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lunes, 29 de agosto de 2011

LA INQUIETUD DE ZAQUEO II

Por José Belaunde M.

A PROPÓSITO DE LUCAS 19:1-10
(Transcripción de una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”)


Al terminar el artículo anterior Jesús, que se había invitado a sí mismo a casa de Zaqueo, se preparaba para ser acogido por el publicano. Apenas llegó Zaqueo exclamó: “La mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” (v. 8). Zaqueo se había vuelto loco. Él, que se había dedicado la vida entera acumular dinero por cuenta de los romanos, y a juntar de paso plata para sí, ahora quiere regalar la mitad de su fortuna.

Oye Zaqueo ¿qué te ha pasado? ¿Estás mal de la cabeza? ¿Te has vuelto chiflado? ¿Qué te ha ocurrido? Antes de que Jesús le diga nada declara: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien en el cobro de impuestos, (su conciencia lo acusaba de que lo había hecho), le voy a devolver lo que le cobré de más multiplicado por cuatro.” De ser un hombre avaro, codicioso, de pronto Zaqueo se ha convertido en un hombre generoso, como estoy seguro lo somos nosotros los que estamos acá.

Pero ¿no ocurre eso con frecuencia, que cuando un hombre es tocado por Dios se vuelve desinteresado? ¿No es eso lo que ocurre? Aquí en esta sala no hay avaros, aquí no hay codiciosos, ¿no es cierto? Porque todos somos cristianos generosos como debemos ser. A nadie de los que estamos acá le duele soltar el monedero o la billetera. Yo doy fe de ello.

Pero inquiramos más profundamente. ¿Qué movió a Zaqueo a hacer ese acto de generosidad? Inconcientemente él reconoce que para recibir dignamente a Jesús como huésped, la casa de su alma -dice Juan Crisóstomo- debe ser adornada con limosnas y actos de desprendimiento. Al regalar la mitad de su fortuna él se hizo imitador de Aquel que se hizo pobre para que nosotros fuéramos enriquecidos. Él sembró abundantemente para poder cosechar algún día con abundancia en el reino de los cielos.

Pero notemos algo interesante. Jesús no le dice a Zaqueo: “No, Zaqueo; tú tienes que vender todos tus bienes, no sólo la mitad. Tienes que venderlo todo y dárselo a los pobres”, como le dijo una vez a un joven rico que conocemos (Lc 18:22). Jesús no le dice eso. ¿Por qué no le dice a Zaqueo lo mismo que le dijo a ese joven rico? A Zaqueo le permite que guarde la mitad de sus bienes ¿Saben ustedes el motivo?

Lo que yo sé es que Jesús, como hace siempre Dios, trata individualmente a cada persona. A unos les exige tal cosa, a otros les pide tal otra, a otros no les pide nada. Es como el médico que da la receta que conviene a cada enfermo según sea la enfermedad, no tiene una norma fija, una misma receta para todos, como solemos hacer nosotros. Imagínense un médico que va donde un enfermo al que le duele la cabeza y le da su receta: “Tome tal cosa.” Y luego viene otro enfermo al que le duele el pie y le receta lo mismo; y viene otro al que le duele el estómago y le da la misma receta. No pues. Jesús trata a cada persona según su condición, como el doctor consumado de las almas que es.

Él tenía sus razones para no exigirle a Zaqueo que venda todas sus posesiones. Implícitamente le está diciendo: “Está bien que regales la mitad y que te quedes con el resto.” Además Zaqueo ha dicho que va a devolver el cuádruple a cada persona a la cual hubiera engañado en el cobro de impuestos. Para poder hacerlo necesitaba contar con los medios, esto es, necesitaba guardar una parte de su fortuna. Pero notemos que en su propósito de resarcimiento Zaqueo va más allá de lo que exigía la ley de Moisés que mandaba que si uno había cobrado de más a una persona, tenía que devolverle lo que le cobró en exceso más el 20%, esto es, más la quinta parte (Lv 6:5). Eso era lo que la ley de Moisés exigía. Zaqueo lo sabía porque todo el mundo en esa época en Israel conocía la ley. Pero él va mucho más allá. Como su corazón ha sido cambiado él se propone dar como compensación de lo defraudado en la misma proporción de lo que la ley exigía dar por el robo de una oveja, esto es, cuatro ovejas (Ex 22:1).

¿Recuerdan lo que una vez dijo Jesús: que era más difícil que un rico se salve que un camello pase por el ojo de una aguja? El rico Zaqueo fue salvo al ver a Jesús. Esto es, pasó por el ojo de una aguja (Nota). Notemos que las riquezas pueden ser una oportunidad para la salvación, o una ocasión de perdición; una ayuda para la virtud, o una tentación al vicio. No es un crimen poseerlas, pero sí lo es no saber usarlas bien.

Y miren, tampoco le dice Jesús a Zaqueo: “En adelante vas a dejar de ser cobrador de impuestos. Ya no vas a hacer eso, sino que vas a venir detrás mío”, como le dijo a Leví (esto es, a Mateo). Al comienzo del evangelio de Marcos leemos que Jesús encontró a Mateo sentado a la mesa de los tributos y le dijo: “Tú, ven y sígueme”, y Mateo se convirtió en un discípulo suyo (Mr 2:13,14). ¿Por qué no le dijo Jesús a Zaqueo lo mismo? Sus razones tendría Jesús para que Zaqueo siguiera desempeñando el oficio de cobrador de impuestos por cuenta de los romanos. Finalmente era una función necesaria porque el estado no puede vivir si no se cobran impuestos, nos guste o no nos guste. Pero Jesús sabía que en adelante Zaqueo iba a ser un recaudador justo, y posiblemente hasta compasivo, y que no iba a explotar a nadie, sino que quizás hasta él pondría de su parte cuando veía que la persona era pobre, o que no le alcanzaba. Zaqueo había sido cambiado, ya no iba a extorsionar a nadie.

Dios tiene necesidad de que haya personas justas y de un corazón noble en los puestos públicos. Dios tiene necesidad de funcionarios que sean rectos en su manera de actuar. De manera que Jesús, al haber puesto su puntería en Zaqueo, estaba pensando posiblemente en esa necesidad, que la administración pública es necesaria, que no se puede prescindir de ella, pero que se requieren hombres justos, buenos, rectos y misericordiosos en esas funciones. Nosotros tenemos que pedirle a Dios que coloque a tales personas en los lugares altos de nuestra patria, para que puedan gobernar de una manera justa y recta. Necesitamos de Zaqueos en el gobierno y en la administración pública, de Zaqueos convertidos, claro está; no de Zaqueos de antes, sino después de haber nacido de nuevo.

Zaqueo estaba ahora sinceramente arrepentido de cómo había actuado antes, de cómo había abusado de la gente, desde su posición privilegiada, y ahora se ha propuesto que no va a actuar más de esa manera. Entonces Jesús al escuchar las palabras con que Zaqueo le recibe en su casa, mostrando que es un hombre cambiado, exclama: “Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham.” Esas palabras quieren decir que la salvación no solamente ha venido a Zaqueo personalmente, sino que ha venido a todos los suyos. ¿Qué cosa quiere decir “casa” en la Biblia? La familia, el hogar, incluyendo a su mujer, y a sus hijos, si los tuviere, y hasta al personal doméstico. La salvación ha venido a la casa entera.

Cuando Dios entra en un hogar todos se salvan. No lo vemos inmediatamente, pero ocurre en lo invisible. Primero cae uno, después cae otro y otro, hasta que todos se convierten. ¿No lo han visto ustedes? Cuando se convierte uno, todos empiezan a caer en las manos de Dios como fichas de dominó, y se convierten todos.

“Hoy ha venido la salvación a esta casa”. ¿Ha venido la salvación a tu casa? Ora por ella como oro yo por la mía, para que se cumpla la frase que Pablo le dice al carcelero de Filipos: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y tu casa.” (Hch 16:31). Porque tú has creído, porque el jefe de familia ha creído, serán salvos todos los de su hogar, todos los que dependen de él.

¡Qué importante es que el hombre se convierta! ¡Que el varón, que es el sacerdote del hogar, se convierta! Una vez que él se convierte todos los demás también lo harán. Pero con frecuencia ocurre que no es el hombre el que se convierte primero, sino la mujer, porque las mujeres suelen ser más receptivas a las cosas de Dios. No está mal que eso ocurra, porque ella influye en el marido. Cuando el marido se da cuenta de que ella ha experimentado un cambio, se pregunta: “¿Qué le paso a ésta? Ya no me regaña, no pelea conmigo. Ahora me cocina bien. Cuando vengo del trabajo ya no encuentro la comida fría, sino calentita. Ahora me engríe, me acaricia, no me trata mal. ¿Qué le ha pasado? ¿Se habrá vuelto loca?” Loca si, pero loca de amor por Dios, y de refilón, por su marido. Ella ha redescubierto las cosas que le gustaron en él cuando recién se conocieron.

Jesús dijo: “Por cuanto él es también un hijo de Abraham.” Es interesante pensar que el hecho de que Zaqueo estuviera al servicio de una potencia extranjera, y de que ejerciera un oficio despreciado por la mayoría, no quitaba que él siguiera siendo un miembro del pueblo escogido, y que siguiera siendo un heredero de las promesas de Abraham. Cuando un joven peca, o comete un delito que deshonra a su familia, a su apellido, su padre en castigo lo deshereda y lo expulsa de su casa. Pero eso no quita que siga siendo su hijo, que siga siendo un miembro de su familia. Algún día, Dios mediante, se rehabilitará y será recibido en el hogar como lo fue el hijo pródigo.

Los judíos piadosos de su tiempo despreciaban a Zaqueo, pero cuando uno se convierte todos sus pecados le son perdonados y nadie tiene el derecho de echárselos en cara, porque Dios ya lo ha perdonado y los ha olvidado. Nosotros debemos hacer lo mismo.

Al que ha vuelto al redil no podemos seguir reprochándole sus faltas pasadas. Si ya Dios se los perdonó ¿qué derecho tenemos nosotros para juzgarlo?

Lucas concluye el episodio con la declaración solemne de Jesús acerca de la misión que lo trajo a la tierra: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (v. 10) Eso es lo que Él vino a hacer aquí abajo. No vino para buscar a los buenos. Vino a buscar y a salvar a los pecadores, a los que estaban alejados de Dios e iban camino al infierno. Él no vino para darse un paseo, no vino de turista, sino vino a morir por nosotros. Vino para llevar en su cuerpo en el madero los pecados de todos nosotros (1P 2:24), hombres y mujeres de todos los siglos, de toda la humanidad, para que no pereciéramos eternamente.

Él había venido a buscar y a salvar a los pecadores. Igual tenemos que hacer nosotros: Ir a buscar a los perdidos, a los que no conocen a Dios, para hablarles del evangelio, a fin de que sean salvos. Eso lo podemos y debemos hacer todos. Nosotros no nos hemos jubilado de la iglesia. Nos hemos jubilado quizá de nuestro trabajo, pero para Dios nadie se jubila. Así que si tú tienes un amigo, o una amiga, de tu edad, o que no sea de tu edad, la que sea, que no conoce a Dios y que puede venir a las reuniones que tú asistes en tu iglesia, invítalo para que venga y su corazón sea tocado. No dejes de hacerlo. Tráelo a ese conocido tuyo, a esa conocida tuya, que se ha extraviado. Que venga acá, y pueda ser tocado por Dios y ser transformado, como muchos de ustedes los han sido.

Fíjense qué interesante, y con esto concluyo: Zaqueo se convirtió porque tenía curiosidad de ver a Jesús. Eso fue lo que lo movió a él; quería ver quién era este Jesús de quien todos hablaban.

¡Cuántas personas habrán entrado a un templo cristiano solamente por curiosidad, para ver qué pasa, para ver qué hacen ahí!

Les voy a contar una historia real. Hace algunos años el ministerio de consolidación de nuestra iglesia estaba confiado a un grupo de personas a cargo de un hermano fiel. Un grupo de personas venían al templo todos los domingos por la mañana, y otro grupo venía por la tarde. Yo servía en dos servicios por la mañana. Una mañana me tocó ocuparme de un joven que estaba muy conmovido, tocado hasta lo más profundo de su alma por lo que había experimentado, por la palabra que había escuchado. Era muy edificante ver lo emocionado que estaba. Entonces le pregunté: ¿Cómo así viniste a la iglesia? ¿Quién te trajo? Y me contestó: Yo estaba pasando por aquí y como vi que había una cola larga pensé: “De repente están regalando algo, entraré a ver.” Entró a la iglesia porque creyó que estaban regalando algo y que la gente hacía cola por ese motivo. Fue por lana y salió trasquilado, pero de la mejor manera, porque le quitaron de encima los pecados que tenía al entrar, y recibió el regalo de la salvación que no esperaba.

Recibió el mejor regalo, aunque sólo había entrado por curiosidad. Él entró movido no por un interés espiritual sino por uno material. No buscaba a Dios, buscaba que le regalaran algo, como hace mucha gente. Pero Dios aprovechó su ánimo interesado para tocar su corazón.

Ahora bien, Zaqueo era rico. No obstante se salvó a pesar de que Jesús había dicho: “¡Qué difícil es que los ricos entren en el reino de los cielos!” Es difícil porque tienen el corazón endurecido. ¿De qué depende que se conviertan los que tienen mucha plata en el banco? De que se arrepientan de su codicia y dejen de aferrarse a su dinero, y de que estén dispuestos a compartirlo con otros.

Yo creo que esto nos habla a todos nosotros. Arrepintámonos también nosotros de nuestra codicia. Quizá todavía haya en nuestro corazón un rezago de nuestra codicia pasada, y haya quedado una pequeña parte de nuestro corazón que no se ha convertido del todo al Señor.

Lutero, el gran reformador, decía que el hombre no se ha convertido realmente hasta que su billetera no lo haya hecho, y que eso era lo más difícil. Así que ya saben. Nosotros tenemos que ser como Zaqueo y buscar a Jesús como quiera que sea y no dejarnos amilanar por los obstáculos. Tengamos en cuenta que hay mucha gente en el mundo que tiene una gran necesidad de Dios, pero no sabe cómo encontrarlo. De repente nosotros podemos ser el instrumento que Dios use para atraer a esa persona hacia Él. Así que, repito, no dejen de traer a estas reuniones a sus amigos y amigas de la edad adecuada, porque aquí podrán recibir el mejor regalo que puedan imaginar, que es conocer a Dios.

Nota: Las palabras “Ojo de una aguja” no se refieren a la aguja de coser que conocemos, sino era en ese tiempo el nombre que se daba a las pequeñas puertas que había al pie de las murallas de las ciudades en Israel, para que una vez caída la noche y cerradas por razones de seguridad las grandes puertas de la ciudad, los comerciantes pudieran hacer entrar a sus camellos despojados de su carga y arrastrándose de rodillas, operación por cierto difícil, porque los camellos se resistían.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#689 (21.08.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA LA VENTA. Los artículos recientemente publicados pueden leerse en el blog http://lavidaylapalabra.blogspot.com. Si desea recibir estos artículos por correo electrónico recomendamos suscribirse al grupo “lavidaylapalabra” enviando un mensaje a lavidaylapalabra-subscribe@yahoogroups.com. Pueden también solicitarlos a jbelaun@terra.com.pe. Las páginas web:
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viernes, 26 de agosto de 2011

LA INQUIETUD DE ZAQUEO I

Por José Belaunde M.


A PROPÓSITO DE LUCAS 19:1-10
(Transcripción de una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”)

Todos conocen, creo yo, al personaje de Zaqueo. ¿Saben ustedes quién fue Zaqueo? Alguien a quien lo habían saqueado, ¿no es cierto? Por eso se llama Zaqueo. Ah no, no fue por eso, sino a causa de su pequeña estatura. ¿Tampoco fue por eso? Bueno… Lo curioso del caso es que el nombre de Zaqueo quiere decir “puro”, y se parece a la palabra hebrea zadiq, que quiere decir “justo”. Así que él era un hombre puro, es decir que como él era recaudador de impuestos, él era puro dinero, puro cobro, puro impuesto.



Pero veamos lo que el libro de Lucas dice acerca de él:


“Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí.” (Lc 19:1-4).


Estas palabras sirven de introducción al pequeño episodio que nos narra Lucas. Nos dicen que Zaqueo era un hombre rico, como lo somos todos nosotros, al menos en espíritu. Él cumplía una función pública necesaria, muy importante en el ordenamiento social de ésa y de todas las épocas. Porque ¿cómo se podría vivir en el Perú, imagínense, sin la SUNAT? Imposible. Sin la SUNAT no podría existir el país, no existiría la administración pública si no contara con los fondos que la SUNAT recauda.


Pues bien, Zaqueo formaba parte de la SUNAT en el Israel de entonces. Mejor dicho, él era un representante de la SUNAT romana, porque era recaudador de impuestos -que es lo que la palabra “publicano” quiere decir- por cuenta del Imperio Romano.


A él le había costado mucho llegar a ser no solamente publicano, sino ser jefe de publicanos (que es lo que la palabra griega architalones, que figura en el original quiere decir), porque entonces era costumbre –y lo siguió siendo durante mucho tiempo- que esa clase de cargos se vendieran al que pagara más por ellos, por lo que se esperaba que los publicanos, mediante su oficio, se resarcieran de su inversión con parte de lo que cobraban.


Ese era el motivo por el cual la gente no los quería. Los publicanos eran muy mal vistos en todo el Imperio Romano por sus frecuentes abusos. En la sociedad judía de esa época eran considerados traidores a su pueblo, porque colaboraban con el dominador extranjero. En el caso de los judíos el rechazo era agravado por su contacto frecuente con los gentiles y por el hecho de que trabajaban en sábado.


La palabra “publicano”, como vemos en los evangelios, era en la práctica sinónimo de pecador. Por ese motivo le reprochaban a Jesús que andara con los publicanos. Los fariseos se decían, ¿cómo es posible que este hombre, que dice ser profeta, y justo, ande con pecadores, esto es, con prostitutas y publicanos? Los judíos piadosos no se juntaban con esa clase de gente a quienes despreciaban. ¡Hasta ahí no más, de lejos! No querían saber nada con ellos.


Sin embargo este hombre pecador, que vivía a espaldas de Dios, tenía una inquietud espiritual en su alma, que hacía que se interesara por ese profeta de quien había oído hablar, y al que seguían las multitudes porque hacía milagros; por ese hombre que era llamado por algunos “Hijo del Altísimo”. Entonces cuando Jesús llegó a Jericó, él inmediatamente se propuso ir a ver a este personaje de quien todo el mundo hablaba y que tanto lo intrigaba.


Esto es interesante. A veces las personas más inesperadas tienen una inquietud secreta por las cosas de Dios. Nosotros no debemos descartar a nadie, por indigno o despreciable que nos parezca, porque aún en el más grande pecador, aún en el mayor pecador público, puede haber una pequeña semilla de deseo, o ansia, por conocer a Dios. Dicho de otro modo, hay un vacío en su alma que ni el dinero, ni la posición, ni los placeres, pueden llenar. San Agustín dice que en el interior de todo ser humano hay un hueco que tiene la forma de Dios, y que solamente Dios puede llenar.


Pues bien, Jesús había entrado a la ciudad de Jericó yendo de camino a Jerusalén. Él iba a sabiendas, plenamente consciente de que iba para ser enjuiciado, para ser torturado, y para ser llevado a la cruz. Él no evade su destino, sino, como dice Lucas en otro lugar, Él “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lc 9:51) a cumplir su destino, la misión para la cual había venido a la tierra.


Pero a pesar de que Él estaba yendo a afrontar la gran prueba de su crucifixión y muerte, Él seguía estando deseoso de salvar a todas las almas que pudiera. Él intuye en su espíritu que hay en esa ciudad un gran pecador que tiene necesidad de ser salvado. Al entrar a Jericó, que todavía estaba lejos de Jerusalén, Él sabía que tenía que alojarse donde alguien antes de partir al día siguiente prosiguiendo su viaje. Como Dios lo tiene todo perfectamente calculado, tal como ese detective de la televisión que ustedes recuerdan seguramente, que decía tenerlo todo perfectamente calculado, y luego todo le salía mal. Sólo que Dios lo tiene todo perfectamente calculado, pero todo le sale muy bien, porque Él nunca se equivoca.


En este caso Jesús iba a resolver simultáneamente dos necesidades, iba a cumplir dos propósitos. Uno, encontrar una casa donde Él y sus discípulos pudieran alojarse esa noche; y dos, salvar a ese pecador que tenía necesidad de Dios. Jesús, como buen cazador y Maestro, iba a matar dos pájaros de un tiro y resolver dos problemas a la vez.


Pues bien, Zaqueo trataba de ver a Jesús en medio de la multitud, pero como era pequeño de talla no alcanzaba a verlo. (Nota). Jesús subía por una calle que, siendo al inicio ancha, se iba estrechando poco a poco, y Zaqueo hacía esfuerzos por empinarse pero no alcanzaba a verlo.


Ahora yo me digo, ¿cuántos hombres y mujeres de talla pequeña tienen una necesidad de Dios tan grande, tan grande que no les cabe en el cuerpo, y por eso se agitan, y por eso van de aquí a allá, buscando a Dios a veces equivocadamente en lugares donde no se le encuentra? Sabe Dios a dónde habría ido Zaqueo antes para calmar esta inquietud. Ahora él trataba de ver a Jesús, intrigado por el personaje, pero la multitud se lo impedía. Muchas veces ocurre que las multitudes y los atractivos del mundo impiden que las personas que buscan confusamente a Dios, que tienen una sed sincera de Él, lo encuentren. Quizás eso nos ocurrió a nosotros, que en una época buscábamos a Dios, pero los atractivos del mundo nos jalaban de un lugar a otro, nos llevaban de aquí para allá y no podíamos arribar al puerto que aspirábamos, hasta que llegó el momento de Dios. Eso es lo que iba a pasar con Zaqueo.


Mientras trataba sin éxito de ver a Jesús, Zaqueo vio que más adelante en la calle por la cual caminaba Jesús lentamente, rodeado de la multitud que no le dejaba avanzar, había un árbol. Ahí vio su oportunidad. Corrió entonces y se subió al árbol para ver a Jesús cuando pasara. Por lo menos podría ver su cabellera, o sus hombros, y quizá hasta su cara.


En su afán de ver a Jesús, Zaqueo no escatimó hacer algo que era indigno de la posición que él ocupaba: subirse a un árbol como cualquier hijo de vecino. Al hacerlo Zaqueo se exponía al ridículo. ¿Estamos nosotros dispuestos a exponernos al ridículo, a que se burlen de nosotros, por buscar a Cristo, por servirlo? El rey David no temió exponerse al ridículo, danzando delante del arca de Jehová, cuando la traían en triunfo a Jerusalén, a pesar de que su esposa Mical su burló de él (2Sm 6:14-23).


Lucas continúa narrando: “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, donde estaba Zaqueo, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. Entonces él descendió aprisa, y le recibió en su casa gozoso.” (Lc 19:5,6).


Jesús avanza rodeado de sus seguidores. Camina lentamente. Se detiene bajo un árbol sabiendo que alguien está ahí arriba, esperándolo. Levanta la vista y le habla al hombre que está ahí subido como un mono en el árbol: “¡Zaqueo date prisa! ¡Baja pronto! Porque yo voy a alojarme esta noche en tu casa.”


Zaqueo debe haberse quedado atónito, sorprendido. ¡Hey! ¿Cómo sabe él mi nombre? ¿Cómo sabe cómo me llamo? ¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo es eso? ¿Cómo sabe que yo tengo deseos de verlo? ¿Y cómo sabe Él que yo tengo una casa grande como para poder alojarlo? ¿Quién se lo ha contado? ¡Ah! ¡Con razón es profeta, pues! ¡Era verdad lo que decían! ¡No era falso!


Sin embargo, Zaqueo tiene también que haberse dicho: ¿Y cómo es que este santo profeta me hace a mí, que soy un pobre pecador, el honor de venir a alojarse en mi casa? ¿A mí que soy un hombre indigno? ¡Cómo es posible!


Yo imagino que todos esos pensamientos deben haber pasado por la mente de Zaqueo cuando iba corriendo a su casa para llegar rápido y darle órdenes a su mujer y a los sirvientes que preparen las cosas para recibir a Jesús dignamente. Quizá también para prepararle un banquete a Él y a sus discípulos.


Yo me imagino que mientras Zaqueo corría, las lágrimas le bañaban el rostro. La emoción que él sentía de que Jesús le hubiera hablado cuando menos lo esperaba, y encima que Jesús hubiera sabido su nombre, y que él quería verlo, le aceleraba los latidos del corazón. ¡Y que Jesús todavía le dijera: “Yo voy a quedarme en tu casa esta noche!”


¿Cómo es posible? Zaqueo llegó a su casa hecho un hombre diferente. Por lo que viene enseguida, vemos que en el camino él había sido cambiado. Una mirada de Jesús, cuatro palabras suyas, habían sido suficientes para transformarlo, para hacer de él una persona nueva. Podemos decir sin temor a equivocarnos que Zaqueo había nacido de nuevo en esa hora, y que al llegar a su casa él era otro hombre, ya no era el mismo Zaqueo de antes. Miren, cómo son las cosas: Una sola mirada de Jesús, una sola palabra de Jesús, tiene el poder de cambiar a las personas.


Nosotros sabemos que pocos hombres tienen el corazón más duro que los avaros, que los que aman el dinero, y que ellos son las personas más difíciles de convertir al Señor. Pero aquí había sucedido un milagro: El publicano Zaqueo había sido súbitamente cambiado por la gracia de Dios.


Continúa la palabra: “Al ver esto, todos murmuraban, (es decir, muchos que estaban ahí alrededor) diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador.” (vers. 7) ¡Cómo es posible que ese milagrero, que se jacta de ser un profeta y un hombre santo, entre a la casa de un desvergonzado como ése! Siempre hay personas que critican lo que Dios hace, que no están de acuerdo, que son más sabios que Dios. ¿Pero qué sabe esa gente de los propósitos de Dios? ¿Qué sabe esa gente, que se cree justa y santa, de la misericordia divina para los pecadores?


Los que critican a Jesús no tendrían reparos en dejar que Zaqueo se condene. Lo condenan en vida por sus actos pero no tienen misericordia de su alma. Lo que distingue a Jesús de sus adversarios que se justifican a sí mismos, es que no tienen compasión por los perdidos. Pero Jesús no actúa de esa manera. Él no trata de contentar a los que se creen buenos. Lo que Él hace es buscar a los que tienen necesidad de Él, quienes quiera que sean, donde quiera que estén, cualquiera que sea su estado. Él busca al ladrón, busca a la prostituta, busca al drogadicto, y va a buscarlos al huarique más infecto si es necesario. Así obra Jesús. Por eso no tuvo miedo de entrar en la casa de un pecador al cual la sociedad piadosa de su tiempo desechaba por ser un traidor a su patria, un colaboracionista. Jesús busca a los que tienen necesidad de Él, dondequiera que se encuentren, en el rincón más escondido, no importa dónde sea y no importa lo que la gente piense de ellos. No hay nadie que sea tan indigno, o menospreciado, como para que Dios no tenga compasión por él.


¿No podemos nosotros afirmar algo semejante de nosotros mismos? Cuando nosotros nos convertimos al Señor ¿éramos acaso unos santos? A ver que levante la mano el mentiroso o la mentirosa que lo afirme. ¿Quién merecía que Dios se compadeciera de él? ¿Dónde está el santo? Todos nosotros habíamos pecado, y todos estábamos destituidos de la gloria de Dios (Rm 3:23); así los grandes como los pequeños, los famosos como los desconocidos, los sabios como los ignorantes, porque todos tenemos una cosa en común, y esa es que somos pecadores. Eso nos distingue a todos.


Pero preguntémonos también: ¿Solemos tener nosotros compasión de los miserables, de los marginados, como la tenía Jesús? ¿Estamos dispuestos a hablarles, a trabar amistad con ellos?


“Entonces Zaqueo, (al llegar Jesús a su casa) puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” (vers. 8). (Continuará)




Nota: Aristóteles dice que los hombres de talla corta suelen tener un alma magnánima, porque la fuerza de su alma, estrechada en un cuerpo pequeño, se focaliza y agudiza.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a hacer una sencilla oración como la que sigue, arrepintiéndote de tus pecados y entregándole tu vida a Jesús:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#688 (14.08.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

martes, 22 de marzo de 2011

SAULO SE CONVIERTE EN PABLO

Por José Belaunde M.

Consideraciones acerca del libro de Hechos VI (Nota 1)

En el artículo anterior hemos dejado a Saulo en Damasco, orando y ayunando, después de que el Señor Jesús resucitado se le apareciera en el camino a esa ciudad y se quedara ciego, hasta que vino Ananías para imponerle las manos y recobrara la vista.

El libro de Hechos dice que enseguida –eso quiere decir probablemente que apenas se repuso físicamente- Saulo empezó a dar testimonio en las sinagogas de Damasco (2) de que Jesús era el Cristo, el Mesías esperado por Israel, es decir, todo lo contrario de lo que antes creía y profesaba (Hch 9:20-22). Sobre la base de su experiencia él podía afirmar que ese Jesús, crucificado como un criminal y sepultado, estaba vivo, porque había resucitado. “Yo lo he visto y me ha hablado” podía él gritar a los cuatro vientos.

Sus oyentes judíos se quedaron atónitos al escucharlo, pues ellos probablemente sabían que Saulo había venido a Damasco para llevarse preso a los discípulos del Nazareno. ¿Cómo es que ahora predica lo contrario? (Hch 9:21) Y no sólo predica sino discute y argumenta en las sinagogas con los que lo contradicen. Eso era algo difícil de creer. Podemos pensar también que muchos de ellos, furiosos, lo condenaron a muerte en su espíritu. ¿Y podemos imaginar cómo reaccionarían el Sumo Sacerdote y los demás sacerdotes, y los miembros del Sanedrín que lo conocían, al enterarse del vuelco que había experimentado su colaborador, Saulo, en quien habían depositado tanta confianza? ¡Un discípulo de Gamaliel! ¡Un enemigo declarado de los nazarenos se une a su causa!

Pablo dice en Gálatas 1:15-17 que tan pronto fue llamado por Dios a su nueva misión -después de haber testificado y discutido en las sinagogas durante algunas semanas- él se fue a Arabia y después de un tiempo regresó a Damasco. Esta estadía intermedia en Arabia no es mencionada por Lucas en Hechos, y tampoco indica Pablo cuánto tiempo duró, ni con qué fin fue allá, pero puede haber durado uno o hasta dos años. El único dato cronológico que tenemos de él respecto de esta etapa de su vida es la anotación de que después de tres años (se entiende de su conversión) subió a Jerusalén a ver a Pedro (Gal 1:18).

La Arabia que él menciona debe ser la llamada “Arabia Pétrea”, el reino de los nabateos, cuya capital era Petra. Se supone generalmente que Saulo se retiró allá para meditar en la soledad del desierto acerca de su reciente experiencia y profundizar en su nueva fe, para sondear su alma y escuchar la voz del Espíritu, pero no hay que excluir que él se dedicara también allá a predicar a Cristo.

Al regresar a Damasco –ahora sí armado para la controversia con pruebas irrefutables basadas en las Escrituras- continuó su labor de predicación y de discusión con los judíos en las sinagogas, lo cual provocó una tal reacción de rechazo de parte de sus autoridades, que algunos de ellos –según 2Cor 11:32,33 aparentemente confabulados con el etnarca, o gobernador, de Aretas, rey de los nabateos- decidieron matarlo.

Saulo se enteró de alguna manera de ese complot, y advertido de que sus enemigos estaban apostados en las puertas de la ciudad para no dejarlo salir vivo, se hizo descolgar de noche por los discípulos en una canasta desde una ventana que daba sobre el muro (Hch 9:23-25). (3)

La escapada nocturna de Damasco nos recuerda un episodio semejante ocurrido siglos atrás cuando Josué, antes de sitiar Jericó, mandó dos espías a esa ciudad para informarse de sus defensas. Los espías, que se habían refugiado en casa de la prostituta Rahab, fueron descolgados por ésta de noche desde la ventana de su casa que estaba sobre el muro de la ciudad (Josué cap. 2, en particular el vers. 15).

¿Podemos imaginar con qué ardor predicaba Saulo ahora a Cristo, para que llamase tanto la atención y suscitara tanto odio en sus enemigos? ¿De dónde venía ese fuego? De que él había experimentado el poder de Jesús en su alma, y lo había transformado. La debilidad, la tibieza, la ausencia de poder de mucha predicación viene de que los predicadores mismos no han experimentado el poder de Dios en sus vidas, y no pueden transmitir lo que no tienen. En el caso de Saulo él había recibido una revelación de Jesús glorificado que daba a su prédica tal fuego que, si bien por un lado convertía a unos, de otro lado, provocaba el rechazo violento de aquellos cuya causa él había abandonado.

Permítaseme una pequeña disgresión. Saulo fue objeto de más de una conspiración en contra de su vida. El libro de los Hechos de los Apóstoles menciona por lo menos tres (Hch 9:23; 9:29; 23:12), todas ellas fraguadas por judíos celosos de la ley, para quienes la predicación de Saulo era una afrenta que debía ser lavada con sangre. Los judíos creyentes de entonces tomaban tan en serio su religión que estaban dispuestos a morir y a matar por ella. Los primeros cristianos, lo sabemos por la historia, estaban dispuestos a morir, pero no a matar por su fe, aunque con el correr del tiempo, triste es decirlo, los cristianos llegaron a estar más dispuestos a matar que a morir por su fe. Y esa mentalidad desafortunada prevaleció hasta el siglo XVII, con las guerras de religión que surgieron a raíz de la reforma protestante, que causaron tanto sufrimiento y devastaron Europa Central durante cientocincuenta años. Hoy día ningún cristiano mataría por su fe, pero muchos musulmanes toman tan en serio su religión que sí están dispuestos a hacerlo, así como también algunos judíos ortodoxos fanáticos, aunque en su caso patriotismo y religión están tan íntimamente mezclados, que no se sabe bien cuál de las dos motivaciones prevalece.

Habiendo escapado de Damasco, Saulo retornó a Jerusalén, lleno de su nueva fe y de entusiasmo evangelístico, para ver a Pedro, según su propia confesión (Gal 1:18), como ya se ha visto. Él trató de juntarse con los discípulos (Hch 9:26), pero éstos desconfiaban de él y lo evitaban temiendo que hubiera quizá cambiado de táctica, y que lo que buscaba fuera infiltrarse en sus filas para poder denunciarlos mejor.

Fue necesario que Bernabé, que también había regresado a Jerusalén, lo llevara personalmente donde los apóstoles y les contara la experiencia que Saulo había tenido con Jesús resucitado, y cómo, a partir de entonces, había predicado a Cristo denodadamente (Hch 9:27). Él escribe en Gálatas que fue a Jerusalén a “ver” a Pedro. Otras versiones dicen “visitar”, o “conocer”; más correcto sería decir “entrevistar”. El verbo griego que él usa es historésai (historiar), que quiere decir “interrogar para obtener información”. Su propósito era no sólo conocer personalmente al príncipe de los apóstoles, sino escuchar de sus labios todo lo que él deseaba saber acerca de la vida de Jesús, de sus enseñanzas, de los acontecimientos de la semana de la pasión, etc. Si a nosotros se nos diera la oportunidad, viajando en el tiempo, de visitar a Pedro en esos días ¿qué cosas no le preguntaríamos acerca de Jesús? ¿Qué no querríamos escuchar directamente de él? ¿Cuántas preguntas no nos propondríamos hacerle para saciar nuestra curiosidad acerca del Maestro?

Pablo dice que, además de Pedro, vio a Santiago (Gal 1:19), el hermano que creyó en Jesús sólo después de la crucifixión, quizá sólo después de que Jesús resucitado se le apareciera (¿De quién sino del propio Santiago pudo saber Pablo de esa aparición que sólo él menciona en 1Cor 15:7?). Y si vio a Santiago, ¿no vería también a la madre de Jesús? El hecho de que él no lo diga no es señal de que no se produjera ese encuentro. Él se limita a relatar lo esencial, y a las mujeres no se les daba una atención especial en esa época.

Aceptado pues en el círculo de los ancianos y de los apóstoles, Saulo empezó nuevamente a discutir con los “griegos”, dice el texto, es decir, con los judíos helenistas de habla griega. El rechazo que suscitó entre ellos –él cuyo aliado había sido antes- hizo que algunos de ellos quisieran matarlo, por lo que los discípulos, al cabo de quince días, alarmados, creyeron prudente sacarlo de ahí y enviarlo a Tarso, su ciudad natal (Hch 9:29,30).

Fue durante esa visita a Jerusalén cuando debe habérsele aparecido el Señor, durante un éxtasis que le sobrevino mientras oraba en el templo. El Señor entonces le reiteró la orden de ir y predicar a los gentiles (Hch 22:17-21; cf Gal 1:15,16). Notemos en este episodio cómo se conjugan las acciones humanas y los propósitos del Señor: los discípulos sacan a Saulo de Jerusalén; Jesús le ordena salir pronto de la ciudad.

No sabemos cuánto tiempo permaneció Saulo en Tarso, ni tampoco si se pondría a predicar a Cristo entre los parientes y conocidos que seguramente tendría en esa ciudad. No sería extraño que él allí no hubiera encontrado un ambiente propicio, y que haya experimentado el mismo rechazo que motivó a Jesús a decir que no “hay profeta sin honra, salvo en su propia tierra y en su casa.” (Mt 13:57). Las palabras que escribe en Flp 3:8 (“por amor del cual (Cristo) lo he perdido todo…) sugieren que él -viniendo de una familia acomodada- puede haber sido desheredado por su padre. ¿Fue durante ese período cuando recibió de la sinagoga cinco veces “cuarenta azotes menos uno”? (2Cor 11:24) No podemos descartarlo.

Según sus propias palabras en Gal 1:21,22, él se fue después a las regiones de Siria y de Cilicia a predicar el evangelio como misionero por su propia cuenta. ¿Fue durante esa etapa desconocida de su vida, que duró como diez años, cuando él tuvo las visiones y revelaciones a las que él se refiere en 2Cor 12:1-4, diciendo que fue arrebatado hasta el tercer cielo y “oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar”? No lo sabemos, pero no es improbable. “Para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás, que me abofetee…” escribe él en 2Cor 12:7. No sabemos qué cosa pudo haber sido ese aguijón en la carne, y se ha especulado mucho al respecto. Pero lo cierto es que su función fue la de mantenerlo humilde. ¡Cuán grande es la tentación de enorgullecerse a la que están expuestos los siervos de Dios cuando obtienen grandes éxitos en su ministerio, o cuando reciben gracias particulares de Dios que pueden hacerles sentir que son seres especiales!

En ese mismo período debe situarse probablemente la experiencia de lucha contra el pecado a la qué él se refiere en Rm 7, especialmente en los vers. 14 al 25. Ese capítulo tiene un tono de confesión personal tan intenso que no puede dejar de pensarse que refleje la lucha sin cuartel que él personalmente libró contra la seducción del pecado: “Yo sé que en mí… no mora el bien, porque el querer hacer el bien está en mí, mas no el hacerlo.” (v. 18).

Sea como fuere unos ocho o diez años después (el año 45 o 46) nos lo encontramos en Antioquía del Orontes, en Siria, donde había una comunidad cristiana vibrante en pleno crecimiento, que había sido fundada por unos evangelistas de Chipre y Cirene, y que estaba compuesta por judíos y gentiles, a los que se había agregado Bernabé, enviado por la iglesia de Jerusalén (Hch 11:20-24). Es ilustrativo notar lo que Lucas dice aquí acerca de Bernabé: “Porque era varón bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe.” Fue el propio Bernabé quien fue a buscar a Saulo en Tarso para traerlo a Antioquía (Hch 11:25). Allí Bernabé y Saulo “se congregaron durante todo un año en la iglesia y enseñaron a mucha gente.” (Hch 11:26) Fue también en esta ciudad donde los “seguidores del camino” empezaron a ser llamados “cristianos” (christianoi, es decir, siervos de Cristo), inicialmente, según parece, en son de burla, porque los seguidores de Jesús empezaron a aplicar ese apelativo a sí mismos recién a partir del segundo siglo.

“En aquellos días unos profetas venidos de Jerusalén a Antioquía…dieron a entender que una gran hambre vendría sobre toda la tierra habitada en tiempos de Claudio…” (Hch 11:28). El historiador Suetonio registra, en efecto, que durante el reinado de ese emperador hubo varias sequías y malas cosechas que agotaron las reservas de grano en varios lugares del Cercano Oriente, y diversas áreas sufrieron de hambruna. Esa situación provocó que los discípulos de Antioquía enviaran un socorro económico a sus hermanos en Jerusalén por medio de Bernabé y Saulo. El hecho de que él fuera escogido muestra cómo había aumentado su prestigio e influencia en la iglesia.

Ésta debe ser la visita a la que él se refiere en Gal 2:1 diciendo que pasados 14 años (de su conversión), o sea, hacia el año 46, subió a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito. En esa ocasión ellos se entrevistaron con los que eran considerados columnas de la iglesia, Santiago, Cefas (es decir, Pedro) y Juan, los cuales les dieron a él “y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo para que nosotros fuésemos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión.” (Gal 2:9). El interés mayor que tenía Saulo en esa reunión era exponer a los tres principales apóstoles cuál era el contenido de su predicación a los gentiles, porque quería estar seguro de que contaba con su aprobación, como dice él “para no haber corrido en vano.” (Gal 2:2). En esa ocasión él debe haberles dicho, entre otras cosas, que él no exigía a los gentiles convertidos que se circuncidaran, lo cual no fue objetado por esas columnas de la iglesia, en prueba de lo cual le dieron no sólo la diestra, sino que también acordaron una división del ámbito de evangelización entre ellos: los apóstoles predicarían a los judíos (e.d. a la circuncisión), y Bernabé y Saulo a los gentiles (e.d. a los incircuncisos). Sin embargo, pese a esta delimitación de los campos de apostolado, Pablo no abandonó nunca a los de su raza, como veremos en el curso de sus viajes.

En la iglesia de Antioquía, nos dice el libro, se destacaba un grupo de profetas y maestros, entre los que se menciona a Bernabé; a Simón, llamado el Niger -lo que quiere decir probablemente que provenía del África; así como a Lucio, que era de la ciudad de Cirene, en lo que es ahora Túnez; a Manasés, cuya madre había sido nodriza de Herodes el Tetrarca; y por último, a Saulo.

Ellos, dice el texto, estaban ministrando al Señor. ¿Qué quiere decir esa palabra? Que estaban celebrando un culto de adoración. ¿Cómo sería éste? No tenemos una idea precisa pero podemos suponer que en buena parte se asemejaba a las reuniones de culto que se celebraban en la sinagoga judía, pues todos ellos eran judíos. Es decir que había oraciones, muy posiblemente leídas a la manera judía, e himnos de alabanza, que habrían sido tomados de la sinagoga, a los que con el tiempo se fueron agregando otros compuestos por los mismos cristianos.

Recuérdese la exhortación que Pablo dirige a los efesios: “Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones.” (Ef 5:19). Ahí se habla de dos formas de alabanza: cantar y salmodiar. A lo primero corresponden los himnos y cánticos espirituales. Tenemos un ejemplo de lo que pueden haber sido estos himnos en la corta estrofa que cita Pablo en 1ª Tim 3:16: “Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.”

En cuanto a la salmodia, ésta era una forma de recitar cantando sobre un tono dominante el texto de los salmos, semejante a lo que conocemos hoy día como “canto gregoriano”, que deriva de esa salmodia judía antigua. (4)

Estando pues la comunidad de Antioquía reunida .-probablemente el año 47- el Espíritu Santo les habló, sin duda, por medio de uno de los profetas presentes, diciendo que debía apartarse a dos de ellos para una nueva empresa de evangelización que el Espíritu deseaba empezar. Nótese que se menciona primero a Bernabé y después a Saulo. Nosotros podemos pensar que Saulo partiría acompañado de Bernabé. Pero fue al revés: Bernabé dirigía la misión y partió acompañado de Saulo y de su primo Juan Marcos, (Hch 13:5; c.f. Col 4:10), lo cual era natural porque él tenía mucho más tiempo en la iglesia y era conocido por sus obras y su generosidad (Hch 4:36,37) (5). Saulo, en cambio, era nuevo y, además había sido un perseguidor de los seguidores de Jesús. Por eso los discípulos explicablemente al comienzo lo miraban con desconfianza. Pero su designación por el Espíritu Santo para esta misión fue, por así decirlo, el espaldarazo que Dios le daba. Notemos que la obra que los dos apóstoles empezaban no era una empresa personal de ambos, sino era un proyecto de la iglesia entera guiada por el Espíritu Santo. Ellos no eran más que instrumentos que Dios usaba.

El Espíritu Santo los dirigió en primer lugar a Chipre, la isla de donde Bernabé era originario, hacia la cual se embarcaron partiendo del puerto de Seleucia. Llegados al puerto de Salamina, que se encuentra en el lado sud-oriental de la isla, inmediatamente se pusieron a predicar el Evangelio en las sinagogas.

Nótese que Bernabé y Saulo, como seguramente también los apóstoles, en sus viajes misioneros, y como estrategia establecida, empezaban a predicar a Jesús en las sinagogas de los judíos por el simple hecho de que eran sus correligionarios, si no sus compatriotas. A ellos podían probarles por medio de las Escrituras que Jesús era el Mesías esperado por su pueblo, algo que no podían hacer con los paganos, que no conocían las Escrituras. En las sinagogas encontraban no sólo a creyentes judíos, sino también a gentiles temerosos de Dios y a prosélitos, y era sobre todo entre estos dos últimos grupos donde su prédica encontraba acogida. A pesar de que su mensaje solía encontrar resistencias entre los judíos, por medio de su prédica en las sinagogas el Evangelio empezaba a difundirse entre los gentiles que las frecuentaban. Esos dos grupos mencionados cumplían el papel de puente entre el mundo judío y el pagano.

El pequeño trío expedicionario atravesó la isla llegando a Pafos, -en la costa sur-occidental- que era la capital provincial romana, y donde residía su gobernador, el procónsul Sergio Paulo, a quien nuestro texto califica de “varón prudente”, (Hch 13:7), es decir, ponderado, reflexivo. Quizá por ese motivo el procónsul quiso escuchar lo que los dos evangelistas tenían que decir. Pero estaba con él un judío renegado, llamado “Barjesús”, esto es, “hijo de Jesús” (Recuérdese que en ese tiempo Jesús era un nombre muy común entre los judíos), que había adoptado el nombre griego de Elimas, y que practicaba las artes mágicas, algo expresamente prohibido a todo judío.

Este Elimas, posiblemente temiendo perder la influencia que con su magia ejercía sobre el procónsul, se oponía a que Bernabé y Saulo le hablaran. Entonces “Saulo que también es Pablo”, dice el texto (Hch 13:9), (6) tomando la palabra, le habló en un lenguaje muy fuerte: “¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia! ¿No cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor?” (v.10). A continuación le dijo que por oponerse al Evangelio, se quedaría ciego durante un tiempo, lo que efectivamente ocurrió enseguida, por lo que Elimas se vio obligado a recurrir a otros que lo llevaran de la mano.

El procónsul entonces, maravillado, creyó en el Señor Jesús. Este fue el primero de los muchos milagros realizados por Pablo en su carrera evangelísitica. El procónsul es también el primer funcionario romano, después del centurión de Cesarea (Hch 10), en convertirse al cristianismo, aunque era de un rango muy superior al otro. La conversión del procurador debe haber sido interpretada por Pablo como una confirmación de su misión a los gentiles.

Pablo debe haber comprendido también en este incidente la ventaja que para él significaba usar su “cognomen” romano (Paullus) en vez de su nombre arameo (Saúl, helenizado como Saulos) para abordar a los gentiles, pues le permitía dirigirse a ellos, miembros del imperio, como un miembro del mismo igual a ellos, y además, ciudadano romano (7).

A partir de ese momento también Pablo, que era el más elocuente y el más emprendedor de los tres, empezó a tomar el liderazgo del pequeño equipo (Hch 13:13) y su nombre empieza a figurar en primer lugar, antes que el de Bernabé.

Detengámonos un momento en el personaje que se quedó buscando su camino a tientas, porque se había quedado ciego, tal como Pablo había decretado. Tal como había sucedido antes en Samaria, cuando Pedro llegó a esa ciudad para bautizar e imponer las manos a los nuevos conversos, y un mago se levantó para oponerse (Hch 8:9-25), cada vez que el Evangelio empieza a difundirse en algún lugar, Satanás levanta oposición a través de alguno de sus secuaces más notorios, o de aquellos a quienes su mensaje irrita.

Ese será el signo de los trabajos de Pablo. Cada vez que empieza a tener cosecha de almas, el diablo levanta oposición para frustrar su obra. Este será también el signo de toda obra cristiana a través de los siglos: Cuanto más valiosa sea para el Reino, mayor será la oposición del enemigo que se suscite.

Notas:
1. Por un lamentable descuido el título del artículo anterior fue impreso como “La Conversión de Pablo” cuando debió haber sido “La Conversión de Saulo”, que es más coherente con el desarrollo del relato.

2. El hecho de que hubiera varias sinagogas indica que había en esa ciudad una colonia judía importante.

3. A los turistas que visitan Damasco se les muestra la sección del muro de la ciudad, e incluso la ventana, por donde habría sido descolgado Saulo. Pero esta es una identificación más que dudosa.

4. El nombre de “canto gregoriano” que se da a esta forma de cánticos no viene de que fueran compuestos por el primer Papa de ese nombre (siglo VI), sino de que fue él quien dispuso que se reunieran y ordenaran los himnos y melodías tradicionales que era usual cantar en las iglesias latinas.

5. José era su verdadero nombre. Bernabé era su sobrenombre, el cual quiere decir “hijo de consolación.”

6. A partir de este episodio el texto griego de Hechos deja de llamar Saulos al apóstol, y empieza a llamarlo Paulos, que pronunciamos en español “Saulo” y “Pablo” respectivamente.

7. Todo ciudadano romano tenía tres nombres: praenomen (lo que nosotros llamamos “nombre de pila”); nomen Gentile (nombre de la familia o apellido); y cognomen (que no tiene equivalente entre nosotros). Si conociéramos el segundo podríamos tener alguna idea de cómo llegó la familia de Pablo a adquirir la ciudadanía romana.

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miércoles, 16 de marzo de 2011

LA CONVERSIÓN DE SAULO

Por José Belaunde M.

Consideraciones acerca del libro de Hechos V

En el artículo anterior hemos dejado a Saulo, después de haber participado en el martirio del diácono Esteban, convertido en un perseguidor implacable de los seguidores de Jesús.

Antes de continuar hay una pregunta que conviene hacerse y que naturalmente muchos se han hecho: ¿Conoció Saulo personalmente a Jesús, o lo vio u oyó alguna vez predicar? Es poco probable que él –viviendo en Jerusalén durante el ministerio público de Jesús- no lo hubiera visto ni que él no hubiera estado enterado de su muerte, si es que él no fue testigo de la misma. (La crucifixión tuvo lugar en un sitio especialmente escogido por los romanos para las ejecuciones, con la mira de que fuera visible por todos los que entraban y salían de la ciudad, y que de esa manera sirviera de escarmiento). El único lugar en sus epístolas en las que él contesta a esa pregunta es 2 Cor 5:16 donde escribe: “Si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así”, lo que nos daría una respuesta afirmativa a la pregunta.

Sin embargo la primera parte de esa frase puede entenderse gramaticalmente también así: “Y aún si hubiéramos conocido a Cristo en la carne”, lo que constituye un condicional hipotético, no afirmativo. Esto es, la frase no nos da una respuesta inequívoca. Lo que Pablo quiere decir es que haber conocido a Cristo en la carne –esto es, haberlo visto alguna vez con los ojos del cuerpo mientras vivía- no es determinante, porque lo que importa realmente es conocerlo en su posición exaltada en los cielos y por su obra redentora (Nota 1). De modo que no se puede contestar con seguridad a la pregunta de si lo conoció o no en vida. El hecho es que para él haberlo conocido o no en vida es algo secundario pues, como él mismo afirma en el mismo párrafo, él a nadie (es decir a ningún cristiano) conoce según la carne, sino según lo que Cristo ha hecho en él, al transformarlo en una nueva criatura, como apunta a continuación en el conocido versículo: “Si alguno está en Cristo es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2Cor 5:17). En otras palabras: tu pasado no cuenta para mí; lo que cuenta es lo que tú eres ahora en Cristo.

Pero de lo que Saulo sí estaba seguro al inicio de su carrera como perseguidor de la iglesia, era del peligro que las enseñanzas de Jesús significaban para todo lo que él creía y veneraba, para las tradiciones de los padres y para el templo. Cuán celoso había sido él de “las tradiciones de mis padres” (Gal 1:14, palabras que aluden a la “Torá oral”) lo indica en Fil 3:6, cuando dice que “en cuanto a la justicia que es en la ley (yo era) irreprensible”.

Él había escuchado sin duda las acusaciones calumniosas dirigidas contra Esteban, según las cuales él sostenía que el Nazareno resucitado destruiría el templo y cambiaría las costumbres ancestrales de los judíos (Hch 6:13,14), y debe haber oído al mismo Esteban proclamar antes de morir, que veía al Hijo del Hombre en los cielos a la diestra de Dios (Hch 7:55,56). Él era conciente de que si Jesús era realmente el hijo de David esperado, los días del Mesías habían venido y los días de la ley habían llegado a su fin.

Según todo lo que Saulo había sido enseñado eso era absurdo porque Jesús había muerto colgado en un madero y era por tanto maldito según la ley (Dt 21:23; c.f. Gal 3:13). Un ser maldito no podía ser el Mesías de Israel. Lo que los discípulos de Jesús afirmaban no sólo era falso; era además blasfemo. Pero aun, era peligroso para la identidad nacional y el patriotismo judío.

Esa convicción convirtió a Saulo -celoso de la Torá como él era- en un perseguidor implacable de los nazarenos. La muerte de Esteban dio lugar (como dice Hechos 8:1-3), a que se empezara a perseguir a los miembros de la iglesia, persecución en la que Saulo participó yendo de casa en casa para sacar a los discípulos y llevarlos a la cárcel, por lo que muchos de ellos se dispersaron refugiándose en las ciudades vecinas, como Samaria y Damasco. Pero lo que más enfurecía a Saulo era posiblemente la rapidez con que la nueva doctrina ganaba adeptos. (2).

Saulo, “respirando aun amenazas y muerte” dice Hch 9:1, es decir, lleno de un furor fanático (resoplando como un toro furioso) creyó necesario ir a Damasco para traer de vuelta a Jerusalén a esos “herejes” que habían huido, a fin de que fueran juzgados por el Sanedrín. Para ello obtuvo que el sumo sacerdote le diera cartas dirigidas a las sinagogas de esa ciudad para apresar a los seguidores del Camino que hubiera allí y traerlos a Jerusalén (Hch 9:2). El hecho de que él obtuviera esas cartas muestra que él era muy estimado por las autoridades del templo. Hay quienes sostienen, incluso, que él era miembro del Sanedrín. Pero eso es poco probable. De haberlo sido no lo hubiera ocultado. Al contrario, lo hubiera mencionado como parte de sus méritos en el judaísmo.

Fue entonces cuando, de pronto, llegando ya a esa ciudad hacia el mediodía, lo envolvió una luz cegadora –“que sobrepasaba el resplandor del sol”, Hch 26:13-, en medio de la cual se le apareció el Nazareno y, cayendo al suelo, “escuchó una voz que le decía: ¡Saulo, Saulo! (3) ¿por qué me persigues?”, a lo que él contestó: “¿Quién eres Señor?”. Y se le dijo: “Yo soy Jesús a quien tú persigues. Duro te es dar coces contra el aguijón.” (Hch 9:4,5) (4).

Imaginemos cuál puede haber sido la sorpresa, no, el pasmo de Saulo al ver que Jesús se le presentaba en su gloria de resucitado. Se le apareció de una manera tan patente que él no dudó un instante de quién era el que se le aparecía y le hablaba, porque temblando y temeroso dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (9:6) La respuesta de Jesús fue: “Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.”

“Duro te es…” es una frase proverbial que se refiere a la pica con que se arriaba al ganado y contra la que los bueyes pateaban no sólo inútilmente, sino haciéndose más daño a sí mismos.

Es de notar que los que le acompañaban cayeron también al suelo, y oyeron una voz, y vieran el resplandor, pero no vieron a nadie ni entendieron lo que se decía. Jesús se apareció y habló sólo a Saulo. Podemos imaginar cuál sería el asombro de esos acompañantes al ser testigos de un fenómeno tan inusitado. (5)

Cuando Saulo se levantó y abrió los ojos no veía nada, se había quedado ciego. Por eso tuvo que ser conducido de la mano hasta la casa en la ciudad donde lo recibieron los que le esperaban. Es aleccionador notar que Saulo había ido a Damasco a meter presos a los discípulos, pero él quedó preso de su ceguera. Había ido impetuoso y con ánimo implacable, pero tuvo que ser conducido de la mano como un mendigo. (6).

Lo que cambió radical y definitivamente la actitud de Saulo, y su visión de las cosas, fue el hecho de que se le apareciera Jesús resucitado, Aquel a quien él con vehemencia perseguía en sus seguidores. Si Jesús había realmente resucitado y estaba vivo, lo que los nazarenos proclamaban era verdad y no mentira. Al revés de lo que hasta entonces pensaba, lo antiguo tenía que desaparecer, y ser reemplazado por lo nuevo.

El Libro de Hechos nos dice que Saulo al llegar a Damasco permaneció tres días sin comer ni beber, pero no nos dice qué pasaba en su espíritu durante esos días. Podemos imaginar que él estaba pensando en lo que había experimentado, en las palabras que había oído, en su actual ceguera inesperada, y estaría revisando su vida pasada y sus conceptos. Podemos pensar también que estaba orando pidiéndole al Señor que le devolviera la vista, y que llegara pronto esa persona que le iba a decir lo que debía hacer. Pero sobre todo, Saulo debe haberse sentido profundamente arrepentido de lo que había estado haciendo antes de su inesperado encuentro con el Señor resucitado. El arrepentimiento profundo y sincero es una preparación para recibir mayor gracia. Cabría preguntarse: ¿Le siguió hablando Jesús durante esos tres días? Nada se dice al respecto pero me da la impresión de que Pablo, al narrar su conversión por tercera vez, coloca retrospectivamente en el momento de la aparición las palabras que Jesús puede haberle dicho mientras estaba ciego y oraba (Hch 26:16-18).

¿Qué pasó con los hombres que llevaron a Saulo a Damasco? ¿Se quedaron con él en esa ciudad, o regresaron a Jerusalén a contar lo ocurrido? No sabemos. Quizá se quedaron con Saulo, impresionados por lo que habían presenciado. Nadie que sea testigo de un hecho semejante puede permanecer indiferente. ¿Se convertirían viendo el cambio que se había operado en el que había sido hasta entonces un perseguidor implacable de los seguidores de Jesús? No lo sabemos.

Mientras tanto el Señor le habló a un discípulo judío que vivía en Damasco y que era un varón piadoso según la ley (Hch 22:12). A ese discípulo llamado Ananías el Señor le dijo en sueños que se levantara y fuera a la casa de un tal Judas, situada en la calle llamada “Derecha”, para que le imponga las manos a Saulo de Tarso que está orando, a fin de que reciba la vista (Hch 9:10-16). (7).

Ananías, que había oído acerca de Saulo y de su animosidad contra los creyentes, se asustó pensando en el riesgo que corría si cumplía el encargo: “Yo he oído muchas cosas acerca de los males que ha hecho este hombre a los santos de Jerusalén.” Pero el Señor lo tranquilizó explicándole la misión que Él le iba a encomendar a su ex perseguidor. ¿Entendería Ananías lo que el Señor se proponía hacer con este Saulo que era su enemigo? Debe haberse quedado perplejo, pero no dudó en obedecer.

Hay una frase que a mí me impresiona entre las palabras que le dijo Jesús: “Yo le mostraré a este hombre cuánto ha de padecer por mi nombre.” (Hch 9:16). No le dijo que Saulo iba a cumplir una misión extraordinaria entre los gentiles; no le dijo que lo había escogido para que sea reconocido como apóstol, al igual que los doce; ni para escribir tratados teológicos. Le dijo que iba a tener que sufrir.

El sufrimiento es la marca de toda misión importante que el Señor encomiende a una persona. Es un ingrediente inevitable. El sufrimiento es la cruz que debe tomar todo el que quiera seguirle, la cual será tanto más pesada cuanto más fecunda sea la labor que realice. ¿Son concientes las personas que le piden al Señor: “Úsame, yo quiero servirte”, del peso que van a tener que cargar y de cuántas lágrimas van a tener que derramar?

Ananías era un hombre de fe. Él creyó en lo que el Señor le había dicho acerca de Saulo. Notemos cómo en el camino a la calle Derecha, él dejó de mirar a Saulo como un enemigo peligroso (“este hombre”, Hch 9:13) y empezó a mirarlo como un hermano al que se dirige diciéndole: “Hermano Saulo…·” (9:17).

Ananías hizo pues tal como el Señor le había mandado. Saulo recibió al Espíritu Santo y recobró la vista. Enseguida se bautizó, comió, recuperó sus fuerzas y se quedó unos días con los discípulos de Damasco (Hch 9:18,19). Una vez convertido y bautizado era conveniente que Saulo fuera admitido en la congregación de los santos para que tuviera comunión con ellos y se compenetrara de su espíritu. En esos días ¿de cuántos cosas no habrá sido él informado acerca de la vida de Jesús que él ignoraba? Al mismo tiempo ¿qué pensarían esos creyentes acerca de Saulo al verlo convertido en uno de ellos después de haberlos perseguido tenazmente? Se maravillarían de las cosas que el Señor hace y lo alabarían por ello. ¿Seguiría él predicando el judaísmo? Por supuesto que no. A partir de su conversión él sólo predicaría a Cristo con un poder extraordinario.

El teólogo luterano sueco Krister Stendahl escribió hace unos cincuenta años un ensayo en el que sostenía que lo que Pablo experimentó más que una “conversión” fue propiamente un “llamado”. Él se apoya en la similitud de las palabras con que Pablo alude a su nacimiento (“Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia…” Gal 1:15) con las que dicen Isaías y Jeremías aludiendo a lo mismo (“Jehová me llamó desde el vientre; desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria.” Is 49:1. “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué y te di por profeta a las naciones.” Jr 1:5). Esos profetas recibieron efectivamente un llamado especial de Dios. Dios, dice ese autor, llamó a Saulo a una misión nueva, semejante al llamado profético de Isaías y Jeremías. Pero ese autor olvida que Saulo recibió ese llamado después de haberse convertido a Jesucristo. Esos dos profetas, en cambio, no necesitaron convertirse en ningún sentido para obedecer el llamado de Dios.

A partir de su encuentro con Jesús Saulo rompe con su pasado y empieza a predicar lo que antes perseguía. Pero lo más importante que le ocurrió como consecuencia de ese encuentro es que nació de nuevo. A partir de ese momento Saulo dejó de practicar el judaísmo: Ya no guardaba el sábado, ya no se atenía a las normas alimenticias judías, ni enseñaba a sus convertidos gentiles a guardarlas, razón por la cual él fue severamente criticado por sus antiguos correligionarios. Si bien es cierto que él, años más tarde –siguiendo el bien intencionado pero fatal consejo de Santiago- sufragó el rito de purificación de cuatro nazir (nazareos) que habían hecho un voto (Hch 21:23,24,26; c.f. Nm 6); y en otra ocasión circuncidó a Timoteo (Hch 16:3), en ambos casos se trató de medidas de conveniencia que él tomó para adaptarse a las circunstancias del momento.

De otro lado, como el mismo Stendahl señala, hay una oposición marcada entre la noción que Pablo, ya cristiano, tiene de la ley, de la Torá, y la que tiene el judaísmo rabínico. Para los rabinos la Torá es eterna en su origen; es incluso anterior a la creación del mundo y permanecerá vigente por toda la eternidad. Para Pablo la ley fue dada a Moisés 430 años después de la promesa hecha a Abraham y a su simiente (Gal 3:16,17), y fue dada “a causa de las transgresiones” hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa (es decir, Cristo, Gal 3:19), lo que significa que tuvo una función sólo transitoria, temporal: sirvió de ayo hasta que viniese la fe en Cristo (Gal 3:24,25); llegada ésta ya no siguió siendo válida. Negar la vigencia eterna de la ley era una de las acusaciones más graves que los judíos esgrimían contra Pablo, por las cuales ellos lo consideraban –y lo siguen considerando hoy- un apóstata. Pero no lo fue. Al contrario, él se convirtió en lo que ellos, a su vez, debieron haberse convertido: en seguidores del Nazareno.

Notas: 1. Podría pensarse que con esa frase Pablo estuviera contestando indirectamente a los que cuestionaban que él se llame a sí mismo y se considere “apóstol”, sin haber pertenecido al grupo de los doce, por lo que en otro lugar él se ve en la necesidad de defender su apostolado. (1Cor 9:1,2).
2. Los que persiguen a la iglesia lo hacen porque odian a la Verdad que se opone a ellos, y a todo lo que ellos veneran: a sus creencias, a sus concepciones, a su ideología, o a la vida libertina que llevan. Odian todo lo que los acuse o contradiga. Es un odio gratuito porque la Verdad no les hace daño, ni podría. Al contrario, Cristo, que es la Verdad, y está encarnado en la iglesia, los ama y quisiera salvarlos de su ceguera.
3. A Marta también Jesús le dice: “Marta, Marta.” (Lc 10:41) La repetición es una manera de hacer más incisiva la apelación.
4. Él podía haber objetado (si hubiera tenido el ánimo de hacerlo): ¿Acaso yo te persigo a ti? Al perseguir a sus discípulos, Saulo perseguía a Jesús mismo. Todo lo que se haga a un seguidor de Cristo, para bien o para mal, se hace a Él mismo.
5. A veces sucede que Dios nos dice algo cuyo sentido comprendemos intuitivamente y que nos toca profundamente, pero que no podemos explicárselo a otros, aunque queramos. Para ellos no tendría ningún sentido porque es algo personal.
6. Pocas millas al sur de Damasco, en la ruta que lleva a Jerusalén, hay una pequeña aldea llamada Deraya, palabra que en árabe quiere decir “visión”. Según la tradición cristiana la aldea marca el lugar donde el Señor se le apareció a Saulo.
7. La calle Derecha de Damasco existe todavía con ese nombre en árabe, y marca el eje Este-Oeste de la ciudad romana en cuyo extremo hay un triple arco.

NB. Al publicar este artículo tengo que reconocer mi deuda con un bello sermón sobre este tema del gran evangelista británico del siglo XVIII, George Whitefield (1714-1770), que fue uno de los principales animadores del gran avivamiento ocurrido en Nueva Inglaterra a mediados de ese siglo.

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martes, 14 de julio de 2009

SU ENSEÑANZA PRIMERA

"Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en el profeta Isaías: 'He aquí, yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino. Voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas'. Apareció Juan bautizando en el desierto y predicando un bautismo de arrepentimiento para perdón de los pecados." (Mr 1:1-4)

Si se preguntara a un grupo de personas al azar en la calle: ¿cuál es la doctrina fundamental del Evangelio de Jesucristo? es muy probable que la mayoría respondiera: su enseñanza acerca del amor.

Sin duda el mensaje de amor sin límites que trajo Jesucristo, del amor que entrega la propia vida no sólo por los amigos, sino hasta por los enemigos, es la corona de las enseñanzas de Jesucristo, su aspecto más novedoso y revolucionario. Pero no es su fundamento. La doctrina primera y fundamental del Evangelio es el arrepentimiento de los pecados o conversión a Dios. (Estas dos palabras que se usan con frecuencia como equivalentes en el lenguaje común no son exactamente sinónimas, aunque expresan ideas muy afines).

Por ello es adecuado que San Marcos empiece su Evangelio escribiendo: "Comienzo de la Buena Nueva ("Evangelio" quiere decir "buena nueva") acerca de Jesucristo...Apareció Juan bautizando en el desierto predicando un bautismo de arrepentimiento..." (Mr 1:1-4)

Cuando poco después Jesús empezó su propia predicación, lo hizo proclamando: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. Arrepentíos y creed en el Evangelio." (Mr 1:15).

De igual manera, cuando, en el curso de su primer sermón a la multitud congregada en el día de Pentecostés, el apóstol Pedro, ungido por el Espíritu, llevó a sus oyentes a preguntarle compungidos: "Hermanos, ¿qué tenemos que hacer?", él no les contestó "Amaos los unos a los otros", sino "Arrepentíos y haceos bautizar en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados". (Hch 2:37,38).

Vemos aquí pues, claramente, como toda evangelización debe comenzar por el arrepentimiento. Porque es imposible que nadie pueda amar a su prójimo como a sí mismo, y, para comenzar, cumplir ninguno de los preceptos del Evangelio, si antes no ha abandonado sus pecados y se ha vuelto de todo corazón hacia Dios. Es tan absurdo predicar el amor (o la paz, si se quiere) antes que el arrepentimiento como pretender construir el tercer piso de una casa antes de levantar el primero. Sin el primero, ni el segundo ni el tercero ni ningún otro piso se sostienen. Sin embargo, ese absurdo se da en algunas iglesias.

Citando al profeta Isaías, el Bautista proclamaba: "Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos...". ¿Porqué debe el hombre enderezar sus senderos? Porque "el camino del hombre perverso es torcido y extraño". (Pr 21:8). (La palabra "camino" en el lenguaje bíblico es sinónimo de "conducta", "comportamiento", "género de vida"). No pide el profeta que hagan sus senderos menos torcidos, sino que los hagan derechos.

El ladrón no es menos ladrón porque modere sus robos, ni el corrupto es menos corrupto porque rebaje la coima. Así como no se le dice al ladrón: "Roba un poco menos", sino que deje de robar del todo, tampoco podemos decirle al pecador: "Peca un poco menos; sé menos malo", sino "dale la espalda al pecado".

No hay dos maneras de convertirse: una a medias y otra del todo, sino una sola. El que pretende convertirse a medias, poco a poco, no se convierte nunca, permanece en sus pecados. Comete además un grave error: tratar de convertirse por sus propios medios, apelando a sus propias fuerzas. Y eso es imposible. Por más que trate, nunca lo logrará. De ahí que el profeta Jeremías pusiera en boca del pueblo hebreo esta petición al Señor: "Conviérteme y seré convertido." (Jr 31:18)

El hombre es incapaz de dejar el pecado por sí mismo, porque la ley del pecado vive en sus miembros y lo domina. "¡Ay de mí", escribió San Pablo, "¿quién me librará de este cuerpo de muerte?...Porque con la razón sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado." (Rm 8:24,25) Sólo cuando el hombre reconoce su incapacidad de convertirse a sí mismo y se entrega a Cristo de todo corazón, puede la gracia obrar el milagro de transformarlo interiormente. Mientras no lo haga permanecerá en su miserable condición.

De ahí que sea preocupante escuchar en algunas iglesias (no evangélicas) esa novedosa doctrina de la conversión gradual, o repetida, como de un esfuerzo que el hombre deba realizar para mejorarse a sí mismo.
Se ha reemplazado la vieja noción de "la conversión de los pecadores", a predicar la cual tantos heroicos santos y santas del pasado dedicaron sus vidas, por una moderna "moderación de los pecadores", más comprensiva de las debilidades humanas, más actualizada, liberal y fácil. El pecador puede llegar a ser bueno, alegan, si tan sólo se esfuerza por pecar menos o se aleja de los pecados más graves.

Admiten que Jesús dijo en la montaña: "Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición." (Mateo 7:13). Pero agregan que eso no hay que tomarlo tan literalmente. Si Jesús viviera en nuestros días, dan a entender, con todo lo que ha progresado el mundo, seguramente nos confortaría diciendo que también por el camino ancho hay un recoveco para llegar al cielo; que no sólo se llega por el camino estrecho.

A los que así predican se les podría aplicar el reproche que Jesús dirigió a los fariseos, diciéndoles que habían cerrado a la gente la puerta del reino de los cielos, que ni ellos entraban ni dejaban entrar a otros, (Mt 23:13)y que eran “ciegos, guías de ciegos” (Mt 15:14). Los que esas cosas predican tropezarán y caerán junto con los que los escuchan.

No es posible seguir dos caminos a la vez, aunque parezcan que están cercanos. No es posible seguir a Cristo sin romper con Satanás. No se puede ser amigo de éste y serlo a la vez de Jesús. Escojamos a quién queremos servir.