martes, 8 de julio de 2014

EL FÚTBOL COMO METÁFORA DE LA VIDA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL FÚTBOL COMO METÁFORA DE LA VIDA
Los partidos de fútbol son una metáfora de la vida.

 El adolescente es como un equipo que sale a la cancha y está haciendo ejercicios de calentamiento antes de que el árbitro toque el pito para iniciar el juego.
Cuando sale del colegio se inicia el partido. Los muchachos están llenos de impulso, de energía, de vida y deseos de triunfar.
El adolescente tiene dos tiempos por delante para ganar o perder, para meter goles o que se los metan. Cuenta con una barra que lo apoya y con otra que le es contraria: sus padres y amigos de un lado; sus rivales y enemigos, del otro.
Los goles que quiere anotar son las metas que se propone alcanzar en los años que tiene por delante.

Para meter esos goles necesita tener una estrategia de juego que tome en cuenta las condiciones de la cancha así como las fortalezas y las debilidades del adversario. Es decir, no sólo sus propias condiciones sino también las circunstancias concretas con las que se tiene que enfrentar, las ventajas y desventajas de su entorno, las dificultades y las facilidades que encuentre en la vida.
Los padres lo pueden ayudar y aconsejar, pero los goles los tiene que meter él.
Al frente está el guardameta, rodeado de los defensas, que tratarán de impedir que la pelota penetre en el arco. Ya sabemos quién es el guardameta y sus defensas. Es el enemigo de siempre que trata de frustrar nuestros planes y robarnos el éxito, junto con la esperanza (Jn 10:10).
A medida que transcurre el primer tiempo el marcador va señalando los goles anotados. Llega la mitad del primer tiempo y quizá le han metido un par de goles al muchacho y él todavía no ha metido ninguno.
O pudiera ser que él mismo, en un momento de atolondramiento se  metió un autogol y cuando quiere recuperarse lo "faulean". Alguien le ha serruchado el piso en el trabajo, o lo calumniaron y lo botan. Sigue moviéndose el minutero, vuelan las hojas del calendario, pero él todavía no obtiene nada. ¡Qué rápido pasa el tiempo! Se agita, empieza a sudar angustiado. Todavía le quedan 15 minutos para voltear el marcador, o siquiera para empatar.
¡Tiempo! grita el árbitro. Se detiene el juego y todos a la banca. Hay momentos en que la vida nos saca de la cancha para que podamos reflexionar.
Cuando empieza el segundo tiempo ya tiene unos 40 años. Ya no está fresco como al comienzo, pero todavía guarda energías.
Los goles que metió son las cosas que ha logrado en la vida: profesión, casa propia, auto, familia... Pero quizá no metió ninguno, no tiene nada de eso y se siente derrotado.
Los goles que le metieron son las adversidades, las desilusiones, los fracasos, las enfermedades...
Pero aun le queda el segundo tiempo por delante para recuperarse y ganar el partido. ¿Cómo se moverá el marcador? ¿Meterá más goles o se los meterán?
¿Cómo anda tu vida si ya estás jugando el segundo tiempo? ¿Cuántos goles has hecho? ¿Cuántos te han metido? Si el marcador está en tu contra, todavía puedes voltearlo con la ayuda de Dios antes de que termine el encuentro.
Al final se juega el tiempo de descuento, cuando se jubila. Todavía tiene una chance de ganar el partido si le quedan piernas para correr y se esfuerza. En las tribunas el público retiene el aliento. Pero cuando el árbitro toca el pito final, se acaba el partido y ahí queda el marcador.
Habrá quienes celebren el triunfo porque se alzaron con la copa, y quienes lamenten su derrota y se vayan a llorar al camarín, como harán algunos deudos afligidos. Pero lo que importa y alegra a los espectadores es que el partido haya sido bien jugado, respetando las leyes de la ética, y que nadie ganó dinero injustamente.
En las exequias dirán que fue un gran goleador, que se dio por entero en la cancha de la vida, y no fue un ocioso que se aprovechó del esfuerzo ajeno; que tenía un gran dominio de la pelota, pero que no la retuvo cuando convenía pasársela a otro; que supo jugar en equipo y no pretendió meter él solo todos los goles.
Es muy importante que el niño sepa que a la cancha de la vida se sale para meter goles y que debe empezar a hacerlo desde temprano. No vaya a ser que su vida pueda ser comparada con el futbolista de barrio, del que se dice que sabe jugar bonito y lucirse, pero no sabe meter goles.
Al niño hay que enseñarle (pero con prudencia, pues no es sino un niño) desde pequeño a fijarse metas, a planificar cómo las alcanza y, sobre todo, a lograrlas, a no aceptar los fracasos.
Esas metas que se proponga serán las adecuadas a su edad, a la etapa de la vida en que se encuentra, y estarán relacionadas con sus estudios, con los deportes que practica, con sus colecciones, con sus juegos, sus lecturas...
El niño debe ser estimulado a fijarse propósitos para su vida y es bueno que converse sobre ellos con sus padres y que sienta que sus padres lo apoyan. Más tarde, cuando la vida lo lleve por otros caminos y se independice, buscará el consejo de sus padres porque está acostumbrado a hacerlo desde pequeño y sabe que en ellos encuentra a sus mejores amigos.
NB. Este escrito formó parte de una enseñanza dada hace más de una década en la escuela de padres de un colegio cristiano. Se publica con algunos pequeños cambios.


Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#835 (22.06.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


miércoles, 2 de julio de 2014

HABLEMOS DEL MATRIMONIO

Párrafos tomados de mi libro
“MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO”
Vol II por Publicar
HABLEMOS DEL MATRIMONIO
Cuando compramos algún artefacto eléctrico, o mejor, para hacer el ejemplo más sencillo, cuando compramos un automóvil, solemos cuidar el vehículo lo mejor que podemos, lo cuidamos esmeradamente, y si no lo cuidamos, si no le damos el mantenimiento requerido, se malogra en poco tiempo. Una máquina bien mantenida funciona bien. Si no se la mantiene, si no se la cuida, se malogra. Eso está claro. Pues bien, si se me permite usar la comparación, la mujer es una máquina muchísimo más compleja, muchísimo más delicada que cualquier máquina construida por el hombre porque es un organismo vivo y sensible. Su ser tan diverso en los variados aspectos de su naturaleza, de su biología, requiere de un cuidado especial para que esté y “funcione” bien. Si tú cuidas tu automóvil ¿no vas a cuidar a tu mujer? Es un cuidado muchísimo más exigente, es cierto, y requiere de muchísimo más inteligencia, de muchísima más prudencia, de muchísima más atención y, sobre todo, de muchísimo amor.
Hay hombres que le dan amor a sus autos, pero el auto no puede recibir amor ni corresponderlo. La mujer, en cambio, está hecha para recibir amor y para darlo. Entonces, cuando la mujer se sabe amada, protegida, apoyada, ella florece como ser humano. Si le falta eso, la mujer se marchita. Hay tantas, tantas mujeres que son como una flor que se ha marchitado, y casi siempre es por culpa del hombre.
Editores Verdad & Presencia. Av. Petit Thouars 1191, Santa Beatriz, Lima, tel. 4712178.


¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? III

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? III
Un Comentario del Salmo 8:6-9
Continuamos con el comentario del versículo 6 de nuestro salmo, pero extendemos la
exposición a los dos versículos siguientes, el 7 y el 8, que junto con el primer nombrado, dicen así:
“Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies; ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar.”
Es comprensible que al hablar de los animales sobre los cuales Dios le dio al hombre dominio, el salmo mencione en primer lugar a las ovejas y a los bueyes, puesto que David, su autor, era pastor y esos animales eran los que tenía más cerca. Luego menciona a las bestias del campo, por lo que podemos entender que alude a otros animales de los que el hombre se sirve –y se servía con más intensidad en otras épocas- como el asno, la mula y los camellos, que están sujetos al hombre.
Menciona asimismo las aves del cielo, algunas de las cuales caza y convierte en alimento, así como también los peces del mar, que los hombres pescan con anzuelos y redes, y ahora incluso, con grandes embarcaciones. La pesca, como bien sabemos, es una actividad inmemorial que proporciona alimento a una buena parte de la humanidad. Recordemos que algunos de los discípulos de Jesús eran de profesión pescadores. Por eso Él pudo decirles al llamarlos: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4:19).
¿Qué comprende la frase: “todo cuanto pasa por los senderos del mar.”? ¿Los tiburones, las ballenas, y otros peces grandes como el delfín? ¿Por qué no? El hombre ha aprendido a pescarlos y a utilizar la grasa y otros elementos de su cuerpo, además de su carne. Hay también quienes interpretan esa frase como aludiendo a las embarcaciones de todo tipo que el ingenio del hombre ha inventado, y que surcan los mares, e incluso, navegan sumergidos.
Entre las bestias del campo pueden estar incluidos también las fieras salvajes, como el tigre y el león, de los que él ha aprendido a defenderse para que no le hagan daño, y a los que en una ocasión el poder de Dios cerró la boca (Dn 6:22).
Los tres versículos que hemos citado describen la posición que Dios le dio al hombre al crearlo, dándole dominio sobre la creación. Con ello Dios le estaba mostrando el gran amor que le tenía. Todas las riquezas de la tierra han sido reservadas para su uso y su beneficio. Es por la Providencia de Dios que los caballos y los bueyes y otros animales le prestan su fuerza; que las ovejas, y los camélidos producen lana para que se vista y se abrigue; que los ganados le proporcionen carne y leche; que los campos producen alimento forraje; y que las fuerzas de la naturaleza, como la electricidad, las ondas electromagnéticas y la luz, estén a su servicio, le ahorran esfuerzo y le permitan comunicarse con quienes están a miles de kilómetros de distancia. ¡Con cuánto amor y gratitud debe el hombre corresponder a estas muestras de la benevolencia de Dios!
Sin embargo Hebreos 2:8 al citar el versículo 6 de este salmo, ha dicho que no todas las cosas están sujetas al hombre, lo cual es muy cierto, porque el viento y el mar no le obedecen. ¿Quién es el hombre, o la mujer, en efecto, que pueda pararse en la playa y ordenarle al mar: “Oye, ya basta, ya no tengas olas; quiero que te estés quieto. ¿Has oído?” ¿Le obedecerá el mar? Y si hay un viento muy fuerte, ¿dónde está el hombre que se ponga de pie y le diga: “Oye viento, ya para, detente. Me estás dando frío. Deja ya de soplar?” ¿Le obedecerá el viento? No existe. No hay ser humano que pueda hacer eso.
Sin embargo hay uno a quien el mar y los vientos sí le están sujetos. Por eso en una ocasión ordenó que se calmaran y le obedecieron. ¿Recuerdan ese episodio? El Maestro y sus discípulos estaban en una barca atravesando el lago de Genesaret, y Jesús se había quedado dormido. Como era un lago grande y soplaba un fuerte viento, las olas amenazaban hundir la barca. Entonces los discípulos asustados lo despertaron diciéndole: “¡Jesús nos hundimos, nos hundimos! ¿No te preocupa?” Jesús se levantó entonces y mandó a los vientos y al mar que se calmen. Y enseguida sobrevino una gran calma. Sus discípulos se quedaron asombrados, diciéndose: “¿Quién es éste a quien los vientos y el mar obedecen?” (Mt 8:23-27; Mr 4:35-41; Lc 8:22-25).
Vemos pues que sí hay Uno a quien los vientos y el mar obedecen, Uno que fue hecho durante un tiempo un poco inferior a los ángeles a causa de los padecimientos de la muerte, pero que una vez resucitado, es superior a todos ellos; Uno de quien también se dice que todas las cosas fueron puestas bajo sus pies; y de quien dice además Efesios: “Y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef 1:22,23).
¿De quién está hablando? De Jesús. De manera que este salmo que comentamos, como hemos ya visto en el artículo anterior, también es aplicable a Él, a nuestro Redentor, a nuestro hermano mayor, porque, después de haber sido coronado de espinas, Él ha sido realmente y sin exageración, coronado de gloria y de honra en recompensa a los padecimientos a los cuales se sometió voluntariamente para reconciliar al hombre con Dios.
Jesús tiene efectivamente dominio sobre todas las cosas sin excepción, no solamente en la tierra, sino también en el cielo y en el infierno (Flp 2:10), como muy bien explica Pablo en 1Cor 15:24-28.
Por eso mismo podemos también ver cuán grande fue su humildad, porque no solamente se hizo inferior a los ángeles, sino que, sin dejar de ser Dios, tomó apariencia de siervo haciéndose semejante a nosotros al tomar forma humana, como dice Filipenses en el capítulo 2. Y a pesar de que todos los ángeles le adoran, aceptó durante un tiempo ser un poco menos que ellos, y ser como uno de nosotros, y estar sometido a las mismas limitaciones que nosotros.
Dios le dio al hombre dominio sobre todas las cosas y las puso bajo sus pies; es decir, en rigor, sobre casi todas las cosas, porque ciertamente el hombre ha dominado la naturaleza en medio de la cual vive, pero aún le quedan muchos campos por dominar, y a medida que descubre más cosas, constata que todavía le quedan muchas más por descubrir. Ha dominado las fuerzas de la naturaleza y ahora puede volar aunque no tiene alas, y puede remontarse hasta la luna. Puede permanecer debajo del mar durante bastante tiempo, aunque no tiene agallas para respirar como los peces, y puede moverse con facilidad en el agua, aunque no tiene aletas. Puede hacer cosas extraordinarias, antes inimaginables. Sin embargo ese mismo hombre que todo lo domina, se vuelve siervo de las cosas y objetos materiales que él mismo con su ingenio ha creado y produce en masa, y las convierte en ídolos a los cuales adora y detrás de los cuales corre desesperado. Se convierte realmente en su esclavo.
Lo vemos alrededor nuestro. Compran un automóvil que les ha costado bastante dinero. Lo cuidan, lo acariñan, lo quieren como si fuera un ser humano, y ponen todo su cuidado en mantenerlo limpio y en perfecto estado. Y si por casualidad se raspa un poquito buscan todos los medios para limpiar la raspadura. ¡Y ay, ay, ay! no vaya a ser que lo choquen. (No quiero ser hipócrita. Yo también cuido mi carro con esmero. Sobre todo debajo del capó para que dure)
Adoramos las cosas y los objetos que tenemos. Hay personas que tienen colecciones de relojes, o de porcelanas, y los adoran como si fueran la última maravilla. No digo que no tengan valor; son objetos artísticos que adornan la vida y algunos son muy bellos. Pero son cosas finalmente que el hombre ha hecho con sus manos, o con herramientas, como fabricaba antaño ídolos de madera o metal delante de los cuales se inclinaba, meras cosas y objetos inanimados, y por ellos el hombre descuida lo que es importante.
Entonces uno puede realmente preguntarse: ¿Qué cosa es el hombre para que Dios se acuerde de él? ¿Qué es esta criatura que recibió tantos favores de Dios y que en un momento de locura le da la espalda? ¿Qué es este hombre para que tengas compasión de él cuando sólo merece tu castigo? Porque tú, Señor, te has inclinado hacia el hombre y lo has levantado de la cloaca en que se revolcaba, y lo has limpiado de toda suciedad con tu sangre, y le has infundido tu Espíritu. ¿No se puede decir acaso eso de nosotros, que nos sacó de la cloaca, del muladar en que vivíamos con nuestros pecados? Pero Él nos ha levantado, nos ha sacado de la miseria en que estábamos, de la ignominia, de la vergüenza, de la desesperación y nos ha limpiado con ese líquido, con ese detergente espiritual maravilloso que es la sangre de Jesús, y ahora estamos limpios, inmaculados, libres de toda mancha al habernos justificado. Y algún día nos vamos a presentar delante de Él para ser juzgados.
A.B. Simpson escribió: “La raza humana no ha alcanzado aún la victoria, pero la Cabeza de la raza sí la ha alcanzado, y donde Él está, ahí estaremos nosotros; y como Él es, así seremos nosotros.”
Nuestro salmo termina repitiendo la frase inicial. “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!” (v. 9). Y es muy justo que lo haga, porque su grandeza es para nosotros insondable, más grande de lo que el hombre pueda concebir. Sin embargo, este Dios inmenso está más cerca de nosotros que nuestro propio aliento, pues lo tenemos dentro de nosotros, y ahí está para escucharnos como Padre amante, para atender a la menor de nuestras súplicas y aliviar la menor de nuestras penas y preocupaciones. Este Dios inmenso que no cabe en el universo entero está en nuestro pecho. ¿Podemos imaginarlo? El Creador de todo lo que existe está dentro de nosotros. Y Él vigila y dirige nuestros pasos, los pasos de todos aquellos que le temen y elevan su pensamiento a Él.
Decir que “elevan su pensamiento a Él” es una manera de hablar, porque sólo necesitamos pensar en Él para contactarlo en nuestro interior. No obstante, la expresión es muy justa, porque al pensar en Dios nuestro pensamiento se eleva, deja lo cotidiano y terreno, y se remonta a las regiones del Espíritu.
¿Qué cosa tenemos que hacer entonces? Adorarle con todo el fervor que Él se merece, con toda la admiración que su majestad reclama, y darle toda la gloria que podamos con nuestra boca, con nuestros labios, rindiéndonos a Él y diciéndole: “Señor, yo soy tuyo, todo lo que soy te pertenece. Tú me has hecho para un destino glorioso, aunque ahora parezca que estoy limitado, porque tengo un cuerpo que tiene sus fallas, sus deficiencias y sus debilidades, debido a la edad. Pero algún día tendré un cuerpo de gloria como el cuerpo de Jesús resucitado, que atravesaba las paredes y era incorruptible. Y no habrá ninguna enfermedad, ninguna dolencia, ningún dolor que me impida gozar de la presencia de Dios para siempre. Amén.
NB. El presente artículo, así como los dos anteriores del mismo título, están basados en la grabación de una charla dada recientemente en el ministerio de la Edad de Oro.
Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#834 (15.06.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 19 de junio de 2014

¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? II
Un Comentario del Salmo 8:3-6
3.4. “Cuando veo los cielos, obra de tus manos, (Nota 1) la luna y las estrellas que tú
formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo de hombre para que lo visites?” (2)
En verdad, frente a la inmensidad de los cielos ¿qué cosa es esta miserable criatura que camina sobre la tierra? ¿Qué somos nosotros? La astronomía ha revelado que esos cuerpos celestiales que vemos en las noches como pequeños puntitos arriba en los cielos, las estrellas del firmamento, son en realidad de dimensiones portentosas, comparadas con las cuales, la tierra, este planeta sobre el cual caminamos, es de un tamaño minúsculo, y el hombre es menos que un virus, que una bacteria. El sol es más de mil veces más grande que la tierra, ¿y qué es el sol comparado con la Vía Láctea en la cual el sistema solar se encuentra? ¿Qué somos nosotros? ¿Cuántos millones de veces más pequeños que la tierra? Pero eso no es nada, la Vía Láctea, la galaxia en la cual está el sistema solar, es una de los millones de millones de galaxias que pueblan el universo.
¿Cómo podemos nosotros entender esa inmensidad que es la creación? ¿Y qué es el hombre al lado de ella? ¿Qué es el hombre para que Dios se acuerde de él y lo haya visitado viniendo Él mismo a la tierra para hacerse como uno de nosotros? En términos de comparación ¿quién es el hombre, o la mujer, que por amor a las cucarachas quisiera hacerse cucaracha? ¿O menos aun, que hormiga, o que una pulga casi invisible? ¿Qué diríamos de alguien que anuncie que se va a hacer pulga para salvarlas? Que está loco, diríamos. Entonces tenemos que decir que por amor Dios estaba loco, porque nosotros somos menos que una pulga comparados con Él. Él se hizo hombre, se hizo pulga, por decirlo de alguna manera, para venir a redimirnos y asumir nuestra naturaleza.
Oigan, ¿quién quisiera ser pulga? ¿Quién quisiera ser cucaracha? El Verbo, la segunda persona de la Trinidad, que estaba allá en la gloria de los cielos, se propuso tomar forma humana, hacerse hombre, sujetándose a todas las debilidades y limitaciones propias de nuestra condición, y tener hambre desde que era pequeño. ¿Ustedes se imaginan a Jesús como un bebé llorando? Claro que tiene que haber llorado de hambre y sed, o porque se había mojado y tenían que cambiarle los pañales. Su mamá tenía que acariciarlo para calmarlo, y José quizá tenía que cargarlo como hacen todos los padres.
Y una vez crecido, ya adulto, debe haberse cansado trabajando en Nazaret. Iniciada su vida pública anduvo por los caminos polvorientos de Judea y de Galilea, transpirando y cansándose como cualquiera de nosotros. Al final de su carrera fue insultado y golpeado. Lo torturaron y lo mataron clavándolo a una cruz. Todo eso lo soportó por amor a nosotros. ¿Qué es el hombre para que Jesús se sometiera a tantas vejaciones y padecimientos por su causa? ¿Qué es ese ser miserable y malagradecido al lado de Dios?
Asombrado el patriarca Job exclama: “¿Qué es el hombre (enosh), para que lo engrandezcas, y pongas en él tu corazón?” (Jb 7:17).
Dios ama al hombre, y todo lo soportó por amor a esos ingratos que somos nosotros. Es como si nosotros amáramos a un ser que no se puede ver ni con lupa. Dios ama a esa criatura insignificante. ¿Y por qué la ama? ¿Por qué será? Porque la ha creado, porque salió de sus manos.
El ser humano, dice el libro del Génesis, fue creado por Dios. Tomó polvo, arcilla de la tierra, le dio forma, y le infundió aliento de vida (Gn 2:7). Somos obra suya. Él nos ha hecho, y por eso, a pesar de que no somos nada, somos muchísimo, porque nos hizo con sus manos y tenemos su Espíritu dentro de nosotros.
Hay un salmo que dice: “Oh Jehová, ¿qué es el hombre (adam), para que en él pienses, o el hijo de hombre (enosh) para que lo estimes? El hombre (adam) es semejante a la vanidad; sus días son como la sombra que pasa.” (Sal 144:3,4).
Es verdad, nuestro paso por la tierra es fugaz, como esas estrellas fugaces que se ven un instante en el firmamento azul y que de pronto desaparecen. ¿Quién se acuerda de cuando tenía tres años? Yo me acuerdo muy bien de cuando tenía esa edad, cuando jugaba y me tropezaba, caía y lloraba. ¿Y cuándo fue eso? Ayer no más. Ayer no más fui al colegio, hacía trampa y copiaba en los exámenes; ayer no más me trompeaba con mis compañeros que me pegaban porque  eran más fuertes que yo. Ayer no más, ayer no más. Ayer no más me he casado, ayer no más nacieron mis hijos, uno tras otro, casi uno por año. Ayer no más yo los llevaba al colegio. ¡Cómo pasa la vida tan callado, como dice el poeta, y tan rápido! Los años vuelan, vuelan, vuelan.
El salmo 103 lo expresa elocuentemente: “El hombre (enosh), como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella y pereció, y su lugar no la conocerá más.” (v. 15,16).
Y hay otro salmo, el salmo 37, que lo dice de una manera más clara todavía, hablando del impío: “Vi al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado”. (v. 35,36)
Yo pienso ¿cuántos personajes famosos de la historia, o quizá más recientes, se pavoneaban porque eran grandes y reconocidos y todo el mundo se inclinaba a su paso ante ellos porque eran ricos y poderosos? ¿Dónde están ahora? ¿A dónde se fueron? Cuando mueren hay grandes avisos necrológicos en los diarios y se les entierra en medio de gran pompa. Pero en poco tiempo desaparecen de la memoria popular. ¿Dónde están sus sueños, los grandes planes y proyectos que concibieron? Nadie sabe, nadie los conoce ni los recuerda, porque murieron con ellos. Entonces ¿qué es lo que realmente importa? Si todo eso desaparece y no vale nada, lo que realmente importa es cómo nos vamos a presentar algún día delante de nuestro Juez. Eso importa. Si Él nos va a recibir con los brazos abiertos, o nos va a rechazar; si vamos a estar a su derecha con las ovejas, o si vamos a estar a su izquierda con los cabritos. Yo estoy seguro de que todos los que estamos acá vamos a estar a su derecha. Grandes y pequeños, todos vamos a comparecer delante del Dios para quien, como dice el profeta, las naciones son como gotas de agua (Is 40:15).
Otro salmo dice: “Sale su aliento y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos.” (Sal 146:4) Y sin embargo, a ese ser transitorio que no es nada, o casi nada, “lo has hecho poco menor que los ángeles”, como dice este salmo en el vers. 5.
¿En qué sentido el hombre es “poco menor que los ángeles”? (3) Podríamos decir que el hombre tiene inteligencia, pero no una inteligencia tan vasta como la de los ángeles; ni tiene poderes como los que tienen los ángeles, que tienen la capacidad de trasladarse de un sitio a otro en un instante, de aparecer y desaparecer. ¿Quién puede hacer eso? Los ángeles sí lo pueden hacer, nosotros no. Y luego añade: “Lo coronaste de gloria y de honra.” Tóquense la cabeza, ahí tienen su corona de honra y de gloria, aunque seamos calvos algunos. ¿Qué ha hecho el hombre para merecer ese honor?
Luego dice en el vers. 6: “Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies”. Hiciste que dominara sobre toda la creación, según lo que dice el Génesis: “Hagamos al hombre conforme a nuestra semejanza y señoree en los peces del mar, en las aves del cielo, en las bestias y en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.” (1:26) A este hombre que Dios creó, que salió de sus manos, y que es nada en sus dimensiones físicas comparado con la grandeza del universo, a este hombre, digo, le dio la facultad y la capacidad de ser señor de la naturaleza. ¿No es verdad? Yo pienso que el hombre desde el inicio dominaba no sólo sobre los animales que son más pequeños que él, sino también sobre los animales que son más grandes, porque el hombre, aunque es débil en fuerza muscular comparativamente hablando, domina a los rinocerontes, a los hipopótamos, a los elefantes. Y si hubiera animales más grandes, también los dominaría. ¿Por qué los domina a pesar de que no tiene una fuerza comparable a la que tienen ellos? Porque tiene inteligencia, algo que los animales no tienen. Eso nos lo dio Dios, eso es lo que Él hizo por nosotros.
En la epístola a los Hebreos hay un pasaje que habla de algo más importante que quiero tocar para terminar. Dice así: “Pero alguien testificó en cierto lugar, diciendo: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿O el hijo de hombre, para que lo visites? Tú le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todas las cosas sujetaste debajo de sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero aún no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Empero vemos coronado de gloria y de honra, por el padecimiento de su muerte, a aquel Jesús que es hecho un poco menor que los ángeles, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.”  (Hebreos 2:6-10).
Así que este salmo que estamos comentando, en el que se habla del hombre, también habla del Hijo del Hombre, esto es, de Jesús que vino a la tierra tomando forma humana; que fue hecho temporalmente un poco menor que los ángeles para que pudiera padecer por nosotros y nos redimiese. Fue hecho inferior a ellos, a pesar de que era infinitamente superior a ellos, pues era su Creador. Fue hecho inferior a ellos al tomar “forma de siervo” (Flp 2:7), siendo concebido y formado en el vientre de una mujer, y naciendo en un humilde pesebre (Lc 2:7); y aunque era el dueño de todo, no tenía dónde recostar la cabeza (Mt 8:20); y aunque era igual en gloria y naturaleza al Padre, fue rechazado y despreciado por los hombres que eran sus criaturas; y aunque en Él estaba la vida que “era la luz de los hombres” (Jn 1:4), “se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.” (Flp 2:8). (Continuaré comentando el vers. 6).
Notas: 1. En verdad, no dice “obra de tus manos” sino “de tus dedos”. Si comparamos las palabras de Jesús en Mt 12:28 y Lc 11:20, veremos claramente que el dedo de Dios es su Espíritu. Con él expulsaba Jesús a los demonios; con él también el Creador desplegó los cielos (Is 40:22), y creó todo lo que contienen (Sal 146:6). En el salmo 144:1 podemos ver cómo las palabras “manos” y “dedos” se usan como sinónimos. Por eso David pudo escribir: “Los cielos son obra de tus manos (Sal 102:25b).
2. En este versículo, en que aparece dos veces la palabra “hombre”, el original hebreo emplea dos palabras distintas. La primera es enosh, “hombre mortal”, uno de cuyos significados es también “ser débil”, por lo que esta palabra es empleada en contextos que subrayan la debilidad humana (Jb 4:17; 7:1; Sal 90:3 y 103:15). Esta palabra contrasta con ish, que significa también “varón” o “esposo”, pero subrayando su fortaleza (Gn 3:6; 7:2; Is 21:9), aunque también puede significar “ser humano” (Nm 23:19). (No está de más recordar que Enosh o Enós era el nombre del hijo mayor de Set, el tercer hijo de Adán y Eva: Gn 5:5,6). La segunda palabra que aparece en la frase es adam, la cual, además de ser un nombre propio, designa a la humanidad en sentido general (Gn 1:26,27: 2:20), o también a un número específico de hombres (Gn 11:5; Jr 47:2). Se podría entonces traducir la pregunta de este versículo de la siguiente manera: “¿Qué es este hombre débil y mortal para que de él te acuerdes, y este descendiente de Adán para que lo visites?”
3. La palabra hebrea Elohim, que se traduce aquí como “ángeles” significa literalmente “dioses”. Aunque es una palabra plural, el libro del Génesis la emplea en un sentido singular para referirse al Dios creador (Gn 1:1,2,3,4, etc.). En su sentido plural puede significar “jueces” o “gobernantes” (Ex 21:6; Sal 82:2,6), o dioses paganos (Ex 18:11; Sal 86:8), o “ángeles”, como en este salmo.
La palabra Jehová que solemos usar viene de una latinización del tetragrámmaton (JHVH por YHWH) y de una lectura equivocada de los signos de las vocales que se colocan debajo de las consonantes en la escritura hebrea, hecha a finales del siglo XIII, y que la costumbre ha consagrado. El alfabeto hebreo consta de 22 consonantes. Hace algo más de diez siglos los escribas judíos (masoretas) inventaron un sistema de puntos y rayas que se colocan debajo de las consonantes, para registrar el sonido de las vocales y que la pronunciación tradicional de las palabras del idioma no se perdiera. Dado que estaba prohibido pronunciar el nombre de Dios (YHWH), se adoptó la costumbre de decir Adonai en su lugar. Para recordarlo se colocaron las vocales de esta última palabra (“a” “o” “a”. La primera “a” corta tiene un sonido cercano a la “e”). Ignorantes de este hecho los traductores cristianos de la Edad Media asumieron que la pronunciación de JHVH era “Jehová”. Recién en el siglo XIX los estudiosos se percataron del error.
NB. El presente artículo, el anterior y el siguiente del mismo título, están basados en la grabación de una charla dada recientemente en el ministerio de la Edad de Oro.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, te invito a pedirle sinceramente perdón a Dios por tus pecados diciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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miércoles, 4 de junio de 2014

¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
¿QUÉ ES EL HOMBRE PARA QUE DE ÉL TE ACUERDES? I
Un Comentario del Salmo 8:1,2
1. “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre sobre la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos.”
El primer versículo es una exclamación de admiración ante la grandeza de Dios (puesto que su nombre lo representa). Es una grandeza que se extiende sobre toda la tierra, sobre toda la naturaleza visible aquí abajo; sobre todo lo que nuestros ojos abarcan.
Pero también el salmista se admira de la gloria de Dios manifiesta en los cielos; esto es, en la luna, en las estrellas, en las nubes y en los colores fulgurantes del crepúsculo. (Nota 1)
Lo que el hombre puede ver ahora con sus propios ojos en la inmensidad del firmamento ha aumentado casi al infinito por los métodos que la tecnología ha creado. El hombre puede penetrar con instrumentos hasta los confines del universo y se han descubierto galaxias, huecos negros, y toda clase de formaciones celestes antes desconocidas.
Comparado con esa grandeza inconmensurable ¿qué cosa somos nosotros, seres miserables que caminamos sobre la tierra y que tenemos como máximo dos metros de altura?
¿Qué es el hombre comparado con todo eso para que Dios sea acuerde de él y se incline hacia él, siendo ese ser menos que una partícula de polvo comparado con la grandeza del universo?
Las palabras del salmo acerca del glorioso nombre de Dios bien pueden ser aplicadas a Jesús, cuyo nombre está “por encima de todo nombre” (Flp 2:9), porque no hay nombre que sea más conocido y venerado en la tierra que el suyo; no hay nombre que haya marcado más la historia de la humanidad que el suyo, que es el único “nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que podamos ser salvos” (Hch 4:12).
En virtud de ese nombre, escribe Juan Crisóstomo, “la muerte fue disuelta, los demonios fueron apresados en cadenas, los cielos fueron abiertos, sus puertas de par en par, el Espíritu fue enviado, los esclavos fueron liberados, los enemigos se volvieron hijos, y los extranjeros, herederos…”
En nuestro país, donde el amanecer y el atardecer duran poco tiempo, debido a la cercanía del Ecuador, nos hemos acostumbrado a ver el despliegue de colores de esos momentos con indiferencia, sobre todo en Lima, donde las nubes los velan en parte. Pero en las regiones donde ambos fenómenos duran más tiempo, en el Sur del Perú, o en Chile, o en los países del hemisferio Norte, el crepúsculo puede durar tres o cuatro horas. El espectáculo de los cielos encendidos de colores cambiantes es maravilloso. ¡Qué belleza! ¡Qué gloria! No hay pintor que pueda igualarlo. ¡Qué mayor manifestación de la gloria de Dios que ésa!
¡Y qué decir del arco iris que sucede a la lluvia! Aunque es cierto que en Lima casi no lo vemos porque llueve rara vez, pero en la sierra donde llueve con frecuencia… ¡Y qué decir de los truenos, de los rayos y los relámpagos que atraviesan el firmamento durante las tempestades, cuando el mar agitado se encrespa! Ése puede ser un espectáculo pavoroso, sobre todo para quienes se hallan en el mar.
Hace varias décadas, de muchacho, yo viajé a Europa en un trasatlántico, y una tempestad nos cogió en medio del océano. Parecía que el barco se iba a hundir porque unas olas de por lo menos diez metros de altura barrían la cubierta, y la proa se hundía en el agua y se levantaba en un sube y baja terrorífico al enfrentar el oleaje gigante. Desafiando las instrucciones dadas a los pasajeros de permanecer en su camarote, yo subí imprudentemente hasta el puente de mando sin que me vieran, y me quedé escondido fuera de la cabina cubierta donde estaba el capitán empuñando el timón. Yo estaba por lo menos a treinta metros de altura sobre el mar, pero me empapé completamente porque las ráfagas del viento huracanado levantaban chorros de gotas de agua como si fuera lluvia. Era un espectáculo de dar miedo.
Los fenómenos en que se desata la furia de la naturaleza nos hablan de la grandeza de Dios, tal como nos lo recuerda el inicio del salmo 19: “Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
¿Y por qué es glorioso singularmente el nombre inefable de Dios? ¿Quién sabe cómo se llama Dios? ¿Alguien conoce su nombre? Es Jehová. ¿De dónde viene ese nombre? ¿Cómo lo conocemos? Porque Dios mismo se lo reveló a Moisés, cuando se le apareció en la zarza ardiente y le dijo que había visto la aflicción y oído el clamor de su pueblo, y que lo iba a enviar donde el faraón para que deje salir al pueblo de Egipto (Ex 3:7). Moisés, asustado, se resiste y, entre otros argumentos, contesta: Si el pueblo me pregunta cuál es tu nombre ¿qué les digo? Dios le responde (en hebreo) “Eh yéh asher Eh yéh” (Yo soy el que Yo soy). Este es un juego de palabras que apunta al nombre de Yahweh (que nosotros escribimos como Jehová, y que probablemente se pronunciaba “iáue”) (2) y que significa “Yo soy el que causa que las cosas sean”. HYH (omitiendo las vocales) es la primera persona del verbo imperfecto “ser”. YHWH (el tetragrama sagrado) es la tercera persona singular masculina del mismo verbo imperfecto, que puede ser tanto presente, como pasado o futuro.
“Así dirás a los hijos de Israel: ‘Yo soy’ me ha enviado a vosotros.” Y enseguida añade: “Yaweh, el Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos.” (v. 14,15).
Los teólogos y los eruditos han estudiado durante siglos el significado profundo de ese nombre, pero ¿quién puede entender lo que el nombre de Dios quiere decir? Sería como descifrar lo que es Dios mismo. Pero ¿hay mente humana que pueda descifrar o entender completamente lo que es Dios? No lo hay.
Hemos visto que el nombre revelado a Moisés quiere decir ‘Yo soy el que Yo soy’. Es decir, ‘Yo soy el Ser que subsiste por sí mismo’, el Ser que no necesita de ningún otro, que no fue creado sino al contrario es el origen creador de todas las cosas que existen. De Él hemos salido y a Él vamos a regresar algún día. Pero ese significado no agota todo su contenido. En realidad el nombre de Dios es tan grande como Él mismo. Por eso es que uno puede comprender la exclamación de admiración del poeta ante algo tan inconmensurable: “¡Oh Jehová Señor nuestro cuán glorioso es tu nombre sobre toda la tierra!” Porque su gloria va mucho más allá de lo que el hombre puede entender; es más grande de lo que la mente humana puede abarcar.
Y prosigue el salmo diciendo:
2. “De la boca de los niños y de los que maman fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo.”
Cuando Jesús entró triunfalmente en Jerusalén antes de su pasión, Él citó esta frase para responder a los fariseos que se indignaban de lo que los niños decían de Él. Él usó la versión griega de la Septuaginta, que era, dicho sea de paso, la versión que la iglesia usaba al comienzo, y que sigue siendo la versión de la Biblia que usan las iglesias ortodoxas de habla griega: “De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza” (Mt 21:16).
Leamos el episodio que está en Mateo 21: Jesús entró en el templo de Dios y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. Y vinieron a él en el templo, ciegos y cojos, y los sanó. Pero los principales sacerdotes y los escribas viendo las maravillas que Él hacía y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dijo: Sí, ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?” (v. 12-16). Y les cerró la boca.
Ellos estaban molestos porque al ver los milagros que Jesús hacía, los niños alababan a Dios por las maravillas que Él hacía. Por ese motivo ellos estaban furiosos. A los impíos no les gusta que se alabe a Dios.
Ahora bien, ¿por qué es tan importante la alabanza? Porque la alabanza es un baluarte, una fortaleza, contra la cual el enemigo se estrella impotente. Por eso no la soporta. Donde quiera que haya alabanza el diablo se retira molesto porque no puede hacer nada. Por eso mismo ésa es nuestra arma de elección. Cuando nos veamos acosados por el demonio, no tenemos sino que ponernos a alabar a Dios y él se irá corriendo porque no le gusta oírla. ¿Por qué no le gusta? Recordemos, ¿quién era Lucifer antes de que fuera echado al abismo?  Era el director de la alabanza. Ése era su papel. Por eso él la detesta, porque por soberbia renunció a ella.
Muchas cosas misteriosas y profundas han sido ocultadas a los grandes y a los sabios, a los que se jactan de sus propias fuerzas y conocimientos, pero han sido reveladas a los pequeños que no presumen de nada, dijo Jesús en otra ocasión (Mt 11:25). ¿Y por qué es eso? Porque Él desea ser conocido sobre todo por los que desean sinceramente conocerle y tienen hambre y sed de la justicia que viene de Él (Mt 5:6).
En otra ocasión Jesús dijo también que el reino de los cielos pertenece a los niños y a los que son como ellos (Mt 19:14; Lc 18:16). De modo que si alguna vez alguien te dijera: Pareces un niño. ¡Qué tonto eres! puedes decirle: Gracias a Dios por ello, porque así tengo asegurado un puesto en el reino de los cielos.
El comentarista británico del siglo XVII Mathew Poole escribe que en los niños se puede ver mucho de la gloria de Dios, desde su concepción hasta su crecimiento en lo oculto del seno materno (Sal 139:13,15,16), así como en su alumbramiento y en su crianza; en su alimentación que provee el pecho materno; y por la forma cómo los niños son con frecuencia guardados de peligros de los que ellos no son concientes, por las personas que los rodean. Dios, en efecto, ha puesto en las criaturas pequeñas un  encanto que subyuga los corazones y que hace que de una manera instintiva tendamos a protegerlos y a acariñarlos. Por eso es que hay pocos crímenes tan odiosos y terribles como el de pervertir la inocencia de los niños, como ahora se hace con frecuencia.
¡Qué cosa tan extraordinaria es que una nueva vida humana pueda surgir cuando se unen una célula femenina y una célula masculina! ¡Qué misterio extraordinario! Son dos células, una provista por el hombre, la otra por la mujer. De su unión surge el embrión; que es algo más que una simple célula, porque es una nueva vida, un ser humano. ¿Qué tiene el embrión que lo hace diferente de una mera célula? Tiene un alma y un espíritu.
¿Saben ustedes por qué los aliados del diablo promueven el aborto? Porque odian ese fenómeno, odian el surgimiento de la vida. Odian ese misterio que se produce cada vez que un hombre y una mujer se unen. ¡Y qué maravilla es también cuando la criatura se va formando y crece en el seno materno; y luego irrumpe al exterior y nace!
Yo he estado presente en el nacimiento de la mayoría de mis hijos, y como son nueve, tengo bastante experiencia. Hasta casi podría hacer de partero. Yo he visto qué cosa extraordinaria es un parto. Claro que yo no quisiera ser el que lo sufre dando a luz. Pero en ese trance yo le daba la mano a mi mujer para darle coraje cuando ella pujaba. Al final ella se volvió tan experta que una vez la criatura nació antes de que regresara el médico que la había examinado media hora antes, y dijo que todavía había para rato.
A continuación dice el salmo: “De la boca de los niños fundaste la fortaleza (o perfeccionaste la alabanza) a causa de tus enemigos.“ Yo me pregunto ¿de qué manera la alabanza que brota de los párvulos, de los niños, hace callar a los enemigos de Dios? De hecho, en el episodio de Mateo 21 que hemos leído, en que Jesús expulsa a los mercaderes del templo, y sana a cojos y ciegos, provocando los gritos de júbilo de los muchachos, y en que los escribas y los fariseos estaban molestos, ¿qué fue lo que pasó? Que los gritos de alabanza de los niños los hicieron callar, les taparon la boca y no pudieron decir nada más. Ver la manifestación gloriosa del poder de Dios enfurecía a los enemigos de Jesús, que ya complotaban para matarlo.
¿No es cierto que a veces los niños dicen  cosas sabias y que nos asombran? Pero no solamente ellos. Nosotros también podemos hacerlo. Cuando nuestra boca ungida por el Espíritu Santo proclama la verdad, los enemigos de Dios, los bribones y los críticos, no tienen nada que responder. No es nuestra inteligencia o nuestra elocuencia, sino la palabra de Dios en nuestra boca la que tiene ese poder. Llenémonos, pues de esa palabra, y limpiémonos de toda vanagloria para que Él pueda usarnos. Seamos como niños en nuestra franqueza y en nuestra inocencia para que podamos confundir a los que se oponen a la obra que Dios hace en la tierra.
Notas: 1. El hecho de que el autor en el vers. 3 no mencione al sol hace pensar que este salmo fue compuesto de noche.
2. La palabra “Jehová” que solemos usar viene de una lectura equivocada de los signos de las vocales que se colocan debajo de las consonantes en la escritura hebrea, hecha en el siglo XIII, y que la costumbre ha consagrado.
NB. El presente artículo y los siguientes del mismo título, están basados en la grabación de una charla dada en el ministerio de la Edad de Oro.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que sea tan necesaria. Con ese fin te invito a pedirle sinceramente perdón a Dios por tus pecados diciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (VOL I) INFORMES: EDITORES VERDAD & PRESENCIA. AV. PETIT THOUARS 1191, SANTA BEATRIZ, LIMA, TEL. 4712178.
En relación con la polémica vigente acerca de la Unión Civil sugiero consultar en Internet el folleto “El Cristianismo y el Matrimonio Homosexual” publicado por la IACYM  (http://goo.gl/YKxu94)

#832 (01.06.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).