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viernes, 8 de abril de 2016

DIFICULTADES Y DUDAS EN LA ORACIÓN

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
DIFICULTADES Y DUDAS EN LA ORACIÓN
Para muchas personas, incluso piadosas, la oración es un problema, un hueso duro de roer. Saben que es bueno orar y muchas veces lo han intentado, pero se desaniman.
Son dos los obstáculos más comunes que enfrentan muchas personas. De un lado la oración les aburre, les parece una rutina vacía. De otro, piensan que es inútil, que no vale la pena, porque han pedido muchas veces con insistencia a Dios, pero no han obtenido lo que solicitaban.
Vamos a examinar esos dos obstáculos y ver cuánto de verdad hay en ellos. En primer lugar, es cierto que con frecuencia orar nos resulta difícil. No creo que haya nadie que no haya experimentado algunas veces una resistencia interna, un desgano cuando se pone a orar, sobre todo en la mañana temprano.
Uno se siente cansado, le cuesta trabajo concentrarse, le asalta una multitud de pensamientos que lo distraen y desvían su atención. O puede ser un libro que está a la mano y versa sobre un tema que nos interesa; o algo urgente que se presenta y que pensamos es necesario atender en el momento.
Todas esas resistencias y obstáculos provienen del enemigo que trata por todos los medios de impedir que oremos. Él sabe muy bien que el cristiano que ora es un peligro para el reino de las tinieblas. El cristiano que no ora lo tiene sin cuidado.
Sabe también que la oración nos fortalece contra las tentaciones, como dijo Jesús: "Velad y orad para que no caigáis en tentación" (Mt 26:41). El cristiano que no ora cae fácilmente cuando es tentado.
La armadura de Dios, de que habla Pablo en Efesios, no consiste en aditamentos artificiales que de alguna manera nos ponemos, sino en una fuerza de la que nos revestimos orando, como lo muestra la frase con que concluye ese famoso pasaje: "orando en todo tiempo..." (Ef 6:13-18).
El demonio sabe también que la oración es el canal por el que fluyen las bendiciones que Dios quiere derramar sobre sus hijos. Si el creyente deja de orar, pues simplemente deja de recibir lo que Dios desea  darle. Pero si ora puede obtener muchas cosas de Dios: iluminación, fuerza, sabiduría, etc.
Por todos esos motivos, a los que se podría añadir otros más, nuestro enemigo trata por todos los medios de apartarnos de la oración para apartarnos de Dios, para enfriarnos, para paralizarnos.
La mejor manera de luchar contra ese obstáculo es simplemente desestimarlo. Esto es, empezar a alabar a Dios y seguir orando hasta que llegue un momento en que nuestro corazón se inflame y nuestra oración fluya como de costumbre. Pero aunque no ocurriera eso y siguiéramos sintiéndonos secos y vacíos, no debemos desanimarnos. El valor de nuestra oración no depende de lo que sintamos cuando oramos, sino en el hecho de que de todas maneras Dios nos escucha. Nuestra oración será tanto más valiosa para Él cuanto más nos cueste perseverar en ella.
Pero hay muchas personas para las que la oración es aburrida porque creen, y así lo aprendieron, que orar consiste en recitar oraciones o fórmulas hechas, distraídamente y sin poner el pensamiento en lo que dicen.
No es sorprendente que para ellos la oración sea un rito vacío y aburrido, pues lo hacen aburridamente. Intuyen que, dicha de esa manera, su oración no pasa del techo, ni llega al cielo. El que se aburre orando, me temo que aburra también a Dios.
A esas personas se les podría decir que la esencia de la oración no consiste en recitar frases mecánicamente, por muy bellas que sean, sino en hablarle a Dios con naturalidad y con nuestras propias palabras, como le hablaríamos a un amigo. Dios quiere que le hablemos con confianza y sencillez. No es necesario pronunciar discursos pomposos y solemnes al orar; no es necesario usar un lenguaje refinado y bonito. Le basta que usemos las palabras que brotan espontáneamente de nuestro interior y que las digamos sin afectación alguna y sinceramente.
Eso no quiere decir que no puedan usarse oraciones hechas, escritas de antemano, o tomadas de un libro, para orar. He escuchado decir que el Padre Nuestro no es una oración para ser recitada; que esa no fue la intención de Jesús al enseñársela a sus discípulos, sino que es una pauta, un modelo para ordenar nuestros pensamientos al orar.
Es cierto que el Padre Nuestro puede ser usado como un esquema que oriente nuestros pensamientos cuando oramos, agregando a las palabras originales nuestras propias palabras y pensamientos. También los salmos pueden tomarse para orar de esa manera devocional. Pero es ignorar el contexto histórico, negar que Jesús les dió a sus discípulos una oración hecha para ser recitada cuando les enseñó el Padre Nuestro.
Por de pronto, el texto de Mateo lo muestra claramente: Los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar. Jesús les responde primero mostrándoles cómo no deben orar: no ostentosamente para ser vistos por la gente, sino en privado; no usando de vanas repeticiones, ni de palabrería (Mt 6:5-8).
Enseguida añade: "Vosotros pues oraréis así...", que es como si les dijera: 'oraréis con estas palabras: "Padre Nuestro que estás en los cielos...'" (9-13). (Nota 1)
Hemos de tener en cuenta que en el culto de las sinagogas y del templo, en tiempos de Jesús, se usaban oraciones hechas y que el mismo Jesús debe haber recitado algunas de ellas, de las cuales varias han llegado hasta nosotros y se recitan todavía en las sinagogas.
Los salmos, que son un modelo de oración inspirado por el Espíritu Santo, eran sea la letra de cánticos o himnos, que la congregación cantaba muchas veces en forma antifonal. (2), sean oraciones para ser recitadas. Los cristianos de los primeros tiempos compusieron también oraciones que eran recitadas en el culto, algo de lo que ha quedado huella en algunas epístolas de Pablo (1Tm 3:16; 2Tm 2:11-13; Ef 5:14).
Se suele decir que "rezar", o recitar oraciones (3), es usar de vanas repeticiones y de palabrería. Pero eso no es lo que Jesús tuvo en mente cuando puso en guardia a sus discípulos contra una forma trillada de orar. Él rechaza las repeticiones "vanas", no toda repetición. Yo puedo decirle mil veces seguidas a Dios: 'Señor, te amo', y no porque lo diga muchas veces será una vana repetición. Si pongo en cada palabra todo mi ser, mi oración le será grata aunque no conste sino de tres palabras repetidas todo el tiempo.
La vanidad de las repeticiones no está en las repeticiones mismas, sino en que sean "vacías" -que es lo que "vana" quiere decir- de contenido.
Por el contrario, es muy posible que yo me levante a orar y que con voz potente e improvisando diga: "Señor Dios todopoderoso, Padre Eterno: tu palabra dice que donde están dos o tres reunidos en tu nombre, ahí estás tú en medio de ellos, y yo lo creo porque tu palabra no miente, etc. etc." Y pudiera ser que al orar así no haga otra cosa sino usar de vanas repeticiones y de palabrería, porque estoy repitiendo fórmulas conocidas y trilladas que se emplean comúnmente en las iglesias, y que no ponga mi corazón en ellas al decirlas. Los cristianos sabemos endilgar fórmula tras fórmula sin pensar en lo que decimos, porque las hemos escuchado hasta la saciedad y las conocemos de memoria.
¿De qué depende pues que una oración sea o no vana repetición y palabrería? De la atención y de la sinceridad con que se pronuncie. Dios conoce nuestro corazón, y nuestra oración le será o no grata, según lo que en él vea. La oración que sube como el incienso hasta la presencia de Dios (Sal 141:2) es la que brota de un corazón contrito y humillado y que rendido le adora, sea cuales sean las palabras que se usen.
A veces nos burlamos de los que recitan letanías -el tipo acabado, según algunos, de vanas  repeticiones –olvidando que hay un modelo bíblico de letanía: "Alabad al Señor porque Él es bueno; porque para siempre es su misericordia. Alabad al Dios de los dioses; porque para siempre es su misericordia. Alabad al Señor de los señores; porque para siempre es su misericordia..." ¿Lo reconocen? Es el salmo 136, en el que el refrán se repite 26 veces. ¿Vanas repeticiones? No las habría escrito el Espíritu Santo si lo fueran. Pero nosotros podemos convertirlas en vanas repeticiones si las decimos mecánicamente.
A veces se escucha la pregunta ¿Cómo debemos orar? ¿En voz alta o en silencio? Ciertamente la oración hablada y en voz alta es muy provechosa. Por de pronto nos ayuda a mantenernos despiertos cuando nos levantamos a orar temprano y todavía estamos luchando contra el sueño. En esas ocasiones orar en voz alta es muy efectivo, sobre todo si lo hacemos de pie o caminando.
Orar en voz alta nos ayuda también a concretar nuestros pensamientos y deseos, a "objetivizarlos". A medida que hablamos van saliendo de nuestro interior ideas y aspiraciones de las que quizá no éramos concientes, o que el Espíritu Santo nos pone en ese momento.
En otras ocasiones ese mismo Espíritu puede hacernos prorrumpir en gemidos indecibles, cuyo significado ignoramos, pero que Él sí conoce (Rm 8:26,27).
Pero también la oración en silencio tiene su lugar. Hay ocasiones en las que sería inoportuno levantar la voz y en que es mejor orar con el pensamiento. Sabemos que Dios escucha nuestros más fugaces pensamientos tan claramente como nuestras palabras.
Cuando Ana, la madre de Samuel, derramó delante del Señor su alma acongojada, ella "hablaba en su corazón y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía..." (1Sam 1:13). ¡Y cómo le concedió Dios lo que pedía!
El salmo 16 menciona una de las formas de oración más poderosas que yo conozca: "Al Señor he puesto siempre delante de mi" (v. 8). Eso es algo que se hace con el pensamiento, no de palabra: ser conciente de que siempre estamos en la presencia de Dios. Si siempre lo recordáramos, difícilmente pecaríamos.
Cuando alabamos y exaltamos a Dios es apropiado hacerlo en voz alta; pero hay ocasiones en que, como a la persona amada, le susurramos al oído.
El otro gran obstáculo que he mencionado al comienzo es lo que piensan algunas personas: que Dios no oye sus oraciones porque nunca les concede lo que piden. Si eso es así ¿para qué orar?
Pero Jesús dijo: "Pedid y se os dará", y "todo el que pide, recibe" (Lc 11:9,10). ¿Habrá mentido Jesús? ¿O no hablaba en serio?
Sabemos que hay muchas razones por las que Dios no nos concede lo que le pedimos. De un lado, porque oramos mal, egoístamente, para satisfacer nuestros deleites (St 4:3). O porque pedimos sin fe (St 1:6,7), que es como si le dijéramos a Dios: "Te pido que me concedas este favor. Pero yo sé que no me lo vas a dar". La falta de confianza al orar ofende a Dios.
O porque pedimos cosas que no son conformes a su voluntad (Un 5:14,15). O porque no guardamos sus mandamientos (IJn 3:22).
Pero supongamos que Dios nunca nos concediera lo que le pedimos, y no por alguna de las razones enumeradas, sino por algún motivo desconocido para nosotros. ¿Serían inútiles nuestras oraciones? ¿Una pérdida de tiempo?
¿Por qué quiere Dios que oremos? ¿Sólo para poder darnos lo que le solicitamos? ¿Para conocer nuestros deseos? No necesita que se los digamos (Mt 6:8).
Yo creo que la razón principal es porque, como todo buen padre que ama a sus hijos, Él quiere, no, desea ardientemente, que le hablemos. A Dios le gusta escucharnos. ¿No nos basta, como incentivo para orar, con saber que le agradamos cuando oramos? Dice su palabra "que la oración de los rectos es su gozo" (Pr 15:8).
Dios se goza teniendo comunión con nosotros. Y ¿cómo la tendríamos si no le hablamos, si no dirigimos a Él nuestro pensamiento?
"Mis delicias son estar con los hijos de los hombres" dice la Sabiduría (Pr 8:31b). Dios se deleita en nuestra compañía y en nuestras palabras. ¿No queremos deleitarlo orando aunque no nos conceda lo que le pedimos?
Aunque nunca recibamos lo que le pedimos siempre "el que pide recibe". Recibe algo mucho más valioso que lo que ha pedido: Lo recibe a Él mismo, recibe su amor que todo lo transforma, recibe su gracia.
No hay oraciones inútiles; no hay oraciones perdidas. Aun la oración del gentil, del pagano, la oración del que no lo conoce plenamente (Hch 10:4), del que le busca como a tientas, llega hasta sus oídos, y Él la contesta.
Notas. 1. Hay muy buenas iglesias evangélicas que recitan el Padre Nuestro en algún momento durante el servicio. La iglesia del pastor Yongui Cho, en Seúl, Corea, empieza sus cultos -como describe un libro sobre ella escrito por Karen Hurston recitando el Credo de los Apóstoles, que es una confesión de fe elaborada en los primeros siglos y que resume lo que los primeros cristianos creían.
2. Hay canto antifonal cuando la congregación dividida en dos grupos canta alternativamente las estrofas de un himno; o cuando hombres y mujeres se alternan cantando: un grupo responde al otro.
3. "Orar" y "rezar" son lo mismo. Es cierto que, etimológicamente, "rezar" viene del latín "recitare" (recitar) y "orar" de "orare" (hablar para persuadir). Pero en la práctica, en el lenguaje común, esas palabras son sinónimas. ¿Cómo se dice en inglés "rezar"? "to pray". ¿Y cómo se dice "orar"? "to pray". ¿Y en francés? En ambos casos "prier". El inglés y las demás lenguas europeas no tienen palabras distintas para orar recitando una oración, y para orar improvisando las palabras.
NB. Esta charla radial fue publicada por primera vez en agosto del 2002. Se imprime nuevamente, ligeramente revisada.
Amado lector: Jesús dijo: "De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare, y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#891 (26.07.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 10 de julio de 2015

LA TRANSFIGURACIÓN II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA TRANSFIGURACIÓN II
Un Comentario de Mateo 17:7-13
7,8. “Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.”
Tan súbitamente como había surgido, la visión despareció. Los discípulos fueron despertados de su asombro por Jesús, que los tocó gentilmente y les dijo: Levántense del suelo y no tengan temor.
Todo ha vuelto a la normalidad. Moisés y Elías no están allí. Jesús está solo. Pero la impresión que la visión ha dejado en sus espíritus no ha desparecido. ¿Cómo podría?
Podemos decir que al no estar más ahí Moisés y Elías al lado suyo, la ley y los profetas, que eran sombra de lo que había de venir (Col 2:17), fueron reemplazados y absorbidos por la luz del Evangelio de Cristo, cediéndole su lugar. Pero la desaparición de la visión nos muestra además que todo lo de esta tierra, aún lo más maravilloso, es transitorio y pasajero, mientras que la gloria del cielo, que está reservada para nosotros, y de la que algún día gozaremos, será eterna.
Hemos dicho que Jesús los tocó gentilmente. ¿Conocemos algún caso en que Jesús haya sacudido a alguien, o no haya tratado gentilmente a una persona, Él, que era manso y humilde de corazón? Sí, cuando expulsó a los mercaderes del templo con un látigo, porque habían convertido la casa de su Padre en una cueva de ladrones, profanándola (Jn 2:13-17). Fue un arrebato de ira santa. Y también cuando encaró a los fariseos por su hipocresía y los llamó: “Raza de víboras” (Mt 23:33).
Esas son excepciones plenamente justificadas. Pero nosotros, ¿tratamos siempre gentilmente a la gente? ¿O nos encolerizamos fácilmente por quítame estas pajas? ¿No nos dejamos llevar por nuestro temperamento, y humillamos altaneramente a los que discrepan de nosotros, demostrándoles la pretendida superioridad de nuestro conocimiento? ¡Cuánto tenemos que aprender de Jesús!
9. “Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.” (Nota)
Al llegar al pie del monte, del cual descendieron posiblemente en silencio, por lo abrumados que estaban los tres discípulos por la visión (horama en griego) que les había sido dado contemplar, Jesús les advierte: No comentéis con nadie lo que habéis visto y experimentado. Guardadlo para vosotros hasta que yo haya resucitado.
¿Por qué no quería Jesús que le dijeran a nadie lo que habían visto? ¿Por qué no quería que lo compartieran ni siquiera con sus compañeros, los otros nueve apóstoles? Porque Jesús no quería suscitar revuelo, ni deseaba que hubiera habladurías, como ocurriría si el hecho se divulgaba. Incluso podría surgir un sentimiento de pena, o de envidia, entre los nueve por haber sido excluidos de esa experiencia. Por todas esas razones debían guardar silencio al respecto hasta que resucitara.
Pero ocurrida esa manifestación extraordinaria de su divinidad, sí podrían hacerlo, así como podrían hablar libremente de lo que Él había hecho, de su predicación y milagros, de todo lo que sabían, de todo lo que sirviera para la proclamación de la Buena Nueva, porque una vez resucitado, la transfiguración no sería difícil de creer. En cierta manera la transfiguración fue un anuncio, o un adelanto, de la gloria de su resurrección.
Algún día nosotros también veremos a Jesús así como ellos lo vieron en el monte, y aun más resplandeciente, porque en esa ocasión, por consideración a la frágil condición humana, Jesús no les descubrió más de su gloria que lo que podían soportar. Pero cuando venga en el último día, en el poder y la gloria de su Padre, escoltado por el ejército de sus ángeles, cubierto ya no por una nube, sino bajo el firmamento luminoso entero, toda la humanidad que pobló la tierra a lo largo de los siglos se presentará para juicio delante de Él, y lo verá sentado en su trono, listo para dictar sentencia.
A algunos les dirá: “Venid benditos de mi Padre…porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber…”. Y le preguntaremos ¿cuándo tuviste hambre y te dimos de comer, y cuándo estabas sediento y te dimos de beber? Y Él nos contestará que: “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mt 25:34-40). Y nos acordaremos de las veces que nos compadecimos del hambriento y guarecimos del frío al miserable. O de lo contrario, recordaremos las veces en que endurecimos nuestro corazón contra el prójimo y no quisimos aliviar su necesidad, o su pena, satisfechos de que nosotros no la sufríamos. ¡Cómo nos pesará entonces nuestra avaricia, o nuestra soberbia, y no haber tenido entrañas de misericordia! Porque ¡Dios no quiera! podríamos oír la sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” “donde será el llanto y el crujir de dientes.” (Mt 25:41; 24:51).
Ese día los justos, entre los cuales esperamos encontrarnos nosotros, brillarán como el sol (Mt 13:43), y mucho más aun, porque el resplandor de ese astro será poca cosa comparado con la luz de los santos en el cielo.
Pero ¿entendieron cabalmente sus discípulos eso de que Jesús resucitaría? Ya Jesús se lo venía diciendo, aparejado con el anuncio de su muerte. Pero hasta que no sucediera, no comprenderían plenamente sus palabras.
Lápide dice que al hacer público el reproche de la cruz y ocultar la gloria de la transfiguración, Jesús nos enseña a esconder los dones y favores que Dios nos otorga, hasta el día en que muramos, tal como Pablo ocultó las revelaciones que había recibido de Dios para no ser tentado a enorgullecerse de ellas, y perdiera su fruto (2Cor 12:3-9).
10. “Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?
La pregunta de los discípulos estaba motivada por el hecho de que ellos habían visto a Elías glorificado, junto a Jesús, y se acordaron del anuncio del profeta Malaquías que dice que, antes de que venga el día de Jehová, grande y terrible, Dios va a mandar a Elías para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres (Mal 4:5,6), acontecimiento que está ligado a la venida del Mesías esperado. Pero es interesante que ellos no mencionaran a Malaquías, sino a los escribas. Seguramente porque ese anuncio les había llegado a través de los dichos de los escribas que circulaban entonces en Israel.
La pregunta que se hacen los discípulos en ese contexto es obvia: Si tú ya has venido, ¿cómo es que no se ha cumplido el anuncio de la venida previa de Elías?
11,12. “Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no lo conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.”
La respuesta de Jesús es a la vez esclarecedora e intrigante, porque afirma la verdad del anuncio: Elías tenía que venir para restaurar todas las cosas, como estaba anunciado. Pero, en verdad, ya vino, y aunque el pueblo salió a escucharlo y muchos se arrepintieron de sus pecados, haciéndose bautizar por él, las autoridades no lo reconocieron, sino lo mataron, tal como van a hacer conmigo.
¿Cómo y cuándo ya vino? Jesús ya lo había dicho, pero esa vez no comprendieron sus palabras. Él lo había dicho al hacer el elogio de Juan Bautista, cuando vinieron mensajeros de parte suya a preguntarle si Él era el Mesías esperado, o si debían esperar a otro (Mt 11:2,3). Cuando los mensajeros de Juan se fueron, Jesús dijo: “Porque éste es de quien está escrito: He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti.” (Mt 11:10; cf Mal 3:1). Y enseguida reafirmó: “Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir.” (Mt 11:14). Más claro ni el agua.
Pero ¿cómo podría Juan Bautista ser el profeta Elías anunciado? ¿Acaso se reencarnó Elías en Juan Bautista, como algunos, influenciados por el hinduismo, sostienen? No, no es necesario revivir esas teorías falsas. Se recordará que años atrás un ángel se había aparecido al anciano sacerdote Zacarías, y le había anunciado que en respuesta a sus oraciones, su mujer Isabel iba a tener un hijo que iría delante del Señor “con el espíritu y poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.” (Lc 1:13,17; cf Mal 4:5,6).
Sí, Elías había venido, tal como estaba anunciado, en la persona del precursor, su pariente y casi exacto contemporáneo, que encarnó el espíritu de Elías y que desplegó una elocuencia y un denuedo indómito semejante al del profeta, para proclamar la palabra de Dios y hacer que los hombres se conviertan.
Pero la mayoría de los padres de la iglesia –y con ellos también la mayoría de los intérpretes modernos- entienden que Elías es también uno de los dos testigos que aparecerán antes de la segunda venida de Cristo, según la profecía de Malaquías: “He aquí, yo os envío al profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.” (Mal 4:5), lo que encaja dentro de la descripción que hace Ap 11:6: “Estos tienen poder para cerrar el cielo, a fin de que no llueva en los días de su profecía; y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga, cuantas veces quieran.” (cf Ap 11:3-10).
Pero ¿quién sería el otro? Según la descripción de sus poderes en ese versículo, el otro sería Moisés. Pero Moisés murió y no se comprende cómo podría morir dos veces. Por eso se estima que el segundo testigo sería Enoc, que fue trasladado al cielo –como lo fue Elías- sin haber muerto (Gn 5:21-24), y que es mencionado en la epístola de Judas 14,15, en una referencia velada a la segunda venida de Cristo.
Notemos –dice Spurgeon- que Jesús responde a la pregunta de sus discípulos. Jesús tiene siempre la respuesta adecuada para todas nuestras inquietudes y preocupaciones. ¿Acudimos nosotros a Él para preguntarle cuando tenemos dudas o conflictos, o descansamos en nuestra propia limitada sabiduría?
13. “Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.”
Sólo entonces a los discípulos se les abrió la mente, y comprendieron que su Maestro se estaba refiriendo a Juan Bautista, el que lo había bautizado en el Jordán, después de negarse a hacerlo, porque consideraba que él era indigno incluso de desatar las correas de sus sandalias.
Hay una relación estrecha, no sólo familiar, entre Jesús y Juan Bautista, como la hay, según el espíritu de las profecías, entre Elías y el Salvador que había de venir para rescatar a su pueblo de sus pecados. Ambos, Jesús y Juan, anunciaron el juicio de Dios. Pero la hay también en la suerte que cupo a ambos, pues sus enemigos hicieron con ellos lo que quisieron, después de haberse deleitado durante un tiempo con sus palabras.
Cabría preguntar: ¿Cómo podía el Bautista ser el Elías anunciado si, como es sabido, cuando los sacerdotes y levitas le preguntaron si él era Elías, él contestó francamente que no lo era? (Jn 1:21) Y decía verdad. Él no era la misma persona que el profeta, sino que había venido revestido con la misma unción y el poder de Elías, lo que no es lo mismo.
¿En qué fecha ocurrió la transfiguración? La primera observación a hacer es que, como lo muestra el Evangelio de Juan, los grandes acontecimientos de la vida de Jesús guardan una estrecha relación con el calendario de las fiestas judías, lo que les da un profundo significado.
Se han hecho diversos estudios sobre la datación del acontecimiento. Según algunos eruditos, dado que sólo cinco días separan el Día de Expiación (Yom Kippur) de la fiesta de los Tabernáculos (Sucot), que dura una semana, la confesión de Pedro habría tenido lugar en la primera, y la transfiguración habría ocurrido al comienzo de la segunda. Según otros, la confesión de Pedro y la transfiguración se enmarcan dentro de la semana de la fiesta de Sucot, lo que explicaría los seis días (u ocho días según cómo se cuente) que separan ambos acontecimientos.
Nota. El pasaje paralelo de Lucas dice: “Al día siguiente…” (9:37) Este detalle, unido al hecho de que Lucas anota que los discípulos estaban cargados de sueño (9:32), sugiere que la transfiguración se produjo de noche, o al atardecer.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#872 (15.03.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).