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miércoles, 3 de marzo de 2021

LA MAGDALENA III

LA MAGDALENA III

Quizá alguno diga: “Entonces si estoy en Cristo Jesús, ¿puedo pecar a mis anchas?”, como, en efecto, algunos acusaban a Pablo de sostener. No, no es así. Jesús le dijo una palabra clave a la mujer: "Vete y no peques más". La realidad del arrepentimiento se prueba en que el individuo cambia de vida, y no vuelve a pecar habitualmente. De lo contrario su arrepentimiento no sería más que un sentimiento pasajero. Pero el verdadero arrepentimiento es un estado.



jueves, 25 de agosto de 2016

MENSAJES A LAS SIETE IGLESIAS XIII - A LA IGLESIA DE LAODICEA II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
MENSAJES A LAS SIETE IGLESIAS XIII
A LA IGLESIA DE LAODICEA II
Un Comentario de Apocalipsis 3:19-22



19. “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.”
En el original griego la frase dice: “A los que yo (yo enfático) amo, reprendo y castigo”. Aquí hay un orden pedagógico: amar, reprender, castigar.

Estas palabras de Jesús nos recuerdan el conocido versículo de Proverbios: “No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, ni te fatigues de su corrección; porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere.” (3:12) que cita también Hb 12:5b, 6 (cf Jb 5:17 y Sal 94:12); y encajan bien con el tono severo de esta carta, la más negativa de las siete epístolas. La reprensión de Dios no es una expresión de rechazo sino, al contrario, una manifestación del amor de Padre que corrige y disciplina a sus hijos. Jesús lo hace con los suyos porque quiere que superen el marasmo, la debilidad y peligro en que se encuentran. El verdadero amor no es indulgente sino, al contrario, es severo cuando conviene.  Por ello les amonesta: sé pues celoso. Aviva el celo por las cosas de Dios que antes mostraste, y arrepiéntete de tu actual tibieza. Arrepiéntete de haberte dejado cazar por las redes insinuantes del mundo que quiere atraparte con sus halagos, y reconoce de quién proceden esas trampas. Si quieres seguirme ciñe tus lomos y reanuda tu marcha por el camino estrecho que lleva a la salvación (Mt 7:14).

El uso de las palabras griegas es muy instructivo y elocuente: “Élegjo” es la reprensión que produce convicción en la persona acusada, no rechazo. El verbo “paideúo” viene de “paideia” que es la instrucción del niño. Jesús pues no quiere condenar, sino corregir a sus hijos para que enmienden sus caminos, como un padre hace con sus hijos.

20. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.”
Como corolario de lo anterior y como una manifestación de su amor indesmayable, Jesús se dirige a los que ha reprendido severamente y les hace una invitación tierna. Yo no te pido que vengas donde mí y renueves nuestros lazos de amistad, sino que yo estoy delante de ti y toco la puerta de tu corazón.

Si tú estás arrepentido, ábreme la puerta y yo entraré a abrazarte. No sólo a abrazarte, sino que he traído conmigo todas mis riquezas para que cenemos juntos y compartamos lo que he traído.

Sentarse a la mesa con una persona era en la antigüedad –y sigue siéndolo hoy día- una manera de tener comunión, de celebrar y fortalecer la amistad con una persona. Eso es lo que Jesús quiere hacer con todos aquellos que habiéndose enfriado en el camino, quieren recuperar el fervor que antes tuvieron. Jesús no te ha desechado porque te hayas alejado de Él; quiere seguir siendo tu amigo.

Este versículo es usado con frecuencia con fines evangelísticos, para hacer el llamado a los que escuchan por primera vez el Evangelio. Y en verdad el versículo se presta muy bien para ese fin, pero ése no es su propósito en la carta a Laodicea, sino el de renovar la comunión perdida. Una muestra más de cómo la palabra de Dios es multifacética, y se presta para diversos fines sin que haya necesidad de forzar su sentido.

Pero examinemos con más detalle, fuera del  contexto de ese uso, el sentido de las palabras de esta frase. Jesús está “a la puerta”. Él no teme humillarse delante de cada discípulo suyo para presentarse como un mendigo que solicita se le atienda. Él es Rey y podría exigir que los que quieren tener amistad con Él acudan a su puerta y sean los que toquen para que se les abra. Pero Él hace al revés: El Rey acude donde su siervo. Quizá Jesús recuerde en ese momento sus propias palabras para ponerlas en práctica: “Llamad y se os abrirá” (Mt 7:7), esperando una respuesta positiva: “Y al que llama se le abrirá.” (Mt 7:8).

¿Habrá un soberano más tierno, amoroso y condescendiente que Él? Y nosotros cuando nos sintamos ofendidos ¿no tomaremos la iniciativa de buscar al ofensor para reconciliarnos, en vez de exigir que sea él quien venga a nosotros?

“Si alguno oye mi voz”, porque Él habla con voz suave, suplicante, no imponente. “Si alguno oye mi voz”, porque es posible que muchos estén tan distraídos en sus propios asuntos, y se hayan enfriado tanto, que no se ponen en el caso de que Jesús venga a ellos. Sus oídos están tapados por el ruido ensordecedor del mundo, y pueden no escuchar el susurro de Jesús en medio de ese estruendo. “Si alguno oye mi voz”, porque habrá ovejas que no habrán olvidado el timbre inconfundible de la voz de Jesús y la reconocerán, y que, confusos, se apresurarán a abrirle.  ¿Serás tú uno de ellos, o te harás el desentendido?

“Abre la puerta”. Jesús no fuerza su entrada, sino espera que se le abra. Su corazón está lleno de paciencia. ¡Ay de aquellos que no se apuren en abrirle! Pudiera ser que hayan perdido la última oportunidad de renovar su amistad con Él, porque Jesús vino otras veces y se le cerró la puerta. ¡Pero felices aquellos que le abran, y se sienten a la mesa con Él! Probarán manjares cuyo sabor nunca imaginaron.

Por eso dice “cenaré con él”. ¡Qué gran privilegio y honor es ser invitado a la mesa de los grandes! Muchos que alguna vez lo fueron lo recuerdan como uno de los momentos más felices de su vida, y se deleitan recordando los detalles de la fiesta suntuosa en la que participaron. Mas aquí está el más grande de los grandes, el Soberano de los reyes de la tierra, y Él no te ha invitado a su palacio, sino que ha venido a tu humilde morada con todas sus riquezas para honrarte. ¿Querrás perder esta oportunidad que muchos ansían de renovar tu comunión con Él? ¡Oh, no seas lerdo, sino deja tu tibieza, y acude pronto a la invitación que Él te hace! (1)

Pero notemos que Jesús ha dicho puntualmente: “Cenaré con él y él conmigo.” Esa cena verá su consumación en el banquete de las bodas del Cordero, al final de los siglos: Ap 19:9; cf Mr 14:25.

21. “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.”
Por último, Jesús repite la promesa que ha hecho en las otras cartas: “al que venciere”, aunque cada vez lo prometido es diferente. Al que no se rinda ante los halagos, o la oposición del mundo; al que supere los obstáculos que el enemigo se empeñará en poner en su camino; al que venciere, en fin, como Jesús venció sin temor a la muerte, Él, Jesús, el vencedor que subió al cielo para sentarse a la diestra de su majestad, le dará que se siente junto con Él en su trono. Pablo, en otro contexto, habla de los que se han sentado en lugares celestiales con Cristo Jesús (Ef 2:6). (2)

¿Qué cosa quiere decir “sentarse” en el trono mismo de Jesús? ¿Acaso hay en un trono, que es una silla grande, majestuosa para una sola persona, lugar para dos, o tres, o para muchísimos más, que serían los que vencieren, y a los que Él hace esta promesa?

Jesús dice que Él se ha sentado en el trono de su Padre (Mt 26:64), lo que quiere decir que, según la promesa de un salmo mesiánico, a Él se le ha dado el gobierno del mundo, porque el trono simboliza autoridad, como lo declara el Salmo 110: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” (v. 1, cf 1Cor 15:25) (3)

Jesús prometió a sus apóstoles que algún día en su reino ellos regirán a las 12 tribus de Israel (Mt 19:28), es decir, las gobernarían, tendrían autoridad sobre ellas (4). Lo que Jesús les está prometiendo a todos los que vencieren, es que algún día Él compartirá con ellos su autoridad sobre el mundo creado. Ellos serán, por así decirlo, sus ministros o mandatarios, en ese mundo futuro que nosotros no conocemos, que es de una grandeza que apenas podríamos imaginar. Pablo da a entender algo semejante cuando escribe: “¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? …¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” (1Cor 6:2,3).

Toda persona a quien se delega autoridad comparte la autoridad de Aquel que se la ha delegado. Sus escogidos pues, los que le sirvieron en la tierra y no desfallecieron en las pruebas, compartirán la autoridad del Rey del Universo. De esta manera recibirán su recompensa (2Tm 2:12; Rm 8:17; Col 3:4). Ninguna acción suya, aún la más pequeña; ninguna palabra, aún la más furtiva; ningún gesto de caridad, pasará desapercibido; hasta la menor sonrisa, será tenida en cuenta; nada será perdido, todo será considerado para la asignación de la recompensa generosa que a cada uno corresponda, porque Dios es un Dios justo que paga a cada cual según sus obras. (Sal 62:12; Rm 2:6; Ap 2:23; 22:12).

22. “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”
¿Tienes tus oídos para escuchar y entender la promesa que Jesús te hace? Él no habla en vano, sino que cada palabra suya es “en Él sí, y en Él amén.” (2Cor 1:20), es decir, firme, segura. Si Él lo ha hablado, Él lo hará.

Como ya he dicho en otra parte (Mensajes a las Siete Iglesias IX), Él no habla aquí sólo a una iglesia en particular del pasado, sino que habla a la iglesia universal, a todos los creyentes de todos los tiempos, a ti y a mí.

Notas: 1. Aquí hay una relación de koinonía frecuente en el evangelio de Juan: “Cenaré con él y él conmigo.”  Véase Jn 6:56; 10:38; 14:20,23; 15:4,5; 17:21,26.
2. La carta a los Efesios sería, según algunos eruditos, la carta a la iglesia de Laodicea que  muchos dan por perdida.
3. Véase también las siguientes referencias: Mt 22:44; Mr 12:36; Lc 20:42,43; Hch 2:34,35; Ef 1:20-22; Col 3:1; Hb 1:3,13; 8:1; 10:12,13.
4. En Lucas 22:28-30 Jesús les dice que Él les asignará un reino así como su Padre le asignó un reino a Él.



Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te animo a adquirir esa seguridad porque de ella depende tu destino eterno. Con ese fin te exhorto a arrepentirte de tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo una sencilla oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”


#909 (10.01.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 27 de abril de 2016

LA PRÁCTICA DEL PECADO Y EL NUEVO NACIMIENTO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA PRÁCTICA DEL PECADO Y EL NUEVO NACIMIENTO
En su primera epístola el apóstol Juan escribió: "Todo el que es nacido de Dios no practica el pecado..." (1Jn 3:9). ¿Qué quiere decir este "no practica el pecado"?. En realidad la frase "no practica el pecado" es un expediente usado por los traductores de la Reina-Valera 60 para traducir la frase griega "no hace pecado" que no tiene un equivalente exacto en español, y que significa aproximadamente "no peca continuamente", o "repetidamente". (Nota 1)
En buenas cuentas lo que el apóstol quiere decir es que la persona que se ha vuelto a Dios, que se ha convertido con todo su corazón, no peca de manera habitual, aunque ocasionalmente pueda hacerlo. Aquí reside la gran diferencia, lo que define al cristiano verdadero y lo distingue del que no lo es, o lo es sólo de nombre. El no creyente, el no convertido, vive habitualmente en pecado; pecar es su elemento natural, aunque a veces pueda sentirse mal, porque su conciencia lo acusa.
Ser cristiano no consiste en poder exhibir una partida de bautismo, no consiste en cumplir determinadas prácticas piadosas, aunque en sí sean buenas; o en adoptar determinadas actitudes, o en hablar de determinada manera.
Ser cristiano es haber nacido de nuevo y haber recibido el Espíritu de Cristo que nos capacita para vivir como Él vivió y ser sus discípulos. San Pablo dijo que "si alguno no tiene el espíritu de Cristo no es de Él" (Rm 8:9). Es decir, que lo que lo hace a uno cristiano es tener el Espíritu de Cristo viviendo en uno. Y si tiene el Espíritu de Cristo dentro de sí ¿cómo podría hacer aquellas cosas que repugnan a Cristo, aquellas cosas que Cristo condena?
Por eso es que el cristiano no practica el pecado. No puede, aunque lo quisiera, a menos que renuncie concientemente a pertenecer a Cristo. Pero el que no es cristiano, el que no pertenece a Cristo, esto es, la gente del mundo, la mayoría de la gente que camina por la calle, sí practica el pecado. Pecar es su vida y no pueden en verdad hacer otra cosa que pecar de mil maneras porque viven bajo "la ley del pecado y de la muerte." (Rm 8:1,2). Por eso practican toda la gama de pecados del repertorio, que es muy amplio y se  sienten a gusto en ello, hasta se jactan de sus pecados como si fueran hazañas. Y hay muchos que los admiran y quieren emularlos.
El acontecer cotidiano de mucha gente es una trabazón irrompible e inacabable de violaciones continuas de los mandamientos del Decálogo en todas las áreas de su vida. Pecan de pensamiento, sentimiento, palabra y obra. Pecan contra Dios, contra sí mismos y contra el prójimo. Y aun los mejores se hacen continuamente  daño a sí mismos y a los demás.
Cualquier persona que hojee alguno de los diarios populares que circulan en nuestra capital no podrá menos que reconocer que lo que tiene delante suyo es una crónica de pecado. Porque ¿de qué cosa si no de pecado hablan esos periódicos?
Leemos en sus páginas acerca de asaltos a mano armada, de asesinatos, de tráfico de drogas, de soborno, de corrupción de autoridades, de contrabando. Nos enteramos de adulterios, que, a veces conducen a crímenes pasionales, de casas de cita, de bares de homosexuales; de borracheras que concluyen en hechos de sangre; de niños abandonados por sus padres, de violaciones de menores... En fin, de cuánta cosa nuestros abuelos no osaban ni hablar. De eso está hecha la crónica diaria de nuestra población, si bien es cierto que los medios de comunicación viven del escándalo y de las malas noticias que exageran, y no de las buenas que no son "noticia" y que, por tanto, no venden.
De otro lado vemos anuncios de películas que son una invitación abierta al libertinaje sexual y a la  infidelidad; hay programas de televisión que exhiben el pecado como si fuera una gran cosa... Tanta miseria humana...
El contenido de la mayor parte de las páginas de los periódicos populares parece hacer eco de las palabras del apóstol Pablo en Romanos: "Porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios" (Rm 3:23) Al dar a conocer con todo lujo de detalles esos hechos, indirectamente los promueven.
Sabemos que no solamente se trata de lo que hablan los medios de comunicación, sino que esos hechos son moneda corriente en la vida cotidiana de la mayoría de la gente, aunque no aparezcan en los diarios y no se publiquen. Vemos, por ejemplo, cómo han proliferado en Lima esos que llaman hostales, pero que no son realmente hoteles en el sentido usual de la palabra, sino que son locales que alquilan por horas cuartos a parejas, en su mayoría de solteros, que acuden ahí para tener relaciones sexuales sin estar casados. Ahí tenemos algo que hoy día se admite como normal, aún sano, pero que es, en realidad, lo que la Escritura llama sin ambages pecado.
"Porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios". En verdad este "todos" nos incluye también a nosotros -también al autor de estas líneas- porque ¿quién es el que, mirando a su propia vida, no puede menos que reconocer que él también ha practicado el pecado? ¿Quién puede afirmar que nunca ha hecho mal, que nunca ha hecho daño a nadie?
Es conocido el episodio en que Jesús, cuando le trajeron a una pecadora para que la juzgara, invitó al que no tuviera pecado que tirara la primera piedra para apedrearla según la ley mosaica (Lv 20:10). Y no se encontró uno solo entre sus acusadores que pudiera hacerlo (Jn 8:7-9). Si tú, amigo lector, y yo hubiéramos estado allí presentes en esa escena, ciertamente también nos hubiéramos tenido que retirar avergonzados.
Cabe entonces preguntarnos ¿De dónde viene tanta maldad y podredumbre humana? Los sociólogos, los psicólogos y los filósofos proponen diversas soluciones al enigma del origen del mal. Se han escrito incontables libros sobre este tema desde el punto de vista de la historia, de la filosofía, de la psicología, de la sociología, de la antropología, etc, pero ninguno de ellos da en el clavo, porque la verdadera explicación la encontramos en la Biblia, y es al mismo tiempo muy profunda y muy simple. Todas las maldades del hombre vienen de que su corazón se torció desde el momento en que la serpiente lo engañó y lo hizo rebelarse contra Dios, adquiriendo por experiencia el conocimiento del bien y del mal (Gn 3:1-7).
Esto es lo que expone el tercer capítulo del Génesis. Sea que consideremos ese relato como una alegoría de hechos ocurridos en un pasado primigenio, o como un acontecimiento histórico concreto, ahí está el origen del mal en el mundo. Haciendo mal uso de la libertad que Dios le dio, el primer hombre desobedeció a Dios, y al hacerlo, la tendencia innata de su corazón se desvió del bien para inclinarse al mal. A eso lo llama la teología "el pecado original": La inclinación invencible hacia el mal que desde entonces vive en el corazón del hombre y que lo empuja a odiar en vez de amar y a cometer actos condenables.
A partir de entonces, puesto en la alternativa de escoger entre el bien el mal, como ha perdido la comunión con Dios que Adán antes tenía, el hombre suele preferir el mal al bien, dejándose arrastrar por las pasiones  de la carne: Pablo lo describe con estas palabras inolvidables: "Porque lo que hago no lo entiendo; pues no  hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, eso hago, apruebo que la ley es  buena. De manera que ya no soy yo el que hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo  yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rm 7:15-24).
Esta inclinación del corazón humano, que es una verdadera esclavitud, se corrige, se endereza, cuando Cristo entra en el corazón del hombre por la fe, y el hombre nace de nuevo espiritualmente.
Dios anunció la salvación del género humano en el Paraíso: El linaje de la mujer (es decir, Cristo) aplastará un día la cabeza de la serpiente, de Satanás, para que el hombre sea reconciliado con Dios (Gn 3:15). Esto es lo que se cumple, según las palabras de Juan Bautista, cuando Jesús inició su vida pública: "He aquí el cordero de Dios que quita el pecado  del mundo." (Jn  1:29). El cordero inocente, inmolado desde antes de los siglos, que con su sacrificio en la cruz expió todos los pecados del mundo, y que arranca el pecado del corazón de todos los hombres y mujeres que creen en Él.
En efecto, cuando el hombre se arrepiente de sus pecados y pide perdón a Dios creyendo en Jesús, todo deseo perentorio de volver a hacer lo que una hora antes, o unos minutos antes, lo atraía irresistiblemente, es arrancado de su corazón. El pecado ya no le atrae invenciblemente. Ha sido libertado de esa esclavitud (Rm 6:17,18). Un cambio se ha producido en su interior que le permite actuar de una manera diferente y lo aparta de su anterior conducta.
Eso no quiere decir que todos sus defectos hayan desaparecido como por encanto. No. El hombre sigue teniéndolos -eso es lo que la Biblia llama "el hombre viejo" (Rm 6:6)-, pero ahora los ve como lo que realmente son, restos miserables de su antigua naturaleza, y que gradualmente irá eliminando por la acción de la gracia que vive en él. Pero la inclinación básica hacia el mal que antes lo gobernaba ha sido dominada, cuando no ha desaparecido del todo. De ahí que podamos decir con San Pablo: "Si alguno está en Cristo es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí todas han sido hechas  nuevas."  (2Cor5:17).
Para el hombre convertido ya no hay juergas, ni mujeres de mala vida, ni borracheras, robos, drogas, vicios, estafas, negocios fraudulentos... Todo lo que antes lo seducía, y hacía de él un esclavo de sus vicios o de la codicia; todo lo que antes hacía que él fuera una pesada carga de llevar para sus familiares, para su madre, o para su mujer y sus hijos, todo eso ha muerto en él.
Igualmente para la mujer perdida, para la enviciada, para la meretriz, la drogadicta; o simplemente, para la muchacha "moderna" que llevaba una vida desprejuiciada, "liberada" como suele decirse; o para la madre de familia que incumplía sus deberes, atrapada en frivolidades, todo lo que la cegaba y ataba al mundo ha desaparecido y ha perdido su encanto.
La persona que ha renacido en Cristo siente en su interior una paz que desconocía, una fortaleza nueva, un deseo de estar bien con Dios y de apartarse del mal, que lo sostiene cualquiera que sean las dificultades que tenga que afrontar, o las tentaciones que aún lo asalten. La dirección básica de su existencia ha cambiado, ha dado un giro de 180 grados.
No es que no pueda volver a pecar, no que sea incólume a toda tentación. No, no es el caso. Pero si alguna vez cae, será para volverse a levantar, porque no resiste hallarse en el estado de separación de Dios. Necesita la paz que sólo Dios ofrece, y si la pierde necesita urgentemente recuperarla para sentirse bien, y mientras no lo haga vivirá en ascuas.
El rey David describió ese estado: "Mientras callé, se  envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano." (Sal 32:3,4). Felizmente hay una solución a la que David se aferró. Como dice San Juan: "Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad." (1 Jn 1:9).
Todo aquel que lo haya experimentado sabe cómo el pecado pierde su sabor. Aunque todavía pueda atraerlo, a la vez, le repugna. Más le cuesta hacer el mal que no hacerlo. Y si cae, se siente pésimo, indigno. Porque hay ahora una fuerza en él, una nueva vida que lo capacita, que no viene de él mismo sino de Dios.
Si tú eres esclavo de algún vicio, o de algún pecado que te degrada y que está destrozando tu vida; o simplemente, si estás llevando una vida espiritual mediocre, sin brillo, que no te satisface, sin gozo ni esperanza, y quieres conocer algo mejor, vuélvete a Dios en lo interno de tu corazón, contemplando la cruz de Cristo que murió por ti, y pídele que te ayude, que te perdone todo aquello que reconoces que estuvo mal. Pídele que te dé una nueva vida, como sólo Él puede dar, que entre en tu corazón como tu Salvador y que nunca salga y que renueve todo tu ser.
Si tú le hablas así con toda sinceridad, con toda tu alma y toda tu voluntad, Él responderá a tu llamado y entrará en ti y su espíritu se unirá al tuyo para renovarte enteramente. Dios hará el milagro de regenerarte y hacer de ti una criatura nueva.
No hay acontecimiento más importante en la vida del ser humano que el momento en que nace de nuevo. Entre el inicio de su vida y su final, el nuevo nacimiento es lo que decide el curso de su existencia y, en buenas cuentas, el lugar en donde estará por toda la eternidad. Como dijo Jesús "Si alguno no nace de nuevo... del agua y del espíritu... no entrará en el reino de Dios." (Jn 3,5).
Nota 1. El presente del indicativo en griego expresa una  acción continua, repetida o acostumbrada. En español el tiempo presente no precisa si se trata de una acción única, o una acción continua o repetida.
NB: Esta charla radial fue escrita el 16 de abril de 1998, y publicada por primera vez en setiembre del 2005.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me  arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#892 (02.08.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución  #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

ANOTACIONES AL MARGEN XLI

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
ANOTACIONES AL MARGEN XLI

  • v  Yo estoy convencido de que Dios me ama y de que nada, nada puede hacerme realmente daño, porque Él me cuida, y de que si paso por algunas pruebas, es porque las necesito, y que su amor por mí las ordena.
  • v  Un salmo dice: "Le concediste los deseos de su corazón." (21:2) Sí, Él puede convertir en realidad nuestros sueños.
  • v  ¿Cómo podemos probarle a Jesús que le amamos? Haciendo su palabra y ayudando al prójimo.
  • v  Como todo en la vida, la recompensa tiene también su hora.
  • v  Si yo soy consciente de mi impotencia y deploro mi debilidad, el que es Omnipotente y fuerte vendrá a socorrerme y a suplir mis deficiencias;
  • v  Jesús nos conoce a fondo, pero nuestra miseria no le repugna, sino le atrae para remediarla.
  • v  Si Dios nos diera de inmediato lo que le pedimos seríamos unos engreídos. Pero cuando hemos crecido en la fe, responde rápido a nuestra oración.
  • v  Cuando nos ocupamos de las cosas de Dios, Él se ocupa de las nuestras.
  • v  Para el que la recibe con fe, la palabra de Dios le es provechosa. Pero al que la desprecia, también le sirve...para condenación.
  • v  ¿Dónde está Dios? En la profundidad de nuestro corazón, en las interioridades de nuestra alma, a las cuales nunca llegamos porque estamos demasiado agitados. Pero allí debemos buscarlo para que nos hable.
  • v  Entre Dios y el hombre las convenciones y apariencias del mundo no cuentan. Sólo la verdad.
  • v  Los que crucificaron a Jesús están vivos todavía, y no dejan de atacarlo. Le tienen un odio a muerte que Satanás incita. Pero nosotros con nuestra fidelidad podemos levantar un escudo que desvíe su furia y proclame Su victoria.
  • v  Nosotros tendemos a despreciar y condenar a los pecadores. Pero Jesús no vino a condenar a los pecadores sino, a buscarlos. No vino por los justos. Y dijo además que había más fiesta en el cielo por un pecador que se convierta que por 99 justos (Le 15:7).
  • v  Cuando uno se arrepiente. Dios perdona. Pero el arrepentimiento debe ser a la medida del pecado. Un pecado grande exige un arrepentimiento también muy grande para que Dios lo tenga en cuenta.
  • v  Nosotros amamos a Jesús con toda nuestra alma (decimos), pero deseamos aplazar el día del encuentro definitivo con Él, porque nos aferramos a esta vida con todo lo que ella involucra (nuestros bienes, nuestra familia, nuestras ocupaciones). En el fondo es porque amamos poco a Dios. Si lo amáramos realmente como decimos, suspiraríamos todos los días por el ansiado encuentro.
  • v  Todo el que ama, sufre; y el que ama a Dios, más todavía.
  • v  Todo el que ofende a Dios, se hace un gran daño a sí mismo, y muchísimo más, si no se arrepiente antes de morir.
  • v  Yo no quiero que me alaben. Basta con que Dios me apruebe.
  • v  Dios nos pide que muramos a nosotros mismos, lo que significa en parte renunciar a nuestros deseos personales.
  • v  ¡Qué cosa más difícil! Porque vivimos teniendo y satisfaciendo nuestros deseos personales. Nuestra vida no es otra cosa sino eso, un tejido de deseos personales satisfechos e insatisfechos.
  • v  ¿Qué será lo que me depara el porvenir? Lo que el Señor quiera. ¿Puedo yo desconfiar de Él? ¿Puedo yo desear para mí mismo algo mejor de lo que Dios desea darme?
  • v  ¿Cuál será el castigo de los que llamándose cristianos, y jactándose de sus títulos académicos, pervierten la doctrina de la iglesia, y enseñan cosas falsas que confunden a los creyentes?
  • v  El lujo en que muchos cristianos viven es un augurio de la modestia de su morada eterna, si se salvan. O de lo contrario, puede ser un anuncio del intenso fuego que los espera en el infierno.
  • v  La intención con que hacemos las cosas es el patrón con que se mide el valor ético de nuestros actos.
  • v  Nosotros poseemos a Dios - y somos poseídos por Él- en la medida en que lo amamos.
  • v  Jesús habita en todos los creyentes, pero nos hace sentir su presencia en mayor o menor medida, según sea la intensidad de nuestro amor.
  • v  Por respeto a su creación Dios deja libre al hombre de tomar sus propias decisiones, aunque le da normas y principios según los cuales debe y le conviene obrar. Según sea la rectitud de sus intenciones al obrar, será premiado o castigado.
  • v  ¿Qué tenemos que hacer nosotros? Tener la palabra de Dios en nuestro corazón, meditar en ella y asimilarla para que ella guíe nuestros pasos. Y luego, transmitirla a otros para que ellos hagan lo mismo. Proclamar a los cuatro vientos el poder del nombre de Dios y la fuerza invencible de su amor. Predicar el arrepentimiento que cambia el corazón del hombre y la necesidad de negarse a sí mismo.
  • v  Nunca debemos cansarnos de orar, porque la oración todo lo puede.
  • v  En verdad el pecado ha intensificado sus armas en los últimos tiempos y ha renovado su ofensiva contra las almas incautas, a las que ciega con sus halagos engañosos para llevarlos al infierno.
  • v  Nadie puede vivir sin Dios y menos los incrédulos. Incluso los que no creen en Dios, los que niegan su existencia, o lo insultan o lo blasfeman, viven por el aliento de vida que Dios les da y es Él quien los sostiene. Viven gracias a Aquel cuya existencia niegan o abominan. Eso es algo trágico y a la vez, grotesco.
  • v  ¿Qué se puede hacer para salvar de su engaño a aquellos que Satanás ha cegado y endurecido? ¿A los que corren hacia al abismo y que, en la práctica, aunque no lo sepan, han vendido su alma al diablo? Orar, orar por ellos, y confiar en la misericordia de Dios.
  • v  No seamos duros con los pobres, incluso cuando los ayudamos, porque Jesús está en ellos. No sea que algún día Él nos diga: Tuve hambre y me diste de comer, pero me lo diste de mala gana y humillándome.
  • v  El sufrimiento que debe ser aceptado es el que sólo Dios puede aliviar, porque viene de Él.
  • v  A veces pasamos por sufrimientos cuya causa desconocemos y que rechazamos, porque honestamente creemos que no los merecemos. Pero el que sufre pensando en los sufrimientos mucho mayores y más injustos de Cristo, gana un gran tesoro para el cielo, porque se hace semejante a Él.
  • v  En la práctica los seres humanos nos comportamos como lobos hambrientos unos con otros, y no sólo los asaltantes, o los soldados en el fragor de la batalla. También muchos empresarios "decentes" se comportan así con sus clientes, y no están satisfechos si no los esquilman y despedazan con sus dientes para enriquecerse.
  • v  "El mal sólo puede ser vencido por el amor". Gran verdad. De ahí que se nos exhorte a no devolver mal por mal, sino bien por mal.
  • v  La bondad, la generosidad, la pureza son escasas en nuestro mundo que ha perdido su verdadero centro, porque esas virtudes se marchitan en la persona egocéntrica, egoísta, y todo en ella gira en torno de sí misma y no de Dios.
  • v  En efecto, el fondo de muchas almas es semejante a una cloaca, y muchas veces, por desgracia, sale a flote, y contamina a otros.
  • v  Cuanto más pequeños seamos, esto es, menos orgullo haya en nosotros, mayor será el fruto de la palabra de Dios en nuestra alma, mayor respuesta suscitará, mejor la comprenderemos. En cambio el orgullo hace que nuestra mente no entienda lo que Dios dice, o lo entienda mal, o limitadamente. Es inevitable que así sea, porque el orgullo hace que Dios nos mire de lejos.
  • v  ¿Cómo guía Su corazón a mi corazón? Inspirándole sentimientos semejantes a los Suyos. ¿Y Su espíritu a mi espíritu? Inspirándome ideas basadas en las Suyas. ¿Y Su mano a mi mano? Guiándome para que actúe como Él actuaría si estuviera en mi lugar. Pero en muchas ocasiones mi reacción natural es demasiado humana y carnal, y no se asemeja en nada a Él.
  • v  Jesús dijo: "El que no es conmigo, contra mí es." (Mt 12:30) No hay término medio. Son actitudes totalmente diferentes, que llevan también a resultados opuestos. Proverbios dice que el impío se apresura con los pies para hacer lo que al final será para su daño (6:18), aunque momentáneamente le acarree alguna ventaja.
  • v  ¡Qué cierto es que los que están sólo ocupados en gozar de la vida no tienen mente ni ojos para las cosas superiores, espirituales! ¡Cuán grande y amarga será la sorpresa que se llevarán cuando descubran que éstas eran las que valían la pena, porque son duraderas, mientras las que los tenían ocupados eran pasajeras!
  • v  El amor que sentimos unos por otros nos protege de la justicia divina, porque Dios se goza en la unidad de los hermanos.
  • v  Así como los padres se gozan satisfaciendo los deseos de sus hijos. Dios, que es un padre infinitamente más amoroso que los mejores padres humanos, se goza satisfaciendo nuestros deseos, y si no los colma todos, es porque nos conoce y sabe cuáles son nuestros límites.
  • v  Es más fácil ceder a la tentación que vencerla, pero las consecuencias pueden ser fatales.
  • v  ¿Qué mejor regalo podemos hacerle a Jesús que un alma que se convierta y empiece a amarlo? Aunque Él es Dios y lo tiene todo. Él está ansioso de que le hagamos tales regalos.
  • v  Él es en verdad como un mendigo que estira su mano pidiendo una limosna de almas que aún no lo conocen. ¡Cuánto nos cuesta dársela! ¡Pero cómo seremos recompensados si lo hacemos!
  • v  Lejos de Dios para siempre hay un sufrimiento infinito; cerca de Él, un gozo eterno.
  • v  En verdad, la sensualidad destruye al alma, y le corta las alas para volar hacia su Creador.
  • v  Por muy indignos que seamos, Jesús nos ofrece siempre su perdón y se regocija en dárnoslo.
  • v  Jesús está intensamente involucrado en la vida de los que lo aman sinceramente. Él ama, se goza y sufre con ellos, y toma parte en todo lo que hacen, menos, naturalmente, en el pecado.
  • v  A todos ha asignado el Señor un lugar y una tarea. El éxito en la vida depende de cuán bien se asuma esa tarea y con cuánta responsabilidad se lleve a cabo.
  • v  Los hombres somos como árboles que damos fruto de acuerdo a nuestra calidad, o a nuestra naturaleza. Según sea el árbol, como dijo Jesús, da buen o mal fruto. Pero la mayoría son árboles malos o, siendo buenos, tienen el tronco carcomido de gusanos.
  • v  Sólo Jesús es verdadero, porque todos los seres humanos, aun los mejores, somos más o menos falibles.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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viernes, 26 de agosto de 2011

LA INQUIETUD DE ZAQUEO I

Por José Belaunde M.


A PROPÓSITO DE LUCAS 19:1-10
(Transcripción de una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”)

Todos conocen, creo yo, al personaje de Zaqueo. ¿Saben ustedes quién fue Zaqueo? Alguien a quien lo habían saqueado, ¿no es cierto? Por eso se llama Zaqueo. Ah no, no fue por eso, sino a causa de su pequeña estatura. ¿Tampoco fue por eso? Bueno… Lo curioso del caso es que el nombre de Zaqueo quiere decir “puro”, y se parece a la palabra hebrea zadiq, que quiere decir “justo”. Así que él era un hombre puro, es decir que como él era recaudador de impuestos, él era puro dinero, puro cobro, puro impuesto.



Pero veamos lo que el libro de Lucas dice acerca de él:


“Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí.” (Lc 19:1-4).


Estas palabras sirven de introducción al pequeño episodio que nos narra Lucas. Nos dicen que Zaqueo era un hombre rico, como lo somos todos nosotros, al menos en espíritu. Él cumplía una función pública necesaria, muy importante en el ordenamiento social de ésa y de todas las épocas. Porque ¿cómo se podría vivir en el Perú, imagínense, sin la SUNAT? Imposible. Sin la SUNAT no podría existir el país, no existiría la administración pública si no contara con los fondos que la SUNAT recauda.


Pues bien, Zaqueo formaba parte de la SUNAT en el Israel de entonces. Mejor dicho, él era un representante de la SUNAT romana, porque era recaudador de impuestos -que es lo que la palabra “publicano” quiere decir- por cuenta del Imperio Romano.


A él le había costado mucho llegar a ser no solamente publicano, sino ser jefe de publicanos (que es lo que la palabra griega architalones, que figura en el original quiere decir), porque entonces era costumbre –y lo siguió siendo durante mucho tiempo- que esa clase de cargos se vendieran al que pagara más por ellos, por lo que se esperaba que los publicanos, mediante su oficio, se resarcieran de su inversión con parte de lo que cobraban.


Ese era el motivo por el cual la gente no los quería. Los publicanos eran muy mal vistos en todo el Imperio Romano por sus frecuentes abusos. En la sociedad judía de esa época eran considerados traidores a su pueblo, porque colaboraban con el dominador extranjero. En el caso de los judíos el rechazo era agravado por su contacto frecuente con los gentiles y por el hecho de que trabajaban en sábado.


La palabra “publicano”, como vemos en los evangelios, era en la práctica sinónimo de pecador. Por ese motivo le reprochaban a Jesús que andara con los publicanos. Los fariseos se decían, ¿cómo es posible que este hombre, que dice ser profeta, y justo, ande con pecadores, esto es, con prostitutas y publicanos? Los judíos piadosos no se juntaban con esa clase de gente a quienes despreciaban. ¡Hasta ahí no más, de lejos! No querían saber nada con ellos.


Sin embargo este hombre pecador, que vivía a espaldas de Dios, tenía una inquietud espiritual en su alma, que hacía que se interesara por ese profeta de quien había oído hablar, y al que seguían las multitudes porque hacía milagros; por ese hombre que era llamado por algunos “Hijo del Altísimo”. Entonces cuando Jesús llegó a Jericó, él inmediatamente se propuso ir a ver a este personaje de quien todo el mundo hablaba y que tanto lo intrigaba.


Esto es interesante. A veces las personas más inesperadas tienen una inquietud secreta por las cosas de Dios. Nosotros no debemos descartar a nadie, por indigno o despreciable que nos parezca, porque aún en el más grande pecador, aún en el mayor pecador público, puede haber una pequeña semilla de deseo, o ansia, por conocer a Dios. Dicho de otro modo, hay un vacío en su alma que ni el dinero, ni la posición, ni los placeres, pueden llenar. San Agustín dice que en el interior de todo ser humano hay un hueco que tiene la forma de Dios, y que solamente Dios puede llenar.


Pues bien, Jesús había entrado a la ciudad de Jericó yendo de camino a Jerusalén. Él iba a sabiendas, plenamente consciente de que iba para ser enjuiciado, para ser torturado, y para ser llevado a la cruz. Él no evade su destino, sino, como dice Lucas en otro lugar, Él “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lc 9:51) a cumplir su destino, la misión para la cual había venido a la tierra.


Pero a pesar de que Él estaba yendo a afrontar la gran prueba de su crucifixión y muerte, Él seguía estando deseoso de salvar a todas las almas que pudiera. Él intuye en su espíritu que hay en esa ciudad un gran pecador que tiene necesidad de ser salvado. Al entrar a Jericó, que todavía estaba lejos de Jerusalén, Él sabía que tenía que alojarse donde alguien antes de partir al día siguiente prosiguiendo su viaje. Como Dios lo tiene todo perfectamente calculado, tal como ese detective de la televisión que ustedes recuerdan seguramente, que decía tenerlo todo perfectamente calculado, y luego todo le salía mal. Sólo que Dios lo tiene todo perfectamente calculado, pero todo le sale muy bien, porque Él nunca se equivoca.


En este caso Jesús iba a resolver simultáneamente dos necesidades, iba a cumplir dos propósitos. Uno, encontrar una casa donde Él y sus discípulos pudieran alojarse esa noche; y dos, salvar a ese pecador que tenía necesidad de Dios. Jesús, como buen cazador y Maestro, iba a matar dos pájaros de un tiro y resolver dos problemas a la vez.


Pues bien, Zaqueo trataba de ver a Jesús en medio de la multitud, pero como era pequeño de talla no alcanzaba a verlo. (Nota). Jesús subía por una calle que, siendo al inicio ancha, se iba estrechando poco a poco, y Zaqueo hacía esfuerzos por empinarse pero no alcanzaba a verlo.


Ahora yo me digo, ¿cuántos hombres y mujeres de talla pequeña tienen una necesidad de Dios tan grande, tan grande que no les cabe en el cuerpo, y por eso se agitan, y por eso van de aquí a allá, buscando a Dios a veces equivocadamente en lugares donde no se le encuentra? Sabe Dios a dónde habría ido Zaqueo antes para calmar esta inquietud. Ahora él trataba de ver a Jesús, intrigado por el personaje, pero la multitud se lo impedía. Muchas veces ocurre que las multitudes y los atractivos del mundo impiden que las personas que buscan confusamente a Dios, que tienen una sed sincera de Él, lo encuentren. Quizás eso nos ocurrió a nosotros, que en una época buscábamos a Dios, pero los atractivos del mundo nos jalaban de un lugar a otro, nos llevaban de aquí para allá y no podíamos arribar al puerto que aspirábamos, hasta que llegó el momento de Dios. Eso es lo que iba a pasar con Zaqueo.


Mientras trataba sin éxito de ver a Jesús, Zaqueo vio que más adelante en la calle por la cual caminaba Jesús lentamente, rodeado de la multitud que no le dejaba avanzar, había un árbol. Ahí vio su oportunidad. Corrió entonces y se subió al árbol para ver a Jesús cuando pasara. Por lo menos podría ver su cabellera, o sus hombros, y quizá hasta su cara.


En su afán de ver a Jesús, Zaqueo no escatimó hacer algo que era indigno de la posición que él ocupaba: subirse a un árbol como cualquier hijo de vecino. Al hacerlo Zaqueo se exponía al ridículo. ¿Estamos nosotros dispuestos a exponernos al ridículo, a que se burlen de nosotros, por buscar a Cristo, por servirlo? El rey David no temió exponerse al ridículo, danzando delante del arca de Jehová, cuando la traían en triunfo a Jerusalén, a pesar de que su esposa Mical su burló de él (2Sm 6:14-23).


Lucas continúa narrando: “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, donde estaba Zaqueo, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. Entonces él descendió aprisa, y le recibió en su casa gozoso.” (Lc 19:5,6).


Jesús avanza rodeado de sus seguidores. Camina lentamente. Se detiene bajo un árbol sabiendo que alguien está ahí arriba, esperándolo. Levanta la vista y le habla al hombre que está ahí subido como un mono en el árbol: “¡Zaqueo date prisa! ¡Baja pronto! Porque yo voy a alojarme esta noche en tu casa.”


Zaqueo debe haberse quedado atónito, sorprendido. ¡Hey! ¿Cómo sabe él mi nombre? ¿Cómo sabe cómo me llamo? ¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo es eso? ¿Cómo sabe que yo tengo deseos de verlo? ¿Y cómo sabe Él que yo tengo una casa grande como para poder alojarlo? ¿Quién se lo ha contado? ¡Ah! ¡Con razón es profeta, pues! ¡Era verdad lo que decían! ¡No era falso!


Sin embargo, Zaqueo tiene también que haberse dicho: ¿Y cómo es que este santo profeta me hace a mí, que soy un pobre pecador, el honor de venir a alojarse en mi casa? ¿A mí que soy un hombre indigno? ¡Cómo es posible!


Yo imagino que todos esos pensamientos deben haber pasado por la mente de Zaqueo cuando iba corriendo a su casa para llegar rápido y darle órdenes a su mujer y a los sirvientes que preparen las cosas para recibir a Jesús dignamente. Quizá también para prepararle un banquete a Él y a sus discípulos.


Yo me imagino que mientras Zaqueo corría, las lágrimas le bañaban el rostro. La emoción que él sentía de que Jesús le hubiera hablado cuando menos lo esperaba, y encima que Jesús hubiera sabido su nombre, y que él quería verlo, le aceleraba los latidos del corazón. ¡Y que Jesús todavía le dijera: “Yo voy a quedarme en tu casa esta noche!”


¿Cómo es posible? Zaqueo llegó a su casa hecho un hombre diferente. Por lo que viene enseguida, vemos que en el camino él había sido cambiado. Una mirada de Jesús, cuatro palabras suyas, habían sido suficientes para transformarlo, para hacer de él una persona nueva. Podemos decir sin temor a equivocarnos que Zaqueo había nacido de nuevo en esa hora, y que al llegar a su casa él era otro hombre, ya no era el mismo Zaqueo de antes. Miren, cómo son las cosas: Una sola mirada de Jesús, una sola palabra de Jesús, tiene el poder de cambiar a las personas.


Nosotros sabemos que pocos hombres tienen el corazón más duro que los avaros, que los que aman el dinero, y que ellos son las personas más difíciles de convertir al Señor. Pero aquí había sucedido un milagro: El publicano Zaqueo había sido súbitamente cambiado por la gracia de Dios.


Continúa la palabra: “Al ver esto, todos murmuraban, (es decir, muchos que estaban ahí alrededor) diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador.” (vers. 7) ¡Cómo es posible que ese milagrero, que se jacta de ser un profeta y un hombre santo, entre a la casa de un desvergonzado como ése! Siempre hay personas que critican lo que Dios hace, que no están de acuerdo, que son más sabios que Dios. ¿Pero qué sabe esa gente de los propósitos de Dios? ¿Qué sabe esa gente, que se cree justa y santa, de la misericordia divina para los pecadores?


Los que critican a Jesús no tendrían reparos en dejar que Zaqueo se condene. Lo condenan en vida por sus actos pero no tienen misericordia de su alma. Lo que distingue a Jesús de sus adversarios que se justifican a sí mismos, es que no tienen compasión por los perdidos. Pero Jesús no actúa de esa manera. Él no trata de contentar a los que se creen buenos. Lo que Él hace es buscar a los que tienen necesidad de Él, quienes quiera que sean, donde quiera que estén, cualquiera que sea su estado. Él busca al ladrón, busca a la prostituta, busca al drogadicto, y va a buscarlos al huarique más infecto si es necesario. Así obra Jesús. Por eso no tuvo miedo de entrar en la casa de un pecador al cual la sociedad piadosa de su tiempo desechaba por ser un traidor a su patria, un colaboracionista. Jesús busca a los que tienen necesidad de Él, dondequiera que se encuentren, en el rincón más escondido, no importa dónde sea y no importa lo que la gente piense de ellos. No hay nadie que sea tan indigno, o menospreciado, como para que Dios no tenga compasión por él.


¿No podemos nosotros afirmar algo semejante de nosotros mismos? Cuando nosotros nos convertimos al Señor ¿éramos acaso unos santos? A ver que levante la mano el mentiroso o la mentirosa que lo afirme. ¿Quién merecía que Dios se compadeciera de él? ¿Dónde está el santo? Todos nosotros habíamos pecado, y todos estábamos destituidos de la gloria de Dios (Rm 3:23); así los grandes como los pequeños, los famosos como los desconocidos, los sabios como los ignorantes, porque todos tenemos una cosa en común, y esa es que somos pecadores. Eso nos distingue a todos.


Pero preguntémonos también: ¿Solemos tener nosotros compasión de los miserables, de los marginados, como la tenía Jesús? ¿Estamos dispuestos a hablarles, a trabar amistad con ellos?


“Entonces Zaqueo, (al llegar Jesús a su casa) puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” (vers. 8). (Continuará)




Nota: Aristóteles dice que los hombres de talla corta suelen tener un alma magnánima, porque la fuerza de su alma, estrechada en un cuerpo pequeño, se focaliza y agudiza.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a hacer una sencilla oración como la que sigue, arrepintiéndote de tus pecados y entregándole tu vida a Jesús:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#688 (14.08.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).