicado en enero de 2002 en una edición limitada. Dado el gran interés que presenta este personaje, se pone nuevamente a disposición de los lectores, revisado y ampliado.

El primer capítulo del libro de Nehemías contiene en cápsula toda una enseñanza acerca de cómo debe obrar el creyente frente a los retos del mundo en el que vive.
Nehemías era un hombre a quien Dios había colocado en una situación eminente en la corte del emperador persa. Lo había colocado allí con un propósito. No para que él se gloriara en su encumbramiento, sino para que le sirviese. Nehemías debe haber llegado en algún momento de su carrera a la conciencia de que él desempeñaba un papel en los planes de Dios para su pueblo.

Los hombres que llegan a tener una posición encumbrada en el mundo, o en la iglesia, no son concientes de que la situación privilegiada de que gozan es algo que Dios les ha dado, no para sí mismos, para usarlo en su propio beneficio, o para explotar al prójimo, sino para ponerlo a disposición de los propósitos de Dios (Nota 1).

Esas posiciones son como los talentos que el personaje de la parábola dio a sus siervos para que negociaran con ellos para beneficio de su señor (Mt 25:14-30). Pero por lo común las personas importantes negocian con los talentos para su propio beneficio, para enriquecerse, para la lujuria del poder, para su propia gloria. Algún día Dios les pedirá severa cuenta del uso que hicieron de esos talentos, porque "a quien mucho se da mucho se demanda" (Lc 12:48. Véase también toda la parábola, v. 41-49). El castigo de los que los usaron para sí será peor que el que recibió el mal siervo que enterró su talento (2).

Veamos qué hace Nehemías en este capítulo:

1. Él escucha: “Y me dijeron: El remanente, los que quedaron de la cautividad, están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas al fuego.” (Vers. 3). El hecho de ser un dignatario de uno de los más grandes imperios de la tierra no lo movió a renegar de su origen. Puesto que él había sido admitido a formar parte de la elite gobernante, quizá le hubiera convenido desvincularse y desentenderse de ese pueblo conquistado y humillado que era el judío. Quizá no le convenía recibir en su palacio a esos hombres que vendrían posiblemente andrajosos, o por lo menos pobremente vestidos, y cansados por el largo viaje. Su mal aspecto quizá lo avergonzaría. Podría haber permanecido indiferente y sordo al dolor y frustración de los viajeros, como suelen hacer las personas que gozan de todo en la vida. Pero él los recibe de buena gana porque se solidariza con ellos y desea ansiosamente tener noticias acerca de los que quedaron en su tierra y de cómo está la ciudad santa, Jerusalén (vers. 2)

El vers. 3 resume en pocas palabras el relato seguramente largo que le hicieron los viajeros, y que debe haber sido minucioso y lleno de detalles conmovedores sobre la desolación y humillación que había sobrevenido a Israel.

2. Él siente una carga: “Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Señor de los cielos.” (vers. 4). Al oír su narración él podría haberse encogido de hombros y haber contestado por cortesía: 'Sí pues, qué triste es lo que me cuentan. ¡Qué le vamos a hacer! No podemos hacer nada contra la fatalidad. Hay que resignarse', como suele ser la manera como a veces manifestamos en el fondo nuestra indiferencia frente al dolor ajeno, disfrazándola de compasión.

Después de todo a él no le afectaba en nada materialmente lo que ocurría en Jerusalén. Él gozaba del favor del soberano y tenía una posición sólida. Nada de lo que sucediera a cientos de kilómetros de distancia podría influír negativamente en lo más mínimo en su situación. Él era un súbdito del imperio persa; un descendiente de inmigrantes ya perfectamente adaptado a su nueva patria. Posiblemente tanto él como su padre habrían nacido en el exilio.

Pero él se conmueve hasta lo más profundo de sus entrañas, hace duelo y llora sentado en el suelo. Antes que persa él se sentía miembro del pueblo elegido, así como nosotros antes que ciudadanos de tal o cual país, somos ciudadanos del reino de los cielos.
(3)

3. No contento con llorar y hacer duelo él intercede por su pueblo: “Y dije: Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos; esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel, tus siervos;” (vers. 5, 6a). Al ponerse a orar él empieza a llevar a cabo (quizá todavía inconcientemente) el propósito por el cual Dios lo ha puesto en ese lugar encumbrado. Todo propósito de Dios que se realiza a través de sus siervos comienza por la intercesión. Cuando Nehemías empezó a orar él no era seguramente todavía conciente de los planes de Dios, pero a medida que oraba Dios se los fue revelando. Orando nos comunicamos con Él y abrimos nuestros oídos para escuchar su voz.

4. Él confiesa los pecados de su pueblo: “Y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido. contra ti, y no hemos guardado los estatutos, mandamientos y preceptos que diste a Moisés tu siervo.” ( vers. 6b,7). Él reconoce que las desgracias que sobrevinieron a Israel no eran consecuencias de un descuido de Dios, o manifestación de su crueldad, sino que eran consecuencia inevitable, anticipada por Dios, de los pecados cometidos por su pueblo y de su endurecimiento frente a las muchas advertencias que Dios les había hecho por boca de sus profetas, en especial de Jeremías. Él no trata de excusar a su pueblo ni a su propio linaje.

5. Él le recuerda a Dios las promesas que hizo a Moisés y a sus otros siervos, de que si bien Él no dejaría de castigarlos si le eran infieles (Lv 21:33), si se arrepentían y se volvían a Él, humillándose, Él los recogería de donde quiera que estuviesen y los restauraría en su tierra (Dt 30:1-5). “Acuérdate ahora de la palabra que diste a Moisés tu siervo, diciendo: Si vosotros pecareis, yo os dispersaré por los pueblos; pero si os volviereis a mí, y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra, aunque vuestra dispersión fuere hasta el extremo de los cielos, de allí os recogeré, y os traeré al ugar que escogí para hacer habitar allí mi nombre.” (v. 8,9).

En el vers. 10 Nehemías le recuerda también a Dios que este es el pueblo que Él sacó con mano poderosa de Egipto para realizar con ellos su plan de redención. Es como si le dijera a Dios: 'No porque te hayamos fallado tú vas a dejar tus proyectos de lado. Tú eres demasiado grande para eso'.

6. Él concibe un plan. Las palabras: "concede ahora buen éxito a tu pueblo..." del vers. 11 nos dan a entender que, a medida que Nehemías oraba, Dios le fue mostrando qué es lo que Él quería que hiciera: reconstruir los muros de Jerusalén. La última frase nos da la clave de la misión específica de Nehemías: "Porque yo servía de copero al rey". Es decir, como él era uno de los funcionarios más cercanos al soberano y gozaba de su confianza, estaba en posición de poder hablarle sin intermediarios y obtener de él el apoyo necesario para llevar a cabo los proyectos de Dios (4).

Dios nos bendice de muchas maneras a lo largo de nuestras vidas, pero no lo hace solamente porque nos ama y para nuestro solo bien. Lo hace porque Él desea que usemos sus beneficios para sus propósitos y para el bien de su pueblo.

7. Por último Nehemías ora por el éxito del plan que ha concebido escuchando la voz de Dios. (Vers. 11). Nehemías es un hombre de acción. Él se propone poner su plan por obra de inmediato y le pide a a Dios que lo ayude. No se atarda, no le pide a Dios una señal que se lo confirme. Dios ha hablado y él se apresta a obedecer de inmediato. Pero no emprende el proyecto confiando en sus propias fuerzas sino en la ayuda que Dios no dejará de darle.

Notemos que el texto no dice que Dios le hubiera hablado con palabras audibles, como hablaba a los profetas. Él sintió posiblemente un mover en su corazón, un deseo de hacer algo por Jerusalén, junto con la convicción de que ese deseo venía de Dios, tal como nos suele hablar a la mayoría. Y enseguida él mismo ideó un plan para llevar a cabo ese proyecto de acuerdo a los medios que el Señor había puesto en sus manos.

¡Cuántos planes de Dios se han frustrado porque nosotros hemos sido remolones en llevar a cabo sus proyectos o porque hemos dudado de que era Él quien los inspiraba! Si Nehemías se hubiera quedado rumiando los pros y los contras del plan que había concebido no habría en la Biblia un libro que llevara su nombre.
La ocasión habría pasado y Dios hubiera tenido que buscarse otro hombre para llevar a cabo su proyecto. ¡Cuántas veces habrá ocurrido eso en la historia! Quizá nosotros mismos alguna vez, por falta de fe o de decisión, no hemos hecho lo que Dios quería, le hemos fallado, y Él ha tenido que buscarse a otro más obediente que cumpla sus planes.

Notemos también que Nehemías era conciente de que él no era el único que oraba por Jerusalén. Él sabe que otros oran también y que él cuenta con su apoyo. Él no se cree el centro de la acción o el único. Sabe que Dios obra a través de unos y de otros, y nosotros las más de las veces no estamos ni enterados de todo lo que Dios pone en movimiento.

Veamos también algo de lo que hace Nehemías en el siguiente capítulo: Tan pronto como se presenta una ocasión favorable para que él pueda manifestar al rey sus preocupaciones (5), Nehemías, hace una rápida oración antes de hablar,para que Dios le inspire (2:4). Ese debería ser nuestro proceder cada vez que enfrentamos situaciones inesperadas, o comprometidas, de mucha responsabilidad, en que debamos decir algo: pedirle a Dios que ponga sus palabras en nuestra boca.

Entonces Nehemías le presenta al rey su petición en detalle (2:5-8). El plan que él propone estipula un tiempo estimado para su culminación. Cuando vamos a llevar a cabo algún plan u obra cualquiera es bueno que nos fijemos una fecha límite para cumplirlo.

A continuación Nehemías anota que el rey le concedió lo que le pedía "porque la mano bondadosa de Dios estaba sobre mí". En todo lo que nosotros hagamos cuidemos de que la mano de Dios esté sobre nuestros proyectos y nuestras obras. Si lo está, el éxito está asegurado. Pero ¿cómo asegurarnos de que su mano está con nosotros? Consagrándole nuestras vidas y buscando hacer en todo su voluntad.

Cuando Nehemías llegó a Jerusalén con la compañía de hombres que el rey había puesto a su disposición, dejó pasar tres días antes de emprender nada (seguramente informándose y evaluando la situación). Y añade que no informó a nadie de lo que Dios había puesto en su corazón hacer por Jerusalén (v. 12). Los propósitos de Dios no deben ser confiados a nadie a quien no sea indispensable hablar, hasta que llegue el momento de ponerlos por obra.

Salió de noche a inspeccionar la ciudad para que sus movimientos no fueran conocidos, y sólo cuando tuvo una idea cabal de lo que se debía hacer concretamente, le habló a la gente (v. 17). Las ideas, los proyectos, los planes que Dios bendice maduran en silencio; no se publican a los cuatro vientos. ¡Cuán cierto es que lo que se anuncia antes de tiempo como ya logrado casi nunca se lleva a cabo o no culmina! ¡Cuántas cosas se anuncian como profecía que no son sino pura presunción! (6)

Pablo escribió: "...las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron..." (Rm 15:4). En este libro se narran muchas cosas que ocurrieron en el pasado y que han quedado registradas para nuestra edificación; para que nosotros, estudiándolas, encontremos en ellas un estímulo y un ejemplo. Démosle gracias a Dios de que Él haya cuidado de que estas cosas lleguen hasta nosotros y nos sirvan de enseñanza. (5.01.02)

Notas:
(1) Lo dicho se aplica no sólo a los creyentes sino también a todos los seres humanos porque son criaturas suyas y dependen de Él, pero con mayor motivo a los cristianos.

(2) Recuérdese que en tiempos de Jesús el talento era una medida de peso usada para metales preciosas y, por tanto, representaba un gran valor monetario. Como consecuencia de la parábola la palabra adquirió el sentido que tiene hoy día de don intelectual, habilidad, destreza.

(3) Es interesante comparar la forma cómo Nehemías reacciona al triste relato que le hacen sus compatriotas del lamentable estado en que se encuentran las murallas de Jerusalén, con la forma como reacciona cuando las ve con sus propios ojos. En el primer caso llora desconsolado, en el segundo se enardece y decide actuar para repararlas (Nh 3:11-16).

(4) El copero desempeñaba una posición de alta responsabilidad en las cortes orientales de la antigüedad. Él era el encargado de velar porque el vino que bebía el rey no hubiera sido envenenado (como ocurría de vez en cuando en una época en que las conspiraciones palaciegas eran frecuentes). Como prueba de que su soberano podía beber el vino sin temor el copero lo bebía antes servirlo al rey. Como consecuencia su cercanía al rey el copero solía ejercer gran influencia en el gobierno.

(5) Nótese, sin embargo, que entre el mes de Quisleu (Nov/Dic) del comienzo y el mes en que ocurre esta escena, el de Nisán (Marz/Abr), han pasado cuatro meses. ¿Por qué demoró tanto tiempo Nehemías en hablarle a Artajerjes? Quizá no se le presentó antes una ocasión propicia, o estaba madurando su proyecto.

(6) Cuidemos de no convertir nuestras fantasías, o nuestras ambiciones, en profecías solemnes cuando Dios no nos ha hablado. Dios no pasará por alto nuestra presunción (Jr 23:31; Dt 18:20-22). ¿Cuántas de esas profecías vanas que hemos oído se cumplieron en los hechos? Si no se cumplieron es señal de que Dios no las respaldaba. Sin embargo, siempre estamos a la escucha expectante de palabras bonitas que nos halaguen (Jr 8:11,15).
Hay también profecías mundanas. Como cuando las autoridades anuncian que "desde ahora en adelante no volverá a ocurrir tal o cual situación enojosa", o "que tal problema ha sido definitivamente resuelto". Todo porque, con la mejor intención del mundo, han dictado una ley o tomado algunas medidas. Como si dictando leyes o adoptando medidas se solucionaran todos los problemas, aun los más complejos y enraizados; como si la realidad pudiera modificarse por decreto.

#400 (18.12.05) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M.

lunes, 31 de agosto de 2009

UNA VISIÓN DE LIDERAZGO

Este texto fue elaborado por mí hace algún tiempo sobre la base de ideas expuestas por el pastor bautista John Haggai en sus libros y otros escritos acerca de la visión que lo llevó a fundar el Instituto Haggai Internacional en 1969. Su finalidad es explicar a los asistentes a los seminarios locales en qué consiste esa visión. Lo doy a la imprenta en vista de la favorable acogida que tuvo en el último seminario local organizado recientemente por el Instituto Haggai-Perú. (Este artículo fue impreso con el título de “Un Visión Evangelizadora”. Lo he cambiado al que aparece arriba porque me parece más adecuado a su contenido)

El liderazgo comienza con una visión. Si no hay visión no hay liderazgo.

Eso es cierto aun en el mundo
de los negocios (las grandes empresas han sido fundadas por hombres que tuvieron una visión acerca de un producto, o de una forma de comercializar, o de una necesidad de los consumidores, etc.)
de la política (Lincoln: libertar a los esclavos; Simón Bolívar y José de San Martín: libertar al continente sudamericano; el Mariscal Ramón Castilla: dotar al Perú de un estado organizado, con presupuesto; Nicolás de Piérola: instaurar una verdadera democracia en el Perú)
de la ciencia (Gütenberg: encontrar una aleación metálica que permitiera perfeccionar la imprenta; Pasteur: principio de las vacunas)
de los descubrimientos geográficos (pensemos en el caso de Colón: llegar a las Indias navegando hacia el Oeste; o de Magallanes: dar la vuelta al mundo en barco)
del deporte (el fundador de las Olimpiadas)
incluso de la delincuencia.

“Cuando no hay visión el pueblo perece” (o se desenfrena) (Pr29:18).

Cuando el liderazgo carece de visión, o la visión es equivocada, reinan la confusión, el desorden, el desaliento, el desánimo...
Is 3:1-8 describe una situación de este género.

Sin visión que comunicar nadie mueve a nadie.

John Haggai tuvo una visión: evangelizar al 3er mundo a través de gente del 3er mundo. Su visión difería del concepto tradicional de las visiones (misioneros occidentales eran enviados a las colonias o ex colonias, con dinero occidental, para fundar misiones que ellos mismos gobernaban)

Haggai vio que el nativo, el nacional, podía hacer esa tarea mucho mejor en el mundo de la guerra fría, de la descolonización, del nacionalismo, de las tensiones políticas, en el que se cerraban las puertas a los misioneros extranjeros, o se les miraba como representantes de las potencias coloniales. Pero para llevar a cabo su visión era necesario formar líderes locales que evangelizaran, y capacitarlos para que no dependan de la dirección de misioneros extranjeros.

Esa misión suponía inicialmente trazarse múltiples metas simultáneas:

* Adquirir y mantener edificios para la realización de los seminarios y el alojamiento de estudiantes y maestros.
* Desarrollar amistades con gente que compartiera y apoyara la visión.
* Obtener el apoyo económico y el soporte administrativo necesarios para llevar adelante su proyecto.
* Familiarizarse con las diferentes culturas de los países en donde quería trabajar. Eso supuso leer 3 libros por semana sobre la historia y cultura de los países que quería alcanzar.

LIDERAZGO CON VISION: EL CASO DE NEHEMÍAS

Dios dio a Nehemías una visión: reconstruir los muros derruidos de Jerusalén. La visión surgió del relato que le hicieron unos viajeros judíos del estado ruinoso en que se encontraban las murallas de la ciudad santa. Es decir, la visión surge de una necesidad real.

Nehemías se puso de inmediato a orar para pedir la dirección y la ayuda del Señor y, recibida ésta, se puso a la obra sin tardanza. Esto es, él se comprometió a llevar a cabo esa visión. Su compromiso fue la misión de su vida.

Habló con el rey, obtuvo su apoyo militar y financiero, y se dirigió a Jerusalén, recogiendo de paso los materiales necesarios y organizando al pueblo para llevar a cabo la obra. Y no cejó hasta verla concluida a pesar de las dificultades y la oposición que encontró. La confianza de que Dios estaba con él le dio seguridad y discernimiento frente a sus adversarios. No les tuvo miedo, aunque no era inconciente de los peligros que le asechaban.

Nehemías vivía a 1500 Km de Jerusalén. Posiblemente nunca había estado ahí. Pero fíjense: Dios no escogió a un judío que viviera en la Tierra Santa, sino a un hombre que tenía influencia con el rey, pues Nehemías era su ministro. No podía haber escogido a alguien mejor situado. Más aun, es posible que Dios lo hubiera colocado en esa posición eminente con el propósito concreto de encomendarle la misión de reconstruir las murallas de la ciudad.

El líder cultiva su visión, piensa en ella todo el tiempo, la comunica y transfiere a otros, los motiva para que se comprometan con ella. Esto es, hace que la visión se convierta para ellos en una misión, así como lo es para él mismo.

Moisés tuvo una misión (producto de la visión que Dios le había dado): sacar al pueblo escogido de Egipto y llevarlo a la tierra prometida (Ex 3-4:17).

Josué tuvo una misión: terminar la obra de Moisés conquistando la Tierra Prometida, repartiéndola a las 12 tribus (Js 1:1-6).

Salomón tuvo una misión que le había transmitido su padre, David: construir un templo para el Señor (1R 5:2-5).

Jesús también tuvo una misión: buscar y salvar lo que estaba perdido; esto es, salvar al género humano. Jesús comunicó su visión a los apóstoles, los formó, les transfirió su misión (La Gran Comisión, Mt 28:18-20) y los capacitó para ella en Pentecostés (Hch 2:2-4).

Pablo tuvo una misión: llevar el Evangelio a los gentiles; buscó colaboradores a los que transfirió también su misión, escribió cartas y no se desalentó pese a las grandes dificultades que enfrentó (Hch 9:15; Gal 1:15-17).

Toda buena visión viene de Dios, aun las relacionadas con las cosas materiales: “Todo don perfecto viene de lo alto.” (St 1:17).

San Agustín escribió: “Toda verdad, donde quiera que se encuentre, pertenece a Dios, aun las que contienen las religiones paganas.”

Los grandes gobernantes, aun entre los incrédulos, recibieron su visión de Dios. Josafat, Ezequías, Josías, Zorobabel, en Judá. Nabucodonosor de Babilonia, Ciro de Media, Darío de Persia, Alejandro Magno, Carlomagno, Alfredo el Grande, Esteban de Hungría, María Teresa de Austria, George Washington; y en tiempos más recientes, Winston Churchill, Charles de Gaulle, Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi.

En el Perú, además de los ya nombrados: Manuel Pardo, que buscaba transferir el poder político de los militares a los civiles; Fernando Belaunde: ampliar la frontera agrícola mediante la Carretera Marginal de la Selva.

Pero también el diablo da una visión a líderes impíos mundiales:
Mahoma: conquistar el mundo para su religión, obligando por la fuerza de las armas a la gente a aceptarla.
Lenin: dominar Rusia y, a partir de ahí, extender el comunismo por el mundo.
Hitler: fundar el 3er Reich y eliminar al pueblo judío.

LA VISION DEL CRISTIANO comienza
1) con una comprensión de lo que es Dios (perfecto, inmutable, eterno), y de sus propósitos (el bien del hombre). El líder cristiano depende de Dios en todo, si no, se extravía. Pero además
2) Debe entenderse a sí mismo. Para ello, se evalúa preguntándose: qué quiero, de qué dispongo, qué quiere Dios de mí...
3) Debe comprender las necesidades ajenas. La visión dada por Dios a todo cristiano está dirigida hacia el bien de los demás, ahí donde hay carencias. Un ejemplo clásico en el Perú fue el Dr. Pérez Araníbar, que vio el gran número de huérfanos abandonados en el Perú y que fundó el Puericultorio que lleva su nombre, con el apoyo de un magnate filántropo.

Podemos hablar de dos tipos o clases de visión en el campo empresarial:

1) La del empresario visionario incrédulo que busca construir una gran empresa y hacer fortuna.

2) La del empresario visionario cristiano que quiere dar trabajo, generar empleo para las masas, o proveer de medios económicos al Evangelio.

El impacto que pueda tener el liderazgo de una persona depende del tamaño de su visión, esto es, de cuán grande sea, de cuánta gente abarque y a quiénes afecte: su familia, su negocio, su profesión, su ciudad, su nación, el mundo...

El Perú necesita contar con líderes en el campo político y cultural, y en todas las esferas de las actividades públicas. Hay una carencia de líderes que inspiren confianza y que alcancen proyección nacional. Eso explica la situación actual.

El Perú necesita de líderes cuyos objetivos estén dirigidos al bien y a solucionar los problemas nacionales, no de líderes cuyo objetivo sea el engrandecimiento personal generando ilusiones en la gente ofreciendo solucionar sus problemas.

LA EFECTIVIDAD DEL LÍDER

Para que la visión sea efectiva, fecunda, tanto el líder como sus seguidores deben haberla captado muy bien.

El líder debe estar absolutamente convencido de ella, apasionadamente convencido. Sin pasión no hay compromiso, no hay entrega total.

Pero para estar convencido de su visión debe tener una noción clara de ella, haberla definido claramente en su espíritu. Tiene que haber dedicado y seguir dedicando mucho tiempo a orar y pensar en ella, a perfeccionarla, a ver sus deficiencias.

Entrega total y concepción clara son indispensables para poder proyectar la visión a otros y captar seguidores, contagiándoles su entusiasmo.

El líder que está comprometido totalmente con su visión no se desanima ni duda cuando vienen las dificultades, los obstáculos, las deserciones. Al contrario, redobla su entusiasmo.

Los líderes que han sido usados por Dios han sido los que respondieron a la visión que Dios les dio y se mantuvieron fieles a ella.

Lo cual no quiere decir que no pasaran por momentos de abatimiento y desánimo. Moisés y Elías son buenos ejemplos de eso. Pero salieron fortalecidos de ésa, la más difícil de todas las pruebas. Jesús la sufrió también en Getsemaní, cuando pidió que pasara de Él esa copa (Lc 22:41-44); y en el Calvario, cuando gritó "Dios mío ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27:46).

Conocemos los nombres de muchos líderes en la Biblia y en la historia que persistieron pese a todo. Pero ¿a cuántos llamó Dios y dio una visión, que no permanecieron fieles a ella y se desanimaron? No lo sabemos. Sus nombres han sido borrados de la historia y nos son desconocidos precisamente porque no perseveraron.

EL CONCEPTO DE "INSATISFACCION INSPIRADORA"

Es bueno llegar a tener una clara idea de lo que uno puede hacer en lo natural, de cuáles son sus habilidades y capacidades, y de cuáles son sus deficiencias: de carácter, de formación, de habilidades innatas y de capacidades adquiridas.

De la conciencia sincera de las propias deficiencias debe surgir el deseo imperioso de superarlas. Y, a partir de ellas, idear un programa realista para colmar esas lagunas. (Sócrates era tartamudo, pero se convirtió en el más grande orador de Atenas, porque se propuso superar su defecto, colocándose piedras en la lengua cuando arengaba a las olas) Ese programa puede incorporarse en el programa de metas personales, como veremos luego.

Una evaluación sincera de sí mismo no debe llevarnos a la depresión, sino a la certidumbre de que Dios nos ha llamado a ser más que victoriosos (Rm 8:37) y que con su ayuda podemos lograrlo.

Además, el esfuerzo de superación se transmite y comunica entusiasmo a los seguidores.

En cambio, el que no admite sus propias deficiencias será llevado a disimularlas, a cubrirlas, a aparentar tener lo que no posee, es decir, a la hipocresía; la cual compromete su integridad y, a la larga, se trasluce por mucho que finja. En consecuencia, perderá autoridad por muy carismático que sea.

En lo humano el esfuerzo por superar las propias deficiencias da gran seguridad en sí mismo. ¡Cuánto más si se hace buscando la guía del Espíritu y confiando en el poder de Dios!

Peter Daniels, creador de este concepto, sugiere hacer una evaluación sincera y minuciosa de uno mismo, escribiendo no menos de 50 páginas. ¿Por qué tantas? Porque eso nos obliga a sincerarnos y evaluarnos objetivamente.

LA IMPORTANCIA DE LA SOLEDAD

Los hombres de Dios han recibido su llamado y su visión en la soledad, apartados de los hombres o de sus circunstancias habituales. Los ejemplos son muy numerosos.

Así como en el centro de las ciudades no se puede ver las estrellas, pero sí puede vérselas en el campo o en el desierto, de igual manera, para oír la voz de Dios debemos apartarnos de lo acostumbrado y buscar la soledad para estar con nosotros mismos.

Si no podemos dejar nuestras ocupaciones por unos días, podemos buscar la soledad durante unas horas, o un fin de semana. O si no, diariamente en las mañanas, como dijo Jesús: "Entra en tu aposento y cerrada la puerta..." (Mt 6:6), muy temprano, cuando nadie se ha levantado, y en silencio ponte en la presencia de Dios y ten un tiempo de comunión con Él (Sal 5:3).

Si haces eso diariamente y consagras a Dios en la mañana las 24 horas del día, la presencia del Señor te guiará constantemente y estarás en comunión permanente con Él en medio del fragor del ambiente citadino y de la urgencia y demandas de tus ocupaciones.


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