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lunes, 30 de septiembre de 2024

LA TEMPLANZA Parte 4

LA TEMPLANZA

Parte 4

Muchas personas se convierten en cargas difíciles de soportar para otros a causa de un genio difícil o no controlado. Hay un proverbio que dice "Gotera continua son las contiendas de la mujer", (Pr 19:13b), pero los malhumores del hombre pueden ser más duros de soportar para ella y para sus hijos. El que no controla sus arrebatos pierde autoridad ante los suyos. Notemos, en cambio que el que se domina irradia autoridad.


jueves, 13 de octubre de 2016

ANOTACIONES AL MARGEN XLIV

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde
ANOTACIONES AL MARGEN XLIV

v  ¿De qué sirve el conocimiento sin el temor de Dios? De nada o de poco porque será mal empleado, o al  menos no en las cosas que más importan porque son eternas. Peor aún, el conocimiento sin temor de Dios puede ser empleado sin escrúpulos para el mal, como hemos visto en la historia reciente tantas veces.
v  El conocimiento aumenta nuestra responsabilidad.
v  El que se conoce bien a sí mismo sabe que hay en él muchas más cosas que merecen ser criticadas que elogiadas.
v  Es imposible buscar el reino de Dios y su justicia si se ama al mismo tiempo al mundo.
v  El egoísmo, el personalismo, nos quitan la paz, porque no admiten competencia, ni sufren que nadie se levante por encima de ellos.
v  Si eres virtuoso, no pienses mejor de ti mismo de lo que es razonable (Rom 12:3), no sea que Dios te deje caer para hacerte volver a la realidad.
v  Si el pensamiento es consentido, despierta el deseo que compele a la acción.
v  Dios dosifica las tentaciones a las que somos sometidos.
v  Por medio del amor sobrenatural (agápe), o gracias a él, adquirimos la verdadera sabiduría, porque ese amor nos une a Dios, que es la sabiduría misma.
v  Dar limosna al pobre sin amor, tiene poco mérito a los ojos de Dios. Es casi como botar el dinero al desagüe.
v  Mi oración diaria debería ser: “Ayúdame Padre a ser perfecto como tú eres perfecto.” (Mt 5:48). Y también: “Que tu sangre, Jesús, me limpie de toda mala intención.”
v  Debemos aborrecer el pecado, si se pudiera, tanto como Dios lo aborrece.
v  Esta es una idea fundamental: Tratar de ser hoy tal como quisiera que me sorprendiera algún día la muerte.
v  Si no vivo todas las horas del día amando a Dios, estoy perdiendo el tiempo.
v  Si no muero al mundo y a mí mismo, no puedo vivir para Dios.
v  Al que es manso y humilde de corazón como Jesús, más que la ofensa o el daño que pueda sufrir por culpa de otro, le duele el daño que el agresor se hace a sí mismo, y ora por sus enemigos sabiendo que no saben lo que hacen.
v  El que se entromete en asuntos ajenos sin ser solicitado pierde la paz del espíritu, porque se carga de problemas sobre los que no ejerce ningún control.
v  Si yo quiero alcanzar a Dios y hacerme uno con Él, tengo que renunciar a todo lo que no es Él. ¿Pero cómo renunciar a las cosas de las que mi vida depende? Pablo sugirió la solución: Comprando como si no comprara, poseyendo como si no poseyera…(2Cor 6:10)
v  Lo que te molesta en otros, trata de evitar en ti.
v  Es mejor nunca hallar falta en los demás, sino en uno mismo.
v  Nosotros no solemos ser conscientes del daño que hacemos a otros por nuestras malas decisiones. Pero, en contraparte, todos sufrimos las consecuencias de las malas decisiones que a veces toman los que detentan el poder político, o de otro tipo.
v  Cuando actuamos mal, cuando pecamos, o nos dejamos llevar por el orgullo, o por la pasión, se oscurece la luz de nuestro entendimiento, y eso nos lleva a cometer nuevos errores.
v  Nada hay más cómodo que echarle la culpa a otros de nuestras fallas, o de sus malas consecuencias. Pero nada hay también más improductivo, porque de esa manera nunca aprendemos.
v  Este es el secreto de la vida cristiana: Hacerse uno con el Crucificado.
v  Aunque duela y lo rechacemos, el sufrimiento nos une a Cristo. ¡Cuántos encadenados a un lecho de dolor podrían ser consolados con este pensamiento!
v  Quisiera terminar citando estos pensamientos de dos de los más grandes padres de la Iglesia.
San Basilio el Grande (330-379), que fue un baluarte contra la expansión de la herejía arriana, escribió: “Un árbol es conocido por sus frutos; un hombre, por sus obras. Una buena obra nunca se pierde; el que siembra cortesía, cosecha amistad; el que siembra bondad, cosecha amor.”
Por su lado San Agustín (354-430), el más grande de los teólogos cristianos, escribió: “¿A qué se parece el amor? Tiene manos para ayudar a otros. Tiene pies para acudir donde el pobre y necesitado. Tiene ojos para ver la miseria y la necesidad. Tiene oídos para oír los suspiros y los lamentos de los hombres. A eso se parece el amor.”
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#915 (21.02.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).



miércoles, 10 de septiembre de 2014

LOS VALORES Y EL AMOR I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LOS VALORES Y EL AMOR I
De dónde viene esta palabra “valores”, por qué usamos la palabra “valores”, y qué tiene que hacer este concepto de “valores”, con lo que se enseña en la iglesia, es algo que queremos explorar sumariamente.

Sabemos lo que es el valor en el sentido de coraje. Es una cualidad muy importante, sinónimo de arrojo, de intrepidez. Es una cualidad que se halla detrás de muchos actos heroicos, de las grandes hazañas que el mundo admira, y de muchísimos actos de la vida diaria que sólo Dios conoce, pero que influyen positivamente en la vida de la gente, y que algún día recibirán su recompensa.
Pero la palabra “valores” en plural es una cosa diferente. Es una palabra que se usa en la Bolsa, que se llama precisamente “Bolsa de Valores”, y que se refiere a papeles, acciones, o documentos de deuda que se negocian en el mercado financiero. Pero nosotros no vamos a hablar de eso. La palabra “valores” es también un término de las matemáticas, y de las finanzas. Pero nosotros tampoco vamos a hablar de eso. Entonces ¿por qué hablamos de valores? ¿Y de qué clase de valores hablamos?
Pues bien, el hecho es que de un tiempo a esta parte se habla de valores en relación con la ética, con el comportamiento moral de las personas. Incluso se habla de “escala de valores”, y de una jerarquía de valores. Nosotros no sólo valoramos los bienes materiales, sino valoramos también las conductas de las personas. Si alguien ha tenido con nosotros un gesto amable, le decimos: “Yo valoro mucho el gesto que has tenido conmigo”. Le adjudicamos valor a las conductas, a los actos humanos.
Hace unos 200 años surgió una filosofía, una ética de los valores. Esa filosofía, cuyos conceptos han impregnado el mundo, ha hecho que esa palabra se convierta en un término muy común en el lenguaje usual. ¿De dónde viene?  Su origen se encuentra en el pensamiento del gran filósofo alemán de finales del siglo XVIII, de Emmanuel Kant, que escribió entre otros libros uno que alcanzó una gran resonancia, “La Crítica de la Razón Pura”, y en particular, en el terreno de la ética, otro titulado “Fundamentos de la Metafísica de las Costumbres”. De su pensamiento viene el concepto de valores. Los sucesores de Kant, los pensadores de la generación siguiente, Lotze en especial, tomando su pensamiento y su filosofía como base, construyeron lo que hoy conocemos como teoría de los valores.
Lo que ellos trataban de hacer era construir una ética o moral racional autónoma, independiente de la religión, independiente del concepto de Dios, independiente del cristianismo. Alguien podría quizá decir que se trataba de un intento de rebelarse contra Dios, pero no es el caso, sino fue más bien un intento honesto de plasmar en términos teóricos lo que eran los conceptos morales y éticos prevalecientes en esa época, que eran por lo demás fundamentalmente derivados del cristianismo y de la filosofía griega anterior a Cristo, pero prescindiendo de todo concepto religioso. De manera que no fue propiamente un intento de rebelarse contra Dios, pero sí una manera de mostrar que para los asuntos fundamentales de la existencia, el hombre era autónomo y podía manejarse sin la necesidad de acudir como referente a un Ser supremo.
Lo cierto es que, debido al creciente racionalismo que ha dominado al mundo de las ideas desde los tiempos de la Ilustración en el siglo XVIII, aunado al desarrollo espectacular de la ciencia, y al creciente agnosticismo, poco a poco esta filosofía de los valores ha ido prescindiendo cada vez más de la idea de Dios.
Como consecuencia esta filosofía, o ética de los valores, se ha ido apartando en la práctica de algunas nociones claves de la moral cristiana. Al comienzo consideraba a los valores como cualidades absolutas, tal como la verdad es algo absoluto, o el bien es algo absoluto. Pero los valores, objetivos en sí mismos, poco a poco se fueron convirtiendo, por la obra de muchos pensadores agnósticos, en valores subjetivos, personales, relativos, al punto de que hoy vivimos en una época en que impera el relativismo en el terreno de la moral. Tú dices que esto está bien, pero eso es de acuerdo a tu manera de pensar, a tu escala de valores, que yo respeto. Pero yo tengo mi propia escala de valores que es diferente de la tuya, y que tú debes también respetar.
Recuerdo que hace años un candidato presidencial, al comienzo de su campaña electoral, habló de que cada uno tenía su propia escala de valores. Es decir, como si cada cual pudiera formular un patrón de conducta personal adaptado a su gusto, a sus preferencias, a su conveniencia y a su idiosincrasia. Naturalmente eso es absurdo, aunque muchos piensan así.
Es como si dijéramos que en nuestro país las leyes no fueran válidas para todos. Como si, por ejemplo, la ley que manda pagar un impuesto del 19% sobre las ventas, no fuera aplicable a todos los comerciantes y empresas, sino sólo a los que quieran acatarla. El que quiere pagar sólo una tasa del 16%, paga el 16%; el que quiere pagar 12%, paga 12%; y el que no quiere pagar nada, no paga nada, porque cada cual tiene derecho a establecer su propia ley. ¿Funcionaría así el estado? ¿Podrían funcionar así el país y la administración pública con su compleja organización presupuestal? No podría. La ley es una para todos. De igual manera las normas morales no pueden sino ser una para todos, si queremos vivir en paz con nosotros mismos, y en armonía con los demás. De lo contrario el capricho y la arbitrariedad imperan.
¿Qué cosa son los “valores” en términos de la ética? En realidad los pensadores no se ponen de acuerdo para definir qué son los valores, y existe una gran cantidad de definiciones, algunas coincidentes, otras divergentes. Pero podríamos decir generalizando, y resumiendo las opiniones prevalecientes, que los valores son ciertas cualidades que adjudicamos a la forma cómo la gente se comporta y a los ideales que rigen su conducta (Nota). Valoramos la conducta de la gente de acuerdo a esos conceptos abstractos de valores. Por ejemplo, podríamos decir que en una escala de calificación ideal de 1 a 5, asignaríamos una nota determinada a la forma cómo una persona se conduce respecto de la bondad, y diríamos que una persona es realmente bondadosa si recibe una calificación de por lo menos 4 ó 5. Si sólo recibe una nota de 1 ó 2, diríamos que no es bondadosa, o que es poco bondadosa. Eso parece un poco complicado, y la filosofía es complicada.
Pero en realidad lo que hoy día llamamos “valores” no es otra cosa sino un nuevo término para un concepto muy antiguo conocido nuestro. Los valores no son otra cosa sino las virtudes a las cuales el mundo moderno ha dado el nombre de valores, aplicando a la ética términos y conceptos que provienen de la economía, en la que se valoran los objetos y los bienes de acuerdo a factores que la economía considera válidos. Pero hay una diferencia importante, como veremos enseguida.
Ahora bien, ¿por qué hablamos nosotros en la iglesia de valores? Por una razón muy sencilla y práctica. El término “valores” se ha impuesto en el mundo y la gente sabe de qué se está hablando cuando se habla de ellos. Usar el término valores nos permite a nosotros los cristianos encontrar un terreno común con la manera de pensar del mundo y, al mismo tiempo, introducir en nuestra conversación con ellos, nociones y conceptos que vienen de la palabra de Dios, de la Biblia.
Hay una moral del mundo y hay una moral cristiana, y nosotros debemos estar en condiciones de distinguir entre una y otra para no dejarnos influenciar por la primera, que, en muchos casos, es abiertamente contraria a la segunda. La moral del mundo pretende obtener determinados resultados positivos en la forma cómo la gente en general se comporta para que haya orden y equilibrio en la sociedad. La moral cristiana la constituyen principios y normas que proceden de la palabra de Dios y, por tanto, quiere moldear nuestro carácter y nuestra conducta a la semejanza de Cristo, que es una meta hacia lo cual todos nosotros debemos tender.
Cuando se habla de valores comparándolos con las virtudes, es necesario tener
en cuenta una distinción fundamental, y es que los valores están en la mente; son conceptos abstractos que no influyen necesariamente en la conducta de la gente, no cambian necesariamente su manera de ser en un sentido positivo. Hay gente que tiene un concepto de valores muy alto, que tiene un alto concepto de la honradez, por ejemplo, pero que en la práctica son unos corruptos; personas que hablan de la honestidad, o de la pureza de pensamientos, pero que son deshonestas y lujuriosas. Una cosa es tener valores en la mente, como quien tiene en su casa objetos valiosos, o una colección de cuadros de pintores famosos, y otra cosa es practicar las virtudes. Los valores son algo que se puede tener, pero las virtudes no se “tienen”. Las virtudes se practican. Las virtudes no se aprenden como conceptos en un libro, tal como ocurre con los valores, sino se aprenden en la vida práctica, incorporándolas a nuestra manera de ser, practicándolas. Y así como solamente se aprende a nadar nadando, solamente se puede adquirir las virtudes ejercitándose en ellas. No creo que se pueda aprender a nadar asistiendo a un salón de clase donde hay una figura humana, y le explican a uno las leyes de la física que permiten a los cuerpos flotar en el agua. Por mucho que uno estudie eso, uno no aprende a nadar. Pero si lo tiran a uno a la piscina y en la piscina no tiene piso, uno aprende a nadar a la fuerza para no ahogarse.
De igual manera, repito, las virtudes no son conceptos que se puedan aprender de los libros como teoría, sino se adquieren practicándolas, hasta que se conviertan en hábitos. Entonces cuando hablamos de valores debemos tener en cuenta que los valores adquieren significado real para el hombre sólo cuando se hacen carne en la vida de la persona, cuando los asimilamos, cuando se convierten en parte de nuestra existencia, de nuestro carácter. Es decir, en suma, cuando se convierten en virtudes.
Quisiera dar un ejemplo práctico. Hace un tiempo llegó al aeropuerto limeño un extranjero a quien se le extravió mientras hacía sus trámites, una billetera con $3,000 en billetes. La billetera fue encontrada por un joven que trató de alcanzar al pasajero antes de que saliera del recinto, pero no pudo, por lo que se acercó a un policía y juntos fueron a entregarla a la oficina de objetos perdidos del aeropuerto. Como en la billetera figuraba la dirección electrónica del pasajero le enviaron un correo, avisándole que su billetera había sido encontrada. Y así le fue entregada sin que le faltara un billete. El hombre agradecido hizo público su reconocimiento al joven que la había encontrado y devuelto.
Pero los amigos de ese joven le dijeron: ¡Qué estúpido eres, qué tonto! Si nadie sabía que tú habías encontrado esa billetera, ¿por qué no te quedaste con ella? Eres un mongo.
¿Qué significa esto? Vemos acá un contraste de valores. Para ese joven, la honestidad es un valor absoluto que determina su conducta, pero para los que criticaron su acción, la honestidad, en el mejor de los casos, es una palabra bonita que no influye en su conducta, porque lo que vale para ellos es el dinero contante y sonante, y cualquier forma de adquirirlo es válida. Según ese criterio el que entrega algo que se ha perdido es un tonto. El valor verdadero para esa gente consiste en ser vivo, mosca, como se dice.
Nosotros vivimos en un mundo en que la gente trata de ser viva, despierta, y como todos tratan de ser vivos al mismo tiempo a costa del otro, del prójimo, del vecino, la consecuencia es que todos vivimos aprovechándonos unos de otros. Finalmente todos sufrimos un perjuicio, porque todos nos quitamos algo, nos robamos algo del otro. A la larga todos perdemos, aparte del hecho de que la vida así no es nada agradable, si tenemos que estar pensando todo el tiempo en evitar que se aprovechen de nosotros. Vivimos a la defensiva, temiendo que alguien nos quite lo que es nuestro, o que se van a aprovechar de nosotros. Así no podemos vivir contentos.
¡Pero qué diferente es cuando todos podemos confiar unos de otros! Si todos fueran como ese joven que devolvió sin dudar la billetera con 3,000 dólares, y si todos supiéramos que la mayoría de la gente es así (como lo son en el Japón, por ejemplo, que sin embargo, no es un país cristiano), hacer negocios sería muy fácil, porque nadie se aprovecharía de nadie. No tendríamos incluso necesidad de firmar contratos, porque la palabra dada tendría el valor de un contrato firmado.
En otras palabras, los valores le dan calidad a la vida, mientras que la perversión de los valores, el desdén por los valores, se la quita. La perversión de los valores trae como consecuencia que no se respete los derechos ajenos, sino que, al contrario, se abuse del prójimo, y sobre todo, del desprotegido. Y ése puede ser cualquiera de nosotros.
Ahora bien, aun sabiendo que el término y la filosofía de los valores viene del mundo, nosotros podemos usar esa palabra e incorporarla a nuestro vocabulario, concientes de que nos permite hablar en el lenguaje que usa la gente del mundo, gente a la que si le habláramos de virtudes, o le habláramos de conceptos que vienen de la Biblia, como el amor al prójimo, nos rechazaría, porque dicen que no quieren saber nada de las cosas de la religión. Pero si les hablamos de valores, estamos hablando de ética, algo que es respetable, muy diferente, de lo cual sí está dispuesta a hablar.
Hay una ética de las profesiones, hay una ética del periodismo, hay una ética del gobierno, hasta una ética del Congreso. Pero ¿cuál es el valor de los valores? ¿Cuál es el valor supremo en la vida? ¿Alguien tiene idea? En relación con las cualidades que hemos mencionado antes, ¿cuál es el valor de los valores, la cualidad de las cualidades, la virtud de todas las virtudes? De eso vamos a hablar en el artículo siguiente.
Nota. Un conocido diccionario inglés da la siguiente definición de la palabra “valores”: Principios sociales, metas o “estándares” mantenidos por un individuo, o por una clase, o por la sociedad, etc. Aquello que es deseable, o digno de estima en sí mismo; aquella cosa o cualidad que tiene un mérito intrínseco.
NB. El texto de este artículo y de los dos siguientes del mismo título, está basado en la trascripción de una conferencia dada en la sede de la IACYM de Tacna, el 26.06.03 en el curso de un seminario sobre valores.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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martes, 2 de noviembre de 2010

SIMPLICIDAD

Por José Belaunde M.

"Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con simplicidad (1) y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo y mucho más con vosotros." (2Cor 1:12)

Una de las virtudes más celebradas de la espiritualidad antigua es la simplicidad. ¿En qué consiste la simplicidad cristiana? En no tener otro propósito en la vida sino agradar a Dios y que esa sea la finalidad de todos nuestros actos.

La historia de Marta y de María es ejemplar en este sentido. El propósito de Marta, tal como aparece en la narración de Lucas, era digno de encomio: Ella quería atender a Jesús como huésped de la manera más apropiada.

Pero Jesús la reconvino suavemente: "¡Marta, Marta! Estás preocupada de muchas cosas..." (Lc 10:41).

¿Cuáles serían? Que los cubiertos y el mantel estén bien limpios, que la mesa esté bien servida, que los diferentes platos de comida estén a punto y deliciosos..., como se preocupa cualquier buena ama de casa cuando tiene invitados.

Pero todas estas preocupaciones la desviaban de lo principal: escuchar a Jesús, poner sus ojos en Él.

"Una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte y no le será quitada." (v. 42).

¿Qué había escogido María? Ella no trataba de quedar bien con Jesús. No trataba de agradar a los demás huéspedes. Ella sólo tenía un objetivo: Beber las palabras de Jesús; beber su rostro con la mirada.

Eso era lo más importante y no le sería quitado.

¿Cuántas de nuestras ocupaciones preferidas, o de las actividades con que nos ganamos la vida, nos serán algún día quitadas, sea porque nos cambian de puesto en el trabajo o porque nos despiden?

¿O si se trata de alguna obra cristiana o de un ministerio, porque en la iglesia hay un cambio de orientación, o de liderazgo, o de colaboradores?

¿O simplemente porque me mudo de casa y me voy a vivir a otro barrio, lejos de mis amistados y relaciones?
Pero a María Jesús le dice: Esto no te será quitado.

Cualquiera que sean los cambios radicales que pueda experimentar mi vida, una cosa puede permanecer siempre porque no depende de las circunstancias exteriores: Poner mis ojos en Jesús.

Es un asunto de la voluntad y de la atención.

La simplicidad es pues una forma de amor sobrenatural que hace que la meta de todos nuestros actos y de todos nuestros pensamientos sea agradar a Jesús.

El autor de Hebreos lo expresa bellamente: "Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe" (Hb 12:1,2).

Tú puedes estar involucrado en muchos trabajos, en muchas labores espirituales, en muchos ministerios, y puedes estar corriendo para alcanzar tus metas. Pero todo eso puede ser una pérdida de tiempo, una desviación del camino, si no lo haces para agradar a Dios.

Si tú te empeñas en quedar bien con tu líder -algo en sí bueno- o en cumplir concienzudamente tus metas ¿Por qué lo haces? ¿Para agradar a tu líder, para sentirte satisfecho contigo mismo, o para agradar a Dios? Si lo haces principalmente para agradar a tu líder o a tu pastor, aunque te feliciten y te promuevan, tu éxito y el buen resultado que obtengas valen poco.

"¿Busco yo agradar a los hombres?" pregunta Pablo (Gal 1:10).

Pero si tu Norte es sólo agradar a Dios, sin cuidarte de lo que los hombres piensen de ti, irás derecho y rápido a la meta, porque tendrás su ayuda en grado sumo. También tendrás pruebas. Pero eso es ya otro asunto.

¿Qué estás buscando en el ministerio cristiano? ¿Destacar y ser uno de los preferidos, de los más conocidos y admirados en tu iglesia o en tu ciudad?

Si ése es el caso estás persiguiendo una meta irrisoria y vana, estás sirviendo a un líder de poca importancia. Tu objetivo es demasiado pequeño para la eternidad. El fuego lo quemará un día y se revelará que fue sólo paja (1Cor 3:12-15).

Jesús dijo: "Una sola cosa es necesaria". No dijo una sola cosa es conveniente.

Todo lo demás puede ser conveniente: que te feliciten, que te aprecien, que estén contentos contigo, es conveniente pero no es necesario.

Cuando viajamos ¿llevamos lo conveniente o lo necesario en la maleta? Lo conveniente puede ser que nos estorbe. Esta vida es un viaje a la eternidad. Todo el equipaje que llevemos de más, sobra y estorba. Una sola cosa es necesaria, agradar a Dios. Eso da valor eterno a todo lo que hacemos, aun a lo que carece de importancia, aun a las cosas más nimias.

Podemos estar llevando una vida convencional, trivial, rutinaria, que no se distingue en nada especial, y estar ocupados en un oficio de lo más ordinario y banal. Pero si todas nuestras acciones en esa actividad las hacemos tratando de agradar a Dios y teniendo en mente ese propósito, el más pequeño de nuestros actos puede tener a los ojos de Dios un valor mucho mayor que una hazaña que acapare los titulares de los diarios. No ganaremos nunca un premio Nobel, pero recibiremos una corona gloriosa en los cielos, mucho mayor que la de muchos hombres que se cubrieron de gloria en la tierra y cuyos nombres estaban en boca de todos. La frase de Jesús: "Los últimos ser primeros" (Mt 19:30) tiene también aplicación en este caso.

Notemos que el texto que citamos al comenzar dice: "con simplicidad y sinceridad de Dios". Dios, siendo infinito, es simple porque es perfecto. No hay complicaciones en Él. Los seres humanos somos complicados y las mujeres lo son aún más (dicen los hombres).

Nuestra complejidad es resultado del pecado. Nuestra complejidad está tejida de egoísmo.

Jesús dijo: "Sed simples como palomas y cautos como serpientes" (Mt 10;16).

La paloma es un emblema de la simplicidad. También lo es del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es simple. Por eso se contrista fácilmente (Ef 4:30).

Cuando somos complicados en nuestro lenguaje no llegamos con facilidad a nuestros oyentes y a la gente.

¿Habrá habido un predicador más simple que Jesús? Tratemos de imitarlo.

Los niños son simples y su mirada es directa. No tienen segundas intenciones. Por eso su mirada se roba nuestros corazones.

Se roban también el corazón de Dios. Por algo Jesús dijo que de los niños y de los que son como niños es el reino de los cielos (Mr 10:14,15).

No dijo de los sabios, no de los laureados, no de los más inteligentes ni de los más virtuosos, sino de los que son como niños. ¿Qué habrá en eso de ser como niño que agrada tanto a Dios?

La simplicidad de corazón.

Pero también agrada a los hombres. La mirada directa, simple de un adulto, hombre o mujer, nos atrae instintivamente. Pero las miradas de los adultos por lo general son opacas, turbias, no transparentes, ocultan lo que está detrás de los ojos, en la mente. Como la gente que lleva puestos anteojos oscuros que no dejan ver su mirada. Se los ponen, creo yo, porque no quieren que adivinemos lo que piensan. Instintivamente desconfiamos de ellos.

La verdadera sabiduría es simple. Los filósofos paganos de la antigüedad escribieron elocuentemente acerca de las virtudes, pero no las practicaban. Las conocían porque sabían muy bien qué era lo que les faltaba. Posiblemente los que menos las practicaban eran los que más las elogiaban. Eso aplacaba sus conciencias.

Pero ni la humildad ni la simplicidad figuraban en el elenco de sus virtudes. Al contrario, para ellos la humildad era un defecto, una bajeza indigna del ciudadano. Era algo reservado para los esclavos.

Sólo Cristo reveló a la humildad como una virtud. Y aun peor -en el criterio pagano- la elogió aunada a la mansedumbre: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11:29).

Los dioses paganos eran arrogantes. Se peleaban y competían entre sí. Pero Jesús se humilló a sí mismo tomando forma de siervo, porque, aunque era Dios, se hizo obediente hasta la muerte. A eso lo llama Pablo: la locura de la cruz, un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles o paganos. (1Cor 1:23).

¿A quién obedeció Jesús en el Calvario? A sus jueces y a sus verdugos. Unos más impíos que otros.

"Como cordero fue llevado al matadero..." (Is 53:7). Este es el colmo de la mansedumbre.

Él obedeció a los que eran muchísimos menos que Él porque en la simplicidad de su corazón sólo buscaba agradar a Dios, su Padre, y hacer su voluntad (Jn 4:34;5:30;6:34).

En la simplicidad de nuestro corazón ése debe ser nuestro principal objetivo.

La simplicidad destierra toda preocupación sobre los medios para agradar a Dios, toda preocupación acerca de las estrategias para alcanzar nuestras metas.

No quiero yo decir que no haya métodos y estrategias que emplear para ganar almas y consolidarlas en el Reino. Eso tiene ciertamente su lugar. Pero es secundario respecto de lo principal.

Si no es el puro y simple amor a Dios lo que nos impulsa a ganar almas, todas nuestras palabras y todos nuestros esfuerzos tendrán poco éxito, porque los medios y motivos humanos en este campo son inútiles.

No hay técnica más eficaz para llegar al corazón de los perdidos que el amor "no fingido" (1P 1:22). El amor fingido, el amor que se esfuerza por parecer lo que no es, no penetra la coraza de la desconfianza humana. Pasado el primer efecto que puede producir la elocuencia, la emoción se desvanece. Sólo el amor puede traspasar la barrera que las desilusiones o los vicios han levantado alrededor del corazón de los perdidos.

Si somos simples de corazón iremos de frente al corazón del pecador, como ocurría con las palabras y la mirada de Jesús.

Si somos simples de corazón tampoco nos preocuparemos de lo que la gente piense acerca de nosotros, sea bien o sea mal. Al contrario, si somos despreciados estaremos contentos, porque Jesús lo fue antes que nosotros. Y si lo somos compartimos su suerte. Si somos perseguidos por su causa nos consolamos con el galardón celestial que se nos ha prometido (Mt 5:10-12).

¿Qué fue lo que escribió Pablo? Que si padecemos con Él, seremos glorificados con Él...a su tiempo. (Rm 8:17).

La simplicidad nos permite ser indiferentes a la alabanza y a la crítica. La primera la agradecemos con toda simplicidad, sin falsa modestia. La segunda aún más, porque nos enseña a ser humildes.

Pero ¿a cuántos las críticas les molestan, los impacientan, los ofenden? Los inquietan porque, en el fondo, detrás de la fachada de arrogancia, son inseguros.

Les molestan porque necesitan ser constantemente alabados. Su yo inseguro requiere del bálsamo de la adulación para sentirse bien.

Los ofenden porque tienen una muy tenue buena imagen de sí mismos y todo lo que perturba esa frágil imagen lo toman como agresión.

Pero si nos contentamos con agradar a Dios, no nos molestan nuestras deficiencias y nuestros defectos. Nos basta tener nuestra suficiencia en Dios que todo lo puede... a pesar de nuestros defectos, porque sabemos que a despecho de nuestras deficiencias, Él obra a través nuestro.

Si uno sabe que ha hecho lo que tenía que hacer, y que la finalidad de todos sus actos es servir a Dios, no le importa lo que la gente piense de él, porque la única opinión que realmente cuenta es la de Dios. Y aunque uno nunca puede satisfacer las demandas de Dios, sabemos que si actuamos con rectitud de conciencia Él suplirá lo que nos falta.

La virtud de la simplicidad evita ofender a las personas en la conversación, porque es conciente de que aún con nuestras palabras debemos amarlas.

Sin embargo, si alguna vez, por excesiva franqueza, uno se expresara de una manera que pudiera hacerlo quedar mal ante los demás, que pudiera desmerecerlo, no se inquieta por ello, sabiendo que todo está en manos de Dios, incluso la opinión que otros tienen de uno.

La simplicidad nos permite alabar a Dios y darle gracias en todas las circunstancias y por todo lo que nos suceda, aunque sea doloroso, o desagradable, o contrario a nuestros intereses, pensando que nada ocurre sin que Dios lo permita. Y si Él lo permite por alguna buena razón será... que ahora no vemos.
La simplicidad ve a todas las personas, malas o buenas, creyentes o incrédulas, amigas u hostiles, reposando en el regazo de Dios que las creó, y que las ama tal cual son, así como nos amaba a nosotros antes de que nos volviéramos a Él, a pesar de todos nuestros defectos y errores. Si vemos a la gente en sus brazos no nos ocuparemos en juzgarlos o en criticarlos. (Sin embargo ¡Cuántas veces lo hago yo!) Si Dios me amó y fue misericordioso conmigo a pesar de todo ¿como no lo seré yo también con mi prójimo? (23.04.03)

Nota (1) Reina-Valera 60 trae acá "sencillez"; otros ponen "santidad", "pureza", etc.. La palabra griega aplótes es traducida de diversas maneras, pero "simplicidad" expresa aquí mejor el sentido de unidad. Así la traduce también la King James Version. Es posible que RV evite usar "simplicidad" por su parentesco con el sentido que tiene "simple" (necio, ignorante) en el Antiguo Testamento.

NB. Al publicar estas líneas quiero reconocer mi deuda con un pequeño libro anónimo titulado "El Alma Santificada", que reúne pensamientos de autores antiguos sobre diversos temas y que me ha proporcionado las ideas matrices de esta charla.