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viernes, 10 de enero de 2020

VIAJE A ROMA, TEMPESTAD Y NAUFRAGIO I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
VIAJE A ROMA, TEMPESTAD Y NAUFRAGIO I
Un Comentario de Hechos 27:1-26
A partir del primer versículo de este capítulo la narración vuelve a la primera persona
plural (“nosotros”, que había sido dejada en Hechos 21:8). Eso es señal de que Lucas acompaña en el viaje a Pablo. Es muy probable, sin embargo, que Lucas durante todo el tiempo transcurrido a partir del versículo citado, no se haya alejado de Cesarea y que, incluso, haya sido testigo de los discursos pronunciados por Pablo.
Este capítulo es considerado por los críticos como una pequeña joya literaria, única en su género, como uno de los documentos más instructivos para nuestro conocimiento de la navegación en la antigüedad, en el que se nota la influencia ocasional del estilo de la Odisea de Homero, así como del primer capítulo del libro de Jonás. El almirante Lord Nelson, vencedor de la batalla de Trafalgar (1805), decía que él había aprendido como marino más de esta narración que de todos sus otros estudios profesionales.
Este capítulo, con su descripción de la tempestad y del naufragio y sus variadas experiencias, ha sido interpretado por muchos comentaristas como una alegoría de la vida humana, en que la partida es el nacimiento, y la llegada a Italia es la muerte. Si lo desea, cada cual puede sacar sus propias conclusiones.
En él se nos revelan también algunos aspectos admirables del carácter de Pablo, su valor a toda prueba y su gran sentido práctico en situaciones de peligro, así como la autoridad que él es capaz de ejercer sobre otros, aun estando en una situación de inferioridad como prisionero.
Por razones de claridad en la exposición, podemos dividir este viaje emprendido por el grupo de prisioneros y sus guardianes hasta su llegada a Roma (28:14), en nueve etapas. La primera se extiende desde la partida hasta la llegada a Buenos Puertos (vers. 8).
1. “Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta.”
Una vez tomada la decisión de enviar a Pablo a Roma se aprovechó la primera oportunidad que se presentó para hacerlo en función de los navíos disponibles, aunque algunos piensan que Festo actuó irresponsablemente al enviar a Pablo por mar cuando ya la temporada de navegación estaba por terminar.
Pablo, junto con otros prisioneros que debían ser enviados a la capital del imperio, fue puesto en manos de un centurión perteneciente a una cohorte, o compañía imperial, título que se confería con frecuencia a las compañías que desempeñaban funciones auxiliares y, a veces, delicadas. Julio debe haber estado secundado por un grupo de soldados a sus órdenes suficientemente numeroso para mantener el control de los pasajeros de la nave.
2. “Y embarcándonos en una nave adramitena que iba a tocar los puertos de Asia, zarpamos, estando con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica.”
La comitiva fue embarcada en una nave (plóion) procedente de Adriamitio en la región de Misia, un puerto situado en la costa noroccidental de lo que es hoy Turquía, cerca de Troas, y frente a la isla de Lesbos. El barco al que subieron hacía lo que nosotros llamaríamos servicio de cabotaje.
Junto con Pablo y Lucas se embarcó Aristarco, a quien ya conocemos por su participación en el alboroto en Éfeso (Hch 19:29), que fue también uno de los siete que acompañó a Pablo en su viaje a Siria (20:4), y que estuvo a su lado durante su estadía en Roma, pues el apóstol lo menciona en las cartas que escribió en esa ciudad (Col 4:10; Flm 24).
El historiador S.K. Ramsay sostiene que Lucas y Aristarco deben haber acompañado a Pablo en la condición de esclavos, lo que ilustraría el prestigio del prisionero. De lo contrario –según dicho autor- no se explicarían las consideraciones que Julio tenía con el apóstol, que no hubieran sido otorgadas a un prisionero carente de recursos económicos. Pero en cuanto a Lucas es más probable que él viajara en condición de médico a bordo. Otros piensan que las consideraciones que Pablo gozó durante el viaje se debían a la alta opinión que el centurión tenía de él.
3. “Al otro día llegamos a Sidón; y Julio, tratando humanamente a Pablo, le permitió que fuese a los amigos, para ser atendido por ellos.”
La primera escala la hicieron en Sidón, puerto fenicio en cuya cercanía estuvo alguna vez Jesús (Mr 7:24). En esta ciudad había una comunidad de discípulos que había sido probablemente fundada durante la persecución desatada después del martirio de Esteban (Hch 11:19). El centurión mostró su consideración por Pablo permitiendo que el prisionero –sin duda acompañado por un soldado- visitara a los discípulos que había en la ciudad, y que estarían muy contentos de pasar algunas horas con Pablo y atenderlo. Es de notar que Pablo tenía un talento especial para ganarse la simpatía y la confianza de las personas con las cuales trataba, cuando no había una predisposición en contra suyo, como fue el caso de sus enemigos en el sanedrín.
4. “Y haciéndonos a la vela desde allí, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios.”
Prosiguiendo su viaje navegaron “a sotavento” de Chipre. Esa expresión de técnica marítima, quiere decir a cubierto del viento –contrario a lo que sería a barlovento, es decir, del lado de donde sopla el viento, para protegerse del viento que soplaba desde el otro lado de Chipre.
5,6. “Habiendo atravesado el mar frente a Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia. Y hallando allí el centurión una nave alejandrina que zarpaba para Italia, nos embarcó en ella.”
Siguiendo su curso el navío navegó en mar abierto frente a las costas de Cilicia y de Panfilia al Sur de Asia Menor, hasta que llegó al puerto de Mira. Allí encontraron una nave que venía de Alejandría en Egipto, con destino a Roma, y el centurión embarcó a sus soldados y a los prisioneros en ella.
Esta nave formaba, sin duda, parte de las flotas que abastecían de trigo a la capital imperial, y llevaba, según se verá luego (v.38), una carga de ese cereal. Egipto era entonces, en efecto, la principal fuente de trigo de Roma, y sus naves gozaban de una protección especial.
7,8. “Navegando muchos días despacio, y llegando a duras penas frente a Gnido, porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón. Y costeándola con dificultad, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.”
Partiendo de Mira siguieron costeando con dificultad debido a que los vientos les eran contrarios, y después de varios días llegaron a Gnido, puerto al sur oeste de Asia Menor, frecuentado por naves mercantes de Egipto y, descartando la posibilidad de quedarse en ese puerto esperando vientos favorables, prefirieron bajar sin demora hacia la isla de Creta para cubrirse del viento; y de la punta este de la isla enfilar costeando hacia la rada de Buenos Puertos, cerca de Lasea, ciudad situada al centro de la costa sur de la isla.
Aquí empieza la segunda etapa del viaje.
9, 10. “Y habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo les amonestaba, diciéndoles: Varones, veo que la navegación va a ser con perjuicio y mucha pérdida, no sólo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras personas.”
Ya habían perdido bastante tiempo debido a la lentitud del viaje. A partir de mediados de setiembre hasta mediados de noviembre la navegación en mar abierto se volvía peligrosa. Según anota Lucas ya había pasado el ayuno del gran día de expiación (Lv 16:29-31; 23:27-32), que ese año 59 cayó el 5 de octubre y, por tanto, no era prudente hacerse a la mar, por lo que Pablo, que era un viajero experimentado que había naufragado varias veces (2Cor 11:25), les aconsejó que invernaran en Buenos Puertos, pues de no hacerlo pondrían en peligro la nave, los pasajeros y su cargamento.
11,12. “Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía. Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si pudiesen arribar a Fenice, puerto de Creta que mira al nordeste y sudeste e invernar allí.”
Pero la opinión del piloto de la nave y de su dueño, que hacía las veces de capitán, prevaleció sobre el ánimo del centurión y decidieron zarpar hacia el puerto de Fenice, un poco más al oeste de la isla, donde esperaban encontrar condiciones más favorables para invernar.
Tercera etapa.
13,14. “Y soplando una brisa del sur, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban costeando Creta. Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón.” 
Y como empezó a soplar un viento suave que venía del sur que era favorable para sus planes, levantaron las anclas y se dejaron llevar por esa brisa sin perder de vista la costa de la isla. De haber durado el viento propicio habrían llegado en pocas horas a Fenice, pero de pronto la dirección del viento cambió, y empezó a soplar un viento tifónico, dice Lucas, (ánemos tyfónicos) que venía del norte, que arremolinaba las nubes y agitaba el mar, que los marineros reconocieron como un antiguo y temido enemigo de la navegación, llamado Euroclidón.
15,16. “Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar. Y habiendo corrido a sotavento de una pequeña isla llamada Clauda, con dificultad pudimos recoger el esquife.”
Como no podían enfilar la proa contra el viento para avanzar en el sentido deseado, se dejaron llevar por él confiando en la suerte. Pasando por el costado de la pequeña isla Clauda, que momentáneamente los protegió del viento, aprovecharon para subir a la nave el bote salvavidas que solían llevar a remolque, y que no habían podido levantar antes por lo súbito del cambio de viento, pero pudieron hacerlo sólo con mucho esfuerzo por lo agitado del mar, y posiblemente con ayuda de los pasajeros.
17.”Y una vez subido a bordo, usaron de refuerzos para ceñir la nave; y teniendo temor de dar en la Sirte, arriaron las velas y quedaron a la deriva.”
Enseguida se pusieron a ceñir el barco transversalmente con cables que para el efecto todas las naves solían llevar, porque era sabido que los vientos huracanados, al levantar olas que golpeaban el navío, podían romper el casco. Cómo harían esa operación es difícil imaginarlo, pero es probable que los marineros bucearan por debajo de la nave para llevar los cables al otro lado del casco.
Un nuevo peligro empezó a preocuparles: Que la nave pudiera ser arrastrada por el viento hasta las arenas movedizas de la costa de Cirene (Libia hoy día) y pudieran encallar ahí, por lo que arriaron las velas y se dejaron llevar a la deriva.
18-20. “Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave. Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.”
Como la tempestad no amainaba, y temiendo que el barco hiciera agua, trataron de reducir su peso echando al mar los aparejos de la nave (las velas y sogas no indispensables), tarea en que colaboraron todos los pasajeros. (Nota 1)
Como los espesos nubarrones no dejaban ver el sol de día, ni las estrellas de noche, ni se divisaba tierra, la tripulación y los pasajeros (unas 276 personas en total) (2) empezaron a perder toda esperanza de salvarse. Ellos pudieron comprender en los hechos cuán exacta había sido la advertencia que les hizo Pablo, y cuán grande fue el error de no haberle hecho caso.
4ta Etapa
21. “Entonces Pablo, como hacía ya mucho que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Habría sido por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta tan sólo para recibir este perjuicio y pérdida.”
Pablo se puso entonces de pie delante de los que podían estar derechos, y les echó en cara el no haber hecho caso de la advertencia que les había dirigido cuando estaban en Buenos Puertos (v. 9,10) acerca del peligro para la nave y sus vidas que correrían si se hacían a la mar, y de que sería mejor invernar donde estaban.
Él les había hecho entonces esa advertencia como un viajero experimentado en riesgos marítimos, pues sabemos por un pasaje de 2 Cor 11:20, que él había naufragado tres veces antes y que, incluso, había estado 24 horas flotando en el mar, posiblemente aferrado a un mástil de la nave hundida. Él sabía pues de qué hablaba, aunque no fuera un hombre de mar.
Este versículo comienza notando que hacía tiempo que los tripulantes y pasajeros no habían comido. Cualquiera que haya estado alguna vez en alta mar en medio de una gran tempestad, como yo estuve una vez de joven, sabe que cuando el barco se mueve de uno a otro lado, se sufre de mareos y no se tiene en absoluto ganas de comer, porque lo que se ingiere se devuelve apenas comido.
Por lo demás poco es lo que hubieran podido comer, porque es seguro que gran parte de sus provisiones se habían mojado con el agua que entraba en el navío por el terrible oleaje.
22-26. “Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo. Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho. Con todo, es necesario que demos en alguna isla.”
En medio de la grave situación Pablo los animó anunciándoles que aunque el navío se hunda, ninguno de ellos se ahogará, porque un mensajero de parte de Dios le ha dicho que él de todas maneras va a comparecer ante el tribunal del César en Roma, y que, gracias a sus oraciones, ninguno de los que están en el barco perecerá. Él está seguro de que así será porque sabe que el Dios al que él sirve nunca falla en sus promesas. ¡Cuánta importancia tiene que en situaciones de peligro haya un hombre justo entre los que están amenazados, porque a través de él Dios puede salvarlos!
Si alguien en nuestro tiempo dirigiera a los pasajeros de una nave en peligro palabras semejantes, pocos lo tomarían en serio, porque la mayoría de la gente es escéptica, o no cree en Dios alguno, y menos en un Dios que interviene activamente en nuestras vidas. Pero en ese tiempo, aunque fueran idólatras, todos casi sin excepción, creían en los poderes sobrenaturales, y un anuncio como el que les hizo Pablo no les parecería ser producto de una fantasía exaltada.
Notas: 1. Se recordará que al comienzo del libro de Jonás una gran tempestad amenazaba hundir la nave en que viajaba el profeta, por lo que los marineros echaron al mar todo lo que pudieron, a fin de disminuir su peso (Jon 1:4,5).
2. Sólo una nave dedicada al transporte de trigo podía ser suficientemente grande como para llevar tantos pasajeros a bordo.
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viernes, 19 de julio de 2019

DEFENSA DE PABLO ANTE AGRIPA II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
DEFENSA DE PABLO ANTE AGRIPA II
Un Comentario de Hechos 26:12-23
En el artículo anterior hemos visto cómo Pablo, presentado en audiencia solemne ante el rey Herodes Agripa II, hace una corta reseña de su vida previa como fanático fariseo, y cómo consideraba su deber perseguir a los seguidores de Jesús de Nazaret en Jerusalén y en las ciudades de la diáspora.
12-14. “Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo. Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.”
Yendo camino a Damasco para llevar adelante esta tarea, de pronto vieron él y los que lo acompañaban una luz deslumbrante que los hizo caer al suelo, y él oyó una voz potente que le hablaba en su propio idioma (Nota 1) y le preguntaba ¿Por qué me persigues?, añadiendo “Dura cosa te es dar coces contra el aguijón”. (2). Este es un conocido refrán de la época referido al hecho de que cuando los pastores llevaban al ganado de un sitio a otro en el campo, para impedir que se detuvieran a mordisquear el pasto o algún arbusto, les daban hincones con un palo largo armado de una punta. Los animales reaccionaban dando patadas con las patas posteriores, que siendo cortas, no alcanzaban al que los aguijoneaba.

Jesús le está diciendo a Saulo: De más está que tú trates de sofocar la voz de tu conciencia y mi llamado para que me sirvas, porque no puedes escapar de mí. Ese dicho nos sugiere que Pablo, posiblemente desde que presenció el lapidamiento de Esteban (Hch 7:58), sentía en el fondo de su corazón la verdad del mensaje del Evangelio, y que, no queriendo renunciar a lo que él siempre había creído, perseguía a los cristianos con furia para acallar esa creciente convicción interna.
15. “Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues.” 
Saulo no dudó un instante de que era una voz de lo alto la que le hablaba, y preguntó a su vez: ¿Quién eres Señor? ¿Quién eres tú que eres capaz de aparecerte a mí envuelto en una luz más brillante que el sol? La respuesta vino clara y contundente: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”.
Yo soy Aquel a quien tú realmente persigues y acosas en la persona de mis seguidores; soy Yo, tu Señor y tu Dios, y no ellos el blanco de tus ataques y de tu furia. Pero cesa ya de resistirte, porque yo tengo una misión que encargarte.
A propósito de la luz resplandeciente que vio Pablo en esa ocasión y cuyo brillo lo dejó ciego, el padre de la iglesia, Efrén, el sirio (306-373), comenta que si hace daño mirar directamente a la luz del sol, que pertenece al mismo orden físico natural que los ojos humanos, cuánto mayor será el daño que cause mirar una luz de lo alto, que es de un orden sobrenatural al que nunca los ojos humanos han estado acostumbrados.
16-18. “Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.”
En estas frases Pablo resume el llamado repetido que él ha recibido del Señor en diversas ocasiones, sea directamente (como cuando estando orando en el templo, oyó la voz de Jesús, 22:18), o a través de Ananías (22:14-16), agregando esta vez algunos elementos nuevos que no se  mencionaron en el primer relato de su conversión (9:7).
Las palabras de esta comisión: “Levántate y ponte en pie”, y “a quienes ahora te envío”, recuerdan las frases del llamado inicial que Dios hizo al profeta Ezequiel: “Me dijo: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré contigo” y “yo te envío a los hijos de Israel” (Ez 2:1,3); así como el llamado hecho al joven Jeremías: “Porque a todo lo que te envíe irás tú y dirás todo lo que te mande”, “porque yo estoy contigo para librarte”. (Jr 1:7,8).
“Porque para esto me he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti.” (cf 22:14,15). Estas palabras incluyen  las experiencias que Pablo tuvo, o tendrá, desde que recibió su llamado camino a Damasco, y las cosas que el Señor le ha revelado directamente, como, por ejemplo, la visión que tuvo en Éfeso ordenándole que predicara sin temor en esa ciudad, porque Él tenía ahí mucho pueblo (18:9,10); o también en Jerusalén, cuando estando orando en el templo, le ordenó que se fuera de la ciudad porque no recibirían su testimonio, y que fuera a predicar a los gentiles (22:17-21); o más adelante, anunciándole que daría testimonio de Él en Roma (23:11); o cuando estando en medio de la tempestad con grave peligro de sus vidas, el Señor le aseguró que todos los ocupantes del barco se salvarían (27:23-25). En 2Cor 12:1-7 Pablo cuenta cómo una vez fue arrebatado hasta el tercer cielo, y oyó palabras que no ha sido dado al hombre expresar. Por todo ello él pudo afirmar en Gálatas que el evangelio que él predicaba no le fue enseñado por ningún hombre, sino que le fue revelado directamente por Jesucristo (1:11,12).
“Librándote de tu pueblo y de los gentiles, a quienes ahora te envío”, tal como Dios, siglos atrás, llamó a Isaías: “Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones” (Is 42:6, cf 49:6).
Se recordará que cuando Pablo hizo su defensa ante el pueblo, al citar la frase del llamado que le hizo Jesús, que se refería a los gentiles (Hch 22:21), provocó un alboroto tal entre sus oyentes que no pudo seguir hablando. Ésta era la gran piedra de tropiezo que para los judíos tenía el ministerio de Pablo, que el mensaje de Dios, que ellos consideraban que estaba exclusivamente dirigido a ellos, como pueblo escogido, se hiciera extensivo a todos los pueblos de la tierra, esto es, a los no judíos, que ellos despectivamente llamaban “gentiles”. Ése era el motivo por el cual le odiaban tanto.
En otro lugar Pablo ha dicho que a él le fue revelado el misterio que no había sido revelado anteriormente, “que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio.” (Ef 3:6, pero léase todo el párrafo del 1 al 7). La predicación del evangelio a los gentiles no era un capricho de Pablo, sino era parte del plan de Dios para la redención del género humano, y fue la misión específica que el Señor le confió como apóstol, tal como le dijo más de una vez, y él con frecuencia afirma (Rm 11:13; 15:16; Gal 1:16; Ef 3:8; 1Tm 2:7, etc.)
Por lo demás la salvación de los gentiles había sido repetidas veces anunciada por los profetas, en especial por Isaías (42:1-6; 49:6 –pasaje que Simeón cita en su himno, Lc 2:32- 60:3; 66:12-21), pero también Jeremías 16:19-21; y Malaquías 1:11. Al oponerse a la predicación a los gentiles, los judíos se oponían al designio manifiesto de Dios, que ya Moisés había dejado entrever (Dt  32:21).
“Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios”. Estas palabras son un eco de las dichas a Isaías: “Para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.” (42:7; cf 16) y se encuentran también en la carta que el apóstol dirige a los Colosenses: “Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por susangre, el perdón de pecados.” (Col 1:12-14; cf 1P 2:9. Véase  también 2Cor 4:4).
He aquí, sucintamente descrita, la gran obra que realiza la predicación del evangelio, donde quiera que es creído: Saca a las personas de la esclavitud del pecado en que vivían, y las hace criaturas nuevas, capaces de resistir a las tentaciones por el poder de Cristo que habita en ellas, a la vez que les revela las verdades sobrenaturales que hasta entonces desconocían.
Las últimas palabras del llamado de Pablo apuntan a un aspecto nuevo en el mensaje del Evangelio: “para que reciban por la fe que es en mí perdón de pecados…” La fe en Cristo borra los pecados y nos hace hijos de Dios (Jn 1:12), a la vez que nos abre las puertas de la salvación (Hch 10:43; Lc 8:48; Ef 2:8).
Pablo lo expresa claramente en Gálatas: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (3:26), tal como expone en Rm 3:21-24, y en Rm 8:17: “Y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo…”.
Con buen motivo, pues, a la salvación se le llama “herencia entre los santificados”. Herencia es una posesión que se recibe gratuitamente, es decir, sin haber tenido que ganarla con esfuerzo, y que, a la vez, se recibe como un derecho, en este caso, que otro ganó para uno. Todo el que pertenece a Cristo, y ha sido revestido del hombre nuevo (Col 3:10), al recibir el espíritu de adopción como hijo (Rm 8:15), es heredero de las promesas hechas a Abraham (Gal 3:29).
¿Quiénes son los santificados? Los que han lavado sus ropas con la sangre del Cordero (Ap 7:14b), es decir, aquellos cuyos pecados han sido perdonados porque creyeron en el sacrificio de Jesús. El versículo 18 de este capítulo es como un título de propiedad que recibe todo cristiano por el hecho de haber creído y ser hijo de Dios. Atesóralo en tu corazón como tu posesión más valiosa.
19-21. “Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento. Por causa de esto los judíos, prendiéndome en el templo, intentaron matarme.”
Pablo dice que él obedeció inmediatamente al llamado de Jesús. “No fui rebelde”, esto es, no me resistí a hacer lo que se me pedía, a pesar de que iba en contra de todo lo que había hecho antes. Fue un “volte face” súbito, un giro repentino de 180 grados. Eso es lo que ha llamado la atención de muchos en la conversión de Pablo: Que de pronto, sin ninguna etapa de transición, pasara a hacer apasionadamente lo contrario de lo que antes hacía con todo empeño. En efecto, en adelante Pablo conocerá un solo Señor, a Jesús crucificado y resucitado, y él hará sin dudar todo lo que su Señor le ordene. ¡Oh, cómo tuviéramos todos una consagración semejante! Que su caso nos sirva de ejemplo.
Enseguida empezó Pablo la obra de evangelización que lo convirtió en el más grande de los apóstoles, primero entre los de su pueblo, y luego entre los gentiles que fueron siempre considerados como excluidos de las promesas de Dios, por lo cual él era perseguido encarnizadamente por los judíos, que llegaron incluso a querer matarlo cuando fue encontrado en el templo de Jerusalén. Ellos consideraban inaudito, y como una traición a su pueblo, que él ofreciera a los gentiles los mismos privilegios espirituales que se preciaban de que fueran exclusivos de ellos. (3)
¿Y qué predicaba él a unos y otros? Lo mismo que predicaba el Bautista (Mt 3:2,8; Lc 3:8), y Jesús al inicio de su ministerio, esto es, el arrepentimiento (Mt 4:17). El mensaje no ha cambiado: Lo que se debe predicar a los incrédulos es que crean en Jesús y se arrepientan de sus pecados cambiando de vida. No el amor, o que sean buenas personas, o buenos ciudadanos, o que adquieran ciertas cualidades. Eso lo hará la gracia después.
22,23. “Pero habiendo obtenido auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: Que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles.”
Pablo reconoce que Dios vino en su ayuda para librarlo de los peligros que lo acechaban, y que eso le ha permitido perseverar en la misión que Dios le ha dado de hablar tanto a los grandes de este mundo como a las personas del pueblo, de las cosas de las que él ha sido testigo. Pero asegura que él no afirma nada que no sea lo anunciado por los profetas antiguos de Israel, y por el mismo Moisés en la ley, esto es, que el Mesías esperado por Israel tenía que ser rechazado por las autoridades de su pueblo, que lo iban a juzgar y hacer condenar a muerte injustamente, pero que Dios lo levantaría de los muertos por el poder de su Espíritu como primicia entre los muertos, para que en su Nombre se anunciase la salvación a todos, tanto a los de su propio pueblo, como a los gentiles, a quienes también ahora la gracia de Dios alcanza. (4)
Cuando Pablo dice que Jesús fue el primero en resucitar de los muertos, está diciendo que a su resurrección seguirá la de otros. La resurrección de Jesús es la garantía de la resurrección de todos (1Cor 15:20-23).

Notas: 1. El texto dice “en lengua hebrea”. ¿Quiere decir la lengua que se hablaba comúnmente en Judea, esto es, en arameo, o propiamente el antiguo idioma hebreo que según algunos había caído en desuso? Aunque el tema sea ahora muy debatido, tradicionalmente se ha pensado que, salvo en Apocalipsis, siempre que en el Nuevo Testamento se menciona al idioma hebreo, se refiere al arameo.
2. Según Hch 22:9 sus acompañantes vieron la luz –aunque seguramente no con la misma intensidad con que la vio Pablo- y oyeron la voz, pero no entendieron lo que decía.
3. Era muy importante para la causa de Pablo que el rey Agripa, dada su cercanía con Nerón, estuviera bien enterado de la causa de la animosidad de los judíos contra él, porque su opinión tendría peso cuando se le juzgara en Roma.
4. Es probable que Pablo citara en este punto todos los pasajes del Antiguo Testamento que habían encontrado su cumplimiento en la vida, muerte y resurrección de Jesús.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
 #976 (21.05.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


martes, 10 de julio de 2018

DEFENSA DE PABLO ANTE EL PUEBLO I


  LA VIDA Y LA PALABRA
José Belaunde M.
DEFENSA DE PABLO ANTE EL PUEBLO I
Un Comentario de Hechos 21:37-22:11

La acusación falsa hecha por unos judíos de Éfeso de que Pablo había introducido a un gentil en un recinto del templo, que estaba reservado bajo pena de muerte exclusivamente a los judíos, provocó un tumulto que amenazaba matarlo. Avisado el jefe de la guarnición romana, acudió presuroso y ordenó llevar a Pablo atado a la Torre Antonia.
37,38. “Cuando comenzaron a meter a Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno: ¿Se me permite decirte algo? Y él dijo: ¿Sabes griego? ¿No eres tú aquel egipcio que levantó una sedición antes de estos días, y sacó al desierto los cuatro mil sicarios?” (1)
En medio de este tumulto, Pablo no ha perdido su sangre fría. Ya habían llegado al pie de las escaleras que conducían al interior de la Torre Antonia, donde estaba acantonada la guarnición, cuando Pablo, ya no cargado en hombros, sino de pie, se dirige al tribuno en términos firmes pero corteses (literalmente): “¿Me permite la ley decirte algo?” El tribuno se sorprende de que el prisionero sepa hablar griego, porque él había creído que se trataba de un agitador egipcio que se proclamaba profeta, y que había provocado no hacía mucho una revuelta en el monte de los olivos, liderando un fuerte contingente de asesinos dispuestos a todo y armados de un puñal corto. Él les había asegurado que a su palabra las murallas de la ciudad caerían, que dominarían a la guarnición romana, y que se apoderarían de la ciudad. Pero las tropas del procurador Félix los vencieron, mataron a muchos de ellos, y a otros los tomaron prisioneros, razón por la cual los que habían sido engañados por él lo detestaban.
El tribuno se imaginó que la furia de la turba venía de que habían reconocido al agitador en el templo.
39, 40. “Entonces dijo Pablo: Yo de cierto soy hombre judío de Tarso, ciudadano de una ciudad no insignificante de Cilicia; pero te ruego que me permitas hablar al pueblo. Y cuando él se lo permitió, Pablo, estando en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo. Y hecho gran silencio, habló en lengua hebrea, diciendo:” 
Entonces Pablo se identificó orgullosamente como judío, nacido en Tarso, ciudad, como él dice bien, que gozaba de gran prestigio por la calidad de su vida académica y por su prosperidad comercial. Pablo le pide al tribuno que le permita dirigirse al pueblo para defenderse de las falsas acusaciones que le han hecho. Ésta era su última oportunidad de hacerlo antes de que lo encierren en la fortaleza. Es curioso, sin embargo, que él todavía no le revele al tribuno que él era ciudadano romano, quizá pensando que el funcionario debía deducirlo del hecho de que su ciudad natal fuera Tarso. Pero es posible que el tribuno no supiera que todos los judíos nacidos en esa ciudad gozaban de ese privilegio. Sin embargo, el tribuno debe haber percibido que Pablo era una persona distinguida. (2)
Pablo entonces, nada amedrentado por el furor de la turba, les hace un gesto para que guarden silencio y lo dejen hablar:
22:1,2. “Varones hermanos y padres, oíd ahora mi defensa ante vosotros. Y al oír que les hablaba en lengua hebrea, guardaron más silencio.” (3)
Para su sorpresa Pablo se dirige a ellos en lengua hebrea (4). Al oírlo hablar en su idioma la multitud se calmó. ¡Cuánta importancia tiene que se pueda hablar bien en el idioma local! Eso rompe las barreras. Pero no podemos dejar de notar que había algo sobrenatural en el silencio que se produjo. El Espíritu Santo se hizo presente porque quería que el pueblo escuchara el testimonio de Pablo.
2c-5. “Y él les dijo: Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel (5), estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros. Perseguía yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres; como el sumo sacerdote también me es testigo, y todos los ancianos, de quienes también recibí cartas para los hermanos, y fui a Damasco para traer presos a Jerusalén también a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados.”
Pablo comienza su defensa afirmando su judaísmo y su identificación con la multitud que lo amenaza: Nacido en Tarso, (6) una ciudad griega donde había una prestigiosa comunidad judía, fui educado en la ciudad santa que todos los judíos veneran, e instruido en la ley según sus principios más estrictos (7) por uno de los maestros más prestigiosos de nuestro tiempo, por Gamaliel (8). Era muy celoso de la gloria de Dios, y del cumplimiento meticuloso de las normas de vida y conducta con que los fariseos demuestran su fidelidad al Altísimo, como lo son todos los que me escuchan, les dice él para recalcar que es uno de ellos.
Yo perseguía furiosamente a los seguidores de este Camino (9), odiado por todos ustedes, a los seguidores de Jesús de Nazaret, metiéndolos en la cárcel sin consideración de sexo, hombres y mujeres por igual, como el Sumo Sacerdote Ananías me es testigo, para lo cual contaba con cartas de los ancianos que me autorizaban a hacerlo. Yo estaba viajando a Damasco (a pie seguramente) (10) con ese propósito para traer a Jerusalén a los culpables para que fueran castigados…
6,7. “Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Ahí sucedió algo extraordinario e inesperado. Pablo, que estaba acompañado por algunos compañeros, vio en torno suyo una luz más fuerte que la del sol a mediodía, cuyo impacto le hizo caer al suelo al mismo tiempo que oía una voz que le apostrofaba: “Saulo, Saulo”, le dijo la voz dos veces en tono acusador: “¿Por qué me persigues?”
8. “Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues.”
¿Podemos imaginar su sorpresa inaudita al ver que aparecía delante de él en toda su gloria aquel Jesús que había muerto ignominiosamente en una cruz como un impostor, y cuyos discípulos él perseguía a muerte? ¡Qué contraste entre la vergüenza de la cruz y la gloria fulgurante en medio de la cual Jesús se le presenta! Pablo no lo reconoció en primera instancia –seguramente porque no lo había conocido en vida- pero ahora no cabía dudas de quién se trataba al habérsele presentado.
9. “Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo.”
Es muy singular que sus acompañantes vieran la luz que rodeó a Pablo y se espantaran, pero que no oyeran la voz poderosa que le hablaba. Es que la voz no hablaba para ellos. Era una voz sobrenatural y ellos no tenían oídos para escucharla. Así también muchas veces ocurren fenómenos de orden sobrenatural en torno nuestro sin que nos demos cuenta, porque carecemos de los ojos y oídos que nos permitan percibirlos.
10. “Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas.”
Pablo tuvo en ese instante la revelación de que ese Jesús envuelto en gloria no era un mero hombre, sino era el Hijo de Dios mismo, y no dudó más de que le debía fidelidad y obediencia, pues preguntó: “Señor ¿Qué quieres que haga?” Es decir, estoy a tus órdenes. Dime qué debo hacer. Nótese que la palabra “Señor” en ese contexto sólo puede referirse a Dios. Ésta es la convicción que iluminará el resto de sus años y de su actividad: “que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre”. (Flp 2:11). A su servicio le dedicará el resto de su vida. Si Jesús es nuestro Señor nosotros no debemos hacer menos.
Pablo era un hombre de mucho sentido práctico y de naturaleza activa. Ahora, en ese instante en que tuvo la experiencia que cambió su vida, él piensa inmediatamente en lo que debe hacer, en lo que el Señor que se le ha aparecido quiere que haga.
11. “Y como yo no veía a causa de la gloria de la luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco.”
El resplandor de la fuerte luz que había visto lo había dejado ciego –nótese que sólo a él, no a sus acompañantes que también la habían visto, señal de que el brillo de la luz que ellos vieron fue mucho menor. Ellos pues, que no habían perdido la visión, se ocuparon de llevarlo de la mano hasta Damasco evitando que tropezara y cayera haciéndose daño. Cuando Pablo estaba lejos de la verdad, él veía claramente; pero ahora que la Verdad le ha sido revelada a sus ojos, él queda ciego.
En una ocasión escribí que Pablo había ido a Damasco lleno de furia inquisidora, orgulloso de la obra que cumplía y seguro de sí, pero que llegaba a la ciudad humillado y ciego, e incapaz de dar un paso por sí mismo. Eso es lo que suele ocurrir con el hombre seguro de sí, pero que no tiene en cuenta a Dios. Pero ahora, a partir de esta experiencia, su destino ha cambiado radicalmente y sólo vivirá para hacer lo que Dios le diga, e ir a donde Dios lo envíe.

Notas: 1. La palabra “sicario” que figura en el original griego, designaba a un grupo de hombres armados de un pequeño pero efectivo puñal que los romanos llamaban “sica”. Pertenecían a la facción de los zelotes, y odiaban a los romanos y a los judíos pro romanos. Se mezclaban con las multitudes durante las fiestas y apuñalaban a sus opositores con su arma escondida. Jugaron un papel  importante en la resistencia a Roma durante el sitio de Jerusalén (66-70 DC). Según Josefo una de sus víctimas habría sido el sacerdote Jonatán, hijo del sumo sacerdote Anás, a quien conocemos por el relato de la pasión de Jesús. Caída la ciudad santa ellos se refugiaron en la fortaleza de Masada, donde obligaron a la población a resistir hasta que no quedó más que una persona viva. Como ellos a veces mataban por encargo, y en ocasiones eran sobornados para no matar a determinada persona, la palabra “sicario” ha pasado a designar en el lenguaje común a criminales que matan por dinero.
2. La verdad siempre triunfa pese a los esfuerzos del diablo por ocultarla o falsearla. No nos asombremos de que las herejías que surgieron en los primeros siglos acerca de la naturaleza de Cristo, sirvieran precisamente para que la iglesia definiera con precisión el misterio de su doble naturaleza, la humana y la divina.
3. Se notará que las primeras palabras que dice Pablo para dirigirse al pueblo son las mismas que pronunció Esteban al inicio de su discurso en Hechos 7:2. Esas palabras parecen ser un modo convencional de hablar al pueblo, distinguiendo entre los que son iguales a uno y los que son sus mayores.
4. Muchos creen que cuando en el Nuevo Testamento se menciona al hebreo, se trata en realidad del arameo, que era la lengua hablada en todo el Oriente, porque se considera que el hebreo, como tal, era una lengua muerta, que sólo los eruditos conocían, y que no era hablada por el pueblo. Recientemente, sin embargo, ha habido quienes sostienen –sobre la base de los numerosos hebraísmos que hay en el griego de los evangelios- que el pueblo, al retornar del exilio babilónico, donde habían aprendido y adoptado el arameo, recuperó el hebreo como lengua hablada, y que ése era el idioma en que Jesús enseñaba.
5. La expresión “a los pies de Gamaliel” describe la costumbre judía de que los discípulos de un maestro le escucharan sentados en el suelo, mientras él enseñaba sentado en una silla alta. Pero esas palabras expresan también la reverencia con que escuchaban a su maestro. Con una reverencia semejante debemos nosotros escuchar a los que nos enseñan, y escudriñar las Escrituras para que Dios nos hable a través de ellas.
6. Ciudad situada en la llanura de Cilicia, a orillas del río Cydnus, a 16 Km de la costa, en la encrucijada de caminos entre el oriente y occidente y, por tanto, del choque de culturas, la griega y la oriental. Fue conquistada por Alejandro el año 333 AC. Formó parte del imperio seléucida, y alcanzó gran prestigio como ciudad universitaria que rivalizaba con Atenas y Alejandría. Fue conquistada por Pompeyo el año 67 AC, quien la hizo capital de la provincia romana de Cilicia. No se sabe bajo qué circunstancias la comunidad judía residente recibió el derecho a la ciudadanía romana.
7. Aquí Pablo no se refiere a la ley de Moisés, a la ley escrita, consignada en el Pentateuco, sino a la ley oral, que contiene la doctrina rabínica, y que ellos consideraban de igual, o superior validez, que la ley de Moisés, y cuyas normas estaba estrictamente prohibido poner por escrito (de donde su nombre de “ley oral”). Sin embargo, a principios del siglo II DC se consideró prudente ponerla por escrito, lo cual se hizo redactando la Mishná y la Gemará, que juntos forman el Talmud.
8. Gamaliel I fue el fundador de una dinastía de rabinos que ejercieron importante influencia en el desarrollo inicial del judaísmo rabínico. Él fue quien aconsejó al sanedrín liberar a Pedro y Juan que habían sido apresados por predicar el nombre de Cristo, aduciendo que si la doctrina que ellos enseñaban no era de Dios pronto desaparecería, pero si lo era, no debían oponerse a ella (Hch 5:34-39). Un nieto suyo, Gamaliel II, jugó un papel importante en la reconstrucción del judaísmo después de la destrucción de la ciudad y el templo el año 70. El último patriarca de la dinastía, Gamaliel VI, murió el año 425.
9. “Camino” es el término con que los cristianos designaban a su movimiento, haciendo eco de las palabras de Jesús: “Yo soy el camino…” (Jn 14:6). Es usado en el mismo sentido en los siguientes pasajes: Hch 19:9,23; 22:4; 24:14,22. Es un término muy apropiado para el evangelio puesto que lleva a la salvación. En  el judaísmo rabínico Halajá (que quiere decir también “camino”) designa a las reglas y normas puntuales que deben ser seguidas por el judío piadoso.
10. Un famoso cuadro del pintor barroco Caravaggio pinta a Pablo cayendo aparatosamente de un caballo, y por eso se ha difundido la noción de que Pablo fue derribado de su cabalgadura cuando se le apareció Jesús. Pero viajar a caballo era un lujo que sólo los muy ricos, o las autoridades, se podían permitir. Pablo, como la mayoría de la gente entonces, viajaba a pie.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados y a hacerlo el Señor de tu vida.
#961 (05.02.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

jueves, 31 de mayo de 2018

VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN I
Un Comentario de Hechos 21:1-9
1. “Después de separarnos de ellos, zarpamos y fuimos con rumbo directo a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara.”

El texto podría decir: “Cuando nos arrancamos de ellos…”, tanto les costó hacerlo.
Lucas, autor del libro de los Hechos, acompañando a Pablo, narra con bastante detalle las incidencias del viaje que emprende el apóstol. Lo último que ha narrado en el capítulo anterior es cómo los ancianos de Éfeso, que habían descendido a Mileto a pedido del propio Pablo para despedirse emocionado de ellos (Hch 20:17), lo acompañaron al barco en que se había de embarcar.
Podemos imaginar cómo ellos, parados en el muelle, verían con lágrimas que el barco desamarraba y se hacía a la mar. Cuando decimos barco debemos imaginar una embarcación que, en nuestros tiempos, no sería más grande que una bolichera de treinta o cuarenta metros de largo. ¡Cuánto sentían ahora su partida, y cuánto lo extrañarían en los meses siguientes! No sólo por una cuestión de afecto, sino sobre todo, pienso yo, porque por la palabra ungida de Pablo ellos habían sido alimentados constantemente.
Cos y Rodas eran islas situadas frente a la costa de Asia Menor por las que la nave pasó de largo, o quizá se detuvo por poco tiempo, para luego detenerse enseguida en el puerto de Pátara, donde Pablo y sus acompañantes desembarcaron con el propósito de proseguir su viaje, porque el barco seguía con un rumbo que no convenía a Pablo. (Nota 1)
2,3. “Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, nos embarcamos, y zarpamos. Al avistar Chipre, dejándola a mano izquierda, navegamos a Siria, y arribamos a Tiro, porque el barco había de descargar allí.”
La frase: “hallando un barco”, nos hace suponer que Pablo y los suyos deben haber estado preguntando en el puerto por una nave que siguiera la ruta deseada. Podemos imaginar que los muelles de esos puertos eran un poco como los paraderos de buses interprovinciales que había y hay todavía en nuestra ciudad, de donde a toda hora, y hasta en la noche parten vehículos en diversas direcciones.
Una vez embarcados pasaron a lo largo de la isla de Chipre, donde Pablo había estado en su primer viaje misionero con Bernabé, y de donde éste, dicho sea de paso, era originario. De ahí enrumbaron hacia Siria –entiéndase la provincia romana de tal nombre, que comprendía a Fenicia y Judea. Por último llegaron al gran puerto de Tiro donde la nave debía descargar la mercadería que llevaba.
4. “Y hallados los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén.”
En Tiro hallaron a los discípulos, lo cual quiere decir que sabían que en esa ciudad los había y que preguntaron por ellos. Deben haber sido muchos y acogedores, puesto que Pablo se quedó con ellos una semana, sin duda no sólo para gozar de su hospitalidad, sino también para instruirlos, cosa que él nunca dejaba de hacer adonde quiera que fuera. Pero los discípulos, movidos por el don de profecía que habían recibido con el Espíritu Santo, le pedían a Pablo que no fuese a Jerusalén. Seguramente porque el Espíritu les avisaba las contrariedades que el amado apóstol iba a enfrentar allí. Pablo lo sabía también pero, “ligado en el espíritu” (Hch 20:22,23), proseguía impertérrito con su intención de llegar a la capital de Judea. Él era consciente de que cualquiera que fuera lo que le ocurriese, no estaría fuera de la voluntad de Dios, y que ésta era lo mejor para él.
Los tres versículos siguientes narran la siguiente etapa del viaje de Pablo.
5. “Cumplidos aquellos días, salimos, acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la playa, oramos.”
En rápidos trazos Lucas describe la despedida de Pablo y sus acompañantes de los discípulos. Entristecidos de la partida ellos vinieron todos hasta el puerto, fuera de la ciudad, acompañados por sus mujeres y por sus hijos. Se arrodillaron en la playa, que nosotros, habituados a las de nuestra costa, podemos suponer que eran de arena, aunque no era necesariamente así. Estando de rodillas oraron, no se dice con qué intención, pero debe haber sido, antes que nada, porque el Señor llevase con bien a Pablo a su destino final, y lo guardara de las asechanzas de los enemigos que lo perseguían encarnizadamente. Notemos que aunque Pablo no había fundado la iglesia de Tiro, ni los había visitado antes, ellos le mostraron su aprecio y su cariño yendo todos, con sus mujeres e hijos, a despedirlo hasta la orilla del mar y a orar por él. Eso es algo que no había ocurrido antes en ninguna otra ciudad.
6. “Y abrazándonos los unos a los otros, subimos al barco y ellos se volvieron a sus casas.”
Terminada la oración se abrazaron mutuamente emocionados. Ellos eran conscientes de que los acontecimientos que se venían iban a tener profundas consecuencias en la vida de Pablo y, por consiguiente, en la iglesia en general. Quizá intuían, como él mismo les había dicho a los ancianos en Mileto al despedirse, que nunca más volverían a ver su rostro (20:25).
7. “Y nosotros completamos la navegación, saliendo de Tiro y arribando a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día.”
De Tiro a Tolemaida hay una distancia corta que el barco debe haber cubierto en unas pocas horas. Desembarcando allí, permanecieron un día con los hermanos antes de proseguir su viaje.
Quizá convenga decir algo de estas dos ciudades visitadas por Pablo. A  Tiro la conocemos muy bien de nombre por el episodio que consignan Mateo y Marcos de la mujer cananea que se acercó a Jesús pidiéndole que sanara a su hija cuando el Maestro se acercó al territorio de esa ciudad pagana (Mt 15:21-28; Mr 7:24-31). Eran muchos los habitantes de esa ciudad y de Sidón que seguían a Jesús en Galilea para escuchar sus enseñanzas y ser sanados de sus enfermedades, como atestiguan Mr 3:8 y Lc 6:17.
Pero Tiro, gran centro comercial, construido sobre una roca (que es lo que la palabra Tiro quiere decir), figura varias veces en el Antiguo Testamento, pues era famosa por su riqueza. (De hecho la palabra “tirio” llegó a ser sinónimo de comerciante). Hiram, rey de Tiro, fue amigo de David y de Salomón, y suministró a ambos materiales para la construcción del palacio del primero (2 Sm 5:11), y para la edificación del templo que levantó el segundo (1R 9:10-14; 2 Cr 3:3-16).
De Tiro era la impía Jezabel, mujer de Acab, rey de Israel. A causa de sus prácticas idolátricas la ciudad fue objeto de las severas invectivas de los profetas Amós y Joel pero, sobre todo, de Jeremías (Jr 27:1-11) y Ezequiel. Éste pronunció una notable y larga oración anunciando la destrucción de la ciudad a manos de Nabucodonosor (Ez 26:1-28:19), como en efecto ocurrió el año 572 AC. (2)
Tolemaida era una ciudad muy antigua, situada a 13 Km al norte del Monte Carmelo, y conocida antiguamente con el nombre de Acco. Ya existía cuando los hebreos invadieron la tierra prometida, pero no la conquistaron, aunque había sido asignada a la tribu de Aser (Jc 1:31), y permaneció, por tanto, en manos de los fenicios. Ocupó un lugar muy importante durante las guerras de los macabeos. En el período intertestamentario se le dio el nombre con que figura en el Nuevo Testamento, Tolemaida, posiblemente en honor al faraón Tolomeo Filadelfo (285-246 AC). Cuando la conquistaron los árabes en el siglo VIII, le devolvieron su nombre antiguo de Acco, que los cruzados convirtieron en Acre en 1191 DC, cuando el rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León, la tomó por asalto en una batalla famosa. Fue entregada después a la orden de los caballeros hospitalarios de San Juan, y pasó a llamarse San Juan de Acre. Luego cayó en manos de los turcos otomanos, pero les fue arrebatada por los ingleses en 1917. Hoy forma parte, bajo el nombre de Akkó, del estado de Israel.
8,9. “Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Éste tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.”
Al día siguiente, y debe haber sido muy temprano por el largo trayecto que tenía por delante, Pablo y sus acompañantes partieron hacia Cesarea. Aunque no se señala específicamente, deben haberlo hecho, como era normal entonces, a pie, o a lomo de mula, y haberlo hecho a paso rápido, pues cubrieron la distancia, que en el mapa es más de 40 km, en un solo día.
Ya hemos hablado en otra ocasión de Cesarea, donde por primera vez se predicó el evangelio a los gentiles (“Consideraciones acerca del libro de los Hechos II”), la ciudad puerto fastuosa construida por Herodes el Grande en honor del César, de modo que no necesito ahora hablar de ella.
Llegados a la ciudad se hospedaron donde Felipe, que era uno de los siete diáconos elegidos en Hechos 6. Él figura varias veces en el libro de Hechos, pues fue uno de los pioneros que evangelizaron Samaria durante la persecución desatada en Jerusalén después del apedreamiento de Esteban (Hch 8:4-13). Luego, alertado por un ángel, le cupo predicar y bautizar al etíope, alto funcionario de la reina Candace, que retornaba a su tierra después de adorar en Jerusalén (Hch 8:26-39). Hecho lo cual, y arrebatado por el Espíritu, anunciaba las buenas nuevas por todas las ciudades hasta que llegó a Cesarea (v. 40). Es posible que él y Pablo no se hubieran encontrado antes, pero sí habían oído hablar el uno del otro.
Él tenía cuatro hijas, todavía sin casar, que eran profetizas. Sabemos que en las primeras décadas de la iglesia el don de profecía era muy común entre los creyentes como consecuencia del derramamiento del Espíritu Santo ocurrido en Pentecostés (Hch 2:1-4). Joel, como también sabemos, había profetizado que en los postreros días “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán” (Jl 2:28; Hch 2:16, 17) y tendrán visiones, lo cual se cumplió ampliamente en esos tiempos.
Estas hijas de Felipe, según se sabe por otras fuentes, vivieron hasta edad avanzada y fueron muy estimadas en la iglesia como fuente de información acerca de los sucesos de los primeros tiempos de la iglesia. Podemos suponer que Lucas debe haber aprovechado sus recuerdos al componer las dos obras escritas por él, especialmente durante los dos años que Pablo permaneció en custodia en esa ciudad antes de ser enviado a Roma (Hch caps 24 al 26).
Según informa F.F. Bruce, algunos años después de los acontecimientos narrados acá, su padre Felipe emigró a la capital de la provincia de Asia, Éfeso, junto con otros discípulos, llevándose a sus hijas consigo. (3)
Notas: 1. Cos es una isla montañosa, que forma parte del archipiélago de las Espóradas, situada frente a  la costa sudoccidental de Asia Menor. Se hizo famosa por sus aguas termales sulfurosas, y por su escuela de medicina fundada por Hipócrates en el siglo V AC, y que gozó, precisamente gracias a ese hecho, de mucho favor bajo Herodes el Grande y los romanos.
Rodas, situada al este de la anterior, y bastante más grande, llegó a ser un importante centro comercial y político en la  antigüedad, tanto como Alejandría y Cartago. Allí se encontraba la famosa estatua del Coloso de Rodas, una de las siete maravillas de la antigüedad, entre cuyas piernas pasaban barcos. Tenía 32 m de altura, y fue erigida usando planchas de bronce, sostenidas por una estructura de hierro, a inicios del siglo III AC. Servía de faro para los navegantes nocturnos, antes de ser abatida por un terremoto el año 226 AC.
Pátara era un puerto importante de la costa de Licia, donde había un famoso santuario dedicado a Apolo, cuyo oráculo rivalizaba con el de Delfos. No se tiene noticias de que allí hubiera entonces una iglesia.
2. Las palabras de la última parte de la profecía de Ezequiel (28:11-19) suelen interpretarse como referidas simbólicamente a Lucifer.
3. El don de profecía, del que habla Pablo en Rm 12:6-8 y 1Cor 12:8-11, es dado por igual tanto a hombres como a mujeres. Profetizas fueron Miriam, la hermana de Moisés (Ex 15:20,21), Débora (Jc 4:4), Hulda (2R 22:14), la mujer de Isaías (8:3,4), la virgen María (Lc 1:46-48), y la anciana Ana (Lc 2:36-38).
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#957 (08.01.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).