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viernes, 28 de abril de 2017

JESÚS ANUNCIA LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JESÚS ANUNCIA LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN II
Un Comentario de Lucas 21:12-21
12. “Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre.”
Jesús dijo que una de las señales por las que se reconocerá a sus discípulos será el amor que se tienen unos por otros (Jn.13:35), algo que, efectivamente, llamaba mucho la atención de los paganos, según atestigua el escritor Tertuliano del siglo III. Otra sería la persecución.
Lo que aquí se menciona que experimentarían los discípulos de Cristo puede ser expresado con los siguientes verbos: detener, perseguir, confinar, acusar. A nosotros en el Perú no nos parece que esta señal ocurriendo en nuestro país, ni en ningún otro país del mundo occidental, pero hay países en que ésa es la experiencia diaria de los cristianos, que son hostigados, calumniados, apresados, acusados, torturados y condenados a muerte. De manera que si alguien alega que esta señal aún no es aparente hoy en día, debería precisar la ubicación geográfica, porque no en todas las regiones del orbe prevalece el mismo clima de tolerancia.
Tampoco podemos negar que los cristianos empiezan a ser mal vistos aún en
países tradicionalmente cristianos. Incluso entre nosotros se descalifica las opiniones de algunos cristianos, llamándolos “conservadores”, “fanáticos”, o “inflexibles”, por el sólo hecho de expresar opiniones ortodoxas frente a las situaciones del presente. Y en verdad, esos cristianos “conservadores” son en muchos casos los únicos que merecen el calificativo de cristianos, porque muchos de aquellos a los que no se aplica esa chapa han abandonado la fe verdadera, o al menos, son tibios.
Sin embargo, no debemos olvidar que las palabras de Jesús en este versículo eran antes que nada una profecía de lo que ocurriría a sus discípulos antes de la destrucción del templo de Jerusalén por las tropas romanas. En efecto vemos, por los episodios que se narran en el libro de los Hechos, que los discípulos de Jesús fueron perseguidos desde el nacimiento de la iglesia en Pentecostés, como cuando Pedro y Juan fueron apresados por predicar en el templo, y al día siguiente fueron llevados ante el Sanedrín, donde se les prohibió terminantemente que predicaran en el nombre de Jesús (Hch 4:3-22). O como la muerte de Esteban (7:54-60), y la persecución que se desató a continuación (8:1-3). O como Saulo, que una vez convertido en Pablo, de perseguidor pasó a ser perseguido (9:23-25; 2Cor 11:24); o como la prisión y muerte de Santiago (Hch 12:1,2), y el intento de Herodes Agripa de hacer lo mismo con Pedro (12:3-19).
Aquí es importante notar que todo el que persigue a un discípulo de Jesús, lo persigue a Él, como se desprende de la pregunta que el Resucitado le hizo a Saulo al salirle al encuentro cuando iba camino de Damasco: “¡Saulo,  Saulo! ¿Por qué me persigues?” (9:4).
13. “Y esto os será ocasión para dar testimonio.”
Debemos alegrarnos de la persecución porque nos proporciona ocasión de dar testimonio de nuestra fe y de que, como consecuencia, muchos se conviertan. El sufrimiento de los creyentes que predican produce abundante cosecha de salvación. En cambio la comodidad y la prosperidad –como ya había observado John Wesley- producen tibieza.
Conviene notar que dar testimonio se dice en griego “martureo”, de donde viene nuestra palabra “mártir”. Mártir es, en efecto, el que da testimonio, y, por eso mismo, arriesga su vida y su integridad física. A los mártires de ayer y hoy los matan porque dan testimonio. En el caso de los discípulos de Jesús la persecución fue efectivamente bienvenida ocasión para que dieran testimonio de su fe, tal como vemos en los casos de Pedro y Juan, y de Esteban, que ya hemos mencionado; o en la predicación en Samaria (8:4-25); y en las muchas ocasiones que Pablo tuvo de dar testimonio al defenderse de sus acusadores (22:1-21; 24:10-21; 26:1-29; 28:23-29).
14,15. “Proponed en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder en vuestra defensa; porque yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan.”
Esta es una magnífica promesa. Llegado el momento de la prueba no nos preocupemos de lo que habremos de decir o contestar, porque palabras poderosas y cargadas del Espíritu fluirán de nuestra boca sin que tengamos que pensarlas.
Esta asistencia de Jesús a través del Espíritu Santo es una prueba más de que contamos con su compañía y apoyo cuando los necesitamos. ¿Quién no ha tenido la experiencia de encontrarse en una situación delicada, en que era importante pronunciar la palabra adecuada, y que ésta venía a sus labios sin que tuviera que pensarla?
En estos versículos se nos dice:
1) Que no necesitamos preocuparnos por nuestra defensa. El Espíritu Santo será nuestro abogado. Ésa es una de sus funciones como paráclito.
2) Que no podrán resistir a nuestras palabras ni contradecirlas. Un buen ejemplo del cumplimiento de esta promesa es la escena ya mencionada en que Pedro y Juan comparecen ante los sacerdotes y fariseos del Sanedrín (Hechos 4:5-22), y los confunden con su inesperada elocuencia.
16. “Mas seréis entregados aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros;”
He aquí un anuncio de nuestro Señor que es realmente terrible: los más cercanos a nosotros serán los que nos denuncien. ¡Que doloroso será eso para nosotros! Pero ya Jesús lo había predicho cuando dijo que Él no había venido a traer paz sino guerra; y que habría división en las familias; que se levantarían padres contra hijos, e hijos contra padres, etc. (Lucas 12:51-53). Nuestros primeros enemigos serán nuestros seres más queridos.
Y algunos justos perecerán, como en verdad ha ocurrido en el pasado y seguirá ocurriendo en el futuro. El camino cristiano supone ese riesgo. Pero no debemos inquietarnos por ello. La fe triunfa cuando sus hijos dan la vida por ella. Ese fue el camino de Jesús: triunfar muriendo (Nota 1).
17. “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre.”
¡Cuántas veces se ha cumplido esta profecía! El cristiano es aborrecido a causa de su fe. Ocurre en el seno de las familias, de los grupos, de la sociedad, de los países. Está atestiguado en lo que Pablo declara acerca de su propia carrera como apóstol (2Cor 11:24-26). En el menos malo de los casos al cristiano se le toma como un “aguafiestas” y se le margina.
18. “Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.”
Al versículo anterior, que amenaza nuestra seguridad, sigue éste que nos conforta: ni uno solo de nuestros cabellos perecerá (ver Lc 12:7; Mt 10:30). Pero ¿no ha dicho poco antes Jesús que algunos morirían? (Lc 21:16). En efecto, pero también había dicho que ni un solo pajarillo cae a tierra sin que nuestro Padre lo sepa (Mt 10:29). Como consecuencia de la persecución nuestro cabello puede caer, pero lo hace en manos del Padre que permite que caiga, y Él lo recoge y lo guarda para la vida eterna. Aunque caiga no perecerá. No sólo nuestros cabellos, sino ninguna de nuestras acciones, aún las más pequeñas, dejarán de ser tenida en cuenta y producir su recompensa.
19. “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas.”
Yo creía que con la fe se ganaba el cielo. Pero es cierto que también se gana con la paciencia (en el sentido de soportar las pruebas): “con la fe y la paciencia se alcanzan las promesas” (Hb.6:12). Lo que el versículo quiere decir es que la fe verdadera persevera pese a toda oposición, y no se muda. Aquellos cuya fe es débil abandonan la lucha pronto cuando las cosas se vuelven difíciles. (Mr.4:17) “Mas el que persevere hasta el fin, ése será salvo.” (Mt 10:22) Y “al que venciere yo le daré de comer del árbol de la vida” (Ap 2:7).
20. “Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado.” Los cinco versículos que siguen a continuación (contando éste) contienen una profecía famosa acerca de la destrucción de Jerusalén, que corrobora la predicción hecha anteriormente por Jesús acerca de la destrucción del templo (Lc 19:41-44). Lo primero que Jesús indica es la señal de su cumplimiento: el día en que Jerusalén se vea rodeada de ejércitos. (2)
Jerusalén, como toda Judea, estaba ocupada por tropas romanas, pero las guarniciones que mantenían ahí para conservar el orden eran relativamente pequeñas. Jesús anuncia que se vería rodeada de ejércitos, como efectivamente ocurrió el año 69, cuando un poderoso ejército, bajo las órdenes de Tito, después de someter a sangre y fuego el resto del país, puso sitio a Jerusalén.
El año 66 DC el descontento latente del pueblo judío contra los romanos, agravado por la incompetencia y torpeza del gobernador Florus, (3) estalló en una revuelta en Jerusalén, en que se quemaron varios edificios importantes, y que pronto se convirtió en una insurrección general, es más, en una verdadera guerra de independencia. Una legión romana, al mando de Cestus Gallus, legado imperial en Siria, quien, subestimando la amplitud de la rebelión, acudió apresuradamente a sofocarla, fue perseguida y derrotada por las improvisadas fuerzas judías. Esta efímera victoria, que infló de vano y exaltado optimismo a los rebeldes, tuvo un alto costo para los judíos, porque suscitó la organización de una expedición punitiva en gran escala que el emperador Nerón encargó al experimentado general Vespasiano. Éste, al mando de 60,000 hombres, sometió a Galilea, Perea y otras regiones. Cuando algún tiempo después, al ser asesinado Nerón, Vespasiano fue proclamado emperador, y debió retornar a Roma para ser coronado y asumir el trono, su hijo Tito quedó al mando de las tropas con el encargo de llevar la guerra a su término y aplastar sin misericordia la rebelión.
21. “Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella.”
Jesús pronuncia una seria advertencia que salvará a muchos del peligro: los que estén a lo largo y ancho del territorio de Judea huyan de las ciudades y del campo a los montes; los que estén en Jerusalén misma, huyan adonde fuere, porque si se quedan, perecerán; y los habitantes de la ciudad que estuvieren en el campo, o en algún otro lugar, no piensen en retornar a la urbe, porque ahí la destrucción los sorprenderá. Es como si Jesús les dijera: Váyanse de Jerusalén porque Dios la ha abandonado a causa de su impiedad (Véase Lc 13:34,35).
En el pasaje paralelo de Mateo y de Marcos Jesús añade que los que estén en la azotea no entren en casa para recoger lo que fuere (Mt 24:17; Mr 13:15). Al techo de las casas en Oriente se accedía entonces por una escalera exterior (no interior como en nuestros días). Lo que Jesús quiere subrayar es que deben huir tan rápidamente que no tendrán tiempo ni para entrar a sus casas a recoger su abrigo. Esta urgencia es enfatizada por el dicho de que los que estén en el campo no deben retornar a la ciudad. (4).
Contrariamente a lo aconsejado por Jesús, cuando los judíos vieron el avance de las tropas romanas, corrieron a refugiarse en las ciudades y, en especial, en Jerusalén, algo que es natural desde cierto punto de vista, ya que es más seguro estar en las ciudades amuralladas que en el campo abierto. Si a ello se añade que la ofensiva final romana coincidió con la celebración de la Pascua, que atraía a muchísimos peregrinos, podrá comprenderse por qué la ciudad estaba en esos días repleta de judíos provenientes de otros lugares. Ellos estaban tan confiados de que derrotarían a los romanos, que no dejaron de acudir a Jerusalén, según su costumbre, para tomar parte en la fiesta.
Sin embargo, las instrucciones de Jesús equivalían a una orden de no ofrecer resistencia a los romanos, sino de salvar su vida huyendo. Eso fue precisamente lo que hicieron sus seguidores, a quienes los judíos entonces llamaban “nazarenos”. Según el historiador Eusebio, al ver los movimientos de las legiones romanas, y recordando las palabras de advertencia de Jesús, la comunidad cristiana de Jerusalén, al frente de la cual estaba Simeón, hijo de Clopas y primo de Santiago, abandonó prudentemente la ciudad, y se refugió en la ciudad de Pella, en la vecina Perea.
La huida de los cristianos de Jerusalén fue considerada por los líderes de la comunidad judía como una traición a su pueblo, y agravó las tensiones ya existentes entre la sinagoga y la naciente iglesia (5). Fue por ese motivo que el rabino Schmu-‘elHaKatan compuso entre los años 70 y 90 DC, la bendición (llamada así eufemísticamente porque, en realidad, es una maldición) “Birkat-HaMinim” contra los herejes (con lo que se aludía principalmente a los “nazarenos”) que fue agregada a la Amida, una de las oraciones principales del culto judío, que todo creyente debe, aún en nuestro tiempo, recitar tres veces al día con los pies juntos (6). Los cristianos judíos que asistieran a la sinagoga -como muchos entonces todavía lo hacían- no podían participar en el servicio recitando una maldición que estaba dirigida contra ellos mismos. Por ese motivo empezaron a alejarse del culto sinagogal donde quiera que se introdujera esa “bendición”. Ése fue precisamente el efecto que los rabinos buscaban: eliminar de sus asambleas a las tendencias discrepantes con el fin de consolidar a las comunidades, y asumir plenamente el control de su religión, que ellos consideraban amenazada por fuerzas exteriores (7). No fue pues la Iglesia la que se separó de sus raíces judías, como algunos judaizantes modernos nos quieren hacer creer, sino fue la sinagoga la que excluyó a los seguidores de Jesús.
Los que se quedaron en Jerusalén y ofrecieron resistencia a los romanos desobedecieron al mandato que Jesús les había dado ordenándoles huir, y por eso, como veremos más adelante, perecieron de una muerte horrible.
Notas: 1. Esta verdad incontrovertible no puede ser distorsionada, como hacen algunos fanáticos de otras religiones, que la toman como pretexto para inmolarse matando a sus enemigos. Cuando el cristiano muere por su fe lo hace como Jesús, como víctima inerme e inocente, no como verdugo de otros.
2. Según Lucas, Jesús pone como señal para huir y ponerse a salvo que Jerusalén se vea rodeada de ejércitos. Según Mt 24:15,16 y Mr 13:14, la señal es la abominación desoladora de que habla Dn 9:27, entre otros lugares. ¿Qué relación hay entre ambos signos? La relación puede encontrarse en Dn 8:13 y 11:31 donde se habla a la vez de tropas y de la abominación desoladora. En opinión de muchos intérpretes la expresión “abominación desoladora” en los evangelios representa a las insignias imperiales de las legiones romanas paganas acampando en el territorio que rodeaba a la ciudad santa.
3. Él quiso mediante el uso de la fuerza obligar a los judíos a entregar 17 talentos de oro (¡una fortuna!) del tesoro del templo.
4. Es muy singular que esas palabras de Jesús se encuentren en un capítulo anterior de Lucas, en el que el evangelista habla de la venida del Reino (17:31). Buena parte del contenido de ese largo pasaje lucano (vers. 20 al 37) está intercalado en Mt 24 y Mr 13. ¿Por qué Lucas separa lo que Mateo y Marcos juntan? No lo sabemos.
5. Según una tradición judía, el rabino Yohanán Ben Zakai logró salir de Jerusalén durante el sitio, escondido en un ataúd. Habiendo escapado de la matanza él pudo convocar en Yavné de Galilea a los escribas judíos dispersos en otras ciudades, e iniciar el movimiento de reconstrucción del judaísmo rabínico que ha sobrevivido hasta nuestros días.
6. Esa bendición en su forma actual no contiene ninguna referencia a los “herejes”, pero según el Talmud originalmente sí la tenía.
7. Es de notar que, contrariamente a la multiplicidad de tendencias que exhibía el judaísmo antes de la destrucción de Jerusalén, el judaísmo renovado posterior a la catástrofe, muestra una notable unidad doctrinal en que la corriente farisea prevaleció absorbiendo a las demás.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te exhorto a adquirir esa seguridad, y te invito a arrepentirte de todos tus pecados, pidiéndole humildemente perdón a Dios por ellos.

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miércoles, 25 de marzo de 2015

LA CONFESIÓN DE PEDRO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA CONFESIÓN DE PEDRO I
Un Comentario de Mateo 16:13-17
13. “Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”
Después de haber advertido a sus discípulos acerca de las doctrinas falsas de los fariseos y saduceos, Jesús se fue con ellos a la zona cercana a Cesarea de Filipo, llamada así para distinguirla de la otra Cesarea, que está a orillas del Mediterráneo, ciudad puerto donde estuvo Pablo dos años preso (Hch 23:23ss hasta 27:1), y a donde Pedro había ido a predicar en casa de Cornelio (Hch 10). Las ciudades que llevan ese nombre lo recibieron porque sus fundadores quisieron honrar al César, esto es, al emperador romano. El puerto de Cesarea fue construido y embellecido con enorme gasto por Herodes el Grande. La otra Cesarea recibió ese nombre cuando su hijo, Felipe, Tetrarca de Iturea (Nota 1), no queriendo ser menos que su padre, agrandó y cambió de nombre a una ciudad ya existente, que se llamaba Paneas, del nombre del dios Pan, que era venerado en una gruta cercana, célebre en el mundo griego.
Esta Cesarea menor se hallaba a unos 40 Km de la ribera norte del mar de Galilea, en la falda meridional del monte Hermón, lo cual nos hace darnos cuenta de que Jesús hizo una larga caminata de más de un día para llegar a esa región (2). En ese territorio de población mayormente pagana, Jesús no tenía nada que temer de los agentes de Antipas, ni de los fariseos.
Estando allí Jesús (después de haber orado, según Lc 9:18) les hizo a sus discípulos una pregunta crucial: ¿Quién dice la gente que soy yo? Es decir, ¿por quién me tienen? En última instancia, ¿qué piensan de mí? Jesús no les pregunta eso porque le interesara saberlo. De hecho Él lo sabía muy bien, sino para que, al declarar cuál era la opinión común, ellos tuvieran ocasión de confesar lo que ellos creían.
Cabría preguntarse ¿qué valor podía tener la opinión de gente no regenerada acerca de Jesús entonces? Ninguno, pues estaban alejados de la verdad. Similarmente en nuestro tiempo, la opinión que tenga la gente del mundo acerca de Jesús tiene poco valor, porque su intelecto no ha sido iluminado por la fe.
Cabría también además preguntarse ¿por qué les hace esa pregunta a sus discípulos estando en territorio de gentiles y no en Judea? Porque serían los gentiles, antes que los judíos (salvo unos pocos), los que confesarían por la fe, que Él es el Hijo de Dios.
Notemos que al hacerles esa pregunta Jesús se refiere a sí mismo usando la expresión “el Hijo del Hombre”, que emplea en otros lugares, cuando por ejemplo, afirma su poder para perdonar pecados (Mr 2:5-11), o dice que Él es señor del sábado (Lc 6:5). Este título aparece más de cincuenta veces en los Evangelios, y siempre, con una excepción (Jn 12:34), en boca de Jesús mismo. En sus labios tiene siempre el sentido mesiánico que le dio Daniel 7:13,14: “Miraba yo la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo, venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de Él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.”
Llamándose así en esta ocasión, y no Cristo, o rey de Israel, o hijo de David, Él quiere recalcar su condición humana, a cuyas limitaciones está sujeto, pese a ser Dios. Al fin se verá que el Hijo del Hombre no es otro sino el Hijo de Dios.
14. “Y ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.”
Cogidos por sorpresa, pero sabiendo lo que la gente dice acerca de Jesús, ellos le contestaron: Unos creen que tú eres Juan el Bautista, que ha resucitado –como de hecho temía el que, para complacer a su sobrina Salomé, lo mandó matar, Herodes Antipas (Mt 14:1-12). Otros creen que tú podrías ser Elías, quien, según la tradición judía basada en Malaquías 4:5,6, debe venir al final de los tiempos. Otros creen que podrías ser Jeremías, aunque nunca se dijo que él había de volver; otros, en fin, que algún otro profeta. (3)
Estas nociones estaban basadas en la creencia generalizada de que algunos grandes personajes del pasado podían resucitar y aparecer en momentos de gran trascendencia histórica. Todas tienen como elemento común la creencia de que Jesús es un personaje sobrenatural. Pero es sorprendente que alguna gente pensara que Jesús podía ser Juan Bautista resucitado, cuando muchos los habían visto juntos en el Jordán al ser Jesús bautizado (Mt 3:13-17), y Juan había dado testimonio público de Él.
15. “Él les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy?”
Esta pregunta, que los confronta en lo más profundo de sus convicciones, por así decirlo, los cuadra. Vosotros habéis estado conmigo desde hace ya buen tiempo, hemos compartido casa y comida, y habéis escuchado mis enseñanzas. ¿Quién creéis pues que soy yo? Que es como si les preguntara: ¿Por qué habéis dejado todo para seguirme? En realidad esa pregunta nos confronta a todos los cristianos, e incluso a los que no lo son: ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Quién es Jesús para ti, amigo lector? ¿Te importa realmente Jesús? Es decir, ¿cuánto peso tiene en tu vida, lo que Él enseñó e hizo? ¿Podrías negarlo como Pedro, si estuvieras en un aprieto? ¿O la historia de su vida te deja indiferente? ¿O dudas quizá de que realmente existiera, como algunos sostienen?
Notemos que Jesús no pregunta a sus discípulos ¿quién creen ustedes que soy yo? sino ¿quién dicen ustedes que soy yo? Porque, como apunta acertadamente J. Gill, no basta con creer quién es Jesús. Es necesario confesarlo. En verdad, ambas cosas son necesarias, creer y confesar, para ser salvos, como afirma Pablo (Rm 10:9,10), y para dar testimonio de Él.
Notemos finalmente, que Él hace a sus discípulos esa pregunta no al comienzo de su predicación, sino después de haber hecho muchos milagros, y de haberles dado muchas pruebas de su deidad y de su unión con el Padre, cuando ya su fe había madurado.
16. “Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”
Pedro, como respondiendo a una inspiración súbdita, le dice: “Tú eres el Cristo.”, es decir, el Mesías anunciado por los profetas, y que todo Israel espera que ha de venir, el Salvador que su pueblo ha esperado ansiosamente durante siglos. Pero le dice aún más: “Tú eres el Hijo del Dios viviente.”
¿Por qué le dice: “del Dios viviente”? Porque los dioses de los paganos eran ídolos sin vida, a diferencia del Dios de Israel, que no estaba representado por ninguna imagen o escultura sin vida, sino que, siendo invisible, actuaba y respondía a las oraciones de su pueblo, e intervino, como bien sabemos, muchas veces en su historia. Pero no solamente por eso, sino también porque Dios tiene vida en sí mismo, como la tiene también Jesús (Jn 5:26; cf Jn 1:4), y es la fuente y el origen de toda vida.
La frase: “el Hijo del Dios viviente” o vivo, es una afirmación de la divinidad de Jesús. Es una expresión que se encuentra en algunos lugares del Nuevo Testamento, como por ejemplo, en boca de Caifás, cuando conjura a Jesús que diga si Él es el Cristo (Mt 26:63), o en boca de Pedro, cuando hace una confesión semejante a la que estamos estudiando (Jn 6:69); o en las epístolas de Pablo (Rm 9:26, citando a Os 1:10; 2Cor 6:16; etc.). En el Antiguo Testamento se encuentra, por citar algunos ejemplos, en Dt 5:26; en Jos 3:10; en boca de David, desafiando a Goliat, 1Sm 17:26,36; en Jr 10:10; y en el Salmo 42:2: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.”
Que el Mesías fuera el Hijo del Dios vivo era mucho más de lo que Israel esperaba, esto es, que Dios mismo hecho hombre los visitara, viviera y caminara con ellos, excedía en mucho sus esperanzas, pues ellos sólo esperaban a un hombre. Y he aquí que viene a ellos Uno que no sólo es más que Salomón (Lc 11:31), sino que existía antes que Abraham fuese (Jn 8:58); y que dijo de sí mismo: “Yo y el  Padre uno somos.” (Jn 10:30). Por todo ello la confesión que hace Pedro, es una confesión que todo cristiano verdadero debe hacer.
17. “Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.”
Es obvio que una revelación de una verdad de esa naturaleza tan trascendente no podía venirle a Pedro de su mente, de sus conocimientos humanos, que eran limitados, sino que tenía que haberle sido inspirada de lo alto. Por eso Jesús le dice: “Bienaventurado eres”. A ninguna otra persona específica lo llamó Jesús “bienaventurado”. Ese honor estaba reservado para Pedro. (4)
Jesús menciona el nombre del padre de Simón para darle a la declaración que viene en seguida (vers. 18) un carácter más solemne y, a la vez individualizada. En cierta manera le está también diciendo: Tú no eres bienaventurado en virtud de tu nacimiento de un padre humano, sino de un Padre divino, quien, mediante su Espíritu te ha otorgado un segundo nacimiento espiritual.
La frase “carne y sangre” era una expresión hebrea de origen rabínico (Sir 14:18) corriente entonces, que significaba la naturaleza humana terrena, y que encontramos también, por ejemplo, en Pablo (Gal 1:16; 1Cor 15:50; Ef 6:12). Esa frase quiere decir, en esta instancia, que no fue ninguna persona de su entorno, o de afuera, quien le dijo a Pedro quién era Jesús.
¿Captarían los demás discípulos la trascendencia de esa revelación? Ellos lo habían seguido hasta ahora como seguía mucha gente en Israel a los maestros que tenían alguna enseñanza que transmitir; lo seguían, además, porque lo amaban; porque le habían visto hacer milagros asombrosos, que les hacían entrever que su Maestro era un ser muy especial, muy diferente del resto de los mortales. Pero ¿contestarían ellos “amén” en su espíritu a la revelación inesperada de Pedro? ¿Pensarían cada uno de ellos en ese momento “yo también lo creo”? Es obvio por la frase que Jesús dice más abajo (vers. 20), que sí lo creyeron.
Éste fue un momento muy importante en la tarea de formación de sus discípulos que había emprendido Jesús. A partir de este momento ya no cabían dudas. Lo seguían porque creían que Él era el Hijo de Dios mismo, aunque no comprendieran claramente cómo era posible que lo fuera, pues si era Hijo de Dios tenía que ser Dios Él mismo.
Aún no se había desarrollado la teología que lo explica –lo que ocurrió durante un largo proceso de tres siglos de mucha controversia y disputas contra las herejías que negaban esa verdad (5). Pero ellos lo captaron y lo creyeron. A partir de este momento ya no podía haber dudas en su espíritu de por qué seguían a Jesús.
Notas: 1. Este Felipe, hermano de Antipas, no fue el primer marido de su sobrina Herodías (que lo fue otro hermano, Herodes Felipe), pero se convirtió en su yerno al casarse con Salomé.
2. En esta ciudad Herodes el Grande había construido un templo en honor de César Augusto, en el cual el general romano y futuro emperador, Tito, celebró su aplastante victoria sobre los judíos en Jerusalén el año 70. Según el historiador Josefo, en esa ocasión Tito arrojó a las fieras a algunos de sus cautivos judíos.
Un viajero del siglo XIX describe esa zona florida en estos términos: “Llégase a ella por el valle superior del Jordán, subiendo una serie de pequeñas mesetas superpuestas… Allí las aguas saltan por todos lados. A medida que uno se acerca a las fuentes del Jordán la verdura se presenta frondosísima, aumenta su lozanía y los árboles parecen más espesos. Se olvidan los parajes áridos de Palestina, y se camina alegremente hacia los grandes montes de donde bajan los ríos… Después de atravesar numerosas corrientes que corren entre las piedras se acaba por divisar los macizos de higueras, terebintos, sauces, álamos, adelfos y almendros…”
3. La mención de Jeremías podía deberse a que 2Mac 2:1-8 consigna una tradición según la cual ese profeta, antes de la llegada de Nabucodonosor, y por orden divina, escondió el arca de la alianza en una cueva del monte Nebo que sólo él conocía, diciendo que ahí debía permanecer hasta que el pueblo elegido deportado, fuera de nuevo reunido. O quizá podría deberse al hecho de que ellos sabían que Jesús desde niño había mostrado estar lleno de sabiduría (Lc 2: 46,47, 52), así como también Jeremías había sido escogido desde niño para ser profeta de Uno que sería un Profeta más grande que él (Jr 1:4-7); de un Profeta además en quien se cumplirían plenamente las palabras que sólo se cumplieron parcialmente en Jeremías: “Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar.” (Jr 1:10).
4. En el curso de sus enseñanzas, y aparte de las Bienaventuranzas, Jesús llamó “bienaventurado” en singular, a alguno que cumplía ciertas condiciones, pero a ningún otro lo llamó “bienaventurado” por su nombre, sino a Pedro.
5. La más grave de esas herejías fue el arrianismo que negaba la divinidad de Jesús.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#862 (04.01.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).