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miércoles, 16 de noviembre de 2011

ELOGIO DE LA MUJER VIRTUOSA I

ELOGIO DE LA MUJER VIRTUOSA
Por José Belaunde M.

El libro de Proverbios culmina con una oda dedicada a alabar a la mujer cuyas cualidades hacen la felicidad de las personas que viven en su entorno (Cap. 31:10-31). Se trata de un poema alfabético o acróstico, esto es, cada verso comienza con una letra distinta del alfabeto hebreo hasta completar las veintidos consonantes que lo componen. (Nota 1).

El poema ha ejercido una gran influencia en el mundo judeo-cristiano, pues ha sentado para todos los tiempos un modelo de esposa para los judíos que sus mujeres tratan de imitar, y que los hombres tratan de encontrar para casarse. Pero también ha ejercido influencia en los medios cristianos. El gran poeta español del siglo XVI, Fray Luis de León, escribió sobre este texto un famoso comentario bajo el título de “La Perfecta Casada”, que en su tiempo fue muy leído, sin hablar de los numerosos comentarios evangélicos.
Todas las mujeres cristianas deberían ser animadas a adquirir desde jóvenes las cualidades que se describen en este bello poema a fin de prepararse no sólo al matrimonio sino también para afrontar los retos que les presente la vida. Esto es tanto más importante cuanto que el mundo moderno presenta a la mujer contemporánea ideales que son no sólo diferentes sino hasta contrarios a los que aquí se exponen.
Tradicionalmente en los ambientes judíos el poema es recitado por los esposos a sus mujeres todos los sábados antes de la ceremonia de la santificación del día de descanso, así como en los funerales de mujeres. Es de notar que mientras la literatura oriental suele alabar la belleza de la mujer como valor femenino supremo, este poema exalta su sentido práctico y sus virtudes, minimizando el valor de la belleza física.

“Mujer virtuosa ¿quién la hallará?" (v. 10ª) La pregunta implica casi una respuesta negativa, como diciendo: difícilmente. De hecho el Predicador expresa su incertidumbre de hallarla (Ecl 7:28). Abraham mandó a buscar en tierra lejana una esposa digna para su hijo Isaac, porque no esperaba encontrarla cerca (Gn 24:3,4). Pero quizá si no se la encuentra fácilmente es porque también rara vez se la busca. Los hombres suelen preferir la belleza física en la mujer que a la virtud. Pero reconozcámoslo, no sólo la mujer virtuosa es difícil de hallar, también lo es el hombre de verdad (Pr 20:6b).

Una mujer fuerte (como rezan otras versiones) es por necesidad virtuosa. Su fortaleza reside en sus virtudes, no en su fortaleza física, porque podría ser débil físicamente y, no obstante, ser fuerte.

El hebreo dice: “la mujer jayil”. “Jayil” quiere decir “fuerza”, “ejército”, “riqueza”, “poder”. (2). La Septuaginta la traduce por andreían, palabra griega que quiere decir “varonil”. El latín de la Vulgata dice “viril”, es decir, varonil. Las versiones hebreas dicen “mujer de valor”, que es una traducción igualmente válida.
Alguno objetará que yo haya escogido dar a este artículo el título de “Elogio de la Mujer Virtuosa”, tal como lo hace la versión Reina Valera, y no el más común de “La Mujer Fuerte”, como ya lo hice antes (Véase el artículo #468, del 29.04.07). ¿Cuál de los dos es correcto? ¿Trata este texto de la mujer fuerte, o de la mujer virtuosa? En verdad el significado de ambas palabras es afín. “Virtuosa” viene de “virtud”; que viene de “virtus” en latín; que viene de “vir”, que quiere decir “varón”. “Virtus” (lo propio del varón) significa precisamente hombría, virilidad, valor, fuerza, fortaleza, cualidades que no son exclusivas del hombre, sino que pueden serlo también, pese a su menor fuerza física, de la mujer que ama a Dios y está llena de su Espíritu.

Una mujer fuerte, o de valor en sentido espiritual, es pues una mujer virtuosa. Es la mujer que se caracteriza por su entereza; que es capaz de afrontar las pruebas de la vida; que educa a sus hijos superando mil dificultades; la mujer, con frecuencia abandonada, que sale adelante sola luchando a brazo partido. ¿No es ella una mujer fuerte? ¿Y no es fuerte porque es virtuosa? ¿Podría ser fuerte, espiritualmente hablando, si no fuera virtuosa? No, ciertamente. Su fortaleza reside en sus virtudes. Eso es lo que hace de ella una mujer admirable.

Ella es una mujer que se ha armado de todas las fortalezas que el Señor pone a su disposición. ¿Cuáles son esas fortalezas, esas excelencias, esas virtudes? Fijémonos en que dice que una mujer de calidad, una mujer digna de encomio, una mujer virtuosa, no se encuentra fácilmente. Feliz es el hombre que la encuentra, “porque su estima (e.d. su valor) sobrepasa largamente, a la de las piedras preciosas.” (v. 10b) Donde nuestra traducción dice “estima” el original hebreo dice “precio”, aludiendo a la dote que el novio debía pagar a los padres de la novia para formalizar el compromiso. (3)

Dice además: “El corazón de su marido está en ella confiado.” (v. 11ª) ¡Qué gran cosa es para un hombre que pueda confiar plenamente y en todos los sentidos en su mujer!
Puede confiar –y eso es lo más importante- en su fidelidad. Notemos que una esposa fiel y un marido justamente confiado se bendicen mutuamente.
Puede confiar en su discreción en todos los asuntos, es decir, que no sea no sólo chismosa, sino que no cuente ni a sus mejores amigas las cosas íntimas entre él y ella y las de su hogar.
Puede confiar en que maneje bien la casa y el dinero que él pone en sus manos; y en el buen uso que ella haga del dinero que ella misma gana.
Puede confiar en ella en cualquier emergencia porque ella es capaz y enérgica, y tiene un gran sentido de su dignidad como mujer. (¿Lo tienen las mujeres peruanas, o se han dejado llevar por la mentalidad de nuestro ambiente que tiende a desvalorizar a la mujer?)
El corazón de su marido está confiado, esto es, puede reposar completamente en ella, y por eso para él su valor sobrepasa al de las joyas más preciosas. Dice además que “no carecerá de ganancias.” (V. 11b) (4). Ella es para él fuente de muchos beneficios, no sólo materiales, porque tiene cuidado cada día de “cómo agradar a su marido.” (1Cor 7:34).

“Le da ella bien y no mal todos los días de su vida.” (v. 12) Recalco esa frase: “Ella le da bien y no mal todos los días de su vida.” En la vida conyugal y familiar todos nosotros esperamos que de las personas con las que compartimos nuestra vida nos vengan sólo buenas cosas, es decir, satisfacciones, alegrías, beneficios de todo tipo, y no lo contrario, disgustos, cóleras, preocupaciones, sinsabores, amarguras, reproches, etc. De eso depende la armonía del hogar. Es un hecho que la armonía en el hogar depende en gran medida de la mujer. Es ella quien la crea, por su buen carácter, por su inteligencia, por su discreción, por su bondad. ¿Cómo no proclamar que ella es un tesoro para su esposo y para todos los que viven con ella?
Gozar de armonía en casa es uno de los factores principales de la felicidad. En cambio, la falta de armonía en el hogar hace a todos infelices y que todos huyan de él. Acerca de eso dice Pr 19:21: “Mejor es morar en tierra desierta que con mujer rencillosa e iracunda.” (Cf Pr 27:15,16)

En la vida familiar la madre suele ser el nexo entre los hijos pequeños y su padre, a quien ven menos y con quien tienen menos contacto en los primeros años. El rol que una madre amorosa cumple con sus hijos pequeños, sobre todo pero no sólo cuando permanece en casa, es un tesoro invalorable porque les da una gran seguridad en sí mismos cuando son mayores. En cambio la falta de amor materno deja una huella triste en el hombre y lo vuelve inseguro y temeroso.

“Busca lana y lino y con voluntad trabaja con sus manos.” (v. 13). Los materiales de origen animal y vegetal que ella emplea apuntan a su habilidad para tejer. Aunque es muy femenina no tiene reparos en remangarse la ropa y ponerse manos a la obra con el vigor de un hombre. Es trabajadora y esforzada; hábil y eficiente. Por eso dice más adelante el vers. 17 “Ciñe de fuerza sus lomos y esfuerza sus brazos”. En el Medio Oriente tanto los hombres como las mujeres usaban mantos amplios que no les estorbaban al caminar, pero que sí podían hacerlo al trabajar. Para evitarlo la gente (o los soldados que salían a batallar) se ceñían la ropa al cuerpo con un cinturón. La expresión “ceñirse los lomos” es decir, la cintura” quedó como una forma de expresar que uno se alista, o adopta la actitud apropiada para enfrentar el reto que tiene delante (como, por ejemplo en Efesios 6:14: "…ceñidos vuestros lomos con la verdad…” Véase Ex 12:11; 1R 18:46; 2R 4:29). Una vez ceñida, ella fortalece sus brazos para la tarea que se ha propuesto realizar.

“Es como nave de mercader que trae su pan de lejos.” (v. 14). (5). Ella tiene dotes de comerciante y hace negocios para incrementar los ingresos de su familia vendiendo las telas que ella teje (Véase vers. 24). La frase “trae su pan de lejos” sugiere que ella explora posibilidades aun alejadas del lugar donde vive, en otras ciudades, y hasta en el extranjero, para negociar. Pero seguramente tiene en cuenta también lo que aconseja el proverbio: “Encomienda al Señor tus obras, y tus planes serán afirmados.” (Pr 16:3).

Dice además que la mujer virtuosa nunca está ociosa: “Se levanta aún de noche y da comida a su familia y ración a sus criadas.” (v. 15). Se levanta de madrugada y se ocupa de lo que va a comer su familia ese día, o lo prepara ella misma, de modo que todos puedan ir, o ponerse a trabajar temprano.

También dice más adelante: “Su lámpara no se apaga de noche.” (v. 18b). Se acuesta tarde y se levanta temprano y está siempre trabajando porque es una mujer diligente a la que le gusta tener todo en orden. No por estar siempre ocupada deja de ser fuerte, porque el Señor le da energía y fuerzas de modo que en su trabajo, en su actividad, ella encuentra su fortaleza. En el Antiguo Testamento la lámpara que se apaga es un símbolo de desventura, o de pobreza (Jb: 18:5,6; Pr 13:9; 20:20; 24:20; Jr 25:10); por tanto, la lámpara que permanece encendida toda la noche es señal de prosperidad.

Cuando dice que “da comida a los suyos” eso debe entenderse no sólo en un sentido material, sino también en un sentido espiritual, porque ella aconseja a los suyos, los trata bien, los anima. Es interesante notar que donde nuestra traducción dice “comida” el original hebreo dice “presa”, en alusión a la costumbre de la leona que sale de caza a oscuras para encontrar una presa para dar de comer a sus leoncillos. Podemos ver que ella pone el bienestar de su familia por encima de su propia comodidad, y se porta como una leona si fuera necesario.

En su casa nunca faltan alimentos, y hay incluso para dar al hambriento que pasa por su puerta (cf v. 20). Ella piensa también en la alimentación del personal doméstico, y no hace distingos en su alimentación que podrían ser ofensivos para ellos. Si tiene una o varias empleadas, las trata con consideración, y es por eso respetada y amada por ellas. Sólo el amor puede hacer que el trabajo rudo o rutinario sea placentero.

En el Perú se trata mal al personal doméstico. Cuidémoslo de hacerlo, porque Dios nos pedirá cuentas. Recuérdese que Él es “padre de huérfanos y defensor de viudas.” (Sal 68:5)

“Considera la heredad y la compra. Planta viña del fruto de sus manos…” (es decir, con el dinero que ella ha ganado). (v. 16) Tiene mucho sentido práctico y está siempre pensando en el bienestar material de su familia y en cómo aumentar el patrimonio familiar, y lo hace de acuerdo con su marido. Aquí vemos un ejemplo de una verdadera “sociedad conyugal”.

Ella está segura de que su relación con su esposo es inconmovible. Él está tan ligado a ella como ella a él, porque son una sola carne, como dice Gn 2:24. ¡Qué bendición es para todos en el hogar cuando hay esa clase de unidad entre los esposos!

“Ve que van bien sus negocios.” (v. 18ª). Los supervisa y los cuida para que prosperen (Pr 27:23). Ella es como el mayordomo fiel de la parábola, a quien el señor le confía una suma de dinero, y que cuando regresa ve que esa suma de dinero se ha multiplicado. El mayordomo fiel ha hecho lo que su señor esperaba de él, y mucho más todavía. Por eso su señor le dice: “Bien siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco sobre mucho te pondré.” (Mt 25:23), palabras que ella algún día escuchará.
A la mujer fiel Dios le confía, a medida que pasa el tiempo, más y más cosas porque sabe que ella cumple lo que promete y asume con seriedad las responsabilidades que se le confían; sabe que ella se empeña en hacerlo todo lo mejor posible dentro de sus fuerzas; sabe que ella no va a defraudar a los que ponen su confianza en ella. Y por eso el Señor la premia.

“Aplica su mano al huso y sus manos a la rueca”. (v. 19). Pocos recuerdan hoy lo que son el huso y la rueca, pero las mujeres en la Sierra todavía las usan. En nuestros días y ciudades se diría: “Aplica sus manos a la máquina de coser”. ¿Cuántas mujeres hoy día tienen una máquina de coser en casa y la usan con frecuencia? ¿Cuántas se empeñan en desarrollar el potencial de creatividad que Dios puso en ellas para ser útiles a sí mismas y a otros en muchos campos? Pueden serlo no sólo con sus manos sino también con su inteligencia y con su boca.

Notas: 1. Poemas alfabéticos son también los salmos 9, 10, 25, 34, 37, 111, 112, 119; y las Lamentaciones 1 al 4; pero con excepción del salmo 119, sólo la NIV, la Biblia de Jerusalén y la versión Nácar-Colunga, lo muestran.
2.
Las palabras eset jayil son aplicadas también a Rut en Rt 3:11, que Reina Valera 60 traduce como “mujer virtuosa”.
3.
Esa es una costumbre que se mantuvo mucho tiempo en el mundo cristiano como una manera de asegurarse de que el pretendiente tenga los medios para sostener el hogar.
4.
La palabra hebrea traducida como “ganancias” significa “botín”, que es un término militar, lo que sugiere que ella actúa de acuerdo a una estrategia bien pensada.
5.
Los comerciantes de la antigüedad fletaban barcos para ir a países distantes, en los que ofrecían la mercancía que llevaban consigo, y compraban lo que podían vender en su país de origen.

NB. Este artículo y el siguiente del mismo título están basados en el artículo “La Mujer Fuerte” mencionado arriba, que ha sido revisado y ampliado para esta nueva edición, el cual, a su vez, estaba basado en una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#701 (13.11.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 12 de junio de 2009

DAVID Y ABIGAIL II

Este artículo y el anterior están basados en la grabación de una enseñanza dada recientemente en el Ministerio de la Edad de Oro, de la C.C. “Agua Viva”

En el artículo anterior hemos dejado a Abigail bajando por un camino secreto, yendo al encuentro de David y orando al mismo tiempo. Como consecuencia de haber estado orando durante el trayecto, como creemos, apenas hubo dejado el atajo que había tomado se encontró con David. Dios la había guiado en el camino y la guiará también en las palabras que ella le dirija.

Leamos el texto: “Cuando Abigail vio a David, se bajó prontamente del asno y postrándose sobre su rostro delante de David, se inclinó a tierra y se echó a sus pies, y dijo: Señor mío, sobre mí sea el pecado (es decir, la ofensa de Nabal), mas te ruego que permitas que tu sierva hable a tus oídos, y escucha las palabras de tu sierva.” (1Sm 25:23,24). Miren la sabiduría con que ella le habla: “Sobre mí sea el pecado”. En otras palabras ella le dice (parafraseando): “Échame la culpa a mí, no a los otros inocentes que no tienen nada que ver en el asunto”, porque ella está segura de que David no se vengará en una mujer que se humilla y se arroja a sus pies, y además es bonita. Y sigue diciendo: “No haga caso ahora mi señor de ese hombre perverso, (Nota 1) de Nabal, porque conforme a su nombre así es. Él se llama Nabal y la insensatez está con él; (perdónalo, pues es propio del hombre sabio perdonar al necio) mas yo tu sierva no ví a los hombres que tú enviaste.” (vers. 25) Ella no trata de justificar a Nabal, sino se somete a la misericordia de David y apela a su generosidad.

Yo me digo, y espero no tocar el corazón de nadie cuando pregunto: ¿Cuántas mujeres hay aquí que se casaron con un hombre necio? ¿Con un hombre que no las entendía? ¿Con un hombre que era menos inteligente que ella? ¿Cuántas habrá no sólo acá? Pero también podríamos hacer la pregunta contraria: ¿Cuántos hombres hay acá que se casaron con una mujer necia, porque se dejaron llevar por lo que veían y no miraron el corazón de la mujer? Porque ¿con quién se casa el hombre, o se casa la mujer? ¿Se casa el hombre con la belleza de la mujer? ¿La belleza del rostro y del cuerpo de una mujer hacen feliz al hombre? Bueno, sí, durante un tiempo, mientras dure la pasión, pero ¿pasada la pasión? Y la mujer, ¿es feliz con la apostura, con el rostro buen mozo de su marido? Bueno, sí, por un tiempo, pero si él no es inteligente, si no es gentil con ella, si es un bruto y la trata mal, al poco tiempo se decepciona. Entonces ¿qué es lo que hace felices al hombre y a la mujer en el matrimonio? ¿Será la pasión o el amor? Ciertamente, durante un tiempo, pero también el amor y la pasión se esfuman con el tiempo (aunque no debieran). Lo que hace feliz al hombre y a la mujer, escúchenme, es el carácter del cónyuge. El hombre se casa con una cara bonita, y la mujer se casa con un buen mozo, pero no viven con la cara que les atrajo sino viven con el carácter de su cónyuge. Es el carácter de la persona con la que vivimos lo que nos hace felices o infelices. ¡Y cuántos son infelices en el matrimonio porque no pensaron en eso! Vieron la cara, vieron el rostro, vieron la pinta, (o quizá la billetera) pero no miraron el corazón, y después viene la desilusión, y muchas veces también, por desgracia, el divorcio.

Pero Abigail le dice en buenas cuentas a David: “Dios me manda para impedir que tú te vengues y cometas un crimen derramando la sangre de inocentes que no tienen la culpa de la necedad de Nabal.” Leamos lo que dice el texto: “Ahora pues Señor mío, vive Jehová y vive tu alma, que Jehová te ha impedido venir a derramar sangre y vengarte por tu propia mano. Sean pues, como Nabal tus enemigos y todos los que procuran mal contra mi señor.” (es decir, despreciables. Quizá aquí exprese Abigail cierto resentimiento que guarda a su marido). Caiga más bien sobre tus enemigos la venganza que tú pensabas ejecutar en Nabal. “Y ahora este presente que tu sierva ha traído a mi señor, sea dado a los hombres que siguen a mi señor.” (v. 26). Como diciendo: “yo he traído esta provisión para tu gente”, evitando herir la susceptibilidad de David, que, en su orgullo masculino, podría tomar mal el recibir un regalo de una mujer.

“Yo te ruego que perdones a tu sierva esta ofensa”, -la ofensa de su marido que ella tomó sobre sí. Enseguida ella expresa su fe en la elección divina manifestada en la unción que el profeta Samuel derramó sobre su cabeza (1Sm 16:12,13), “pues Jehová de cierto hará casa estable a mi señor, (esto es, te dará el reino) por cuanto mi señor pelea las batallas de Jehová (contra los enemigos del pueblo de Dios), y mal no se ha hallado en ti, en tus días.” (aunque muchos te hayan acusado falsamente, tu inocencia es patente a la vista de todos) (v. 28). A continuación ella profetiza sobre David: “Aunque alguien se haya levantado para perseguirte y atentar contra tu vida (es decir, el rey Saúl), con todo, la vida de mi señor será ligada en el haz de los que viven delante de Jehová tu Dios (2) y Él arrojará la vida de tus enemigos como de en medio de la palma de una honda”, como diciendo: “Dios arrojará a tus enemigos como una piedra que dispara la honda”, aludiendo sutilmente a la forma cómo David había matado a Goliat, un recuerdo que no dejaría de halagar a David. (v. 29) “Y acontecerá que cuando Jehová haga con mi señor conforme a todo el bien que Jehová ha hablado de ti y te establezca por príncipe sobre Israel, entonces, señor mío, no tendrás motivo de pena ni remordimiento por haber derramado sangre sin causa, o por haberte vengado por ti mismo. Guárdese pues, mi señor; y cuando Jehová haga bien a mi señor, acuérdate de tu sierva”. (v. 30,31). Las palabras persuasivas de Abigail apaciguan la cólera de David y lo convencen de que no debe tomar venganza por sí mismo.

David se queda impresionado por la sabiduría de esa mujer, y seguramente también, por su belleza. ¿Y cómo le contesta él entonces? “Bendito sea Jehová Dios de Israel, que te envió para que hoy me encontrases. Y bendito sea tu razonamiento, y bendita tú, que me has estorbado hoy de ir a derramar sangre y a vengarme con mi propia mano. Porque vive Jehová Dios de Israel, que me ha defendido de hacerte mal, que si no te hubieras dado prisa en venir a mi encuentro, de aquí a mañana no le hubiera quedado con vida a Nabal ni un sólo varón”. (3) (vers. 32-34). Ése había sido el propósito que David hubiera llevado a cabo de no haber sido por la intervención providencial de Abigail.

David recibe agradecido los presentes que Abigail le trae. La bendice y le hace notar que la ha respetado (otro quizá hubiera abusado de ella), y le dice que vuelva en paz a su casa: “Y recibió David de su mano lo que había traído, y le dijo: Sube en paz a tu casa, y mira, he oído tu voz y te he tenido respeto”. (v. 35)

Cuando una persona actúa siguiendo el sentir que Dios pone en su corazón, la voz de Dios, en suma; una vez que ha cumplido lo que Dios le ha dicho que haga, puede regresar a su casa en paz, porque ha arreglado las cosas a la manera de Dios, y no a la manera propia. Fíjense, Abigail le habló a la conciencia de David, diciéndole: Si tú hubieras hecho lo que te habías propuesto, el día que subieras al trono de Israel estarías atormentado por los remordimientos de haber derramado sangre inocente. Y quien sabe si esa acción imprudente no hubiera estorbado tu ascenso, porque cada vez que se derrama sangre se provocan deseos de venganza de parte de aquellos que tienen parientes entre los muertos, y el odio resultante podría haber traído inestabilidad a tu reinado. Y aunque así no fuera, esa mancha hubiera mancillado tu gloria.

Cuando ella regresa de su encuentro con David, halla que su marido, Nabal, está en pleno banquete con sus amigos y completamente borracho. Ella le ha salvado la vida, ha salvado sus propiedades y su gente, que debía haber sido mucha porque él era un hombre muy rico; pero cuando regresa ¿qué es lo que encuentra? Un hombre borracho que es ajeno a lo que ella ha hecho por él. Entonces ¿qué es lo que hace ella? ¿Acaso le grita: “¡Oye tú, bandido! ¿Sabes tú lo que yo he hecho? ¡Te he salvado la vida, vengo aquí y te encuentro divirtiéndote con tus compinches!”? ¿Hace eso ella? ¿Qué es lo que ella hace? Se calla la boca, no le dice nada y espera que se le pase la borrachera a su marido.

¿Cuántas mujeres actuarían así, con esa prudencia? ¿Cuántas mujeres cuando llegan a su casa y ven que su marido vuelve borracho del trabajo, se callan la boca y esperan para hablarle que le haya pasado? ¿Cuántas más bien arman una pelea haciéndole reproches? Como el marido está ebrio arriesgan provocar una reacción violenta en el hombre que después les pega. Pero ella actúa con prudencia, guarda silencio. Al día siguiente, cuando él está lúcido, tranquilo, le dice lo que ha hecho y cómo David pensaba vengarse de la ofensa que él le había inflingido. Al enterarse de lo que ella había hecho, de la impresión a Nabal le da un patatuz, como decimos, posiblemente un ataque de apoplejía. Porque dice la palabra: “Por la mañana, cuando ya a Nabal se le habían pasado los efectos del vino, y le refirió su mujer estas cosas, desmayó su corazón en él y se quedó como una piedra.” Rígido como una estatua. “Y diez días después Jehová hirió a Nabal y murió.” (vers. 37,38).

¿Qué es lo que puede haber afectado tanto a Nabal? Como él era avaro, quizá la cólera de haber perdido los bienes que fueron dados a David; o su alarma ante el peligro que había corrido, que sólo entonces comprendió; o el fastidio de que su mujer lo hubiera humillado llevándole a David las provisiones que él le había negado. O una combinación de esas cosas.

David no tuvo necesidad de vengarse, porque fue Dios el que hizo justicia entre él y Nabal. Dios lo preservó de hacer el mal e hizo que la maldad de Nabal caiga sobre su cabeza. ¿Sabremos nosotros esperar cuando alguien nos ofende? ¿Querremos tomar venganza por mano propia? Hay un pasaje en Romanos en que Pablo dice que nosotros no debemos vengarnos sino, al contrario, hacerle bien al que nos ha ofendido (“…Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor…”) porque de esa manera acumularemos carbones encendidos sobre su cabeza. (Rm 12:19,20).

Cuando David se entera de la muerte de Nabal, ¿qué es lo que hace David? Manda llamar a Abigail. Le envía unos hombres de su parte para que le propongan matrimonio; la toma y hace de ella su esposa. Es interesante que no vaya él mismo a hacerle la propuesta. Enviarle mensajeros era una manera de honrarla, pero, a la vez, de precaverse contra un posible rechazo. Pero ella, que tuvo que darse cuenta del impacto que hizo en David, aceptó encantada enseguida y con mucha humildad el requerimiento de David.

Pero fíjense cuál fue el resultado de la sabiduría, de la paciencia y de la prudencia de Abigail. Ella pasó de ser esposa de un hombre necio, de un hombre insensato y perverso que la hacía infeliz, a ser la esposa del que algún día iba a ser el rey de Israel. Claro está que su decisión no carecía de riesgos. Después de todo David era un perseguido por alguien que tenía un ejército más grande que la pequeña banda que lo seguía. La vida que él llevaba era una vida trashumante, llena de peligros (Véase el cap. 30:1-19) en la que él contaba sobre todo con su audacia. Pero ella tenía fe en la promesa que Dios le había hecho a David a través de Samuel, y no dudaba de que algún día sería rey.

David tenía, es cierto, otra mujer, Ahinoham, que fue la madre de Amnón, el que violó a su media hermana, Tamar (2Sm 13). Abigail fue pues la segunda esposa de David, sin contar a Mical, que el rey Saúl había dado a otro hombre (vers. 43,44). Pero la poligamia era práctica común entonces, y supongo que entre ellas se arreglarían. Pero de lo que sí podemos estar seguros es de que cuando se encontró David la primera vez con Abigail hubo un flechazo a primera vista. Por eso la mandó a buscar tan pronto como supo que ella había quedado libre.
Abigail conquistó a David, claro está con su belleza, pero sobre todo con su inteligencia y “buen entendimiento”, con la sabiduría de sus palabras; lo conquistó con su sentido de oportunidad, que le permitió hacer sin tardar lo necesario en una situación de peligro; lo conquistó con su humildad, pero también con la profecía que pronunció acerca de su futuro. Así que yo creo que Abigail es ciertamente un modelo para todas las mujeres, que deberían estudiar este epsodio, porque contiene profundas enseñanzas. Nosotros sabemos que todo lo que está escrito en la Biblia para nuestra enseñanza fue escrito (Rm 15:4). Les sugiero, por eso leer todo este capítulo. Seguramente el Señor les va a inspirar a ustedes, mujeres, enseñanzas, lecciones y conclusiones que yo como hombre no podría sacar. Pero sería también bueno que los hombres lo lean para que se avergüencen si alguna vez abrigaron sentimientos de venganza semejantes a los que muestra David en este capítulo; o si alguna vez se comportaron con su mujer con la torpeza de un Nabal.


Démosle gracias a Dios por su palabra.

Nota 1. Aquí repite Abigail en el hebreo la expresión “hombre de Belial”, que la Escritura reserva para los hombres malvados y sin ley (Dt 13:13). Belial no era al principio un nombre propio, pero se convirtió en el nombre del demonio o del Anticristo. En ese sentido lo usa Pablo en 2Cor 6:15.
2. Esta figura de lenguaje, tomada de la vida diaria, alude a la alforja en la que las personas guardan sus pertenencias más valiosas y que llevan siempre consigo. Es como si le dijera: Dios te guardará en el secreto de su presencia. Véase el Sal 31:20.
3. El texto hebreo usa aquí en vez de “varón” una expresión de un naturalismo tan crudo que ninguna versión moderna se atreve a traducirla literalmente.

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miércoles, 3 de junio de 2009

DAVID Y ABIGAIL I

Este artículo está basado en la grabación de una enseñanza dada recientemente en el Ministerio de la Edad de Oro, de la C.C. “Agua Viva”

Padre, queremos darte gracias porque tú eres un Dios bueno y misericordioso. Yo quiero pedirte, mi Dios, que tú alimentes a este pueblo tuyo que está aquí reunido en este momento, y que lo alimentes a través de mi boca. Te pido, Padre, que tomes control de mi lengua y de mis palabras, y que sea tu Espíritu quien dé el mensaje que tú deseas que sea escuchado esta mañana. Abre los oídos de los que te escuchan para que te oigan a ti y no a mí, Señor. Gracias Padre, en el nombre de Jesús, Amén.

El personaje central de esta historia, que ocupa todo el capítulo 25 del primer libro de Samuel, no es David sino Abigail. La palabra Abigail quiere decir: “padre de gozo”, en el sentido de causa o fuente de alegría…. Es decir, de acuerdo a su nombre, ella era una mujer hecha para dar gozo a su marido. Pero sabemos que, desgraciadamente, ella había sido casada –pues en esa época los padres escogían al marido- con un hombre muy rico pero que no apreciaba sus cualidades, con un hombre que se llamaba Nabal, cuyo carácter estaba marcado por el significado de su nombre, que quiere decir: necio, insensato. Pero, como veremos más adelante, él era además un hombre soberbio, testarudo, avaro y perverso. El original hebreo lo llama dos veces de hecho “hijo de Belial” (v. 17 y 25), adjetivo que reserva para hombres especialmente malvados. Él con su torpeza pudo haber causado la desgracia de su familia. (Las riquezas suelen producir arrogancia en los que no temen a Dios).

Pues bien, Abigail era una mujer hermosa y de buen entendimiento. Es interesante que el versículo 3 de este capítulo diga que ella “era una mujer de buen entendimiento y de hermosa apariencia”. Menciona primero el entendimiento y después la apariencia, para darnos a entender que es mucho más importante que la mujer tenga buen entendimiento y no buena apariencia, porque lo primero dura y siempre produce buen fruto, mientras que lo segundo pasa con el tiempo. Pero nosotros los varones sabemos muy bien que lo primero en que nos fijamos es en la apariencia de una mujer. ¿No es así? Porque ¿detrás de qué se van nuestros ojos? Detrás de las mujeres bonitas, para desgracia de ellas, porque para muchas su belleza es una trampa, pero no nos fijamos en su inteligencia, aunque la Escritura nos advierta que lo que más cuenta, lo que más valor da a una mujer, es el buen entendimiento. También al hombre, dicho sea de paso.

Pues bien, este episodio ocurre en la etapa que llamaríamos heroica, desde un punto de vista; y vergonzosa, desde otro punto de vista, de la vida de David, quien sería después rey de Israel; porque él era en ese momento un hombre perseguido. ¿Conocen ustedes la historia? El rey Saúl había concebido una gran envidia por el pequeño pastor de ovejas que, armado de solo una honda, había matado al gigante Goliat, pues las mujeres hebreas cantaban: “Saúl mató a mil, pero David mató a diez mil” (1Sm 18:7). Por ese motivo David se vio obligado a huir del rey Saúl que lo quería matar y se rodeó, dice la palabra, de un gran número de forajidos, de endeudados, de delincuentes, de gente sin esperanza, que se unieron a él formando un pequeño ejército (1Sm 22:2).

Después de que muriera el profeta Samuel, que lo había ungido como rey, aunque no lo era todavía, David se fue al desierto de Parán que está al Sur de Israel.

La Escritura dice que Nabal era un hombre muy rico que vivía en Maón, en la zona de Carmel; no el monte Carmel del Norte, sino al Sur, cerca de Hebrón. Cuando suceden estas cosas, Nabal estaba esquilando sus ovejas. La esquila era en Israel, como sabemos, una ocasión de festejos. Él tenía tres mil ovejas, dice la palabra (25:2). ¿Cuánta lana le producirían esas ovejas? Es interesante saber que en esa época había bandas errantes de hombres, como el grupo que seguía a David, que ofrecían protección a la gente que vivía en las zonas limítrofes y, por tanto, inseguras, y lo hacían a cambio de dádivas. Todavía hoy día en esa región hay beduinos del desierto que continúan esa práctica, como hemos podido ver los que hemos estado recientemente en Israel y Jordania. Eso era un poco lo que hacía David con su gente. Porque ¿de qué podría él vivir en sus correrías si no tenia tierras, ni tenía negocio? Vivía de lo que la gente le daba a cambio de protección.

Dice la palabra que David había respetado a los pastores de Nabal y los había protegido de merodeadores, sin pedirles nada a cambio y los había tratado bien. Así que, habiéndose comportado de esa manera con Nabal, y necesitando alimentar a su gente, mandó a diez jóvenes donde Nabal, saludándolo cordialmente y pidiéndole que le dé a él, a través de sus mensajeros, lo que tenga a la mano. Y les manda decirle: “Pregunta a tus criados y ellos te dirán que yo he tratado bien a tus pastores y que nunca les faltó nada en el tiempo que yo he estado en Carmel. Hallen por tanto estos jóvenes gracia en tus ojos, porque hemos venido en buen día, te ruego que des lo que tuvieres a mano a tus siervos y a tu hijo David.” (v.5-8)

David le dice con mucho sentido de oportunidad: “hemos venido en buen día”, porque yo sé que como tienes esquiladores en el campo, has preparado para ellos alimento y agua, y puedes darnos un poco de lo que has preparado. Pero Nabal le contesta torpemente ofendiéndolo: “¿Quién es David? ¿Y quién es el hijo de Isaí? Muchos siervos hay que huyen de sus señores. ¿He de tomar yo ahora mi pan, mi agua (escasa en Israel) y la carne que he preparado para mis esquiladores y darla a hombres que no sé de dónde son?” (v. 10,11)

¿Quién es David? ¿Y quién es el hijo de Isaí? Él sabe bien quién es David porque menciona a su padre. Además, siendo David tan popular, no podía ignorar quién era. Lo que él le está diciendo es: “A mí qué me importa quién seas tú; yo no tengo por qué darte de lo mío. Tú no eres nadie para mí”.Y añade, insultándolo: “Hay siervos que huyen de sus señores”, como diciendo: “Tú estás huyendo, sabe Dios por qué motivo, del rey Saúl.” Ante esa respuesta David se siente, como es natural, profundamente ofendido. Siente que Nabal lo ha despreciado y que en vano él ha tratado bien a sus pastores. Entonces David jura vengarse, diciendo que no va a dejar un varón con vida de la casa de Nabal. Toma a 400 de sus hombres y deja a 200 con el equipaje, cuidando las cosas, y se va donde estaba Nabal.

¿Por qué se había ofendido tanto David? Cuando alguien nos insulta, o nos dice palabras de desprecio, ¿qué es lo que hace que nos sintamos ofendidos? Nuestro sentido del honor, que es básicamente orgullo. Era el orgullo lo que motivaba a David en ese momento. Y a causa de ese orgullo, de su dignidad ofendida, él estaba dispuesto a derramar sangre inocente. Porque él se proponía matar no sólo a Nabal, sino a todos los que estaban con él y le servían, que serían sin duda muchos, pero que no tenían culpa de lo que su señor había hecho.

Él estaba dispuesto a matar a personas inocentes para vengar su honor ofendido. ¿Saben ustedes que hasta hace poco tiempo se hacía eso? Hasta no hace mucho era práctica común en nuestro país, y en muchos otros países, que hubiera duelos en que se batía la gente, pistola o sable en mano, para vengar su honor ofendido. El ofendido enviaba un guante al ofensor, o de tenerlo delante, se lo tiraba al suelo, pidiéndole satisfacciones, o que nombre a sus padrinos. De ahí viene la expresión “levantar el guante”, esto es, aceptar el reto. ¿Qué es lo que impulsaba a los hombres a matar unos a otros, arriesgando su vida batiéndose en duelo? El orgullo. Pero Jesús quebró esa concepción errada cuando dijo: “Al que te hiera en la mejilla derecha, ofrécele la otra.” (Mt 6:39b).

Felizmente un criado de Nabal dio aviso a Abigail y le dijo: “Nabal ha ofendido a David y David ha jurado vengarse de él.” Abigail se da cuenta inmediatamente del peligro. Pero miren la sabiduría de Abigail: ella no va directamente donde su marido a decirle: “¡Oye, pedazo de alcornoque. Mira lo que has hecho. Has ofendido a David, que es un hombre de guerra, y él va a venir a matarnos a todos!”

No le hace un lío, sino, ¿qué es lo que hace? Decide actuar por su cuenta. No es el momento para lamentarse y llorar. Ella sabe que sería inútil que le hable a su marido por lo terco que es. Rápidamente prepara alimento abundante para David y su gente. Dice así la palabra: “Entonces Abigail tomó luego 200 panes, dos cueros de vinos, cinco ovejas guisadas, cinco medidas de grano tostado, 100 racimos de uvas pasas y 200 panes de higos secos.” (v. 18a) ¡Qué buena cantidad de provisiones! “Y lo cargó todo en asnos y dijo a sus criados: Id delante de mí y yo os seguiré luego, y nada declaró a su marido Nabal”. (v. 18b, 19). Porque ella se da cuenta de que el avaro Nabal seguramente le habría impedido enviar las provisiones. Por eso ella prudentemente lo hace en silencio. Manda a sus criados con los asnos cargados por delante, y les dice: “Yo voy a ir por un camino secreto, por el monte.”

¿Por qué se va ella por un camino secreto? ¿Por qué no va ella con la pequeña caravana de asnos llevando las provisiones a David? No se dice acá, pero yo creo que lo hace porque ella siente la necesidad de orar, porque ella quería estar a solas con Dios. El camino secreto nos hace pensar en el lugar secreto, al cual nosotros nos retiramos para hablar con Dios. Ella seguramente quería pedirle a Dios su protección, porque comprende que la situación es crítica y va a necesitar toda la ayuda de Dios para encontrar favor con David. Ella sabe que David es un hombre de guerra y que su cólera no va a ser aplacada fácilmente. Ella es conciente de que de la recepción que él le acorde depende la vida de su familia entera, incluyendo la de sus hijos, si los tenía, y que sólo Dios puede mutar el corazón vengativo de David en uno que perdone y olvide.

Por la forma cómo ella actúa ante esta emergencia, Abigail es un modelo para todas las esposas, porque ante la situación de peligro creada por su esposo, no hace un escándalo ni se queja, sino asume la responsabilidad de la familia y, discretamente, hace lo necesario para afrontar la situación. No se acobarda ni se achica, sino piensa en la solución más oportuna y la ejecuta sin dudar. ¡Benditas sean las mujeres que son como ella!

Podemos imaginar que mientras ella cabalgaba orando montada en su asno, su corazón temblaba preguntándose ¿cómo me recibirá David? ¿Lo encontraré bien dispuesto? ¿Lograré aplacar su cólera? (Continuará)

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