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miércoles, 31 de enero de 2018

¿CUÁL ES TU PRECIO?

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
¿CUÁL ES TU PRECIO?
El presente artículo fue escrito en enero del año 2000. Fue publicado el año 2005 y nuevamente el 2010. En vista del lamentable escándalo de corrupción sistematizada que se ha destapado en los últimos meses, considero que es oportuno volverlo a publicar. Sin embargo, es importante destacar el hecho de que gran parte de la corrupción reciente denunciada fue perpetrada por una gran empresa constructora extranjera que había extendido sus tentáculos a varias esferas de la administración pública y de la actividad privada del Perú y de otros países latinoamericanos. Lo inusual de este fenómeno de corrupción sistémica es que se trataba de una política promovida por el entonces presidente del Brasil, que pretendía de esa manera ganar influencia sobre la política de nuestros países, comprometiendo en sus turbios manejos a varios de sus principales funcionarios públicos, y líderes políticos y empresariales.



Hoy día en el mundo se suele decir que todo tiene su precio, todo se vende y se compra. La conciencia de la gente tiene también su precio. Si un hombre de empresa necesita que una persona en un alto cargo tome determinada decisión que le favorezca o le facilite hacer algún negocio, va donde él, o le envía a un amigo de su parte, a indagar cuánto es lo que exige como compensación para decidir a favor suyo. Si acaso su amigo vuelve diciéndole que el funcionario no acepta plegarse a sus deseos, el empresario piensa: “Caramba, este tipo se cotiza muy alto ¿Cuánto será lo que quiere?” Y manda a su amigo de vuelta para que negocie el monto.
Y tú ¿has pensado cuál es tu precio? ¿Hasta que suma de dinero eres incorruptible, insobornable? ¿10,000 dólares? No, eso es muy poco para mí. ¿Pero si le agregan un cerito a la derecha y te susurran al oído: cien mil, estarías dispuesto a ceder? ¿Te pones firme y dices: Yo no puedo aceptar este tipo de ofertas? ¿O tratas de justificar tu venalidad diciéndote que hay ofertas que no se pueden rehusar?
Si te proponen un negocio incorrecto ¿hasta qué ganancia estás dispuesto a renunciar para mantener tu integridad?
La gente está acostumbrada a deslizar un sobre, o un billete a la persona que tiene que tramitar un expediente, para que no ponga trabas y lo haga rápido, aunque es su obligación hacerlo por el sueldo que recibe. Estas cosas son tan comunes que ya ni nos llaman la atención ni nos hacen sonrojar sino nos acomodamos a la costumbre.
Hay quienes no se venden por dinero (¡son incorruptibles!) pero sí por una “pequeña” ventaja temporal, como podría ser un viaje, o un puesto, o un honor, o una posición de cierta importancia, y no obstante, se consideran honestos. Nunca se rebajaron a recibir una coima en dinero, pero sí torcieron la verdad, o la justicia, a cambio de un beneficio de otro orden.
El personaje de Daniel en la Biblia es sumamente interesante en este respecto, y las peripecias de su vida son muy instructivas para nosotros, porque él fue un hombre público, que desempeñó altos cargos desde joven y sirvió a sucesivos gobiernos durante su larga carrera.
Él era un muchacho israelita que había sido llevado a Babilonia cuando Nabucodonosor conquistó Jerusalén, hacia fines del siglo VI antes de Cristo. El propósito del tirano era doble: de un lado privar a la nación conquistada de lo mejor de su gente, de su élite; y, de otro, aprovechar para su propia nación lo más capaz del país vencido.
El joven Daniel fue llevado a Babilonia junto con otros jóvenes que, como él, formaban parte de la aristocracia judía, y habían recibido desde niños una educación esmerada. Ahora se trataba de que aprendieran el idioma de los caldeos y se familiarizaran con las costumbres babilónicas. Si él y sus amigos demostraban ser alumnos aprovechados les esperaba una brillante carrera en su nueva patria.
El rey encargó a un hombre de su confianza el cuidado de los jóvenes israelitas, su manutención y su educación. Pero, Daniel como buen israelita, debía obedecer a las prescripciones de la ley de Moisés acerca de los alimentos, y había ciertos manjares y ciertas bebidas que le estaban prohibidas.
Dice la Escritura: "Daniel se propuso no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió por tanto a su tutor que no se le obligase a contaminarse." (Dn 1:8). Y el funcionario, aunque con algunas dudas, accedió a su petición.
Daniel y sus compañeros rehusaron gustar de la comida del rey, a pesar de que eso significaba correr el riesgo de disgustar a su tutor y, peor aún, de suscitar la cólera del soberano. En esa época los reyes no se andaban con contemplaciones. Si alguien se oponía a sus deseos, simplemente lo mandaban matar.
Pero Daniel no condescendió con las satisfacciones y halagos que le ofrecía el mundo: una mesa bien servida, vino abundante, diversiones y encima, una brillante carrera y formar parte del grupo privilegiado.
¿Cuántas veces nos hemos encontrado en situaciones parecidas?  Se nos ofrecen tales o cuales ventajas, con tal de que cedamos en nuestros principios. ¿Mantenemos entonces nuestra integridad o nos acomodamos? ¿Estamos dispuestos, por razones de conciencia, a renunciar a las ventajas que nos ofrecen, o peor, a ser marginados por no colaborar?
Si eres profesional ¿te negarías a hacer lo que tu conciencia te prohíbe, pese a las amenazas de represalias?
Si eres juez ¿cambiarías la sentencia a favor del culpable porque alguien bien situado te lo ordena? (Nota) ¿Estás dispuesto a arriesgar que te cambien de colocación, o que te acusen falsamente de prevaricato, por no ceder a las presiones?
Si eres investigador, o fiscal ¿cambiarías el atestado policial por una buena oferta de dinero, o por la promesa de un ascenso? ¿Acusarías al inocente por un fajo de billetes?
Si eres médico ¿esterilizarías a esa pobre campesina ignorante, sin explicarle claramente lo que esa operación significa, o sin que su esposo esté de acuerdo? Hubo pocos médicos que se negaron hace pocos años a hacerlo por temor de perder su puesto y su sueldo.
¿Harías abortar a esa joven por una buena suma de dinero?
Si estás a cargo de las compras en una repartición pública, ¿harías pedidos innecesarios en complicidad con otros colegas para recibir la comisión que te ofrece el vendedor? ¿Te contentas con el diez por ciento para otorgar la buena pro, o pides más? ¿O te niegas, más bien, como debieras, a recibir un centavo?
Casos como los que menciono ocurren a diario en la administración pública, en los negocios, y en todas las profesiones. Y ahí es cuando se descubre el temple de nuestra integridad de carácter, y de nuestras convicciones.
Queremos formar parte de la collera, del grupo de amigos "in", de los que son invitados a reuniones de diversión privadas, de los que están al tanto de las mejores oportunidades para hacer dinero, de los que se benefician con los repartos o de los ascensos.
Hoy más nunca reinan los que venden su conciencia. ¿Cuál es tu precio? ¿Ya lo has fijado?
Seguir a Cristo también tiene su precio, pero es un precio de naturaleza diferente, que no siempre se mide en dinero. Porque puede pedírsenos que mintamos ante la opinión pública, o que tomemos parte en manejos que nuestra conciencia reprueba; o que nos adhiramos a ciertos grupos políticos, o a ciertas fraternidades que nos ofrecen apoyo de colegas; o, simplemente, se nos pide que neguemos nuestra fe cristiana.
El apóstol Pedro se encontró una vez en una situación de peligro parecida y, para escapar de ella, negó que era amigo de Jesús. Si él decía que sí, si admitía que era su amigo, quizá lo hubieran involucrado en el juicio como cómplice, y hubiera acabado en la cruz junto con su maestro. Él lo amaba, por cierto, pero no tanto como para arriesgar la vida, o como para ser torturado por su causa.
Sin embargo, Pedro le había jurado poco antes a Jesús que estaba dispuesto a morir por Él. Pero llegado el momento de la prueba, más pudo el miedo. Cuando cantó el gallo, y se acordó del anuncio que le había hecho Jesús, ya era tarde, ya lo había traicionado.
¿A qué le temes tú más? ¿A desafiar la ira del rey, de los poderosos, o a desafiar la ira de Dios? Los reyes, los poderosos de este mundo, son muchas veces testaferros del diablo, sus emisarios. Vienen de su parte para tentarte, para probar el temple de tu conciencia. Cuando te vengan a hacer determinadas ofertas, mira bien los pies de la persona que te las hace, a ver si descubres las pezuñas del cachudo.
¿A quién le temes tú más? ¿A Dios, o a la gente del mundo, o a la sociedad, o a los poderosos? ¿Ante quién tiemblas?
Jesús dijo: "No temáis a los que matan el cuerpo mas no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno" (Mt 10:28). Hay quienes creen que Jesús se está refiriendo en ese pasaje al diablo, pero no se está refiriendo al diablo, sino a Dios. Sólo a Dios debemos temer. El diablo puede torturarnos en el infierno pero no puede mandarnos ahí, ni destruirnos. Sólo Dios puede hacerlo.
También dijo Jesús: "¿Qué provecho sacará el hombre con ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si pierdes tu alma, lo perdiste todo, porque los bienes son muchos, pero el alma es una sola. Además el bien que pudiste ganar a cambio de tu alma dura muy poco. En cambio tu alma es eterna.
Antes Él había dicho: "Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por mi causa, la encontrará". (Mt 16:25). Esa es la gran promesa de Jesús. Lo que tú estés dispuesto a renunciar por mantenerte fiel a Jesús, inclusive la vida, lo recuperarás mil veces aumentado, multiplicado, en este mundo, o en el otro.
Dios premió la fidelidad de Daniel y de sus compañeros haciendo que ellos encontraran gracia con el funcionario que se encargaba de ellos; haciendo que no se demacraran, como temía el tutor, por el hecho de comer sólo legumbres, y otros alimentos permitidos a los israelitas (Dn 1:12-15); y, por último, los premió dándoles más sabiduría que a los otros jóvenes de su edad (Dn1:19,20), de tal manera que destacaran temprano sobre los demás del grupo. Porque dice el texto sagrado que el rey se mostró satisfecho con ellos y los convirtió en sus consejeros.
Ser fieles a Dios conlleva un precio, pero trae consigo también una recompensa. Por de pronto, mayor sabiduría y autoridad. Puede haber sacrificios que afrontar, esto es, renunciar a los premios que da el mundo a los que se doblegan; y puede haber peligros que sortear, incluso el de arriesgar la vida; pero, al final, Dios nos premia y su recompensa tiene mucho mayor valor que las satisfacciones transitorias que ofrece el mundo.
En última instancia, aunque al principio te critiquen o se burlen de ti, al final te admirarán por la solidez de tus principios, y de tu carácter, te elogiarán públicamente. Porque no hay mucha gente incorruptible en el mundo, y esos pocos terminan siendo admirados y premiados hasta por aquellos que los criticaban.
Pero el mayor premio que puedes obtener es la paz de una conciencia tranquila, de un sueño imperturbado. Si hubieras consentido en lo que te proponían, si hubieras aceptado el soborno ¿cómo te hubieras sentido? ¿Estarías contento de ti mismo? Y si el asunto llegara a ser público ¿con qué cara mirarías a tus hijos que veían en ti a su modelo?
Nota: Debemos admitir con vergüenza que estas cosas suceden con frecuencia en nuestro poder judicial, y no sólo porque alguien bien situado lo ordena, sino también porque se ofrece una atractiva recompensa dineraria.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle a Dios perdón por ellos, a la vez que lo invitas a entrar en tu corazón y a ser el Señor de tu vida.

#1014 (04.02.18). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).  

lunes, 1 de marzo de 2010

INVOCACIÓN A LA IGLESIA

Día a día nos conmueven las noticias de asesinatos cometidos en las calles de nuestras ciudades, muchas veces por encargo; y el espectáculo de accidentes irracionales que riegan de sangre nuestras carreteras, mutilando cuerpos, truncando vidas y destrozando familias.

De otro lado, las denuncias de irregularidades cometidas en las más altas esferas judiciales, donde debería prevalecer la justicia, nos impelen a preguntarnos: ¿Qué está pasando en nuestro país? ¿Es éste el país que hemos soñado y que queremos dejar en herencia a nuestros hijos?

¿Qué valor pueden tener las sentencias de un Tribunal Constitucional en que no figura ningún catedrático o abogado constitucionalista de prestigio? No lo hay porque ninguno de los que merecerían formar parte de ese tribunal desea ser miembro de un cuerpo desprestigiado. ¿O qué valor pueden tener las decisiones de un organismo encargado de elegir jueces y fiscales capaces y probos, si ese colegiado está abierto a la influencia corruptora del soborno o de las presiones políticas?

Creo que ha llegado el momento en que la Iglesia se ponga de pie para orar por el imperio de la justicia y de la rectitud en todos los órganos del poder judicial de nuestra patria. Las denuncias de los últimos días ponen en evidencia una falta penosa de ética en las instituciones del estado que deberían dar el ejemplo y que son claves para la marcha ordenada del país.

Esta es una situación que clama al cielo. La palabra de Dios dice que “cuando el impío domina el pueblo gime” (Pr 29:12). ¿Cuántas injusticias se cometen en nombre de la justicia? ¿Cuánto sufrimiento humano y frustraciones son causadas por sentencias injustas? No diremos que eso lo sean todas. Felizmente ha habido algunas famosas que han sido ejemplares. Pero no son la mayoría.

Dios le dijo a Moisés: “Jueces y oficiales pondrás en todas las ciudades que Jehová tu Dios te dará en tus tribus, los cuales juzgarán al pueblo con recto juicio.” (Dt 16:18) ¿Hemos cumplido este mandato que también es para nosotros? Enseguida agregó: “No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos.” (v. 19). Esas palabras son letra muerta en muchas instancias de nuestra patria que deberían obedecerlas.

Por boca de Isaías Dios acusó: “Tus príncipes prevaricadores y compañeros de ladrones; todos aman el soborno y van tras las recompensas.” (Is 1:23ª) Parece que estuviera hablando del Perú.

En Deuteronomio Dios dijo: “Maldito el que recibiere soborno para quitar la vida al inocente.” (27:25). ¿Puede nuestro pueblo responder “Amén”, como se dice a continuación que hicieron los israelitas? Los sicarios matan y salen libres, y hasta ofrecen sus servicios por Internet. ¿Hasta cuándo vamos a permitirlo sin exigir que se aplique un castigo ejemplarizador? En el Perú somos compasivos con los culpables y crueles con las víctimas.

La Palabra dice que “si el pueblo se humilla y se convierte de sus malos caminos… Dios perdonará sus pecados y sanará la tierra.” (2Cor 7:14). Eso es lo que tenemos que hacer colectivamente como iglesia. Pedirle al Señor que perdone a nuestro país y a sus malas autoridades, y que las aleje y nos dé en su lugar pastores conforme a su corazón. Pastores sí, porque eso es lo que son las personas que Dios pone al frente de un pueblo para gobernarlo.

#616 (28.02.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 7 de agosto de 2009

JEROBOAM, EL QUE HIZO PECAR A ISRAEL II

Terminamos el artículo anterior afirmando que el pecado de Jeroboam no podía quedar sin castigo y que la palabra de Dios anunció que su linaje sería borrado de la tierra. Veamos ahora de qué manera se cumplió esa profecía.
1R 14:1-3. “En aquel tiempo Abías hijo de Jeroboam cayó enfermo, y dijo Jeroboam a su mujer: Levántate ahora y disfrázate, para que no te conozcan que eres la mujer de Jeroboam, y vé a Silo; porque allá está el profeta Ahías, el que me dijo que yo había de ser rey sobre este pueblo. Y toma en tus manos diez panes y tortas, y una vasija de miel, y vé a él para que te declare lo que ha de ser de este niño.”
Una primera consecuencia de la impiedad de Jeroboam en el plano personal, como castigo de Dios, fue la enfermedad del hijo que él había designado para sucederle en el trono. Cuando su heredero cae enfermo él teme por la permanencia de su linaje en el trono de Samaria, y entonces se acuerda del profeta que le había anunciado que él sería rey. Si de Ahías había venido la palabra que lo había exaltado y colocado sobre el trono, ¿por qué no se acordó de él antes para pedirle que le aconsejara sobre cómo debía ejercer el poder y gobernar al pueblo que Dios le había dado? Porque no fue su propio brazo el que lo había exaltado sino el brazo de Dios. Él no había tenido eso en cuenta, pero ahora que teme que las cosas puedan voltearse en su contra, ahora sí se acuerda del profeta y quiere que él le diga qué va a ocurrir con el niño.
Pero he aquí lo interesante. Jeroboam no quiere que nadie sepa que él envía a su mujer donde el profeta que permanece fiel al Dios de sus mayores, y por eso la envía de incógnito. Incluso el presente con que él la envía no es el propio de una reina sino el regalo modesto de un ciudadano común (Nota 1). Él tiene mala conciencia porque no ha cumplido la advertencia que Ahías le hizo de que debía permanecer fiel a Dios, como lo había sido David, para que su casa sea firme (1R 11:38). Presume que si el profeta la reconoce su respuesta podría no ser favorable.
¡Cómo es de doble la conducta de Jeroboam! En el fondo él reconoce al Dios verdadero, a quien se rinde el único culto autorizado en Jerusalén, y no en los lugares que él había establecido. Pero él no quiere que el pueblo sepa que él acude al Dios que niega; no quiere que el pueblo sepa que él teme a Jehová más que a los baales a los que él ha ordenado que el pueblo adore, violando el mandato que Dios dio a Moisés (Ex 20:2,3). Sin embargo, acude a Ahías porque fue él quien le predijo que sería rey de Israel, y su profecía se cumplió. Supone que por ese motivo el profeta está a su favor. Él es a la vez conciente de que Ahías tiene la palabra de Dios en su boca y que, por tanto, lo que él diga se cumplirá.

14: 4-6 “Y la mujer de Jeroboam lo hizo así; y se levantó y fue a Silo, y vino a casa de Ahías. Y no podía ver Ahías, porque sus ojos se habían oscurecido a causa de su vejez. Mas Jehová había dicho a Ahías: He aquí que la mujer de Jeroboam vendrá a consultarte por su hijo, que está enfermo; y así y así le responderás, pues cuando ella viniere, vendrá disfrazada. Cuando Ahías oyó el sonido de sus pies, al entrar ella por la puerta, dijo: Entra, mujer de Jeroboam. ¿Por qué te finges otra? He aquí yo soy enviado a ti con revelación dura.”
¡Cómo debe haberse sorprendido la mujer de Jeroboam de que Ahías, que estaba ciego, supiera quién era ella! Pero si Ahías era profeta ella debió haber pensado que él sabría quién venía a visitarlo, aun sin verla. ¿Podemos nosotros engañar a Dios? ¿Cómo podríamos disfrazarnos para que Dios no nos reconozca y vea lo que hacemos? Hay “cristianos” que no se atreven a hacer ciertas cosas en las ciudades donde habitan por temor de que alguien los vea, pero que cuando están de viaje van a ciertos lugares y hacen ciertas cosas no permitidas, porque confían que nadie los va a reconocer. Pero ¿podemos ocultarnos de Dios? Su palabra dice que “aun las tinieblas no encubren de ti.” (Sal 139: 12).
Notemos la autoridad con que Ahías habla a la mujer de Jeroboam. No la trata con ninguna cortesía especial, como correspondería a su condición de reina. Dios, por cuenta de quién él habla, “no hace acepción de personas” (Dt 10:17). Él la trata con la severidad que su conducta merece –aunque más que la de ella, la de su marido, de quien ella es cómplice.
“Entra mujer de Jeroboam…” Si Ahías fuera alguien del mundo, se hubiera dirigido a ella en términos corteses, como por ejemplo: “Tenga a bien, su Majestad, entrar a la modesta morada de este indigno siervo suyo…” Pero si ella hubiera venido de buena fe, sin disfraces, hubiera ciertamente merecido una acogida mejor que la que Ahías le dispensa. Pero el profeta, que no tiene temor de hombre porque sabe quién lo respalda, le hace un severo reproche que ella deberá transmitir a su marido.
“¿Por qué te finges otra?” ¿Cuántas veces los hombres pasan por lo que no son, y aparentan riquezas, o títulos, o estudios que no tienen? ¿O simulan pobreza cuando tienen las arcas llenas, para que nadie les solicite ayuda? ¡Qué vergüenza pasarán cuando se revele la verdad y su mentira quede expuesta!

14: 7-9. “Ve y di a Jeroboam: Así dijo Jehová Dios de Israel: Por cuanto yo te levanté de en medio del pueblo, y te hice príncipe sobre mi pueblo Israel, y rompí el reino de la casa de David y te lo entregué a ti, y tú no has sido como David mi siervo, que guardó mis mandamientos y anduvo en pos de mí con todo su corazón, haciendo solamente lo recto delante de mis ojos, (2) sino que hiciste lo malo más que todos los que te han precedido, pues fuiste y te hiciste dioses ajenos e imágenes de fundición para enojarme, y a mí me echaste tras tus espaldas…”
Primero que nada Dios le recuerda a Jeroboam que fue Él quien lo levantó como rey de las diez tribus cuando no era sino un funcionario real, anunciándole que iba a dividir el reino de Salomón a causa de la idolatría en que había caído al final de sus días. Jeroboam era pues conciente del motivo por el que Dios dividió al reino forjado por David. Pero no aprendió la lección, sino que por razones de frío cálculo político, decidió hacer lo mismo que había hecho Salomón, y aun peor, pues apartó premeditadamente al pueblo de la adoración al Dios verdadero.
Ahías le recuerda a Jeroboam que cuando él le anunció los planes que Dios tenía para el reino de Israel y para su persona, le advirtió solemnemente que si andaba fielmente en los caminos de Dios y hacía lo recto, Él haría que su linaje fuera firme sobre el trono de Israel, como había hecho con el linaje de David (1R 11:38). (3) Pero Jeroboam no actuó como había sido amonestado, sino hizo todo lo contrario, despreciando a Dios. (4)
Si el profeta anuncia lo que ha de venir no es porque él tenga en sí mismo algún poder para ver el futuro, sino porque él habla en el nombre del Dios de Israel. Jehová sigue siendo el Dios de Israel, aunque Jeroboam haya prostituido a su pueblo. Pese a su infidelidad no les ha dado Dios todavía carta de divorcio (Jr 3:8).
“Hiciste lo malo más que todos los que fueron antes de ti…” Saúl, que nunca se inclinó ante los ídolos, fue descartado por un acto de desobediencia (1Sm 15). Salomón en su vejez se tornó idólatra, seducido por sus muchas mujeres (1R 11:4-8), pero nunca pretendió apartar a su pueblo del culto al Dios verdadero. Jeroboam, en cambio, cometió algo que Dios abomina, pretender que se le adore en la forma de becerros de fundición, y montar todo un culto falso con sacerdotes falsos y fiestas espúreas.

10. “Por tanto, he aquí que yo traigo mal sobre la casa de Jeroboam, y destruiré de Jeroboam todo varón, así el siervo como el libre de Israel; y barreré la posteridad de la casa de Jeroboam como se barre el estiércol, hasta que sea acabada.”
¡Qué maldición terrible pronuncia Ahías sobre Jeroboam y su descendencia! ¡Dios los aniquilará y los barrerá como quien barre el estiércol! ¡Qué gráfico es el lenguaje de la Escritura! Pero eso no es todo. Pero es no es todo; aun tiene Dios un castigo más ignominioso para el linaje de Jeroboam:

11. “El que muera de los de Jeroboam en la ciudad, lo comerán los perros, y el que muera en el campo, lo comerán las aves del cielo; porque Jehová lo ha dicho.”
Es decir, ninguno de ellos será enterrado, sino que sus restos serán comidos por los perros o por las aves. No ser enterrado y ser pasto de las fieras y las aves era tenido por una gran desgracia en Israel, pues constituía una de las maldiciones que Dios pronunció sobre los desobedientes (Dt 28:26). Por ese motivo dar sepultura a los muertos llegó a ser considerado como un acto de suma piedad en Israel. Aun nosotros solemos honrar a nuestros muertos dándoles una sepultura digna.

12. “Y tú levántate y vete a tu casa; y al poner tu pie en la ciudad, morirá el niño.”
Tú has venido aquí a preguntarme qué será de tu hijo. Pues yo te digo que apenas llegues a tu casa tu hijo morirá. ¿Cómo debe haber recibido ella la noticia en ese momento y cuán grande debe haber sido su pena y su desilusión? ¿Con qué cara transmitirá la mala nueva a su esposo que esperaba una buena palabra del profeta? Pero ¿tenía él derecho a esperarla, él, que no había cumplido lo que el profeta le había amonestado solemnemente que hiciera? Dios no acepta la sumisión a medias y en aquello mismo en que el hombre pretende aprovecharse de las cosas de Dios, ahí es castigado el hipócrita.

13. “Y todo Israel lo endechará, y lo enterrarán; porque de los de Jeroboam, sólo él será sepultado, por cuanto se ha hallado en él alguna cosa buena delante de Jehová Dios de Israel, en la casa de Jeroboam.”
¿Qué cosa buena puede haber hallado Dios en este niño? Yo creo que su inocencia, pues posiblemente no llegó a vivir lo suficiente como para pecar. Los que mueren en edad temprana son afortunados, porque no tienen que rendir cuentas ante el tribunal de Dios, ya que no tuvieron oportunidad de hacer nada malo ni de ofenderlo. Jesús dijo: “Dejad que los niños vengan a mí… porque de los tales es el reino de los cielos.” (Mt 19:14)
Aunque en verdad no sabemos qué edad tenía ese hijo. Si Jeroboam, según la costumbre hebrea, se había casado antes de los 20 años, es posible que su hijo ya fuera un joven adolescente, que quizá no miraba con buenos ojos el culto idolátrico que había instaurado su padre. Si ése fuere el caso, tenía mucho mérito porque mantenía un espíritu recto en medio de muchas tentaciones. “Los que brillan en tiempos y lugares malos –dice Mathew Henry- resplandecen con fulgor a los ojos de Dios.” Por esa razón él fue el único de su casa que mereció ser sepultado en medio de los lamentos de su pueblo. Con frecuencia Dios se lleva temprano a los que más ama, porque la tierra no es un lugar digno de ellos.
Notemos que la muerte de su hijo debió servir de advertencia a Jeroboam, pero él no la escuchó, pues perseveró en sus malos caminos.
Pero aun no han terminado las maldiciones que el profeta tiene reservadas para la casa de Jeroboam, porque continúa diciendo de parte de Dios:

14. “Y Jehová levantará para sí un rey sobre Israel el cual destruirá la casa de Jeroboam en este día; y lo hará ahora mismo.”
¿Por qué dice “para sí”? Porque ese nuevo rey cumplirá lo que Dios se propone hacer. Y ¿por qué dice “ahora mismo” si aún faltan muchos años para que suceda? En la visión profética los tiempos se acortan: el futuro y el presente están juntos, tal como los ve Dios. Notemos que Jeroboam quiso asegurar la estabilidad de su reinado mediante la idolatría, pero lo que obtuvo en realidad fue la destrucción de toda su casa. La segunda parte de la profecía de Ahías se cumplió cuando, una vez muerto Jeroboam, al segundo año del reinado de su hijo Nadab que le sucedió, (el cual “andó en los caminos de su padre y en los pecados con que hizo pecar a Israel”, 1R 16:26), Baasa, un jefe de la tribu de Isacar, conspiró contra él y lo mató. Y cuando subió al trono “mató a toda la casa de Jeroboam sin dejar alma viviente…hasta raerla, conforme a la palabra que Jehová habló por medio de su siervo Ahías silonita” (1R 16:29). Baasa exterminó a todos los descendientes de Jeroboam, según la estrategia implacable usada entonces, para que ninguno de ellos pudiera más tarde reclamar la corona, aprovechando alguna circunstancia favorable.
Pero todavía tenía Ahías un anuncio más terrible que hacer de parte de Dios:

15. “Jehová sacudirá a Israel al modo que la caña se agita en las aguas; y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y los esparcirá más allá del Éufrates, por cuanto han hecho sus imágenes de Asera, enojando a Jehová.”
Ahías profetiza cuál será el futuro aciago de las diez tribus que forman el reino de Israel. Dos siglos después de pronunciadas estas palabras, Dios arrancará al pueblo de la buena tierra que había prometido a sus padres, y los desterrará más allá del Éufrates a causa de su idolatría, diseminándolos por comarcas lejanas para que no puedan regresar. (5)
Esta profecía se cumplió en dos etapas. Primero cuando, unos doscientos años más tarde, Tiglat-pileser, rey de los asirios, conquistó las provincias septentrionales del reino de Israel, y llevó cautiva a la población. (2R 15:29). Algún tiempo después, su hijo Salmanasar “tomó Samaria y llevó a Israel cautivo a Asiria, y los puso en Halah, en Habor junto al río Gozán, y en las ciudades de los medos.” Es decir, aún más lejos que en el primer destierro. Con esta conquista las diez tribus que formaban el reino del Norte (también llamado Samaria) desaparecen de la historia y no se vuelve a saber más de ellas. Por ese motivo son conocidas como “las diez tribus perdidas de Israel”.

16. “Y él entregará a Israel por los pecados de Jeroboam, el cual pecó, e hizo pecar a Israel.”
Las acciones de Jeroboam marcaron la pauta de lo que el pueblo del Norte haría en el futuro, como se dice más adelante: “Y los hijos de Israel anduvieron en todos los pecados de Jeroboam…sin apartarse de ellos, hasta que Jehová quitó a Israel de delante de su rostro…” (2R 17:22,23). De los 18 reyes que se sucedieron en cortos lapsos de tiempo sobre el trono de Israel, 15 de ellos, según la Biblia, no se apartaron de los pecados de Jeroboam. Por ello el trono del reino del Norte estuvo marcado por el caos. Después del reinado de Jeroboam II, durante el cual el reino gozó de un período de prosperidad, tres reyes que no eran parientes se sucedieron en el lapso de siete meses, y dos de ellos murieron asesinados; e igual suerte corrieron otros dos más en un lapso de 15 años. Los cambios de gobierno no se produjeron de forma ordenada, de modo que cada rey fallecido fuera sucedido por el heredero, sino mediante asesinatos y golpes de estado. Esa inestabilidad contrasta con la permanencia de la casa de David sobre el trono de Judá, pues durante más de 400 años, hasta que Jerusalén fue conquistada por Nabucodonosor, no faltó un descendiente suyo que se sentara sobre el trono.
¡Qué terrible influencia tuvo Jeroboam sobre su pueblo! No sólo pecó él de manera abominable, sino que hizo que a ejemplo suyo, pecara todo el pueblo, lo cual explica el título dado a estos dos artículos.
Los reyes del pasado, aún reciente, ejercían una enorme influencia sobre la conducta de sus pueblos (6). Y la siguen teniendo en nuestros días los gobernantes. Un gobernante corrupto hará que la corrupción aumente en su país, porque se rodeará de corruptos que lo secunden, que a su vez se rodearán de otros corruptos, etc., etc.. Un presidente honesto hará que la corrupción disminuya, porque no la permitirá en su entorno, y ese mensaje se transmitirá hacia abajo, aunque la corrupción no desaparezca totalmente. ¿Quiere esto decir que la corrupción es un mal inevitable? Mientras que el pueblo no se vuelva cristiano me temo que sí. Pero nótese que la corrupción generalizada y omnipresente que hoy nos aflige se ha desarrollado en los últimos cuarenta años y no existía antes.

17,18. “Entonces la mujer de Jeroboam se levantó y se marchó, y vino a Tirza; y entrando ella por el umbral de la casa, el niño murió. Y lo enterraron y lo endechó todo Israel, conforme a la palabra de Jehová, la cual Él había hablado por su siervo, el profeta Ahías.” (7)
Cuando Jeroboam vio que su hijo moría según lo anunciado por Ahías, supo que las demás profecías que él había hecho se cumplirían también. ¿Se arrepintió por eso Jeroboam? No tenemos noticia de que lo hiciera. ¿Cuál sería su destino eterno?

Notas: 1. Entonces era costumbre en Israel y en el Oriente, cuando se consultaba a un profeta, llevarle un presente, no como soborno (aunque recuérdese el caso de Balaam, Nm 22:7) sino como honorarios por sus servicios. La calidad del presente naturalmente guardaba relación con los medios o el rango del solicitante, o con la importancia que tenía el asunto. Véase, por ejemplo, 1Sm 9:1-8, donde el regalo es un siclo de plata; o 2R 8:8,9, donde el regalo requiere nada menos que de 40 camellos para transportarlo!!
2. Dios olvida el pecado de adulterio cometido por David, porque David nunca adoró a dioses ajenos.
3. Los descendientes directos de David de hecho reinaron sin interrupción en Jerusalén durante más de 400 años, hasta que, debido a sus pecados, Judá y su capital fueron conquistados por Nabucodonosor, y su clase dirigente deportada a Babilonia.
4. La frase “me echaste a tus espaldas” es una expresión de desprecio que también se encuentra en Ezequiel 23:35. El hombre piadoso debe tener a Dios siempre delante de sí, es decir, tenerlo en cuenta en todo lo que haga, como canta el rey David (Sal 16:8), y nos amonesta el libro de los Proverbios (Pr 3:6).
5. Los imperios de la antigüedad aplicaban políticas de dominación semejantes a lo que los incas empleaban bajo el nombre de “mitimaes”. Para acabar con la identidad de los pueblos conquistados los desterraban a comarcas lejanas y repoblaban el territorio que había quedado semivacío con súbditos propios traídos de otros lugares.
6. Los reyes en Europa, hasta hace dos siglos, decidían cuál debe ser la religión de su pueblo.
7. Aparentemente Jeroboam había trasladado su residencia a Tirza, una ciudad situada a once kilómetros al Noreste de Siquem, conocida por su ubicación ventajosa para el comercio y por su belleza (“Hermosa eres tú como Tirza”, dice el Cantar de los Cantares 6:4).

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